sábado, 10 de maio de 2014

"El chantaje"

   Y como lo prometí, aquí está, finalmente, el cuento. Demoró, pro más vale tarde que nunca, ¿no es verdad? Espero que lo disfruten tanto como yo al escribirlo. Ya estaba casi completo en mi cabeza, sólo le faltaba un empujoncito de voluntad y disciplina, entonces me senté, decidida a parirlo, y en una hora y media, más o menos, estaba listo... ¡Promesa cumplida!.



El estómago le estaba roncando, no lo dejaba dormitar. Sentado en el banco del paseo bajo ese plácido sol de inicio de verano, Mario trataba de reponerse de la noche pasada, en la que se reunió con sus amigos y se fueron de juerga hasta la madrugada, tomándose todo lo que pudieron comprar con las limosnas del día: vino, cerveza, coca cola, ron, vodka... Se comieron unas dos bolsas de papitas fritas y algunos sandwiches de mortadela con queso, pero fuera eso, la cosa fue pura tomatera, entonces estaba con el estómago en la espalda, pareciendo un saco vacío y arrugado. Su enorme panza no lo delataba, pero en realidad estaba muriéndose de hambre. No se acordaba si se había dormido en ese mismo banco, tapado con su frazada inmunda y deshilachada, o si algún amigo lo había convidado al refugio y después se había venido al paseo a terminar de pasar la mona... La cosa es que ya había registrado en todas sus bolsas y en los basureros cercanos y no había encontrado nada digno e un buen desayuno. Era demasiado temprano para las sobras de os funcionarios de los edificios, los estudiantes y los médicos del centro de salud. Todo era del día anterior, entonces ya estaba revuelto y medio podrido. Luego los barrenderos pasarían y limpiarían los basureros, ahí sí podría entonces regodearse con los restos de café, media lunas, aliados, queques y yogurts el desayuno de los transeúntes. Pero por el momento, la cosa estaba fea. Fuera el tremendo dolor de cabeza por la mescolanza de bebidas, empezaba a sentirse débil y mareado, con  un frío y una tembladera que ya conocía muy bien... Se le acercaron un par de perros, flacuchentos y pedigüeños, de pelo áspero y despeinado, y se lo quedaron mirando y meneando la cola, esperando algo, como siempre. Las palomas también andaban merodeando por ahí, arrullando e hinchando el pecho, acostumbradas a sus migajas. Porque eso tenía de bueno el Mario: todo lo que conseguía lo compartía, ya fuera con los animales o con otros mendigos que deambulaban por allí y que a veces estaban en peor situación que él. Por lo menos no le faltaban zapatos -unas zapatillas que le quedaban chicas y no tenían cordones, pero que le mantenían los pies calientes en la madrugada- una buena parca, piojosa y toda rasgada, pero con un buen relleno, que se escapaba por los agujeros a cada rato. Tenía un gorro de lana medio apolillado y un remedo de guantes hechos con dos calcetines agujereados... Sí, definitivamente estaba mejor que muchos. Hasta tenía sus lugares fijos donde ir a buscar comida, en los cuales era prontamente atendido, entonces era difícil que pasara hambre o sed. Y siempre tenía los basureros, claro, donde nunca faltaba un medio vaso de café o té, unos restos de fruta o ensalada, pedazos de pizza o sandwiches, de repente pasteles y una vez hasta un buen pedazo de torta con una velita y todo. Esa vez fue muy genial, porque se imaginó que era su cumpleaños y encendió la vela y se cantó "happy birthday" y todo, la sopló y pidió un deseo, pero después no se acordó de cuál era, porque como estaba celebrando, aprovechó para tomárselas todas y despertó en la puerta de una iglesia que no conocía...
    Su estómago volvió a gruñir, revolviéndose, inquieto. Mario cambió de posición y suspiró. Tenía hambre, pero le daba flojera levantarse de ahí e ir atrás de su desayuno. Estaba demasiado gordo. Todo el mundo se lo decía, pero él no les hacía caso.
    -No me molesta nada.- les respondía con su voz sorprendentemente culta y suave.
    Tal vez por eso a veces las personas se acercaban para pedirle información o conversar, a despecho del hedor insoportable que despedía. Porque esa era su mayor característica: su mal olor. Y no se trataba puro de que no era de que no era agradable, es que simplemente apestaba. Todos sabían que estaba llegando o que había estado en algún lugar por el hedor que lo antecedía o que dejaba para atrás. Era una mezcla insalubre de mierda, sudor, orina, comida rancia, humedad y todo tipo de cosa, consecuencia de no bañarse hacía años. Una costra negra y áspera cubría buena parte de su cuerpo, sobre todo las expuestas a la intemperie, y su pelo y barba eran como un gorro y una bufanda grises y despeinados donde se perdían los piojos y los restos de comida.
    -¿Para qué me voy a bañar?- discutía cuando alguien trataba de convencerlo de que se aseara un poco, por su propio bien -¡La mugre me mantiene calientito!...
    Y probablemente era verdad, porque la costra era tan gruesa que el frío no debía entrar por allí.
    Lo curioso era que Mario no era uno de esos mendigos locos e ignorantes, que andaban por ahí gritando e importunando a las personas con su miseria. No, él hacía gala de una especie de digna independencia. Nunca se le veía extender la mano para pedir o atravesarse delante de alguien para exponer sus dramas y provocar lástima. Nada de eso, él caminaba despacio, como un rey por sus dominios, cargando su montonera de bolsas, paquetes, diarios -porque le encantaba sentarse a leer al diario al sol- frazadas y a veces un bastón, y se las arreglaba solo. Sus mejores amigos eran los basureros del paseo, siempre llenos de de sorpresas para su insaciable hambre. Era increíble, la gente botaba todo tipo de cosas, inclusive unas que todavía servían. Era de ahí que había conseguido sus tenis, la parca y la frazada. Una vez hasta encontró una almohada casi nueva, con funda y todo, pero ahí llegó otro mendigo, un desharrapado que andaba con las nalgas al aire porque no tenía un cinturón para amarrarse el pantalón demasiado grande, y lo quedó mirando mientras él sopesaba y estiraba la almohada, sonriendo al imaginarse con la cabeza descansando en ella. Y el tipo tenía unos ojos enormes de sufrimiento y carencia, unas manos flacas y azules de frío, y una boca que parecía masticar el aire de tanta hambre, que le dio pena y terminó entregándole su tesoro con su más galante sonrisa. El hombre lo contempló durante un momento, estupefacto, pues si se tratase de otro, en aquel instante estarían agarrándose a combos para ver quién se quedaba con la almohada. Pero Mario era un caballero, todo el mundo lo sabía. Entonces, cogió la almohada, la estrechó contra el pecho y se alejó, balbuceando unas palabras de agradecimiento, mirando para atrás de vez en cuando con miedo de que Mario se arrepintiera y viniera atrás de él para quitársela. Pero Mario jamás haría una cosa de esas. Simplemente no estaba en sus reglas de comportamiento.
