domingo, 24 de novembro de 2013

"Perros tristes"

    Y aquí estoy, tal como se los prometí, sacudiéndole las telas de araña a este blog y aceitándole los engranajes para que vuelva a funcionar sin problemas y con una periodicidad decente... En realidad ya tengo dos cuentos listos desde hace unas dos semanas, pero ya saben como es un escritor. Si lee doscientas veces un texto que escribió, las doscientas veces le va a encontrar algo que corregir. Si no lo publica luego, se puede pasar el resto de su vida quitándole y poniéndole, alargándolo, acortándolo, pensando que podría haberlo redactado de otra forma, encontrándole mil defectos que no lo hacen adecuado para la publicación... Con certeza esto no me pasa solamente a mí. A los pintores, escultores, compositores y demás artistas también sufren de esta insatisfacción crónica respecto a sus obras, entonces no me siento tan loquita así.
    Y antes de que me bajen los arrepulgos y me ponga a hallarle algo que arreglar a este cuento, aquí va. Espero que les guste y que me den alguna opinión sobre este tipo de trabajo que estoy retomando... Ya sé que no lo van a hacer, pero no pierdo la esperanza de recibir ni que sea un comentarito... De todos modos, viendo el número de visitas voy a saber si están accediendo al blog para leer estas historias, pero no puedo negar que recibir algunas palabras de ustedes sería muy, pero muy agradable y estimulante.


    Don Gerardo realmente no había tenido mucha suerte en la vida. Era feo, fome e insignificante, a pesar de su tamaño. Andaba por ahí arrastrando los pies, con los hombros curvados y empujando la panza como la proa de un barco que se abría paso a través de los cuartos y entre los muebles de su sombrío departamento. En la mañana se levantaba como quien sale de la tumba y se iba a encerrar al baño durante una eternidad. Nadie sabía en qué se demoraba tanto, porque no se le escuchaba un pío. Regresaba, se vestía con aquellos pantalones obscuros y el sweater sin mangas lleno de pelotillas, la camisa medio arrugada del día anterior y coronaba el atuendo con su infaltable boina negra. Por último, calzaba trabajosamente los calcetines y finalmente metía los pies grandes e informes en esas horrorosas sandalias prehistóricas... Así paramentado, soltaba un sonido mezcla de gruñido y suspiro y se dirigía al comedor, en donde sus esposa ya le había servido el desayuno. El diario del día estaba junto al platillo del pan tostado, esperando, y sus dos poodles beatíficamente instalados junto al sofá del hall. Mientras él desayunaba, lanzándole algunas migajas a los canes, que en seguida venían a echarse a sus pies con cara de mendigos, su mujer se afanaba en la cocina haciendo un ruido apocalíptico con las ollas y los platos. Don Gerardo ya había dejado de preguntarse por qué no dejaba eso para más tarde y se sentaba con él a tomar el desayuno. En realidad, le daba lo mismo. De todas maneras nunca conversaban de nada porque él siempre estaba leyendo el periódico y con certeza ella no tendría nada interesante que decirle. A veces, don Gerardo se preguntaba cómo era la cara de su mujer y, al no conseguir recordarla, le echaba la culpa a los anteojos... Sí, tenía que marcar una consulta con el oculista urgente, porque últimamente las imágenes estaban empezando a ponérsele medio borrosas, y no era solamente porque el departamento era obscuro... Hubo una época en que conseguía distinguir perfectamente las formas y colores de todo, inclusive del rostro de su esposa y sus hijos, pero ahora todo estaba volviéndose desteñido, como indefinido, lo que terminaba por hacer que empezara a dejar de prestar atención en las cosas. A esto se sumaba esa sensación, cada día más fuerte, de permanente aburrimiento y cansancio. Poco  a poco, casi sin que se diera cuenta, las cosas y las personas habían ido dejado de ser interesantes, hasta llegar al punto en que pasaban por él sin provocarle ninguna emoción. Los amigos se le antojaban tediosos y repetitivos, no conseguía concentrarse en lo que decían, sus visitas eran casi un tormento; él no tenía nada que decirles y todas las veces que estaban juntos sentía que se hundía lentamente en un océano denso y sofocante. Este malestar generalmente terminaba obligándolo a retirarse de la sala con cualquier disculpa para ir a encerrarse al baño o a su pieza. Y, claro, su comportamiento sólo alejaba cada vez más a los pocos amigos, que empezaban a rarear las visitas y telefonemas... No es que don Gerardo hubiera sido alguna vez un tipo popular e interesante, pero a pesar de todo había conseguido conocer y mantener a algunas pocas personas dentro de su vida. En realidad, siempre había estado entre el montón y, desgraciadamente, no había compensado su insignificancia con ningún tipo de talento. Era de esas personas que simplemente existía, nada más. Esto parecía ser lo suficiente para él. Estaba ahí, ocupando un espacio, usando el oxígeno, moviéndose para acá y para allá con el mínimo de energía posible. Raramente expresaba alguna opinión o mostraba alguna iniciativa. Sus dos hijos se habían dado cuenta temprano el futuro que les esperaba si permanecían en la casa, entonces desplegaron alas luego y se mandaron cambiar, dejando a la madre desconsolada delante de la perspectiva de tener que lidiar sola con aquel hombre exasperantemente nulo. Era por eso que, en un desplante de brillante creatividad mezclada con desesperación, había planeado una serie de actividades diarias, ruidosas y difíciles, que la mantenían a una saludable distancia del esposo, y usaba buena parte de su energía e imaginación para también inventar salidas, reuniones, clubes de lectura, consultas médicas y compras interminables que la salvaran de pasar mucho tiempo en el departamento bajo la sombra apática de aquel hombre.
