quarta-feira, 24 de novembro de 2010

Silvestre - parte V

Faltando solamente la última presentación de la escuela de teatro de la Fundación, ya empiezo a prepararme para trabajar en horarios "civilizados" y a despedirme de ensayos, reuniones, presentaciones y sorpresas del tipo: "Tenemos que montar alguna cosa para mañana!"... Se supone que a partir del dia 29 voy a ir a la Fundación más para cumplir horario que para otra cosa -fuera algunas reuniones para planear proyectos para el próximo año que voy a marcar con mis alumnos del grupo adulto y unas clases de butoh que le voy a dar a una amiga que lo está necesitando- hasta el día 20, en que saldremos de vacaciones colectivas. Créo que el stress vá a disminuir bastante y que voy a tener más tiempo para retomar mis rutinas de vida saludables, como meditar, escribir, leér, escuchar música y jugar con mis perritas; todas esas cosas que tuve que dejar medio de lado por causa del exceso de trabajo. En realidad, todos estamos exhaustos y haciendo realmente un esfuerzo inmenso para cumplir este último maratón junto con el grupo infanto-juvenil para que ellos puedan tener su presentación de fin de año. Pero estoy convencida de que todo este esfuerzo vá a valer la pena, porque la pieza está quedando realmente buena. Al público le vá a gustar, con certeza... También en el início de diciembre voy a saber el resultado de los exámenes que me hice para saber el motivo de estos dolores en el cuerpo que andan asolandome hace un par de meses. Como ven, mucha cosa se vá a resolver en las próximas semanas, y espero que con saldo positivo.
    Y aprovechando el frescor de esta mañana -anda haciendo un calor de matar en estos últimos días- y mis manos todavía sin mucho dolor o calambres, voy a postear otro pedazo de esta historia, que ya está empezando a parecer una novela mejicana de tan larga...


