Y aquí vá la tercera y última parte de esta historia, pero no se preocupen, porque ya estoy atrás de nuevo material, revisando y corrigiendo mis própios cuentos antiguos. Hace mucho tiempo que no escribo en este género, entonces voy a tener que usar lo que ya tengo -mejorado, claro- mientras no produzco nada nuevo; pero son historias buenas y créo que las van a disfrutar. Es la forma que encontré para mantener este blog en actividad siempre con cosas nuevas. Pretendo aprovechar este largo feriado de carnaval (que, sinceramente, no me atráe para nada: mucho ruido e mucho desorden para mi gusto) para trabajar en esto y para prepararme física y espiritualmente para empezar a trabajar de verdad el dia 1 de marzo. Finalmente!... Estoy cierta de que me espera un año lleno de trabajo gratificante, de creatividad, buena salud y serenidad... Podría querer algo más?.
Entonces, la última parte del cuento:
Todos se habían marchado. El estaba solo, sentado en una gran piedra en las márgenes del lago. Era un mediodía radiante, sin nubes, y una suave brisa traía perfumes nuevos y vigorosos. El água verdosa del lago apenas se movía. El silencio era magnífico. Desde mi escondrijo lo observaba con ojos febriles, casi sin respirar y con el corazón queriendo saltar de mi boca. Había algo diferente en el aire, sin duda, y una emoción desconocida tomaba forma en mis entrañas, creciendo velozmente. Después de tanto tiempo de obscuridad, finalmente me parecía divisar un punto de luz delante de mí. Pero estaba tan lejos y era tan pequeño!... Un gemido silencioso se arrastró por mi garganta, pero murió en mis lábios secos y temblorosos. Qué certeza era aquella que tomaba forma en algún lugar dentro de mí? Será que valía la pena creér en ella?... Mi mirada hambrienta se colgaba de su figura inmóvil y callada. Estaba con un aire lejano, el rostro vuelto hacia el horizonte, más allá de las águas, de las montañas, de los cielos infinitos. No se me escapaba ningún detalle: la piel pálida e suave, las cejas obscuras, los labios entreabiertos, las aletas de la nariz dilatadas, el cuello, los hombros fuertes, la espalda inclinada, los dobleces de su ropa, las manos entre las piernas, sueltas, tan limpias, tan imponentes. Los piés apoyados en las piedrecillas húmedas, rozando la hierba que empezaba a florecer en una alfombra amarilla y violeta. Su cabello liso y brillante como las alas de un cuervo, la brisa haciéndolo flotar alrededor de su faz... Me faltaba el aire al verlo así, desprevenido, solo y quieto, y esa sensación de que estaba a punto de descubrir algún secreto, de que una puerta se abriría delante de mí, crecía a cada segundo. Parecía que sucedería alguna cosa que afectaría y transformaría el universo para siempre.
De pronto, lentamente, él se irguió y poco a poco, sin prisa, silenciosamente, giró la cabeza hacia mí. Me quedé paralizado e instintivamente me encogí en mi lugar, paré de respirar. Sentí su mirada avanzar inexorablemente a mi encuentro, atravesar los árboles y las piedras atrás de las cuales me ocultaba y, finalmente, alcanzarme como una gigantesca y ardiente ola que me desintegró... Entonces, me llamó. Su voz suave y viril pronunció mi nombre. Sus labios, que ya habían dicho tantas cosas bellas y verdaderas, se movieron para modular mi pequeño e insignificante nombre, y su tono fué tan tierno y dócil, que fuí incapaz de resistir. Igual a un bicho salvaje, fuí desenroscandome de mi agujero y me presenté delante de él sin un gesto, sin una palabra. Permanecí allí de pié, descubierto e indefenso, temblando, con los ojos desorbitados y las piernas flaqueando. En mi pecho se agitaba una mezcla de alarido y sollozo que quería despedazarme las costillas.
-Por qué te escondes?- me preguntó, y yo casi desmayé al oírle la voz.
-Porque soy un miserable.- respondí, tartamudeando y ahogándome.
-Y no somos todos?- dijo él, sonriendo levemente.
-Oh, no!...- exclamé, adelantandome hacia él, genuinamente escandalizado por sus palabras - Tú no, senhor! Tú no!...- y sin saber lo que hacía, caí de rodillas y me cubrí el rostro con las manos -Tú no.- repetí en voz baja.
-Cómo tienes tanta certeza de eso?
Levanté los ojos obscurecidos hacia su faz inmaculada y lo encaré osadamente durante un momento, como jamás soñé hacerlo. Estaba perplejo. Qué miseria podría existir en él?.
-Tú no.- repetí, simplemente, como si no necesitara de más explicaciones, y él volvió a sonreir con indulgencia ante mi fervor infantil.
-Pues te digo que conozco la miseria bastante mejor de lo que piensas.
-Pero, senhor, eso no es posible!.- retruqué, abriendo los brazos.
-Y cómo piensas entonces que podría entenderla, perdonarla y curarla si no la conociera?.
-Señor...- murmuré, bajando la cabeza. Sentimientos contradictorios se revolvían em mi pecho. Decepción? Alivio? Perplejidad?.
-Sólo comprendemos, perdonamos y transformamos lo que conocemos. Este es el secreto. El poder viene del conocimiento, no te olvides de esto.
-Sí, señor.- respondí, todavía cabizbajo.
Entonces él conocía toda la miseria? Había pasado por ella? Era posible transcenderla y alcanzar la perfección como él parecía haberlo hecho? Su poder contra los males venía del conocimiento y la experiencia que de ellos poseía? Cómo esto podía ser posible?... Yo estaba totalmente desconcertado. Quién era este hombre, a final de cuentas? Alguien igual a mí? No, eso estaba completamente fuera de consideración.
-Por qué me sigues?- me preguntó entonces, agachandose para jugar con algunas piedrecillas.
Mi cabeza era un torbellino. Desfilaban por ella las imágenes de todos aquellos a quienes había visto aproximarse de él: prostitutas, mendigos, mentirosos, enfermos, desengañados, ladrones, mezquinos, desesperados, moribundos... Y él los curaba porque conocía sus males? Existía tal poder? Aquel era el gran secreto de las transformaciones?... Aturdido, lo miré; continuaba jugando con las piedritas, esperando pacientemente mi respuesta.
-Te sigo porque no consigo evitarlo. Parece ser mi destino.
-Y qué es lo que esperas de mí?.
Mis labios se movieron, indecisos, y una repentina agonía me cortó la respiración, que se transformó en un sollozo. Qué era lo que esperaba de él? Cómo tendría el valor de confesárselo? Mi vida confusa y turbulenta desfiló delante de mis ojos, todas mis dudas y mis esperanzas, mis miedos, mis sueños. mis fracasos. Me acordé de aquellas personas que, después de su encuentro con él, habían criado alas y subido a los cielos, sin regresar jamás... Oh, qué envidia sentía de ellas! Deseaba tanto libertarme de mi ignorancia, de mi cobardía, de mis recelos y vanidades y poder irme junto con ellas!... Pero cómo osaría pedirle esto? Sería como saltar al abismo. Gemí, impotente. Mi destino sería solamente seguirlo el resto de mi vida, sin nunca alcanzar el cielo... Entonces, guardé silencio.
De pronto, levantó la cabeza y me miró, soltando las piedrecillas. Fué como si hubiera estado leyendo mis pensamientos. Me observó largamente y el azul de sus ojos se volvió brillante, casi transparente. Me quedé inmóvil, aterrorizado. Sus manos se movieron en un gesto indefinido. Las irguió, pero en seguida las dejó caer nuevamente. Yo no tenía valor para volver a encararlo. Hilos de sudor deslizaban por mi espalda y me ardían las orejas. Un temblor incontrolable se apoderó de mim y tuve que apoyarme en una piedra. Me sentí totalmente ridículo e infantil.