    Pero la cosa es: ¿le importaba a don Gerardo? ¿Se sentía herido, ofendido, enojado por la actitud de su esposa que, ciertamente no debía pasársele desapercibida? ¿Tenía crisis de auto compasión por las noches? ¿Perdía el sueño al verse así despreciado?... Porque si bien era verdad que podía parecer medio aturdido y ajeno al mundo la mayor parte del tiempo, pero eso no quería decir que no se percataba de las cosas. No, tenía plena consciencia de lo que sucedía a su alrededor y sabía que era él mismo quien lo provocaba, pero hacía mucho tiempo que se había conformado con la situación. A final de cuentas, no había sido muy distinta el resto de su vida. Sabía quién era -o mejor dicho, quién no era- y lo que podía esperar, entonces no se hacía más ilusiones. Alguien tan sin gracia como él sólo podía llevar una vida sin gracia.
    Sin embargo, había algo que a don Gerardo le gustaba y le producía algo parecido a una emoción: sacar a pasear a sus dos poodles. Todos los días  en la  mañana, después del solitario desayuno y las noticias del periódico, se levantaba de la mesa en un discreto arranque de energía, iba a escobillarse los dientes, ya sintiendo un lejano cosquilleo de ansiedad en algún lugar, regresaba a la sala y descolgaba las traíllas de la percha con una especie de gesto ceremonioso, como si se tratase de algún ritual secreto y profundamente sagrado. Con su voz opaca e inexpresiva llamaba a los perros, que ya aguardaban en la alfombra:
    -"Rasputín"... "Medéa"... Vamos.
    El mismo había escogido estos nombres en una de las raras iniciativas que había tomado en su existencia, tratando de demostrar que, sí, era una persona creativa y culta. Pero sus amigos se lo tomaron como un rasgo de pura arrogancia cultural y no de ingenio. Otro intento frustrado y mal interpretado. En fin, paciencia...
    Al escucharlo, los perros inmediatamente se levantaban. Sin embargo, no lo hacían como cualquier can al cual su amo le mostrara alegremente la traílla para salir a pasear... No, éstos se miraban entre ellos, con expresión tensa, como si uno esperara que el otro se acercara primero al amo, y en seguida, con un extraño aire de resignación, se ponían en pie y llegaban hasta don Gerardo, que se inclinaba torpemente y les pasaba la correa por el collar con sus gestos bruscos y algo torpes. Los canes agachaban las orejas y miraban alrededor, como procurando a alguien que los salvara del capítulo deprimente que les aguardaba. Pero nadie aparecía y ambos se veían obligados a salir atrás de su dueño, con la cabeza gacha y la cola entre las piernas, actitud que, claro, pasaba totalmente desapercibida para don Gerardo. Pero para cualquier alma más avisada, daba para ver de lejos el stress que tomaba cuenta de ello mientras bajaban en el ascensor. Pasaban por el hall de entrada, la conserjería (donde los porteros les dirigían una mirada de preocupación y se quedaban haciendo comentarios) y finalmente alcanzaban la calle.
    Día gloriosos, aire fresco, perfume de flores, los zorzales y tordos gorjeando en las ramas de los árboles, gente apresurada, hablando alto, tráfico enloquecido, cielo azul, cafeterías abriendo, olor a pan tostado... Pero nada de eso le importaba a este trío. A primera vista semejaban más una pequeña procesión fúnebre que una aventura en el parque: pasos lentos y pesados, cabezas bajas, ojos sombríos, caminar errático, desganado. Don Gerardo sostenía las traíllas como quien sujeta la cuerda de un ahorcado, los brazos laxos a los lados, las correas enredadas. Con aquella cara de total aburrimiento se aproximaba la los canteros para que los perros  hicieran sus necesidades (que él jamás recogía) y los animales, obedientes pero profundamente avergonzados, se agachaban en un rincón, mirando para todos lados con aire medroso, después de lo cual volvían junto a su dueño, contritos. ¿Correr atrás de las palomas? ¿Tironear la correa para acercarse a otros perros y hacer amistad? ¿Olisquear los árboles y los basureros?¿Revolcarse en el pasto húmedo o ladrarle a los ciclistas?... No, definitivamente esto no estaba en el repertorio de estos dos. Andaban otro poco, al ritmo somnoliento del hombre, y se detenían a mirarlo, como queriendo cerciorarse de que todo estaba bien, cosa que a veces no era muy fácil porque "Rasputín" y "Medéa" no conseguían ver la cara del hombre por causa de su gran panza, entonces tenían que adivinar su estado de ánimo y sus intenciones por la forma en que sujetaba las traíllas.
