domingo, 29 de novembro de 2015

"¿Quiénes son ustedes?"

    Y como lo prometí, aquí están otros dos cuentos cortos para que aprovechen el fin de semana. Ya tengo otras ideas en la manga, entonces creo que brevemente publicaré más. También es bueno porque así aprovecho para practicar para la nueva edición del concurso-tortura "Santiago en 100 palabras"... Voy a esforzarme de verdad y vamos a ver cómo me va este año... Y si no pasa nada, de cualquier forma ustedes los van a leer. ¡Pero tengo que entrenar mucho para conseguir resumir de forma satisfactoria -para mí, por lo menos- las historias que se me ocurren en cien míseras palabras!...
    Y aquí van los cuentos, para leerlos junto a la piscina, con un vaso de jugo al lado, ¡porque el calor está llegando!.



                                                 EL PAYASO PALTITA


    Sus tiempos de gloria ya se habían ido hacía mucho. El circo cerró, los leones se fueron a un zoológico, las contorsionistas se volvieron garzonas, el mago vendía ropas caras en un mall, los caballos jalaban carretelas llenas de verduras o muebles y los otros payasos... Bueno, nunca más los había vuelto a ver. Cuando el circo quebró todos tuvieron que arreglárselas y hacer de todo para sobrevivir. Se olvidaron de su pasado y trabajaban en lo que apareciera. La mayoría regresó a sus pueblos natales en el sur y todo contacto se perdió.
    Pero aunque la mayoría se había rendido a la necesidad y enterrado su vida en el circo, el payaso Paltita se había conservado fiel. De lo que sobró rescató un carrito y unos artículos de magia: naipes, pañuelos, globos, vasos y otras chucherías que el mago había dejado atrás, su ropa de payaso y algunos potes de maquillaje resecado. Con esto, mucha imaginación y simpatía, -y siempre arrancando de los carabineros- se dedicaba a andar por las calles, paseos y plazas presentando un pequeño acto donde mezclaba la magia y la payasada, con lo que ganaba algunas monedas para subsistir y continuar su cruzada por mantener vivo el arte del circo. Ya estaba viejo, curvado, arrugado y casi pelado, caminaba despacio, parecía que cada día ese carrito se ponía más pesado. Estaba cansado, enfermo, solo. Era como un Quijote en medio de los molinos de viento de acero y concreto de la ciudad inmensa y atareada, ruidosa, sin compasión... Pero cuando se ponía frente al espejo y empezaba a maquillarse, parecía que su corazón rejuvenecía, los dolores desaparecían, la mente se ponía alerta y un extraño y agradable calor le llenaba el corazón y parecía salir de él y abrazar a los pocos que se detenían para disfrutar de su modesto espectáculo. Era una media hora de magia, chistes, interacción ágil y cálida, globos y música chirriante, que terminaba con algunas monedas y billetes en su sombrero zurrado. Daba para pasar otro día... Pero lo mejor no era la plata, sino el espectáculo, el público, la emoción, las risas y el asombro de los niños delante de sus trucos ingenuos. El encanto que sus malabares aún podían despertar en las personas era como una inyección de valor y optimismo para su alma. Eso hacía que valiera la pena salir de la cama todos los días.




                                    ¿QUIÉNES SON USTEDES?


