domingo, 9 de março de 2014

"El loco Jara"

    Me demoré un poquito, pero finalmente conseguí escribir mi tercer cuento, ya con mucha más intimidad con el idioma, y debo decir que fue realmente un placer. Espero que ustedes lo disfruten tanto como yo. Estoy empezando a re-conocer mejor a mi país y a su gente y estoy descubriendo, muy feliz, que son una fuente constante de inspiración. Espero que mis palabras logren traducir todo el encantamiento que me producen y que alcance sus corazones con ellas.
    Y aquí va:


    La luz empezó a entrar por el agujerito de la cortina, ese que se le había hecho con el cigarro. Era un rayito finito, bien finito, medio azul. ¿Ya eran las cinco? No sabía porque se le había echado a perder el despertador que le había regalado su mamá... El loco Jara se dio vuelta en la cama, arrebujándose en la frazada vieja y hedionda. Sábanas no tenía, piyama tampoco. Dormía vestido. En Agosto hacía demasiado frío para acostarse sólo en calzoncillos... Miró el cajón que le servía de velador. Había tres frascos amarillos, todos vacíos. Los remedios se le habían acabado y no tenía plata para comprar más. Es que lo habían despedido la semana pasada. Todo por culpa de los perros, que lo andaban siguiendo por todas partes. ¿Pero qué culpa tenía él si les caía bien? Ya saben como es quiltro, se le da una migaja y el infeliz empieza a seguirte a donde vayas. ¿Qué culpa tenía él? Don Bernabé, ese viejo del infierno, era el que había empezado a meterse con ellos y a gritonearlo porque los animales le ladraban a los transeúntes y le revolvían las bolsas de basura.
    -¡Sale p'allá con tus porquerías, loco!- le gritaba, delante de todo el mundo -¿No veís que están dejando la cagáa? Ya basta contigo gritando y cantando y molestando a a gente, Jara, córtala!.
    El loco no se acordaba cuándo fue que esos perros empezaron a seguirlo. A lo mejor esa tarde en que se fue a comer un completo al puesto de don Pepe y le dio unos pedacitos de salchicha a un quiltro que andaba por ahí, puros huesos y cara de hambre. Parecía que se había revolcado en el barro y cojeaba de una pata delantera. ¡Puchas, le dio pena! ¿Eso es un crimen? Lo halló medio parecido con él mismo: pelucón, sucio, flacuchento, perdido, pedigüeño... Con los otros perros debe haber sido igual, pero no se acordaba.
    ¿Ya eran las cinco?... El loco se dio otra vuelta en la cama. Ya podía escuchar a los vecinos levantándose, saliendo a comprar el pan, abriendo puertas, despidiéndose. Olorcito a café... Fue entonces que se do cuenta de que tenía hambre. No comía nada desde ayer, sentía el estómago hundido y estaba empezando a hacer unos ruidos muy graciosos. ¿Será que le había sobrado algún pedazo de pan, una manzana, o de esos porotos que doña Carmen le había convidado antes de ayer?... Acordándose de lo buenos que estaban, el loco se levantó de un salto y fue a encender su cocinilla. Bueno, la rejilla encima de los ladrillos que estaba en la habitación. Escarbó un momento entre el desorden que que había encima de una mesa de tablas disparejas y encontró los fósforos y el tiesto de los porotos. Le sacó el trapo que lo cubría y se lo acercó al rostro. Un desagradable olor a ácido le llenó la nariz.
    -Puta madre, se echaron a perder...- masculló en la penumbra. Y en un repentino arranque de rabia, abrió la puerta de su casucha y de una patada mandó el tiesto al medio de la calle, soltando un improperio.
    Un hombre que iba pasando tuvo que hacerse a un lado para que no le cayera encima, y le gritó:
    -¿Qué te pasa, loco, tai muy fino pá comer porotos que los andai botando a la calle?- y lanzó una carcajada.
    El loco se lo quedó mirando, jadeante, temblando de frío, e hizo un ruido despectivo con la boca mientras regresaba al interior de su casa.
    -¿Te los querís comer tú, idiota?-, dijo, rascándose los piojos.
    Ese era su problema, nadie se lo tomaba en serio. Todo el mundo se reía de él y vivían tirándole tallas por su ropa, su pelo, su radio a pila, sus zapatos, su falta de aseo... ¿Qué culpa tenía él de ser tan chico e flaco que toda la ropa que le daban le quedaba grande? Tampoco tenía baño ene su casa, ni espejo para cortarse el pelo. ¡Ni tijera tenía! Y ellos tenían su televisión, pero a él sólo le había quedado esa radio a pila que su papá le había regalado cuando cumplió quince años. Tremendo regalo. Andaba el día entero con ella prendida, hasta que se le acabaron las pilas y ahí tenía que andar haciendo pitutos para ganar plata y comprarle unas nuevas, porque su papá le había dicho que había juntado para comprarle la radio, pero no las pilas. Y él no vivía sin su radio. Se ponía los audífonos e salía a la calle, a barrer el paseo, y cantaba a voz en cuello mientras juntaba los montones de basura que la gente botaba.
