terça-feira, 22 de junho de 2010

La viejecita en la mecedora - parte II

Y como prometido, aquí está la segunda y última parte del cuento, después de algunos atrasos provocados por cornetas, pelotas de football y alumnos inmaduros...
Siempre le gustó recordar, contar historias, revivir capítulos de su vida y sacar lecciones provechosas de ellos, y tenía una memoria feliz y fiel, que traía de vuelta cada episodio como si hubiera acabado de suceder. Adoraba cuando todos se sentaban a su alrededor para escucharla. Sin embargo, los recuerdos de hoy eran diferentes, cargados con otros significados. Hoy se trataba de hacer opciones vicerales, que no llenasen su cerebro humano, sino que conformasen su nuevo cuerpo; entonces, no venían a su mente las peripecias, las palabras o las personas como fantasías nebulosas o perturbadoras, mas los detalles preciosos, todo aquello que había pasado inadvertidamente o se había perdido en el afán efímero de cada día de este mundo... Entonces, dando un profundo suspiro, cerró dulcemente los ojos y vió los racimos de flores amarillas adornando los árboles de la calle, una niñita sentada en el muro, llorando desconsolada, sola. Vió un gorrión bañandose en una poza de água de lluvia, el gato estirado al sol, el perro corriendo al encuentro del amo, la profesora de francés en sus lindos zapatos rojos de taco alto, el patio ruidoso del colegio, las monjas atrás de las rejas del claustro, el pozo de la hacienda, los campos de trigo, el estero, los caballos. La mirada enamorada de su hijo, los árboles del jardín balanceando con el viento, murmurando, desgranando secretos, abrazandose en las alturas. Las estrellas en las noches silenciosas, la casita blanca de tejado rojo en la cumbre de la colina verde, el silencio majestuoso de las montañas y la conversación rítmica y constante de las olas muriendo en la playa. La mariposa celestial aleteando sobre la corona carmesí de la flor, la campana de la iglesia llamando a los fieles con su mensaje de fidelidad y paraíso... La viejecita en la mecedora lanzaba la mirada por los corredores de su vida y se admiraba al ver los tesoros que allí había guardado sin percibir. Ahora se daba cuenta de que eran ellos los que verdaderamente le habían dado forma y significado a su existencia. Era en esas cositas simples y tiernas, en aquellos detalles aparentemente banales donde se escondían los grandes secretos de la vida; flashes de divina e infantil conciencia que habían quedado indeleblemente imprimidos dentro de ella. Era esto lo que sostenía sus días y arrullaba sus noches, tejía sus esperanzas y construía sus sueños; era lo que le había dado fuerza y coraje para continuar, para esperar, para vencer. Percibía ahora que no habían sido los grandes momentos, las penas y alegrías que todos conocían y compartían, sino las pequeñeces, las pinceladas más íntimas e insignificantes, los detalles escondidos los que habían enriquecido su vida y la habían vuelto útil y plena de sabiduría y compasión... El amor no era, al final de cuentas, nada de aquello que pensaba y hoy, cerca del fin, estaba ansiosa por experimentar lo que él era de verdad. Amor no eran pasiones, delirios, gestos exagerados, sublimes y enloquecidos; no era posesión, codicia, intercambio de intereses, tiranía, soledad a dos. No, la sublimidad del amor estaba, justamente, en la simplicidad, en el equilibrio, en la conciencia con que debe ser vivenciado, como un todo armonioso y vital, inmortal. Entendía ahora que no había sabido amar de verdad, pero no se recriminaba por ello, al contrario, una cálida gratitud se agitaba en su pecho porque comprendía que solamente ahora estaba preparada para aprender. Era ahora que su vida empezaba de verdad. Estaba dejando de gatear e irguiendose sobre sus piés. Luego comenzaría a andar y podría recorrer todos los caminos. Todos. No es que daba su vida pasada por perdida o mal aprovechada, pues algo le decía que toda ella -mismo llena de errores y miserias- la había conducido hasta aquí, hasta esta mecedora en el porche perfumado por las enredaderas, a estas reflexiones y recuerdos, a estas conclusiones, a la espera... Y su corazón se agitaba, incendiado de ternura y compasión por todo y por todos. Se sentía enamorada, seducida, llena de mil emociones y deséos que ahora podía satisfazer plenamente, pues eran deséos del espíritu y no de la