Bueno, tener dos presentaciones y un montón de ensayos extra en una sola semana es suficiente para dejar a cualquiera medio acabado, entonces créo que estoy más que disculpada por haberlos dejado esperando la semana pasada. Pero como esta semana tengo -de nuevo- dos maravillosos dias libres por causa del feriado nacional de la patrona de Brasil, pretendo aprovecharlos para poner al día mis blogs, diarios y las crónicas del periódico. Entonces, antes de otra semana exhaustiva que sé que me aguarda, aquí vá otro pedazo del cuento.
-Oh, Jesus...- gimió con desconsuelo, cubriendose el rostro con la cobija deshilachada -Por qué mi mente créa estas cosas tan terribles con semejante realismo?...
Se arrebujó en la manta, se hizo un ovillo, tiritando y restregandose furiosamente las sienes y los ojos para alejar aquellas visiones. En su cabeza debía existir alguna suerte de demonio, estaba seguro de ello, que abría los caudales descontrolados de su imaginación y lo hacía creér en todas esas fantasías absurdas que lo atormentaban sin cesar... Pero, por qué motivo el Señor había permitido que aquel espíritu maligno tomara cuenta de él y apartase su mente de la oración y de las cosas santas? Qué tipo de contradicción era aquella? Por qué enviava esta penitencia, capaz de quebrar a cualquiera, digna de un vil pecador, justamente a alguien como él, que le servía fielmente y lo amaba por sobre todas las cosas? Por qué lo martirizaba de esta manera inmisericorde?... Pero como siempre a lo largo de su vida, no conseguía comprender estas cosas y nadie respondía sus preguntas.
El monje estiró lentamente una mano fuera de la manta, tanteando el áspero suelo junto a la cama para tomar el rosario, pero todo él temblaba de tal forma que no consiguió sostenerlo y éste cayó en las piedras, prduciendo apenas un susurro apagado... Frey Silvestre lo contempló fijamente unos segundos, y una mueca indefinible cruzó por su pálido rostro, que se volvió ceniciento. Parecía que la piel se estiraba dolorosamemnte sobre los huesos, hasta dejar traslucir sus blancas aristas... Volvió a encogerse, como herido por un latigazo, y se mordió el labio inferior para tratar de impedir el grito furioso que estallaba en su garganta.
Temblaba de la cabeza a los piés. Sí, así era, y él sabía perfectamente que continuaría así a lo largo de todo ese interminable y penoso día que tenía por delante. Temblaría en el refectorio, derramando la sopa sobre la mesa; en el coro, incapaz de leér los salmos en su breviario. Temblaría en la huerta, mientras escardaba los sembrados bajo el tórrido sol que se reflejaba en la tierra parda y sedienta. Y temblaría más violentamente en la capilla, arrodillado frente del altar, ante aquel crucifijo de madera que no cesaba de mirarlo ni un instante desde allá arriba, mudo y quieto, con los ojos fijos en él, sólo en él, traspasandolo, hundiendolo en el piso, circundandolo con fuego, siguiendo todos sus movimientos, hasta los más insignificantes. Aguardando, él lo sabía, espiandolo como un ave de presa. Aguardando imperturbable, paciente, seguro... Aguardando no sabía qué cosa.