    -Oye, ¿cómo se junta tanta mugre aquí?- le había preguntado una vez a don Bernabé, antes de que se pelearan.
    -Pá que veai, loco, los ricos son pura pose, pero en el fondo son tan mugrientos como tú y yo.- le respondió el viejo, mirándolo con picardía con su ojo bueno. El otro se lo habían sacado porque se pescó una infección cuando era más joven, un fin de semana que se fue a la playa con unos amigos. Se le había metido un bichito, le dijeron, y se lo arrancaron sin compasión. El loco estaba convencido de que fue ahí que don Bernabé empezó a ponerse amargo y pesado. Era mandón y gritón con todos los barredores, se creía el jefe y andaba siempre con su celular y su cuadernito, vigilando y acusando. Él que le había ido con el cuento de los perros al patrón, el viejo huevón, y cuando lo llamaron para comunicarle que estaba despedido, lo único que le dijo fue:
    -Yo te avisé, loco. Yo te avisé.
    Pero de todas maneras, a él le dieron ganas de darle una patada en el trasero, por desgraciado. ¿No se daba cuenta de lo que había hecho? ¿Dónde más lo iban a emplear? ¡Lo único que sabía hacer era barrer! ¿Y cómo se iba a comprar los remedios ahora? El médico del hospital le había dicho que no podía dejar de tomárselos porque si no iba a empezar a hacer cosas malas, extrañas, peligrosos. Y él no quería eso. Él quería estar bien. El trabajo en la municipalidad le había ayudado a comprar los medicamentos más baratos, pero ahora que lo habían echado, ¿cómo lo iba a hacer?... La mansa cagáa que se había mandado el viejo Bernabé. Si él hacía algo malo, la culpa iba a ser suya.
    ¿Ya eran las cinco?... Bueno, el cielo estaba empezando a clarear y las calles se ponían barullentas, los buses pasaban con más frecuencia, los paraderos estaban llenándose, había unos estudiantes por ahí, entonces supuso que esa era la hora, tal vez un poco más tarde... En la mesa revuelta encontró un pedazo de pan seco, que se devoró en dos mordiscos. Quien sabe los compañeros le convidaban unos tragos de café y unas mordidas de algún sandwich o un berlín. Eran buena gente sus colegas... Podía aguantarse el hambre hasta llegar al paseo.
    Se puso la chaqueta -que le quedaba enorme, así como los pantalones y los botines, pero no tenía otra cosa, le habían pedido que devolviera el uniforme- se envolvió el cuello con un pedazo de género viejo y salió a la calle. No podía tomar micro, ni metro, tendría que ir caminando no más. Se iba a demorar un montón, pero qué le iba a hacer. Ojalá no se encontrara con Bernabé en el paseo. El viejo era malo, no lo quería, nunca le había caído bien. El loco tenía certeza de que se puso feliz cuando lo echaron. Se lo pasaba puro retándolo no más. Le encantaba dejarlo en ridículo... Pero los demás no. Esos eran buena gente, conversaban con él, lo escuchaban, no les importaba su radio, ni que él cantara o hablara en voz alta. Siempre le convidaban de su cocaví, le pasaban la botella de agua, le decían dónde tenía que barrer... Ellos sí que eran sus amigos. Por eso no quería perderlos. No tenía otros amigos, nadie quería estar con él en la población, sólo los perros huachos. Pero sus colegas no reclamaban de su ropa, de su pelo, de su mugre o su mal olor. Trabajaban juntos, de igual a igual.
    El loco Jara caminaba por la calle helada, encogiéndose dentro de la enorme chaqueta, sintiendo que el viento se le colaba por todos lados; los zapatos le arrastraban, demasiado grandes para sus pies, y lo lastimaban, porque no tenía calcetines. De repente veía monstruos. Más allá escuchaba voces. A medio camino le bajó miedo de que alguien lo asaltara. Casi al llegar, derrengado y cubierto de sudor, le parecía que las imágenes estaban todas chuecas y borrosas, que las personas estaban deformadas... Y cuando entró en el paseo, se acordó de que no había traído la cosa más importante, y si no la tenía, no lo iban a dejar trabajar.
    Entonces se detuvo, angustiado, y miró a su alrededor. Anduvo un poco, como perro husmeando a su presa, se acercó a los postes, a las cafeterías, a los basureros, los registró. Su angustia crecía a cada momento. ¿Cómo iba a trabajar? ¿Cómo los iba a convencer de que lo hacía bien, de que podían confiar en él, de que no estaba loco y podía cumplir con su deber? ¿Que era igual a los demás? Porque si se topaba con el viejo Bernabé tenía que estar trabajando, sino lo iba a echar a patadas. Tenía que estar  barriendo...
    Finalmente, asomándose de un basurero, encontró lo que buscaba. Corrió hasta él y sacó de entre los desperdicios un pedazo de cartón y una bolsa de plástico amarillo, con aire triunfal.
    -¡Ahora sí!- exclamó, sonriendo.
    Y empezó a barrer, empujando las hojas, los papeles y restos de comida con el pedazo de cartón dentro de la bolsa de nylon. Estaba haciendo su parte, y bien hecha. Estaba haciendo lo que mejor sabía hacer: barrer.