Y aprovechando que hoy día voy a trabajar solamente en la noche y que la empleada vino para reponer el día que estaba debiendome, voy a postear otro pedazo de esta historia. Quien sabe hasta consiga llegar al final!... Hoy los funcionarios de la fundación tendrán su dia de confraternización en una chacra cerca de la ciudad, pero no sé si lo van a pasar bien porque la meteorología está anunciando lluvia y frío, entonces créo que se van a quedar solamente mirando la piscina y devorando el asado debajo del área cubierta del jardín. Bueno, yo no soy mucho -nada, para ser sincera- de disfrutar conmemoraciones con mis colegas de trabajo. En realidad nos llevamos super bien en todo lo que se refiere a la parte profesional, pero sinceramente no sé si aguantaría un día entero con ellos en la onda diversión. Yo soy bien quieta, del tipo contemplativo, y me cargan las bromas de mal gusto -que son las que suelen acontecer en este tipo de reunión- y yo sé que todos ellos están con unas ganas locas de darse el gusto en este ítem, fuera el hecho de que, como van a estar tan aturdidos por la cerveza y las toneladas de carne, van a poder decir todo lo que se les antoje -inclusive para los jefes- y nadie se vá a dar por ofendido porque mal van a conseguir entender de lo que están hablando, entonces... Bueno, fuera eso, con fiesta o no, yo voy a tener la presentación en la plaza en la noche, a no ser que llueva. Ayer estaba haciendo un frío atroz, ni parecía que estábamos en pleno diciembre! Todo el mundo vino de abrigo, bufanda, gorro y parca y yo casi morí congelada mientras mis alumnos se presentaban. Menos mal que acabó valiendo la pena porque pescamos a las personas saliendo de la misa, así es que tuvimos una platéa respetable y los niños continúan encantados con los personajes y sus payasadas... Bueno, por lo menos eso, porque hoy amanecí completamente quebrada por causa del frío. Entonces, estoy sentada aqui con la estufa al lado, porque continúa frío y nublado, amenazando llover y con un vientecito tremendamente helado. Hoy en la noche pretendo ir bien abrigada porque no tengo la menor intención de amanecer mañana como amanecí hoy día... Bueno, por lo menos voy a poder aprovechar la tarde para decansar y escribir otro poco, entonces, manos a la obra!.
"Laetentur caeli; et exulter terra
conmoveatur mare et plenitudo eius:
grandebunt campi, et omnia
quas in eius sunt..."
-Pero qué soberbia la tuya, infeliz...- murmuró fray Silvestre con la voz asfixiada, resistiendo al torbellino que quería tragárselo.
-Perdona... Perdona si te he molestado...- dijo entonces el mendigo, rompiendo de pronto el hechizo al bajar la cabeza con aire contrito, empequeñeciendose, transformandose por un momento en sólo eso: un limosnero -Mi soberbia es grande, es verdad, padre... Perdóname, sé que eres un hombre muy ocupado en tus deberes...- añadió tornando a mirarlo, llenos de dorada claridad y comprensión sus ojos, cayendo como una téa encendida en las ascuas agonizantes de su corazón.
Fray Silvestre se irguió entonces, parpadeando.
-Cómo sabes tú...?- exclamó, dando un paso hacia atrás, y con un aliento de miedo agregó: -Acaso te conozco?...
-Qué saben los hombres de las cosas de Dios?... Yo no sé nada, sólo he venido.- le respondió el mendigo abatiendo con súbito cansancio la cabeza castaña.
Fray Silvestre apretó las mandíbulas. Acaso aquella fuese la respuesta a sus dudas, salidas de la boca reseca y terrosa de este hombre transparente.
-He venido caminando sin detenerme desde Nocera, de pronto he divisado vuestro monasterio y he tocado a la puerta. Me ha abierto el buen hermano portero, ha tenido compasión de mí y me ha dejado entrar... No lo riñas, por favor. El sólo ha hecho lo que Dios le ha dictado a su corazón.
Fray Silvestre resopló con impaciencia y maldijo en su interior al hermano portero, que era el culpable de todo esto, y que no era más que un anciano tonto y sentimental al que cualquiera podía engañar con unas cuantas palabras bien dichas y una mirada lastimera... Pero el pobre no servía ya para ningún otro trabajo, pues estaba demasiado viejo se olvidaba de las cosas, o bien se cansaba fácilmente y se dormía, sufría dolores a los huesos y estaba casi ciego. Por eso le habían asignado este puesto, en donde no había mucho que hacer, ya que no recibían visitas, y así el anciano fraile podía sentarse y dormitar en la yacija o calentarse junto al hornillo de barro. Además, aquello lo hacía sentirse útil e importante en vez de una carga para la comunidad.
Pero seguramente sucedió que este sinvergüenza se había percatado de la chochera del viejo y aprovechó la oportunidad para marearlo con su astuta palabrería y colarse al interior para llenarse la barriga y dormir al sol hasta hartarse... El pecho de fray Silvestre se hinchó, enfurecido... Pero a él no podía engañarlo. El no era viejo ni se conmovía fácilmente. Conocía de sobra a los tipos de su calaña. Los había visto cientos de veces en las plazas y mercados, en las puertas de iglesias y conventos, en los recodos de los caminos, en los puentes, en los zaguanes de las casas acomodadas y palacios, siempre hambrientos y harapientos, con la mano tendida como una garra para coger las monedas o los mendrugos de pan, sucios y ladinos, embaucando a las personas de buena fé para llenar sus insaciables estómagos y bolsillos, contando una y otra vez sus viejas y tristes historias con la voz lacrimosa y los ojos húmedos con su fácil llanto, corriendo de un sitio a otro como una peste, enseñando su asquerosa miseria y riendo burlonamente cuando nadie los veía. Eran todos unos haraganes astutos y pedigueños que se mofaban descaradamente del mundo y su caridad.
El monje abandonó sus desagradables cavilaciones y miró otra vez a este andrajoso y famélico timador que estaba intentando engatusarlo con sus cuentos y frases bonitas, si bien debía admitir que era bien distinto de los otros... Este hablaba de Dios y sus palabras eran extrañas y llegaban muy hondo en su alma, causandole una indefinible desazón... Pero era un timador, un actor, un pedigüeño, qué más?... Y de pronto se le antojó repulsivo, despreciable, grosero, indigno de la más mínima misericordia... El corazón de fray Silvestre rebosaba de cólera y desdén cuando se dirigió a él, y su voz sonó áspera y destemplada al arrastrarse fuera de su garganta.
-Habráse visto descaro como el tuyo.- le espetó, haciendo una mueca para contener su rabia -Cómo te atreves a hablarme de Dios, tú a mí?... Apártate de mi camino, sé muy bien quién eres y lo que buscas en este lugar.
El mendigo alzó la cabeza al oír sus últimas palabras, sacudido su cuerpo enjuto y pequeño por un repentino estremecimiento, y lo miró a la cara inquisitivamente, palideciendo. Pareció que algo tremendo se cernía sobre él, y volvió a estremecerse. En su cara demacrada se pintó una súbita y mortal angustia y un doloroso cansancio, como si fuese a derrumbarse a los piés de fray Silvestre que, instintivamente, dió un paso hacia atrás y se irguió, desconcertado por aquel cambio repentino.
-Lo sabes tú?...- murmuró el pordisero, y alzó una mano hacia él -Y no quisieras por caridad decírmelo, padre?...- pero fray Silveste no le respondió y él bajó a cabeza entonces y su voz se tornó casi inaudible -Yo sólo sé que no deséo ser nadie, ni buscar nada- volvió a mirarlo y juntó las manos en el pecho, crispadas y pálidas, ligeramente temblorosas -Acaso no he hecho bastante ya para olvidarme de mí? Es que todavía soy alguien?... Dime, padre, qué debo hacer? Dónde debo perderme para encontrar a Dios? Tú debes saberlo, padre...- y aguardó, sin dejar de mirarlo con aquella intensa y perurbadora fijeza que lo atravesaba, que veía más allá, hacia algo que se reflejaba en sus pupilas como una llamarada que abrasaba la piel áspera y reseca de su rostro ingrato.
Fray Silvestre le volvió la espalda bruscamente, apretando los labios, y sintió que una garra estrangulaba su corazón. Porque, no era acaso aquella su propia pregunta, dirigida noche día al Creador, la pregunta sin respuesta? No era este hombre el espejo de su propia lucha, de su propio camino y de su misma esperanza?... Pero este hombre era algo más. Era una mezcla de fracaso y triunfo, de búsqueda y encuentro, de ignorancia y entendimiento, de cielo y tierra. Era una parte humana y mortal, y aún así, podía ver en sus ojos otra parte, lejana, luminosa, perfecta, inalcanzable, pura... Qué clase de hombre era este? Por qué habia venido?...
Fray Silvestre se llevó una mano empuñada al pecho y cerró los ojos con fuerza. Frunció el entrecejo y respiró profundo. Algo estaba sucediendo allí, algo fuera de su control que desordenaba su vida dura y triste hacia la perfección como el viento desordena y se lleva las hojas muertas. Parecía que su cuerpo y su alma pugnaban por separarse y rajarlo en dos. Algo le dolía en algún profundo y distante lugar, algo clamaba desde allí.
Fray Silvestre se irguió, tenso, haciendo un tremendo esfuerzo, y despegó los labios, tratando de vencer el vértigo y la magia poderosa del hombre.
-A fé mía, yo te conozco bien, desdichado...- murmuró ahogadamente, oyendo su propia respiración contenida y su corazón desbocado.
"Afferte Domino, pratriae gentium,
afferte Domino, gloriam et honorem:
afferte Domino, gloriam nomini eius..."
quinta-feira, 16 de dezembro de 2010
segunda-feira, 13 de dezembro de 2010
Silvestre - parte VI
Bueno, la semana pasada conseguí postear más un pedazo de esta história -en el blog en portugués- que más está pareciendo el cuento sin fin, gracias a la acción de un relajante muscular que me permitió escribir por más tiempo sin sentir dolor en las manos y brazos. Después, tuve un maratón de presentaciones en la plaza central de la ciudad como parte de las festividades de navidad -gracias a Dios el público está adorando nuestra pequeña pieza de los tres reyes magos (una sencilla y bien humorada historia sobre los tres reyes magos y su búsqueda del niño Jesús al estilo clown, con malabarismos, magia y un mensaje especial sobre el verdadero significado de la navidad) y estamos recibiendo muchos elogios- Todos los días en la noche tenemos esta presentación, y cada día que pasa traemos más público, sobre todo niños, que se encantan con estos tres personajes y su historia ingenua. Claro, esto significa que llego todos los días bastante tarde y muy cansada, entonces no me sobra mucha energía o inspiración para postear alguna cosa. Menos mal que en este fin de semana tuvimos un descanso porque dos de los actores que hacen esta pieza también estaban participando del espectáculo de fin de año de la escuela de ballet, entonces suspendimos las presentaciones hasta hoy en la noche, cuando retomaremos el maratón hasta el día 20 o 21. Sólo pararemos nuevamente el día 17, porque uno de los actores tiene su ceremonia de graduación. Yo salgo de vacaciones el dia 23 y les juro que no véo la hora de poder quedarme en la casa para descansar y dedicarme totalmente a escribir!...
Y como me dí el fin de semana libre de cualquier taréa o responsabilidad, hoy me siento mejor y bien dispuesta, entonces voy a aprovechar para postear la história en español. En realidad, me gustaría poder publicarla hasta el final de una vez, pero todavía falta un buen pedazo y como no consigo estar mucho tiempo digitando, voy a tener que resignarme (y ustedes también) a continhuar posteandola de a poco... Entonces, aquí vá otro pedazo... Paciencia!
Y ese algo penetró por las puertas cerradas, traspasó los altos muros, surgió de la tierra fresca y grávida, se cernió sobre el lugar como un viento, envolviendo a las cosas, deteniendo su marcha natural, separándolo del mundo conocido para sumergirlo en otra dimensión: la dimensión insondable de Dios. Algo como una piadosa caricia aplacó los sonidos, los colores, los perfumes y las formas como una silenciosa e invisible explosión, como una mirada omnisciente que señalase aquel lugar, aquel minuto, a aquel hombre desapercibido que ya nada esperaba.
Fray Silvestre pasó veloz junto al pozo. Um manzano florecido lo cubrió con su sombra. Su viejo hábito ondeó, envuelto en un súbito remolino de viento, y el polvo danzó a sus piés, borrando sus huellas del sendero. Un rayo de sol se posó sobre él, surgiendo deslumbrante desde detrás de la gran cruz de fierro que coronaba la torre mayor. Las palomas levantaron el vuelo a su paso y los árboles susurraron por encima suyo, esparciendo su aroma...
Y entonces lo vió.
Primero no se fijó realmente en él, aunque pasó por su lado, pues éste no le dirigió palabra alguna ni lo tocó. No, estaba simplemente sentado allí, en el último de los escaños de piedra que flanqueaban el sendero, aquel que se cobijaba bajo el olivo plateado.
Pero ahora fray Silvestre se detuvo. Mas no lo hizo abruptamente, como si hubiese visto al hombre de improviso, sino poco a poco, disminuyendo el paso, como si una fuerza misteriosa e irresistible lo llamara, detendiéndolo, rodeándolo; como si algo hubiese sido tocado y despertado en lo profundo de su secreto y dormido interior. Una extraña y poderosa vibración proveniente de ese banco robó de pronto su atención, su impulso, su pensamiento... Hasta que, vencido por ello, acabó por detenerse del todo y se quedó parado allí, inmóvil y desconcertado, como si intentara resistirse, a algunos metros de la umbrosa puerta de la capilla... Las finas hojas de su breviario abierto voltearon desordenadamente, produciendo un leve crepitar, impulsadas por la brisa.
"Notum fecit Dominus
salutare suum: in conspectu gentium
revelavit iustitia suam.
In ella mandavit Dominus
misericordiam suam:
et cante canticum eius..."
El hombre estaba allí, a su espalda, lo sabía, quieto y callado, casi como si formase parte de todo y, sin embargo, separado y único, tan real y presente que todo el resto parecía tornarse borroso y lejano... Frey Silvestre tuvo el cierto sentimiento de que aquella silueta que ni siquiera podía definir se metía en él profunda e intempestivamente, como si pretendiese echar raíces, y sin saber por qué, lo recorrió un escalofrío. Aquella imagen había sido como una flecha disparada certeramente a su corazón por una mano sábia y fuerte, y de algún modo que no tenía claro, había sido herido por ella.
Al fin, el monje se irguió lentamente, alzando la cabeza, tensandose, preparandose... Para qué?... Volteó. Lo miró. Supo cómo era. Era un mendigo, vestía harapos, iba descalzo y, con certeza, tenía hambre... Y también lo estaba mirando... En el rostro del monje se pintó la incredulidad, un destello de recelo, algo de decepción... Pero en el segundo siguiente se sintió devorado por esos ojos obscuros que parecían arder, encendiendo toda la faz y el aire a su alrededor. Instintivamente echó el cuerpo hacia atrás, y sus dedos se apretaron con fuerza sobre las satinadas páginas del breviario.
-Qué haces aquí?- le preguntó ásperamente, sin acercársele. Se sentió curiosa y calladamente agredido, expuesto delante de aquel hombre.
El mendigo no respondió de inmediato, no se movió, no hizo nada. Solamente lo contemplaba con atenta placidez y confianza, como si supiese desde siempre quién era él, como si esperase ser reconocido sin más, con una pincelada de brilante mansedumbre fuglurando en su rostro flaco y pálido, surcado de polvo y rocío. Las manos, curiosamente delicadas, pero sucias y llenas de magulladuras, descansaban en el regazo, uma sobre la otra, y en su esbeltez parecían ser capaces de aliviar cualquier dolor con sólo hacer un leve movimiento, con alzarse o señalar. Sus piés, uno junto al otro sobre el musgo húmedo de las piedras, decían haber recorrido todos los caminos del mundo, del universo, del tiempo y del dolor, tan lastimosamente llagados se veían, cubiertos de tierra, patéticamente frágiles, tan humildes y sufrientes, que inspiraban piedad y ternura. Y su rostro... Ah, ese rostro...
"Haec dies quam fcit Dominus:
exultemus et laetemur in ea.
Benedictus qui vent in nomine Domini:
Deus Dominus, et illuxit nobis..."