    Alberto trabajaba. Pero trabajaba de verdad. No se quedaba por ahí conversando, chateando en el celular, paseando por la oficina para echarle el ojo a las secretarias, fumando en la terraza o tomando litros de café y comiendo galletitas. No, él estaba siempre en su escritorio, en aquel cubículo inmaculado y neuróticamente ordenado. No tenía allí fotos de la familia, chiches, maceteros, hojas sueltas, lapiceras desparramadas, clips o tijeras fuera de sus receptáculos. Llegaba más temprano que todos y se iba incluso más tarde que el propio jefe, que ya le había llamado la atención por quedarse todos los días después del horario, aclarándole que no iba a ganar horas extra por eso. Pero a Alberto no le importaba. La cosa no era la plata, era el trabajo, la lucha por la perfección, los plazos, los clientes, las cuentas, la eficiencia. ¡Había tanta cosa que hacer! ¿Cómo era posible que todos se portaran como si estuvieran de vacaciones? Se la pasaban haciendo planes para los feriados, los fines de semana, las vacaciones, panoramas con la familia, viajes, como si lo que sucedía en la oficina no tuviera la menor importancia. Miraban a cada rato el reloj, listos para saltar de la silla y salir corriendo a la calle, subirse al metro, al auto, al bus, y llegar a sus casas... ¿A hacer qué?... ¿A ver la novela? ¿A jugar con los hijos? ¿A pelear con la esposa? ¿A revisar las cuentas que no podían pagar? ¿A tomarse una cerveza con los amigos?... ¡Aquello no era vida! Alberto sólo haría algo así cuando hubiera juntado bastante dinero. Ahí sí se podría dar el lujo.
   Pasando el tiempo, todos notaron que Alberto se quedaba más y más tiempo en la oficina. ¿Haciendo qué? Nadie sabía, pero se mostraba siempre muy ocupado y concentrado. Un día trajo su saco de dormir. Dijo que tenía un caso complicadísimo que resolver que iba a requerir todo su tiempo. Después trajo un terno, unas camisas, calcetines, calzoncillos... Lo tenía todo ordenado y escondido debajo de su escritorio. Y trabajaba. Nunca hablaba de su familia, de sus planes, de sus sueños. A ciencia cierta, nadie sabía si tenía alguno. Ni siquiera sabían si tenía realmente una familia por la cual necesitaba trabajar de esta manera.
    Pero al final de aquella semana todos tuvieron la respuesta a estas cuestiones cuando una mujer y tres niños entraron a la oficina preguntando por él. Hacía una semana que Alberto no aparecía en la casa ni contestaba el teléfono. La familia sabía que el tipo era un trabajólico, pero eso ya era demasiado. Entonces decidieron ir hasta la empresa a buscarlo. Sin embargo, cuando la secretaria los llevó hasta su escritorio y la esposa se acercó y lo llamó, él giró hacia ella, con los ojos brillantes y afiebrados, la frente perlada de sudor y la boca seca, y se quedó mirándola en silencio.
    -¿Alberto?...- murmuró la mujer, inclinándose hacia él, temerosa.
    Pero Alberto siguió mirándolos, como si no entendiera lo que estaba sucediendo, hasta que finalmente se enderezó en su silla y los encaró con aire molesto.
    -¿Y quiénes son ustedes?- exclamó.
    

domingo, 15 de novembro de 2015

"El nombre de las cosas"

    Nada mejor que tener amigos en todas partes, y todos con sus respectivos nombres. Así parece que hay más confianza, más cercanía, menos temor. Lo desconocido siempre nos causa recelo, nuestra tendencia es huir de ello, pero si es algo que tiene rostro y nombre, entonces todo se vuelve más fácil, pues pasa a ser como una extensión de nosotros mismos. Y esto vale también para  nuestros "enemigos", dentro o fuera de nosotros... Conocer es aprender, aprender es crecer, crecer es enfrentar las situaciones con calma, coraje y fe.
    Y después de esta pequeña reflexión, aquí van los cuentos prometidos.



                                      EL MEJOR DE TODOS LOS PREMIOS


    Don Eugenio empezó a jugar loto cuando era pequeño. Su papá le dio un día unas monedas y lo mandó al negocio de la esquina para que comprara un cartón, porque él estaba con una tremenda gripe que lo tenía encamado hacía una semana. En un papelito le escribió los números que debía jugar y él, todo contento y orgulloso, hizo como le habían pedido. Fue corriendo y saltando por la calle, pasando la manito por la pared y sonriéndole a todos los vecinos. ¡Tenía una misión muy importante! Su papá le había confiado esos números sagrados -que jugaba hacía unos veinte años- para que él intentara suerte. ¡Quien sabe hoy no era el día y su papá ganaba el gran premio!.
    Pero cuando regresó a la casa con el cartón en la mano y el rostro colorado y exultante de orgullo, se llevó un tremendo susto porque se encontró con una gritería, unos llantos desesperados y unas carreras y llamadas telefónicas, gente entrando y saliendo de la pieza de su papá... Desconcertado y receloso pasó por todos ellos, aún sujetando el cartón, hasta que una tía le vino a decir que se fuera a su pieza y se quedara ahí, quietecito. Su papá acababa de morir de un infarto... Eugenio obedeció, aturdido, sin decir una palabra, sintiendo que una cosa inmensa y desgarrada le crecía de un zarpazo en el pecho. En silencio, se sentó al borde de la cama, sosteniendo el cartón de loto, y se quedó así, atontado, incrédulo, sin siquiera poder llorar, hasta que alguien se acordó de él y lo vinieron a buscar para cambiarlo de ropa, lavarle la cara y peinarlo para que fuera al funeral.
      El Quenito creció y se convirtió en don Eugenio, un señor muy respetable, de cabellos blancos y estómago abultado, unos bigotes imponentes y unos grandes ojos brillantes iluminándole la cara sonrosada. Los mismos de su infancia. Y continuaba jugando loto. Todas las semanas, con aquellos mismos números que su padre le había dado antes de morir. Ya había ganado una fortuna con sus negocios, siempre acertados y honestos, pero seguía yendo todos los viernes al almacén de la esquina a jugar porque le parecía que todavía llevaba las esperanzas y los sueños de su papá en el cartón y que tenía el deber de cumplírselos. Un día quería llegar delante de su tumba, mostrarle el cheque ganador y dejárselo debajo del macetero de hortensias que adornaba su lápida. Con certeza ese sería el mejor de todos los premios.



