Y como lo prometí, hoy tenemos un cuento nuevo, esta vez escrito por mí, ya que ustedes se están demorando en mandarme sus ideas. Pero como ya dije, están perdonados porque deben estar celebrando as fiestas y los primeros días de vacaciones. Sin embargo, espero que después que terminen todas estas conmemoraciones y excesos, se dejen de flojera y me manden alguna cosa... Y antes de que se me olvide, el nombre de la persona que me envió la primera historia es María Isabel Hernandes, y es brasilera, ex alumna de mi curso de teatro. Espero que les haya gustado su cuento. A mí me encantó trabajar en él, a pesar de que en realidad tuve muy poco que corregirle. Ella es una excelente escritora.
Y aquí va el de esta semana:
Alejandro abrió los ojos y dio un salto cuando la camioneta se detuvo. El ronroneo del motor se apagó y alguien abrió abruptamente la puerta, dejando que un ventarrón helado invadiera el interior del vehículo, hasta ahora temperado por el calor de los cuerpos que se apretaban en los asientos.
-¡Vamos, señores, hora de encarar la mugre de sus conciudadanos!- exclamó el chofer, con un tono que quería ser alegre. Le dio unas palmadas a la carrocería, como para despertar a los hombres, todavía reacios a bajarse, y se rió -¡Vamos, vamos, que no tenemos todo el día!.
Alguien carraspeó y masculló en voz baja:
-"No tenemos"... ¡Há, hasta parece que el futre va a pescar un escobillón y se va a poner a barrer!...
El grupo soltó una risa apagada y empezó a descender de la camioneta. Alejandro los fue dejando pasar y bajó por último, arrebujándose en su chaqueta de lona. Todavía era Marzo, pero las mañanas estaban empezando a ponerse medio frías para sus huesos. El vientecito que anunciaba el otoño ya se colaba por todos lados y dejaba las veredas llenas de hojas amarillas y rojas... Los hombres fueron desparramándose lentamente con sus carritos, escobillones y palas, conversando y riéndose, sacando un cigarro y amarrando sus bolsitas de colación en la manilla de los carros. La comida al lado de los desperdicios.
Alejandro se quedó un momento parado allí, mirando con desaliento hacia el final del paseo, donde el cemento se juntaba con el verde del jardín y los árboles, y dejó escapar un breve suspiro... Todos los días el mismo paisaje, las mismas hojas, los mismos papeles, envases plásticos, bolsas de nylon y restos de comida, las mismas palomas y las mismas fuentes. Los negocios abriendo a la misma hora, los garzones llegando, los carritos de jugo de naranja, las mangueras salpicando de barro las veredas, los borrachos de turno con sus ropas hediondas, sus perros pulguentos y sus colchones enmohecidos dejando sus rastros inmundos en el pasto, escarbando en los basureros desbordantes... Alejandro apretó con fuerza el mango de su escobillón y, agarrando la manilla del carrito, empezó a camina con pasos lentos. Sus botines negros y chuecos hacían un barullo como de respiración cansada, medio asmática, y el roce de las ruedas en la vereda granulada parecía un taladro en su cerebro. Así, fue andando, cruzándose con los otros trabajadores que ya habían comenzado y saludándolos con un gesto y una sonrisa melancólica.
-¡Ánimo, viejo!...- le gritó uno mientras metía las manos sin guantes en uno de los basureros para rescatar alguna lata, cartón o botella que pudiera vender más tarde -¡Hoy día te dieron una sola cuadra! ¿Por qué esa cara fea entonces? ¡Yo voy a tener que recoger la bosta de los caballos del desfile!.- y lanzó una carcajada descarada.
Alejandro ni se dio el trabajo de responderle. Era un idiota. De esos que se creen los reyes del buen humor y lo único que hacen es poner a prueba la paciencia de todo el mundo con sus chistes sin gracia o fuera de lugar... Una cuadra. Sí, milagrosamente hoy le habían asignado solamente una cuadra, la última antes del parque, por donde pasaba menos gente y no habían tantos árboles, entonces, de hecho, no tendría tanto trabajo. Menos mal, porque sus rodillas y su espalda estaban matándolo, las manos se le acalambraban de tanto agarrar aquel maldito escobillón y parecía que cada día el carro se ponía más pesado. Achaques de viejo, diría ese idiota. Y, en realidad, si lo pensaba bien, no tenía nada que hacer trabajando allí como un esclavo a sus 67 años. Debía estar en su casa, recibiendo su pensión y viendo el partido del Colo colo con sus hijos, tomándose una chelita helada y usando su vieja camiseta de hincha. Pero los hijos se le habían ido, uno al norte, otro al sur y el tercero al país vecino a probar suerte en algún tipo de comercio. Partieron después de la muerte de su mujer, como si se hubieran puesto de acuerdo, y de repente él se había quedado solo en la casa que, a pesar de siempre pareciera tan apretada para todos, ahora se le antojaba inmensa y llena de ecos y fantasmas. Más encima, los muchachos escribían poco y casi no mandaban fotos, y como él no tenía computador ni la más remota chance de comprar uno con ese sueldo de porquería, entonces dependía del tiempo y la buena voluntad de ellos para tener noticias. Las cartas manuscritas eran cosa del pasado, le reclamaban, y nadie perdía más sus tiempo escribiendo y pegando estampillas en un sobre.