A pesar de la dulzura y quietud que la imagen de aquel hombre exhalaba, de la afabilidad y sencillez de su porte, de su gris y harapienda insignificancia, aquella sensación de inquietud, de subterráneo peligro, de alguna cosa desconocida que se desprendía de él y se le aproximaba, causandole un vago y molesto temor, se agigantó de una plumada en el pecho de frey Silvestre. Parecía que su pesadilla estaba a punto de atacarlo nuevamente... Hizo un gesto indefinible y contenido, pues no comprendía el motivo de semejante y tan absurda contradicción entre lo que sus ojos veían y lo que sentía en su corazón. No era acaso una misma persona? Entonces cómo era que así se disociaba?... Escudriñó más atentamente al desconcertante hombre frente a él, intentando penetrar en sus pensamientos, en sus intenciones, para desarmarlo de una vez. Lo miró intensamente, con rabia, con miedo, arañando, hurgando hacia su interior. Pero aquello fué como meter las manos en el água. Lo traspasó en un instante, sin que él opusiese resistencia, y nada encontró más allá. Tocó fondo sin necesidad de sumergirse, porque el hombre se mostraba tal y como era. No ocultaba nada, no traía nada, nada reclamaba. Era, simplemente, el que se encontraba allí.
El monje temió entonces que se tratase de un loco, un chiflado que no había comprendido sus palabras y, fastidiado ya por esta nueva demora en el cumplimiento de sus deberes y por aquella estúpida sensación de peligro y desazón que arañaba su estómago, se disponía a repetirlas, dando un breve y brusco suspiro, cuando el hombre habló. Y fué tanto el sobresalto del monje al oír su voz, que contuvo el aliento y dió un involuntario respingo.
-El hermano portero me ha dejado entrar.- expresó el hombre, muy quedamente, y el aire de la mañana pareció vibrar junto a su boca.
Por un momento, fray Silvestre se quedó en estático silencio, estúpidamente sorprendido, creyendo reconocer aquella voz, que provenía quizás de algún rincón remoto y olvidado de su memoria. Sería alguien con quien cruzó en alguna de sus peregrinaciones por la ciudad pidiendo limosna? Y otra vez lo recorrió un inexplicable estremecimiento... Pero al pronto recapacitó y se dijo que era imposible que alguna vez hubiese conocido a este hombre, pues no era más que un pordiosero, un vago, un cualquiera ignorado por el mundo.
-Pues no debió haberlo hecho.- le replicó entonces agriamente, cerrando de golpe su breviario, disgustado por su propia inseguridad ante este desgraciado -Acaso no sabes que está prohibido entrar aquí? Este es lugar de oración, no de limosnas.
Entonces, el mendigo se puso de pié, con un movimiento que resultó imperceptible para los ojos del monje, y lo miró a la cara un momento, envolviendolo en una suave y cálida oleada de luz, penetrando sin miedo por sus pupilas para precipitarse en las tinieblas de sus entrañas, diluyendose en el aire móvil y argentado.
-Pero la limosna también es oración...- le replicó, sin dejar de mirarlo, pero al mismo tiempo traspasándolo, como si mirase más allá, hacia algún lugar lejano.
Fray Silvestre desvió los ojos, turbado, sintiendo que un ramalazo de gélido aliento lo azotaba, haciendolo encogerse. De pronto deseó marcharse de allí, acabar la conversación, echarlo fuera, gritarle, darle un empujón para apartarlo de su caminol, de su vida, en la que parecía filtraese y amarrarse de un modo inflexible, incontrolable. Deseó que este hombre extraño y perturbador desapareciese de su vista, que al tronar los dedos se desvaneciera en la brisa y cesara de atormentarlo de esta manera ridícula y humillante. Sentía en su presencia algo amenazante. Sentía que lo espiaba, que aguardaba alguna cosa. Pero qué podía esperar de él a no ser un pedazo de pan o un vaso de água?... Y sin embargo, aguardaba, como aquel crucifijo en su celda... Y ese rostro, esa faz serena y segura que de algún modo lo hería profundamente...
Y como me dí el fin de semana libre de cualquier taréa o responsabilidad, hoy me siento mejor y bien dispuesta, entonces voy a aprovechar para postear la história en español. En realidad, me gustaría poder publicarla hasta el final de una vez, pero todavía falta un buen pedazo y como no consigo estar mucho tiempo digitando, voy a tener que resignarme (y ustedes también) a continhuar posteandola de a poco... Entonces, aquí vá otro pedazo... Paciencia!
Y ese algo penetró por las puertas cerradas, traspasó los altos muros, surgió de la tierra fresca y grávida, se cernió sobre el lugar como un viento, envolviendo a las cosas, deteniendo su marcha natural, separándolo del mundo conocido para sumergirlo en otra dimensión: la dimensión insondable de Dios. Algo como una piadosa caricia aplacó los sonidos, los colores, los perfumes y las formas como una silenciosa e invisible explosión, como una mirada omnisciente que señalase aquel lugar, aquel minuto, a aquel hombre desapercibido que ya nada esperaba.
Fray Silvestre pasó veloz junto al pozo. Um manzano florecido lo cubrió con su sombra. Su viejo hábito ondeó, envuelto en un súbito remolino de viento, y el polvo danzó a sus piés, borrando sus huellas del sendero. Un rayo de sol se posó sobre él, surgiendo deslumbrante desde detrás de la gran cruz de fierro que coronaba la torre mayor. Las palomas levantaron el vuelo a su paso y los árboles susurraron por encima suyo, esparciendo su aroma...
Y entonces lo vió.
Primero no se fijó realmente en él, aunque pasó por su lado, pues éste no le dirigió palabra alguna ni lo tocó. No, estaba simplemente sentado allí, en el último de los escaños de piedra que flanqueaban el sendero, aquel que se cobijaba bajo el olivo plateado.
Pero ahora fray Silvestre se detuvo. Mas no lo hizo abruptamente, como si hubiese visto al hombre de improviso, sino poco a poco, disminuyendo el paso, como si una fuerza misteriosa e irresistible lo llamara, detendiéndolo, rodeándolo; como si algo hubiese sido tocado y despertado en lo profundo de su secreto y dormido interior. Una extraña y poderosa vibración proveniente de ese banco robó de pronto su atención, su impulso, su pensamiento... Hasta que, vencido por ello, acabó por detenerse del todo y se quedó parado allí, inmóvil y desconcertado, como si intentara resistirse, a algunos metros de la umbrosa puerta de la capilla... Las finas hojas de su breviario abierto voltearon desordenadamente, produciendo un leve crepitar, impulsadas por la brisa.
"Notum fecit Dominus
salutare suum: in conspectu gentium
revelavit iustitia suam.
In ella mandavit Dominus
misericordiam suam:
et cante canticum eius..."
El hombre estaba allí, a su espalda, lo sabía, quieto y callado, casi como si formase parte de todo y, sin embargo, separado y único, tan real y presente que todo el resto parecía tornarse borroso y lejano... Frey Silvestre tuvo el cierto sentimiento de que aquella silueta que ni siquiera podía definir se metía en él profunda e intempestivamente, como si pretendiese echar raíces, y sin saber por qué, lo recorrió un escalofrío. Aquella imagen había sido como una flecha disparada certeramente a su corazón por una mano sábia y fuerte, y de algún modo que no tenía claro, había sido herido por ella.
Al fin, el monje se irguió lentamente, alzando la cabeza, tensandose, preparandose... Para qué?... Volteó. Lo miró. Supo cómo era. Era un mendigo, vestía harapos, iba descalzo y, con certeza, tenía hambre... Y también lo estaba mirando... En el rostro del monje se pintó la incredulidad, un destello de recelo, algo de decepción... Pero en el segundo siguiente se sintió devorado por esos ojos obscuros que parecían arder, encendiendo toda la faz y el aire a su alrededor. Instintivamente echó el cuerpo hacia atrás, y sus dedos se apretaron con fuerza sobre las satinadas páginas del breviario.
-Qué haces aquí?- le preguntó ásperamente, sin acercársele. Se sentió curiosa y calladamente agredido, expuesto delante de aquel hombre.
El mendigo no respondió de inmediato, no se movió, no hizo nada. Solamente lo contemplaba con atenta placidez y confianza, como si supiese desde siempre quién era él, como si esperase ser reconocido sin más, con una pincelada de brilante mansedumbre fuglurando en su rostro flaco y pálido, surcado de polvo y rocío. Las manos, curiosamente delicadas, pero sucias y llenas de magulladuras, descansaban en el regazo, uma sobre la otra, y en su esbeltez parecían ser capaces de aliviar cualquier dolor con sólo hacer un leve movimiento, con alzarse o señalar. Sus piés, uno junto al otro sobre el musgo húmedo de las piedras, decían haber recorrido todos los caminos del mundo, del universo, del tiempo y del dolor, tan lastimosamente llagados se veían, cubiertos de tierra, patéticamente frágiles, tan humildes y sufrientes, que inspiraban piedad y ternura. Y su rostro... Ah, ese rostro...
"Haec dies quam fcit Dominus:
exultemus et laetemur in ea.
Benedictus qui vent in nomine Domini:
Deus Dominus, et illuxit nobis..."
A pesar de la dulzura y quietud que la imagen de aquel hombre exhalaba, de la afabilidad y sencillez de su porte, de su gris y harapienda insignificancia, aquella sensación de inquietud, de subterráneo peligro, de alguna cosa desconocida que se desprendía de él y se le aproximaba, causandole un vago y molesto temor, se agigantó de una plumada en el pecho de frey Silvestre. Parecía que su pesadilla estaba a punto de atacarlo nuevamente... Hizo un gesto indefinible y contenido, pues no comprendía el motivo de semejante y tan absurda contradicción entre lo que sus ojos veían y lo que sentía en su corazón. No era acaso una misma persona? Entonces cómo era que así se disociaba?... Escudriñó más atentamente al desconcertante hombre frente a él, intentando penetrar en sus pensamientos, en sus intenciones, para desarmarlo de una vez. Lo miró intensamente, con rabia, con miedo, arañando, hurgando hacia su interior. Pero aquello fué como meter las manos en el água. Lo traspasó en un instante, sin que él opusiese resistencia, y nada encontró más allá. Tocó fondo sin necesidad de sumergirse, porque el hombre se mostraba tal y como era. No ocultaba nada, no traía nada, nada reclamaba. Era, simplemente, el que se encontraba allí.
El monje temió entonces que se tratase de un loco, un chiflado que no había comprendido sus palabras y, fastidiado ya por esta nueva demora en el cumplimiento de sus deberes y por aquella estúpida sensación de peligro y desazón que arañaba su estómago, se disponía a repetirlas, dando un breve y brusco suspiro, cuando el hombre habló. Y fué tanto el sobresalto del monje al oír su voz, que contuvo el aliento y dió un involuntario respingo.
-El hermano portero me ha dejado entrar.- expresó el hombre, muy quedamente, y el aire de la mañana pareció vibrar junto a su boca.
Por un momento, fray Silvestre se quedó en estático silencio, estúpidamente sorprendido, creyendo reconocer aquella voz, que provenía quizás de algún rincón remoto y olvidado de su memoria. Sería alguien con quien cruzó en alguna de sus peregrinaciones por la ciudad pidiendo limosna? Y otra vez lo recorrió un inexplicable estremecimiento... Pero al pronto recapacitó y se dijo que era imposible que alguna vez hubiese conocido a este hombre, pues no era más que un pordiosero, un vago, un cualquiera ignorado por el mundo.
-Pues no debió haberlo hecho.- le replicó entonces agriamente, cerrando de golpe su breviario, disgustado por su propia inseguridad ante este desgraciado -Acaso no sabes que está prohibido entrar aquí? Este es lugar de oración, no de limosnas.
Entonces, el mendigo se puso de pié, con un movimiento que resultó imperceptible para los ojos del monje, y lo miró a la cara un momento, envolviendolo en una suave y cálida oleada de luz, penetrando sin miedo por sus pupilas para precipitarse en las tinieblas de sus entrañas, diluyendose en el aire móvil y argentado.
-Pero la limosna también es oración...- le replicó, sin dejar de mirarlo, pero al mismo tiempo traspasándolo, como si mirase más allá, hacia algún lugar lejano.
Fray Silvestre desvió los ojos, turbado, sintiendo que un ramalazo de gélido aliento lo azotaba, haciendolo encogerse. De pronto deseó marcharse de allí, acabar la conversación, echarlo fuera, gritarle, darle un empujón para apartarlo de su caminol, de su vida, en la que parecía filtraese y amarrarse de un modo inflexible, incontrolable. Deseó que este hombre extraño y perturbador desapareciese de su vista, que al tronar los dedos se desvaneciera en la brisa y cesara de atormentarlo de esta manera ridícula y humillante. Sentía en su presencia algo amenazante. Sentía que lo espiaba, que aguardaba alguna cosa. Pero qué podía esperar de él a no ser un pedazo de pan o un vaso de água?... Y sin embargo, aguardaba, como aquel crucifijo en su celda... Y ese rostro, esa faz serena y segura que de algún modo lo hería profundamente...
quarta-feira, 24 de novembro de 2010
Silvestre - parte V
Faltando solamente la última presentación de la escuela de teatro de la Fundación, ya empiezo a prepararme para trabajar en horarios "civilizados" y a despedirme de ensayos, reuniones, presentaciones y sorpresas del tipo: "Tenemos que montar alguna cosa para mañana!"... Se supone que a partir del dia 29 voy a ir a la Fundación más para cumplir horario que para otra cosa -fuera algunas reuniones para planear proyectos para el próximo año que voy a marcar con mis alumnos del grupo adulto y unas clases de butoh que le voy a dar a una amiga que lo está necesitando- hasta el día 20, en que saldremos de vacaciones colectivas. Créo que el stress vá a disminuir bastante y que voy a tener más tiempo para retomar mis rutinas de vida saludables, como meditar, escribir, leér, escuchar música y jugar con mis perritas; todas esas cosas que tuve que dejar medio de lado por causa del exceso de trabajo. En realidad, todos estamos exhaustos y haciendo realmente un esfuerzo inmenso para cumplir este último maratón junto con el grupo infanto-juvenil para que ellos puedan tener su presentación de fin de año. Pero estoy convencida de que todo este esfuerzo vá a valer la pena, porque la pieza está quedando realmente buena. Al público le vá a gustar, con certeza... También en el início de diciembre voy a saber el resultado de los exámenes que me hice para saber el motivo de estos dolores en el cuerpo que andan asolandome hace un par de meses. Como ven, mucha cosa se vá a resolver en las próximas semanas, y espero que con saldo positivo.
Y aprovechando el frescor de esta mañana -anda haciendo un calor de matar en estos últimos días- y mis manos todavía sin mucho dolor o calambres, voy a postear otro pedazo de esta historia, que ya está empezando a parecer una novela mejicana de tan larga...
Sí, huía, arrancaba de su propio corazón, que latía desbocadamente tras sus costillas salientes, henchido de envidia... Porque esta era la verdad. En el fonfo de su ser, allí donde ni él mismo podía admitirlo, sentía una envidia venenosa e inexpresable por aquellos príncipes de la corte del Senhor, que vivían y morían en el lujo y la ociocidad, rodeados de consideración y honores. Aquellos emisarios celestiales cuyas palabras eran ley, cuyas breves y despreocupadas plegarias ascendían raudas al cielo y eran prestamente escuchadas y atendidas. Esos divinos personajes que tenían el paraíso asegurado, sim importar si hacían o no mérito para ello, pues les pertenecía por derecho propio... Eram demasiado importantes como para que Dios los enviase al infierno. Porque eran ellos. Eran los predilectos, los elegidos, los afortunados, siempre de la mano del Padre... Eran ellos.
En cambio, fray Silvestre estaba convencido de que a él no lo oía Dios, no importaba cuán alto llorase o suplicase, ni las horas que permaneciera allí intentándolo, con las rodillas entumecidas y llagadas, los ojos inflamados y la garganta desgarrada, él estaba completa y fatalmente seguro de que no lo oía. Su respuesta era siempre el silencio, el frío, la obscuridad. La nada.
-Mi Dios, ten misericordia de este pecador...- murmuró, juntando los dedos huesudos bajo la barbilla. Su voz era un aliento de dolor. -Devuélveme el calor... Devuélveme la luz... Devuélveme la fé... Oh, Dios mío...- gimió, y se cubrió la cara con las manos, estremeciendose.
