quinta-feira, 16 de dezembro de 2010

Silvestre - parte VII

Y aprovechando que hoy día voy a trabajar solamente en la noche y que la empleada vino para reponer el día que estaba debiendome, voy a postear otro pedazo de esta historia. Quien sabe hasta consiga llegar al final!... Hoy los funcionarios de la fundación tendrán su dia de confraternización en una chacra cerca de la ciudad, pero no sé si lo van a pasar bien porque la meteorología está anunciando lluvia y frío, entonces créo que se van a quedar solamente mirando la piscina y devorando el asado debajo del área cubierta del jardín. Bueno, yo no soy mucho -nada, para ser sincera- de disfrutar conmemoraciones con mis colegas de trabajo. En realidad nos llevamos super bien en todo lo que se refiere a la parte profesional, pero sinceramente no sé si aguantaría un día entero con ellos en la onda diversión. Yo soy bien quieta, del tipo contemplativo, y me cargan las bromas de mal gusto -que son las que suelen acontecer en este tipo de reunión- y yo sé que todos ellos están con unas ganas locas de darse el gusto en este ítem, fuera el hecho de que, como van a estar tan aturdidos por la cerveza y las toneladas de carne, van a poder decir todo lo que se les antoje -inclusive para los jefes- y nadie se vá a dar por ofendido porque mal van a conseguir entender de lo que están hablando, entonces... Bueno, fuera eso, con fiesta o no, yo voy a tener la presentación en la plaza en la noche, a no ser que llueva. Ayer estaba haciendo un frío atroz, ni parecía que estábamos en pleno diciembre! Todo el mundo vino de abrigo, bufanda, gorro y parca y yo casi morí congelada mientras mis alumnos se presentaban. Menos mal que acabó valiendo la pena porque pescamos a las personas saliendo de la misa, así es que tuvimos una platéa respetable y los niños continúan encantados con los personajes y sus payasadas... Bueno, por lo menos eso, porque hoy amanecí completamente quebrada por causa del frío. Entonces, estoy sentada aqui con la estufa al lado, porque continúa frío y nublado, amenazando llover y con un vientecito tremendamente helado. Hoy en la noche pretendo ir bien abrigada porque no tengo la menor intención de amanecer mañana como amanecí hoy día... Bueno, por lo menos voy a poder aprovechar la tarde para decansar y escribir otro poco, entonces, manos a la obra!.


                       "Laetentur caeli; et exulter terra
                       conmoveatur mare et plenitudo eius:
                       grandebunt campi, et omnia
                       quas in eius sunt..."
    -Pero qué soberbia la tuya, infeliz...- murmuró fray Silvestre con la voz asfixiada, resistiendo al torbellino que quería tragárselo.
    -Perdona... Perdona si te he molestado...- dijo entonces el mendigo, rompiendo de pronto el hechizo al bajar la cabeza con aire contrito, empequeñeciendose, transformandose por un momento en sólo eso: un limosnero -Mi soberbia es grande, es verdad, padre... Perdóname, sé que eres un hombre muy ocupado en tus deberes...- añadió tornando a mirarlo, llenos de dorada claridad y comprensión sus ojos, cayendo como una téa encendida en las ascuas agonizantes de su corazón.
    Fray Silvestre se irguió entonces, parpadeando.
    -Cómo sabes tú...?- exclamó, dando un paso hacia atrás, y con un aliento de miedo agregó: -Acaso te conozco?...
    -Qué saben los hombres de las cosas de Dios?... Yo no sé nada, sólo he venido.- le respondió el mendigo abatiendo con súbito cansancio la cabeza castaña.
    Fray Silvestre apretó las mandíbulas. Acaso aquella fuese la respuesta a sus dudas, salidas de la boca reseca y terrosa de este hombre transparente.
    -He venido caminando sin detenerme desde Nocera, de pronto he divisado vuestro monasterio y he tocado a la puerta. Me ha abierto el buen hermano portero, ha tenido compasión de mí y me ha dejado entrar... No lo riñas, por favor. El sólo ha hecho lo que Dios le ha dictado a su corazón.