    Sin embargo, hoy parecía haber algo levemente diferente. Los pasos estaban más firmes, un poco más rápidos, parecían tener algún tipo de dirección definida, la mano mostraba más fuerza. ¡El hombre había salido de su letargo y hasta había saludado a un par de personas!... Los perros empezaron a sentirse medio inquietos, desconcertados y, tal vez en el fondo, un poquitín animados, pero lo seguían obedientemente, husmeando el aire para ver si descubrían alguna cosa. No era algo claro sino una sensación, un presentimiento, si es que se puede decir que los canes tengan presentimientos... Al poco tiempo, y rompiendo todas las reglas y tradiciones, don Gerardo se dirigió resueltamente hasta un banco, donde ya estaba sentada una muchacha que hablaba animadamente al celular, y se sentó a su lado, cruzando las piernas y abriendo los brazos sobre el respaldo del banco. Miró a la chica y le sonrió. Los perros se echaron a sus pies, disimulando su espanto, y aguardaron el próximo movimiento, expectantes. Don Gerardo saludó a la muchacha. Ella desligó su celular y lo saludó de vuelta. Entonces él dijo, con una voz alta y alegre que los animales nunca le habían escuchado:
    - Está bonito el día, ¿no?.
    -Sí.- le respondió ella, sonriendo -Parece que la primavera finalmente está llegando.-Se levantó, pescó su cartera y se volvió hacia don Gerardo -¡Que le vaya bien!- concluyó, abriendo más la sonrisa, y se alejó con pasos ágiles, haciéndole una seña.
    -¡A usted también!- exclamó don Gerardo, agitando su mano regordeta y manchada. En seguida, bajó la cabeza y miró a los perros echados a sus pies. Los miró como si realmente los estuviera viendo por primera vez, como si se diera cuenta de que estaban allí -Un lindo día, chicos...- repitió, sonriendo, y se agachó para restregarles la cabeza.
    Los animales tuvieron un sobresalto, pero aceptaron la mirada y la caricia de buen grado y hasta menearon un poco la cola, pero no se podía negar que estaban totalmente desconcertados ¿Qué diablos estaba pasando?...
    Don Gerardo se enderezó lentamente y se recostó en el banco, dando un suspiro inmenso, como si se hubiera quitado de encima un peso insoportable. Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos, dejando que el sol de la mañana le bañara el rostro ceniciento. Se quedó así, en silencio e inmóvil. Poco a poco sus dedos fueron aflojando las correas, hasta que éstas cayeron al suelo, al lado de los perros, emitiendo un suave susurro semejante a un suspiro. Los animales volvieron a mirar a su dueño, inquietos, pero una vez más la barriga les impedía la visión. "Rasputín" se enderezó, francamente preocupado, y soltó un murmullo. No hubo reacción. Entonces "Medéa" también se sentó, afligida. ¿Qué estaba pasando?... Ambos irguieron sus cabezas y olfatearon el aire. Un estremecimiento los sacudió al mismo tiempo. Porque había olor a muerte... Don Gerardo continuaba allí, reclinado en el banco, quieto y callado. "Rasputín" tomó la iniciativa y se subió de un salto ala banco, gimiendo. Allí consiguió ver la cara de su amo: ojos cerrados, boca entreabierta, expresión relajada, casi feliz. Los cabellos grises al viento, los anteojos gruesos medio chuecos, el pecho quieto... El perro lanzó un gañido leve y tembló. Algunos transeúntes le echaron una mirada, pero continuaron su camino, apresurados. "Medéa" se subió al banco también, y dio unos ladridos lastimeros... ¡Estaban presos a un muerto!, percibieron, angustiados. Y si don Gerardo no le importaba a nadie, si nadie notaba que se estaba demorando en volver (al contrario, le agradecía a Dios el atraso) ni se acordaba de él, ¿cuánto tiempo tendrían que esperar hasta que alguien se diera cuenta de la situación y viniera a ver lo que había pasado?...
    Formaban un espectáculo aquellos tres, por decir lo mínimo, original, en el paseo lleno de gente a camino del trabajo u ocupados en sus negocios: el viejo durmiendo en el banco y los dos poodles llorando porque querían volver a casa. Era realmente cómico.