    En contraste, las personas no tenían ese tipo de compasión hacia él, no sabía si por su porte orgulloso o su aire distante y auto suficiente. Nadie le ofrecía ropa, comida, dinero. Le preguntaban cosas, lo saludaban, podían sonreírle, pero no se apiadaban de él. ¿Será que parecía intimidante?¿O era muy gordo y descuidado? ¿Tenía aspecto de enfermo y por eso la gente tenía recelo de acercársele mucho? ¿O era porque estaba siempre solo?... Se demoró en darse cuenta, pero finalmente descubrió qué era lo que alejaba a las personas: su hedor. Era increíble como la gente podía ser quisquillosa con esas cosas. Pero a él le parecía algo natural, a lo que estaba acostumbrado, que le daba aquella sensación de hogar, de seguridad, de identidad... El problema eran los demás. Nunca se desharía de esta característica que lo hacía sentirse único, pero no podía dejar de darse cuenta de que la misma era un obstáculo cuando se trataba de conseguir cosas, de entablar conversaciones con otros que no fueran mendigos tan apestosos como él. Todos se tapaban la nariz, desviaban la cara, hacían muecas y fruncían la boca, francamente desagradados. Y esto significaba que no tendría otro medio  de alimentarse a no ser registrar los basureros, lo que no le desagradaba por completo, pero es que a veces le daban ganas de una cosa diferente, más fresca, entera, sin estar mezclada con con otras sobras, molida, revuelta o medio ácida... ¿Cómo hacerlo, entonces?...
    Y una vez lo intentó. Era todo o nada. Era una mañana en que estaba muy frío y él daba todo por una buena taza de café con leche y un barros jarpa, ¿pero dónde conseguirlos? El sabía dónde tenían, pero con certeza no le iban a dar uno de esos así, porque sí no más... Pero de todos modos decidió arriesgarse y fue hasta la fuente de soda de la esquina. Tal vez podría ser un completo o una media luna en vez del barros jarpa, cualquier cosa, se moría de hambre y de frío... Empujó la puerta y entró, despacito, tímido, ensayando una sonrisa de disculpa. E local pareció parar en el momento en que cruzó el umbral. Todos hicieron una cara extraña y se volvieron hacia él, obviamente escandalizados y asqueados por el hedor que invadía la sala. Algunos clientes, inclusive, se levantaron y salieron, tapándose la nariz.
    -¿Qué se le ofrece, caballero?- preguntó uno de los garzones, de lejos, con una vocecita incrédula y ofendida.
    -Yo quería...- empezó a decir Mario, encogiéndose, humilde.
    Y en ese momento surgió de la cocina el que parecía ser el dueño, y, mirando a Mario con desdén e impaciencia, lo interrumpió y le ordenó al garzón con voz áspera:
    -Dele lo que quiera, y que se vaya luego.- y regresando a la cocina exclamó, aventándose con un paño -¡Por Dios, me está apestando todo el local!...
    Entonces el garzón, sin acercársele, preguntó, fingidamente amable:
    -¿Qué es lo que va a querer el caballero?- y automáticamente preparó su libreta y su lapicera.
    Mario permaneció algunos segundos paralizado, incrédulo, sin entender muy bien lo que estaba sucediendo. Pero de a poco empezó a darse cuenta de que estaba en una posición de ventaja y que, por causa de su mal olor, podía regodearse y pedir lo que quisiera. ¡Increíble! ¡Finalmente la carniza le servía para algo!.
    -Bueno...- empezó, irguiéndose, solemne, serio -Yo quería, si fuera posible, una taza grande de café con leche, un barros jarpa, un pedazo de queque y una media luna.... Por favor.- concluyó, muy meticuloso, y sonrió secretamente satisfecho al ver al garzón anotando dedicadamente su pedido, como si se tratara de un cliente vip. ¡Qué sensación buena!.
    El muchacho corrió a la cocina, cuya puerta de vaivén se cerró atrás de él con un susurro, y Mario escuchó una pequeña y breve discusión allá adentro. Volvió a sonreír. Quería escoger una mesa para acomodarse y disfrutar su merienda, perpo cuando dio el primer paso, se oyó una voz estentórea de allá del fondo:
    -¡Y que se lo vaya a comer allá afuera, por el amor de Dios!... ¡Ya voy a tener que desinfectar el local después que se vaya!
    Un segundo después reapareció el joven con su pedido, pero no en una bandeja, sino en unas bolsas de plástico. Se aproximó, mal disfrazando su repugnancia, y le pasó las bolsas.
    -Aquí está caballero. Muchas gracias.- dijo, y se alejó en seguida, yendo a esconderse en un rincón del salón, donde pensó que tal vez el hedor no lo alcanzase.
    Mario cogió las bolsas, un poco desconcertado, y sonrió gentilmente, hizo una pequeña reverencia y se volvió para salir. No se iba a botar a fresco y se iba a ofender, no. Ya estaba suficientemente bueno como para que viniera a dárselas de quisquilloso. Salió a la calle y buscó su banco preferido para sentarse y tomar su desayuno... Cerró los ojos con placer y suspiró. Pues bien, ahí tenía una utilidad para su carroña: un discreto y efectivo chantaje que podía hacerlo ganar muchas cosas buenas. Pero no podía abusar, sino acabaría saliéndole el tiro por la culata. Sólo de vez en cuando, cuando quisiera darse un gustito. Para el resto de los días aún tenía a sus amigos basureros.