Percibí entonces una suave onda de calor avanzar hacia mí. Pero no era solamente una vibración tibia que me envolvía, era un sentimiento, eram como palabras dichas en silencio, que zumbaban en mis opidos y entraban por ellos hasta alcanzar mi cerebro, llenandolo de murmurantes mariposas. Supe que provenían de él. El estaba hablando conmigo... Levanté la cabeza y lo miré. Estaba sonriendo. No llegaba a separar los labios; las comisuras apenas se erguían y mismo así yo podía escuchar sus palabras en algún lugar dentro de mí.
-Tendrás lo que viniste a buscar.
Mi corazón dió un vuelco y paró.
-Lo tendré?...- dije, casi sin voz - Cuándo?... Cómo?...
-No es en mí en quien debes creér, sino en tí mismo- me respondió, aun sin hablar.
Como en una explosión, me dí cuenta de que este era el segundo en que el milagro empezaba a acontecer, este era aquel instante solamente entre él y aquel que esperaba, en que todo era dicho y comprendido. Supe que él me conocía por completo y que, a pesar de todas mis fallas, -que yo mismo no conseguía perdonarme- creía en mí... Al final, no era yo quien esperaba algo de él, sino él quien esperaba algo de mí!.
-Senhor, tú crées que voy a conseguirlo?..- pregunté, afligido, aproximandome algunos pasos.
Y él, envolviendome en sus brazos y estrechandome contra su pecho, pronunció finalmente las palabras que tantas veces le oyera decir a los otros:
-Encuentra tu destino.
Cerré los ojos, sintiendo las lágrimas mojarme el rostro, y me dejé estar contra su cuerpo cálido y acogedor. Podría morir allí en aquel segundo, sin embargo, de repente tuve una sensación extraña, como si algo dentro de mí empezara a moverse y a empujar, subiendo por mi espalda. Sobresaltado, abrí los ojos y me alejé. Ahora sentía un ardor en los hombros y en las costillas y mi cuerpo parecía estar vaciandose por completo, restando tan sólo una maravillosa sensación de levedad.
-Pero qué es esto?... Qué es lo que está sucediendo?...- grité, asustado.
-Encuentra tu destino.- se limitó a repetir él, sonriendo.
Súbitamente, algo rasgó la piel de mi espalda, sin embargo, no sentí ningún dolor. Iba a llevarme las manos a los hombros para ver lo que era cuando la sombra de dos enorme alas apareció sobre mi cabeza. Miré hacia arriba y allí estaban ellas, moviéndose perezozamente en el aire. Lancé una exclamación de pavor y alegría en el momento en que empezaba a elevarme suavemente.
-Señor, para dónde debo ir?...- exclamé cuando recobré el habla, antes de perder de vista al santo hombre.
-Tus alas te van a guiar! Confía en ellas!- me respondió él desde la tierra, saludandome con la mano.
Exultante, lancé una carcajada y me dejé llevar como un niño que sale para descubrir el mundo.
sexta-feira, 12 de fevereiro de 2010
segunda-feira, 8 de fevereiro de 2010
El discípulo - parte II
Bueno, a pesar de haber vuelto al trabajo después de unas vacaciones que no quería que acabasen -si bien que, como estamos en la semana de matrículas, realmente no hay mucha cosa que hacer- estoy tan animada con las mudanzas positivas y las perspectivas que se abren en mi trabajo, con mi regreso al área y al trabajo que mejor conozco y desempeño y con la posibilidad de colaborar con todas las otras áreas de la fundación cultural, que hay noches en que ni consigo dormir -también por este calor desgraciado que está haciendo- de tantas idéas que se me ocurren para las aulas y montajes... Puchas, juro que no esperaba -a pesar de tener un granito de fé allá en el fondo que me repetía que las cosas podían cambiar para mejor- que las cosas dieran esta virada y que yo consiguiera rever mi lugar y mis funciones, y menos aún con toda esta libertad creativa!... Bueno, imagino que después de haber aprendido un poco más sobre paciencia, humildad, persistencia y fé a lo largo del interminable año que pasó, Dios pensó que ya estava preparada para regresar y... voilâ! se las arregló para que esto sucediera, así, en un pestañéo... Sólo El para conseguir estas cosas, no?... Entonces, sólo me resta agradecer, enrollarme las mangas y empezar a trabajar para demostrarle que no estaba equivocado. Y, para ser sincera, estoy loca de ganas de empezar a trabajar! Supongo que es raro escuchar a alguien decir esto, pero en mi caso, será la mejor cosa del mundo, créanme, y esto incluye los cuentos que van a leér aquí. Estoy llena de inspiración y ganas, entonces, prepárense!...
Y aquí vá la segunda parte del cuento.
-Ahí viene!...- gritó un hombre, y colocando un niño inválido sobre sus hombros se abrió camino a empujones -Mira a mi hijo, santo hombre! Míralo y haz el milagro!...- exclamaba, llorando -Míralo aqui, por favor!...
Apavorado, traté de encogerme todavía más, pero era imposible escapar de aquella locura. Hombres y mujeres se lanzaban al suelo, niños y ancianos enfermos luchaban por un lugar cerca de la calle, algunos erguían los brazos hacia el cielo y soltaban exclamaciones incoherentes, otros reían y lloraban al mismo tiempo, algunos se cubrían el rostro con las manos y se alejaban como si estuvieran tomados por algún tipo de transe... Era algo incréible, yo nunca había visto una cosa así!... Entonces, como en un estallido, vinieron a mi mente las palabras que había escuchado en la escala da iglesia. Sería que era él, el tal santo hombre del cual los parroquianos hablaban? Sería que estaba aquí? Esta revolución toda era por su causa?... Lleno de curiosidad, traté de levantarme, buscando con los ojos la figura del hombre por entre las cabezas y cuerpos que se agitaban delante de mí. Pero yo era demasiado bajo, nunca conseguiría verlo desde allí, y tampoco conseguiría abrirme paso por entre esas personas enloquecidas hasta la calle... Decepcionado, volví a deslizar hasta el suelo, resignado a soportar el frío y el hambre en aquel rincón hasta que las personas se fueran, pero en el instante en que me enrollaba en mi capa de saco, se hizo un silencio total y repentino, y la multitud sequedó imóvil. Asustado, levanté la cabeza, apoyandome en la pared, y mis ojos cayeron sobre un rostro que, vuelto hacia mí, se destacaba en un espacio libre entre las cabezas de las personas. Cuando su mirada me alcanzó, sentí como si una violenta y estremecedora explosión de luz y silencio se hubiera abatido sobre mí. Fuí tomado por un repentino desfallecimiento, me faltó el aire, la calle y las personas desaparecieron, engullidas por una obscuridad total. Mi vida toda fué apagada en una fracción de segundo, como si no tuviera más importancia, y de repente me sentí desnudo, sin identidad, inerme delante de aquella figura que me observaba silenciosamente desde la calle. Era tan aquiescente, tan serena y tierna! Parecía comprender con tanta claridad mis infinitas misérias y, oh Dios, acogerlas dentro de su propio pecho! Una llamarada enceguecedora vino en mi dirección y, atravesando mis harapos inmundos y mi piel helada, cayó sobre mí en un abrazo calcinante y definitivo, embriagador. Traté de defenderme levantando los brazos y lanzando una exclamación de pavor... En un segundo, fuí totalmente abrasado, destruido. Y en el siguiente, el rostro no estaba más allí. El espacio se había cerrado y la multitud volvía a gritar y a empujarse, invadiendo la calle como un mar enfurecido atrás del hombre.
Me quedé tirado allí, pegado a la pared, aturdido y tembloroso, sin entender lo que había sucedido. Cuánto tiempo había pasado? Algunos minutos? Un siglo? No tenía certeza. El realmente me había mirado o había sido todo producto de mi mente alucinada por el hambre y la desesperación?... Pero, por qué él iría a detener su camino para mirarme justamente a mí, el último de los mendigos, que ni siquiera creía en sus hazañas? Yo no era nadie! Qué era lo que él iría a querer de mí?... Infinitas preguntas sin respuesta me atormentaban, haciendo que mi corazón casi estallase, invadido por un extraño sentimiento en el cual se mezclaban el terror y la felicidad... Pero no era eso mismo lo que decían que sucedía cuando él miraba a alguien? Una muerte y una resurrección. Era eso lo que había ocurrido conmigo?... Pero, por qué? Yo no había pedido nada! Yo ni siquiera soñaba en encontrarlo o hablarle! Por qué había hecho aquello conmigo? Por qué?... Y ahora, qué sería de mí?