carne. Su alma había alcanzado la madurez necesaria para saber que estos deséos no son humanos, sino divinos, y que esto significa que nos acercamos a Dios, que transcendemos, que nos apropiamos de lo que siempre nos perteneció... Las horas sin fin pasadas en aquella mecedora, mientras todos se preguntaban si ya estaba cercana la hora de su muerte, si deberían internarla o llamar a una enfermera, habían sido para ella un lento, profundo, revigorizante aprendizaje, una preparación, el impulso que antecede al salto. Había sido como si una cortina se descorriese poco a poco delante de sus ojos y le desvendase todos los secretos del paraiso. A lo largo de esas horas se sentía regresando a su ser original, deshaciendose de todas las capas artificiales y las ilusiones, los artificios y disfraces que todavía la recubrían. Era una iberación que excedía cualquier explicación... Las fuerzas humanas la abandonaban, su cuerpo menudo y frágil se volvía leve, suave, inesperadamente ágil y veloz porque se había librado del lastre, y se debatía en una lucha conciente para aceptar cortar los últimos lazos, para regresar al hogar. Los brazos del infinito se abrían delante de ella... Y ella esperaba, día a día, apagandose un poco más por fuera, renaciendo por dentro.
Y una mañana, cuando abrió la puerta de la calle y arrastró su mecedora hasta el porche, como lo había hecho durante todos estos años, paró de repente, como si hubiera divisado algo en la ténue claridad del paisaje, algo diferente, alguna cosa largamente esperada. Fué como si el primer rayo de sol le hubiese revelado algo... Entreabrió los labios en una sonrisa indefinible y se quedó de pié allí, junto a la silla, sosteniendo el cojín de retazos, mirando hacia la calle silenciosa e inmóvil... Poco a poco, la vió crecer, mientras ella se acercaba sin prisa, pero no sintió miedo... Era extraño, ni una ansiedad o recelo despertó en sus pecho; su respiración continuó calmada, rítmica... Mientras las facciones de ella se delineaban y empezaba a percibir su suave susurro y el perfume de su aliento frío, se sentía tomada por una extraña alegría, por una serenidad desconocida, poderosa, un poco desconcertante... Quién diría que era así? De todas las cosas simples que había descubierto, esta era la más simple, pura y directa, la prueba de que la vida nada nos esconde, que somos nosotros quienes huímos de lo que ella tiene a mostrarnos... Moviendose lentamente, sin quitarle los ojos, se sentó en la mecedora, como si nada diferente estuviera sucediendo, y juntó las manos en la falda. Ella aguardó, comprensiva, sabiendose bienvenida. El resto de la casa dormía aún. Esta era una cita solitaria, personal, definitiva. Le viejecita se sintió contenta, porque vió que para este viaje no era necesario llevar equipaje, al contrario, todo debía ser abandonado, menos los recuerdos y actos queridos al corazón. La viejecita sonrió, satisfecha: con certeza había escogido bien, pues no eran sus brazos cargados de bagatelas ni su corazón encadenado a pasiones, no era su cuerpo disfrazado de glorias, no eran sus posesiones, no eran sus ambiciones ni sus pecados o buenas acciones lo que estaba llevando. Era, simplemente, su ser, y estaba convencida de que esto sería suficiiente. No sintió pena por aquellos que dejaba. En verdad, todo le pareció lógico, natural, y todo el resto se apagó de un soplo. Su vida entera se redujo a este encuentro. Cara a cara. Manos vacías. Lista. Serena. Aliviada. Levemente ansiosa. Muy curiosa... Apoyó la cabeza en el respaldo de la silla y cerró suavemente los ojos, con una última y emocionada mirada sobre aquel cuadro que tan bien conocía y amaba, y empezó a balancearse lentamente... Entonces, la sintió cerca, muy cerca, tan cerca que pareció transpasarla, y su aliento gélido abrazarla, cercándole el corazón. Fueron como mil agujas penetrando en su cuerpo y desagregandolo como una gentil y silenciosa explosión. De alguna forma, tuvo conciencia de que había dejado de ser ella misma: única, carne, huesos, mente, historia, para integrarse al todo, a la eternidad. Fué un salto al abismo de lo desconocido, un breve y extraño dolor, como un pequeño reclamo de su cuerpo delante del adiós; sin embargo, así que saltó, todo se llenó de luz y se sintió bienvenida, amada, esperada... Tuvo tiempo de esbozar una sonrisa y suspirar... Y ya no estaba más.
