domingo, 29 de dezembro de 2013

"Hojas secas"

Y como lo prometí, hoy tenemos un cuento nuevo, esta vez escrito por mí, ya que ustedes se están demorando en mandarme sus ideas. Pero como ya dije, están perdonados porque deben estar celebrando as fiestas y los primeros días de vacaciones. Sin embargo, espero que después que terminen todas estas conmemoraciones y excesos, se dejen de flojera y me manden alguna cosa... Y antes de que se me olvide, el nombre de la persona que me envió la primera historia es María Isabel Hernandes, y es brasilera, ex alumna de mi curso de teatro. Espero que les haya gustado su cuento. A mí me encantó trabajar en él, a pesar de que en realidad tuve muy poco que corregirle. Ella es una excelente escritora.
Y aquí va el de esta semana:


    Alejandro abrió los ojos y dio un salto cuando la camioneta se detuvo. El ronroneo del motor se apagó y alguien abrió  abruptamente la puerta, dejando que un ventarrón helado invadiera el interior del vehículo, hasta ahora temperado por el calor de los cuerpos que se apretaban en los asientos.
    -¡Vamos, señores, hora de encarar la mugre de sus conciudadanos!- exclamó el chofer, con un tono que quería ser alegre. Le dio unas palmadas a la carrocería, como para despertar a los hombres, todavía reacios a bajarse, y se rió -¡Vamos, vamos, que no tenemos todo el día!.
    Alguien carraspeó y masculló en voz baja:
     -"No tenemos"... ¡Há, hasta parece que el futre va a pescar un escobillón y se va a poner a barrer!...
    El grupo soltó una risa apagada y empezó a descender de la camioneta. Alejandro los fue dejando pasar y bajó por último, arrebujándose en su chaqueta de lona. Todavía era Marzo, pero las mañanas estaban empezando a ponerse medio frías para sus huesos. El vientecito que anunciaba el otoño ya se colaba por todos lados y dejaba las veredas llenas de hojas amarillas y rojas... Los hombres fueron desparramándose lentamente con sus carritos, escobillones y palas, conversando y riéndose, sacando un cigarro y amarrando sus bolsitas de colación en la manilla de los carros. La comida al lado de los desperdicios.
    Alejandro se quedó un momento parado allí, mirando con desaliento hacia el final del paseo, donde el cemento se juntaba con el verde del jardín y los árboles, y dejó escapar un breve suspiro... Todos los días el mismo paisaje, las mismas hojas, los mismos papeles, envases plásticos, bolsas de nylon  y restos de comida, las mismas palomas y las mismas fuentes. Los negocios abriendo a la misma hora, los garzones llegando, los carritos de jugo de naranja, las mangueras salpicando de barro las veredas, los borrachos de turno con sus ropas hediondas, sus perros pulguentos y sus colchones enmohecidos dejando sus rastros inmundos en el pasto, escarbando en los basureros desbordantes... Alejandro apretó con fuerza el mango de su escobillón y, agarrando la manilla del carrito, empezó a camina con pasos lentos. Sus botines negros y chuecos hacían un barullo como de respiración cansada, medio asmática, y el roce de las ruedas en la vereda granulada parecía un taladro en su cerebro. Así, fue andando, cruzándose con los otros trabajadores que ya habían comenzado y saludándolos con un gesto y una sonrisa melancólica.
    -¡Ánimo, viejo!...- le gritó uno mientras metía las manos sin guantes en uno de los basureros para rescatar alguna lata, cartón o botella que pudiera vender más tarde -¡Hoy día te dieron una sola  cuadra! ¿Por qué esa cara fea entonces? ¡Yo voy a tener que recoger la bosta de los caballos del desfile!.- y lanzó una carcajada descarada.
    Alejandro ni se dio el trabajo de responderle. Era un idiota. De esos que se creen los reyes del buen humor y lo único que hacen es poner a prueba la paciencia de todo el mundo con sus chistes sin gracia o fuera de lugar... Una cuadra. Sí, milagrosamente hoy le habían asignado solamente una cuadra, la última antes del parque, por donde pasaba menos gente y no habían tantos árboles, entonces, de hecho, no tendría tanto trabajo. Menos mal, porque sus rodillas y su espalda estaban matándolo, las manos se le acalambraban de tanto agarrar aquel maldito escobillón y parecía que cada día el carro se ponía más pesado. Achaques de viejo, diría ese idiota. Y, en realidad, si lo pensaba bien, no tenía nada que hacer trabajando allí como un esclavo a sus 67 años. Debía estar en su casa, recibiendo su pensión y viendo el partido del Colo colo con sus hijos, tomándose una chelita helada y usando su vieja camiseta de hincha. Pero los hijos se le habían ido, uno al norte, otro al sur y el tercero al país vecino a probar suerte en algún tipo de comercio. Partieron después de la muerte de su mujer, como si se hubieran puesto de acuerdo, y de repente él se había quedado solo en la casa que, a pesar de siempre pareciera tan apretada para todos, ahora se le antojaba inmensa y llena de ecos y fantasmas. Más encima, los muchachos escribían poco y casi no mandaban fotos, y como él no tenía computador ni la más remota chance de comprar uno con ese sueldo de porquería, entonces dependía del tiempo y la buena voluntad de ellos para tener noticias. Las cartas manuscritas eran cosa del pasado, le reclamaban, y nadie perdía más sus tiempo escribiendo y pegando estampillas en un sobre.