Casi sin saber lo que hacía, me puse de pié, empujado por una fuerza superior a mí, más parecida con algún ataque de locura incontrolable, y apoyandome en las paredes, tropezando, cayendo, levantandome de nuevo, casi sin ver el camino y con la respiración contandome el pecho, enveredé por la calle atrás de la multitud. Percibía claramente que ahora sería imposible permanecer allí, quedarme para atrás, continuar siendo el mismo, existir lejos de él.
-Estoy perdido... Estoy perdido...- murmuraba mientras las lágrimas deslizaban por mi rostro.
Mis entrañas aullaban, mi carne temblaba, mis huesos eran despedazados sin piedad y una angustia indescriptible me aplastaba como una garra de acero... No me había dado cuenta todavía, mas aquel era mi encuentro con lo divino.
Y así, sin que él percibiese, comencé a seguirlo por doquier, contandole a todos los que encontraba lo que lo había visto hacer, contemplando con ojos turbios los milagros que floreciam a su paso, las multitudes devotas que buscaban en él esa centella divina que, al descender sobre ellas, las transformaba para siempre; los enfermos, paralíticos y proscritos que se arrastraban por las calles y caminos para poder estar algunos segundos bajo el poder de su sombra, los afligidos y miserables que, mismo de lejos, se sentían consolados y comprendidos, perdonados y libertados de sus grillones... Yo estaba siempre allí, rodeando, husmeando, siendo testigo, pero manteniendome a distancia, receloso y avergonzado de mi nada. Desgranaba llorando mis incontables pecados a lo largo de los caminos, me derretía bajo el sol, me empapaba en la lluvia, tiritaba de frío y desfallecía de hambre y sed en mis harapos hediondos. En las largas y obscuras noches a la intempérie, sentía que mis huesos se disolvían en ríos de angustia y dudas y que mi alma se hundía en abismos indescriptibles que parecían no tener fondo. Era acosado por pesadillas y tentaciones innombrables, pero sobre todo, por ese cansancio inmenso que me golpeaba sin tregua, por esa cobardía que se abatía sobre mi mezquino corazón y apretaba, apretaba sin piedad hasta arrancarme gemidos y lágrimas de desesperación... Entonces huía. Me escondía en algún agujero para que él no descubriera mi flaqueza; no quería que supiera sobre mis dudas, sobre mis fracasos y mis obscuros pensamientos, sobre las incontables ocasiones en que lo maldecía a é y a su doctrina mientras trataba de seguirle los pasos... Pero en el mismo instante en que pensaba esto me sentía espantado con el tamaño de mi presunción y, golpeandome el pecho con el puño cerrado, me recriminaba, rabioso:
-Pero cuánta pretensión!...- murmuraba, riendo amargamente -Por que él iría a notar mi presencia o a se preocupar con mis dilemas y angustias?... Son tantos los que lo siguen y reclaman su atención! Y yo ni siquiera tengo el valor de acercarme!...
En esas ocasiones, la tentación de desistir y volver a mi antigua vida se volvía casi insoportable, sin embargo, había en mi alma una extraña e inexplicable certeza, más parecida com una esperanza, que me hacía continuar: la de que él, de alguna forma sobrenatural, sabía perfectamente que yo estaba allí, en sus talones; de que conocía y sentía cada uno de mis movimientos, de mis pensamientos e intenciones. El sabía cada tropiezo, cada caída, mis luchas -todas perdidas!- mis dudas. Yo estaba seguro de que él sabía todo> Tenía la constante sensación de que estaba siempre vuelto hacia mí, atento, preocupado, lanzandose hacia mí a través de las multitudes, de la confusión, de la distancia, de los gritos y de aquel rebullicio asustador que siempre se formaba a su alrededor. Era como si, en seguida de nuestro primer encuentro. algo suyo hubiera penetrado y soltado raíces en mi propio ser, volviendose parte indivisible de mí. Sería que esto también le había sucedido a todos los otros que lo seguían? O a aquellos que habían vuelto a sus casas y continuado sus vidas? Sería que estaba unido así con todas las personas por las cuales había pasado? Yo bien sabía que bastaba una mirada, una palabra, un toque, un movimiento ínfimo e invisible al ojo humano para que ese río de fuego y dolor, de luz y felicidad transbordase, arrastrando todo, derribando todas las barreras, y alcanzase aquel lugar olvidado, adormecido dentro de cada persona y despertase delante de ella la visión del paraíso prometido. Infinidad de veces me pregunté qué era lo que realmente ocurría, qué era ese fenómeno radical que en un instante destruía y al siguiente resucitaba, cuál era el verdadero poder de aquel hombre y a dónde pretendía conducirnos con él, pero no encontraba ninguna respuesta. Esas cosas simplemente sucedían y eso era lo bastante. Pero yo, porfiado y escéptico, continuaba elucubrando... Era el amor? Eran las consecuencias de la entrega al amor? Qué era lo que realmente obraba la transformación y por qué ella era tan rápida y definitiva? Yo había sido tocado, sin embargo, todavía no me sentía transformado, purificado, merecedor de empezar definitivamente una nueva vida lejos de él... Sería que nadie se había arrepentido y vuelto a ser el de antes? Sería que todos eran realmente afectados, o alguien ya se había sentido indiferente a su poder? El nunca regresaba a las ciudades por las cuales había pasado para verificar las consecuencias de su visita, parecía que esto no le importaba. O entonces, estaba tan cierto de los resultados que no necesitaba confirmarlos. Era paciente y comprensivo fuera de cualquier límite, sin embargo, siempre parecía sufrir una cierta urgencia por seguir adelante, por encontrar más personas. Tenía una persistencia, una resistencia que me dejaban admirado, pues nunca demostraba dudas o cansancio, nunca paraba, parecía que no comía ni dormía y, así mismo, estaba siempre dispuesto a donarse. Nadie lo escandalizaba o lo decepcionaba, su fé en la transformación de las personas era total. La devoción que en ellas despertaba hacía que me sintiera un verme mentiroso, pues todavía me sabía el mismo hombre mezquino y cobarde de antes.
-Qué es lo que estoy haciendo? Para dónde estoy yendo?... Qué es lo que pretendo entre estas personas que créen y cambian de vida de verdad?...- me preguntaba, avergonzado. Pero mis piés continuaban arrastrandome sin piedad atrás de él, como si solamente ellos tuviesen alguna certeza sobre mi futuro.
Lo seguía fielmente, sí, pero mi alma estaba lejos de divisar un puerto seguro. Muchas noches no conseguía dormir. Me debatía ferozmente, escondido en las sombras, luchando contra mí mismo, víctima de una ira negra y dolorosa, de infinitas y absurdas dudas. Mi boca se llenaba de saliva y mi cuerpo se contorcía, desgarrado por las náuseas, queriendo expulsar de mis entrañas a aquel demonio que oía saltar y se burlar de mis pretensiones. Me sentía morir, morir mil veces, un millón de veces, y convertirme en cenizas que el viento cargaba hacia el infierno... Pero entonces, cuando no podía soportarlo más, cuando lo único que me quedaba era rendirme y desistir, sentía de repente su mirada posarse sobre mí, como en aquella mañana. Percibía su perfume, su calor, el murmullo paternal de su cuerpo acercandose, cubriendome, abriendose como un árbol sobre mí para abrigarme y consolarme, para ampararme... Me arrastaba entonces, jadeante y tembloroso, por detrás de las piedras y los arbustos, y allí estaba él: aquel mundo de gente a su alrededor implorando su atención y, mismo así, su cabeza majestuosa, de ojos serenos, se volvía hacia mí, sólo hacia mí, y yo lo sentía físicamente cerca, tan cerca que si tuviese el coraje, podría estirarme y tocarlo. El estaba allá, podía verlo, pero también estaba aquí, conmigo, y el consuelo de su omniciencia era superior a cualquier tentación. Las pesadillas se desvanecían como nubes de humo llevadas por el viento y yo me sentía enrollado en sus brazos, seguro y sereno nuevamente.