    

domingo, 9 de março de 2014

"El loco Jara"

    Me demoré un poquito, pero finalmente conseguí escribir mi tercer cuento, ya con mucha más intimidad con el idioma, y debo decir que fue realmente un placer. Espero que ustedes lo disfruten tanto como yo. Estoy empezando a re-conocer mejor a mi país y a su gente y estoy descubriendo, muy feliz, que son una fuente constante de inspiración. Espero que mis palabras logren traducir todo el encantamiento que me producen y que alcance sus corazones con ellas.
    Y aquí va:


    La luz empezó a entrar por el agujerito de la cortina, ese que se le había hecho con el cigarro. Era un rayito finito, bien finito, medio azul. ¿Ya eran las cinco? No sabía porque se le había echado a perder el despertador que le había regalado su mamá... El loco Jara se dio vuelta en la cama, arrebujándose en la frazada vieja y hedionda. Sábanas no tenía, piyama tampoco. Dormía vestido. En Agosto hacía demasiado frío para acostarse sólo en calzoncillos... Miró el cajón que le servía de velador. Había tres frascos amarillos, todos vacíos. Los remedios se le habían acabado y no tenía plata para comprar más. Es que lo habían despedido la semana pasada. Todo por culpa de los perros, que lo andaban siguiendo por todas partes. ¿Pero qué culpa tenía él si les caía bien? Ya saben como es quiltro, se le da una migaja y el infeliz empieza a seguirte a donde vayas. ¿Qué culpa tenía él? Don Bernabé, ese viejo del infierno, era el que había empezado a meterse con ellos y a gritonearlo porque los animales le ladraban a los transeúntes y le revolvían las bolsas de basura.
    -¡Sale p'allá con tus porquerías, loco!- le gritaba, delante de todo el mundo -¿No veís que están dejando la cagáa? Ya basta contigo gritando y cantando y molestando a a gente, Jara, córtala!.
    El loco no se acordaba cuándo fue que esos perros empezaron a seguirlo. A lo mejor esa tarde en que se fue a comer un completo al puesto de don Pepe y le dio unos pedacitos de salchicha a un quiltro que andaba por ahí, puros huesos y cara de hambre. Parecía que se había revolcado en el barro y cojeaba de una pata delantera. ¡Puchas, le dio pena! ¿Eso es un crimen? Lo halló medio parecido con él mismo: pelucón, sucio, flacuchento, perdido, pedigüeño... Con los otros perros debe haber sido igual, pero no se acordaba.
    ¿Ya eran las cinco?... El loco se dio otra vuelta en la cama. Ya podía escuchar a los vecinos levantándose, saliendo a comprar el pan, abriendo puertas, despidiéndose. Olorcito a café... Fue entonces que se do cuenta de que tenía hambre. No comía nada desde ayer, sentía el estómago hundido y estaba empezando a hacer unos ruidos muy graciosos. ¿Será que le había sobrado algún pedazo de pan, una manzana, o de esos porotos que doña Carmen le había convidado antes de ayer?... Acordándose de lo buenos que estaban, el loco se levantó de un salto y fue a encender su cocinilla. Bueno, la rejilla encima de los ladrillos que estaba en la habitación. Escarbó un momento entre el desorden que que había encima de una mesa de tablas disparejas y encontró los fósforos y el tiesto de los porotos. Le sacó el trapo que lo cubría y se lo acercó al rostro. Un desagradable olor a ácido le llenó la nariz.
    -Puta madre, se echaron a perder...- masculló en la penumbra. Y en un repentino arranque de rabia, abrió la puerta de su casucha y de una patada mandó el tiesto al medio de la calle, soltando un improperio.
    Un hombre que iba pasando tuvo que hacerse a un lado para que no le cayera encima, y le gritó:
    -¿Qué te pasa, loco, tai muy fino pá comer porotos que los andai botando a la calle?- y lanzó una carcajada.
    El loco se lo quedó mirando, jadeante, temblando de frío, e hizo un ruido despectivo con la boca mientras regresaba al interior de su casa.
    -¿Te los querís comer tú, idiota?-, dijo, rascándose los piojos.
    Ese era su problema, nadie se lo tomaba en serio. Todo el mundo se reía de él y vivían tirándole tallas por su ropa, su pelo, su radio a pila, sus zapatos, su falta de aseo... ¿Qué culpa tenía él de ser tan chico e flaco que toda la ropa que le daban le quedaba grande? Tampoco tenía baño ene su casa, ni espejo para cortarse el pelo. ¡Ni tijera tenía! Y ellos tenían su televisión, pero a él sólo le había quedado esa radio a pila que su papá le había regalado cuando cumplió quince años. Tremendo regalo. Andaba el día entero con ella prendida, hasta que se le acabaron las pilas y ahí tenía que andar haciendo pitutos para ganar plata y comprarle unas nuevas, porque su papá le había dicho que había juntado para comprarle la radio, pero no las pilas. Y él no vivía sin su radio. Se ponía los audífonos e salía a la calle, a barrer el paseo, y cantaba a voz en cuello mientras juntaba los montones de basura que la gente botaba.
    -Oye, ¿cómo se junta tanta mugre aquí?- le había preguntado una vez a don Bernabé, antes de que se pelearan.
    -Pá que veai, loco, los ricos son pura pose, pero en el fondo son tan mugrientos como tú y yo.- le respondió el viejo, mirándolo con picardía con su ojo bueno. El otro se lo habían sacado porque se pescó una infección cuando era más joven, un fin de semana que se fue a la playa con unos amigos. Se le había metido un bichito, le dijeron, y se lo arrancaron sin compasión. El loco estaba convencido de que fue ahí que don Bernabé empezó a ponerse amargo y pesado. Era mandón y gritón con todos los barredores, se creía el jefe y andaba siempre con su celular y su cuadernito, vigilando y acusando. Él que le había ido con el cuento de los perros al patrón, el viejo huevón, y cuando lo llamaron para comunicarle que estaba despedido, lo único que le dijo fue:
    -Yo te avisé, loco. Yo te avisé.
