domingo, 23 de agosto de 2015

"Domingo ocioso, ¡qué maravilla!"

    Y como en un buen domingo ocioso que se precie, hoy me voy a dedicar a escribir, ¡porque ni almuerzo tengo que hacer!... Ya estoy con unas ideas nuevas para más historias, y como el próximo fin de semana no va a pasar nada porque voy a estar dedicada totalmente a regalonear a mi hijo, entonces aprovecho este ocio para producir y tener bastante material para la otra semana, cuando mi hijo se haya ido... Voy a estar medio triste, pero me voy a distraer posteando esas cuentos.
    Entonces, aquí van los de esta semana:




                                                     DESPACIO

    La Patricia era gorda. Muy gorda. Y lenta. Todo lo hacía despacio, como si tuviera que pensarlo detenidamente antes de hacer el siguiente movimiento. También hablaba lentamente, como masticando cada palabra, sintiéndole el sabor, la sazón, la textura. Para cualquier cosa había que llamarla con harta anticipación, sino llegaba atrasada. A la hora de comer todos dejaban que ella empezara primero porque, fuera que su plato era enorme, ella hacía cuestión de saborear cada cucharada, cada pedacito, cada gota de la salsa, cada hoja, grano, tajada, rodaja o migaja. Cerraba los ojos y entraba en una especie de éxtasis, recostando su espalda de colchón en la silla, que crujía y se curvaba, apenas aguantando todo ese peso. El resto de la familia -todos delgados y frenéticamente atléticos, aterrados de llegar a ser como la Patricia- comía en silencio, de cabeza gacha, y estremecía al escuchar los ruidos que la hija hacía al saborear la comida... No le pedían que ayudara a lavar los platos ni a hacer nada  en la casa porque mientras ella estaba recién levantándose para ir a dejar la loza a la cocina o a buscar la escoba, los demás ya habían lavado, o barrido, o regado, o comprado el pan, o sacado al perro a pasear...  La Patricia era demasiado lenta. "Despacio" parecía ser el lema de su existencia y le importaba un pito la exasperación que esto le causaba a los demás, que vivían corriendo, urgidos, estresados, cumpliendo horarios, metas, compromisos. Era algo que no tenía remedio y todos ya estaban resignados... Sin embargo, ya había algunos que sospechaban que, mismo que hubiera sido delgada, las cosas habrían sido iguales. Ser gorda era sólo una confirmación de este lema, porque así nadie podía apurarla ni criticarla por ser tan lenta, ya que este defecto era propio de las personas obesas. ¿Alguien ya se imaginó un flaco lento? A no ser que tuviera una anemia aguda... Pero, a pesar de todo esto, había algunas veces en que las personas miraban a la Patricia con una cierta envidia y secretamente deseaban ser así, gordas y "despacio", porque la prisa, la exigencia y las reglas sociales las estaban matando.




                                             EL MILAGRO


    Hoy ocurrió un milagro. Parece que ayer en la noche el monstruo de la esquina se manifestó por última vez. Se apagaron las luces, todos fueron saliendo, animados, bromeando, haciendo planes. Yo los escuché, como escucho todo, porque son tremendamente escandalosos y se gritan las cosas de un lado a otro... Entonces se hizo el silencio, ese que yo me pasó esperando el día entero. Ahora podía ver televisión, hablar por teléfono, asomarme al balcón a contemplar el paisaje, escuchar música clásica... No podía creerlo. Salí a la terraza y estiré el cuello para ver si había algún sonido, por menor que fuera. Nada. Sólo los perros de la comisaría y las campanas de la iglesia. Miré hacia el monstruo. Estaba obscuro, quieto, con sus dragones inmóviles y finalmente callados. Hasta parecían indefensos y tristes. Era realmente increíble: la construcción estaba silenciosa... Hasta el Lunes a las ocho de la mañana va a ser el paraíso en la tierra.

domingo, 16 de agosto de 2015

Post operatorio

    Bueno, y después de este receso operatório por mi hija -que está yendo muy bien- vuelvo a mi rutina y como estoy más tranquila, la inspiración ya está volviendo también, entonces, ¡prepárense para una nueva cosecha de cuentos!... Ya estoy con una hojita llena de anotaciones para desarrollar, así que van a tener historias para leer al lado de la estufa, con certeza. Entonces, aquí van otras tres. ¡Que los disfruten!