Pero, qué era lo que yo había hecho para merecer ese regalo desconcertante que, muchas veces, quería devolver? El simple hecho de existir me hacía merecedor de todo aquello? Era realmente necesario para que mi gran transformación aconteciera?Y qué era existir, a final de cuentas? Era lo que hacía antes o lo que hacía ahora? Pero qué era lo que hacía ahora? Arrastrarme, llorar, cantar, maldecir, rezar, equilibrarme sobre un precipicio?... Oh, qué estrecho me parecía a veces el camino que sus piés recorrían! Tenía que mantener los ojos bien abiertos y fijos en él para no despeñarme o perderme!... Y me preguntaba una y otra vez, exhausto y desengañado: para qué todo este sufrimiento, esta purgación que parecía no tener fin? Por qué todavía no conseguía ver el paraíso? Por qué mi libertación estaba demorando tanto? Qué era lo que estaba errado conmigo? No sería más saludable abandonarlo y seguir mi vida?... Pero no lo conseguía, por más que tratara, no lo conseguía. Estaba amarrado al cuello de este desconocido hasta el fin de los tiempos. Sabía que nada podría negarle, mismo desconfiando que él debía divertirse bastante a costa mía. Con certeza le parecía un payaso, una criatura patética y derrotada que pensaba que tenía el derecho de mirarlo y de esperar alguna cosa. En mi presunción, yo también anhelaba mi milagro, pero él no parecía dispuesto a concederme tal cosa. Era lo que yo pensaba, pero no lo admitía ni para mí mismo. La gracia de su amor jamás me alcanzaría. La mía sería una jornada inútil, pero ahora era demasiado tarde para cambiar el rumbo.
A cada día mi pessimismo aumentaba, volviendo mis pasos más lentos y pesados. Parecía que cargaba el mundo en los hombros, pero pensaba que, tarde o temprano, me acostumbraría con esto... A final de cuentas, era lo que el destino me había mostrado... Hasta el día en que él me habló.
Y aquí vá la segunda parte del cuento.
-Ahí viene!...- gritó un hombre, y colocando un niño inválido sobre sus hombros se abrió camino a empujones -Mira a mi hijo, santo hombre! Míralo y haz el milagro!...- exclamaba, llorando -Míralo aqui, por favor!...
Apavorado, traté de encogerme todavía más, pero era imposible escapar de aquella locura. Hombres y mujeres se lanzaban al suelo, niños y ancianos enfermos luchaban por un lugar cerca de la calle, algunos erguían los brazos hacia el cielo y soltaban exclamaciones incoherentes, otros reían y lloraban al mismo tiempo, algunos se cubrían el rostro con las manos y se alejaban como si estuvieran tomados por algún tipo de transe... Era algo incréible, yo nunca había visto una cosa así!... Entonces, como en un estallido, vinieron a mi mente las palabras que había escuchado en la escala da iglesia. Sería que era él, el tal santo hombre del cual los parroquianos hablaban? Sería que estaba aquí? Esta revolución toda era por su causa?... Lleno de curiosidad, traté de levantarme, buscando con los ojos la figura del hombre por entre las cabezas y cuerpos que se agitaban delante de mí. Pero yo era demasiado bajo, nunca conseguiría verlo desde allí, y tampoco conseguiría abrirme paso por entre esas personas enloquecidas hasta la calle... Decepcionado, volví a deslizar hasta el suelo, resignado a soportar el frío y el hambre en aquel rincón hasta que las personas se fueran, pero en el instante en que me enrollaba en mi capa de saco, se hizo un silencio total y repentino, y la multitud sequedó imóvil. Asustado, levanté la cabeza, apoyandome en la pared, y mis ojos cayeron sobre un rostro que, vuelto hacia mí, se destacaba en un espacio libre entre las cabezas de las personas. Cuando su mirada me alcanzó, sentí como si una violenta y estremecedora explosión de luz y silencio se hubiera abatido sobre mí. Fuí tomado por un repentino desfallecimiento, me faltó el aire, la calle y las personas desaparecieron, engullidas por una obscuridad total. Mi vida toda fué apagada en una fracción de segundo, como si no tuviera más importancia, y de repente me sentí desnudo, sin identidad, inerme delante de aquella figura que me observaba silenciosamente desde la calle. Era tan aquiescente, tan serena y tierna! Parecía comprender con tanta claridad mis infinitas misérias y, oh Dios, acogerlas dentro de su propio pecho! Una llamarada enceguecedora vino en mi dirección y, atravesando mis harapos inmundos y mi piel helada, cayó sobre mí en un abrazo calcinante y definitivo, embriagador. Traté de defenderme levantando los brazos y lanzando una exclamación de pavor... En un segundo, fuí totalmente abrasado, destruido. Y en el siguiente, el rostro no estaba más allí. El espacio se había cerrado y la multitud volvía a gritar y a empujarse, invadiendo la calle como un mar enfurecido atrás del hombre.
Me quedé tirado allí, pegado a la pared, aturdido y tembloroso, sin entender lo que había sucedido. Cuánto tiempo había pasado? Algunos minutos? Un siglo? No tenía certeza. El realmente me había mirado o había sido todo producto de mi mente alucinada por el hambre y la desesperación?... Pero, por qué él iría a detener su camino para mirarme justamente a mí, el último de los mendigos, que ni siquiera creía en sus hazañas? Yo no era nadie! Qué era lo que él iría a querer de mí?... Infinitas preguntas sin respuesta me atormentaban, haciendo que mi corazón casi estallase, invadido por un extraño sentimiento en el cual se mezclaban el terror y la felicidad... Pero no era eso mismo lo que decían que sucedía cuando él miraba a alguien? Una muerte y una resurrección. Era eso lo que había ocurrido conmigo?... Pero, por qué? Yo no había pedido nada! Yo ni siquiera soñaba en encontrarlo o hablarle! Por qué había hecho aquello conmigo? Por qué?... Y ahora, qué sería de mí?
Casi sin saber lo que hacía, me puse de pié, empujado por una fuerza superior a mí, más parecida con algún ataque de locura incontrolable, y apoyandome en las paredes, tropezando, cayendo, levantandome de nuevo, casi sin ver el camino y con la respiración contandome el pecho, enveredé por la calle atrás de la multitud. Percibía claramente que ahora sería imposible permanecer allí, quedarme para atrás, continuar siendo el mismo, existir lejos de él.
-Estoy perdido... Estoy perdido...- murmuraba mientras las lágrimas deslizaban por mi rostro.
Mis entrañas aullaban, mi carne temblaba, mis huesos eran despedazados sin piedad y una angustia indescriptible me aplastaba como una garra de acero... No me había dado cuenta todavía, mas aquel era mi encuentro con lo divino.
Y así, sin que él percibiese, comencé a seguirlo por doquier, contandole a todos los que encontraba lo que lo había visto hacer, contemplando con ojos turbios los milagros que floreciam a su paso, las multitudes devotas que buscaban en él esa centella divina que, al descender sobre ellas, las transformaba para siempre; los enfermos, paralíticos y proscritos que se arrastraban por las calles y caminos para poder estar algunos segundos bajo el poder de su sombra, los afligidos y miserables que, mismo de lejos, se sentían consolados y comprendidos, perdonados y libertados de sus grillones... Yo estaba siempre allí, rodeando, husmeando, siendo testigo, pero manteniendome a distancia, receloso y avergonzado de mi nada. Desgranaba llorando mis incontables pecados a lo largo de los caminos, me derretía bajo el sol, me empapaba en la lluvia, tiritaba de frío y desfallecía de hambre y sed en mis harapos hediondos. En las largas y obscuras noches a la intempérie, sentía que mis huesos se disolvían en ríos de angustia y dudas y que mi alma se hundía en abismos indescriptibles que parecían no tener fondo. Era acosado por pesadillas y tentaciones innombrables, pero sobre todo, por ese cansancio inmenso que me golpeaba sin tregua, por esa cobardía que se abatía sobre mi mezquino corazón y apretaba, apretaba sin piedad hasta arrancarme gemidos y lágrimas de desesperación... Entonces huía. Me escondía en algún agujero para que él no descubriera mi flaqueza; no quería que supiera sobre mis dudas, sobre mis fracasos y mis obscuros pensamientos, sobre las incontables ocasiones en que lo maldecía a é y a su doctrina mientras trataba de seguirle los pasos... Pero en el mismo instante en que pensaba esto me sentía espantado con el tamaño de mi presunción y, golpeandome el pecho con el puño cerrado, me recriminaba, rabioso:
-Pero cuánta pretensión!...- murmuraba, riendo amargamente -Por que él iría a notar mi presencia o a se preocupar con mis dilemas y angustias?... Son tantos los que lo siguen y reclaman su atención! Y yo ni siquiera tengo el valor de acercarme!...