    Pero de todas maneras, a él le dieron ganas de darle una patada en el trasero, por desgraciado. ¿No se daba cuenta de lo que había hecho? ¿Dónde más lo iban a emplear? ¡Lo único que sabía hacer era barrer! ¿Y cómo se iba a comprar los remedios ahora? El médico del hospital le había dicho que no podía dejar de tomárselos porque si no iba a empezar a hacer cosas malas, extrañas, peligrosos. Y él no quería eso. Él quería estar bien. El trabajo en la municipalidad le había ayudado a comprar los medicamentos más baratos, pero ahora que lo habían echado, ¿cómo lo iba a hacer?... La mansa cagáa que se había mandado el viejo Bernabé. Si él hacía algo malo, la culpa iba a ser suya.
    ¿Ya eran las cinco?... Bueno, el cielo estaba empezando a clarear y las calles se ponían barullentas, los buses pasaban con más frecuencia, los paraderos estaban llenándose, había unos estudiantes por ahí, entonces supuso que esa era la hora, tal vez un poco más tarde... En la mesa revuelta encontró un pedazo de pan seco, que se devoró en dos mordiscos. Quien sabe los compañeros le convidaban unos tragos de café y unas mordidas de algún sandwich o un berlín. Eran buena gente sus colegas... Podía aguantarse el hambre hasta llegar al paseo.
    Se puso la chaqueta -que le quedaba enorme, así como los pantalones y los botines, pero no tenía otra cosa, le habían pedido que devolviera el uniforme- se envolvió el cuello con un pedazo de género viejo y salió a la calle. No podía tomar micro, ni metro, tendría que ir caminando no más. Se iba a demorar un montón, pero qué le iba a hacer. Ojalá no se encontrara con Bernabé en el paseo. El viejo era malo, no lo quería, nunca le había caído bien. El loco tenía certeza de que se puso feliz cuando lo echaron. Se lo pasaba puro retándolo no más. Le encantaba dejarlo en ridículo... Pero los demás no. Esos eran buena gente, conversaban con él, lo escuchaban, no les importaba su radio, ni que él cantara o hablara en voz alta. Siempre le convidaban de su cocaví, le pasaban la botella de agua, le decían dónde tenía que barrer... Ellos sí que eran sus amigos. Por eso no quería perderlos. No tenía otros amigos, nadie quería estar con él en la población, sólo los perros huachos. Pero sus colegas no reclamaban de su ropa, de su pelo, de su mugre o su mal olor. Trabajaban juntos, de igual a igual.
    El loco Jara caminaba por la calle helada, encogiéndose dentro de la enorme chaqueta, sintiendo que el viento se le colaba por todos lados; los zapatos le arrastraban, demasiado grandes para sus pies, y lo lastimaban, porque no tenía calcetines. De repente veía monstruos. Más allá escuchaba voces. A medio camino le bajó miedo de que alguien lo asaltara. Casi al llegar, derrengado y cubierto de sudor, le parecía que las imágenes estaban todas chuecas y borrosas, que las personas estaban deformadas... Y cuando entró en el paseo, se acordó de que no había traído la cosa más importante, y si no la tenía, no lo iban a dejar trabajar.
    Entonces se detuvo, angustiado, y miró a su alrededor. Anduvo un poco, como perro husmeando a su presa, se acercó a los postes, a las cafeterías, a los basureros, los registró. Su angustia crecía a cada momento. ¿Cómo iba a trabajar? ¿Cómo los iba a convencer de que lo hacía bien, de que podían confiar en él, de que no estaba loco y podía cumplir con su deber? ¿Que era igual a los demás? Porque si se topaba con el viejo Bernabé tenía que estar trabajando, sino lo iba a echar a patadas. Tenía que estar  barriendo...
    Finalmente, asomándose de un basurero, encontró lo que buscaba. Corrió hasta él y sacó de entre los desperdicios un pedazo de cartón y una bolsa de plástico amarillo, con aire triunfal.
    -¡Ahora sí!- exclamó, sonriendo.
    Y empezó a barrer, empujando las hojas, los papeles y restos de comida con el pedazo de cartón dentro de la bolsa de nylon. Estaba haciendo su parte, y bien hecha. Estaba haciendo lo que mejor sabía hacer: barrer.

domingo, 16 de fevereiro de 2014

"La otra"

    Bueno, como ya lo dije, esta es la última historia enviada por mis alumnos que publico. A partir de la próxima vez, los cuentos serán de mi autoría, pues por lo que parece, "desencanté" y estoy llena de ideas para desarrollar. Creo que estar finalmente en un lugar propio, con un computador sólo mío y todo el tiempo del mundo -entre una tarea doméstica y otra, claro- destrabó a mis musas ¡y ellas están con todo!... Espero que disfruten este último cuento ¡y que les gusten mucho más los míos!...



    Renato conoció a Tatiana un viernes al atardecer, cuando entró en un barcito del centro después de terminar su conferencia en el salón de eventos del hotel donde estaba hospedado. Los amigos lo habían invitado a tomarse una cerveza en el  bar del hotel, pero él prefirió salir a caminar un poco, alejarse del torbellino de ejecutivos, practicantes, ganaderos y dueños de haciendas y disfrutar de lo que esta nueva ciudad tenía que ofrecer. Siempre que viajaba y llegaba a un lugar que no conocía cumplía primero con sus obligaciones profesionales y después se permitía un relajante paseo por las calles del centro para conocer el comercio,los restaurantes, las tiendas y bares, donde generalmente entablaba alguna conversación interesante con algún habitante local. Le gustaba conocer las historias, los personajes y la idiosincrasia de cada lugar que visitaba, pues se sentía fascinado por la diversidad de cada uno de ellos.
    -¡Este país es la cosa más interesante que existe!- solía comentarle a sus colegas -Uno nunca sabe lo que va a encontrar en la próxima ciudad que visite.