Alejandro llegó hasta su cuadra y se detuvo nuevamente. Estaba con más ganas de reflexionar que de barrer, entonces cerró los ojos y dejó su mente volar... Sí, su casa era chiquitita, con un jardín cercado de paredes de ladrillo rojo que se secó y se llenó de maleza sin los cuidados de la esposa. Un limonero crecía en un rincón y a él le encantaba el perfume de sus azahares en la primavera. Le recordaba su infancia allá en Melipilla, en la hacienda donde su mamá era profesora. Cuando llegaba a primavera y el árbol florecía, algo le hacía cosquillas en el pecho y le estampaba una sonrisa de chiquillo bajo los bigotes canosos.
A pesar de haberse jubilado como mecánico en una firma, tuvo que volver a trabajar porque la pensión no alcanzaba para pagar los estudios de los tres hijos, y esta vez hubo de conformarse con lo que apareciera: fue así que se convirtió en barredor en el paseo. Bueno, valía la pena el sacrificio si con eso les daba educación a los muchachos, porque no quería que fueran como él, que no consiguió nada mejor en la vida por no tener instrucción. Y ahora que todos se habían ido, era mejor que quedarse solo el día entero, sin nada que hacer. Por lo menos con este segundo salario, aunque menguado, podía proporcionarse algunos placeres modestos: una ida al barbero, un par de botines o una camiseta nuevos, una estufa, una televisión más grande, tal vez un celular básico para poder conversar con los chiquillos...
Alejandro entreabrió los ojos y suspiró, viendo su vida pasar delante de él. Sí, ésta había dado unas cuantas vueltas desde que arribó a la capital, pero parecía que no había prosperado tanto cuanto había deseado o planeado. Sin embargo, Alejandro era un hombre positivo y se dijo que, a final de cuentas, no estaba tan mal, porque era bueno sentirse útil, ser responsable de que la ciudad -o por lo menos el pedazo que a él le tocaba- se viera limpia y ordenada, y no podía negar que una agradable sensación de satisfacción tomaba cuenta de él cuando llegaba a su casita al final de la tarde. Era como un suspiro cálido y sonriente que le alivianaba el pecho y le daba la bienvenida. Entonces tomaba un duchazo, calentaba la sopa y prendía la televisión para ver el partido del Colo colo, o la novela, o lo que hubiera, sentado en el sofá raído igual que un rey en su trono. La salud andaba bastante bien, tenía vecinos simpáticos que siempre lo convidaban a los asados o cumpleaños y el minimarket no tenía problemas en fiarle hasta que recibiera el sueldo... En realidad, y por una cuestión de antigüedad, Alejandro era una especie de institución en el barrio, fuera que era el único que tenía un hijo en el extranjero y esto le daba un prestigio que todos respetaban y comentaban. El también era el hombre que vivía sin mujer y feliz, arreglándoselas muy bien y gastando su plata como se le antojaba, era el que no tenia que rendirle cuentas a nadie, que tenía un trabajo estable en el centro de la capital, en el cual veía todos los días cosas diferentes, personas interesantes, estaba en el medio de los acontecimientos, justo frente a La Moneda... Y todo esto despertaba una silenciosa y reverente admiración, mezclada con una sana envidia, entre sus vecinos, que entonces acudían a él a pedirle consejos, a contarle sus planes y sueños y a pedirle que los aconsejara sobre sus conflictos y decisiones. Y él los atendía a todos, contento de poder ayudar, sin sentirse superior ni pedir nada a cambio.
La jauría de perros de los borrachos salió persiguiendo a otro can que pasaba, ladrando estentóreamente, y Alejandro pestañeó, sobresaltándose. Instintivamente irguió el cuerpo y levantó la cabeza, mirando alrededor, medio preocupado. Pero nadie había notado su distracción, entonces esbozó una pequeña sonrisa de satisfacción y alivio... Bueno, hoy daba hasta para soñar un poco... En eso, pasó a su lado un ejecutivo muy elegante con su maletín y sus anteojos obscuros y, alzando una mano, lo saludó como a un viejo amigo, abriendo una sonrisa legítima y brillante.
-¡Buenos días, don Alejandro! ¿Y cómo va la vida?
Alejandro recordó la mañana en que lo siguió por dos cuadras para devolverle un documento que se le había caído del maletín. El hombre no sabía cómo agradecérselo. Le regaló unos pantalones, después un encendedor de plata, un jóquei del Colo colo y hasta unos guantes de cuero legítimo. Alejandro tuvo que pedirle que parara, porque ya le estaba dando vergüenza su generosidad... Sí, era aquí que se podía encontrar ese tipo de gente de la cual, si uno era gentil, se podían ganar estos regalos.
-Aquí estamos, don Pepe, haciendo lo posible.- le respondió con aire humilde, mostrando la dentadura alba debajo del bigote.
-Bueno, ya sabe, si necesita cualquier cosa, me diga no más... ¡Que le vaya bien, hombre!- exclamó el ejecutivo, alejándose apresurado.
-¡Gracias, a usted también!.
Alejandro continuó sonriendo, manteniéndose derecho y leve como un muchacho. MIró hacia adelante. Su cuadra lo esperaba. Había muchas hojas secas, papeles y restos de comida que barrer y poner en su lugar, muchos basureros que vaciar, muchos bancos que limpiar, muchas personas que encontrar y saludar, a quienes proporcionar un espacio limpio y agradable para caminar, sentarse a leer, pasear a sus perros, hacer ejercicio o comer una colación... Alejandro tuvo en ese instante una visión de la dimensión y la importancia de su existencia y de su trabajo para estas personas, y se dio cuenta de que no era poca cosa. Al contrario, era muy importante. ¡Era vital!.
Entonces, dejando escapar una risita de profunda saisfacción y gratitud, agarró su escobillón con renovada fuerza y empezó a barrer alegremente, sabiendo que mañana habría más hojas secas para recordarle la importancia de su papel en la historia de este lugar