    Alejandro llegó hasta su cuadra y se detuvo nuevamente. Estaba con más ganas de reflexionar que de barrer, entonces cerró los ojos y dejó su mente volar... Sí, su casa era chiquitita, con un jardín cercado de paredes de ladrillo rojo que se secó y se llenó de maleza sin los cuidados de la esposa. Un limonero crecía en un rincón y a él le encantaba el perfume de sus azahares en la primavera. Le recordaba su infancia allá en Melipilla, en la hacienda donde su mamá era profesora. Cuando llegaba a primavera y el árbol florecía, algo le hacía cosquillas en el pecho y le estampaba una sonrisa de chiquillo bajo los bigotes canosos.
    A pesar de haberse jubilado como mecánico en una firma, tuvo que volver a trabajar porque la pensión no alcanzaba para pagar los estudios de los tres hijos, y esta vez hubo de conformarse con lo que apareciera: fue así que se convirtió en barredor en el paseo. Bueno, valía la pena el sacrificio si con eso les daba educación a los muchachos, porque no quería que fueran como él, que no consiguió nada mejor en la vida por no tener instrucción. Y ahora que todos se habían ido, era mejor que quedarse solo el día entero, sin nada que hacer. Por lo menos con este segundo salario, aunque menguado, podía proporcionarse algunos placeres modestos: una ida al barbero, un par de botines o una camiseta nuevos, una estufa, una televisión más grande, tal vez un celular básico para poder conversar con los chiquillos...
    Alejandro entreabrió los ojos y suspiró, viendo su vida pasar delante de él. Sí, ésta había dado unas cuantas vueltas desde que arribó a la capital, pero parecía que no había prosperado tanto cuanto había deseado o planeado. Sin embargo, Alejandro era un hombre positivo y se dijo que, a final de cuentas, no estaba tan mal, porque era bueno sentirse útil, ser responsable de que la ciudad -o por lo menos el pedazo que a él le tocaba- se viera limpia y ordenada, y no podía negar que una agradable sensación de satisfacción tomaba cuenta de él cuando llegaba a su casita al final de la tarde. Era como un suspiro cálido y sonriente que le alivianaba el pecho y le daba la bienvenida. Entonces tomaba un duchazo, calentaba la sopa y prendía la televisión para ver el partido del Colo colo, o la novela, o lo que hubiera, sentado en el sofá raído igual que un rey en su trono. La salud andaba bastante bien, tenía vecinos simpáticos que siempre lo convidaban a los asados o cumpleaños y el minimarket no tenía problemas en fiarle hasta que recibiera el sueldo... En realidad, y por una cuestión de antigüedad, Alejandro era una especie de institución en el barrio, fuera que era el único que tenía un hijo en el extranjero y esto le daba un prestigio que todos respetaban y comentaban. El también era el hombre que vivía sin mujer y feliz, arreglándoselas muy bien y gastando su plata como se le antojaba, era el que no tenia que rendirle cuentas a nadie, que tenía un trabajo estable en el centro de la capital, en el cual veía todos los días cosas diferentes, personas interesantes, estaba en el medio de los acontecimientos, justo frente a La Moneda...  Y todo esto despertaba una silenciosa y reverente admiración, mezclada con una sana envidia, entre sus vecinos, que entonces acudían a él a pedirle consejos, a contarle sus planes y sueños y a pedirle que los aconsejara sobre sus conflictos y decisiones. Y él los atendía a todos, contento de poder ayudar, sin sentirse superior ni pedir nada a cambio.
    La jauría de perros de los borrachos salió persiguiendo a otro can que pasaba, ladrando estentóreamente, y Alejandro pestañeó, sobresaltándose. Instintivamente irguió el cuerpo y levantó la cabeza, mirando alrededor, medio preocupado. Pero nadie había notado su distracción, entonces esbozó una pequeña sonrisa de satisfacción y alivio... Bueno, hoy daba hasta para soñar un poco... En eso, pasó a su lado un ejecutivo muy elegante con su maletín y sus anteojos obscuros y, alzando una mano, lo saludó como a un viejo amigo, abriendo una sonrisa legítima y brillante.
    -¡Buenos días, don Alejandro! ¿Y cómo va la vida?
    Alejandro recordó la mañana en que lo siguió por dos cuadras para devolverle un documento que se le había caído del maletín. El hombre no sabía cómo agradecérselo. Le regaló unos pantalones, después un encendedor de plata, un jóquei del Colo colo y hasta unos guantes de cuero legítimo. Alejandro tuvo que pedirle que parara, porque ya le estaba dando vergüenza su generosidad... Sí, era aquí que se podía encontrar ese tipo de gente de la cual, si uno era gentil, se podían ganar estos regalos.
    -Aquí estamos, don Pepe, haciendo lo posible.- le respondió con aire humilde, mostrando la dentadura alba debajo del bigote.
    -Bueno, ya sabe, si necesita cualquier cosa, me diga no más... ¡Que le vaya bien, hombre!- exclamó el ejecutivo, alejándose apresurado.