Lloró en silencio, sintiendo que su corazón vencido e abandonado se asemejaba a un campo estéril, reseco, quemado por el sol recalcitrante de su propia amargura. Un campo que a pesar de todos sus esfuerzos y perseverancia nunca había sido realmente sembrado con la buena semilla del Senhor, aquella que dá frutos y alimenta. Un campo que nunca parecía estar lo bastante abonado y arado. Y quizás si ya nunca lo estaría, pues su estación de fertilidad parecía haber pasado.
Pero si él hubiese sabido lo que le aguardaba, nada habría temido, porque tras el último grito, triunfante, Dios lo esperaba de brazos abiertos.
La campana de la torre mayor comenzó a tocar de pronto, rompiendo el fantasmal silencio del mundo y de su propio interior, llamando a maitines, y frey Silvestre se incorporó dando un respingo, como si alguien lo hubiese tocado para traerlo de vuelta. Estuvo un momento inmóvil, de pié junto al jergón, como si tratara de recordar el significado de aquel tañido profundo y sereno, lleno de majestad y melancolía. Se sentía extrañamente insensible, como fuera de sí, y tuvo que hacer un esfuerzo para volver a la realidad. Miró en torno, como desconcertado, y pestañeó. Se palpó el pecho, los muslos, la faz... Sí, era él, y estaba allí mismo, en su celda dentro del monasterio... Pero qué había hecho durante todo este tiempo? Soñar acaso, meditar, rezar? Había tenido una visión, o quizás dormía?...
Los pájaros comenzaron a cantar, saltaron por las ramas, volaron al tejado. El monje se restregó los ojos con fuerza, suspiró, se inclinó para tomar su breviario del escaño y fué hasta la puerta. Allí se detuvo. Descorrió el cerrojo y abrió con lentitud. Se quedó quieto, apoyado en el canto de la puerta, viendo hacia la leve claridad que bañaba el verde jardín. Una racha de fresca y perfumada brisa lo acarició... Era el mes de Abril. La primavera comenzaba a florecer, llena de colorido y alegría, pintando los caminos y campiñas, los trigales de doradas espigas, las calles con macetas de flores que se abrían al sol en los balcones y ventanas, los árboles de fresco y nuevo verdor, las viejas paredes de piedra, los rostros de los niños, los ancianos y los jóvenes que, anhelantes, se preparaban impacientes para recibir al amor y hacer promesas.
Fray Silvestre rozó suavemente la madera áspera con la mejilla, teñido su rostro por una lejana esperanza que, sin embargo, se desvaneció en seguida, nublada por su triste resignación. Y se dijo calladamente, pues no se atrevía a pronunciarlo en voz alta:
"Bueno, y acaso esta primavera traiga también algo para mí."
Pero se encogió, temeroso de su pensamiento, pues le pareció osado y presuntuoso, porque, después de todo, quién era él para aguardar nada?.
Pero él no sabía que en la primavera no sólo florece la tierra al soplo divino de la vida, sino también el corazón frío y adormecido del hombre.
La campana había dejado de tocar y reinaba nuevamente el silencio. Los hermanos se hallaban ya en la capilla y el oficio estaba por comenzar.
Fray Silvestre se percató súbitamente de esto, saliendo de su ensoñación, y enderezándose, estañeó y echó el aliento, viendo a su alrededor con expresión de alarma, temeroso de que alguien lo hubiese estado observando. Se recogió el hábito, haciendo un gesto de disgusto, y cerró la puerta con un ademán rápido y firme, que levantó el polvo en el suelo, y en seguida se alejó por el sendero con paso presuroso.
Mientras avanzaba, cabizbajo, con la boca apretada y el ceño fruncido, se reprendía ásperamente a sí mismo por su debilidad... Soñar, divagar, haraganear, alejar el pensamiento de Dios para ocuparse de sí mismo. Quién había visto jamás insensatez semejante en un religioso, en él? Parecía un novicio, o peór aún, se comportaba como uno de esos jóvenes volubles y fantasiosos que a menudo llegaban a la puerta del monasterio, humildes y devotos, jurando tener vocación... Qué dirían los hermanos si se enterasen?...
Expulsó el aliento de un golpe, moviendo negativamente la cabeza. Qué eran estas tonterías de presentimientos y mensajes? Era una locura, eso sí, una trampa de Satán, pues, por qué razón habría de cambiar ahora su vida?... Pero fray Silvestre no sabía que dentro suyo, allí muy profundo y callado, palpitaba este anhelo, como una dulce esperanza en medio de su aridez, y que nada la podría silenciar.
Torció a la derecha, siguiendo el camino de piedras, y enfrentó la sombría capilla, en donde ya podia escuchar a los hermanos recitando los salmos con sus voces graves y monótonas, rítmicas y llenas de serenidad y fervor, abstraídas del mundo:
"Cantate Domino canticum novum:
quia mirabilia fecit.
Sanctificavit Filium suum dexera eius:
et brachium sanctus eius..."
Fray Silvestre apresuró la marcha al tiempo que abría su breviario y lo hojeaba rápidamente, tratando de encontrar el texto.
"Pero qué falta imperdonable!... Si alguno llegara a saberlo...", se repitió una vez más, apretando los labios en un gesto de ira y remordimiento.
Y en su prisa y su disgusto no advirtió que había transpuesto el umbral de sus presentimientos, y que éstos lo aguardaban alllí, del otro lado. No se percató de que algo había descendido del infinito para mudarlo todo, callada y sutilmente, mas de modo irreversible, cogiéndolo a él a su paso...
Y aprovechando el frescor de esta mañana -anda haciendo un calor de matar en estos últimos días- y mis manos todavía sin mucho dolor o calambres, voy a postear otro pedazo de esta historia, que ya está empezando a parecer una novela mejicana de tan larga...
Sí, huía, arrancaba de su propio corazón, que latía desbocadamente tras sus costillas salientes, henchido de envidia... Porque esta era la verdad. En el fonfo de su ser, allí donde ni él mismo podía admitirlo, sentía una envidia venenosa e inexpresable por aquellos príncipes de la corte del Senhor, que vivían y morían en el lujo y la ociocidad, rodeados de consideración y honores. Aquellos emisarios celestiales cuyas palabras eran ley, cuyas breves y despreocupadas plegarias ascendían raudas al cielo y eran prestamente escuchadas y atendidas. Esos divinos personajes que tenían el paraíso asegurado, sim importar si hacían o no mérito para ello, pues les pertenecía por derecho propio... Eram demasiado importantes como para que Dios los enviase al infierno. Porque eran ellos. Eran los predilectos, los elegidos, los afortunados, siempre de la mano del Padre... Eran ellos.
En cambio, fray Silvestre estaba convencido de que a él no lo oía Dios, no importaba cuán alto llorase o suplicase, ni las horas que permaneciera allí intentándolo, con las rodillas entumecidas y llagadas, los ojos inflamados y la garganta desgarrada, él estaba completa y fatalmente seguro de que no lo oía. Su respuesta era siempre el silencio, el frío, la obscuridad. La nada.
-Mi Dios, ten misericordia de este pecador...- murmuró, juntando los dedos huesudos bajo la barbilla. Su voz era un aliento de dolor. -Devuélveme el calor... Devuélveme la luz... Devuélveme la fé... Oh, Dios mío...- gimió, y se cubrió la cara con las manos, estremeciendose.
Lloró en silencio, sintiendo que su corazón vencido e abandonado se asemejaba a un campo estéril, reseco, quemado por el sol recalcitrante de su propia amargura. Un campo que a pesar de todos sus esfuerzos y perseverancia nunca había sido realmente sembrado con la buena semilla del Senhor, aquella que dá frutos y alimenta. Un campo que nunca parecía estar lo bastante abonado y arado. Y quizás si ya nunca lo estaría, pues su estación de fertilidad parecía haber pasado.
Pero si él hubiese sabido lo que le aguardaba, nada habría temido, porque tras el último grito, triunfante, Dios lo esperaba de brazos abiertos.
La campana de la torre mayor comenzó a tocar de pronto, rompiendo el fantasmal silencio del mundo y de su propio interior, llamando a maitines, y frey Silvestre se incorporó dando un respingo, como si alguien lo hubiese tocado para traerlo de vuelta. Estuvo un momento inmóvil, de pié junto al jergón, como si tratara de recordar el significado de aquel tañido profundo y sereno, lleno de majestad y melancolía. Se sentía extrañamente insensible, como fuera de sí, y tuvo que hacer un esfuerzo para volver a la realidad. Miró en torno, como desconcertado, y pestañeó. Se palpó el pecho, los muslos, la faz... Sí, era él, y estaba allí mismo, en su celda dentro del monasterio... Pero qué había hecho durante todo este tiempo? Soñar acaso, meditar, rezar? Había tenido una visión, o quizás dormía?...
Los pájaros comenzaron a cantar, saltaron por las ramas, volaron al tejado. El monje se restregó los ojos con fuerza, suspiró, se inclinó para tomar su breviario del escaño y fué hasta la puerta. Allí se detuvo. Descorrió el cerrojo y abrió con lentitud. Se quedó quieto, apoyado en el canto de la puerta, viendo hacia la leve claridad que bañaba el verde jardín. Una racha de fresca y perfumada brisa lo acarició... Era el mes de Abril. La primavera comenzaba a florecer, llena de colorido y alegría, pintando los caminos y campiñas, los trigales de doradas espigas, las calles con macetas de flores que se abrían al sol en los balcones y ventanas, los árboles de fresco y nuevo verdor, las viejas paredes de piedra, los rostros de los niños, los ancianos y los jóvenes que, anhelantes, se preparaban impacientes para recibir al amor y hacer promesas.
Fray Silvestre rozó suavemente la madera áspera con la mejilla, teñido su rostro por una lejana esperanza que, sin embargo, se desvaneció en seguida, nublada por su triste resignación. Y se dijo calladamente, pues no se atrevía a pronunciarlo en voz alta:
"Bueno, y acaso esta primavera traiga también algo para mí."
Pero se encogió, temeroso de su pensamiento, pues le pareció osado y presuntuoso, porque, después de todo, quién era él para aguardar nada?.
Pero él no sabía que en la primavera no sólo florece la tierra al soplo divino de la vida, sino también el corazón frío y adormecido del hombre.
La campana había dejado de tocar y reinaba nuevamente el silencio. Los hermanos se hallaban ya en la capilla y el oficio estaba por comenzar.
Fray Silvestre se percató súbitamente de esto, saliendo de su ensoñación, y enderezándose, estañeó y echó el aliento, viendo a su alrededor con expresión de alarma, temeroso de que alguien lo hubiese estado observando. Se recogió el hábito, haciendo un gesto de disgusto, y cerró la puerta con un ademán rápido y firme, que levantó el polvo en el suelo, y en seguida se alejó por el sendero con paso presuroso.
Mientras avanzaba, cabizbajo, con la boca apretada y el ceño fruncido, se reprendía ásperamente a sí mismo por su debilidad... Soñar, divagar, haraganear, alejar el pensamiento de Dios para ocuparse de sí mismo. Quién había visto jamás insensatez semejante en un religioso, en él? Parecía un novicio, o peór aún, se comportaba como uno de esos jóvenes volubles y fantasiosos que a menudo llegaban a la puerta del monasterio, humildes y devotos, jurando tener vocación... Qué dirían los hermanos si se enterasen?...
Expulsó el aliento de un golpe, moviendo negativamente la cabeza. Qué eran estas tonterías de presentimientos y mensajes? Era una locura, eso sí, una trampa de Satán, pues, por qué razón habría de cambiar ahora su vida?... Pero fray Silvestre no sabía que dentro suyo, allí muy profundo y callado, palpitaba este anhelo, como una dulce esperanza en medio de su aridez, y que nada la podría silenciar.
Torció a la derecha, siguiendo el camino de piedras, y enfrentó la sombría capilla, en donde ya podia escuchar a los hermanos recitando los salmos con sus voces graves y monótonas, rítmicas y llenas de serenidad y fervor, abstraídas del mundo:
"Cantate Domino canticum novum:
quia mirabilia fecit.
Sanctificavit Filium suum dexera eius:
et brachium sanctus eius..."
Fray Silvestre apresuró la marcha al tiempo que abría su breviario y lo hojeaba rápidamente, tratando de encontrar el texto.
"Pero qué falta imperdonable!... Si alguno llegara a saberlo...", se repitió una vez más, apretando los labios en un gesto de ira y remordimiento.
Y en su prisa y su disgusto no advirtió que había transpuesto el umbral de sus presentimientos, y que éstos lo aguardaban alllí, del otro lado. No se percató de que algo había descendido del infinito para mudarlo todo, callada y sutilmente, mas de modo irreversible, cogiéndolo a él a su paso...
Marcadores:
abstraido,
breviario,
campanario,
novicio
quarta-feira, 3 de novembro de 2010
Silvestre - parte IV
Acabé de revisar mi agenda de este mes y descubrí que tengo TODOS los finales de semana ocupados con algún espectáculo!... Si no es la pieza de fin de curso, es el musical, es el desfile de aniversario del municipio ( nuestra maldición anual, día en el que pagamos todos nuestros pecados) o entonces la presentación de final de año del grupo infanto-juvenil del cual tuve que hacerme cargo porque el contrato de la profesora terminó y se iban a quedar sin mostrar ningún trabajo. En resumen: estoy hasta el cuello!... Pero de todos modos voy a tratar de aprovechar cualquier tiempo que me aparezca (tal vez entre la medianoche y las seis de la mañana?) para mantenerlos al día. Y como hoy sólo trabajo en la tarde, voy a sentarme aqui y postear otro pedazo de esta historia. Ni sé a qué horas voy a llegar en la noche, porque tengo ensayo, entonces: es ahora o nunca!...
Fray Silvestre miró a su alrededor con desgano, curvada la espalda, pálida y ojerosa la faz, demacrada, ingrata, con la barba rala y descuidada, e hizo una mueca despectiva al abarcar la pobre celda. Ya la conocía de memoria, pues nunca había en ella nada nuevo, nada mejor. Ni siquiera él mismo era diferente... Las cuatro paredes de piedra, desnudas, agrietadas, húmedas y tomadas por el moho. El destartalado taburete de paja en el rincón, la mezquina ventanilla rectangular con barrotes oxidados, un escaño pétreo donder reposaba su breviario, junto con un resto de vela de sebo, un lavatório y una jarra. El jergón de tablas y paja, la cobija burda y desgastada. Al frente, la puerta de gruesa madera clara y clavos de fierro negro.. Ningún adorno superfluo, ninguna tentadora comodidad. El suelo frío, disparejo. Más parecía aquello una cueva que otra cosa, se dijo com gesto torvo... Y a un costado, en la pared más sombría, el pequeño crucifijo de yeso y madera, que era como todo lo demás allí dentro: despintado, féo, vulgar, pobre, gris, anónimo... Que lo miraba. Siempre estaba observándolo desde allí, semi oculto na penumbra, inmóvil y silencioso, en eterna agonía, siempre por expirar, insignificante, como si no estuviese allí y, a pesar de ello, más real y presente que todo lo demás, inclusive él mismo.