    Ese viernes se sintió más cansado que de costumbre, pues la presentación fue llena de preguntas e interrupciones y flotaba en el aire una inquietud que terminó por contagiarlo, haciéndolo perder su habitual serenidad. El público, formado por dueños de haciendas y empresarios ansiosos y con  muchas dudas, quería que fuera a las propiedades para ver de cerca la situación, como si eso ayudara a encontrar soluciones más rápidas y efectivas para sus problemas. Recibió numerosas propuestas, pero las recusó todas, pues su trabajo no era ese y, fuera eso, tenía que cumplir una agenda pre establecida por su empresa, por lo tanto no podía quedarse más de lo previsto en cada ciudad. Por eso,escogió ese bar cerca del hotel, pues le pareció discreto y tranquilo. Realmente, no estaba con ganas de fiestear.
    Entró con pasos lentos y fue hasta el mesón, donde un hombre delgado y alto limpiaba unos vasos con un trapo húmedo. Se detuvo delante de él y se sentó en uno de los banquillos de cuero rojo.
    -Por favor, véame un whisky con hielo.- le pidió, con una sonrisa cansada.
    -Inmediatamente, señor- dijo el barman, sonriendo gentilmente, y fue hasta el estante a buscar la botella.
    Mientras tanto, Renato le dio una ojeada al local, que aún estaba casi vacío: paredes rojo oscuro, mesas y bancos de madera clara con manteles escoceses, pequeñas lámparas esparcidos encima de las mesas, algunos cuadros mostrando los tipos de bebidas y porciones que se servían en el establecimiento,un arreglo de velas y flores en una botella encima de cada mesa, piso de madera brillante. Una suave música en el aire, una agradable penumbra que invitaba a la conversación y el relajamiento... A Renato le gustó. Le dio otra mirada al lugar y fue entonces que vio a Tatiana, sentada sola en una de mas mesas del fondo, con un vaso de jugo en una mano y un libro abierto encima de la mesa. Inmediatamente, sus ojos se detuvieron en ella: tenía cabellos oscuros y largos, facciones delicadas y una boca pequeña y sensual levemente coloreada de rojo. Aros discretos, pulsera plateada, terno negro y blusa rosada, combinando con los zapatos. Renato quedó encantado por aquella figura solitaria en el rincón del bar y cuando el barman puso su trago en el mesón, él se volvió y preguntó, sintiendo, para su sorpresa, que su corazón palpitaba con fuerza:
    -Disculpe, ¿usted conoce a esa chica sentada allá en el fondo?
    El hombre miró hacia donde él le indicaba, frunció las cejas, pensó un poco y finalmente respondió, chasqueando la lengua:
    -Nao, joven, no la conozco.- y agregó, iniciando una sonrisa de complicidad: -Pero ella viene todos los días a esta hora. Yo creo que estudia en la universidad que queda aquí cerca.
    -¿Verdad?...- replicó Renato, sin quitar los ojos de la muchacha, bebiendo su whisky con aire distraído -¿Será que...?
    -Nunca la vi acompañada.- afirmó el barman, con aire conspirativo, como si hubiera leído sus pensamientos.
    -¿Verdad?- repitió Renato, mirándolo con repentino interés -¿Y usted sabe algo más sobre ella?
    Sintiéndose importante, el barman se inclinó hacia Renato, apoyándose en el mesón, y le secreteó al oído:
    -Yo creo que está estudiando para profesora. Siempre anda con unos libros enormes sobre pedagogía y esas cosas. A veces aparecen unos colegas y se quedan en la mesa conversando de pruebas y prácticas.
    -Entonces debe estar en el último año- concluyó Renato, bebiendo otro trago y mirando disimuladamente a la muchacha, que parecía totalmente abstraída en su lectura. En seguida, se viró hacia el barman y preguntó: -¡Usted cree que tengo alguna oportunidad con ella?.
    Este sonrió con malicia y le dio unas palmaditas en el hombro.
    -Arriésguese, joven, la muchacha vale la pena. Y después, lo peor que le puede pasar es que ella lo mande a pastar y usted se quede aquí bebiendo solo.
    Renato sonrió, conquistado por la simpatía del hombre y, tomando aliento, le guiñó un ojo y se dirigió hacia la mesa donde Tatiana estaba sentada. El barman le hizo una seña de positivo con la mano y volvió a limpiar sus vasos, pero sin quitarle los ojos a la pareja. Tenía curiosidad de saber en qué iba a terminar aquel encuentro.
    Renato llegó junto a la mes y se detuvo, esperando que la muchacha lo notara, pero ella estaba tan compenetrada en su lectura que ni se dio cuenta de que él estaba ahí. Se llevó el vaso a los labios y sorbió lentamente su jugo, se arregló una mecha de pelo que le había caído en la frente y suspiró. Renato contemplaba  cada pequeño gesto suyo en fascinado silencio, y las cosas habrían continuado así si no fuera porque un estruendo sacudió el local. Ambos dieron un salto y miraran hacia el mesón, donde el barman acababa de derribar una pila de latas de cerveza.
    -¡Disculpen!...- exclamó este, todo confuso -¡Se me resbalaron!...- y se rió, mostrando las manos, pero Renato pudo percibir la rápida mirada de complicidad que le dirigió.
    Tatiana se dio cuenta entonces de que Renato estaba a su lado y, un poco sorprendida, lo saludó con una sonrisa y un breve "hola".
    -¿Será que puedo sentarme un momento?- preguntó él, tratando de no parecer lanzado. Interiormente rezaba para que ella no pensara que se trataba de una actitud de conquistador barato.
    Ella lo miró por algunos segundos, como que evaluándolo, y pareció esbozar una negativa, pero lo reconsideró y, cerrando su libro, asintió con la cabeza. Renato respiró, aliviado, depositó su vaso en la mesa y apartó el banquillo.
    -Con permiso.-dijo, pulidamente, a lo que ella respondió con una suave risa que lo dejó todavía más encantado -¿Cuál es su nombre?
    -Tatiana. ¿Y el suyo?
    -Renato.