    -¡Gracias, a usted también!.
     Alejandro continuó sonriendo, manteniéndose derecho y leve como un muchacho. MIró hacia adelante. Su cuadra lo esperaba. Había muchas hojas secas, papeles y restos de comida que barrer y poner en su lugar, muchos basureros que vaciar, muchos bancos que limpiar, muchas personas que encontrar y saludar, a quienes proporcionar un espacio limpio y agradable para caminar, sentarse a leer, pasear a sus perros, hacer ejercicio o comer una colación... Alejandro tuvo en ese instante una visión de la dimensión y la importancia de su existencia y de su trabajo para estas personas, y se dio cuenta de que no era poca cosa. Al contrario, era muy importante. ¡Era vital!.
    Entonces, dejando escapar una risita de profunda saisfacción y gratitud, agarró su escobillón con renovada fuerza y empezó a barrer alegremente, sabiendo que mañana habría más hojas secas para recordarle la importancia de su papel en la historia de este lugar

domingo, 15 de dezembro de 2013

"Un comienzo"

    Y aquí está el primer cuento que me enviaron, como se los prometí. En realidad, la idea no es mandar un cuento completo, sino algunas ideas -como el trailer de una película- para que yo las desarrolle y cree un cuento. Pero esta historia es tan buena que no puedo dejar de publicarla. Apenas necesitó algunas correcciones (ese es un trabajo distinto al de crear, pero también lo hago si me envían un cuento completo) para quedar absolutamente perfecto. Isabel -la autora- tiene un talento innato para escribir, tanto que le dije que se dedicara a esto porque pienso que le podría ir muy bien. Vamos a ver si sigue el consejo de la vieja profesora.
    Y sin más demoras, aquí, va. Espero que lo disfruten como yo lo hice.


    Era un tipo que estaba siempre partiendo, dejando cosas, personas y situaciones atrás sin explicaciones. Empezó temprano y nunca nadie consiguió entender el motivo que lo llevaba a actuar así, pero era algo que repetía impajaritablemente cada cierto tiempo, hiciera frío o calor. Primero dejó la casa de los padres porque no aguantaba más a la familia. Se fue a vivir solo, irónicamente, en una casa suficientemente grande como para albergar a un regimiento, apenas con un canario amarillo para que le hiciera compañía.
    Se deshizo del pájaro algunos meses después porque no soportaba sus cantorías al amanecer. Primero pensó en deshacerse del despertador. ya que era obvio que con aquella ave y sus trinados éste no era necesario. Sin embargo, lo pensó mejor y  al final prefirió quedarse con la máquina, porque esta podía apagarla apretando un botón. Ya con el pájaro, esto era imposible. Entretanto, el silencio que siguió después de esto también pasó a incomodarlo. Entonces decidió quedarse más tiempo en el trabajo para evitar así ese silencio acusatorio en la casa vacía. Salía bien temprano de la casa, sin siquiera tomarse un desayuno decente, y regresaba bien tarde en la noche. Pero aquella sensación de intranquilidad y culpa continuaba ahí y no lo  dejaba dormir en paz. Pasó noches y noches de insomnio hasta que finalmente descubrió lo que estaba errado. ¡No era nada en la casa! ¡Era el trabajo, claro! Colegas demasiado lentos, un jefe inflexible y muy exigente, casi un lunático. La  cantina de la empresa era una porquería también, sin contar con la señora de la limpieza, que insistía en pasar con sus baldes y traperos justo a la hora en que él tenía que concentrarse en ese reporte financiero.
    Renunció así que llegó a esta conclusión. Pero inteligente y capacitado como era, estaba seguro de que no iba a demorar en encontrar otro empleo, como efectivamente sucedió. Y todo iba a las mil maravillas... hasta que se deparó con otro problema: a la hora de salir de su casa para ir al nuevo trabajo -bastante más temprano que el anterior- la calle donde vivía estaba desagradablemente llena de personas paseando con sus perros -algunos hasta sin correa- corriendo, deslizándose velozmente en patines o skates, vestidos con tenidas colorinches y sudando a mares o, simplemente, caminando en dirección a la placita que quedaba a tres cuadras de allí, en donde permanecían un tiempazo haciendo sabe Dios qué. El era, por consecuencia, obligado a redoblar su atención para no atropellar a uno de estos animales inconvenientes. Los de cuatro patas, quiero decir. Pasaba con el auto lentamente,  e insistía en abrir la ventanilla para que todos vieran su cara de disgusto. Pero nadie le prestaba atención. Era tan ignorado por todos cuanto él los ignoraba.
    Meses después agarró a gritos a una colega (que después descubrió, con enorme disgusto, había sido escogida la funcionaria del mes) porque ella no había digitado ese reporte que él le había recalcado que era "para ayer". ¿Qué es lo que le pasaba? ¿El no hablaba español o que?... Todo el mundo lo quedó mirando chueco después del incidente y pasaron a cuchichear a sus espaldas y a virar las sillas cuando él pasaba por el corredor... A lo mejor estaba en la empresa equivocada, de nuevo. Se puso irritable y ansioso y sus compañeros evitaban a todo costo estar cerca de él, pero como era un funcionario eficiente, el jefe le sugirió que se tomara unas "vacaciones" anticipadas, para no decir que se había ganado un mes de suspensión por su mala actitud.
