domingo, 20 de setembro de 2015

"Terremoteados, pero de pie"

    Y después de tanto zamarreo y tanta réplica -todavía tiembla a cada rato- andamos todos medio mareados y recelosos, pero con ganas de seguir adelante, reconstruir y mantener la inspiración, la creatividad y el buen humor... No nos queda otra, ¿no es verdad?... Por eso, aquí van más cuentos, para que se relajen y se olviden un poco de tanto baile.


                                                          DUEÑA DE CASA

    Se levanta a la misma hora todos los días. Baño, ropa, cola de caballo. Cocina, tetera, cortar el pan, ponerlo en la tostadora. Mantequilla, jamón, queso, tazas, platillos, cucharas, azúcar. Va de pieza en pieza despertando a todos. Reclamos, flojera, rabieta, disculpas... Finalmente, los tiene en la mesa hablando, bostezando, peleando por el pan o el jamón, ensuciando el mantel, desparramando migas por el suelo... Y por fin se van. La casa queda vacía y silenciosa, desordenada, como si un huracán hubiera pasado por ella. Ropa, sábanas, toallas, platos, libros, juegos, pelos en la tina, suelo mojado... Es hora de empezar a ordenar, como cada día, como si no lo hubiera hecho el día anterior, como si a nadie le importara el trabajo que eso le da, si le duele la espalda, si está con sueño, si preferiría salir a pasear, a tomarse un helado, a ver una película. No, nada de eso hasta terminar con este desastre.... Recoger la ropa, ponerla en la máquina, lavar la loza, barrer, pasar la aspiradora, arreglar el baño, botar la basura, sacar las ollas, encender la cocina. Pelar, picar, freír, poner agua, revolver. Ir a ver la ropa, colgarla. Volver a la cocina. Ensalada, carne, arroz, zapallitos con queso. Comprar el pan, la lechuga, una bebida para el almuerzo. Pasar a la farmacia a buscar su remedio para la menopausia, que está una mierda. Ese negocio de tomar remedio natural no funciona... Volver a la casa, encender la radio para acompañarse. Hacer las camas, regar el jardín, barrer la vereda, saludar a la vecina, que está en lo mismo. Se miran mutuamente con una expresión de total resignación y una sonrisa cansada. Vuelve para adentro, revisa la olla, guarda la loza. Se acuerda de que hay que pagar el agua. Va a la pieza y abre el cajón del velador de su esposo. Ahí está el sobre donde él guarda el sobre con la plata para los gastos de rutina. Mete la mano y tantea entre los papeles. De repente, algo duro y frío, de una forma extraña, que no conoce. Lo pesca y lo trae hacia afuera. Es un revolver.




                                                  EL PREMIO


     Hace rato que estoy sentada aquí y no pasa nada. Puros comerciales y series idiotas. ¿A qué horas era el sorteo? A las ocho. Bueno, ya son las ocho y cinco y todavía nada. Ah, creo que es pura pérdida de tiempo. Claro que no me voy a ganar ni un premio. No tengo tanta suerte. Bueno, es verdad que no juego nunca, entonces no puedo querer ganar algún premio, ¿no?... Pero de repente, como compré el boleto... No sé, sería mucha suerte que la única vez que... ¡Puchas, finalmente! Medio atrasado, pero ahí viene. Deja ir a buscar mi boleto. Aquí está. Vamos a ver. Crucemos los dedos... No, no me voy a ganar nada... ¿Pero y si ganara, qué haría? Me compraría una casa, un auto iría a viajar... Pero no, eso sería demasiado bueno y yo no tengo esa suerte. Nunca me gané ni un loly... Mi familia no es de andar ganando sorteos por ahí No, toda la vida han tenido que joderse trabajando para conseguir las cosas... Primer número... Ese lo tengo... Pero apuesto a que va a ser sólo ese... Me voy a buscar un vaso de coca mientras sortean el siguiente... ¡Puchas, también lo tengo! Pura casualidad, el resto va a ser nada que ver... No saco nada con ponerme a soñar porque no voy a ganar nada, eso ya lo sé. No está en mi destino ser rico... Caramba, también tengo ese número... Ay, ya me estoy poniendo nerviosa... Pero, ¿quieren ver? Apuesto a que los voy a tener todos menos el último. ¡Típico! Me empiezo a hacer ilusiones y al final, nada. Mierda... No me voy a entusiasmar... El siguiente... Creo que dejé de respirar, porque también lo tengo... Ahora el último... Sí, es ahora que me cae el balde de agua fría. Me preparo para la decepción. Cierro los ojos. Con escuchar que es otro número y no el mío es suficiente para querer llorar... Último número... No es, no es, no es... ¿Qué?... ¿QUÉ?... Gané... ¡Gané!... ¡GANÉ!...¡¡¡¡GANÉÉÉÉÉÉÉÉÉ!!!!!!

segunda-feira, 14 de setembro de 2015

"Un pequeño retraso..."

    Ya sé que había prometido los cuentos para ayer, pero tuve un pequeño e inesperado inconveniente y terminé atrasándome. Sin embargo, como me gusta cumplir mis promesas, aquí están las historias. ¡Y pueden disfrutarlas en el feriado!