    Fray Silvestre resopló con impaciencia y maldijo en su interior al hermano portero, que era el culpable de todo esto, y que no era más que un anciano tonto y sentimental al que cualquiera podía engañar con unas cuantas palabras bien dichas y una mirada lastimera... Pero el pobre no servía ya para ningún otro trabajo, pues estaba demasiado viejo  se olvidaba de las cosas, o bien se cansaba fácilmente y se dormía, sufría dolores a los huesos y estaba casi ciego. Por eso le habían asignado este puesto, en donde no había mucho que hacer, ya que no recibían visitas, y así el anciano fraile podía sentarse y dormitar en la yacija o calentarse junto al hornillo de barro. Además, aquello lo hacía sentirse útil e importante en vez de una carga para la comunidad.
    Pero seguramente sucedió que este sinvergüenza se había percatado de la chochera del viejo y aprovechó la oportunidad para marearlo con su astuta palabrería y colarse al interior para llenarse la barriga y dormir al sol hasta hartarse... El pecho de fray Silvestre se hinchó, enfurecido... Pero a él no podía engañarlo. El no era viejo ni se conmovía fácilmente. Conocía de sobra a los tipos de su calaña. Los había visto cientos de veces en las plazas y mercados, en las puertas de iglesias y conventos, en los recodos de los caminos, en los puentes, en los zaguanes de las casas acomodadas y palacios, siempre hambrientos y harapientos, con la mano tendida como una garra para coger las monedas o los mendrugos de pan, sucios y ladinos, embaucando a las personas de buena fé para llenar sus insaciables estómagos y bolsillos, contando una y otra vez sus viejas y tristes historias con la voz lacrimosa y los ojos húmedos con su fácil llanto, corriendo de un sitio a otro como una peste, enseñando su asquerosa miseria y riendo burlonamente cuando nadie los veía. Eran todos unos haraganes astutos y pedigueños que se mofaban descaradamente del mundo y su caridad.
    El monje abandonó sus desagradables cavilaciones y miró otra vez a este andrajoso y famélico timador que estaba intentando engatusarlo con sus cuentos y frases bonitas, si bien debía admitir que era bien distinto de los otros... Este hablaba de Dios y sus palabras eran extrañas y llegaban muy hondo en su alma, causandole una indefinible desazón... Pero era un timador, un actor, un pedigüeño, qué más?... Y de pronto se le antojó repulsivo, despreciable, grosero, indigno de la más mínima misericordia... El corazón de fray Silvestre rebosaba de cólera y desdén cuando se dirigió a él, y su voz sonó áspera y destemplada al arrastrarse fuera de su garganta.
    -Habráse visto descaro como el tuyo.- le espetó, haciendo una mueca para contener su rabia -Cómo te atreves a hablarme de Dios, tú a mí?... Apártate de mi camino, sé muy bien quién eres y lo que buscas en este lugar.
    El mendigo alzó la cabeza al oír sus últimas palabras, sacudido su cuerpo enjuto y pequeño por un repentino estremecimiento, y lo miró a la cara inquisitivamente, palideciendo. Pareció que algo tremendo se cernía sobre él, y volvió a estremecerse. En su cara demacrada se pintó una súbita y mortal angustia y un doloroso cansancio, como si fuese a derrumbarse a los piés de fray Silvestre que, instintivamente, dió un paso hacia atrás y se irguió, desconcertado por aquel cambio repentino.
    -Lo sabes tú?...- murmuró el pordisero, y alzó una mano hacia él -Y no quisieras por caridad decírmelo, padre?...- pero fray Silveste no le respondió y él bajó a cabeza entonces y su voz se tornó casi inaudible -Yo sólo sé que no deséo ser nadie, ni buscar nada- volvió a mirarlo y juntó las manos en el pecho, crispadas y pálidas, ligeramente temblorosas -Acaso no he hecho bastante ya para olvidarme de mí? Es que todavía soy alguien?... Dime, padre, qué debo hacer? Dónde debo perderme para encontrar a Dios? Tú debes saberlo, padre...- y aguardó, sin dejar de mirarlo con aquella intensa y perurbadora fijeza que lo atravesaba, que veía más allá, hacia algo que se reflejaba en sus pupilas como una llamarada que abrasaba la piel áspera y reseca de su rostro ingrato.
