domingo, 21 de junho de 2015

"Cuentos resfriados"

    Y entre estornudos, muchos pañuelos y tacitas de té, aquí van los últimos:



                                                             MUDO

    Armando vivía solo. Llegaba a su departamento después de su trabajo en el banco, prendía la luz, dejaba sus cosas en el sofá y se iba a la cocina, encendiendo la televisión al pasar. Se preparaba una sopa, un sandwich o unos tallarines con salsa instantánea, a veces unos huevos revueltos con el jamón que había comprado en el mercado. Y todo en completo silencio. No tenía teléfono y a los vecinos los saludaba con una leve inclinación de cabeza y la sombra de una sonrisa. Como iba al mercado, no tenía que pedirle las cosas a ningún funcionario. No tenía ni gato, ni perro, ni canario con quien conversar. Apenas la televisión... A sus colegas también los saludaba con un gesto. Se sentaba ocho horas en su cubículo y revisaba cálculos, pedidos de préstamos, control de caja, cuentas de casino. El único ruido era el de la calculadora y el de la silla, que crujía cada vez que él se movía. Todos ya se habían acostumbrado a su silencio y habían dejado de hacer bromas al respecto. Aprendieron a respetar su opción y esto era un alivio para Armando.
     El drama fue el día en que llegó la Isabel y, al verla, el corazón de Armando se derritió en una oleada de fuego y temblores incontrolables. Ella se acercó a cada uno y los saludó con una sonrisa luminosa y los ojos verdes acariciando el aire; su voz era como el agua de un estero tranquilo... Y cuando llegó al cubículo de Armando y le extendió la mano, él se quedó mirándola, inmóvil, y abrió la boca para decir algo... Pero ni un solo sonido o palabra vino a sus labios... Porque se le había olvidado cómo se hablaba.




                                                    LA MARÍA


    La María se levanta cuando todavía está oscuro. No toma desayuno porque sino se atrasa, pero en el hotel la está esperando una taza de té y un par de tostadas con margarina, entonces se aguanta el hambre y sale a la calle, cargada de bolsas y preocupaciones. Toma las dos micros y el metro y llega puntualmente al trabajo. Ahí se pone el uniforme, se echa unas galletitas al bolsillo después de desayunar (es diabética y tiene que comer cada tres horas) y va al depósito para pescar la aspiradora, los baldes, traperos y paños, botellas de detergente y guantes, jabones y todo tipo de cosas para limpiar. Lo acomoda todo en el carrito y parte con pasos firmes por los corredores, entrando resueltamente a las habitaciones desordenadas y sucias, a veces malolientes y vandalizadas y las deja como nuevas. Cuando sale de ahí, a las cuatro de la tarde, va a limpiar otras casas, sube y baja de micros, de metros, de colectivos, andando un poco más despacio, sintiendo las bolsas un poco más pesadas, el aire más frío, el estómago más vacío, el corazón más apretado... Pero cuando se acuerda de la carita del Gabriel, su único nieto, parece que las fuerzas le vuelven y se anima de nuevo y consigue trabajar hasta las nueve de la noche lavando, restregando, barriendo, trapeando, ordenando, aspirando... Y cuando llega en la noche a la casa y el Gabriel sale a recibirla, y le da ese abrazo apretado lleno de risas y olor a jabón y ella le entrega el paquetito de caramelos que compró en la micro todo vale la pena. Todo.



                                              NUNCA ENTENDIÓ


    El "Tobías" nunca entendió por qué esa gente lo sacó del abrigo. ¡Allá lo pasaba tan bien! Tenía montones de amigos con quienes jugar, un espacio enorme para correr, pedazos de palo y pelotas de trapo para morder, la comida era buena, siempre había agua en su plato y recibía caricias todo el tiempo... Llegaron llenos de sonrisas y elogios, de promesas y cariños, lo metieron en una camioneta y desembarcó en pleno centro, con todo ese ruido y esa gente que anda sin parar. Entraron en un edificio entre tantos -parece que son todos iguales- subieron en el ascensor y llegaron al departamento. "Tobías" se quedó medio desconcertado. ¿Dónde estaba el patio? ¿Y los árboles? ¿Y los otros perros?... Eran unas piezas chiquititas, medio oscuras y llenas de muebles y cosas en las que se andaba tropezando. Lo que había era una terraza mezquina donde habían puesto un pedazo de frazada vieja y dos platos de plástico, uno con agua y el otro con ración... Le hicieron un poco de fiesta, se rieron le pusieron otro nombre, le dieron unos palmotazos en la cabeza. En seguida lo dejaron en la terraza y cerraron el ventanal. Él podía verlos allá adentro viviendo su vida cada día. Pero él no estaba incluido. Lo saludaban, abrían la puerta y le echaban comida o agua. Le pusieron un cajón con una tierra extraña para que hiciera sus necesidades. Pero nunca se quedaban con él, no le hablaban, no lo sacaban a pasear. Poco después, el "Tobías" descubrió el encanto neurótico de mirar por la baranda. Por la calle allá abajo pasaban personas, autos, micros, otros perros  -solos o con sus dueños- vendedores, policías, motos, bicicletas... ¡Era fascinante! Y él quería participar. Entonces empezó a ladrarles a todos asomando medio cuerpo para fuera de la baranda. Algunos erguían la cabeza y lo descubrían en el balcón. Sonreían, hacían algún comentario, lo apuntaban. Una vez hasta le sacaron una foto... Pero nadie subía a sacarlo de su prisión y sus dueños no entendían que él también quería ser parte de todo ello.
    Por eso, tampoco entendieron por qué una mañana, mientras ellos estaban fuera, "Tobías" se tiró del balcón.

domingo, 14 de junho de 2015

"La inspiración continúa"

    En un domingo como éste, soleado pero muy frío, nada mejor que quedarse en casa, calientito, y escribir. En el caso de ustedes: quedarse en casa y leer... Por eso, aquí van más cuentos.