El monje lo contempló en silencio, fijamente, como si pretendiese penetrar en él y leér sus pensamientos.... Qué era lo que quería?, tornó a preguntarse, como lo hacia siempre que se volvía hacia él. Mas ahora ya no aguardaba una contestación, pues habíase resignado amargamente a Su silencio.... Fray Silvestre desvió los ojos, enturbiados de pronto, y bajó la cabeza, sintiendo un arañazo de cólera en el pecho, herido en lo más profundo por aquel divino desprecio que no conseguía comprender y, menos aún, aceptar... Porque frey Silvestre sabía ciertamemnte que Dos no lo amaba. Aún contra toda lógica, aún pareciendo una blasfemia, aún desafiando todo cuanto le había sido enseñado respecto a Su inconmensurable bondad, misericordia y amor, él sabía que no se equivocaba. No lo amaba, y esta certeza lo desconcertaba y lo enfurecía, aunque luchaba para evitar tales sentimientos, pues se creía humillado, engañado. El lo había abandonado todo por seguirlo, batallaba ferozmente día tras día, esforzandose hasta casi quebrarse, en el límite de su humana resistencia, lleno de santo celo y rectitud, sin permitirse jamás un alivio, una alegría, un descanso, semejante a un guerrero alucinado, ébrio con el fragor de la batalla, que sigue adelante ciega y atrevidamente, sin claro raciocinio, sin pensar en nada más que en luchar, herir, traspasar, cercenar, en matar al enemigo hundiendo su afilada espada hasta la empuñadura, presa de un delirante frenesí que lo empuja a alcanzar su meta suprema: la gloria. Mas qué gloria podía él esperar si todo su valor, su celo y su perseverancia pasaban desapercibidos, si eran como viento en el desierto, como broza en la cosecha, como tocones muertos o tierra yerma en el mundo de Dios? Cómo podía esperar alcanzar su meta indemne si no recibía siquiera una pequeña señal, una palabra de aliento, una mirada mitigadora de aprobación?... Veinte años llevaba aguardando, veinte eternidades de silencio y expectación, de vana esperanza, de decepción. Pero el cielo seguía prohibido para él, cerrado, enclaustrado tras las nubes. Al levantar la vista no veía sino el sol, la luna, las estrellas, las nubes, la inmensidad azul cruzada de vientos, aves, de aromas y ecos. Y a todos ellos envidiaba, ya que llegaban más cerca que él, que de aquellas alturas sólo recibía lluvia, calor, luz, nieve, obscuridad. Cual un insalvable muro, permanecía mudo y distante, como lo había estado durante toda su vida. Jamás había podido aproximarse ni un codo y ninguna mano misericordiosa se había tendido hacia él para ayudarlo a saltar, a volar, a llegar al fin. La gloria por la que suspiraba era desconocida para él, que vivía buscando la perfección hundido en el anonimato de un monasterio, en la pobreza y la aridez, sin consuelo, sin nadie que lavara y vendara sus heridas y le prodigase una caricia. Abandonado de todo y de todos. Sepultado... Y bien, no era esta celda su tumba, entonces?.
No, el Señor no lo amaba, se repetía con sombría tristeza. Las sombras continuaban rodeándolo, amenazándolo y riendose de él y sus tonterías. Hasta parecia que la luz no deseaba entrar en su celda, temerosa de ser tragada por las sombras de su propia angustia, que buscaba las tinieblas... Se sintió viejo, cansado, inútil.
Levantó la cabeza lentamente y miró hacia la ventana de piedra, como pidiendo gracia y misericordia a esa claridad que daba vida al mundo. Acaso no podría poner un poco de vida en él? No podría retroceder los años, devolverle aquella juventud que en su loca borrachera de fé lo llevó a tomar este árido y largo camino que parecía no conducir a ningún sitio?.
"De qué me ha servido todo esto? Para qué he luchado todo este tiempo?... He fracasado", se dijo, y algo como un latigazo lo recorrió entero, enroscándose en él, atenazándole la garganta, rasgandolo en tiras, arrojándole esta realidad tremenda y apabullante e los piés como si fuese un montón de basura.
Y así se sintió él. Como nada, como si realmente no existiese, como si hubiera muerto, como si alguien se hubiese burlado intencionadamente de sus soberbios y fantásticos sueños de satidad, pues he aquí que no era nadie. No lo comprendía. No lo comprendía en absoluto. Qué había hecho mal? Pues alguna cosa debía estar equivocada... Pero repasaba una y otra vez su vida y veía que en su escudilla había siempre menos sopa, que su lecho era duro y falto de abrigo, con una piedra por almohada. Recordaba que su hábito se veía más viejo y remendado que los otros, que sus oraciones parecían durar siglos y estaban llenas de vehemencia y concentración, hincado él, inmóvil en las baldosas de la capilla, con los labios apretados y la espalga rígida. Sus penitencias y cilicios eran tan terribles y sus ayunos tan frecuentes que a veces tenía que apoyarse en las paredes para caminar. Era trabajador y no desperdiciaba palabras, era obediente, jamás salía de sus labios una queja o una petición personal, cumplía perfectamente con sus deberes, hacía todas las cosas que los santos preceptos mandaban. Era objeto de admiración y respeto entre los hermanos por su celo y devoción, cosa que secretamente lo enorgullecía aunque no estuviese bien que así fuera. Pero si Dios no mostraba su complacencia, alentándolo a seguir por la senda divina, no era entonces justificado que él se alentara a sí mismo?. Pues no sólo de fé vive el hombre, también del halago y la aprobación del mundo...
Pero aunque era ante todos un modelo de religioso y ya le tenían como seguro candidato a los altares (aunque jamás había hecho un milagro), el cielo continuaba callado.
En la obscura intimidad de su corazón, fray Silvestre percibía el silencio ominoso de Dios... Mas, por qué, si había hecho cuanto debía y podía para agradar al Señor, éste parecía ignorarlo, humillándolo de aquel terrible modo? Aquello era algo que no podía confesar delante de la ingenua comunidad! Nunca!.
"Conviértete en el último de sus siervos, y entonces el mismo Dios se olvidará de tí", relfexionó con amargura, pues ésto era lo que había sucedido con él. A fuerza de intentar no sobresalir delante de Sus ojos, simplemente había desaparecido... Y en aquel momento recordó a aquellos conspicuos miembros de la igleisa a los que tantas veces había encontrado en las calles, paseando su señorío llenos de pompa y lujo, vestidos con ricas telas bordadas en pedraría, túnicas de seda, capas de brocado, de ondulante y suave terciopelo; con sus pálidas y ociosas manos cargadas de joyas, calzados con piel y finos cueros, bien comidos y bebidos, sonrientes, espléndidos, llenos de santa paciencia y lucidez sus ojos brillantes y orgullosos, repartiendo con grandes aspavientos las sobras de sus banquetes a los mendigos que, como él mismo, se acercaban al cortejo ávidos y con los ojos inyectados, como espectros escapados del averno, llenos de supersticioso terror, que se entremezclaba con el odio y la envidia... Y frey Silvestre veía a estos infelices gruñir y pelearse como perros por un hueso de cerdo o de gallina con carne colgando, por un trozo de pan blanco untado en salsa de vino y especias, o por un puñado de aceitunas y cebollas, y lleno de espanto y náuseas, se alejaba de allí corriendo, apretando con fuerza su escudilla vacía contra el pecho, jadeando, deslizandose silenciosamente por las calles más apartadas, oscuras y retorcidas, huyendo como si alguien lo persiguiera...
Fray Silvestre miró a su alrededor con desgano, curvada la espalda, pálida y ojerosa la faz, demacrada, ingrata, con la barba rala y descuidada, e hizo una mueca despectiva al abarcar la pobre celda. Ya la conocía de memoria, pues nunca había en ella nada nuevo, nada mejor. Ni siquiera él mismo era diferente... Las cuatro paredes de piedra, desnudas, agrietadas, húmedas y tomadas por el moho. El destartalado taburete de paja en el rincón, la mezquina ventanilla rectangular con barrotes oxidados, un escaño pétreo donder reposaba su breviario, junto con un resto de vela de sebo, un lavatório y una jarra. El jergón de tablas y paja, la cobija burda y desgastada. Al frente, la puerta de gruesa madera clara y clavos de fierro negro.. Ningún adorno superfluo, ninguna tentadora comodidad. El suelo frío, disparejo. Más parecía aquello una cueva que otra cosa, se dijo com gesto torvo... Y a un costado, en la pared más sombría, el pequeño crucifijo de yeso y madera, que era como todo lo demás allí dentro: despintado, féo, vulgar, pobre, gris, anónimo... Que lo miraba. Siempre estaba observándolo desde allí, semi oculto na penumbra, inmóvil y silencioso, en eterna agonía, siempre por expirar, insignificante, como si no estuviese allí y, a pesar de ello, más real y presente que todo lo demás, inclusive él mismo.
El monje lo contempló en silencio, fijamente, como si pretendiese penetrar en él y leér sus pensamientos.... Qué era lo que quería?, tornó a preguntarse, como lo hacia siempre que se volvía hacia él. Mas ahora ya no aguardaba una contestación, pues habíase resignado amargamente a Su silencio.... Fray Silvestre desvió los ojos, enturbiados de pronto, y bajó la cabeza, sintiendo un arañazo de cólera en el pecho, herido en lo más profundo por aquel divino desprecio que no conseguía comprender y, menos aún, aceptar... Porque frey Silvestre sabía ciertamemnte que Dos no lo amaba. Aún contra toda lógica, aún pareciendo una blasfemia, aún desafiando todo cuanto le había sido enseñado respecto a Su inconmensurable bondad, misericordia y amor, él sabía que no se equivocaba. No lo amaba, y esta certeza lo desconcertaba y lo enfurecía, aunque luchaba para evitar tales sentimientos, pues se creía humillado, engañado. El lo había abandonado todo por seguirlo, batallaba ferozmente día tras día, esforzandose hasta casi quebrarse, en el límite de su humana resistencia, lleno de santo celo y rectitud, sin permitirse jamás un alivio, una alegría, un descanso, semejante a un guerrero alucinado, ébrio con el fragor de la batalla, que sigue adelante ciega y atrevidamente, sin claro raciocinio, sin pensar en nada más que en luchar, herir, traspasar, cercenar, en matar al enemigo hundiendo su afilada espada hasta la empuñadura, presa de un delirante frenesí que lo empuja a alcanzar su meta suprema: la gloria. Mas qué gloria podía él esperar si todo su valor, su celo y su perseverancia pasaban desapercibidos, si eran como viento en el desierto, como broza en la cosecha, como tocones muertos o tierra yerma en el mundo de Dios? Cómo podía esperar alcanzar su meta indemne si no recibía siquiera una pequeña señal, una palabra de aliento, una mirada mitigadora de aprobación?... Veinte años llevaba aguardando, veinte eternidades de silencio y expectación, de vana esperanza, de decepción. Pero el cielo seguía prohibido para él, cerrado, enclaustrado tras las nubes. Al levantar la vista no veía sino el sol, la luna, las estrellas, las nubes, la inmensidad azul cruzada de vientos, aves, de aromas y ecos. Y a todos ellos envidiaba, ya que llegaban más cerca que él, que de aquellas alturas sólo recibía lluvia, calor, luz, nieve, obscuridad. Cual un insalvable muro, permanecía mudo y distante, como lo había estado durante toda su vida. Jamás había podido aproximarse ni un codo y ninguna mano misericordiosa se había tendido hacia él para ayudarlo a saltar, a volar, a llegar al fin. La gloria por la que suspiraba era desconocida para él, que vivía buscando la perfección hundido en el anonimato de un monasterio, en la pobreza y la aridez, sin consuelo, sin nadie que lavara y vendara sus heridas y le prodigase una caricia. Abandonado de todo y de todos. Sepultado... Y bien, no era esta celda su tumba, entonces?.
No, el Señor no lo amaba, se repetía con sombría tristeza. Las sombras continuaban rodeándolo, amenazándolo y riendose de él y sus tonterías. Hasta parecia que la luz no deseaba entrar en su celda, temerosa de ser tragada por las sombras de su propia angustia, que buscaba las tinieblas... Se sintió viejo, cansado, inútil.
Levantó la cabeza lentamente y miró hacia la ventana de piedra, como pidiendo gracia y misericordia a esa claridad que daba vida al mundo. Acaso no podría poner un poco de vida en él? No podría retroceder los años, devolverle aquella juventud que en su loca borrachera de fé lo llevó a tomar este árido y largo camino que parecía no conducir a ningún sitio?.
"De qué me ha servido todo esto? Para qué he luchado todo este tiempo?... He fracasado", se dijo, y algo como un latigazo lo recorrió entero, enroscándose en él, atenazándole la garganta, rasgandolo en tiras, arrojándole esta realidad tremenda y apabullante e los piés como si fuese un montón de basura.
Y así se sintió él. Como nada, como si realmente no existiese, como si hubiera muerto, como si alguien se hubiese burlado intencionadamente de sus soberbios y fantásticos sueños de satidad, pues he aquí que no era nadie. No lo comprendía. No lo comprendía en absoluto. Qué había hecho mal? Pues alguna cosa debía estar equivocada... Pero repasaba una y otra vez su vida y veía que en su escudilla había siempre menos sopa, que su lecho era duro y falto de abrigo, con una piedra por almohada. Recordaba que su hábito se veía más viejo y remendado que los otros, que sus oraciones parecían durar siglos y estaban llenas de vehemencia y concentración, hincado él, inmóvil en las baldosas de la capilla, con los labios apretados y la espalga rígida. Sus penitencias y cilicios eran tan terribles y sus ayunos tan frecuentes que a veces tenía que apoyarse en las paredes para caminar. Era trabajador y no desperdiciaba palabras, era obediente, jamás salía de sus labios una queja o una petición personal, cumplía perfectamente con sus deberes, hacía todas las cosas que los santos preceptos mandaban. Era objeto de admiración y respeto entre los hermanos por su celo y devoción, cosa que secretamente lo enorgullecía aunque no estuviese bien que así fuera. Pero si Dios no mostraba su complacencia, alentándolo a seguir por la senda divina, no era entonces justificado que él se alentara a sí mismo?. Pues no sólo de fé vive el hombre, también del halago y la aprobación del mundo...
Pero aunque era ante todos un modelo de religioso y ya le tenían como seguro candidato a los altares (aunque jamás había hecho un milagro), el cielo continuaba callado.
En la obscura intimidad de su corazón, fray Silvestre percibía el silencio ominoso de Dios... Mas, por qué, si había hecho cuanto debía y podía para agradar al Señor, éste parecía ignorarlo, humillándolo de aquel terrible modo? Aquello era algo que no podía confesar delante de la ingenua comunidad! Nunca!.
"Conviértete en el último de sus siervos, y entonces el mismo Dios se olvidará de tí", relfexionó con amargura, pues ésto era lo que había sucedido con él. A fuerza de intentar no sobresalir delante de Sus ojos, simplemente había desaparecido... Y en aquel momento recordó a aquellos conspicuos miembros de la igleisa a los que tantas veces había encontrado en las calles, paseando su señorío llenos de pompa y lujo, vestidos con ricas telas bordadas en pedraría, túnicas de seda, capas de brocado, de ondulante y suave terciopelo; con sus pálidas y ociosas manos cargadas de joyas, calzados con piel y finos cueros, bien comidos y bebidos, sonrientes, espléndidos, llenos de santa paciencia y lucidez sus ojos brillantes y orgullosos, repartiendo con grandes aspavientos las sobras de sus banquetes a los mendigos que, como él mismo, se acercaban al cortejo ávidos y con los ojos inyectados, como espectros escapados del averno, llenos de supersticioso terror, que se entremezclaba con el odio y la envidia... Y frey Silvestre veía a estos infelices gruñir y pelearse como perros por un hueso de cerdo o de gallina con carne colgando, por un trozo de pan blanco untado en salsa de vino y especias, o por un puñado de aceitunas y cebollas, y lleno de espanto y náuseas, se alejaba de allí corriendo, apretando con fuerza su escudilla vacía contra el pecho, jadeando, deslizandose silenciosamente por las calles más apartadas, oscuras y retorcidas, huyendo como si alguien lo persiguiera...
segunda-feira, 11 de outubro de 2010
Silvestre - parte III
Bueno, tener dos presentaciones y un montón de ensayos extra en una sola semana es suficiente para dejar a cualquiera medio acabado, entonces créo que estoy más que disculpada por haberlos dejado esperando la semana pasada. Pero como esta semana tengo -de nuevo- dos maravillosos dias libres por causa del feriado nacional de la patrona de Brasil, pretendo aprovecharlos para poner al día mis blogs, diarios y las crónicas del periódico. Entonces, antes de otra semana exhaustiva que sé que me aguarda, aquí vá otro pedazo del cuento.
-Oh, Jesus...- gimió con desconsuelo, cubriendose el rostro con la cobija deshilachada -Por qué mi mente créa estas cosas tan terribles con semejante realismo?...