En esas ocasiones, la tentación de desistir y volver a mi antigua vida se volvía casi insoportable, sin embargo, había en mi alma una extraña e inexplicable certeza, más parecida com una esperanza, que me hacía continuar: la de que él, de alguna forma sobrenatural, sabía perfectamente que yo estaba allí, en sus talones; de que conocía y sentía cada uno de mis movimientos, de mis pensamientos e intenciones. El sabía cada tropiezo, cada caída, mis luchas -todas perdidas!- mis dudas. Yo estaba seguro de que él sabía todo> Tenía la constante sensación de que estaba siempre vuelto hacia mí, atento, preocupado, lanzandose hacia mí a través de las multitudes, de la confusión, de la distancia, de los gritos y de aquel rebullicio asustador que siempre se formaba a su alrededor. Era como si, en seguida de nuestro primer encuentro. algo suyo hubiera penetrado y soltado raíces en mi propio ser, volviendose parte indivisible de mí. Sería que esto también le había sucedido a todos los otros que lo seguían? O a aquellos que habían vuelto a sus casas y continuado sus vidas? Sería que estaba unido así con todas las personas por las cuales había pasado? Yo bien sabía que bastaba una mirada, una palabra, un toque, un movimiento ínfimo e invisible al ojo humano para que ese río de fuego y dolor, de luz y felicidad transbordase, arrastrando todo, derribando todas las barreras, y alcanzase aquel lugar olvidado, adormecido dentro de cada persona y despertase delante de ella la visión del paraíso prometido. Infinidad de veces me pregunté qué era lo que realmente ocurría, qué era ese fenómeno radical que en un instante destruía y al siguiente resucitaba, cuál era el verdadero poder de aquel hombre y a dónde pretendía conducirnos con él, pero no encontraba ninguna respuesta. Esas cosas simplemente sucedían y eso era lo bastante. Pero yo, porfiado y escéptico, continuaba elucubrando... Era el amor? Eran las consecuencias de la entrega al amor? Qué era lo que realmente obraba la transformación y por qué ella era tan rápida y definitiva? Yo había sido tocado, sin embargo, todavía no me sentía transformado, purificado, merecedor de empezar definitivamente una nueva vida lejos de él... Sería que nadie se había arrepentido y vuelto a ser el de antes? Sería que todos eran realmente afectados, o alguien ya se había sentido indiferente a su poder? El nunca regresaba a las ciudades por las cuales había pasado para verificar las consecuencias de su visita, parecía que esto no le importaba. O entonces, estaba tan cierto de los resultados que no necesitaba confirmarlos. Era paciente y comprensivo fuera de cualquier límite, sin embargo, siempre parecía sufrir una cierta urgencia por seguir adelante, por encontrar más personas. Tenía una persistencia, una resistencia que me dejaban admirado, pues nunca demostraba dudas o cansancio, nunca paraba, parecía que no comía ni dormía y, así mismo, estaba siempre dispuesto a donarse. Nadie lo escandalizaba o lo decepcionaba, su fé en la transformación de las personas era total. La devoción que en ellas despertaba hacía que me sintiera un verme mentiroso, pues todavía me sabía el mismo hombre mezquino y cobarde de antes.
-Qué es lo que estoy haciendo? Para dónde estoy yendo?... Qué es lo que pretendo entre estas personas que créen y cambian de vida de verdad?...- me preguntaba, avergonzado. Pero mis piés continuaban arrastrandome sin piedad atrás de él, como si solamente ellos tuviesen alguna certeza sobre mi futuro.
Lo seguía fielmente, sí, pero mi alma estaba lejos de divisar un puerto seguro. Muchas noches no conseguía dormir. Me debatía ferozmente, escondido en las sombras, luchando contra mí mismo, víctima de una ira negra y dolorosa, de infinitas y absurdas dudas. Mi boca se llenaba de saliva y mi cuerpo se contorcía, desgarrado por las náuseas, queriendo expulsar de mis entrañas a aquel demonio que oía saltar y se burlar de mis pretensiones. Me sentía morir, morir mil veces, un millón de veces, y convertirme en cenizas que el viento cargaba hacia el infierno... Pero entonces, cuando no podía soportarlo más, cuando lo único que me quedaba era rendirme y desistir, sentía de repente su mirada posarse sobre mí, como en aquella mañana. Percibía su perfume, su calor, el murmullo paternal de su cuerpo acercandose, cubriendome, abriendose como un árbol sobre mí para abrigarme y consolarme, para ampararme... Me arrastaba entonces, jadeante y tembloroso, por detrás de las piedras y los arbustos, y allí estaba él: aquel mundo de gente a su alrededor implorando su atención y, mismo así, su cabeza majestuosa, de ojos serenos, se volvía hacia mí, sólo hacia mí, y yo lo sentía físicamente cerca, tan cerca que si tuviese el coraje, podría estirarme y tocarlo. El estaba allá, podía verlo, pero también estaba aquí, conmigo, y el consuelo de su omniciencia era superior a cualquier tentación. Las pesadillas se desvanecían como nubes de humo llevadas por el viento y yo me sentía enrollado en sus brazos, seguro y sereno nuevamente.
Pero, qué era lo que yo había hecho para merecer ese regalo desconcertante que, muchas veces, quería devolver? El simple hecho de existir me hacía merecedor de todo aquello? Era realmente necesario para que mi gran transformación aconteciera?Y qué era existir, a final de cuentas? Era lo que hacía antes o lo que hacía ahora? Pero qué era lo que hacía ahora? Arrastrarme, llorar, cantar, maldecir, rezar, equilibrarme sobre un precipicio?... Oh, qué estrecho me parecía a veces el camino que sus piés recorrían! Tenía que mantener los ojos bien abiertos y fijos en él para no despeñarme o perderme!... Y me preguntaba una y otra vez, exhausto y desengañado: para qué todo este sufrimiento, esta purgación que parecía no tener fin? Por qué todavía no conseguía ver el paraíso? Por qué mi libertación estaba demorando tanto? Qué era lo que estaba errado conmigo? No sería más saludable abandonarlo y seguir mi vida?... Pero no lo conseguía, por más que tratara, no lo conseguía. Estaba amarrado al cuello de este desconocido hasta el fin de los tiempos. Sabía que nada podría negarle, mismo desconfiando que él debía divertirse bastante a costa mía. Con certeza le parecía un payaso, una criatura patética y derrotada que pensaba que tenía el derecho de mirarlo y de esperar alguna cosa. En mi presunción, yo también anhelaba mi milagro, pero él no parecía dispuesto a concederme tal cosa. Era lo que yo pensaba, pero no lo admitía ni para mí mismo. La gracia de su amor jamás me alcanzaría. La mía sería una jornada inútil, pero ahora era demasiado tarde para cambiar el rumbo.
A cada día mi pessimismo aumentaba, volviendo mis pasos más lentos y pesados. Parecía que cargaba el mundo en los hombros, pero pensaba que, tarde o temprano, me acostumbraría con esto... A final de cuentas, era lo que el destino me había mostrado... Hasta el día en que él me habló.