                                                                EL PISO 11

    No sé qué es peor: si vivir para el lado de la calle del edificio, o para el lado del patio interno. Si tu ventana da a la calle, te enloquecen las sirenas, las bocinas, los gritos de los curados en la noche, los perros, las fiestas madrugada adentro, el estruendo constante de las construcciones. Si da para el patio del condominio -ese donde están los juegos infantiles y el pasto sintético- te enteras de la vida de todo el mundo, de las peleas, las sesiones de música, las novelas, los días de lavado, las visitas, los perros -de nuevo- los cumpleaños de los niños y las calientes noches de amor. Eso, fuera el hecho de que, si te asomas al balcón, puedes ver a tus vecinos yendo para acá y para allá en sus departamentos, haciendo como que no se dan cuenta de que puedes verlos perfectamente porque no existe la intimidad.
    La ventaja de vivir para el lado de la calle es que no te enteras que la mujer del bloque del frente se tiró del balcón del piso 11 porque descubrió que el marido tenía una amante y la iba a abandonar y no la ves toda quebrada encima de los arbustos del jardín mientras el el culpable pide socorro y se disculpa, jurando que es todo mentira.




                                           EL PIANO DE LA SEÑORA MARÍA


    Yo creo que no tenía ni una sola tecla afinada, entonces no se sacaba nada con saberse todos los clásicos de memoria porque cuando los tocaba parecía un coro de gallinas asustadas y desafinadas. La sensación que yo tenía era que en cualquier momento iba a saltar algún monstruo de la caja del piano porque sólo así se explicaba un sonido tan horrible... Pero la pobre señora María pasaba todo el día sola, sin nada que hacer, entonces se sentaba al piano y recordaba sus tiempos de juventud, cuando la familia se acomodaba a su alrededor y se deleitaba con sus ejecuciones impecables. Por desgracia, el tiempo no fue bueno con ella y se casó con un hombre que no la amaba, perdió la fortuna, los amigos se alejaron, tuvo que mudarse a una casita DFL2 -de esas que se pagan en 20 años y y tienen unas piezas que más parecen armarios- y soportar a vecinos de clase media llenos de chiquillos mal educados que se dedicaban a destruirle el jardín del frente. Entonces, creo que sólo podía consolarse abriendo la tapa del viejo piano, que brillaba de limpio contra la pared verde agua del pequeño living atiborrado de muebles antiguos y adornos siúticos, y poniéndose a tocar Bach, Lizst, Beethoven y Mozart. Yo sé que ella se daba cuenta de que el piano estaba completamente desafinado y que su sonido más parecían los maullidos de un gato con dolor de estómago, pero creo que se hacía la sorda y nos pedía disculpas a todos en secreto, y continuaba tocando con sus dedos artríticos porque era lo único que le daba algo de felicidad. 
    Por eso yo aguantaba esas notas destempladas con una sonrisa y seguía jugando como si nada.




                                                    PEGASO


    Pasaba por la calle cuando lo vi. Diminuto y perfecto, con las alas desplegadas, erguido sobre sus patas traseras, el cuello inclinado como si estuviera tomando impulso para despegar... Pero estaba encerrado en un domo de vidrio, sobre un pedestal de madera. El primoroso escultor lo había hecho perfecto, pero le había arrebatado su libertad. Seducida por su belleza y su gesto rebelde, lo compré y lo puse en la repisa que está sobre mi mesa de trabajo. Todos los días, cuando me voy a sentar a escribir, espero encontrar el domo vacío y ver al caballito revoloteando por ahí... Pero Pegaso continúa prisionero allí dentro. ¿No quiere salir? ¿No puede? ¿Tiene miedo de entrar en este mundo inmenso y perderse? ¿Le asusta pensar que no va a encontrar a ningún otro como él y se va a quedar solo?... ¿O será que se le olvidó cómo volar?...




                                                       LA VIEJA


    Ahí está esa vieja mirándome de nuevo. Desde que llegué que me anda persiguiendo. No sé qué le dio conmigo. Por eso yo no quería venirme para acá, porque no importa lo pituco que sea, la verdad es que está lleno de gente loca. Le dije a mi hija que prefería quedarme en mi casa, pero a ella dale con que no podía arreglármelas sola, que era peligroso, que me podía pasarme algo y nadie me podría ayudar, que podía perderme si salía sola a la calle... Ese montón de tonteras que los hijos inventan cuando se cansan de cuidarla a una. Pero yo sé que puedo vivir sola en mi casa, en mi barrio de siempre ¡Puchas, estoy ahí hace cuarenta años! Tengo buenos vecinos que me cuidan y mi perro que me avisa si llega alguien. No tenía para qué traerme para acá. Hay unos jardines bonitos, es verdad, y las piezas son soleadas y limpias, las camas cómodas, pero tengo que compartirla con otra señora que vive pegada a la ventana y recorta todos los diarios que encuentra. Nunca dice nada y me mira como si yo no estuviera ahí. ¿Cómo vamos a ser amigas así?... Pero de todos modos, aquí está lleno de viejos locos, babosos, que hablan solos y gesticulan sin razón, usan pañales, no saben comer solos y hablan puras leseras o se quedan ahí como momias. Yo no soy así.
    Y más encima esta vieja que me está hartando con su persecución. Donde miro, allí está, con esos ojillos perdidos fijos en mí. Creo que le voy a avisar a la enfermera para ver si hacen algo al respecto...