                                   EL NOMBRE DE LAS COSAS


    Desde cabra chica la Elianita empezó a ponerle nombre a las cosas, nadie sabía por qué. Todos decían que la niña tenía mucha imaginación, nada más, y como esto no afectaba su comportamiento, la dejaban hacerlo sin retarla y hasta acabaron por encontrarle gracia. El oso de peluche se llamaba Alfredo, su plato de sopa Carlitos, la escobilla de dientes Rosa. A su cama la bautizó Esperanza y al agua de la ducha Clarita. El jabón, los cuadernos, los muebles, los árboles y hasta los pájaros que cantaban en sus ramas tenían sus nombres, y de ninguno ella se olvidaba ni confundía. El zorzal que trinaba en el nogal del patio se llamaba Santiago, y la paloma que había hecho nido en una esquina del  techo era la Blanca, y la chiquilla esperó pacientemente hasta que sus pichones nacieran para ponerle nombre a todos. Con el tiempo, sus padres y parientes empezaron a sentirse un poco desconcertados con esta manía suya, pues no daba señales de desaparecer. Sin embargo, como seguía sin interferir en con su comportamiento social y escolar, prefirieron dejar las cosas como estaban. Seguramente con la llegada de la adolescencia y los pololeos se le pasaría. Esas eran cosas de hija única, fantasías propias de la edad. Ella no tenía un amigo invisible ni un diario secreto. En vez de eso, le ponía nombre a todo. ¿Por qué? ¿Necesitaba personalizar todo para que el mundo hiciera parte de su vida? ¿Necesitaba tener algún tipo de intimidad con su entorno para se feliz y moverse con confianza y libertad?... Hicieron un montón de análisis y elucubraron por años, pero no llegaron a ninguna respuesta. Al final, concluyeron que todo el mundo tenía alguna manía. Y la de la Elianita era ponerle nombre a todo.
    Era joven todavía cuando le diagnosticaron leucemia -a la que ella, a los pocos días de saberlo, bautizó Lala- y a pesar del trasplante de médula que se hizo, después de un tiempo, ésta acabó volviendo... Tubos, inyecciones, pastillas, quimio, exámenes, transfusiones... Pero la Elianita se marchitaba lentamente, en un resignado y pálido silencio, siempre con esa sonrisa medio triste. Todo ella lo soportaba mansamente, como si ya supiera que era causa perdida, a pesar de que todos se negaban a aceptarlo y trataban de infundirle ánimo y optimismo... Hasta que llegó su última noche. El médico llamó a los parientes y todos se reunieron alrededor de su lecho. Ella era una sombra bajo las sábanas inmaculadas... Y aún sonreía... De pronto abrió los ojos y pestañeó, como si estuviera viendo algo. No tenía miedo, todos se dieron cuenta, y no era porque estaba dopada. No, estaba mirando algo. O a alguien... Todos buscaron en el cuarto a la persona a quien la Elianita le sonreía tan gentilmente. Entonces ella los miró uno a uno y dijo, con un hilo de voz:
    -Miren, es la Blanquita que viene a buscarme...- y apuntó hacia los pies de la cama con su dedito transparente y huesudo.
    Todos se tragaron un sollozo y se volvieron hacia donde ella señalaba, entendiendo que se refería a la muerte a quien, como era su costumbre, le había puesto nombre.
    Eliana los miró a todos, con una sombra de compasión en sus ojos casi apagados,  y murmuró:
    -No se preocupen, la conozco hace tiempo... Y ya somos amigas. No le tengo miedo- hizo una pausa y respiro hondo, con sus últimas fuerzas -Y ustedes tampoco deberían tenerlo- sentenció, y cerró los ojos despacio, murmurando algo ininteligible con un tono de confianza y paz absolutas.
    Porque cuando uno le da nombre a las cosas, éstas se vuelven cercanas y no nos amedrentan más.