                                                 LA TRANSFORMACIÓN


    Nunca se supo de dónde llegó, pero un día en la mañana apareció en medio de la turba de borrachos que se juntaba en la plaza, desentonando con su ropa limpia y planchada y sus zapatos lustrados, el rostro afeitado, las uñas impecables y los dientes blancos. Y ese hablar pausado y coloquial, educado, lleno de tolerancia y una extraña tristeza. Primero, los curados lo agarraron a tallas y hasta le pidieron plata para ir a comprar algo para comer, pero él no se dio por aludido y les siguió la corriente, sonriendo con indulgencia delante de la desfachatez del grupo. Se sentó tranquilamente en un banco a su lado y empezó a conversar, les pasó cigarros y con su plata los acompañó a comprar más  cerveza y vino a la botillería de la esquina. El grupo estaba desconcertado, desconfiado de tanta generosidad y simpatía de parte de un tipo al que nunca habían visto y que, obviamente, no pertenecía a su clase. Pero el Carlitos -así dijo llamarse- siguió volviendo todos los días, quedándose  cada vez hasta más tarde, trayendo algunos regalos y un poco de plata que alegremente repartía con la pandilla. No le importaba que anduvieran andrajosos y apestaran, que hablaran a gritos y a veces se agarraran a combos por tonterías, que pidieran limosna y que durmieran amontonados en un colchón viejo arrimado a una pared. Al contrario, parecía sentirse totalmente cómodo y, pasada la primera sorpresa, todos lo acogieron sin preguntas ni condiciones. ¿De dónde venía? ¿Cuál era su historia? ¿Había una familia, hijos, un trabajo? ¿Cuál había sido el fracaso, la decepción, la mala suerte que lo había llevado allí? ¿De qué huía? ¿Qué pretendía olvidar? ¿Por qué había escogido esa vida?... Y Carlitos, poco a poco, día tras día, fue mimetizándose con aquellos borrachos, comenzó a hablar y a gesticular como ellos. Su figura se transformó, su ropa fue deteriorándose, llenándose de manchas y agujeros, de arrugas y mugre. Los zapatos los perdió en algún momento y ahora andaba con unas chancletas que había encontrado en un basurero. Le creció la barba, se le enturbiaron los ojos, las uñas se le pusieron negras y aprendió a beber como un profesional.... Pero nunca perdió la elegancia al dirigirse a las personas para pedirles algunas monedas. La voz le salía un poco insegura y gastada, pero continuaba siendo encantador y sereno, con una distante y elegante tristeza que nunca nadie consiguió quitarle. Ese era su secreto y los otros aprendieron a respetar su silencio.
    Y así como había aparecido aquella mañana, un día se fue al anochecer y no regresó más. Los borrachos lo vieron alejarse, tambaleando, hacia las sombras de un callejón, seguido por unos perros que andaban con ellos. Una vez se volvió y les hizo un gesto de despedida... La noche se lo tragó junto con su secreto. Y así como nadie se preguntó cómo había llegado allí, tampoco se preguntaron por qué había desaparecido. A final de cuentas, sólo era uno más.




                                         PLANEANDO EL DÍA


    Estaba amaneciendo. Una tenue claridad empezaba a entrar por la ventana sin cortinas. A Rafael le gustaba así, ara poder ver el cielo al dormir y al despertar. Esa visión -no importaba si estaba nublado- siempre le levantaba el espíritu. Entreabrió los ojos y bostezó, estiró los brazos, se masajeó la cabeza y esbozó una sonrisa. Pestañeó para aclararse la visión y distinguió las últimas estrellas en el cielo de acero... Iba a ser un buen día. Era feriado, entonces no tenía que ir a la universidad y podía salir a pasear, quedarse en el parque observando a la gente pasar, a los turistas sacándose fotos, a las chicas paseando con sus perros, podía ir a tomarse un helado, quien sabe encontrarse con algún amigo... ¡Eso! Podía llamar al Gonzalo para que más tarde fueran a jugar basquetbol en la cancha del club. Le encantaba competir con él y ganarle porque así lo hacía pagar el almuerzo. En la tarde podía dedicarse un poco al proyecto del edificio comercial de la universidad y después ir al cine o visitar alguna exposición... Rafael sonrió de nuevo y silenciosamente agradeció por este nuevo día que empezaba, lleno de posibilidades... Entonces, se sentó en la cama, estiró el brazo y acercó la silla de ruedas.