    Sí, huía, arrancaba de su propio corazón, que latía desbocadamente tras sus costillas salientes, henchido de envidia... Porque esta era la verdad. En el fonfo de su ser, allí donde ni él mismo podía admitirlo, sentía una envidia venenosa e inexpresable por aquellos príncipes de la corte del Senhor, que vivían y morían en el lujo y la ociocidad, rodeados de consideración y honores. Aquellos emisarios celestiales cuyas palabras eran ley, cuyas breves y despreocupadas plegarias ascendían raudas al cielo y eran prestamente escuchadas y atendidas. Esos divinos personajes que tenían el paraíso asegurado, sim importar si hacían o no mérito para ello, pues les pertenecía por derecho propio... Eram demasiado importantes como para que Dios los enviase al infierno. Porque eran ellos. Eran los predilectos, los elegidos, los afortunados, siempre de la mano del Padre... Eran ellos.
    En cambio, fray Silvestre estaba convencido de que a él no lo oía Dios, no importaba cuán alto llorase o suplicase, ni las horas que permaneciera allí intentándolo, con las rodillas entumecidas y llagadas, los ojos inflamados y la garganta desgarrada, él estaba completa y fatalmente seguro de que no lo oía. Su respuesta era siempre el silencio, el frío, la obscuridad. La nada.
    -Mi Dios, ten misericordia de este pecador...- murmuró, juntando los dedos huesudos bajo la barbilla. Su voz era un aliento de dolor. -Devuélveme el calor... Devuélveme la luz... Devuélveme la fé... Oh, Dios mío...- gimió, y se cubrió la cara con las manos, estremeciendose.
    Lloró en silencio, sintiendo que su corazón vencido e abandonado se asemejaba a un campo estéril, reseco, quemado por el sol recalcitrante de su propia amargura. Un campo que a pesar de todos sus esfuerzos y perseverancia nunca había sido realmente sembrado con la buena semilla del Senhor, aquella que dá frutos y alimenta. Un campo que nunca parecía estar lo bastante abonado y arado. Y quizás si ya nunca lo estaría, pues su estación de fertilidad parecía haber pasado.
    Pero si él hubiese sabido lo que le aguardaba, nada habría temido, porque tras el último grito, triunfante, Dios lo esperaba de brazos abiertos.
    La campana de la torre mayor comenzó a tocar de pronto, rompiendo el fantasmal silencio del mundo y de su propio interior, llamando a maitines, y frey Silvestre se incorporó dando un respingo, como si alguien lo hubiese tocado para traerlo de vuelta. Estuvo un momento inmóvil, de pié junto al jergón, como si tratara de recordar el significado de aquel tañido profundo y sereno, lleno de majestad y melancolía. Se sentía extrañamente insensible, como fuera de sí, y tuvo que hacer un esfuerzo para volver a la realidad. Miró en torno, como desconcertado, y pestañeó. Se palpó el pecho, los muslos, la faz... Sí, era él, y estaba allí mismo, en su celda dentro del monasterio... Pero qué había hecho durante todo este tiempo? Soñar acaso, meditar, rezar? Había tenido una visión, o quizás dormía?...
    Los pájaros comenzaron a cantar, saltaron por las ramas, volaron al tejado. El monje se restregó los ojos con fuerza, suspiró, se inclinó para tomar su breviario del escaño y fué hasta la puerta. Allí se detuvo. Descorrió el cerrojo y abrió con lentitud. Se quedó quieto, apoyado en el canto de la puerta, viendo hacia la leve claridad que bañaba el verde jardín. Una racha de fresca y perfumada brisa lo acarició... Era el mes de Abril. La primavera comenzaba a florecer, llena de colorido y alegría, pintando los caminos y campiñas, los trigales de doradas espigas, las calles con macetas de flores que se abrían al sol en los balcones y ventanas, los árboles de fresco y nuevo verdor, las viejas paredes de piedra, los rostros de los niños, los ancianos y los jóvenes que, anhelantes, se preparaban impacientes para recibir al amor y hacer promesas.
    Fray Silvestre rozó suavemente la madera áspera con la mejilla, teñido su rostro por una lejana esperanza que, sin embargo, se desvaneció en seguida, nublada por su triste resignación. Y se dijo calladamente, pues no se atrevía a pronunciarlo en voz alta:
    "Bueno, y acaso esta primavera traiga también algo para mí."
    Pero se encogió, temeroso de su pensamiento, pues le pareció osado y presuntuoso, porque, después de todo, quién era él para aguardar nada?.
    Pero él no sabía que en la primavera no sólo florece la tierra al soplo divino de la vida, sino también el corazón frío y adormecido del hombre.
    La campana había dejado de tocar y reinaba nuevamente el silencio. Los hermanos se hallaban ya en la capilla y el oficio estaba por comenzar.
    Fray Silvestre se percató súbitamente de esto, saliendo de su ensoñación, y enderezándose, estañeó y echó el aliento, viendo a su alrededor con expresión de alarma, temeroso de que alguien lo hubiese estado observando. Se recogió el hábito, haciendo un gesto de disgusto, y cerró la puerta con un ademán rápido y firme, que levantó el polvo en el suelo, y en seguida se alejó por el sendero con paso presuroso.
    Mientras avanzaba, cabizbajo,  con la boca apretada y el ceño fruncido, se reprendía ásperamente a sí mismo por su debilidad... Soñar, divagar, haraganear, alejar el pensamiento de Dios para ocuparse de sí mismo. Quién había visto jamás insensatez semejante en un religioso, en él? Parecía un novicio, o peór aún, se comportaba como uno de esos jóvenes volubles y fantasiosos que a menudo llegaban a la puerta del monasterio, humildes y devotos, jurando tener vocación... Qué dirían los hermanos si se enterasen?...
    Expulsó el aliento de un golpe, moviendo negativamente la cabeza. Qué eran estas tonterías de presentimientos y mensajes? Era una locura, eso sí, una trampa de Satán, pues, por qué razón habría de cambiar ahora su vida?... Pero fray Silvestre no sabía que dentro suyo, allí muy profundo y callado, palpitaba este anhelo, como una dulce esperanza en medio de su aridez, y que nada la podría silenciar.
    Torció a la derecha, siguiendo el camino de piedras, y enfrentó la sombría capilla, en donde ya podia escuchar a los hermanos recitando los salmos con sus voces graves y monótonas, rítmicas y llenas de serenidad y fervor, abstraídas del mundo:
                                 "Cantate Domino canticum novum:
                                  quia mirabilia fecit.
                                  Sanctificavit Filium suum dexera eius:
                                  et brachium sanctus eius..."
    Fray Silvestre apresuró la marcha al tiempo que abría su breviario y lo hojeaba rápidamente, tratando de encontrar el texto.
    "Pero qué falta imperdonable!... Si alguno llegara a saberlo...", se repitió una vez más, apretando los labios en un gesto de ira y remordimiento.
    Y en su prisa y su disgusto no advirtió que había transpuesto el umbral de sus presentimientos, y que éstos lo aguardaban alllí, del otro lado. No se percató de que algo había descendido del infinito para mudarlo todo, callada y sutilmente, mas de modo irreversible, cogiéndolo a él a su paso...

quarta-feira, 3 de novembro de 2010

Silvestre - parte IV

Acabé de revisar mi agenda de este mes y descubrí que tengo TODOS los finales de semana ocupados con algún espectáculo!... Si no es la pieza de fin de curso, es el musical, es el desfile de aniversario del municipio ( nuestra maldición anual, día en el que pagamos todos nuestros pecados) o entonces la presentación de final de año del grupo infanto-juvenil del cual tuve que hacerme cargo porque el contrato de la profesora terminó y se iban a quedar sin mostrar ningún trabajo. En resumen: estoy hasta el cuello!... Pero de todos modos voy a tratar de aprovechar cualquier tiempo que me aparezca (tal vez entre la medianoche y las seis de la mañana?) para mantenerlos al día. Y como hoy sólo trabajo en la tarde, voy a sentarme aqui y postear otro pedazo de esta historia. Ni sé a qué horas voy a llegar en la noche, porque tengo ensayo, entonces: es ahora o nunca!...