    Fray Silvestre le volvió la espalda bruscamente, apretando los labios, y sintió que una garra estrangulaba su corazón. Porque, no era acaso aquella su propia pregunta, dirigida noche  día al Creador, la pregunta sin respuesta? No era este hombre el espejo de su propia lucha, de su propio camino y de su misma esperanza?... Pero este hombre era algo más. Era una mezcla de fracaso y triunfo, de búsqueda y encuentro, de ignorancia y entendimiento, de cielo y tierra. Era una parte humana y mortal, y aún así, podía ver en sus ojos otra parte, lejana, luminosa, perfecta, inalcanzable, pura... Qué clase de hombre era este? Por qué habia venido?...
    Fray Silvestre se llevó una mano empuñada al pecho y  cerró los ojos con fuerza. Frunció el entrecejo y respiró profundo. Algo estaba sucediendo allí, algo fuera de su control que desordenaba su vida dura y triste hacia la perfección como el viento desordena y se lleva las hojas muertas. Parecía que su cuerpo y su alma pugnaban por separarse y rajarlo en dos. Algo le dolía en algún profundo y distante lugar, algo clamaba desde allí.
    Fray Silvestre se irguió, tenso, haciendo un tremendo esfuerzo, y despegó los labios, tratando de vencer el vértigo y la magia poderosa del hombre.
    -A fé mía, yo te conozco bien, desdichado...- murmuró ahogadamente, oyendo su propia respiración  contenida y su corazón desbocado.
                                       "Afferte Domino, pratriae gentium,
                                       afferte Domino, gloriam et honorem:
                                       afferte Domino, gloriam nomini eius..."                         

segunda-feira, 13 de dezembro de 2010

Silvestre - parte VI

Bueno, la semana pasada conseguí postear más un pedazo de esta história -en el blog en portugués- que más está pareciendo el cuento sin fin, gracias a la acción de un relajante muscular que me permitió escribir por más tiempo sin sentir dolor en las manos y brazos. Después, tuve un maratón de presentaciones en la plaza central de la ciudad como parte de las festividades de navidad -gracias a Dios el público está adorando nuestra pequeña pieza de los tres reyes magos (una sencilla y bien humorada historia sobre los tres reyes magos y su búsqueda del niño Jesús al estilo clown, con malabarismos, magia y un mensaje especial sobre el verdadero significado de la navidad) y estamos recibiendo muchos elogios- Todos los días en la noche tenemos esta presentación, y cada día que pasa traemos más público, sobre todo niños, que se encantan con estos tres personajes y su historia ingenua. Claro, esto significa que llego todos los días bastante tarde y muy cansada, entonces no me sobra mucha energía o inspiración para postear alguna cosa. Menos mal que en este fin de semana tuvimos un descanso porque dos de los actores que hacen esta pieza también estaban participando del espectáculo de fin de año de la escuela de ballet, entonces suspendimos las presentaciones hasta hoy en la noche, cuando retomaremos el maratón hasta el día 20 o 21. Sólo pararemos nuevamente el día 17, porque uno de los actores tiene su ceremonia de graduación. Yo salgo de vacaciones el dia 23 y les juro que no véo la hora de poder quedarme en la casa para descansar y dedicarme totalmente a escribir!...
    Y como me dí el fin de semana libre de cualquier taréa o responsabilidad, hoy me siento mejor y bien dispuesta, entonces voy a aprovechar para postear la história en español. En realidad, me gustaría poder publicarla hasta el final de una vez, pero todavía falta un buen pedazo y como no consigo estar mucho tiempo digitando, voy a tener que resignarme (y ustedes también) a continhuar posteandola de a poco... Entonces, aquí vá otro pedazo... Paciencia!


    Y ese algo penetró por las puertas cerradas, traspasó los altos muros, surgió de la tierra fresca y grávida, se cernió sobre el lugar como un viento, envolviendo a las cosas, deteniendo su marcha natural, separándolo del mundo conocido para sumergirlo en otra dimensión: la dimensión insondable de Dios. Algo como una piadosa caricia aplacó los sonidos, los colores, los perfumes y  las formas como una silenciosa e invisible explosión, como una mirada omnisciente que señalase aquel lugar, aquel minuto, a aquel hombre desapercibido que ya nada esperaba.