Se arrebujó en la manta, se hizo un ovillo, tiritando y restregandose furiosamente las sienes y los ojos para alejar aquellas visiones. En su cabeza debía existir alguna suerte de demonio, estaba seguro de ello, que abría los caudales descontrolados de su imaginación y lo hacía creér en todas esas fantasías absurdas que lo atormentaban sin cesar... Pero, por qué motivo el Señor había permitido que aquel espíritu maligno tomara cuenta de él y apartase su mente de la oración y de las cosas santas? Qué tipo de contradicción era aquella? Por qué enviava esta penitencia, capaz de quebrar a cualquiera, digna de un vil pecador, justamente a alguien como él, que le servía fielmente y lo amaba por sobre todas las cosas? Por qué lo martirizaba de esta manera inmisericorde?... Pero como siempre a lo largo de su vida, no conseguía comprender estas cosas y nadie respondía sus preguntas.
El monje estiró lentamente una mano fuera de la manta, tanteando el áspero suelo junto a la cama para tomar el rosario, pero todo él temblaba de tal forma que no consiguió sostenerlo y éste cayó en las piedras, prduciendo apenas un susurro apagado... Frey Silvestre lo contempló fijamente unos segundos, y una mueca indefinible cruzó por su pálido rostro, que se volvió ceniciento. Parecía que la piel se estiraba dolorosamemnte sobre los huesos, hasta dejar traslucir sus blancas aristas... Volvió a encogerse, como herido por un latigazo, y se mordió el labio inferior para tratar de impedir el grito furioso que estallaba en su garganta.
Temblaba de la cabeza a los piés. Sí, así era, y él sabía perfectamente que continuaría así a lo largo de todo ese interminable y penoso día que tenía por delante. Temblaría en el refectorio, derramando la sopa sobre la mesa; en el coro, incapaz de leér los salmos en su breviario. Temblaría en la huerta, mientras escardaba los sembrados bajo el tórrido sol que se reflejaba en la tierra parda y sedienta. Y temblaría más violentamente en la capilla, arrodillado frente del altar, ante aquel crucifijo de madera que no cesaba de mirarlo ni un instante desde allá arriba, mudo y quieto, con los ojos fijos en él, sólo en él, traspasandolo, hundiendolo en el piso, circundandolo con fuego, siguiendo todos sus movimientos, hasta los más insignificantes. Aguardando, él lo sabía, espiandolo como un ave de presa. Aguardando imperturbable, paciente, seguro... Aguardando no sabía qué cosa.
Porque, ah, sim, también estaba el frío entre las extrañas e inmisericordes penitencias que Dios había decidido imponerle. Un frío mortal que lo embargaba el tiempo entero, sin darle tregua jamás, no importaba cuán cerca del fuego se encontrase, ni cuántas camisas de buena e gruesa lana usase, o cuán caliente bebiese su escudilla de sopa, ni tampoco lo duro que trabajase en la huerta bajo los rayos del sol, pues su sudor era como hielo derretido que resbalase por su cuerpo derrengado. Era um frío que parecía venir del aire que respiraba, de la tierra que pisaba, de todo lo que veía, tocaba o escuchaba. Todo exhalaba aquel hielo sobrenatural y pertinaz. Parecia emerger misteriosamente de su propio hábito gastado y lleno de remiendos, de su piel, de sus entrañas sempre hambrientas, de sus huesos ateridos. Parecía filtrarse en sus miembros y su cerebro desde su propia sangre, desde cada uma de sus células, manteniendolo en aquel invierno perene. Algunas veces tenía la sensación de que no conseguiría aguantarlo por un segundo más y rompía a sollozar, rendido y exhausto. Mas en otras ocasiones se rebelaba y su boca apretada se llenaba de maldiciones, impotente e inundado de obscuro resentimiento... Mas al final siempre corría a esconderse en algún rincón apartado, donde los demás hermanos no fuesen a llamarlo, y allí, encogido y lleno de confusión y pavor, se rodeaba a sí mismo con las manos pálidas y frías como las de un muerto, y volteaba el rostro hacia la pared, temeroso de que su expresión de angustiado pánico quedase allí congelada... Y a veces era tal su secreta desesperación que, abandonando la hazada, o la hoz, o arrojando el breviario abierto encima del jergón, corría a la capilla, castañeteandole los dientes, casi sin percibir por dónde iba, y caía de rodillas en las pulidas e coloreadas baldosas, respirando como un animal herido, tambaleando, lleno de osadía y miedo al mismo tiempo, casi incapaz de sostener el rosário de madera y cáñamo entre sus dedos descarnados que temblaban sin que pudiese impedirlo. Entonces, elevaba el rostro ceniciento y desencajado y suplicaba a Dios. Le exigía, le ordennaba, ciego en su desesperación, que acabase con aquel martírio enloquecedor. Mas luego, asustado por su arrebato, inclinaba la frente hasta tocar el suelo y se volvía humilde y lloroso, y le ofrecía aceptar cualquier prueba, cualquier sacrificio, todas las enfermedades y desgracias que El tuviera a bien enviarle. Asustado de su propia e irreflexiva valentía, mas sin por eso echarse atrás, le prometía ser arcilla en sus manos e, ingenuamente, ofrecía comer menos, hacer más penitencia, orar más, dormir menos horas aún, sin darse cuenta de que aquello que pedía con tanta vehemencia le estaba siendo dado y él era incapaz de sobrellevarlo... Pero cualquier cosa valía, no importaba lo descabellada que pareciera, con tal de que este aliento gélido que soplaba incansablemente sobre él y corría sus entrañas y su corazón enfermo lo abandonase para siempre.
-El frío no, Señor... No más, ten misericordia de mí...
Y allí permanecía, arrodillado durante horas, que parecían dolorosas eternidades, tocando el suelo con la frente, humillado así, envuelto su frío en la penumbra aún más fría de la capilla solitaria, en absoluto silencio, sin moverse, hasta que sentía todos los músculos rígidos y adormecidos por la tensión y las rodillas dolorosamente adheridas a las baldosas.
Mas cuando finalmente osaba levantar la cabeza, irguiendose con un penoso esfuerzo, conteniendo el aliento, con los ojos enrojecidos y llenos de lágrimas y la barbilla temblándole, repitiendo una vez más su clamor con cada célula de su ser, no había nada. Nada... Todo continuaba igual: el silencio, la penumbra, la soledad... Y él se sentía desconcertado y miraba en torno, sorprendido de encontrarse aún allí, de que nada hubiese mudado después de todo, buscando, husmeando en el aire sereno para descubrir la señal, el mensaje, la chispa divina que había caído del cielo para que él la cogiese... Pero no había nada y, llenos de desilusión, sus ojos hundidos retornaban al crucifijo y el monje creía descubrir en las pupilas agonizantes el fugaz y cierto destello de un reproche.
-Pero, Señor!...- gemía entonces, exasperado, trizada la ferocidad de su voz por la llorosa impotencia que lo invadía -Qué más deséas? No te lo he ofrecido ya todo?... Por qué entonces me miras de ese modo?... Háblame, Señor! Te obedeceré!.- exlamaba desesperado, irguiendo sus flacas manos abiertas hacia la cruz impenetrable, como si quisiera arrancarla de esa pared y obligarla a hablar -Pero cómo puedo yo saber nada, si Tú nada me dices?...- y su voz se volvía dura, desafiante, como si estuviese en el límite de su paciencia, para murmurar: -Háblame!... Contestame! Por qué no lo haces?...
Y tornaba a suplicar, con una vocecita, encogiendose, lleno de sumisión y fervor, y esperaba entonces, estático, con la vista clavada en la imagen, el pecho lleno de inconfesable ansia, su aliento apretado, sibilante, sumido en la agonía de su osada esperanza, con la boca entreabierta, suspendido en ese instante de santa espectación, de bendito y orgulloso anhelo, casi desfallecido...
Pero nada se movía en aquella cruz. Ninguna voz surgía de los sufrientes labios de madera, ni se tendía hacia él su divina mano desgarrada. No había luz que lo cegasse, ni sonido o visión alguna que lo arrebatase en un éxtasis. Su conciencia continuaba tan clara y fría que llegaba a hacerle daño. Todo parecía más opaco, más cercano y féo, común, aplastante, vulgar, repulsivo. Y el frío continuaba allí, haciéndolo temblar. No, no había milagro alguno.
Un estertor lo sacudía entonces y su cuerpo en tensión se derrumbaba, como herido por un rayo, abrumado de amargura e ira, y apretaba la boca para no blasfemar, exhausto, vencido, más yerto y aterrado que antes, sabiéndose ignorado por el cielo... Se incorporaba, trastabilleando, casi sin fuerzas, y abandonaba la capilla apoyandose en las paredes como un ebrio. La luz del exterior lastimaba sus retinas, los sonidos lo aturdían, los olores le revolvían el estómago, produciendole náuseas. Se sentía ridículo, burlado. El mundo le hacía daño con su realidad terrena y prosaica, banal... Y cuando los hermanos se apartaban respetuosamente para no perturbarlo, cándidamente convencidos de que uma visión celestial o un toque seráfico lo había dejado en tal estado, él continuaba su camino sin verlos, mudo y cabizbajo, y les dejaba creér, avergonzado de confesar la verdad... Y la verdad era que el frío continuaba allí.
Fray Silvestre se incorporó pesadamente en su camastro, serenado ahora de sus pesadillas, y apartó la frazada con un ademán desmañado. Se quedó sentado allí, sin moverse, sintiendo el cuerpo envarado y adolorido por causa de aquel inhóspito jergón en que yacía, luchando contra la modorra y el cansancio que aguijonenaban sus párpados, escuchando el reclamo de su vientre vacío hecho un nudo, con la cabeza llena de zumbidos y luces que estallaban delante de sus ojos, cegándolo... Se movió, incierto, y suspiró. Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Parecía que se zambullía en la nada, lenta y calladamente. Apoyó los piés desnudos en el suelo de frías y ásperas piedras y su rudo contacto lo hizo estremecerse de dolor. Bajó bruscamente la cabeza y se agarró con fuerza del travesaño de la cama. Su cuerpo, martirizado por todos los rigores a que lo sometía constantemente casi no toleraba aquel contacvo. Todo habíase convertido en sufrimiento para él: el aletéo de las palomas en el tejado, el água fría del pozo, el susurro del viento en los árboles, la lluvia golpeando la tierra. La fría suavidad de las baldosas, los vivos colores de la naturaleza, la magra comida, el sonido profundo y reberverante de la campana llamando a la oración, el roce que hacían las cuentas de su rosario al ir pasando por sus dedos. Hasta la ténue claridad que se asomaba tímidamente por la ventanilla de su celda hería sus ojos irritados, insomnes. Ojos secos, freoces, llenos de celo y vehemencia y, aún así, apagados y fríos como dos carbones... Quién podría leér en su fondo y adivinar cómo era? Quién podría llegar hasta eles? Pues aquel que lo intentase habría de sumergirse en las tinieblas y el fuego.
-Oh, Jesus...- gimió con desconsuelo, cubriendose el rostro con la cobija deshilachada -Por qué mi mente créa estas cosas tan terribles con semejante realismo?...
Se arrebujó en la manta, se hizo un ovillo, tiritando y restregandose furiosamente las sienes y los ojos para alejar aquellas visiones. En su cabeza debía existir alguna suerte de demonio, estaba seguro de ello, que abría los caudales descontrolados de su imaginación y lo hacía creér en todas esas fantasías absurdas que lo atormentaban sin cesar... Pero, por qué motivo el Señor había permitido que aquel espíritu maligno tomara cuenta de él y apartase su mente de la oración y de las cosas santas? Qué tipo de contradicción era aquella? Por qué enviava esta penitencia, capaz de quebrar a cualquiera, digna de un vil pecador, justamente a alguien como él, que le servía fielmente y lo amaba por sobre todas las cosas? Por qué lo martirizaba de esta manera inmisericorde?... Pero como siempre a lo largo de su vida, no conseguía comprender estas cosas y nadie respondía sus preguntas.
El monje estiró lentamente una mano fuera de la manta, tanteando el áspero suelo junto a la cama para tomar el rosario, pero todo él temblaba de tal forma que no consiguió sostenerlo y éste cayó en las piedras, prduciendo apenas un susurro apagado... Frey Silvestre lo contempló fijamente unos segundos, y una mueca indefinible cruzó por su pálido rostro, que se volvió ceniciento. Parecía que la piel se estiraba dolorosamemnte sobre los huesos, hasta dejar traslucir sus blancas aristas... Volvió a encogerse, como herido por un latigazo, y se mordió el labio inferior para tratar de impedir el grito furioso que estallaba en su garganta.
Temblaba de la cabeza a los piés. Sí, así era, y él sabía perfectamente que continuaría así a lo largo de todo ese interminable y penoso día que tenía por delante. Temblaría en el refectorio, derramando la sopa sobre la mesa; en el coro, incapaz de leér los salmos en su breviario. Temblaría en la huerta, mientras escardaba los sembrados bajo el tórrido sol que se reflejaba en la tierra parda y sedienta. Y temblaría más violentamente en la capilla, arrodillado frente del altar, ante aquel crucifijo de madera que no cesaba de mirarlo ni un instante desde allá arriba, mudo y quieto, con los ojos fijos en él, sólo en él, traspasandolo, hundiendolo en el piso, circundandolo con fuego, siguiendo todos sus movimientos, hasta los más insignificantes. Aguardando, él lo sabía, espiandolo como un ave de presa. Aguardando imperturbable, paciente, seguro... Aguardando no sabía qué cosa.
Porque, ah, sim, también estaba el frío entre las extrañas e inmisericordes penitencias que Dios había decidido imponerle. Un frío mortal que lo embargaba el tiempo entero, sin darle tregua jamás, no importaba cuán cerca del fuego se encontrase, ni cuántas camisas de buena e gruesa lana usase, o cuán caliente bebiese su escudilla de sopa, ni tampoco lo duro que trabajase en la huerta bajo los rayos del sol, pues su sudor era como hielo derretido que resbalase por su cuerpo derrengado. Era um frío que parecía venir del aire que respiraba, de la tierra que pisaba, de todo lo que veía, tocaba o escuchaba. Todo exhalaba aquel hielo sobrenatural y pertinaz. Parecia emerger misteriosamente de su propio hábito gastado y lleno de remiendos, de su piel, de sus entrañas sempre hambrientas, de sus huesos ateridos. Parecía filtrarse en sus miembros y su cerebro desde su propia sangre, desde cada uma de sus células, manteniendolo en aquel invierno perene. Algunas veces tenía la sensación de que no conseguiría aguantarlo por un segundo más y rompía a sollozar, rendido y exhausto. Mas en otras ocasiones se rebelaba y su boca apretada se llenaba de maldiciones, impotente e inundado de obscuro resentimiento... Mas al final siempre corría a esconderse en algún rincón apartado, donde los demás hermanos no fuesen a llamarlo, y allí, encogido y lleno de confusión y pavor, se rodeaba a sí mismo con las manos pálidas y frías como las de un muerto, y volteaba el rostro hacia la pared, temeroso de que su expresión de angustiado pánico quedase allí congelada... Y a veces era tal su secreta desesperación que, abandonando la hazada, o la hoz, o arrojando el breviario abierto encima del jergón, corría a la capilla, castañeteandole los dientes, casi sin percibir por dónde iba, y caía de rodillas en las pulidas e coloreadas baldosas, respirando como un animal herido, tambaleando, lleno de osadía y miedo al mismo tiempo, casi incapaz de sostener el rosário de madera y cáñamo entre sus dedos descarnados que temblaban sin que pudiese impedirlo. Entonces, elevaba el rostro ceniciento y desencajado y suplicaba a Dios. Le exigía, le ordennaba, ciego en su desesperación, que acabase con aquel martírio enloquecedor. Mas luego, asustado por su arrebato, inclinaba la frente hasta tocar el suelo y se volvía humilde y lloroso, y le ofrecía aceptar cualquier prueba, cualquier sacrificio, todas las enfermedades y desgracias que El tuviera a bien enviarle. Asustado de su propia e irreflexiva valentía, mas sin por eso echarse atrás, le prometía ser arcilla en sus manos e, ingenuamente, ofrecía comer menos, hacer más penitencia, orar más, dormir menos horas aún, sin darse cuenta de que aquello que pedía con tanta vehemencia le estaba siendo dado y él era incapaz de sobrellevarlo... Pero cualquier cosa valía, no importaba lo descabellada que pareciera, con tal de que este aliento gélido que soplaba incansablemente sobre él y corría sus entrañas y su corazón enfermo lo abandonase para siempre.
-El frío no, Señor... No más, ten misericordia de mí...