    Fray Silvestre miró a su alrededor con desgano, curvada la espalda, pálida y ojerosa la faz, demacrada, ingrata, con la barba rala y descuidada, e hizo una mueca despectiva al abarcar la pobre celda. Ya la conocía de memoria, pues nunca había en ella nada nuevo, nada mejor. Ni siquiera él mismo era diferente... Las cuatro paredes de piedra, desnudas, agrietadas, húmedas y tomadas por el moho. El destartalado taburete de paja en el rincón, la mezquina ventanilla rectangular con barrotes oxidados, un escaño pétreo donder reposaba su breviario, junto con un resto de vela de sebo, un lavatório y una jarra. El jergón de tablas y paja, la cobija burda y desgastada. Al frente, la puerta de gruesa madera clara y clavos de fierro negro.. Ningún adorno superfluo, ninguna tentadora comodidad. El suelo frío, disparejo. Más parecía aquello una cueva que otra cosa, se dijo com gesto torvo... Y a un costado, en la pared más sombría, el pequeño crucifijo de yeso y madera, que era como todo lo demás allí dentro: despintado, féo, vulgar, pobre, gris, anónimo... Que lo miraba. Siempre estaba observándolo desde allí, semi oculto na penumbra, inmóvil y silencioso, en  eterna agonía, siempre por expirar, insignificante, como si no estuviese allí y, a pesar de ello, más real y presente que todo lo demás, inclusive él mismo.
    El monje lo contempló en silencio, fijamente, como si pretendiese penetrar en él y leér sus pensamientos.... Qué era lo que quería?, tornó a preguntarse, como lo hacia siempre que se volvía hacia él. Mas ahora ya no aguardaba una contestación, pues habíase resignado amargamente a Su silencio.... Fray Silvestre desvió los ojos, enturbiados de pronto, y bajó la cabeza, sintiendo un arañazo de cólera en el pecho, herido en lo más profundo por aquel divino desprecio que no conseguía comprender y, menos aún, aceptar... Porque frey Silvestre sabía ciertamemnte que Dos no lo amaba. Aún contra toda lógica, aún pareciendo una blasfemia, aún desafiando todo cuanto le había sido enseñado respecto a Su inconmensurable bondad, misericordia y amor, él sabía que no se equivocaba. No lo amaba, y esta certeza lo desconcertaba y lo enfurecía, aunque luchaba para evitar tales sentimientos, pues se creía humillado, engañado. El lo había abandonado todo por seguirlo, batallaba ferozmente día tras día, esforzandose hasta casi quebrarse, en el límite de su humana resistencia, lleno de santo celo y rectitud, sin permitirse jamás un alivio, una alegría, un descanso, semejante a un guerrero alucinado, ébrio con el fragor de la batalla, que sigue adelante ciega y atrevidamente, sin claro raciocinio, sin pensar  en nada más que en luchar, herir, traspasar, cercenar, en matar al enemigo hundiendo su afilada espada hasta la empuñadura, presa de un delirante frenesí que lo empuja a alcanzar su meta suprema: la gloria. Mas qué gloria podía él esperar si todo su valor, su celo y su perseverancia pasaban desapercibidos, si eran como viento en el desierto, como broza en la cosecha, como tocones muertos o tierra yerma en el mundo de Dios? Cómo podía esperar alcanzar su meta indemne si no recibía siquiera una pequeña señal, una palabra de aliento, una mirada mitigadora de aprobación?... Veinte años llevaba aguardando, veinte eternidades de silencio y expectación, de vana esperanza, de decepción. Pero el cielo seguía prohibido para él, cerrado, enclaustrado tras las nubes. Al levantar la vista no veía sino el sol, la luna, las estrellas, las nubes, la inmensidad azul cruzada de vientos, aves, de aromas y ecos. Y a todos ellos envidiaba, ya que llegaban más cerca que él, que de aquellas alturas sólo recibía lluvia, calor, luz, nieve, obscuridad. Cual un insalvable muro, permanecía mudo y distante, como lo había estado durante toda su vida. Jamás había podido aproximarse ni un codo y ninguna mano misericordiosa se había tendido hacia él para ayudarlo a saltar, a volar, a llegar al fin. La gloria por la que suspiraba era desconocida para él, que vivía buscando la perfección hundido en el anonimato de un monasterio, en la pobreza y la aridez, sin consuelo, sin nadie que lavara y vendara sus heridas y le prodigase una caricia. Abandonado de todo y de todos. Sepultado... Y bien, no era esta celda su tumba, entonces?.