    Fray Silvestre pasó veloz junto al pozo. Um manzano florecido lo cubrió con su sombra. Su viejo hábito ondeó, envuelto en un súbito remolino de viento, y el polvo danzó a sus piés, borrando sus huellas del sendero. Un rayo de sol se posó sobre él, surgiendo deslumbrante desde detrás de la gran cruz de fierro que coronaba la torre mayor. Las palomas levantaron el vuelo a su paso y los árboles susurraron por encima suyo, esparciendo su aroma...
    Y entonces lo vió.
     Primero no se fijó realmente en él, aunque pasó por su lado, pues éste no le dirigió palabra alguna ni lo tocó. No, estaba simplemente sentado allí, en el último de los escaños de piedra que flanqueaban el sendero, aquel que se cobijaba bajo el olivo plateado.
    Pero ahora fray Silvestre se detuvo. Mas no lo hizo abruptamente, como si hubiese visto al hombre de improviso, sino poco a poco, disminuyendo el paso, como si una fuerza misteriosa e irresistible lo llamara, detendiéndolo, rodeándolo; como si algo hubiese sido tocado y despertado en lo profundo de su secreto y dormido interior. Una extraña y poderosa vibración proveniente de ese banco robó de pronto su atención, su impulso, su pensamiento... Hasta que, vencido por ello, acabó por detenerse del todo y se quedó parado allí, inmóvil y desconcertado, como si intentara resistirse, a algunos metros de la umbrosa puerta de la capilla... Las finas  hojas de su breviario abierto voltearon desordenadamente, produciendo un leve crepitar, impulsadas por la brisa.
                                                            "Notum fecit Dominus
                                                            salutare suum: in conspectu gentium
                                                            revelavit iustitia suam.
                                                            In ella mandavit Dominus
                                                            misericordiam suam:
                                                            et cante canticum eius..."
    El hombre estaba allí, a su espalda, lo sabía, quieto y callado, casi como si formase parte de todo y, sin embargo, separado y único, tan real y presente que todo el resto parecía tornarse borroso y lejano... Frey Silvestre tuvo el cierto sentimiento de que aquella silueta que ni siquiera podía definir se metía  en él profunda e intempestivamente, como si pretendiese echar raíces, y sin saber por qué, lo  recorrió un escalofrío. Aquella imagen había sido como una flecha disparada certeramente a su corazón por una mano sábia y fuerte, y de algún modo que no tenía claro, había sido herido por ella.
    Al fin, el monje se irguió lentamente, alzando la cabeza, tensandose, preparandose... Para qué?... Volteó. Lo miró. Supo cómo era. Era un mendigo, vestía harapos, iba descalzo y, con certeza, tenía hambre... Y también lo estaba mirando... En el rostro del monje se pintó la incredulidad, un destello de recelo, algo de decepción... Pero en el segundo siguiente se sintió devorado por esos ojos obscuros que parecían arder, encendiendo toda la faz y el aire a su alrededor. Instintivamente  echó el cuerpo hacia atrás, y sus dedos se apretaron con fuerza sobre las satinadas páginas del breviario.
    -Qué haces aquí?- le preguntó ásperamente, sin acercársele. Se sentió curiosa y calladamente agredido, expuesto delante de aquel hombre.
     El mendigo no respondió de inmediato, no se movió, no hizo nada. Solamente lo contemplaba con atenta placidez y confianza, como si supiese desde siempre quién era él, como si esperase ser reconocido sin más, con una pincelada de brilante mansedumbre fuglurando en su rostro flaco y pálido, surcado de polvo y rocío. Las manos, curiosamente delicadas, pero sucias y llenas de magulladuras, descansaban en el regazo, uma sobre la otra, y en su esbeltez parecían ser capaces de aliviar cualquier dolor con sólo hacer un leve movimiento, con alzarse o señalar. Sus piés, uno junto al otro sobre el musgo húmedo de las piedras, decían haber recorrido todos los caminos del mundo, del universo, del tiempo y del dolor, tan lastimosamente llagados se veían, cubiertos de tierra, patéticamente frágiles, tan  humildes y sufrientes, que inspiraban piedad y ternura. Y su rostro... Ah, ese rostro...
                                                           "Haec dies quam fcit Dominus:
                                                           exultemus et laetemur in ea.
