domingo, 31 de maio de 2015

"Otros cuentos cortos"

    Y como prometido, aquí están los cuentos de esta semana, un poco atrasados, pero aquí están.



                                                      NUEVA DIRECCIÓN


    Mauricio dobló la esquina e, instintivamente, disminuyó la marcha. Eso no era una calle, era un callejón. Obscuro, con las veredas quebradas, postes sin luz, apenas uno al fondo, junto a un árbol raquítico y retorcido, paredes rayadas y manchadas de orina... Respiró hondo, se enderezó y retomó su camino. Se metió la mano al bolsillo, sacó un papel arrugado y lo miró rápidamente para verificar la dirección. Vio el nombre de la calle. Era esa misma. Un escalofrío de recelo lo recorrió, pero siguió caminando y mirando los números de los edificios. Se acercaba. Finalmente llegó a la puerta que buscaba. Se detuvo y se quedó inmóvil, mirando el escenario que tenía al frente: las paredes eran de un gris sucio, y resquebrajado, había pedazos descascarados y casi todas las persianas estaban cerradas, cubiertas por una gruesa capa de polvo, moho y barniz resecado. A la puerta le faltaba la manilla y la luz del farol estaba quemada. Las ventanas tenían unas barandas oxidadas y chuecas de las cuales colgaban antenas, ropa, cables, restos de maceteros de cardenales, pedazos de volantines, alambres, recuerdos de días mejores... Los pastelones de la vereda estaban quebrados, con maleza creciendo en los agujeros. Mauricio miró a su alrededor. ¿Quién viviría allí? Parecía un barrio peligroso, lleno de sombras y malos olores, de basura y ese silencio ominoso que parecía avisarle que se cuidara... Se acercó a la puerta y se dio cuenta de que tenía una reja atrás de la madera arruinada, y por el hoyo que había en la parte de arriba pudo vislumbrar una tétrica escalera de baldosa roja que se perdía en el negror del segundo piso. Instintivamente retrocedió... Dejó pasar  un momento, cerró los ojos, respiró hondo y se enderezó. Pescó su maleta, empujó la puerta y entró.




                                                       LA CASA


    Esas cajas de refrigerador o de lavadoras son las mejores. porque son de cartón más duro y más grandes, entonces se sostienen mejor. Las de cocina son buenas para forrar el suelo. Se ponen bien dobladas una encima de la otra y ahí uno se acuesta sobre una frazada. Queda bien calientita. La cuestión es encontrar un rincón donde uno no estorbe el paso y que tenga un techo porque así no la echan a una y no se moja si llueve. Con unas tres cajas de refrigerador bien paradas y apoyadas en la pared se puede hacer una casita bien decente. Te cabe el carrito, las bolsas, las muletas y aún sobra espacio para acostarse. El otro día pasé por un local donde estaban regalándole globos a los niños y el señor fue tan simpático y me dio uno con forma de flor. Quedó lindo en el rincón de mi casita. Se ve más alegre, parece casa de verdad... Y cuando amanece puedo desarmar todo, guardar todo atrás de ese medidor de luz que hay en la esquina y salir a pedir limosna por la ciudad hasta la tarde. Ahí vuelvo y encuentro mis cosas donde las dejé. A nadie le interesa un montón de cartones... Es reconfortante poder regresar a la casa cuando cae la noche.



                                                      DELICADO


    No había caso, por más que se dejara barba, fumara como un camionero saliera de jarana todo fin de semana con los amigos a esos bares de mala muerte llenos de prostitutas y se matara en el gimnasio para mostrarle los músculos a todo el mundo. Alfredo seguía siendo un delicadito. De repente se le salían unos gestos o unas exclamaciones y caras que todos se quedaban mirándolo con los ojos llenos de desconfianza. Pero entonces él se reía y juraba que estaba fingiendo no más... En su casa, su papá lo vigiaba como un perro de guardia. No lo dejaba hacer nada que no fuera "masculino", y Alfredo obedecía, dócil y con esa extraña sonrisa de resignación y rabia al mismo tiempo que le ponía los pelos de punta a su mamá. De vez en cuando, él la veía acercarse a su papá, y conversarle unas cosas llenas de tensión y angustia. Pero éste las despreciaba como quien espanta moscas y continuaba con su campaña para hacer que Alfredo virase hombre de una vez por todas. Ninguna rebeldía o voluntad propia eran permitidas, ni una mirada, ni una palabra. Ni siquiera un pensamiento. Y parecía que el viejo tenía el poder siniestro de adivinar lo que pasaba por la cabeza de su hijo y, así, lo manejaba como quería.
    Hasta el día del cumpleaños de Alfredo. Hicieron un asado regado a vino, cerveza, palabrotas y un montón de machos hediondos y groseros. Alfredo quería morirse. Su delicadeza estaba siendo ultrajada cobardemente, y su papá se reía, empujándole a los brazos a una putilla perfumada, con un vestido minúsculo. Y en cuanto ella se le restregaba como una gata en celo, tratando de despertar su hombría, Alfredo vio el cuchillo de la carne encima de la mesa.