    No, el Señor no lo amaba, se repetía con sombría tristeza. Las sombras continuaban rodeándolo, amenazándolo y riendose de él y sus tonterías. Hasta parecia que la luz no deseaba  entrar en su celda, temerosa de ser tragada por las sombras de su propia angustia, que buscaba las tinieblas... Se sintió viejo, cansado, inútil.
    Levantó la cabeza lentamente y miró hacia la ventana de piedra, como pidiendo gracia y misericordia a esa claridad que daba vida al mundo. Acaso no podría poner un poco de vida en él? No podría retroceder los años, devolverle aquella juventud que en su loca borrachera de fé lo llevó a tomar este árido y largo camino que parecía no conducir a ningún sitio?.
    "De qué me ha servido todo esto? Para qué he luchado todo este tiempo?... He fracasado", se dijo, y algo como un latigazo lo recorrió entero, enroscándose en él, atenazándole la garganta, rasgandolo en tiras, arrojándole esta realidad tremenda y apabullante e los piés como si fuese un montón de basura.
    Y así se sintió él. Como nada, como si realmente no existiese, como si hubiera muerto, como si alguien se hubiese burlado intencionadamente de sus soberbios y fantásticos sueños de satidad, pues he aquí que no era nadie. No lo comprendía. No lo comprendía en absoluto. Qué había hecho mal? Pues alguna cosa debía estar equivocada... Pero repasaba una y otra vez su vida y veía que en su escudilla había siempre menos sopa, que su lecho era duro y falto de abrigo, con una piedra por almohada. Recordaba que su hábito se veía más viejo y remendado que los otros, que sus oraciones parecían durar siglos y estaban llenas de vehemencia y concentración, hincado él, inmóvil en las baldosas de la capilla, con los labios apretados y la espalga rígida. Sus penitencias y cilicios eran tan terribles y sus ayunos tan frecuentes que a veces tenía que apoyarse en las paredes para caminar. Era trabajador y no desperdiciaba palabras, era obediente, jamás salía de sus labios una queja o una petición personal, cumplía perfectamente con sus deberes, hacía todas las cosas que los santos preceptos mandaban. Era objeto de admiración y respeto entre los hermanos por su celo y devoción, cosa que secretamente lo enorgullecía aunque no estuviese bien que así fuera. Pero si Dios no mostraba su complacencia, alentándolo a seguir por la senda divina, no era entonces justificado que él se alentara a sí mismo?. Pues no sólo de fé vive el hombre, también del halago y la aprobación del mundo...
    Pero aunque era ante todos un modelo de religioso y ya le tenían como seguro candidato a los altares (aunque jamás había hecho un milagro), el cielo continuaba callado.
    En la obscura intimidad de su corazón, fray Silvestre percibía el silencio ominoso de Dios... Mas, por qué, si había hecho cuanto debía y podía para agradar al Señor, éste parecía ignorarlo, humillándolo de aquel terrible modo? Aquello era algo que no podía confesar delante de la ingenua comunidad! Nunca!.
    "Conviértete en el último de sus siervos, y entonces el mismo Dios se olvidará de tí", relfexionó con amargura, pues ésto era lo que había sucedido con él. A fuerza de intentar no sobresalir delante de Sus ojos, simplemente había desaparecido... Y en aquel momento recordó a aquellos conspicuos miembros de la igleisa a los que tantas veces había encontrado en las calles, paseando su señorío llenos de pompa y lujo, vestidos con ricas telas bordadas en pedraría, túnicas de seda, capas de brocado, de ondulante y suave terciopelo; con sus pálidas y ociosas manos cargadas de joyas, calzados con piel y finos cueros, bien comidos y bebidos, sonrientes, espléndidos, llenos de santa paciencia y lucidez sus ojos brillantes y orgullosos, repartiendo con grandes aspavientos las sobras de sus banquetes a los mendigos que, como él mismo, se acercaban al cortejo ávidos y con los ojos inyectados, como espectros escapados del averno, llenos de supersticioso terror, que se entremezclaba con el odio y la envidia... Y frey Silvestre veía a estos infelices gruñir y pelearse como perros por un hueso de cerdo o de gallina con carne colgando, por un trozo de pan blanco untado en salsa de vino y especias, o por un puñado de aceitunas y cebollas, y lleno de espanto y náuseas, se alejaba de allí corriendo, apretando con fuerza su escudilla vacía contra el pecho, jadeando, deslizandose silenciosamente por las calles más apartadas, oscuras y retorcidas, huyendo como si alguien lo persiguiera...