    - Tal vez usted está sobrecargado y necesita un cambio de ambiente.- le dijo, fingiendo amabilidad.
    "Imbécil", le respondió él mentalmente, y salió de la oficina dando un portazo. Bueno, tal vez había llegado la hora de buscar otro empleo, uno mas digno de su calificada formación. Era evidente que aquí no era debidamente apreciado.
    Cuando llegó a su casa esa noche no encontró nada que comer en el refrigerador, ¡ni siquiera huevos! Tampoco tenía camisa limpia para el día siguiente y una fina capa de polvo estaba acumulándose encima de los muebles, los helechos agonizaban en los maceteros y la ampolleta del estudio estaba quemada... Miró a su alrededor y tuvo la desagradable sensación de estar en una casa en decadencia galopante. Recorrió todos los cuartos confiriendo cada pequeño detalle que gritaba el abandono en el que la casa se encontraba, preguntándose por qué esto estaba ocurriendo... Cuando completó el recorrido, se detuvo en el medio de la sala, frunciendo el ceño. Entonces se dio cuenta. ¡Claro, no pasaba el tiempo suficiente en la casa, ni siquiera para cocinar! Cuando el rey abandona su castillo, éste se derrumba.
     Entonces, decidió ir a la panadería de la esquina a comprar algunas cosas. Dispensó el "buenas tardes" de la empleada con la mano, como quien espanta una mosca indeseable que revolotea a nuestro alrededor. Pidió seis huevos, jamón y pan. Pagó agarró las bolsas contra el pecho y se volvió para salir. Fue cuando chocó con alguien. Los huevos se reventaron, pero el jamón y el pan se salvaron. El se agachó para recoger la omelette, conteniendo su rabia, y cuando se levantó de nuevo, se encontró con la culpable: era aquella viejita que salía a caminar en las mañanas, aquella con el poodle blanco y el collar rosado. Tomó aliento, listo para darle un sermón sobre usar anteojos cuando no se ve porque se es muy viejo, cuando la señora lo miró y le puso una mano en el brazo.
    -Ay, hijo, perdóneme...- exclamó, sinceramente confundida, y viendo la bolsa de huevos agregó -Mire, le quebré todos los huevos, por Dios... Puchas, ¡discúlpeme!... Pero venga conmigo que le voy a comprar otros- y cuando sonrió sus ojos verdes casi se cerraron atrás de los anteojos.
    El la siguió, medio desconcertado, pero como le pareció justo no dijo nada, entró con ella a la panadería, pescó sus huevos, dejando la bolsa con los otros quebrados ahí mismo, en el suelo. Alguien vendría a limpiar la porquería, ciertamente. Y ya estaba saliendo cuando la viejecita le dijo, con voz suave:
    -¿Sabe una cosa? Le aconsejo llevarse una porción de esas rosquillas también, por mi cuenta.Usted está con cara de que no tuvo un buen día, ¿sabe?.
    Perplejo con la actitud de la mujer y sin saber qué pensar y mucho menos qué decir, luchó durante algunos instantes hasta que encontró la palabra obvia, sólo para que ella supiera que él no era mudo ni retardado.
    -Gracias.- gruñó. ¿Qué era lo que estaba sucediendo? ¿La viejecilla aquí estaba tirando una con su cara? ¿Por qué diablos estaba siendo tan amable?... Pero mismo así fue hasta el mostrador y escogió las rosquillas, fragantes y blandas, que la empleada colocó en una bolsa de papel. Entonces le lanzó a la viejita una última mirada antes de salir del local, como queriendo entender, y salió a la calle en silencio.
    Llegó a su casa y se preparó la pobre cena él mismo. Dejó las rosquillas por último, mientras ponía los huevos con jamón en el pan y reflexionaba sobre lo acontecido. Era bueno en matemáticas y lógica... Mordió un pedazo de pan... De repente se pilló repensando los últimos meses, repensando este último día. Y llegando nuevamente a la misma interrogación sin respuesta: ¿qué es lo que estaba equivocado en su vida?¿Su trabajo? ¿La familia?¿Los vecinos? ¿Los colegas?... Pero, ¿y si cambiara los factores? ¿Y si el equivocado fuera EL?... Abrió la bolsa de rosquillas inconscientemente y se puso una en la boca. Recordó la sonrisa de la viejita.
    La viejita.
    Las rosquillas. Qué deliciosas estaban. Olorosas, suaves, dulces. Se derretían en su boca...
    Entonces, algo pasó por su cabeza, algo que... Había algo que había dejado de hacer hacía tanto tiempo que se había olvidado de que existía. La gentileza. ¡Aquella mujer había sido gentil con él! ¡Tan sólo eso, gentil!... Cuando se dio cuenta de lo acertada que había estado cuando le dijo que había tenido un mal día, excepto por su gesto, se puso a llorar. Lloró mientras comía las rosquillas. Se las comió todas, incluso las migajas que quedaron en el fondo de la bolsa... Entonces se le ocurrió que probablemente tendría que devolverle el gesto ya que, ahora que estaba harto de llorar y harto de comer rosquillas, estaba sintiéndose mucho mejor, pensando con más claridad. Y fue en ese momento que se dio cuenta de que, en realidad, no tenía la menor idea de cómo devolver aquella gentileza. A lo mejor era el azúcar la que le despertaba esos sentimientos nobles, pero no costaba nada intentarlo, de cualquier forma.