Y allí permanecía, arrodillado durante horas, que parecían dolorosas eternidades, tocando el suelo con la frente, humillado así, envuelto su frío en la penumbra aún más fría de la capilla solitaria, en absoluto silencio, sin moverse, hasta que sentía todos los músculos rígidos y adormecidos por la tensión y las rodillas dolorosamente adheridas a las baldosas.
Mas cuando finalmente osaba levantar la cabeza, irguiendose con un penoso esfuerzo, conteniendo el aliento, con los ojos enrojecidos y llenos de lágrimas y la barbilla temblándole, repitiendo una vez más su clamor con cada célula de su ser, no había nada. Nada... Todo continuaba igual: el silencio, la penumbra, la soledad... Y él se sentía desconcertado y miraba en torno, sorprendido de encontrarse aún allí, de que nada hubiese mudado después de todo, buscando, husmeando en el aire sereno para descubrir la señal, el mensaje, la chispa divina que había caído del cielo para que él la cogiese... Pero no había nada y, llenos de desilusión, sus ojos hundidos retornaban al crucifijo y el monje creía descubrir en las pupilas agonizantes el fugaz y cierto destello de un reproche.
-Pero, Señor!...- gemía entonces, exasperado, trizada la ferocidad de su voz por la llorosa impotencia que lo invadía -Qué más deséas? No te lo he ofrecido ya todo?... Por qué entonces me miras de ese modo?... Háblame, Señor! Te obedeceré!.- exlamaba desesperado, irguiendo sus flacas manos abiertas hacia la cruz impenetrable, como si quisiera arrancarla de esa pared y obligarla a hablar -Pero cómo puedo yo saber nada, si Tú nada me dices?...- y su voz se volvía dura, desafiante, como si estuviese en el límite de su paciencia, para murmurar: -Háblame!... Contestame! Por qué no lo haces?...
Y tornaba a suplicar, con una vocecita, encogiendose, lleno de sumisión y fervor, y esperaba entonces, estático, con la vista clavada en la imagen, el pecho lleno de inconfesable ansia, su aliento apretado, sibilante, sumido en la agonía de su osada esperanza, con la boca entreabierta, suspendido en ese instante de santa espectación, de bendito y orgulloso anhelo, casi desfallecido...
Pero nada se movía en aquella cruz. Ninguna voz surgía de los sufrientes labios de madera, ni se tendía hacia él su divina mano desgarrada. No había luz que lo cegasse, ni sonido o visión alguna que lo arrebatase en un éxtasis. Su conciencia continuaba tan clara y fría que llegaba a hacerle daño. Todo parecía más opaco, más cercano y féo, común, aplastante, vulgar, repulsivo. Y el frío continuaba allí, haciéndolo temblar. No, no había milagro alguno.
Un estertor lo sacudía entonces y su cuerpo en tensión se derrumbaba, como herido por un rayo, abrumado de amargura e ira, y apretaba la boca para no blasfemar, exhausto, vencido, más yerto y aterrado que antes, sabiéndose ignorado por el cielo... Se incorporaba, trastabilleando, casi sin fuerzas, y abandonaba la capilla apoyandose en las paredes como un ebrio. La luz del exterior lastimaba sus retinas, los sonidos lo aturdían, los olores le revolvían el estómago, produciendole náuseas. Se sentía ridículo, burlado. El mundo le hacía daño con su realidad terrena y prosaica, banal... Y cuando los hermanos se apartaban respetuosamente para no perturbarlo, cándidamente convencidos de que uma visión celestial o un toque seráfico lo había dejado en tal estado, él continuaba su camino sin verlos, mudo y cabizbajo, y les dejaba creér, avergonzado de confesar la verdad... Y la verdad era que el frío continuaba allí.
Fray Silvestre se incorporó pesadamente en su camastro, serenado ahora de sus pesadillas, y apartó la frazada con un ademán desmañado. Se quedó sentado allí, sin moverse, sintiendo el cuerpo envarado y adolorido por causa de aquel inhóspito jergón en que yacía, luchando contra la modorra y el cansancio que aguijonenaban sus párpados, escuchando el reclamo de su vientre vacío hecho un nudo, con la cabeza llena de zumbidos y luces que estallaban delante de sus ojos, cegándolo... Se movió, incierto, y suspiró. Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Parecía que se zambullía en la nada, lenta y calladamente. Apoyó los piés desnudos en el suelo de frías y ásperas piedras y su rudo contacto lo hizo estremecerse de dolor. Bajó bruscamente la cabeza y se agarró con fuerza del travesaño de la cama. Su cuerpo, martirizado por todos los rigores a que lo sometía constantemente casi no toleraba aquel contacvo. Todo habíase convertido en sufrimiento para él: el aletéo de las palomas en el tejado, el água fría del pozo, el susurro del viento en los árboles, la lluvia golpeando la tierra. La fría suavidad de las baldosas, los vivos colores de la naturaleza, la magra comida, el sonido profundo y reberverante de la campana llamando a la oración, el roce que hacían las cuentas de su rosario al ir pasando por sus dedos. Hasta la ténue claridad que se asomaba tímidamente por la ventanilla de su celda hería sus ojos irritados, insomnes. Ojos secos, freoces, llenos de celo y vehemencia y, aún así, apagados y fríos como dos carbones... Quién podría leér en su fondo y adivinar cómo era? Quién podría llegar hasta eles? Pues aquel que lo intentase habría de sumergirse en las tinieblas y el fuego.
quinta-feira, 23 de setembro de 2010
Silvestre - parte II
Bueno, finalmente estoy con un poco de tiempo libre para sentarme aquí y continuar la publicación de esta historia que, con certeza, ustedes ya ni deben recordar más. Entonces dénle una leída a la primeira parte para que no se pierdan y puedan entender lo que pasa. Como esta es una historia medio larga, la voy a dividir en más que tres partes -que es lo que hago usualmente- una cada fin de semana, y sinceramente, voy a hacer todo lo posible para no interrumpir más las publicaciones, mismo que tenga ensayos y presentaciones (de ayer para hoy ya me aparecieron dos más!) porque por lo que véo, esto vá a continuar sucediendo con más frecuencia de lo que gustaría. El éxito del musical está siendo realmente estruendoso! No estoy reclamando, es que no me gusta cuando no me sobra tiempo para hacer las otras cosas que me dan placer. Claro que todo es cíclico y probablemente toda esta correría vá a ser reemplazada por otra, pero mismo así, es necesaria una gran organización para no olvidarse del resto de nuestra vida en estos lances. Y se no me organizo para seguir con las publicaciones de forma continuada, ustedes van a terminar por aburrirse y no van a visitar más este blog, y ahí, todos mis cuentos van a quedarse donde están: en mis cuadernos o en la pasta de este computador, lo que yo lamentaría mucho... Entonces, aquí vá, finalmente, la continuación de este cuento.
-Despierta, despierta, que tu hora se acerca!...- había escuchado exclamar en algún lugar y, dando un respingo, se incorporó bruscamente en su jergón y miró en torno con los ojos desorbitados y brillantes y el corazón golpeandole desenfrenadamente tras las costillas, que parecían quebrarse.
-Despierta, fray Silvestre!- gritó otra vez la voz, como el restallido en sordecedor de un rayo, haciéndolo temblar y encogerse.
En seguida un silencio, mortal, aterrador.
Pasó un minuto y fray Silvestre osó hacer un leve movimiento.
-Quién... Quién es?...- cuchicheó, casi sin despegar los labios resecados, y se llevó una mano al pecho, sintiendo el espasmo de terror contenido allí dentro.
Pero no recibió respuesta alguna. No había nadie más allí, él lo sabía perfectamente, y sin embargo, la había oído. Tan clara como su propia voz, aquella otra voz desconocida llamandolo desde la nada, acercandose, creciendo, estirando sus dedos viscosos para agarrarlo.
Y mientras permanecía así, petrificado, con los punhos y mandíbulas apretados, escuchando los latidos retumbantes de su corazón aterrorizado, esperando en muda angustia -pues sabía que la voz volvería a hablar- sintió nuevamente aquel negro presentimiento abatiendose sobre él como una marejada inmensa que lo devoraba, aquella extraña y cierta expectativa por algo que no conseguía definir y que se volvía más fuerte, más real y temible. Era como algo vivo que se acercaba poco a poco y estaba siempre agazapado en algún rincón, preparandose para saltarle encima... Lo sintió. Sí, estaba allí, dentro suyo, ocupando cada centímetro de su cuerpo y de su alma. Maldijo en silencio, haciendo un gesto de desesperación, impotente delante de aquella extraña y vívida pesadilla de la cual no conseguía escapar... Gimiendo, su cuerpo flaco se tensó, crujió, se afirmó...
-Se acerca tu hora! Se acerca!- repitió la voz, y continuó gritando así, con rítmica vehemencia, transpasando con su sonido atronador sus tímpanos, su piel, los huesos de su cráneo, el cerebro, hasta llegar a la médula misma de su ser y provocarle un dolor tan agudo que lo dejó sin respiración, contorciendose en estóico silencio. Parecía que se disgregaba en un millón de partículas en carne viva, cada una sufriendo separadamente, ardiendo como brasas, huyendo de él. Un dolor tan grande que era como morir y descender al infierno. Un dolor que nada mitigaba.
Se estremeció, cerrando los ojos con una mueca, y se llevó los dedos a las sienes, oprimiendoselas con fuerza para tratar de aplacar aquel horrísono tumulto que empezaba a transbordarse de su cabeça. Movió los labios para rezar, pero de repente las santas palabras de auxilio habían sido engullidas por el ruido. Parecía que había olvidado todas ellas, completa e irremediablemente. Su mente en blanco se esforzaba por agarrarlas y traerlas hasta su garganta, pero su voz, sepultada en aquel infierno que lo cercaba poco a poco, se asfixió, acabando por desaparecer totalmente. Pensó que gritaba, que despertaría a todos, sentía la garganta enronquecida y seca, adolorida, hecha jirones en el esfuerzo, pero en realidad era incapaz de emitir ningún sonido.
Angustiado e impotente, en el límite de sus fuerzas, gimió en voz alta, meciendo lentamente el cuerpo encogido, con la cabeza hundida entre los hombros.
-Tu hora está cerca, cerca, fray Silvestre!.- aulló la voz, repercutiendo en todos los rincones de su cuerpo debilitado y tembloroso como si quisiera desarticularlo.
Sus manos pálidas y descarnadas se arrastraron hasta su boca y en seguida hasta sus oídos, en un estéril intento de encontrar el silencio... Se acurrucó en su yacija, mientras el sonido de la voz parecía llenar todo el aire y tomaba cuerpo, volumen y rostro, deslizandose hasta él para lanzarle su aliento gélido en la cara. La sentía respirar y crecer a su alrededor como um pulpo. Horrorizado, la veía alzarse delante suyo y tomar impulso para atacarlo y, justo en el segundo en que iba a echársele encima y devorarlo, desparecía... Se desvanecía de improviso, como un espejismo barrido por un viento misericordioso, una sombra que la luz del sol ahuyenta. Era como si nunca hubiera existido. Todo terminaba así, abruptamente, y quedaba la celda en silencio, vacía, quieta. Las cosas volvían a verse tal y como eran: reales, nítidas, cercanas, banales... Y fray Silvestre jacía allí, encogido y tembloroso entre las frazadas revueltas de su camastro, murmurando deshilvanadamente una plegaria, luchando por entender el sentido de todo esto, pues a pesar de ser algo completamente absurdo, era al mismo tiempo tan terriblemente real, que resultaba imposible ignorarlo.
Fray Silvestre permaneció por un largo rato inmóvil, hecho un ovillo contra el rincón de la pared donde había pretendido esconderse, con los músculos rígidos y adoloridos por la tremenda tensión, casi sin respirar, empapado por ríos de sudor helado y mirando en torno con las pupilas dilatadas. Todavía se sentía asaltado por fugaces visiones y sensaciones que surgían de la nada y se desvanecían más allá, dejando su rastro palpitante en el aire obscuro e irreál de la celda. Voces, rostros, murmullos, presencias cambiantes y amenazadoras parecian poblar las sombras, reflejandose en las paredes agrietadas. El monje las miró con los ojos muy abiertos, como si temiese que iban a derrumbarse de pronto sobre él, aplastandolo como a una cucaracha. Las veía alzarse, sus lozas grises trizandose y desmoronando. Las escuchaba gruñir, arrastrarse, salir de sus cimientos...
Tragandose un sollozo de angustia, fray Silvestre dió una rápida mirada hacia la ventanuca de barrotes en lo alto de la pared izquierda, y rogó fervorosamente para que amaneciera de una vez. Pero la visión de aquel cuadrado de cielo sereno vagamente iluminado lo atemorizó aún más, y volvió sus enrojecidos ojos hacia el muro... En aquel momento todo parecía amenazarlo. Se sentía en peligro inminente y y tuvo que fazer un esfuerzo tremendo para no levantarse en ese minuto y salir huyendo al patio. Lo que lo detuvo allí dentro fué la imagen de las columnas, los arcos y corredores, los inmensos árboles centenarios que alzaban su sombrío y murmurante verdor hacia el firmamento fantasmal, la vereda empedrada, áspera y cubierta de musgo, y la torre mayor, erguida y negra en las alturas, coronada por la gran cruz de fierro. Todo aquello iluminado por el resplandor espectral del amanecer, sumergido en una dimensión de mortal quietud y silencio, era más de lo que podía soportar... Y si algo peór lo asaltase allí fuera?... No, prefería las paredes de su pequeña y mísera celda, pues aunque parecían oscilar ante sus ojos, en realidad no se movían. Habían estado allí desde hacía más de cincuenta años y probablemente continuarían ahí mismo durante los próximos cincuenta. Era tonto y vulgar pensar aquellas tonterías, como si fuese un siervo ignorante y supersticioso, se dijo el monje suspirando, pero la recelosa expresión en su tirante rostro no desapareció. Es que, en el fondo, no conseguía dejar de creér que aquella celda estrecha, desnuda, lóbrega y solitaria sería un dia su tumba. Por qué esta idea se había impuesto en su mente? Por qué tenía tanta certeza sobre este hecho? No lo sabía, así como no sabía muchas cosas en su vida, pero estaba extraña y fatalmente convencido de que así ocurriría.
Y al pensar en aquello, fray Silvestre estremeció involuntariamente, pues la verdad era que la muerte lo aterrorizaba, así como el juicio delante de Dios y la inapelable y aciaga sentencia que escucharía de sus labios. Y en su temor se veía ya rodeado de manos que lo empujaban ferozmente, proclamando a los cuatro vientos todos sus pecados, riendo con salvaje placer, para precipitarlo a lo más profundo del averno. Mientras tanto, los ángeles del Señor, hermosos y resplandecientes, contemplaban la escena con expresión de indiferencia, sin mover un dedo para para ayudarlo, flotando gentilmente en su argentado nimbo de bienaventuranza... Y allí, en las llamas eternas quedaba él por siempre y siempre, agonizando sin morir jamás, víctima de todos los horrores y sufrimientos imaginables que, en verdad, eran la expresión de uno solo, que era el peor de todos: ser apartado de la face divina y perfecta de Dios después de haberla admirado por una única vez, durante un segundo. Aquel sí era el verdadero castigo, el sufrimiento supremo, la miseria absoluta de los condenados: verse abandonados por Dios por toda la eternidade, después de haberlo conocido.
quarta-feira, 11 de agosto de 2010
Silvestre - parte I
Bueno, y como les prometí ayer (porque, claro, apareció una entrevista en la televisión de última hora y tuve que largar todo y salir corriendo para allá) aquí está la primera parte de esta historia. Ella pertenece a una serie que pretende transformarse en un libro y narra los encuentros de varias personas -de todo tipo- con Francisco de Assís y cómo este acontecimiento cambió sus vidas. Entonces, antes de que me aparezca otra sorpresa que me arranque del frente del computador, aquí vá. Espero que les guste!
El cielo empezó a clarear y una tenue pincelada de luz surgió en el horizonte lejano y corrió por la tierra silenciosa, quieta y confiada en su profundo sueño. Emergieron de la obscuridad las formas azuladas y fantasmales de las casas, los árboles, los cercados, las colinas, los campos y huertas florecidos y perfumados. El água fría y cristalina de los arrollos canturreó, haciendo eco en las quietas lagunas y en la húmeda profundidad nocturna de los pozos. Los pájaros se agitaron, inquietos entre el follaje de los árboles, lanzaron unas notas al alba y callaron luego, aguardando...
