domingo, 5 de junho de 2016

"Infeliz"

    Y aquí están los cuentos que les prometí. ¡Espero que les gusten!




                                                        INFELIZ


    La casa era chica, demasiado llena de personas. En el invierno, una sola estufa para todos. En el verano, el techo de zinc los hacía cocinar a fuego lento. No había privacidad para nada. Un baño chico y desordenado para todos. Era obligada a compartir su diminuta pieza con dos personas más. ¿Carne durante la semana? Sólo si alguien se las regalaba. Eran porotos, tallarines, papas, ensalada de tomate y lechuga, huevos, arroz blanco... Estaba empezando a engordar como su mamá y sus hermanas... Un patio lleno de cachivaches, bicicletas que algún día serían arregladas o vendidas, cajas, tablas, los perros pulguentos que ladraban el día entero. Desayuno con marraqueta añeja, cabros chicos corriendo y gritando cuando lo único que ella quería era descansar un poco...
    El trabajo era pesado, el uniforme caluroso, el suelo de los pasillos estaba siempre inmundo, no importaba cuántas veces lo limpiara. El mayordomo era un arrogante, sus colegas desordenados e insolentes. Tenía que comerse su marmita fría porque la cocinilla no funcionaba. Los tarros de basura apestaban por todo el lugar, que en invierno se inundaba y era helado como un glaciar. En el verano los deshechos se podrían con el calor y hedían aún más. Los residentes eran unos puercos engreídos y la ducha fría antes de salir era sólo un recordatorio más de sus desgracias...
    Y mientras caminaba por la calle con el cigarro entre sus dedos flacos y llenos de callos, con el pelo todavía mojado y una piedra apretando su pecho descarnado, Olivia se preguntaba dónde era más infeliz.




                                                   AMIGA FIEL

    Los residentes del cité la veían siempre atareada, de buen humor, saludando a todos, preocupada de mantener su casa limpia y regando as flores del frente. Tenía unos visillos inmaculadamente blancos y un limpiapies que decía "bienvenido" al lado de una estatua de un perro de ojillos pícaros. Doña Carmela no era de andar haciendo visitas o metiéndose en la vida ajena, y así también no le gustaba que los demás anduvieran preguntándole sobre la suya. Nadie sabía si alguien vivía con ella -fuera sus tres gatos y un canario de trinaba de la mañana a la noche de tanta felicidad- pero siempre la escuchaban conversando, riendo, canturreando, haciendo comentarios y respondiendo preguntas. Con certeza era alguien a quien quería mucho y con el que se llevaba muy bien, porque jamás se oían discusiones, sólo aquel parloteo incesante, risas y canciones... Evidentemente, doña Carmela era una persona muy feliz, con certeza debido a aquel -o aquella- que vivía con ella y a quien el cité nunca había visto. Pero ciertamente estaba allí y mantenía a la mujer de excelente humor.
    Sólo cuando doña Carmela tuvo un repentino derrame aquella mañana mientras barría la vereda y sus vecinos corrieron dentro de la casa a avisarle al que estaba allí para que viniera a ayudar o llamara a la ambulancia, fueron a descubrir que la gran y perfecta compañía que la anciana tenía era tan sólo su fiel radio.