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terça-feira, 2 de fevereiro de 2010
El discípulo - Parte I
Me quedé super contenta con mis primeras cuatro visitas a este blog y, como soy una optimista inveterada, hoy día voy a postear la primera parte del segundo cuento que, ojalá, disfruten... Mi hijo puso aquella cara cuando le conté sobre las tres visitas, pero, espera un poco, hace sólo dos semanas que abrí el blog! No soy tan famosa así como para que corra la voz y todo el mundo se cachetée para leér mis historias!... En todo caso, espero que les guste y que, realmente, corran la voz para que así otros puedan pasar un momento entretenido leyendola. Gracias!.
La noticia corrió como un reguero de pólvora y ahora estaba en todas las bocas. Al saber de su llegada, las personas abandonaban lo que estuvieran haciendo y corrían a las calles y caminos que llevaban a la ciudad, se amontonaban desordenadamente en las ventanas, terrazas y balcones para verlo pasar, subían a los tejados e escalaban árboles y rocas, gritando su nombre y empujandose unas a otras para poder tener el privilegio de divisarlo ni que fuera de lejos, por algunos segundos. El pueblo había escuchado decir que tan sólo la frescura de su sombra pasando o una breve mirada de relance, mismo a la distancia, ya bastaban para que los milagros acontecieran. No era necesario decirle nada, nadie era obligado a confesar sus pecados o a contar su historia, pues para él, los corazones humanos eran como libros abiertos y los cuerpos como relatos que de alguna forma sobrenatural, ya conocía. Las curas eran un encuentro silencioso e íntimo solamente entre él y el enfermo y duraban apenas algunos segundos, sin grandes gestos o frases estudiadas, sin sermones, sin cobranzas ni compromisos. Eran, simplemente, instantes plenos de misericordia y comprensión, de acogida sincera, sin preconceptos o juicios. Eran un breve guiño de amor divino, y era lo suficiente para que todo acurriera. Por eso las multitudes se lanzaban a su encuentro, ansiosas y llenas de esperanza, y hacían cualquier cosa para ser por él alcanzadas.
Quien había escuchado su voz contaba que ésta parecía una brisa que soplaba gentilmente en el corazón de quien oía, llevándose todo el peso y el dolor que hasta entonces cargaba. Su tono era tan tierno y misericordioso, y sus palabras tan dulces y certeras, que la mayoría de las personas no conseguía contener las lágrimas, a veces retenidas por demasiado tiempo, y lavandose en ellas, volvía a casa santificado, total e irreversiblemente transformado.
Los que fueron tocados por sus manos leves y pálidas no conseguían describir lo que les sucediera. La energía que de ellas emanaba era tan poderosa y embriagadora que parecía borrar con un gesto imperceptible todo lo que de equivocado existía en aquella vida. Era como deshacerse, contaban unos. Era como perder la conciencia y desaparecer por algunos momentos, afirmaban otros. Eran instantes de agonía y exaltación, de miedo y felicidad, decían otros. Pero, definitivamente, todos concordaban que era una resurrección. A su toque mínimo, moría el hombre viejo y lleno de miserias y renacía una criatura totalmente nueva, pura, que veía las puertas de la verdadera vida abrirse delante de él. Y la única cosa que él decía, cuando las personas ya se alejaban, bendiciendo su nombre, era:
-Encuentra tu destino.
Se contaba que, a veces, las personas quedaban en tal estado de exaltación después de esta revelación, que de repente les nacían alas y, lanzandose hacia el cielo, se perdían en la distancia, más allá de las nubes y del sol, en busca del paraíso prometido, y jamás regresaban. Pero cuando le preguntaban a él si aquello era verdad, se limitaba a sonreír con indulgencia y respondía:
-Cada uno tiene su propio camino. Sigue el tuyo.
Era esto que yo había escuchado y visto a lo largo de las ciudades y villarejos por los cuales pasara, siguiendo su rastro como un can de caza. Una mañana, mientras estaba sentado en los peldaños de la iglesia esperando de la misericordia de los parroquianos algunas monedas con las cuales poder comprar mi refección del día, escuché a algunos de ellos comentando sobre este santo hombre que recorría la tierra haciendo milagros admirables y transformando ciudades enteras sólo con su presencia. Al oir a aquellas personas ricas y bien vestidas no pude evitar sonreír por detrás de mis harapos, pues percibí que ellas eran tan crédulas y exageradas cuanto el populacho pobre e incluto que pululaba por las calles. Cerrando rápidamente los dedos sucios sobre las monedas que uno de ellos dejó caer en mi mano, me pregunté cómo sería el tal santo hombre y cuál sería la verdad sobre sus actos, porque lo que no faltaba en aquella época eran charlatanes haciendose pasar por profetas y santos con el fin de arrancar dinero del pueblo incauto y desesperado. Guardé las monedas en mi bolsita de cuero y la sacudí suavemente. Un agradable tintinéo llegó a mis oídos y sonreí nuevamente: mi comida estaba garantizada. Esto era lo que realmente importaba y no un actorcillo que andaba por ahí haciendo trucos baratos.
Satisfecho con mis lucros de la mañana, me levanté y fuí por las calles en busca de una taberna donde llenar mi estómago vacío con un buen guisado de carne y una jarra de vino. Encontré una que me pareció razonable, ni demasiado limpia -lo que significaría precios caros- ni una porqueriza llena de baratas y perros. Calculé que mi dinero daría para algo medianamente decente, como aquel establecimiento. Me enderecé, pues, y fuí entrando, sintiendome hasta importante. Al abrir la puerta fuí recibido por un maravilloso olor a carne asada, papas y sopa. La boca se me llenó de saliva. No comía nada desde el día anterior, pues estaba nublado y lluvioso y casi nadie se aventuró a la calle. Y quien lo hizo, no estaba con espíritu para dar limosna. Me acerqué a una de las mesas, sintiendo el cuerpo todo flaquear por causa del hambre y del calor agradable que reinaba allí dentro, pero cuando pescaba el banquillo para sentarme, un hombre se detuvo a mi lado y puso una mano pesada en mi hombro.
-Hey, tú, qué es lo que quieres aquí?.- me preguntó con un vozarrón gosero de pocos amigos.
-Vine a comer.- le respondí, ofendido. El hombre me miró con escepticismo y se llevó las manos enormes y peludas a la cintura -Por qué? Estás pensando que no te voy a pagar?- pregunté, enderezandome y enfrentandolo.
El hombre, gordo y seboso, soltó una carcajada estruendosa, que me hizo encoger, y volviendose hacia los otros clientes exclamó, apuntandome:
-El príncipe aqui dice que va a pagar la comida!...- y se rió de nuevo, acompañado por los demás.
Yo rebusqué entre mis ropas y saqué la bolsita con monedas. Haciendolas tintinear delante de su rostro barbudo, exclamé, lleno de coraje:
-Pues el dinero está aquí!... Me crées ahora?... Puedes traer mi comida entonces!.
Sin embargo, el tabernero no pareció para nada impresionado. Por el contrario, acercó su cara cuadrada a la mía y murmuró, golpeandome en el pecho con su dedo:
-Yo conozco tu laya, mendigo. Ya hubo muchos que trataron de engañarme para comer sin pagar y te aseguro que no les fué muy bien.
-Pero yo tengo dinero!.- insistí.
-Entonces muéstramelo, pillo, de lo contrario no vas a recibir ni siquiera un hueso pelado. Déjame verlo!
De un manotazo arrancó de mis dedos la bolsita y, abriendola, desparramó su contenido encima de la mesa. Instintivamente, yo contuve el aliento. El hombre se quedó un instante en silencio, mirando las monedas doradas y plateadas. Entonces, alargó la mano y pescó una de ellas, aquella que el hombre rico había acabado de darme, la acercó a sus ojos y la contempló fijamente más un momento.
-Entonces?...- inquirí yo, con aire de triunfo.
Pero él, en vez de hacer un gesto de aprobación, tiró la moneda lejos y me dió una mirada terrible. Dando un paso hacia mí, me agarró del cuello y empezó a arrastrarme hacia la puerta. Los clientes lanzaban carcajadas y golpeaban las mesas como animales. Yo no entendía lo que estaba ocurriendo.