                                                      EL CHUECO


    Como no tenían recursos, cuando el médico les dijo que Julio había nacido con una malformación congénita en las piernas, sus padres se tragaron la pena, el susto y la frustración y se lo llevaron así mismo a la casa. No tenían cómo pagar esa cirugía que el médico les había sugerido, entonces, el Julito iba a tener que quedarse así no más, con las piernas chuecas, las rodillas juntas y los pies para adentro, casi arrastrándose para poder desplazarse. Daba congoja mirarlo esforzarse para no tropezar en sí mismo y llegar ileso a su destino, no importa lo cerca que fuera. Pero los primeros años vivía lleno de moretones y magulladuras y tenía que apoyarse en todo para poder caminar. En el colegio lo apodaron de "el chueco" y se reían a carcajadas viéndolo tratar de hacer algo en las clases de educación física. Pasaba más en el suelo o en las colchonetas y por su manera de estar en pie lo tapaban a tallas, porque parecía una moza con ganas de ir al baño... Pero él no se dejaba amedrentar y seguía adelante, cada vez más seguro y decidido. Encontró una forma de andar sin caerse ni apoyarse, aunque para ello gastaba un par de zapatillas al mes, ya que se movía, pero al hacerlo, arrastraba la punta de un pie y el costado del otro. Pero se movía, eso era lo que importaba. Esto lo volvía independiente, para orgullo y terror de sus padres. Cuando salió del colegio se puso a vender jugo de naranjas en una esquina para ayudar a pagar la universidad. Quería ser un empresario... Y así, se le veía todas las mañanas, todavía oscuro, empujando un carrito de mercado lleno de naranjas por la calle, corriendo de aquel modo tan gracioso y contrahecho, el sonido de sus pasos arrastrados resonando entre los edificios. Llegaba a su esquina, arreglaba todo y se pasaba el día exprimiendo naranjas y atendiendo gentilmente a los transeúntes, que ya empezaban a conocerlo. En la noche iba a la universidad, llegaba después de las doce, comía cualquier cosa y se iba a la cama para dormir su mezquino sueño y levantarse al alba para empezar todo de nuevo. Andaba siempre medio sudado por el esfuerzo que debía hacer para caminar sin perder el equilibrio, pero era cumplidor, leal, honesto, inteligente, creativo, el mejor alumno de su clase... Y todavía seguían llamándolo "el chueco"... No había cómo...
    Hoy día, Julio dirige una empresa que fabrica embalajes de plástico, vive en una buena casa, en un buen barrio, está casado y tiene dos hijos. Nunca se hizo la famosa cirugía, a pesar de que ahora tenia plata para hacerlo. Se había acostumbrado a lo que era, al desafío de enfrentar el mundo cambiando lo que era realmente importante. Ya no le incomodaban sus piernas y podía comprarse varios pares de zapatos al mes. Y, fuera eso, había terminado por encariñarse con ese apodo que había ganado en el colegio, pues en vez de recordarle su malformación, le gritaba su éxito: "el chueco"-

segunda-feira, 3 de agosto de 2015

¡Fue culpa de la celebración!

    Ya sé que había dicho que iba a publicar esos cuentos ayer, pero se me había olvidado que mi hija y yo íbamos a salir para celebrar por adelantado mi cumpleaños -en realidad es este martes, pero ella trabaja, entonces decidimos hacerlo el domingo- y salimos a almorzar, a pasear, vimos un programa de danza, yo salí  con mis perritas, tomé una rica once y... ¡ya no tenía más aliento para nada! Entonces, perdonen porque les había prometido esos cuentos para ayer. Pero en fin, aquí están, medio atrasaditos, pero pueden leerlos igual cuando lleguen a la casa al lado de la estufa y tomándose una rica sopa calientita.




                                                       CARTAS


    Pueden tacharme de anticuada, retrógrada, jurásica, lo que quieran, pero ¿ por qué no puedo sentir nostalgia de as palabras escritas en un papel? ¿De la emoción de ver al cartero aproximarse y tocar el timbre? ¿De esa sensación que hace cosquillas en el corazón al rasgar el sobre y desdoblar las hojas blancas llenas de letras? ¿De la mirada que se atropella para leer as noticias, las confesiones, las declaraciones?... Porque parecía que sosteniendo el papel en tu mano las emociones iban creciendo despacio, intensas, profundas, porque había más tiempo, porque la mente volaba al imaginar lo que las palabras describían y uno suspiraba, cerraba los ojos, se secaba una lágrima, se apoyaba la carta en el pecho, sentada en el sofá, en la orilla de la cama, en la silla de la cocina... Y no delante de la pantalla brillante de un computador. Todo escrito en abreviaturas, todo rápido, como si la otra persona en realidad no tuviera muchas ganas de escribirte. Frases pobres, sin detalles, casi sin emoción, como cumpliendo una obligación aburrida. La letra toda igual, perfecta y fría, salida no de una mano, sino de un teclado... No hay papel, sobre, estampilla, alguna mancha, unas arrugas. No hay cartero amigo al cual preguntarle o contarle algunas cosas sobre quien escribe, dónde está, cuánto se le echa de menos, si está todo bien. A final de cuentas, las cartas son escritas por personas que tienen historias para compartir y parece que al escribirlas en una hoja de papel, tomándose su tiempo, creando ese clima especial  y tan íntimo, se nos acercan más, se vuelven más reales y cálidas. La carta corre una aventura de incertidumbres hasta llegar a nuestras manos, es heroica, fiel, se puede guardar, se pone vieja y amarilla y nos recuerda todo tipo de emociones que podemos revivir cada vez que la abrimos y volvemos a leerla...
      Por eso, sólo abrí este e-mail para comunicarles a todos mi dirección, para que me manden cartas que pueda tocar y conservar en una cajita en vez de que desaparezcan en un archivo o cuando el computador se pesque un virus mortal y se pierda todo lo que hay en él.