Porque, ah, sim, también estaba el frío entre las extrañas e inmisericordes penitencias que Dios había decidido imponerle. Un frío mortal que lo embargaba el tiempo entero, sin darle tregua jamás, no importaba cuán cerca del fuego se encontrase, ni cuántas camisas de buena e gruesa lana usase, o cuán caliente bebiese su escudilla de sopa, ni tampoco lo duro que trabajase en la huerta bajo los rayos del sol, pues su sudor era como hielo derretido que resbalase por su cuerpo derrengado. Era um frío que parecía venir del aire que respiraba, de la tierra que pisaba, de todo lo que veía, tocaba o escuchaba. Todo exhalaba aquel hielo sobrenatural y pertinaz. Parecia emerger misteriosamente de su propio hábito gastado y lleno de remiendos, de su piel, de sus entrañas sempre hambrientas, de sus huesos ateridos. Parecía filtrarse en sus miembros y su cerebro desde su propia sangre, desde cada uma de sus células, manteniendolo en aquel invierno perene. Algunas veces tenía la sensación de que no conseguiría aguantarlo por un segundo más y rompía a sollozar, rendido y exhausto. Mas en otras ocasiones se rebelaba y su boca apretada se llenaba de maldiciones, impotente e inundado de obscuro resentimiento... Mas al final siempre corría a esconderse en algún rincón apartado, donde los demás hermanos no fuesen a llamarlo, y allí, encogido y lleno de confusión y pavor, se rodeaba a sí mismo con las manos pálidas y frías como las de un muerto, y volteaba el rostro hacia la pared, temeroso de que su expresión de angustiado pánico quedase allí congelada... Y a veces era tal su secreta desesperación que, abandonando la hazada, o la hoz, o arrojando el breviario abierto encima del jergón, corría a la capilla, castañeteandole los dientes, casi sin percibir por dónde iba, y caía de rodillas en las pulidas e coloreadas baldosas, respirando como un animal herido, tambaleando, lleno de osadía y miedo al mismo tiempo, casi incapaz de sostener el rosário de madera y cáñamo entre sus dedos descarnados que temblaban sin que pudiese impedirlo. Entonces, elevaba el rostro ceniciento y desencajado y suplicaba a Dios. Le exigía, le ordennaba, ciego en su desesperación, que acabase con aquel martírio enloquecedor. Mas luego, asustado por su arrebato, inclinaba la frente hasta tocar el suelo y se volvía humilde y lloroso, y le ofrecía aceptar cualquier prueba, cualquier sacrificio, todas las enfermedades y desgracias que El tuviera a bien enviarle. Asustado de su propia e irreflexiva valentía, mas sin por eso echarse atrás, le prometía ser arcilla en sus manos e, ingenuamente, ofrecía comer menos, hacer más penitencia, orar más, dormir menos horas aún, sin darse cuenta de que aquello que pedía con tanta vehemencia le estaba siendo dado y él era incapaz de sobrellevarlo... Pero cualquier cosa valía, no importaba lo descabellada que pareciera, con tal de que este aliento gélido que soplaba incansablemente sobre él y corría sus entrañas y su corazón enfermo lo abandonase para siempre.
-El frío no, Señor... No más, ten misericordia de mí...
Y allí permanecía, arrodillado durante horas, que parecían dolorosas eternidades, tocando el suelo con la frente, humillado así, envuelto su frío en la penumbra aún más fría de la capilla solitaria, en absoluto silencio, sin moverse, hasta que sentía todos los músculos rígidos y adormecidos por la tensión y las rodillas dolorosamente adheridas a las baldosas.
Mas cuando finalmente osaba levantar la cabeza, irguiendose con un penoso esfuerzo, conteniendo el aliento, con los ojos enrojecidos y llenos de lágrimas y la barbilla temblándole, repitiendo una vez más su clamor con cada célula de su ser, no había nada. Nada... Todo continuaba igual: el silencio, la penumbra, la soledad... Y él se sentía desconcertado y miraba en torno, sorprendido de encontrarse aún allí, de que nada hubiese mudado después de todo, buscando, husmeando en el aire sereno para descubrir la señal, el mensaje, la chispa divina que había caído del cielo para que él la cogiese... Pero no había nada y, llenos de desilusión, sus ojos hundidos retornaban al crucifijo y el monje creía descubrir en las pupilas agonizantes el fugaz y cierto destello de un reproche.
-Pero, Señor!...- gemía entonces, exasperado, trizada la ferocidad de su voz por la llorosa impotencia que lo invadía -Qué más deséas? No te lo he ofrecido ya todo?... Por qué entonces me miras de ese modo?... Háblame, Señor! Te obedeceré!.- exlamaba desesperado, irguiendo sus flacas manos abiertas hacia la cruz impenetrable, como si quisiera arrancarla de esa pared y obligarla a hablar -Pero cómo puedo yo saber nada, si Tú nada me dices?...- y su voz se volvía dura, desafiante, como si estuviese en el límite de su paciencia, para murmurar: -Háblame!... Contestame! Por qué no lo haces?...
