Y aquí va el cuento del fin de semana. El próximo creo que será publicado durante la semana, ¡pero no se preocupen, que estará ahí para que lo disfruten!...
EL ENCUENTRO
Eran cuatro esquinas. En una había un restaurante chino. En la otra un edificio público. En la tercera un mercado y en la cuarta un restaurante de comida peruana... Gente apresurada, seria, algunos con sus uniformes de la oficina, otros llevando bolsas, cajas, carritos. Algunos aprovechando el fin de tarde para una cervecita con los colegas o para hacer unas compras de última hora. Los choferes de micros y autos, impacientes, tocando la bocina como si el mundo fuera a acabarse, pensando que el tipo de adelante estaba divirtiéndose al estar en el taco y no quería avanzar para llegar luego a su casa. Las personas haciéndose el quite en las veredas llenas, pareciendo un río revuelto y ruidoso: el caos de la ciudad un día viernes a las seis de la tarde...
Y de pronto, de una de las esquinas, un hombre soltó un grito y empezó a hacer aspavientos con los brazos.
-¡Chuncho!... ¡Chuncho!...- gritaba, haciendo que algunos transeúntes volvieran brevemente la cabeza para mirarlo con curiosidad y desconcierto.
Y en la esquina opuesta, otro sujeto, con un sombrero de huaso, chaquetita corta y botas, se levantó de una mesa que estaba en la vereda, al frente de un café, y también gritó:
-¡Pataco!... ¡Aquí, Pataco!- y se sacó el sombrero y empezó a aletear con él, casi pasando a llevar a los peatones, que le hacían el quite con cara fea.
Entonces, de la tercera esquina, saliendo del restaurante peruano, apareció otro hombre, gordo y de grandes bigotes canosos, que miró hacia el otro lado, puso una cara de alegre sorpresa y, abriendo los brazos, comenzó a trotar hacia la vereda del frente exclamando:
-¡Pataco!... ¡Chuncho!... Cabros, ¿pero qué están haciendo por aquí?...- y atravesó la calle riendo estruendosamente, al tiempo que los otros dos también lo hacían.
Se encontraron en la cuarta esquina, donde justo en ese momento salía del mercado un señor de cabellos canosos cargando una pila de bolsas llenas. Al toparse con ellos se detuvo bruscamente, al igual que los otros tres. Se miraron mutuamente, abriendo sendas sonrisas de sincera alegría y emoción, medio incrédulos, y finalmente se aproximaron para abrazarse efusivamente.
-¡Pero cómo es posible, cabros?... ¿Cuándo llegaron a Santiago?
-Yo llegué ayer y me vine a pasear y a ver as novedades.
-Yo traje a mi suegra, que tenía hora al médico.
-Yo vine a comprarle una de esas porquerías tecnológicas a mi nieto... Ya saben, los cabros hoy en día sólo quieren esas cosas...
Y delante de esta tremenda casualidad, los cuatro decidieron que había que celebrar y se fueron a almorzar juntos. Porque coincidencias como esta entre amigos que viven lejos, no suceden todos los días.