                                             PENSIONADOS


    Y ahí están, sentaditos, quietecitos, con sus bastones muletas y bolsas, bien abrigados contra ael frío inclemente de la calle con todo tipo de abrigos, chales, gorros, guantes, bufandas y medias de lana. Ese frío que tuvieron que enfrentar bien temprano en el paradero, en el bus de asientos duros que les hace doler los huesos cansados, en la fila para tomar un número para ser atendidos. Algunos están callados, con la vista perdida a lo lejos. Otros se animan al encontrar a estos "compañeros" y conversan, cuentan de sus achaques, de los doctores y los remedios -especialmente por lo caros que están- de los nietos y los hijos que viven tan lejos... La sala de espera está templada, los asientos son  más o menos confortables, hay una televisión encendida donde está pasando uno de esos programas matinales de variedades, recetas y chismes. Unos lo ven, para distraerse y hacer más llevadera la espera. Otros dormitan, cansados. Algunos se ven tan frágiles y solitarios, están callados y cabizbajos, sumidos en sus pensamientos y problemas... La parafina, el pan, la gotera, sólo hay tallarines en la despensa, dos huevos, una gelatina y un poco de pechuga de pollo cocida que sobró de ayer. Y la pensión es esa porquería. Los remedios se la llevan toda y apenas sobra para el resto de las necesidades... Pero ahí están, fielmente, tratando de ser dignos, de resignarse, de aguantar, sabiendo que después de ser atendidos por esas muchachas tan simpáticas y animadas, van a tener que hacer el viaje de vuelta a sus casas oscuras y frías, a sus piezas apretadas en edificios arruinados, en calles sin veredas ni árboles, llenas de perros huachos y bandidos, de pobreza y olvido, y van a tener que arreglárselas para sobrevivir hasta el próximo mes, cuando esta aventura sin futuro se repetirá.



                           
                                                       PASOS


    Quien vive en departamento sabe de lo que hablo: vecinos arriba, vecinos abajo, vecinos a los lados. Y con todos sus ruidos incluidos. Cada uno tiene los suyos, con horario y todo, y casi se puede adivinar la vida que llevan con los sonidos que provienen desde detrás de sus puertas y paredes. Por ejemplo, la señora de abajo es bastante discreta, pero tiene un poodle temperamental que se pone nervioso y ladra sin parar todas las veces que ella recibe visitas. Hace unas fiestas animadas algunos fines de semana y habla por teléfono a toda boca en la terraza con alguien que debe vivir en el extranjero, porque generalmente las llamadas son a unas horas bien extrañas. Lo peor es cuando fuma y suelta el humo por la ventana porque me llega todo a mi living y me veo obligada a cerrar los ventanales y mi departamento queda oliendo a lo que almorcé ese día durante una semana... Los vecinos de los lados como que van y vienen. A veces están por un par de semanas, llenos de peleas, chiquillos gritando y maletas, y después se van y queda todo deliciosamente silencioso. Yo creo que son de otra ciudad y compraron este departamento para venir a pasar feriados largos y vacaciones.
    Ahora, mis vecinos de arriba... Son un misterio y una constante preocupación, porque creo que un día uno de ellos va a aterrizar en el medio de mi living, tanto es el ruido que hacen. De ellos sólo escucho los pasos. De zapatillas, tacos altos, botas, de saltos y carreras. Algunos portazos al amanecer -parece que les gusta la jarana- unas pelotitas rebotando y deslizando por el suelo y unos golpes sordos que parecen los intentos de ejercicio de alguien gordo y torpe. Eso fuera los taladros y martillazos los fines de semana o justo cuando estoy tratando de dormir mi sagrada siestecita... ¡Parece que están en eterna remodelación o que compran estantes y cuadros nuevos toda semana!... A veces son pasos rápidos y leves. Otras pesados y lentos. En algunas ocasiones firmes y claros, en otras irregulares y arrastrados. ¡Hasta parece que conversan entre si! llevan una vida sin horarios, parece que no pasan mucho tiempo juntos y salen separadamente a cualquier hora. ¿Es una pareja con un hijo gordo? ¿Son jóvenes profesionales? ¿Son una pareja que está tratando de congeniar?... A veces me dan ganas de subir y tocar el timbre sólo para verles las caras y comprobar si corresponden a la imagen que yo me he hecho escuchando sus pasos...
    Y de repente me pregunto, sobresaltada: ¿será que mi vecino de abajo también escucha mis pasos y se pregunta las mismas cosas?