-Pero qué es lo que te pasa?...- grité, luchando para zafarme de las garras del tabernero -Acaso mi dinero no vale?... Sólo porque soy un pordiosero?... La mañana fué buena, amigo, y los parroquianos fueron generosos!.
Entonces, el hombre se detuvo y me sostuvo en el aire, zamarreándome sin piedad.
-Ah, sí?... La mañana fué buena? Los parroquianos fueron generosos contigo?...- soltó una risa de desdén y me dejó caer -Pues parece que los parroquianos son tan sinvergüenzas como tú!...- apuntó hacia la moneda en el piso -Eso ahí es falso!... Puro latón!... Es falso!.
Estupefacto, me volví y miré la moneda. Mis piernas temblaron. Las cosas se estaban poniendo feas. Muy feas.
-Pero yo no lo sabía!...- alegué, volviendome hacia el hombre -Yo no lo sabía, te lo juro!
-Claro, tú no lo sabías, no es verdad? Y pensaste que yo tampoco lo sabría? Anda a contarle ese cuento a otro!- gritó el hombre y pescandome de los pantalones y de la túnica, me lanzó fuera de la taberna como a un perro sarnoso.
Caí en medio de una poza de lama, sintiendome un puerco mojado y avergonzado, pues todos los que pasaban se reían y me apuntaban, exclamando:
-Miren, otro pillo que trató de engañar al tabernero y le fué mal!- y se alejaban, burlandose de mi desgracia.
Me levanté, tambaleante, y traté de limpiar mis ropas, pero estaban empapadas. Me dieron ganas de regresar allí dentro para recobrar mi bolsa de monedas -debía haber alguna verdadera! Los ricos no podían ser tan crueles!- pero las carcajadas de los clientes y la voz del tabernero contando a los gritos mi intentona de embolinarlo me hicieron desistir. Miré a mi alrededor, buscando un poco de piedad, pero la calle estaba desierta. Era hora de almuerzo y todos debian estar en sus casas, acomodados delante de una mesa llena de platos y fuentes humeantes y olorosas... Mi estómago roncó, lleno de aire. Una mezcla de rabia y tristeza invadió mi pecho y, maldiciendo y cojeando, me alejé por la calle y fuí a esconderme en un rincón obscuro. Me desplomé en el suelo y me arrebujé lo mejor que pude en mi capa, pues estaba poniéndose muy frío. Muerto de hambre y tiritando, adormecí. Cuando desperté, un perro se había echado a mis piés y me miraba, meneando la cola. Estaba muy flaco y sucio, pero sus ojillos brillaban cuando se posaban sobre mí.
-Por lo menos tengo los piés calientes.- murmuré, acariciandolo. Entonces, dió un salto, como si sólo estuviera esperando una señal mía, y vino a echarse en mi falda -Era lo que me faltaba!- exclamé, enojado, pero al mirarlo a los ojos me ví en ellos reflejado: sucio, miserable, abandonado, despreciado, un pária que el mundo había olvidado, y de repente se me llenaron los ojos de lágrimas -No aguanto más...- sollocé, abrazando al animal -Esta vida es demasiado dura... No aguanto más! prefiero morir!.- exclamé, dejandome caer hasta el suelo. Y me quedé ahí, bajo la lluvia que empezaba a caer, abandonado de toda esperanza e coraje.
Desperté cuando alguien tropezó en mí. Sobresaltado, me enderecé y miré a mi alrededor. La calle estaba tomada por una agitación extraña. Las personas corrían, se atropellaban, gritaban, salían a los balcones y ventanas en una urgencia desesperada, casi histérica. Traté de preguntar lo que estaba pasando, pero nadie se detuvo para responderme. El perro ladraba, furioso, asustado con tanto tumulto. Entonces, escaldado todavía por lo que había acabado de sucederme, preferí encogerme en mi rincón y esperar que todo se calmase.
Sin embargo, en vez de esto, la multitud fué aumentando, empujandose y gritando, volviendose cada vez más desesperada, como si algo terrible estuviera a punto de suceder.
-Miren, es él!... Es él!...- gritó una mujer cerca de mí, apuntando hacia el medio de la calle. Y todos lanzaron una exclamación de asombro, moviendose como un solo cuerpo hacia aquella dirección.
Bueno, esta es la primera parte de la historia. La semana que viene escribiré la que sigue, ok?.
La noticia corrió como un reguero de pólvora y ahora estaba en todas las bocas. Al saber de su llegada, las personas abandonaban lo que estuvieran haciendo y corrían a las calles y caminos que llevaban a la ciudad, se amontonaban desordenadamente en las ventanas, terrazas y balcones para verlo pasar, subían a los tejados e escalaban árboles y rocas, gritando su nombre y empujandose unas a otras para poder tener el privilegio de divisarlo ni que fuera de lejos, por algunos segundos. El pueblo había escuchado decir que tan sólo la frescura de su sombra pasando o una breve mirada de relance, mismo a la distancia, ya bastaban para que los milagros acontecieran. No era necesario decirle nada, nadie era obligado a confesar sus pecados o a contar su historia, pues para él, los corazones humanos eran como libros abiertos y los cuerpos como relatos que de alguna forma sobrenatural, ya conocía. Las curas eran un encuentro silencioso e íntimo solamente entre él y el enfermo y duraban apenas algunos segundos, sin grandes gestos o frases estudiadas, sin sermones, sin cobranzas ni compromisos. Eran, simplemente, instantes plenos de misericordia y comprensión, de acogida sincera, sin preconceptos o juicios. Eran un breve guiño de amor divino, y era lo suficiente para que todo acurriera. Por eso las multitudes se lanzaban a su encuentro, ansiosas y llenas de esperanza, y hacían cualquier cosa para ser por él alcanzadas.
Quien había escuchado su voz contaba que ésta parecía una brisa que soplaba gentilmente en el corazón de quien oía, llevándose todo el peso y el dolor que hasta entonces cargaba. Su tono era tan tierno y misericordioso, y sus palabras tan dulces y certeras, que la mayoría de las personas no conseguía contener las lágrimas, a veces retenidas por demasiado tiempo, y lavandose en ellas, volvía a casa santificado, total e irreversiblemente transformado.
Los que fueron tocados por sus manos leves y pálidas no conseguían describir lo que les sucediera. La energía que de ellas emanaba era tan poderosa y embriagadora que parecía borrar con un gesto imperceptible todo lo que de equivocado existía en aquella vida. Era como deshacerse, contaban unos. Era como perder la conciencia y desaparecer por algunos momentos, afirmaban otros. Eran instantes de agonía y exaltación, de miedo y felicidad, decían otros. Pero, definitivamente, todos concordaban que era una resurrección. A su toque mínimo, moría el hombre viejo y lleno de miserias y renacía una criatura totalmente nueva, pura, que veía las puertas de la verdadera vida abrirse delante de él. Y la única cosa que él decía, cuando las personas ya se alejaban, bendiciendo su nombre, era:
-Encuentra tu destino.
Se contaba que, a veces, las personas quedaban en tal estado de exaltación después de esta revelación, que de repente les nacían alas y, lanzandose hacia el cielo, se perdían en la distancia, más allá de las nubes y del sol, en busca del paraíso prometido, y jamás regresaban. Pero cuando le preguntaban a él si aquello era verdad, se limitaba a sonreír con indulgencia y respondía:
-Cada uno tiene su propio camino. Sigue el tuyo.
Era esto que yo había escuchado y visto a lo largo de las ciudades y villarejos por los cuales pasara, siguiendo su rastro como un can de caza. Una mañana, mientras estaba sentado en los peldaños de la iglesia esperando de la misericordia de los parroquianos algunas monedas con las cuales poder comprar mi refección del día, escuché a algunos de ellos comentando sobre este santo hombre que recorría la tierra haciendo milagros admirables y transformando ciudades enteras sólo con su presencia. Al oir a aquellas personas ricas y bien vestidas no pude evitar sonreír por detrás de mis harapos, pues percibí que ellas eran tan crédulas y exageradas cuanto el populacho pobre e incluto que pululaba por las calles. Cerrando rápidamente los dedos sucios sobre las monedas que uno de ellos dejó caer en mi mano, me pregunté cómo sería el tal santo hombre y cuál sería la verdad sobre sus actos, porque lo que no faltaba en aquella época eran charlatanes haciendose pasar por profetas y santos con el fin de arrancar dinero del pueblo incauto y desesperado. Guardé las monedas en mi bolsita de cuero y la sacudí suavemente. Un agradable tintinéo llegó a mis oídos y sonreí nuevamente: mi comida estaba garantizada. Esto era lo que realmente importaba y no un actorcillo que andaba por ahí haciendo trucos baratos.