    De repente, él tuvo miedo de no tener nada sobre que conversar con ella y que la cosa se acabara allí mismo. Se sintió inseguro y nervioso como nunca antes y se revolvió en el banquillo, buscando alguna cosa inteligente para empezar la conversación. El silencio se volvía más incómodo a cada momento. Renato empezó a sudar.
    -¿Usted es de aquí?- preguntó entonces Tatiana, sonriendo. Transmitía una serenidad contagiosa.
    -No, estoy en negocios.- respondió él, empezando a relajarse -Vine a dar una conferencia en el hotel Luxor.
    -¿Conferencia sobre qué?- ella parecía genuinamente interesada, lo que animó a Renato.
    -Sobre agronomía.
    -¿Usted es agrónomo? Qué interesante, ¿y cuál es su área?
    -Desarrollo de semillas. Cómo reproducir, cómo mejorar, plantar y comercializar.- explicó él, confiado, reflejándose en los ojos oscuros de Tatiana.
    -¿Y viaja mucho?
    -Constantemente. Yo vivo en Santiago, pero trabajo para una multinacional, entonces están siempre mandándome para otras ciudades a divulgar los productos y la tecnología.
    Ella se rió, recostándose en la pared.
    -¡Puchas, entonces usted debe sufrir a mares cuando viene a estas ciudadecitas del interior!.
    El se enderezó en el banquillo, temiendo haberla ofendido, y adquirió un aire de disculpa al responder.
    -¡No, imagínese! ¡Me encantan las ciudades chicas! Tienen algo tan especial...
    -Sí, claro...- lo interrumpió ella, irónica -Tierra, tiendas siúticas, caballos en la calle, una única video locadora con filmes viejos, paralelepípedos, un grupo de viejos conversando y jugando dominó y un montón de perros rascándose al sol - y se volvió a reír, divertida con la expresión afligida de Renato.
    -No, créame, nada que ver. Me gusta conversar con las personas y conocer la historia del lugar, recorrer las calles visitar las iglesias y los cementerios...
    -¿Cementerios?- lo interrumpió ella, sorprendida -¿Qué es lo que encuentra de interesante en visitar un cementerio?
    El la miró un momento antes de responder. De cerca era más bonita todavía.
    -Hay muchas historias allí dentro. Uno puede deducir o imaginar mucha cosa estudiando las tumbas, ¿sabía?
    Ella se puso seria de nuevo y apoyó los codos en la mesa. Ese joven era mismo diferente, o entonces el más ingenioso conquistador barato que ya había conocido.
    -Por lo que veo, a usted le gustan las historias.- dijo, mirándolo con un nuevo interés.
    -Me encantan, ¿ y a usted?
    -Me gustan, pero prefiero las que tiene números.
   -¿Números?...
    Entonces, ella tomó el libro que estaba a su lado y lo abrió.
     -Matemáticas- explicó, mostrándole algunas páginas llenas e números y cálculos -Me encanta la matemática. Estoy en el último año de la universidad.
    -¿Va a ser profesora?
    Ella negó con la cabeza.
    -Pretendo hacer doctorado y trabajar en pesquisas especiales- respondió con firmeza, como si recelase que él no lo aprobara.
    -¡Puchas, entonces usted es genial!- exclamó él, admirado.
    Ella sonrió, lisonjeada, y bebió un trago de jugo.
    -Para que vea usted...- expresó, mirándolo con un aire desafiante - ¿Ahora está arrepentido de haber venido a conversar conmigo?
    -¿Por qué dice eso?...
    Ella pareció un poco disgustada y suspiró.
    -Porque a nadie le gusta una mujer genial, demasiado inteligente.
    Ahora fue la vez de que él se riera.
    -¿Por qué yo iba a querer conquistar a una descerebrada?- exclamó, pero se calló en seguida, percibiendo su gafe.
    Ella se quedó mirándolo en silencio, pues también se había dado cuenta de su desliz y ya estaba empezando a pescar sus cosas para irse, cuando él la detuvo.
    -Por favor, no se vaya- dijo, sujetándole del brazo - No soy lo que está pensando. Discúlpeme...
    -Usted mismo acabó de confesarlo- le cortó ella, con frialdad -Debe rematar una conquista en cada ciudad que visita, ¿no es verdad?
    -¡No, eso no es verdad!... Me gustaste desde el primer momento en que te vi sentada aquí. ¡Te lo juro! No estoy intentando hacer nada deshonesto... Por favor, créeme- suplicó él, verdaderamente compungido -La última cosa que quería era ofenderla...
    Ella titubeó algunos momentos más, pero alguna cosa en el tono de Renato, en su mirada, su toque, acabó por convencerla a quedarse. Volvió a sentarse, dejó la bolsa y el libro y se quedó mirándolo en silencio, como estudiándolo.
    -Gracias.- murmuró él, sonriendo aliviado.
    -Sólo espero no arrepentirme después- dijo Tatiana, aún seria. Pero en seguida abrió una sonrisa que espantó aquel clima tenso como un viento que barre las nubes para que el sol brille nuevamente.
    Entonces, una vez vencidas las desconfianzas, pasaron el resto de la velada conversando animadamente, riendo, intercambiando historias y experiencias, contando sus planes y algunos secretos. El barman, muy feliz, les sirvió más jugo y las porciones que eran la especialidad de la casa, pero ellos estaban tan envueltos en la conversación, llena de miradas y toques de emoción, que mal tocaron los platos.
    Cerca de las diez de la noche, Tatiana se acordó de repente que había quedado de encontrar a su papá en el terminal a las diez y quince y que casi no tendría tiempo de llegar. Se levantó apresuradamente, pescó sus cosas y empezó a despedirse.
    -Desgraciadamente, me voy a tener que ir. Mi papá ya debe estar en el terminal esperándome- dijo, un poco triste, con ese presentimiento de que todo terminaba allí tomando cuenta de su corazón -Es una pena, pero... Creo que no nos vamos a ver de nuevo- concluyó, extendiendo la mano hacia él en un gesto extrañamente formal.