    Se levantó de la mesa y empezó a caminar por la sala pensando, pensando. Se detuvo, esbozando una sonrisa de complacencia. Claro, compraría rosquillas al día siguiente. Y también le compraría algo a la señora.
    Despertó temprano y descubrió, con una punta de decepción, que la viejita no había ido a caminar aquella mañana. Pero igual compró las rosquillas, esta vez le deseó un buen día a la empleada, atreviéndose hasta a sonreír y mostrar la blancura de sus dientes. a expresión de sorpresa y contento de la chica lo hizo sentirse curiosamente satisfecho. Decidió que iba a sonreír más. A la salida de la panadería observó otra vez a las personas caminando en dirección a la placita con sus perros, y de repente se le ocurrió que podría pasar por allá, sólo por curiosidad. No tenía perro, ¿y qué importaba? No es obligatorio tener un perro para ir a sentarse a una plaza, ¿no es verdad?... Fue con el desayuno en la bolsa de papel, comiendo y saboreando la dulzura del azúcar derretido de la cobertura de las rosquillas. Era simplemente divino. Al llegar a la plaza se sorprendió con su belleza y simplicidad: árboles, bancos, una fuente, pasto y canteros con flores coloridas. Respiró hondo y y esbozó una sonrisa de satisfacción, empezando a entender por qué a las personas les gustaba venir aquí. Se encontró con un bando de perros, meneando las colas, personas sonriendo, saludándose y un espectacular amanecer. De esos de película... Y allá al otro lado divisó a la viejecilla con su poodle. Ella no lo vio, pero los perros sueltos sí, y se aproximaron atrás del rico olor de la colación. El los dejó acercarse y distribuyó una o dos rosquillas para cada uno y, así saciada su curiosidad y su hambre, regresó a su casa.
    Aquella misma tarde fue al mercado e hizo las compras del mes. Ahora no le faltaría nada. Hasta compró unas cositas más y agregó un collar lila para la perrita de la mujer y una jaula. En la tarde iría a una tienda de animales y compraría un canario, uno amarillo. La casa estaba demasiado silenciosa, entonces trataría nuevamente.
    Al día siguiente despertó más temprano de lo que querría con los gorjeos del canario- Se levantó y se preparó un café fuerte y se quedó observando al ave con la taza en la mano. Era amarillo oro, más fuerte, y parecía centellear bajo la luz del amanecer... o tal vez fuera solamente su imaginación. Admiró el degradé de sus plumas. Saboreó su café. Y decidió que sería más paciente con el pájaro. No, con el mundo. Salió para afuera. El cielo estaba nublado, un vientecillo frío que erizaba la piel. Terminó su café y decidió que compraría más rosquillas y que la aurora también merecía más atención hoy día. Tomó el collar lila y se puso a camino de la panadería. En el recorrido las personas lo miraban y le sonreían, lo saludaban, asentían con la cabeza. Algunas hasta lo saludaban de lejos... ¿O será que se reían? ¿Se reían de él?... No, nada de paranoia. Decidió sonreír y saludar de vuelta.
    Compró las rosquillas, y un poco más para los perros. Sonrió al pensar en ellos, porque les había dado nombres. "Inconveniente 1", 2 y 3, y así sucesivamente, refiriéndose a cómo se sentía con respecto a ellos antes. Fuera eso, realmente no tenía mucha imaginación para esa cosa de ponerle nombre a los animales. Al canario lo llamaba simplemente de "Amarillito".
    Le regaló el collar nuevo a la anciana. Ella estaba encantada.
    -¡Le va a encantar a la "Maggie"!... ¡Muchas gracias!.- exclamó, radiante como el sol a su izquierda.
    ¡Ah, el sol! Sus rayos cortaban las nubes majestuosamente, como una tarjeta postal, y parecía que hasta exhalaban algún perfume que barría cualquier mal humor del corazón... Entonces, le decidió que dejaría de ser tan gruñón y, en vez de eso, usaría la gentileza con las otras personas. En realidad, estaba decidido a deshacerse de todos aquellos malos comportamientos que ahora se daba cuenta que tenía y que eran, con certeza, la razón de sus problemas e insatisfacciones, de sus peleas con los demás y de su soledad.
    Telefoneó a su familia esa noche. Y un calor muy agradable y húmedo llenó poco a poco su corazón y sus ojos mientras hablaba con ellos. ¡Puchas, cómo era bueno escuchar sus voces y sus historias!... Sólo entonces percibió cuánto los echaba de menos y prometió ir a visitarlos lo antes posible... Durmió como un príncipe aquella noche.