                                                          EL REINO


    Él llega antes de que todos nos despertemos, se pone su uniforme, se toma un cafecito bien cargado, pesca las llaves del cajón y se prepara para empezar su día. Si ve un papel o un vaso de plástico en la vereda sale con la escoba y lo barre. Trapea las baldosas ya medio percudidas del hall, pasa el paño con lustra muebles perfumado en el mesón de entrada, con una cierta sonrisa de absoluta satisfacción en su rostro arrugado y concentrado, sereno. Mantiene el pedazo de vereda frente a la entrada del edificio siempre limpia, riega el arbolito y las plantas de la entrada, aspira la pequeña alfombra café. Va atrás y revisa las casillas de los residentes para ver si hay correspondencia y avisarles. Enciende o apaga las luces según sea necesario, atiende el interfono siempre con aquella voz gentil y liviana, llena de experiencia. Y cuando empezamos a salir para trabajar, él nos despide y nos desea un buen día de corazón, porque ese es su reino y nosotros somos como su familia. Y sabemos que estará esperándonos cuando volvamos en la noche, nos preguntará cómo nos fue y nos deseará un buen descanso, también de corazón. Y nosotros jamás nos preguntaremos quién es, dónde vive, si tiene familia, si está enfermo, si tiene problemas, si le pagan poco... Porque es nuestro puerto seguro, nuestro rey en plenos poderes, que esconde todo para que sus súbditos vivan tranquilos y le tengan esa confianza y ese cariño impersonal que se le tiene a los conserjes.





domingo, 24 de maio de 2015

Otra serie de cuentos

    Y como se los prometí, aquí va esta nueva serie de cuentos. ¡Espero que los disfruten!




                                                          DÍA 31

    No era nadie, vivía en un edificio medio arruinado, de paredes descascaradas y una talaraña de alambres colgada de las ventanas junto con la ropa que se secaba al sol contaminado de la gran ciudad. No tenía más amigas -todas habían muerto- no salía para hacer compras, comer fuera o ir al cine. No le alcanzaba la plata. La pensión era una porquería. Después de comprarse todos los malditos remedios, apenas le sobraba para una compra en el mercado, pan, media docena de huevos y unas manzanas, más una cajita de té y un paquetito de azúcar... Lo demás era la televisión antigua, la radio, la vista de la calle por la ventana y ese mundo de gente que pasaba allá abajo. Ya había dejado de preguntarse para dónde iban o de dónde venían. No tenía más curiosidad... La vida era así, solitaria, medio obscura, callada, quieta. Excepto el día 31. Ahí se arreglaba toda, se pintaba los labios, se ponía su mejor vestido, los zapatos de taco y salía como una reina a la calle. Llegaba al banco sonriente e iluminada, se ponía en la fila, conversaba con todo el mundo, le preguntaba a la cajera por la familia. Y cuando recibía su pensión, por algunos momentos, se sentía la mujer más rica y afortunada de mundo.




                                                    LA FUENTE



    No tenía una hora cierta para salir. Tal vez cuando el público se cansaba, o cuando estaban demasiado curados, cuando empezaban a conversar en voz muy alta. Cuando le tiraban cosas al mezquino escenario o el dueño, sencillamente, le apagaba el foco. Esa era la señal para levantarse del piso, entrar por la bambalina y guardar la guitarra dentro de su zurrada caja negra, toda llena de adhesivos, manchas,  rasguños y ya medio deformada. Mientras cerraba el broche se daba algunos segundos para contemplarla con cariño. ¡Cuántos años juntos! ¡Cuántas canciones! Cuántos sueños que siempre terminaban en algún bar de mala muerte delante de un público cruel e insensible. ¿Cuándo llegaría su oportunidad? ¿En qué rincón escondido por el humo y el olor a cerveza estaba esperándolo la fama, la fortuna, el prestigio, el dinero?... A veces se sentía realmente cansado de este peregrinar estéril, sometiéndose a la voluntad de gente que sólo quería a alguien para llenar un lugar, para decir que tenía música en vivo, que ni siquiera lo escuchaba. Pero a pesar de todo esto, su sueño se negaba a morir.
    Por eso, cada vez que pasaba delante de la fuente del paseo, la única que estaba funcionando, y se echaba unas manotadas de agua helada a la cara para despertar y enfrentar su pieza hacinada y maloliente, sacaba una monedita del bolsillo, la lanzaba al agua cerrando los ojos y sonreía porque sabía que un día su deseo se haría realidad.