                                                           Benedictus qui vent in nomine Domini:
                                                           Deus Dominus, et illuxit nobis..."
    A pesar de la dulzura y quietud que la imagen de aquel hombre exhalaba, de la afabilidad y sencillez de su porte, de su gris y harapienda insignificancia, aquella sensación de inquietud, de subterráneo peligro, de alguna cosa desconocida que se desprendía de él y se le aproximaba, causandole un vago y molesto temor, se agigantó de una plumada en el pecho de frey Silvestre. Parecía que su pesadilla estaba a punto de atacarlo nuevamente... Hizo un gesto indefinible y contenido, pues no comprendía el motivo de semejante y tan absurda contradicción entre lo que sus ojos veían y lo que sentía en su corazón. No era acaso una misma persona? Entonces cómo era que así se disociaba?... Escudriñó más atentamente al desconcertante hombre frente a él, intentando penetrar en sus pensamientos, en sus intenciones, para desarmarlo de una vez. Lo miró intensamente, con rabia, con miedo, arañando, hurgando hacia su interior. Pero aquello fué como meter las manos en el água. Lo traspasó en un instante, sin que él opusiese resistencia, y nada encontró más allá. Tocó fondo sin necesidad de sumergirse, porque el hombre se mostraba tal y como era. No ocultaba nada, no traía nada, nada reclamaba. Era, simplemente, el que se encontraba allí.
    El monje temió entonces que se tratase de un loco, un chiflado que no había comprendido sus palabras y, fastidiado ya por esta nueva demora en el cumplimiento de sus deberes y por aquella estúpida sensación de peligro y desazón que arañaba su estómago, se disponía a repetirlas, dando un breve y brusco suspiro, cuando el hombre habló. Y fué tanto el sobresalto del monje al oír su voz, que contuvo el aliento y dió un involuntario respingo.
    -El hermano portero me ha dejado entrar.- expresó el hombre, muy quedamente, y el aire de la  mañana pareció vibrar junto a su boca.
    Por un momento, fray Silvestre se quedó en estático silencio, estúpidamente sorprendido, creyendo reconocer aquella voz, que provenía quizás de algún rincón remoto y olvidado de su memoria. Sería alguien con quien cruzó en alguna de sus peregrinaciones por la ciudad pidiendo limosna? Y otra vez lo recorrió un inexplicable estremecimiento... Pero al pronto recapacitó y se dijo que era imposible que alguna vez hubiese conocido a este hombre, pues no era más que un pordiosero, un vago, un cualquiera ignorado por el mundo.
    -Pues no debió haberlo hecho.- le replicó entonces agriamente, cerrando de golpe su breviario, disgustado por su propia inseguridad ante este desgraciado -Acaso no sabes que está prohibido entrar aquí? Este es lugar de oración, no de limosnas.
    Entonces, el mendigo se puso de pié, con un movimiento que resultó imperceptible para los ojos del monje, y lo miró a la cara un momento, envolviendolo en una suave y cálida oleada de luz, penetrando sin miedo por sus pupilas para precipitarse en las tinieblas de sus entrañas, diluyendose en el aire móvil y argentado.
    -Pero la limosna también es oración...- le replicó, sin dejar de mirarlo, pero al mismo tiempo traspasándolo, como si mirase más allá, hacia algún lugar lejano.
    Fray Silvestre desvió los ojos, turbado, sintiendo que un ramalazo de gélido aliento lo azotaba, haciendolo encogerse. De pronto deseó marcharse de allí, acabar la conversación, echarlo fuera, gritarle, darle un empujón para apartarlo de su caminol, de su vida, en la que parecía filtraese y amarrarse de un modo inflexible, incontrolable. Deseó que este hombre extraño y perturbador desapareciese de su vista, que al tronar los dedos se desvaneciera en la brisa y cesara de atormentarlo de esta manera ridícula y humillante. Sentía en su presencia algo amenazante. Sentía que lo espiaba, que aguardaba alguna cosa. Pero qué podía esperar de él a no ser un pedazo de pan o un vaso de água?... Y sin embargo, aguardaba, como aquel crucifijo en su celda... Y ese rostro, esa faz serena y segura que de algún modo lo hería profundamente...