Y tornaba a suplicar, con una vocecita, encogiendose, lleno de sumisión y fervor, y esperaba entonces, estático, con la vista clavada en la imagen, el pecho lleno de inconfesable ansia, su aliento apretado, sibilante, sumido en la agonía de su osada esperanza, con la boca entreabierta, suspendido en ese instante de santa espectación, de bendito y orgulloso anhelo, casi desfallecido...
Pero nada se movía en aquella cruz. Ninguna voz surgía de los sufrientes labios de madera, ni se tendía hacia él su divina mano desgarrada. No había luz que lo cegasse, ni sonido o visión alguna que lo arrebatase en un éxtasis. Su conciencia continuaba tan clara y fría que llegaba a hacerle daño. Todo parecía más opaco, más cercano y féo, común, aplastante, vulgar, repulsivo. Y el frío continuaba allí, haciéndolo temblar. No, no había milagro alguno.
Un estertor lo sacudía entonces y su cuerpo en tensión se derrumbaba, como herido por un rayo, abrumado de amargura e ira, y apretaba la boca para no blasfemar, exhausto, vencido, más yerto y aterrado que antes, sabiéndose ignorado por el cielo... Se incorporaba, trastabilleando, casi sin fuerzas, y abandonaba la capilla apoyandose en las paredes como un ebrio. La luz del exterior lastimaba sus retinas, los sonidos lo aturdían, los olores le revolvían el estómago, produciendole náuseas. Se sentía ridículo, burlado. El mundo le hacía daño con su realidad terrena y prosaica, banal... Y cuando los hermanos se apartaban respetuosamente para no perturbarlo, cándidamente convencidos de que uma visión celestial o un toque seráfico lo había dejado en tal estado, él continuaba su camino sin verlos, mudo y cabizbajo, y les dejaba creér, avergonzado de confesar la verdad... Y la verdad era que el frío continuaba allí.
Fray Silvestre se incorporó pesadamente en su camastro, serenado ahora de sus pesadillas, y apartó la frazada con un ademán desmañado. Se quedó sentado allí, sin moverse, sintiendo el cuerpo envarado y adolorido por causa de aquel inhóspito jergón en que yacía, luchando contra la modorra y el cansancio que aguijonenaban sus párpados, escuchando el reclamo de su vientre vacío hecho un nudo, con la cabeza llena de zumbidos y luces que estallaban delante de sus ojos, cegándolo... Se movió, incierto, y suspiró. Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Parecía que se zambullía en la nada, lenta y calladamente. Apoyó los piés desnudos en el suelo de frías y ásperas piedras y su rudo contacto lo hizo estremecerse de dolor. Bajó bruscamente la cabeza y se agarró con fuerza del travesaño de la cama. Su cuerpo, martirizado por todos los rigores a que lo sometía constantemente casi no toleraba aquel contacvo. Todo habíase convertido en sufrimiento para él: el aletéo de las palomas en el tejado, el água fría del pozo, el susurro del viento en los árboles, la lluvia golpeando la tierra. La fría suavidad de las baldosas, los vivos colores de la naturaleza, la magra comida, el sonido profundo y reberverante de la campana llamando a la oración, el roce que hacían las cuentas de su rosario al ir pasando por sus dedos. Hasta la ténue claridad que se asomaba tímidamente por la ventanilla de su celda hería sus ojos irritados, insomnes. Ojos secos, freoces, llenos de celo y vehemencia y, aún así, apagados y fríos como dos carbones... Quién podría leér en su fondo y adivinar cómo era? Quién podría llegar hasta eles? Pues aquel que lo intentase habría de sumergirse en las tinieblas y el fuego.
segunda-feira, 11 de outubro de 2010
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