                                                LA BOMBA


    El tipo era todo un personaje, loco total: pelo largo y crespo, siempre alborotado, un gorro boliviano de lana que le cubría las orejas, un montón de ropa superpuesta, colorinche y de todo tipo de géneros, una mochila negra deformada por la cantidad de cosas misteriosas que contenía y unas zapatillas agujereadas, cada una de un color diferente. Estaba siempre rondando la plaza, mirando para todos lados y para el cielo como si esperara ser asaltado o que alguna catástrofe innominable ocurriera repentinamente. Andaba siempre descalzo porque decía que necesitaba mantener el contacto con la madre tierra y descargar la energía negativa que acumulaba en sus andanzas por la ciudad... Y a quien se cruzaba delante suyo o estuviera medio desprevenido en alguna esquina o en un banco, se le acercaba y le endilgaba un discurso nervioso y lleno de pasión sobre la bomba que estaba a punto de caer sobre la ciudad. Los pobres carabineros eran víctimas frecuentes de sus delirios y como no podían salir corriéndolo a lumazos, eran obligados a escucharlo pacientemente y aún regalarle uno que otro comentario. Lo peor era que el tipo nunca se acordaba de con cuál de ellos ya había conversado, entonces algunos policiales se repetían el plato unas tres o cuatro veces, o hasta que los cambiaban de localización. Ya se había convertido en un punto de referencia que nadie tomaba en serio. Los turistas le sacaban fotos, los perros lo perseguían, los transeúntes se reían de él y su manía de bomba. Vivía pidiéndole a los guardias de la plaza que lo dejaran dormir en el subterráneo donde se guardaban los carritos, escobillones, bolsas y otros artefactos usados para hacer el aseo del lugar, pero ellos lo echaban a empujones y garabatos...
    -¡Oye, el loco pesao!- comentaban, riéndose -¡Empréstale un casco pa que no se le queme el pelo con la bomba!
    Y sus carcajadas burlonas eran como una bofetada en el rostro del loco, que se alejaba, decepcionado, rezongando en voz baja cosas sobre radiación, uranio, maquinaciones gubernamentales, terremotos, fuego y cosas por el estilo.
    Y se rieron de él y le hicieron burla hasta el día en que cayó la bomba y la ciudad desapareció.




                                                      EL QUIOSCO


    Su vida era como su quiosco. Todos los días lo abría, sacaba las revistas, los diarios, las bolsas de regalo, ordenaba los dulces, las galletas y cigarros, sacaba el frízer con las bebidas, contaba las monedas para el vuelto, enchufaba el hervidor y se preparaba un cafecito con un sandwich de mortadela con queso. Se lo tomaba despacito, viendo a la ciudad despertar, el cielo clarear majestuosamente, las personas empezando a salir a las calles, apresuradas, medio adormiladas todavía. Poco a poco se acercaban a su quiosco y le pedían un dulce, unas galletas, un agua o un juguito, un paquete de cigarrillos, el diario, la revista de modas, aquella con los últimos chismes de la farándula... Lo saludaban, le contaban un poco de sus vidas mientras encendían el cigarrillo o abrían el paquete de galletas. Comentaban alguna noticia, pedían información, le sonreían,  se despedían. Desaparecían del cuadrado de la ventana del quiosco y continuaban con sus vidas. Y él se quedaba ahí, imaginando dónde podrían trabajar o vivir, cómo sería su familia, si tendrían auto o si andarían en ese metro como sardinas en lata... Pero no conseguía llegar muy lejos porque siempre llegaba más gente a comprar y lo interrumpían en sus divagaciones. A algunos ya los conocía, otros eran extraños, unos simpáticos, otros hoscos y desanimados, feos, bonitos, ricos, pobres, viejos, jóvenes. Miraba a su alrededor y se veía rodeado por las noticias y los personajes y a veces tenía un tiempito para pescar uno de los diarios o revistas y leer un poco sobre lo que sucedía por ahí...
    Realmente, no necesitaba salir de su quiosco para conocer el mundo.



                                                   USADO

    Ponía su paño en el suelo, bien estirado y sacudido, y después iba sacando las ropas, zapatos, pañuelos, juguetes y audífonos y los arreglaba con todo cuidado, los más nuevos adelante, para llamar al cliente, los más zurrados atrás, bien doblados para que no aparecieran las partes gastadas. Esos se demorarían más para vender, pero Santiago tenía la certeza de que que a alguien le servirían. La cosa era tener la mercadería limpia y bien distribuida, tentar a los que pasaban con su aspecto y sus palabras Él nunca decía que sus cosas no eran usadas, pero se esmeraba en resaltar las cualidades que aún les quedaban. Y siempre terminaba convenciendo a las personas, pues sabía que lo poco que tenían les alcanzaba para adquirir sus mercaderías. No les importaba que estuvieran usadas, medio percudidas o un poquito deformadas. Eso era suficiente para que la gente bien las desechara, pero para los más pobres acababan siendo verdaderos tesoros, entonces era negocio seguro. Cada vez que iba a una de esas casas de los barrios más pudientes y le daban un saco con ropas y zapatos, él llegaba a su casa y las examinaba, y se quedaba perplejo con el grado de inconsciencia que estas personas tenían, que botaban cosas casi nuevas porque se habían encantado con otra más moderna, más bonita, más en la moda... Nunca iba a dejar de admirarse y reírse de esta gente que, sin querer y por pura vanidad, terminaba vistiendo a sus compatriotas con menos recursos y haciéndolos sentirse felices y ufanos por haber pagado tan poco para verse como un rico.