Y como prometido, aquí están los cuentos de esta semana, un poco atrasados, pero aquí están.
NUEVA DIRECCIÓN
Mauricio dobló la esquina e, instintivamente, disminuyó la marcha. Eso no era una calle, era un callejón. Obscuro, con las veredas quebradas, postes sin luz, apenas uno al fondo, junto a un árbol raquítico y retorcido, paredes rayadas y manchadas de orina... Respiró hondo, se enderezó y retomó su camino. Se metió la mano al bolsillo, sacó un papel arrugado y lo miró rápidamente para verificar la dirección. Vio el nombre de la calle. Era esa misma. Un escalofrío de recelo lo recorrió, pero siguió caminando y mirando los números de los edificios. Se acercaba. Finalmente llegó a la puerta que buscaba. Se detuvo y se quedó inmóvil, mirando el escenario que tenía al frente: las paredes eran de un gris sucio, y resquebrajado, había pedazos descascarados y casi todas las persianas estaban cerradas, cubiertas por una gruesa capa de polvo, moho y barniz resecado. A la puerta le faltaba la manilla y la luz del farol estaba quemada. Las ventanas tenían unas barandas oxidadas y chuecas de las cuales colgaban antenas, ropa, cables, restos de maceteros de cardenales, pedazos de volantines, alambres, recuerdos de días mejores... Los pastelones de la vereda estaban quebrados, con maleza creciendo en los agujeros. Mauricio miró a su alrededor. ¿Quién viviría allí? Parecía un barrio peligroso, lleno de sombras y malos olores, de basura y ese silencio ominoso que parecía avisarle que se cuidara... Se acercó a la puerta y se dio cuenta de que tenía una reja atrás de la madera arruinada, y por el hoyo que había en la parte de arriba pudo vislumbrar una tétrica escalera de baldosa roja que se perdía en el negror del segundo piso. Instintivamente retrocedió... Dejó pasar un momento, cerró los ojos, respiró hondo y se enderezó. Pescó su maleta, empujó la puerta y entró.
LA CASA
Esas cajas de refrigerador o de lavadoras son las mejores. porque son de cartón más duro y más grandes, entonces se sostienen mejor. Las de cocina son buenas para forrar el suelo. Se ponen bien dobladas una encima de la otra y ahí uno se acuesta sobre una frazada. Queda bien calientita. La cuestión es encontrar un rincón donde uno no estorbe el paso y que tenga un techo porque así no la echan a una y no se moja si llueve. Con unas tres cajas de refrigerador bien paradas y apoyadas en la pared se puede hacer una casita bien decente. Te cabe el carrito, las bolsas, las muletas y aún sobra espacio para acostarse. El otro día pasé por un local donde estaban regalándole globos a los niños y el señor fue tan simpático y me dio uno con forma de flor. Quedó lindo en el rincón de mi casita. Se ve más alegre, parece casa de verdad... Y cuando amanece puedo desarmar todo, guardar todo atrás de ese medidor de luz que hay en la esquina y salir a pedir limosna por la ciudad hasta la tarde. Ahí vuelvo y encuentro mis cosas donde las dejé. A nadie le interesa un montón de cartones... Es reconfortante poder regresar a la casa cuando cae la noche.
DELICADO
No había caso, por más que se dejara barba, fumara como un camionero saliera de jarana todo fin de semana con los amigos a esos bares de mala muerte llenos de prostitutas y se matara en el gimnasio para mostrarle los músculos a todo el mundo. Alfredo seguía siendo un delicadito. De repente se le salían unos gestos o unas exclamaciones y caras que todos se quedaban mirándolo con los ojos llenos de desconfianza. Pero entonces él se reía y juraba que estaba fingiendo no más... En su casa, su papá lo vigiaba como un perro de guardia. No lo dejaba hacer nada que no fuera "masculino", y Alfredo obedecía, dócil y con esa extraña sonrisa de resignación y rabia al mismo tiempo que le ponía los pelos de punta a su mamá. De vez en cuando, él la veía acercarse a su papá, y conversarle unas cosas llenas de tensión y angustia. Pero éste las despreciaba como quien espanta moscas y continuaba con su campaña para hacer que Alfredo virase hombre de una vez por todas. Ninguna rebeldía o voluntad propia eran permitidas, ni una mirada, ni una palabra. Ni siquiera un pensamiento. Y parecía que el viejo tenía el poder siniestro de adivinar lo que pasaba por la cabeza de su hijo y, así, lo manejaba como quería.
Hasta el día del cumpleaños de Alfredo. Hicieron un asado regado a vino, cerveza, palabrotas y un montón de machos hediondos y groseros. Alfredo quería morirse. Su delicadeza estaba siendo ultrajada cobardemente, y su papá se reía, empujándole a los brazos a una putilla perfumada, con un vestido minúsculo. Y en cuanto ella se le restregaba como una gata en celo, tratando de despertar su hombría, Alfredo vio el cuchillo de la carne encima de la mesa.
EL REINO
Él llega antes de que todos nos despertemos, se pone su uniforme, se toma un cafecito bien cargado, pesca las llaves del cajón y se prepara para empezar su día. Si ve un papel o un vaso de plástico en la vereda sale con la escoba y lo barre. Trapea las baldosas ya medio percudidas del hall, pasa el paño con lustra muebles perfumado en el mesón de entrada, con una cierta sonrisa de absoluta satisfacción en su rostro arrugado y concentrado, sereno. Mantiene el pedazo de vereda frente a la entrada del edificio siempre limpia, riega el arbolito y las plantas de la entrada, aspira la pequeña alfombra café. Va atrás y revisa las casillas de los residentes para ver si hay correspondencia y avisarles. Enciende o apaga las luces según sea necesario, atiende el interfono siempre con aquella voz gentil y liviana, llena de experiencia. Y cuando empezamos a salir para trabajar, él nos despide y nos desea un buen día de corazón, porque ese es su reino y nosotros somos como su familia. Y sabemos que estará esperándonos cuando volvamos en la noche, nos preguntará cómo nos fue y nos deseará un buen descanso, también de corazón. Y nosotros jamás nos preguntaremos quién es, dónde vive, si tiene familia, si está enfermo, si tiene problemas, si le pagan poco... Porque es nuestro puerto seguro, nuestro rey en plenos poderes, que esconde todo para que sus súbditos vivan tranquilos y le tengan esa confianza y ese cariño impersonal que se le tiene a los conserjes.