    Al día siguiente despertó con el canto del canario. Le silbó unas notas de vuelta a modo de saludo y le pareció que él le respondía. Saboreó el café. Se quedó mirando el plumaje del ave, fascinado. Caminó hacia la panadería. Algunos vecinos le hicieron señas de saludo y le sonrieron abiertamente. Los perros se le acercaron ladrando y meneando la cola alegremente. Uno hasta le lamió la pierna. Esta vez él traía galletas apropiadas para ellos porque el azúcar no era buena para los perros, según le había dicho la viejecita ayer. Tal vez él mismo debería comprarse un perro para que le hiciera compañía al canario. Bueno, y a él también. Bueno, ¿no es  rico tener a alguien que te recibe saltando cuando vuelves a casa?... Vio el amanecer y volvió a casa, pensando que aquella era realmente una buena vecindad para vivir. ¿Cómo no se había dado cuenta antes?... Más tarde llamó a su hermano y le dijo que estaba pensando comprarse un perro. Después de la sorpresa inicial, el hermano aprobó la idea y después se dedicaron a rememorar las historias de cuando eran chicos. Después que cortó, decidió que iba a telefonear todos los días a alguien de su familia, no importaba que no tuviera mucho que contar.
    La semana siguiente compró el perro, un policial a quien llamó "Bob" (continuaba sufriendo de falta total de imaginación para darle nombre a animales) en homenaje a Bob Marley, pues decían que componía músicas que hacían que la gente se sintiera bien y como era de esta manera que él estaba sintiéndose, le pareció razonable llamar al perro así.
    Despertó temprano, le silbó al canario, le dio buenos días a los vecinos, compró rosquillas, fue a la placita con el "Bob". Le apuntó a "Inconveniente 1" y le dijo que sabía que no era un nombre muy bueno para un can, pero a final de cuentas, no era problema de nadie. Era lo que podía hacer y ya. El perro no estaba reclamando.
    El fin de año recibió tarjetas de todos los vecinos y familiares y tuvo que pedirle ayuda a la señora Olinda (este era el nombre de la señora dueña de la "Maggie") para identificar los remitentes y poder responderles. Después de todo, no conocía todavía a todos los vecinos. Pero no se afligía por eso, pronto los conocería a todos y eso sería muy bueno.
    Volvió al trabajo una semana después del año nuevo. Le dio los buenos días al portero, le sonrió a todas las personas, le sostuvo el balde a la chica del aseo con una sonrisa. Compró una porción extra de rosquillas y las dejó encima del escritorio de la chica a la que había gritoneado junto con una tarjeta de disculpas... En realidad, no sabía si estas actitudes serían suficiente, si la gente creería en su cambio después de tantos años de mal humor, o si las cosas continuarían del mismo modo... Sólo sabía que estaba sintiéndose muy bien al actuar así y que cualquier éxito que tuviera en esta empresa valdría la pena. Podría no ser nunca lo bastante, pero de alguna forma tenía que empezar.

domingo, 8 de dezembro de 2013

"La primera impresión"

    Bueno, como ven, estoy llevando muy en serio la promesa de mantener este blog activo, con historias nuevas a cada quince días por lo menos. También estoy con ese proyecto del envío de cuentos para que yo los desarrolle y los publique. Si desean saber más al respecto, vayan al blog de crónicas (pazaldunatepalabras.blogspot.com) y vean si les interesa participar... ¡Espero recibir muchas ideas!.
    Y aquí va el de esta semana. El ya fue publicado hace unos tres años, cuando inicié el blog, pero como estoy empezando de cero y debe haber mucha gente que no lo leyó y no está con saco para meterse a buscarlo, lo posto de nuevo, para el bien general de la nación.


    La farmacia estaba totalmente colapsada, parecía que todo el mundo había decidido aparecer allí a la misma hora. Casi no estábamos dando cuenta de descifrar recetas, responder preguntas y sacar jarabes, comprimidos, gotas, pomadas y cápsulas de los estantes. Varias veces acabé topándome con algún colega en el estrecho espacio detrás del mostrador en el cual teníamos que movernos. Para empeorar la situación, el teléfono no paraba de sonar y los clientes parecían estar sufriendo de un caso agudo de impaciencia colectiva. ¡Todos querían ser atendidos inmediatamente, no importaba la orden de los numeritos!... En ese tipo de situación nosotros, los funcionarios, nos poníamos extremadamente tensos, pues éramos obligados a ser atentos y serviciales con las personas, rápidos y eficientes en la atención y aún estar pendientes de cualquier actitud sospechosa, porque sabíamos que había gente que se aprovechaba de esos momentos de más movimiento para llegar discretamente junto a los anaqueles y, con un movimiento imperceptible, escamotearse alguna mercadería y salir sin ser notado. Y, claro, el prejuicio acababa sobrando para nuestro bolsillo a fin de mes. Nuestro jefe no perdonaba ese tipo de descuido.
    Yo me repartía entre el mesón y la caja y tenía que hacer un enorme esfuerzo para concentrarme y mantenerme calmada para no enredarme con los vueltos y las recetas, por eso, cuando vi al hombre entrar, me quedé un instante inmóvil, y al percibir que se aproximaba hacia mi, tuve la repentina certeza de que iba a verme envuelta en alguna situación desagradable. Inmediatamente busqué con los ojos a alguien que me pudiera substituir en la caja o entonces, que viniera a atender a aquel hombre, pero todos estaban ocupados.
   -Mierda... De esta no me escapo- dije en voz baja, enderezándome como para enfrentar a algún tipo de peligro.