    Renato se levantó también, sintiendo que la situación se le escapaba de las manos y que estaba a punto de perder a Tatiana. Su corazón palpitaba, desbocado, negándose a aceptar tal fato. Entonces decidió arriesgarse.
    -¿Podemos encontrarnos mañana en la noche aquí mismo?...- le pregunto de sopetón, sosteniendo la mano de la muchacha con inesperada fuerza. Y como ella demostró duda, él insistió, con más intensidad -Por favor.
    Ella dudó todavía, pero terminó por concordar. Su corazón tal vez no estuviera engañado y Renato era mismo diferente. Quizás valiera la pena confiar en él y arriesgarse.
    -¿A qué horas mañana?- preguntó entonces, empezando a alejarse hacia la salida.
    -¿Ocho y media está bien para ti?
   -Estupendo... Nos vemos mañana entonces- dijo ella abriendo la puerta y saliendo.
    A Renato le dieron ganas de seguirla, o de ir a la calle y quedarse mirándola hasta que desapareciera, pero se contuvo y volvió al mesón para pedir otro trago.
    -Resultó la cosa, ¿hey?- comentó el barman, esbozando una sonrisa traviesa -¡Esa ahí no la pierde, joven!- exclamó, llenándole el vaso.
    -Espero que no.- dijo Renato en voz baja, sin llevar en cuenta el doble sentido de las palabras del hombre, que ya debía haber presenciado centenas de encuentros parecidos. Pero en este caso, no se trataba de algo pasajero y vulgar. Renato tenía la sensación de que había sido pescado y de que no sacaba nada con luchar contra ese sentimiento.
    -¿Es amor?...- murmuró mientras bebía el último trago. No tenía certeza, pero sabía que era algo diferente de todo lo que había sentido hasta entonces. Y también sentía que valía la pena invertir en esa relación.
    Mal consiguió dormir y se levantó temprano, bajó para desayunar y salió para dar una vuelta. Su presentación empezaba a las tres de la tarde, entonces tenía tiempo de sobra para prepararse. Fue a la iglesia, fue al pequeño mall de tiendas en su mayoría siúticas y anticuadas, en una locadora que sólo tenía películas viejas y en un kiosko de diarios. Se sentó en la plaza para leer, pero en vez de eso se quedó observando a los perros tendidos rascándose al sol y a los viejos conversando y jugando dominó alrededor de una mesa, a los caballos que pasaban por la calle levantando polvo y los paralelepípedos que adornaban la vereda de la plaza... Todo le recordaba a Tatiana, no conseguía pensar en otra cosa. Sólo esperaba que esto no perjudicara su conferencia.
    Pero, como siempre, su profesionalismo venció y no tuvo ningún tropiezo en la presentación, después de la cual regresó a su cuarto y decidió recostarse un poco, pues quería estar bien dispuesto para su encuentro en la noche. También era una manera de que el tiempo transcurriera más rápidamente. Pidió que lo despertaran a las siete de la noche. Tendría tiempo de tomar una ducha y de cambiarse con calma, tal vez hasta para ir a la florería vecina al hotel para comprar un pequeño buqué para Tatiana. Con certeza, le iba a encantar.... Y así, con todo planeado, se tendió y en poco tiempo dormía profundamente.
    Puntualmente a las siete el teléfono tocó. Era el gerente para despertarlo. Renato saltó de la cama, fue a la ducha, donde se demoró más que lo habitual, se secó, se afeitó cuidadosamente, pasó gel en el palo, se puso una discreta loción pos barba y volvió al cuarto para vestirse. Bueno, en realidad ni tenía mucho de donde escoger, pues fuera los dos ternos y el par de zapatos negros que usaba para las presentaciones, sólo tenía blue jeans, camisetas e zapatillas. Pero prefirió ser formal y terminó poniéndose uno de los ternos, con la corbata y todo, y hasta un pañuelo en el bolsillo de la chaqueta. Así vestido, se miró en el espejo y suspiró.
    -¡Puchas, hasta parece que voy a proponerle matrimonio a la muchacha!- dijo, juguetón.
    Sonriendo ante su propia ansiedad, se metió la mano al bolsillo para conferir si la billetera estaba allí y finalmente salió y bajó al hall. Dio una mirada al reloj y vio que todavía le restaban algunos minutos para ir a la florería. Salió rápidamente por la puerta giratoria y entró en la tienda, que quedaba al lado del hotel. Sin dudar escogió un pequeño ramillete e rosas de varios colores, envueltas en celofán, pagó y se dirigió al bar con pasos decididos... Miró nuevamente el reloj. Llegaría exactamente a la hora combinada.
    Cuando abrió la puerta de bar, el hombre del mesón parecía estar esperándolo, pues de inmediato le brindó su mejor sonrisa y ya fue a prepararle un trago. Renato lo saludó y se fue a sentar en la misma mesa que Tatiana y él habían ocupado la noche anterior.
    Sin embargo, se tomó el primer trago, el segundo, y ya se preparaba para beber el tercero y Tatiana no aparecía todavía. Renato miraba incesantemente su reloj y una enorme angustia tomaba cuenta de él, pues el tiempo transcurría, implacable, y la puerta del bar no se abría para mostrarle la figura que tanto ansiaba ver. Entraron algunas personas: dos hombres, un grupo de estudiantes, una mujer sola, un señor de edad que se sentó en el mesón y se quedó sorbiendo su cerveza y observando a los clientes como si estuviera haciendo una evaluación de cada uno... Pero Tatiana no apareció. Después de una hora de espera, Renato le dirigió una mirada de desesperación y decepción al barman, y éste le respondió encogiéndose de hombros. Tampoco sabía lo que había sucedido.