Cuando su hija mayor le llevó la bandeja con el desayuno, la mecedora todavia se movía, crujiendo tristemente, como si la propia muerte la empujase.

segunda-feira, 14 de junho de 2010

La viejecita en la mecedora - parte I

Era para ser ayer, pero, como siempre, surgió un pequeño imprevisto -visitas sorpresa con toda la atención, cortesía, tazas de té y tostadas que esto implica y más encima sin hora para irse- y tuve que dejar la publicación para hoy, pero lo más importante es que, finalmente, voy a postearla, porque ya les estoy prometiendo esta historia hace casi un mes!... Pero créo que agora que el musical que estamos montando entró en la fase de ensayos generales, voy a tener más tiempo y voy a poder organizarme de modo que pueda volver a dedicarme a mis textos y a estos dos blogs de historias. Tengo muchas para corregir y postear (descubrí un archivador viejo perdido en el fondo de un closet lleno de cuentos que hasta se me habían olvidado!) pues no quiero que se pierdan y aún tengo otras ideas rondandome para nuevos cuentos... Bueno, como pueden ver, no es por falta de inspiración o material que no estoy publicando con más frecuencia, sino por una pura cuestión de tiempo y organización, pero como soy una fiel representante de los leoninos, tengo certeza de que voy a conseguir dar cuenta de esto... Prepárense entonces!
Y aquí está la primera parte de este cuento, que es uno de los preferidos de mi hermana, entonces vá dedicado especialmente a ella.
Bien temprano, cuando el sol apenas despuntaba atrás de las colinas que circundaban a la ciudad y la neblina todavía goteaba sobre el paisaje adormecido, la viejecita abría lentamente la puerta de la calle y con sus manos arrugadas y temblorosas, ya deformadas por la artritis, arrastraba con grandes esfuerzos la pesada mecedora hasta el porche. Permanecia allí durante algún tiempo, acomodándola aquí y allí, sacudiendo los cojines y estirando la manta, poniendola en la mejor posición para poder tener una vista lo más amplia posible de la calle y de las personas que por ella pasaban, y cuando estaba satisfecha, daba una mirada a su alrededor y respiraba profundamente el perfume de las flores y enredaderas que adornaban los pilares y el techo del porche -todas plantadas por ella- Entonces, hacía una pequeña pausa y sus ojos medio apagados se posaban con especial cariño en el ipé que crecía junto al muro de ladrillos. Era el mismo que ella y su esposo habían plantado cuando constuyeron aquella casa, una mudita escuálida y pálida que parecía no tener futuro alguno, pero que con los cuidados y el abono que ella le había ofrecido, acabó transformandose en ese árbol fuerte, alto y esbelto, que dos veces al año adornaba la calle y llenaba la vereda y el pasto con su delicada lluvia de flores amarillas. Todos reclamaban por tener que pasárselo barriendolas, pero ella permanecía extasiada observandolas abrir y después caer, como alas de mariposa o lágrimas de oro, hasta que el árbol quedaba competamente desnudo... Recordando ahora aquel espectáculo glorioso, esbozaba una lenta sonrisa de complicidad y murmuraba algunas palabras que tan solamente ella y el árbol podían escuchar y comprender, y suspiraba de nuevo, con el corazón apretado por la nostalgia...