    El hombre tenía un aspecto realmente horrible: flaco y de cabellos desgreñados, vestido con ropas sucias y zurradas, una encima de la otra, de colores indefinidos y llenas de manchas y agujeros, rostro barbudo y con grandes ojeras obscuras, zapatos deformados y cubiertos de barro, uñas largas y negras. Caminaba un poco tambaleante y cargaba un saco de estopa con algunas cosas dentro. Yo lo noté así que entró, mirando a su alrededor con un aire medio perdido, y me quedé con una mano en el aire, sujetando el billete que acababa de recibir de un cliente. Un viento como un mal presentimiento sopló desde mi estómago, que instintivamente se encogió. ¿Qué era lo que una criatura como esa podía querer aquí? Probablemente una limosna, pero no estábamos autorizados a dársela a nadie y si lo hiciéramos, claro que la cantidad sería descontada de nuestro salario. Nuestro jefe tampoco era adepto a ese tipo de política.
    -Paternalismo aquí, no.- predicaba con voz dura -¡Si quieren alguna cosa, que vayan a trabajar!.
    Mientras guardaba el billete en la caja y buscaba algunas monedas para dar el vuelto, observé que el hombre continuaba acercándose lentamente. Despedí al cliente con un gentil "gracias, vuelva siempre" y cerré el cajón de la registradora rápidamente. Cuando levanté la cabeza de nuevo, el hombre estaba delante de mí.
    De cerca era todavía más desagradable, pues sus dientes estaban negros y exhalaba un fuerte olor a sudor y alcohol. Si la primera impresión es la que vale, como decía mi madre, entonces lo mejor que podía hacer era pescar el teléfono y llamar a la policía, pues aquel personaje sólo podía significar problemas.
    Sintiéndome cada vez más insegura e intimidada delante de él, volví a mirar en busca de ayuda, pero nadie estaba disponible. Entonces, resignada, respiré hondo, tomé coraje y lo encaré con una falsa sonrisa.
    -¿En qué lo puedo ayudar?- pregunté, inclinándome hacia él. El hedor era casi insoportable.
    -Véame una aspirina, ahí.- respondió, con una voz ronca y gangosa que me sobresaltó.
    Se me ocurrió la idea de preguntarle si tenia cómo pagar, pero desistí. Era obvio que pretendía llevárselo gratis. Bueno, tal vez valiera la pena un descuento en mi salario con tal de verme libre de este mendigo... En ese momento, se acercó un cliente para pagar y tuve que volver a la caja. Mientras abría el cajón con manos temblorosas, escuché que el hombre repetía:
    -Véame una aspirina ahí, señorita. Es para llevarla para allá abajo.
    Me pregunté qué es lo que sería "allá abajo", y me acordé de que atrás de la farmacia estaba la comisaría. ¿Será que quería llevarle el remedio a algún amigo que  estaba detenido allá? ¿O será que era para él mismo? Le dí una ojeada al tiempo que le entregaba el vuelto al cliente, pero no me pareció que estuviera sufriendo algún tipo de dolor. Se mostraba un poco inseguro, pero fuera eso, parecía bien.
    -Mire, señor...- dije entonces, sonriendo lo más gentilmente que pude -En este momento estoy ocupada en la caja, ¿por qué no le pide a ese señor allá, que es uno de nuestros vendedores?- sugerí, apuntando hacia uno de mis colegas.
    El hombres siguió con los ojos obscuros la dirección que mi mano indicaba, y se demoró algunos segundos en localizar a la persona. En seguida, volvió a encararme, con una expresión en la cual se mezclaban la perplejidad y una punta de resentimiento, como si adivinara que aquella era una disculpa para no atenderlo, y curvó los labios hacia abajo, con un qué de desprecio. Se inclinó hacia mí y susurró, apoyando las manos en el vidrio del mesón:
    -¿Me tiene miedo, señorita?...
    Yo me quedé paralizada algunos segundos, sintiendo que me habían pillado, y no fui capaz de sostener su mirada.
    -¡Claro que no, señor! ¿Cómo se le ocurre?...- tartamudeé, enrojeciendo -Es que estoy realmente súper ocupada. ¿Por qué no va...?
    -No le voy a hacer nada, señorita.- insistió, enderezándose. La marca grasienta de sus manos quedó estampada en el vidrio. - No hay para qué tenerme miedo, no- y  antes de que yo pudiera argumentar alguna otra acosa, él se alejó en dirección a mi colega, que en aquel instante se viraba para atender el teléfono.
    Cuando el mendigo llegó junto al mesón, las personas que estaban allí se apartaron discretamente. El las miró, dejando su saco en el suelo, y soltó una risita sarcástica.