De las chimenéas de algunas granjas se elevó una fina columna de humo azulado, y tras los postigos todavía cerrados flameó la llama rojiza de una pequeña lamparilla de aceite. Se extendió por el aire el aroma de pan recién horneado, barbotaron las calderetas en el hogar que templaba la habitación casi desnuda, crujieron mesas y taburetes, una que otra voz dejó escapar una sílaba sin respuesta... Las gallinas cloquearon. Las vacas, ovejas, cabras, caballos y los perros en el corral alzaron la cabeza hacia el firmamento cristalino y husmearon, alertas a la luz.
La naciente claridad se arrastró por entre las espigas maduras, saltó piedras y cercas, cosquilleó en el lomo fuerte y peludo de los bueyes, vadeó las corrientes y los charcos que aún perduraban de la última lluvia y se acercó, deslizandose quedamente a través del follaje de los naranjos, llevandose el perfume de sus azahares. Rozó el polvo del camino, que se alzó en ígneos y desordenados remolinos. Besó delicadamente a las diminutas e ignoradas florecillas que crecían valerosamente entre las piedras y las hierbas... Se extendió un poco más, tomando aliento, y dándose impulso, tocó el alto y sombrío muro que resguardaba la ciudad.
Lo tanteó, penetrando en sus grietas, removiendo el polvo de los años que allí anidaba, entibiando su áspera y fría superficie. Corrió a través de él, tropezando en sus aristas y hendiduras, descubriendo a su paso el escondrijo de una lagartija, una mosca atrapada en la trampa mortal de la araña, la huella invisible de las hormigas y el musgo tierno que dormitaba en las fisuras, perlado aún por el rocío nocturno... Lo recorrió de arriba a abajo, haciéndolo surgir de la noche en toda su imponente solidez y majestad. Y finalmente, reptando y ocultandose, llegó al enorme portón de madera y fierro que, ahora cerrado, daba paso hacia el interior. Este era tan macizo e inexpugnable cuanto el propio muro, con arco de medio punto y ladeado por pétreas columnas esculpidas. Imponente e intimidante, parecía avisar a quien pasase por allí que nada escapaba a su mirada de guardián.
La luz se detuvo allí un momento y suspiró, se apagó un poco, diluyendose en las sombras misteriosas del portal soberbio, como si le jurase obediencia. Las altas torres se erguían negras y difusas contra el cielo todavía en penumbras y las calles estrechas y retorcidas que subían y bajaban sin orden ni concierto, como huyendo unas de otras, la atemorizaron momentáneamente, pues nada se movia allí dentro. Más bien parecia un cementerio con sus lápidas blancas y grises, polvorientas y olvidadas por hombres y dioses... Sin embargo, los hombres que moraban en esta ciudad llamada Asís, la famosa, la próspera, la hospitalária Asís, no habían muerto ni habían sido olvidados. Solamente dormían, soñando sus secretos sueños, planeando sus secretas batallas y saboreando sus secretos y pequeños triunfos temporales... Solamente dormían, bien comidos y abrigados, y soñaban...
Pero al fin la luz dió un brinco, salvó el muro y se adentró lenta y sigilosamente por la ciudad en tinieblas, sintiendo su pulso fuerte y ambicioso, su aliento emprendedor y obstinado, casi arrollador; tocando sutilmente su inmenso y espléndido cuerpo de fiera tendida, satisfecha y sonriente, despreocupada del cielo y de los hombres... A su paso, la luz fué tiñendo con aquel resplandor de resurrección las viejas paredes enmohecidas, los postigos cerrados, las escaleras donde se acurrucaban tiritando los perros y los mendigos, los balcones con sus macetas de claveles, mejoranas, helechos y azaléas, vistosos geranios, olorosas albahacas y mentas. Fué dandole color a las tejas pardas y rojas, al disparejo y húmedo empedrado, a los leones de mármol que rugían silenciosamente en la puerta de la catedral de san Rufino, enseñando los colmillos descomunales a los parroquianos que pasaban a camino de confesarse y recibir el pan sagrado, para luego salir absolvidos y aliviados. Continuó su recorrido, abriendose paso entre muros, tejados, portales, torres y zaguanes, desplegandose como un abanico a través de las callejas y rincones más apartados y tenebrosos, llenos de suciedad y miseria, desnudos bajo su implacable resplandor, por los elegantes jardines y patios embaldosados, los frescos pasadizos, puentes y arcadas de las moradas y palacios de los nobles señores y sus familias.
Y fué de este modo, corriendo y alumbrando, hasta que llegó al otro lado de la ciudad, donde se detuvo de improviso ante una pequeña puerta de fierro enmohecido, en la pared oeste del viejo monasterio... Allí se quedó fulgurando, inmóvil, cual si aguardase algo, uma voz, una señal, una orden... Y de pronto surgió desde el interior como una explosión, una oleada, una llamarada cegadora, el presentimiento certero de una bendición, de la mano del Creador cogiendo las cosas en su palma y poniendo a las fuerzas divinas a trabajar. Y la luz se hizo más pura y serena, resplandeciente, sumisa a aquella otra luz, pues supo que éste era el lugar que buscaba. Era aqui que habría de unirse a Dios para cegar a un hombre.
Sobrecogida, atisbou hacia el silencioso y negro interior por la pequeña rejilla y, elevandose un poco hacia el cielo para hacerse divina y poderosa, traspasó el muro gris y se dirigió hasta el pozo esculpido en el centro del patio. Se aquietó y allí aguardó, reflejandose en el água...
Fué entonces cuando fray Silvestre abrió los ojos...
El cielo empezó a clarear y una tenue pincelada de luz surgió en el horizonte lejano y corrió por la tierra silenciosa, quieta y confiada en su profundo sueño. Emergieron de la obscuridad las formas azuladas y fantasmales de las casas, los árboles, los cercados, las colinas, los campos y huertas florecidos y perfumados. El água fría y cristalina de los arrollos canturreó, haciendo eco en las quietas lagunas y en la húmeda profundidad nocturna de los pozos. Los pájaros se agitaron, inquietos entre el follaje de los árboles, lanzaron unas notas al alba y callaron luego, aguardando...
De las chimenéas de algunas granjas se elevó una fina columna de humo azulado, y tras los postigos todavía cerrados flameó la llama rojiza de una pequeña lamparilla de aceite. Se extendió por el aire el aroma de pan recién horneado, barbotaron las calderetas en el hogar que templaba la habitación casi desnuda, crujieron mesas y taburetes, una que otra voz dejó escapar una sílaba sin respuesta... Las gallinas cloquearon. Las vacas, ovejas, cabras, caballos y los perros en el corral alzaron la cabeza hacia el firmamento cristalino y husmearon, alertas a la luz.
La naciente claridad se arrastró por entre las espigas maduras, saltó piedras y cercas, cosquilleó en el lomo fuerte y peludo de los bueyes, vadeó las corrientes y los charcos que aún perduraban de la última lluvia y se acercó, deslizandose quedamente a través del follaje de los naranjos, llevandose el perfume de sus azahares. Rozó el polvo del camino, que se alzó en ígneos y desordenados remolinos. Besó delicadamente a las diminutas e ignoradas florecillas que crecían valerosamente entre las piedras y las hierbas... Se extendió un poco más, tomando aliento, y dándose impulso, tocó el alto y sombrío muro que resguardaba la ciudad.
Lo tanteó, penetrando en sus grietas, removiendo el polvo de los años que allí anidaba, entibiando su áspera y fría superficie. Corrió a través de él, tropezando en sus aristas y hendiduras, descubriendo a su paso el escondrijo de una lagartija, una mosca atrapada en la trampa mortal de la araña, la huella invisible de las hormigas y el musgo tierno que dormitaba en las fisuras, perlado aún por el rocío nocturno... Lo recorrió de arriba a abajo, haciéndolo surgir de la noche en toda su imponente solidez y majestad. Y finalmente, reptando y ocultandose, llegó al enorme portón de madera y fierro que, ahora cerrado, daba paso hacia el interior. Este era tan macizo e inexpugnable cuanto el propio muro, con arco de medio punto y ladeado por pétreas columnas esculpidas. Imponente e intimidante, parecía avisar a quien pasase por allí que nada escapaba a su mirada de guardián.
La luz se detuvo allí un momento y suspiró, se apagó un poco, diluyendose en las sombras misteriosas del portal soberbio, como si le jurase obediencia. Las altas torres se erguían negras y difusas contra el cielo todavía en penumbras y las calles estrechas y retorcidas que subían y bajaban sin orden ni concierto, como huyendo unas de otras, la atemorizaron momentáneamente, pues nada se movia allí dentro. Más bien parecia un cementerio con sus lápidas blancas y grises, polvorientas y olvidadas por hombres y dioses... Sin embargo, los hombres que moraban en esta ciudad llamada Asís, la famosa, la próspera, la hospitalária Asís, no habían muerto ni habían sido olvidados. Solamente dormían, soñando sus secretos sueños, planeando sus secretas batallas y saboreando sus secretos y pequeños triunfos temporales... Solamente dormían, bien comidos y abrigados, y soñaban...
Pero al fin la luz dió un brinco, salvó el muro y se adentró lenta y sigilosamente por la ciudad en tinieblas, sintiendo su pulso fuerte y ambicioso, su aliento emprendedor y obstinado, casi arrollador; tocando sutilmente su inmenso y espléndido cuerpo de fiera tendida, satisfecha y sonriente, despreocupada del cielo y de los hombres... A su paso, la luz fué tiñendo con aquel resplandor de resurrección las viejas paredes enmohecidas, los postigos cerrados, las escaleras donde se acurrucaban tiritando los perros y los mendigos, los balcones con sus macetas de claveles, mejoranas, helechos y azaléas, vistosos geranios, olorosas albahacas y mentas. Fué dandole color a las tejas pardas y rojas, al disparejo y húmedo empedrado, a los leones de mármol que rugían silenciosamente en la puerta de la catedral de san Rufino, enseñando los colmillos descomunales a los parroquianos que pasaban a camino de confesarse y recibir el pan sagrado, para luego salir absolvidos y aliviados. Continuó su recorrido, abriendose paso entre muros, tejados, portales, torres y zaguanes, desplegandose como un abanico a través de las callejas y rincones más apartados y tenebrosos, llenos de suciedad y miseria, desnudos bajo su implacable resplandor, por los elegantes jardines y patios embaldosados, los frescos pasadizos, puentes y arcadas de las moradas y palacios de los nobles señores y sus familias.
Y fué de este modo, corriendo y alumbrando, hasta que llegó al otro lado de la ciudad, donde se detuvo de improviso ante una pequeña puerta de fierro enmohecido, en la pared oeste del viejo monasterio... Allí se quedó fulgurando, inmóvil, cual si aguardase algo, uma voz, una señal, una orden... Y de pronto surgió desde el interior como una explosión, una oleada, una llamarada cegadora, el presentimiento certero de una bendición, de la mano del Creador cogiendo las cosas en su palma y poniendo a las fuerzas divinas a trabajar. Y la luz se hizo más pura y serena, resplandeciente, sumisa a aquella otra luz, pues supo que éste era el lugar que buscaba. Era aqui que habría de unirse a Dios para cegar a un hombre.
Sobrecogida, atisbou hacia el silencioso y negro interior por la pequeña rejilla y, elevandose un poco hacia el cielo para hacerse divina y poderosa, traspasó el muro gris y se dirigió hasta el pozo esculpido en el centro del patio. Se aquietó y allí aguardó, reflejandose en el água...
Fué entonces cuando fray Silvestre abrió los ojos...
terça-feira, 22 de junho de 2010
La viejecita en la mecedora - parte II
Y como prometido, aquí está la segunda y última parte del cuento, después de algunos atrasos provocados por cornetas, pelotas de football y alumnos inmaduros...
Siempre le gustó recordar, contar historias, revivir capítulos de su vida y sacar lecciones provechosas de ellos, y tenía una memoria feliz y fiel, que traía de vuelta cada episodio como si hubiera acabado de suceder. Adoraba cuando todos se sentaban a su alrededor para escucharla. Sin embargo, los recuerdos de hoy eran diferentes, cargados con otros significados. Hoy se trataba de hacer opciones vicerales, que no llenasen su cerebro humano, sino que conformasen su nuevo cuerpo; entonces, no venían a su mente las peripecias, las palabras o las personas como fantasías nebulosas o perturbadoras, mas los detalles preciosos, todo aquello que había pasado inadvertidamente o se había perdido en el afán efímero de cada día de este mundo... Entonces, dando un profundo suspiro, cerró dulcemente los ojos y vió los racimos de flores amarillas adornando los árboles de la calle, una niñita sentada en el muro, llorando desconsolada, sola. Vió un gorrión bañandose en una poza de água de lluvia, el gato estirado al sol, el perro corriendo al encuentro del amo, la profesora de francés en sus lindos zapatos rojos de taco alto, el patio ruidoso del colegio, las monjas atrás de las rejas del claustro, el pozo de la hacienda, los campos de trigo, el estero, los caballos. La mirada enamorada de su hijo, los árboles del jardín balanceando con el viento, murmurando, desgranando secretos, abrazandose en las alturas. Las estrellas en las noches silenciosas, la casita blanca de tejado rojo en la cumbre de la colina verde, el silencio majestuoso de las montañas y la conversación rítmica y constante de las olas muriendo en la playa. La mariposa celestial aleteando sobre la corona carmesí de la flor, la campana de la iglesia llamando a los fieles con su mensaje de fidelidad y paraíso... La viejecita en la mecedora lanzaba la mirada por los corredores de su vida y se admiraba al ver los tesoros que allí había guardado sin percibir. Ahora se daba cuenta de que eran ellos los que verdaderamente le habían dado forma y significado a su existencia. Era en esas cositas simples y tiernas, en aquellos detalles aparentemente banales donde se escondían los grandes secretos de la vida; flashes de divina e infantil conciencia que habían quedado indeleblemente imprimidos dentro de ella. Era esto lo que sostenía sus días y arrullaba sus noches, tejía sus esperanzas y construía sus sueños; era lo que le había dado fuerza y coraje para continuar, para esperar, para vencer. Percibía ahora que no habían sido los grandes momentos, las penas y alegrías que todos conocían y compartían, sino las pequeñeces, las pinceladas más íntimas e insignificantes, los detalles escondidos los que habían enriquecido su vida y la habían vuelto útil y plena de sabiduría y compasión... El amor no era, al final de cuentas, nada de aquello que pensaba y hoy, cerca del fin, estaba ansiosa por experimentar lo que él era de verdad. Amor no eran pasiones, delirios, gestos exagerados, sublimes y enloquecidos; no era posesión, codicia, intercambio de intereses, tiranía, soledad a dos. No, la sublimidad del amor estaba, justamente, en la simplicidad, en el equilibrio, en la conciencia con que debe ser vivenciado, como un todo armonioso y vital, inmortal. Entendía ahora que no había sabido amar de verdad, pero no se recriminaba por ello, al contrario, una cálida gratitud se agitaba en su pecho porque comprendía que solamente ahora estaba preparada para aprender. Era ahora que su vida empezaba de verdad. Estaba dejando de gatear e irguiendose sobre sus piés. Luego comenzaría a andar y podría recorrer todos los caminos. Todos. No es que daba su vida pasada por perdida o mal aprovechada, pues algo le decía que toda ella -mismo llena de errores y miserias- la había conducido hasta aquí, hasta esta mecedora en el porche perfumado por las enredaderas, a estas reflexiones y recuerdos, a estas conclusiones, a la espera... Y su corazón se agitaba, incendiado de ternura y compasión por todo y por todos. Se sentía enamorada, seducida, llena de mil emociones y deséos que ahora podía satisfazer plenamente, pues eran deséos del espíritu y no de la carne. Su alma había alcanzado la madurez necesaria para saber que estos deséos no son humanos, sino divinos, y que esto significa que nos acercamos a Dios, que transcendemos, que nos apropiamos de lo que siempre nos perteneció... Las horas sin fin pasadas en aquella mecedora, mientras todos se preguntaban si ya estaba cercana la hora de su muerte, si deberían internarla o llamar a una enfermera, habían sido para ella un lento, profundo, revigorizante aprendizaje, una preparación, el impulso que antecede al salto. Había sido como si una cortina se descorriese poco a poco delante de sus ojos y le desvendase todos los secretos del paraiso. A lo largo de esas horas se sentía regresando a su ser original, deshaciendose de todas las capas artificiales y las ilusiones, los artificios y disfraces que todavía la recubrían. Era una iberación que excedía cualquier explicación... Las fuerzas humanas la abandonaban, su cuerpo menudo y frágil se volvía leve, suave, inesperadamente ágil y veloz porque se había librado del lastre, y se debatía en una lucha conciente para aceptar cortar los últimos lazos, para regresar al hogar. Los brazos del infinito se abrían delante de ella... Y ella esperaba, día a día, apagandose un poco más por fuera, renaciendo por dentro.