Terminado su ritual, se sentaba, quieta y silenciosa, meciendose suavemente, y lanzaba la mirada hacia la calle, atenta a todo lo que estaba sucediendo o podía suceder. Su cuerpo menudo, casi el de una niñita, envuelto en esas ropas viejas y descoloridas del silgo pasado que ella se negaba a abandonar, permanecía allí, inmóvil y expectante por horas, tomado por aquella incierta y casi imperceptible ansiedad, como si esperase ser testigo de algún milagro admirable, de alguna revelación o un encuentro memorable. No pronunciaba una palabra; parecía totalmente absorta, lejana, sumergida en mundos distantes y misteriosos que solamente ella era capaz de ver, y nadie se preguntaba en qué estaría pensando, o qué estaría sintiendo; simplemente la dejaban permanecer ahí, porque así daba menos trabajo. El desayuno, el almuerzo y la cena le eran servidos en una bandeja ahí mismo, en el porche, visto que había sido imposible convencerla a ir hasta el comedor para juntarse con la familia, y ella comía un poquito, como un gorrión, sin que le importara mucho lo que hubiese en su plato. Pasaba el día entero en profundo silencio, meciendose suave y rítmicamente en su vieja mecedora, sin prestar atención a las personas de la casa, atareadas a su alrededor, al ruido, a las voces, a las pequeñas escaramuzas domésticas, a la correría de los perros y al incesante parlotéo del loro en la jaula colgada en la terraza trasera, ni a la televisión o a la radio. No se fijaba en los que entraban y salían, pasando apresuradamente por su lado y lanzandole un beso o algunas palabras de cortesía que sonaban como el zumbido de algún insecto, ni en aquellos que la saludaban desde la vereda y le preguntaban por la salud o simplemente hacían un gesto y le sonreían... Nada distraía su atención de esa especie de espera en la cual parecía vivir últimamente. A veces alguien se acercaba a la mecedora y se sentaba a su lado para hacerle compañía por algunos minutos y conversar sobre asuntos banales, para reclamar un poco, hablar de los muertos, de los precios, las enfermedades y recuerdos, y la viejecita viraba sus ojos transparentes hacia aquel rostro que debería serle familiar y se quedaba contemplándolo, sorprendida y desconcertada, sin saber muy bien cuál respuesta debería dar a aquel monólogo lleno de expresiones que no conseguía comprender. Parecía como aturdida, ausente, y sentía una vibración súbita y violenta golpearle los huesos adoloridos y penetrarle el cerebro mientras escuchaba el tono monótono y amargado, lleno de disfrazadas intenciones, de aquel que conversaba con ella pensando que era como confesarse a una puerta. Pero ella percibía, ella descubría con seceto e infantil espanto todos los tonos, cada intención: codicia, envídia, resentimiento, maledicencia, culpa, frustración, tristeza, fracaso... Por Dios, tanto fracaso!... Pero, por qué venían a contarle a ella? Sólo porque estaba demasiado vieja para juzgarlos o criticarlos, para cobrarles una actitud o castigarlos? Porque, en su estado mental, lo único que podia hacer era limitarse a escuchar, mismo sin comprender, lo que era un alívio para quien hablaba?...
No podía afirmar que recordaba con certeza su edad, pero esto no la había hecho perder la sensibilidad ni la percepción de las cosas a su alrededor. Muy al contrario, se sentía ahora dueña de una intuición mucho más clara y precisa, de una atención focalizada en aquello que realmente importaba, de una percepción capaz de penetrar todos los disfraces y barreras que las personas construyen para esconderse. Entonces, su inmovilidad y su silencio o eran señales de senilidad, como escuchaba a todo el mundo cuchichear, sino una demostración de sentido común. Ahora que todos los huracanes, vendavales y terremotos provocados por las pasiones de la juventud se habían extinguido, sentía como se una nueva puerta se hubiese abierto delante de sus sentidos y más allá del umbral divisaba paisajes misteriosos y sorprendentes, sembrados de nuevas aventuras y promesas, de nuevos desafíos y proyectos, de otros niveles a ser alcanzados, otros peldaños a ser escalados, y todo esto era completamente facinante, delicioso, si bien algo asustador. Y, sinceramente, después de todo lo que había oído decir sobre la vejez, esto era lo que menos esperaba encontrar!... Pero pasadas las necesidades y aflicciones, las ambiciones y realizaciones de ocho décadas, su cuerpo parecía haber empezado finalmente a entrar en sus ejes, a transformarse, adquiriendo nuevos sentidos, nuevas capacidades, una nueva conciencia, otro ritmo, lento y sabroso, profundo, tan profundo que a veces ella misma se sorprendía. Se habían desmoronado