Satisfecho con mis lucros de la mañana, me levanté y fuí por las calles en busca de una taberna donde llenar mi estómago vacío con un buen guisado de carne y una jarra de vino. Encontré una que me pareció razonable, ni demasiado limpia -lo que significaría precios caros- ni una porqueriza llena de baratas y perros. Calculé que mi dinero daría para algo medianamente decente, como aquel establecimiento. Me enderecé, pues, y fuí entrando, sintiendome hasta importante. Al abrir la puerta fuí recibido por un maravilloso olor a carne asada, papas y sopa. La boca se me llenó de saliva. No comía nada desde el día anterior, pues estaba nublado y lluvioso y casi nadie se aventuró a la calle. Y quien lo hizo, no estaba con espíritu para dar limosna. Me acerqué a una de las mesas, sintiendo el cuerpo todo flaquear por causa del hambre y del calor agradable que reinaba allí dentro, pero cuando pescaba el banquillo para sentarme, un hombre se detuvo a mi lado y puso una mano pesada en mi hombro.
-Hey, tú, qué es lo que quieres aquí?.- me preguntó con un vozarrón gosero de pocos amigos.
-Vine a comer.- le respondí, ofendido. El hombre me miró con escepticismo y se llevó las manos enormes y peludas a la cintura -Por qué? Estás pensando que no te voy a pagar?- pregunté, enderezandome y enfrentandolo.
El hombre, gordo y seboso, soltó una carcajada estruendosa, que me hizo encoger, y volviendose hacia los otros clientes exclamó, apuntandome:
-El príncipe aqui dice que va a pagar la comida!...- y se rió de nuevo, acompañado por los demás.
Yo rebusqué entre mis ropas y saqué la bolsita con monedas. Haciendolas tintinear delante de su rostro barbudo, exclamé, lleno de coraje:
-Pues el dinero está aquí!... Me crées ahora?... Puedes traer mi comida entonces!.
Sin embargo, el tabernero no pareció para nada impresionado. Por el contrario, acercó su cara cuadrada a la mía y murmuró, golpeandome en el pecho con su dedo:
-Yo conozco tu laya, mendigo. Ya hubo muchos que trataron de engañarme para comer sin pagar y te aseguro que no les fué muy bien.
-Pero yo tengo dinero!.- insistí.
-Entonces muéstramelo, pillo, de lo contrario no vas a recibir ni siquiera un hueso pelado. Déjame verlo!
De un manotazo arrancó de mis dedos la bolsita y, abriendola, desparramó su contenido encima de la mesa. Instintivamente, yo contuve el aliento. El hombre se quedó un instante en silencio, mirando las monedas doradas y plateadas. Entonces, alargó la mano y pescó una de ellas, aquella que el hombre rico había acabado de darme, la acercó a sus ojos y la contempló fijamente más un momento.
-Entonces?...- inquirí yo, con aire de triunfo.
Pero él, en vez de hacer un gesto de aprobación, tiró la moneda lejos y me dió una mirada terrible. Dando un paso hacia mí, me agarró del cuello y empezó a arrastrarme hacia la puerta. Los clientes lanzaban carcajadas y golpeaban las mesas como animales. Yo no entendía lo que estaba ocurriendo.
-Pero qué es lo que te pasa?...- grité, luchando para zafarme de las garras del tabernero -Acaso mi dinero no vale?... Sólo porque soy un pordiosero?... La mañana fué buena, amigo, y los parroquianos fueron generosos!.
Entonces, el hombre se detuvo y me sostuvo en el aire, zamarreándome sin piedad.
-Ah, sí?... La mañana fué buena? Los parroquianos fueron generosos contigo?...- soltó una risa de desdén y me dejó caer -Pues parece que los parroquianos son tan sinvergüenzas como tú!...- apuntó hacia la moneda en el piso -Eso ahí es falso!... Puro latón!... Es falso!.
Estupefacto, me volví y miré la moneda. Mis piernas temblaron. Las cosas se estaban poniendo feas. Muy feas.
-Pero yo no lo sabía!...- alegué, volviendome hacia el hombre -Yo no lo sabía, te lo juro!
-Claro, tú no lo sabías, no es verdad? Y pensaste que yo tampoco lo sabría? Anda a contarle ese cuento a otro!- gritó el hombre y pescandome de los pantalones y de la túnica, me lanzó fuera de la taberna como a un perro sarnoso.
Caí en medio de una poza de lama, sintiendome un puerco mojado y avergonzado, pues todos los que pasaban se reían y me apuntaban, exclamando:
-Miren, otro pillo que trató de engañar al tabernero y le fué mal!- y se alejaban, burlandose de mi desgracia.
Me levanté, tambaleante, y traté de limpiar mis ropas, pero estaban empapadas. Me dieron ganas de regresar allí dentro para recobrar mi bolsa de monedas -debía haber alguna verdadera! Los ricos no podían ser tan crueles!- pero las carcajadas de los clientes y la voz del tabernero contando a los gritos mi intentona de embolinarlo me hicieron desistir. Miré a mi alrededor, buscando un poco de piedad, pero la calle estaba desierta. Era hora de almuerzo y todos debian estar en sus casas, acomodados delante de una mesa llena de platos y fuentes humeantes y olorosas... Mi estómago roncó, lleno de aire. Una mezcla de rabia y tristeza invadió mi pecho y, maldiciendo y cojeando, me alejé por la calle y fuí a esconderme en un rincón obscuro. Me desplomé en el suelo y me arrebujé lo mejor que pude en mi capa, pues estaba poniéndose muy frío. Muerto de hambre y tiritando, adormecí. Cuando desperté, un perro se había echado a mis piés y me miraba, meneando la cola. Estaba muy flaco y sucio, pero sus ojillos brillaban cuando se posaban sobre mí.
-Por lo menos tengo los piés calientes.- murmuré, acariciandolo. Entonces, dió un salto, como si sólo estuviera esperando una señal mía, y vino a echarse en mi falda -Era lo que me faltaba!- exclamé, enojado, pero al mirarlo a los ojos me ví en ellos reflejado: sucio, miserable, abandonado, despreciado, un pária que el mundo había olvidado, y de repente se me llenaron los ojos de lágrimas -No aguanto más...- sollocé, abrazando al animal -Esta vida es demasiado dura... No aguanto más! prefiero morir!.- exclamé, dejandome caer hasta el suelo. Y me quedé ahí, bajo la lluvia que empezaba a caer, abandonado de toda esperanza e coraje.
Desperté cuando alguien tropezó en mí. Sobresaltado, me enderecé y miré a mi alrededor. La calle estaba tomada por una agitación extraña. Las personas corrían, se atropellaban, gritaban, salían a los balcones y ventanas en una urgencia desesperada, casi histérica. Traté de preguntar lo que estaba pasando, pero nadie se detuvo para responderme. El perro ladraba, furioso, asustado con tanto tumulto. Entonces, escaldado todavía por lo que había acabado de sucederme, preferí encogerme en mi rincón y esperar que todo se calmase.
Sin embargo, en vez de esto, la multitud fué aumentando, empujandose y gritando, volviendose cada vez más desesperada, como si algo terrible estuviera a punto de suceder.
-Miren, es él!... Es él!...- gritó una mujer cerca de mí, apuntando hacia el medio de la calle. Y todos lanzaron una exclamación de asombro, moviendose como un solo cuerpo hacia aquella dirección.
Bueno, esta es la primera parte de la historia. La semana que viene escribiré la que sigue, ok?.
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