Y una mañana, cuando abrió la puerta de la calle y arrastró su mecedora hasta el porche, como lo había hecho durante todos estos años, paró de repente, como si hubiera divisado algo en la ténue claridad del paisaje, algo diferente, alguna cosa largamente esperada. Fué como si el primer rayo de sol le hubiese revelado algo... Entreabrió los labios en una sonrisa indefinible y se quedó de pié allí, junto a la silla, sosteniendo el cojín de retazos, mirando hacia la calle silenciosa e inmóvil... Poco a poco, la vió crecer, mientras ella se acercaba sin prisa, pero no sintió miedo... Era extraño, ni una ansiedad o recelo despertó en sus pecho; su respiración continuó calmada, rítmica... Mientras las facciones de ella se delineaban y empezaba a percibir su suave susurro y el perfume de su aliento frío, se sentía tomada por una extraña alegría, por una serenidad desconocida, poderosa, un poco desconcertante... Quién diría que era así? De todas las cosas simples que había descubierto, esta era la más simple, pura y directa, la prueba de que la vida nada nos esconde, que somos nosotros quienes huímos de lo que ella tiene a mostrarnos... Moviendose lentamente, sin quitarle los ojos, se sentó en la mecedora, como si nada diferente estuviera sucediendo, y juntó las manos en la falda. Ella aguardó, comprensiva, sabiendose bienvenida. El resto de la casa dormía aún. Esta era una cita solitaria, personal, definitiva. Le viejecita se sintió contenta, porque vió que para este viaje no era necesario llevar equipaje, al contrario, todo debía ser abandonado, menos los recuerdos y actos queridos al corazón. La viejecita sonrió, satisfecha: con certeza había escogido bien, pues no eran sus brazos cargados de bagatelas ni su corazón encadenado a pasiones, no era su cuerpo disfrazado de glorias, no eran sus posesiones, no eran sus ambiciones ni sus pecados o buenas acciones lo que estaba llevando. Era, simplemente, su ser, y estaba convencida de que esto sería suficiiente. No sintió pena por aquellos que dejaba. En verdad, todo le pareció lógico, natural, y todo el resto se apagó de un soplo. Su vida entera se redujo a este encuentro. Cara a cara. Manos vacías. Lista. Serena. Aliviada. Levemente ansiosa. Muy curiosa... Apoyó la cabeza en el respaldo de la silla y cerró suavemente los ojos, con una última y emocionada mirada sobre aquel cuadro que tan bien conocía y amaba, y empezó a balancearse lentamente... Entonces, la sintió cerca, muy cerca, tan cerca que pareció transpasarla, y su aliento gélido abrazarla, cercándole el corazón. Fueron como mil agujas penetrando en su cuerpo y desagregandolo como una gentil y silenciosa explosión. De alguna forma, tuvo conciencia de que había dejado de ser ella misma: única, carne, huesos, mente, historia, para integrarse al todo, a la eternidad. Fué un salto al abismo de lo desconocido, un breve y extraño dolor, como un pequeño reclamo de su cuerpo delante del adiós; sin embargo, así que saltó, todo se llenó de luz y se sintió bienvenida, amada, esperada... Tuvo tiempo de esbozar una sonrisa y suspirar... Y ya no estaba más.
Cuando su hija mayor le llevó la bandeja con el desayuno, la mecedora todavia se movía, crujiendo tristemente, como si la propia muerte la empujase.
Marcadores:
conciencia,
enredadera,
mecedora,
porche
segunda-feira, 14 de junho de 2010
La viejecita en la mecedora - parte I
Era para ser ayer, pero, como siempre, surgió un pequeño imprevisto -visitas sorpresa con toda la atención, cortesía, tazas de té y tostadas que esto implica y más encima sin hora para irse- y tuve que dejar la publicación para hoy, pero lo más importante es que, finalmente, voy a postearla, porque ya les estoy prometiendo esta historia hace casi un mes!... Pero créo que agora que el musical que estamos montando entró en la fase de ensayos generales, voy a tener más tiempo y voy a poder organizarme de modo que pueda volver a dedicarme a mis textos y a estos dos blogs de historias. Tengo muchas para corregir y postear (descubrí un archivador viejo perdido en el fondo de un closet lleno de cuentos que hasta se me habían olvidado!) pues no quiero que se pierdan y aún tengo otras ideas rondandome para nuevos cuentos... Bueno, como pueden ver, no es por falta de inspiración o material que no estoy publicando con más frecuencia, sino por una pura cuestión de tiempo y organización, pero como soy una fiel representante de los leoninos, tengo certeza de que voy a conseguir dar cuenta de esto... Prepárense entonces!
Y aquí está la primera parte de este cuento, que es uno de los preferidos de mi hermana, entonces vá dedicado especialmente a ella.
Bien temprano, cuando el sol apenas despuntaba atrás de las colinas que circundaban a la ciudad y la neblina todavía goteaba sobre el paisaje adormecido, la viejecita abría lentamente la puerta de la calle y con sus manos arrugadas y temblorosas, ya deformadas por la artritis, arrastraba con grandes esfuerzos la pesada mecedora hasta el porche. Permanecia allí durante algún tiempo, acomodándola aquí y allí, sacudiendo los cojines y estirando la manta, poniendola en la mejor posición para poder tener una vista lo más amplia posible de la calle y de las personas que por ella pasaban, y cuando estaba satisfecha, daba una mirada a su alrededor y respiraba profundamente el perfume de las flores y enredaderas que adornaban los pilares y el techo del porche -todas plantadas por ella- Entonces, hacía una pequeña pausa y sus ojos medio apagados se posaban con especial cariño en el ipé que crecía junto al muro de ladrillos. Era el mismo que ella y su esposo habían plantado cuando constuyeron aquella casa, una mudita escuálida y pálida que parecía no tener futuro alguno, pero que con los cuidados y el abono que ella le había ofrecido, acabó transformandose en ese árbol fuerte, alto y esbelto, que dos veces al año adornaba la calle y llenaba la vereda y el pasto con su delicada lluvia de flores amarillas. Todos reclamaban por tener que pasárselo barriendolas, pero ella permanecía extasiada observandolas abrir y después caer, como alas de mariposa o lágrimas de oro, hasta que el árbol quedaba competamente desnudo... Recordando ahora aquel espectáculo glorioso, esbozaba una lenta sonrisa de complicidad y murmuraba algunas palabras que tan solamente ella y el árbol podían escuchar y comprender, y suspiraba de nuevo, con el corazón apretado por la nostalgia...
Terminado su ritual, se sentaba, quieta y silenciosa, meciendose suavemente, y lanzaba la mirada hacia la calle, atenta a todo lo que estaba sucediendo o podía suceder. Su cuerpo menudo, casi el de una niñita, envuelto en esas ropas viejas y descoloridas del silgo pasado que ella se negaba a abandonar, permanecía allí, inmóvil y expectante por horas, tomado por aquella incierta y casi imperceptible ansiedad, como si esperase ser testigo de algún milagro admirable, de alguna revelación o un encuentro memorable. No pronunciaba una palabra; parecía totalmente absorta, lejana, sumergida en mundos distantes y misteriosos que solamente ella era capaz de ver, y nadie se preguntaba en qué estaría pensando, o qué estaría sintiendo; simplemente la dejaban permanecer ahí, porque así daba menos trabajo. El desayuno, el almuerzo y la cena le eran servidos en una bandeja ahí mismo, en el porche, visto que había sido imposible convencerla a ir hasta el comedor para juntarse con la familia, y ella comía un poquito, como un gorrión, sin que le importara mucho lo que hubiese en su plato. Pasaba el día entero en profundo silencio, meciendose suave y rítmicamente en su vieja mecedora, sin prestar atención a las personas de la casa, atareadas a su alrededor, al ruido, a las voces, a las pequeñas escaramuzas domésticas, a la correría de los perros y al incesante parlotéo del loro en la jaula colgada en la terraza trasera, ni a la televisión o a la radio. No se fijaba en los que entraban y salían, pasando apresuradamente por su lado y lanzandole un beso o algunas palabras de cortesía que sonaban como el zumbido de algún insecto, ni en aquellos que la saludaban desde la vereda y le preguntaban por la salud o simplemente hacían un gesto y le sonreían... Nada distraía su atención de esa especie de espera en la cual parecía vivir últimamente. A veces alguien se acercaba a la mecedora y se sentaba a su lado para hacerle compañía por algunos minutos y conversar sobre asuntos banales, para reclamar un poco, hablar de los muertos, de los precios, las enfermedades y recuerdos, y la viejecita viraba sus ojos transparentes hacia aquel rostro que debería serle familiar y se quedaba contemplándolo, sorprendida y desconcertada, sin saber muy bien cuál respuesta debería dar a aquel monólogo lleno de expresiones que no conseguía comprender. Parecía como aturdida, ausente, y sentía una vibración súbita y violenta golpearle los huesos adoloridos y penetrarle el cerebro mientras escuchaba el tono monótono y amargado, lleno de disfrazadas intenciones, de aquel que conversaba con ella pensando que era como confesarse a una puerta. Pero ella percibía, ella descubría con seceto e infantil espanto todos los tonos, cada intención: codicia, envídia, resentimiento, maledicencia, culpa, frustración, tristeza, fracaso... Por Dios, tanto fracaso!... Pero, por qué venían a contarle a ella? Sólo porque estaba demasiado vieja para juzgarlos o criticarlos, para cobrarles una actitud o castigarlos? Porque, en su estado mental, lo único que podia hacer era limitarse a escuchar, mismo sin comprender, lo que era un alívio para quien hablaba?...
No podía afirmar que recordaba con certeza su edad, pero esto no la había hecho perder la sensibilidad ni la percepción de las cosas a su alrededor. Muy al contrario, se sentía ahora dueña de una intuición mucho más clara y precisa, de una atención focalizada en aquello que realmente importaba, de una percepción capaz de penetrar todos los disfraces y barreras que las personas construyen para esconderse. Entonces, su inmovilidad y su silencio o eran señales de senilidad, como escuchaba a todo el mundo cuchichear, sino una demostración de sentido común. Ahora que todos los huracanes, vendavales y terremotos provocados por las pasiones de la juventud se habían extinguido, sentía como se una nueva puerta se hubiese abierto delante de sus sentidos y más allá del umbral divisaba paisajes misteriosos y sorprendentes, sembrados de nuevas aventuras y promesas, de nuevos desafíos y proyectos, de otros niveles a ser alcanzados, otros peldaños a ser escalados, y todo esto era completamente facinante, delicioso, si bien algo asustador. Y, sinceramente, después de todo lo que había oído decir sobre la vejez, esto era lo que menos esperaba encontrar!... Pero pasadas las necesidades y aflicciones, las ambiciones y realizaciones de ocho décadas, su cuerpo parecía haber empezado finalmente a entrar en sus ejes, a transformarse, adquiriendo nuevos sentidos, nuevas capacidades, una nueva conciencia, otro ritmo, lento y sabroso, profundo, tan profundo que a veces ella misma se sorprendía. Se habían desmoronado las vanidades, se habían diluído los apegos, habían cambiado las ambiciones; las angustias sobre el futuro, la familia y el trabajo eran cosa del pasado. Se habían desvanecido poco a poco -tan lentamente que ni lo había notado- las pasiones, las grandes iras, los profundos abismos y las llamaradas calcinantes que tuvo que enfrentar mientras maduraba y luchaba para conquistar su propio espacio en el mundo. Año tras año había se comido su fruta y finalmente había llegado al carozo... Y éste era tan sorprendente, tan inusitado y al mismo tiempo obvio, que con frecuencia despertaba una sonrisa traviesa en sus lábios apergaminados. Pues qué era lo que él contenía sino la semilla de una nueva vida? Cuál era el secreto que escondía en su cuerpo seco y endurecido, tan parecido con el de ella misma? Nada menos que el ciclo perfecto e infinito de la creación, y estaba convencida de que esto se aplicaba fielmente a ella misma y que, después de la muerte, una nueva existencia vendría a tomar cuenta de su alma... Qué más necesitaba entonces? Nada la inquietaba, nada la amedrentaba, no tenía urgencia de nada. Esta había sido la última revelación y, después de conocerla, todo lo demás perdía importancia... Por eso se sentaba todas las mañanas en su mecedora y esperaba, expectante. A veces se preguntaba qué sería lo que vendría a continuación, cómo todo sucedería, si sentiría alguna cosa o todo sería como un profundo suspiro, como un pestañear lento y empañado, pero no pensaba demasiado en estas cuestiones y prefería dejar los acontecimientos en las manos del destino, que tan generoso se había mostrado hasta ahora.
El mundo agitado y ruidoso a su alrededor era como un espejismo poblado de fantasmas que actuaban de forma ilógica y precipitada, presos en sus miedos y errores, en sus resentimientos, en sus pérdidas. Entonces, la viejecita en la mecedora cerraba los ojos y, dandose otro impulso, continuaba a mecerse, quieta y callada, prefiriendo volverse hacia las cosas simples y naturales que la rodeaban y con las cuales ahora podía comunicarse, que gastar la poca energía que le restaba tratando de entender o participar de esa película non-sense de la que su familia era protagonista. Y mirando estas cosas simples a lo largo de las horas sin fin, se sentía despertar para el milagro que ellas contenían, para sus mensajes y lecciones, para su presencia por tanto tiempo ignorada.
Entonces, de repente, como en un relámpago, se daba cuenta de cuánto tiempo había vivido allí, recorriendo esa misma calle al ir y volver del trabajo, de la panadería, de la iglesia, de la escuela de los niños! Cuántos años había deambulado por esos cuartos ordenando, barriendo, lavando, cocinando, adornando! Cuántos finales de semana había disfrutado de ese jardín y sus colores y perfumes, de la sombra murmurante de los árboles, los hijos corriendo y gritando, el olor del asado flotando en el aire y llenando de água la boca de todos! En cuántos atardeceres había salido al porche para contemplar los últimos rayos del sol meciendose en esa misma silla, unas veces de manos entrelazadas con el esposo, otras con un hijo en la falda, unas pocas con un libro o escuchando la música que venía de la radio de la cocina, en el invierno o en el verano, para darle a su cuerpo cansado y lastimado por todas las penas cotidianas un poco de sosiego, de intimidad, de reestructuración... Cuántos Domingos había entrado al amanecer en la iglesia fría y sonbría para arrodillarse y recibir el "pan de los ángeles" después de dejar en su propia mesa el café fresco y la leche, el pan todavía caliente y la mantequilla, el queque de limón cortado y oloroso cubierto con un paño blanquísimo. Ese era el otro pan que necesitaba para vivir, pues su cuerpo era fuerte y activo, así como su espíritu, entonces necesitaba ser constantemente alimentado con cosas buenas y frescas... A viejecita cerraba los ojos delante de aquella especie de película que desfilaba por su mente, y le parecía todo tan cercano y tangible que a veces estiraba una mano para tocarlo... Entonces, cuchicheaban que deliraba... Pero no era eso; ellos que continuasen pensando aquello si los dejaba más tranquilos. No, aquello todo no era delirio, sino un relatorio minucioso y precioso
de todo lo que se llevaría con ella cuando llegara el instante de la partida, y el gesto en el aire era el intento de aprisionarlo y guardarlo en su corazón... Y cuando se daba cuenta de lo que estaba haciendo, se sentía súbitamente estremecida por la certeza de la llegada de este nuevo y extraño capítulo en su vida: la despedida.
Y semana que viene postéo la segunda parte del cuento. Espero que les guste!.
Assinar:
Postagens (Atom)