las vanidades, se habían diluído los apegos, habían cambiado las ambiciones; las angustias sobre el futuro, la familia y el trabajo eran cosa del pasado. Se habían desvanecido poco a poco -tan lentamente que ni lo había notado- las pasiones, las grandes iras, los profundos abismos y las llamaradas calcinantes que tuvo que enfrentar mientras maduraba y luchaba para conquistar su propio espacio en el mundo. Año tras año había se comido su fruta y finalmente había llegado al carozo... Y éste era tan sorprendente, tan inusitado y al mismo tiempo obvio, que con frecuencia despertaba una sonrisa traviesa en sus lábios apergaminados. Pues qué era lo que él contenía sino la semilla de una nueva vida? Cuál era el secreto que escondía en su cuerpo seco y endurecido, tan parecido con el de ella misma? Nada menos que el ciclo perfecto e infinito de la creación, y estaba convencida de que esto se aplicaba fielmente a ella misma y que, después de la muerte, una nueva existencia vendría a tomar cuenta de su alma... Qué más necesitaba entonces? Nada la inquietaba, nada la amedrentaba, no tenía urgencia de nada. Esta había sido la última revelación y, después de conocerla, todo lo demás perdía importancia... Por eso se sentaba todas las mañanas en su mecedora y esperaba, expectante. A veces se preguntaba qué sería lo que vendría a continuación, cómo todo sucedería, si sentiría alguna cosa o todo sería como un profundo suspiro, como un pestañear lento y empañado, pero no pensaba demasiado en estas cuestiones y prefería dejar los acontecimientos en las manos del destino, que tan generoso se había mostrado hasta ahora.
El mundo agitado y ruidoso a su alrededor era como un espejismo poblado de fantasmas que actuaban de forma ilógica y precipitada, presos en sus miedos y errores, en sus resentimientos, en sus pérdidas. Entonces, la viejecita en la mecedora cerraba los ojos y, dandose otro impulso, continuaba a mecerse, quieta y callada, prefiriendo volverse hacia las cosas simples y naturales que la rodeaban y con las cuales ahora podía comunicarse, que gastar la poca energía que le restaba tratando de entender o participar de esa película non-sense de la que su familia era protagonista. Y mirando estas cosas simples a lo largo de las horas sin fin, se sentía despertar para el milagro que ellas contenían, para sus mensajes y lecciones, para su presencia por tanto tiempo ignorada.
Entonces, de repente, como en un relámpago, se daba cuenta de cuánto tiempo había vivido allí, recorriendo esa misma calle al ir y volver del trabajo, de la panadería, de la iglesia, de la escuela de los niños! Cuántos años había deambulado por esos cuartos ordenando, barriendo, lavando, cocinando, adornando! Cuántos finales de semana había disfrutado de ese jardín y sus colores y perfumes, de la sombra murmurante de los árboles, los hijos corriendo y gritando, el olor del asado flotando en el aire y llenando de água la boca de todos! En cuántos atardeceres había salido al porche para contemplar los últimos rayos del sol meciendose en esa misma silla, unas veces de manos entrelazadas con el esposo, otras con un hijo en la falda, unas pocas con un libro o escuchando la música que venía de la radio de la cocina, en el invierno o en el verano, para darle a su cuerpo cansado y lastimado por todas las penas cotidianas un poco de sosiego, de intimidad, de reestructuración... Cuántos Domingos había entrado al amanecer en la iglesia fría y sonbría para arrodillarse y recibir el "pan de los ángeles" después de dejar en su propia mesa el café fresco y la leche, el pan todavía caliente y la mantequilla, el queque de limón cortado y oloroso cubierto con un paño blanquísimo. Ese era el otro pan que necesitaba para vivir, pues su cuerpo era fuerte y activo, así como su espíritu, entonces necesitaba ser constantemente alimentado con cosas buenas y frescas... A viejecita cerraba los ojos delante de aquella especie de película que desfilaba por su mente, y le parecía todo tan cercano y tangible que a veces estiraba una mano para tocarlo... Entonces, cuchicheaban que deliraba... Pero no era eso; ellos que continuasen pensando aquello si los dejaba más tranquilos. No, aquello todo no era delirio, sino un relatorio minucioso y precioso
de todo lo que se llevaría con ella cuando llegara el instante de la partida, y el gesto en el aire era el intento de aprisionarlo y guardarlo en su corazón... Y cuando se daba cuenta de lo que estaba haciendo, se sentía súbitamente estremecida por la certeza de la llegada de este nuevo y extraño capítulo en su vida: la despedida.
Y semana que viene postéo la segunda parte del cuento. Espero que les guste!.