    Yo permanecí inmóvil en la caja, sintiendo mi corazón latir con fuerza y las piernas medio tembleques por causa del incidente, sin embargo, en seguida me invadió un gran alivio al darme cuenta de que había conseguido librarme de ese sujeto tan desagradable. Desde donde me encontraba, ahora ociosa, lo observé hacer el pedido a mi colega. Pero éste continuó hablando por teléfono y no le prestó atención. El hombre repitió su pedido, en voz más alta, pero el empleado hizo un gesto displicente y le dio la espalda. El hombre se quedó ahí, mirando a mi colega durante algunos minutos, sin saber qué hacer, y finalmente, vencido por su indiferencia, se agachó y pescó su saco. Parecía profunda y verdaderamente contrariado... No supe por qué, pero  aquella escena me despertó una inesperada sensación de tristeza. Hasta tuve el impulso de pescar la aspirina y dársela al hombre, pero algo me detuvo. La primera impresión que tuve de él todavía era muy fuerte y negativa y me impedía actuar de otra forma. Entonces, me tragué aquel creciente desagrado que poco a poco tomaba cuenta de mí y permanecí donde estaba, limitándome solamente a observar.
    El hombre, muy enojado, se dirigió con pasos inseguros hasta la salida, pero antes de alcanzar la vereda, se volvió hacia nosotros y exclamó, apuntándonos con su mano inmunda:
    -¡Ya entendí el recado, no hay necesidad de que me humillen también!...- y agregó, en voz más baja y amenazante -Y después, cuando matan a alguien, dicen que nosotros somos los malos.- nos dio una última y furiosa mirada y salió, poniéndose bruscamente el saco en el hombro. En un instante su bulto se perdió en medio de las personas que pasaban.
     Todos nos quedamos paralizados durante algunos segundos, evidentemente impresionados por las palabras del mendigo. Algunos clientes comentaban en voz baja, otros pescaron apresuradamente sus remedios y salieron de la farmacia. Alguien se quejó por tener que tolerar a ese tipo de individuo, que debería estar encerrado en alguna institución en vez de andar por ahí perturbando a la gente decente. Otra le dio una rápida y aprehensiva mirada a su cartera... El clima quedó denso y pesado, tuvimos que hacer un esfuerzo para retomar nuestros modos amables y sonrientes y así hacer que los clientes se olvidaran del hombre y sus palabras. Pero yo quedé asustada. ¿Será que aquello había sido una amenaza? ¿Iba a regresar más tarde, quien sabe acompañado, para atacarnos o saquear la farmacia? ¿Estaría aguardando en la esquina, escondido, para cobrarme mi falta de caridad?... Pero parecía una criatura acostumbrada y resignada a sufrir impotente ese tipo de tratamiento, tanto, que fue capaz de adivinar certeramente mi recelo y mis excusas para no atenderlo. Sus palabras me daban vueltas y más vueltas en la cabeza y cuanto más las oía y me acordaba de la expresión de perplejidad y resentimiento e su cara dura y sufrida, aquella primera sensación de tristeza y malestar que tomó cuenta de mí se volvía más fuerte y dolorosa. Poco a poco, la primera impresión de repulsión y miedo delante de su figura fue desapareciendo, transformándose y mostrándome otra realidad: un hombre solo y desamparado, tal vez sintiendo dolor, con hambre, quien sabe muriéndose de ganas de tomar un baño, sin saber dónde dormiría aquella noche, vagando por las calles sin destino, tal vez cargando recuerdos de personas amadas que quedaron en el camino. Un ser humano que dependía de la caridad de quienes lo depreciaban y humillaban para conseguir hasta las cosas más básicas. Una criatura que nada poseía y nada esperaba, marcada por el fracaso y la miseria, probablemente dueño de una historia de la cual nosotros aprenderíamos mucho, si sólo tuviéramos tiempo de escucharla. Pero nosotros vivimos demasiado ocupados con nuestros propios problemas e intereses, con nuestras luchas mezquinas y fútiles como para prestarle atención a alguien como él.
    Avergonzada y aplastada por el peso de mis prejuicios, me dieron ganas de largar todo y correr a esconderme en algún agujero donde jamás nadie me encontrara. Me di cuenta de que quien me aguardaba a la vuelta de la esquina para cobrarme mi falta de caridad no era bien aquel mendigo, sino mi propia conciencia, que en la imagen de ese hombre me mostraba la hipocresía y el egoísmo que escondían la mayoría de mis acciones, mismo sin que yo percibiera. Pero estaban allí y salían a flote en cada situación, ahora me daba cuenta... ¿Por qué tanto miedo de nuestro semejante? ¿Por qué juzgar sin conocer? ¿Por qué condenar sin saber si existe alguna culpa?¿Por qué no perdonar los errores ajenos? ¿Por qué exigir para nosotros lo que no somos capaces de ofrecer? ¿Por qué la apariencia es tan importante que nos impide acercarnos, confiar, tener compasión?.
    Mientras volvía lentamente a mi trabajo atrás de mesón con las recetas y las cápsulas, llegué a la conclusión de que, a fin de cuentas, tal vez mi madre estuviera equivocada y la primera impresión ni siempre es la que cuenta, pues hay muchas cosas que ignoramos por detrás de ella y que, si nos diéramos al trabajo de conocer, a lo mejor mudarían nuestra opinión respecto a alguien... Aquel incidente, que había dejado mi corazón pesado y entristecido, llenaba mi cabeza de preguntas que ahora no podía más responder: ¿Y si le hubiera preguntado? ¿Y si me hubiera interesado de verdad?¿Y si hubiera prestado más atención? ¿Y si hubiera dejado de lado mis miedos y prejuicios? ¿Y si no me hubiera dejado llevar por la primera impresión?...