                                                         DESCONFORME

    Le cargaba levantarse temprano, siempre le cargó, desde que tenía que madrugar para ir al colegio. Y le parecía una cruel ironía que, ahora que estaba grande, el único trabajo que pudo conseguir la obligaba a levantarse de madrugada de nuevo. Eso después de haber pasado una pésima noche porque, de nuevo, tuvo que traerse al cabro chico a su cama porque se puso a llorar y todos empezaron a reclamar. Puchas, ¿cuándo será que aprendería a dormir solo?... Ya estaba hasta la coronilla de tener que pasar la noche toda apretada porque al cagón le daba miedo su cama... Y ahora, ese maldito despertador... Echó la ropa para atrás y se sentó desganadamente. Se restregó los ojos, se estiró. Se puso las zapatillas y fue al baño a lavarse la cara. No había agua caliente. De nuevo. Volvió a la pieza y se vistió, dándose una mirada en el espejo al pasar. Ropa vieja, manchada, heredada de su hermana mayor, más gorda que ella. Los zapatos ya estaban deformados y las medias llenas de hoyos.... Fue a la cocina -ese cubículo hacinado, con las paredes descascaradas y manchadas de humo y mohín- La cocina sólo tenía dos bocas buenas y un ladrillo en ligar de una de las patas. Puso el agua a hervir en la tetera abollada y negra. Se hizo un té aguado (porque la bolsita tenía que servir para dos veces) y sacó una marraqueta añeja de la bolsa de plástico colgada atrás de la puerta. Le pasó un poco de margarina, de esa barata que más tenía gusto a hueso viejo. Y eso era todo. Se puso el chaquetón, los guantes, el gorro, la bufanda, pescó su cartera y su bolsa y salió silenciosamente. Los demás empezaban a despertarse.
    Tomó dos micros atiborradas y hediondas, un metro también lleno y casi perdió la estación porque se quedó dormida en pie, apoyada en la pared del vagón. Llegó caminando despacio, soltando suspiros de disgusto y frustración. Se puso el uniforme, que le quedaba inmenso y estaba todo deshilachado y lleno de manchas,, agarró los escobillones, las bolsas y la pala. Hizo un poco de asco, pero terminó poniéndose los guantes percudidos y apestosos porque en realidad nunca sabía qué porquería iba a tener que recoger en la calle. Tomó su carrito pesado, maloliente,, sucio, con una rueda chueca, que la obligaba a usar más fuerza para empujarlo, y salió atrás de sus compañeros que se dirigían al camión que los llevaría a sus destinos.
    Cuando se abrió la puerta y Verónica bajó a la calle se quedó un rato para allí, mirando a su alrededor, descorazonada, frustrada... Había basura como si ella no hubiera venido el día anterior y se hubiera quebrado el lomo barriendo y restregando el suelo de las porquerías que los transeúntes arrojaban. Era un trabajo completamente inútil, se dijo, haciendo una mueca de rabia, pero no podía darse el lujo de perderlo... ¿Y entonces por qué la miraban así? ¿Acaso no era para estar descontenta?.




                                                   JUNTITOS

    Cuando el Robertito nació, su papá ya se había mandado cambiar, entonces sólo quedaron la Juana, su madre, y él. A pesar de ser tan joven, la Juana apechugó, nunca se rindió e hizo de todo para sacar adelante a su hijo. Se fueron a vivir a una pieza en una pensión medio arruinada, con sólo un baño en el corredor, en un barrio peligroso, lleno de pasajes y calles oscuras y sucias. De las piezas vecinas les llegaba el alboroto de otros chiquillos, los gritos de las peleas entre las parejas, la música escandalosa de los borrachos. De la calle se arrastraban los ladridos de los perros, los balazo, las sirenas, los pasos fugitivos escurriéndose por entre as callejuelas... Pero ellos no parecían preocupados con todo esto Vivían su vidita como separados del resto del mundo, sólo los dos. Celebraban las fiestas patrias poniendo su bandera en la ventana de barrotes oxidados, la Juana hacía tres empanadas y y ambos se sentaban en la diminuta mesa de madera barnizada de grasa y polvo y se las comían oyendo música chilena en la radio. A veces hasta arriesgaban unos pasos de cueca. En navidad ponían un arbolito (en realidad, un macetero con una planta medio raquítica que tenían en a ventana) y lo adornaban con papeles de color y tapas de botella, se abrazaban a  medianoche y cenaban un pollo con arroz y ensalada de tomate que la Juana había comprado con las monedas que había ahorrado de los lavados y planchados. Los cumpleaños los cantaban comiéndose un paquete de galletas rellenas y un vaso de jugo, los dos juntitos y contentos. Robertito iba a la escuela de camisa percudida y calcetines zurcidos, los zapatos brillantes con la suela agujereada y los mismos pantalones que lavaba el fin de semana. Llevaba sus cuadernos en una bolsa de plástico y no le importaba que se rieran de él porque su chaqueta tenía hoyos en los codos. Lo que importaba era estudiar, terminar el colegio, ir a la universidad, graduarse y y encontrar un trabajo para poder sacar a su madre de allí y que pudiera finalmente descansar. Ella era su vida, su motor, su inspiración, su ideal. Estaban siempre juntitos, cómplices, confidentes, consejeros. Todo lo hacían pensando en la felicidad del otro. No existía nadie más en el mundo para ambos. Por eso, cando la Juana le contó a su hijo que estaba con cáncer y que no le quedaba mucho tiempo, Robertito tomó la decisión más radical de su vida. La única que podía tomar en esas circunstancias: se sacó los zapatos y se tendó en la cama al lado de su madre.
    -¿Pero qué haces, hijo?- le preguntó Juana.
    El la miró, serio, y suspiró con firmeza.
    -Me muero junto con usted, pues, mamita.- le respondió, acurrucándose junto a su pequeño y exhausto cuerpo.
    -Hijo...- murmuró Juana, abrazándolo suavemente. Y cerrando los ojos, sonrió.