    Mil preguntas y conjeturas pasaban por la cabeza de Renato mientras estaba sentado en el banco, rodeado por la acogedora penumbra del local. ¿Será que todo había sido una jugarreta? ¿O será que simplemente quiso vengarse porque pensó que él solamente estaba pensando aprovecharse de ella? ¿A final de cuentas, habría sido todo pura actuación? ¿Será que ella era tan correcta como parecía o era del tipo que suele congraciarse con el primero que aparece para después darle una patada?... Ta vez no le había creído cuando se disculpó y quería darle el vuelto dejándolo plantado allí la noche entera... Haciendo rodar nerviosamente el vaso en la mesa, Renato se debatía entre mil teorías, tratando de llegar a alguna conclusión que explicara el comportamiento de Tatiana, pues no le había parecido una joven liviana. Por fin, le dió una última mirada al reloj -¡Ya eran más de dos horas de atraso!- bebió el último trago y se levantó de la mesa, dispuesto a mandarse cambiar y olvidarse de este desagradable incidente.
    -Soy un idiota.- murmuró, buscando su billetera en el bolsillo -Las personas del interior son tan fútiles y superficiales como las de la capital.
    Pero cuando estaba yendo hacia la caja para pagar su bebida, la puerta del bar se abrió y entró Tatiana. Renato estacó en el medio del recinto y se quedó mirándola. Estaba todavía más bonita que la noche anterior, pero parecía de alguna forma diferente, más vivaz, riendo en voz alta, con el cabello preso en un moño adornado con presillas coloridas y un maquillaje cargado, aros largos y un pantalón jeans desflecado, camiseta con un dibujo d lentejuelas, muchas pulseras y anillos y unos zancos con tiras brillantes... Renato se quedó paralizado, sin creer en lo que estaba viendo. ¿Cómo podía parecer tan diferente de ayer? Le dio una rápida mirada al barman, pero él estaba tan perplejo cuanto él... Luego atrás de Tatiana entró un ruidoso grupo de jóvenes, del cual ella formaba parte y, al final, corriendo y riéndose, apareció un joven de pelo largo y chaqueta de cuero, que fue hacia ella y la abrazó.
    -¿Estabas tratando de huir de mí?- exclamó, besándola.
    Ella soltó una carcajada y lo empujó, coqueta.
    -¿Yo?... ¡Imagínate, ni que quisiera!- respondió colgándosele del cuello.
    En seguida, el animado grupo se dirigió hasta una mesa y pidió la atención del garzón con silbidos, gritos y golpes en la mesa.
    Lo que más espantaba a Renato era el hecho de que ella ni siquiera lo buscó con los ojos cuando entró. ¡Era como si él ni estuviera ahí! La indiferencia de Tatiana era realmente indignante. Si quería humillarlo y hacerlo pagar por su supuesta osadía ayer, había encontrado la manera cierta Renato tenía ganas de que la tierra se abriera y se lo tragara hasta el fondo del infierno, de donde jamás pretendía volver. ¿Pero cómo pudo haberse engañado tanto con ella? ¿Era así mismo, esa muchacha desinhibida y desordenada, o era aquella otra discreta y seria que quería hacer pesquisa espacial?... La cabeza de Renato estaba dando un nudo. El frío de la decepción congeló su corazón, haciéndolo sentirse más idiota aún, y decidió salir de allí antes de que ella inventara aproximarse para avergonzarlo más todavía. Le dio una última mirada, justo en el momento en que ella se recostaba en el pecho del chico de pelo largo, y se dirigió a la caja, reteniendo su rabia y su despecho. Pagó sin decir una palabra, se encaminó hacia la puerta, la abrió con fuerza y se dispuso a salir, pero chocó de frente con otra persona que venía entrando. Tuvo que apoyarse en el dintel para no caer mientras veía una pila de libros desparramarse por el suelo, pegándole en las piernas y píes. La persona que se había estrellado con él se agachó rápidamente y empezó a recoger los libros. Renato la miró y vio una cascada de cabellos negros y sedosos cubriéndole los hombros y el rostro.
    -Ay, perdone, joven...- dijo la mujer en tono compungido -Es que estoy súper apurada... ¡Ni lo vi saliendo!
    Renato pestañeó y se enderezó. Aquella voz... ¡Él conocía aquella voz!... Inmediatamente se volvió hacia el interior y miró hacia la mesa  donde Tatiana y su grupo continuaban haciendo bulla. En eso, la muchacha terminó de recoger sus libros y ya estaba de pie delante de él. Renato se volvió hacia ella y pestañeó de nuevo.
    -¡Tú!...- tartamudeó, volviendo a mirar a la mesa -Pero... Tú...
    Era Tatiana.
    -¡Por favor, perdóname!...- exclamó ella, aún jadeante y agitada -Ocurrió un imprevisto y no pude llegar antes... ¡Por favor, perdóname!
    Renato se volvió hacia ella y se quedó contemplándola, sin decir nada. El hombre atrás del mesón abrió los brazos e hizo un gesto de "¡no entiendo nada!".
   Tatiana miró a Renato, que la observaba con semblante serio y cerrado e, tomándolo del brazo, lo llevó de vuelta al interior del bar.
    -Mira, te lo puedo explicar, ten paciencia conmigo... Yo no contaba con...
    -¡Espérate un poco!- la interrumpió Renato, deteniéndose bruscamente, y apuntando hacia la mesa donde la "otra" Tatiana se encontraba, agregó -¿Qué es eso?... ¿Quién es ella?... ¿Tú podrías...?
    Tatiana se empinó para mirar sobre su hombro, y cuando vio la escena que él apuntaba hizo un gesto de sorpresa y abrió la boca como para decir algo, pero en seguida soltó una risa y empezó a caminar hacia la mesa.
    -¡Ah, eso!...- exclamó, pescando a Renato de la mano y llevándolo con ella.
    -¿Pero qué...?- protestó él, reacio.
    Cuando llegaron junto a la mesa, Tatiana se inclinó y tocó el hombro de la chica sentada en la falda del muchacho de pelo largo y dijo, sonriendo:
    -¡Hola, mana!... ¿Cómo estás? ¿Aprovechando la happy hour?- en seguida se irguió y extendiendo la mano hacia Renato agregó, muy formal: -Renato, conoce a Livia, mi hermana gemela.
    Esta lanzó un grito de alegría y se arrojó al cuello de Tatiana, que la abrazó con algo de reprobación.
    -¿Tu hermana gemela?...- repitió Renato, totalmente perdido -Pero tú no me dijiste... ¿Y por qué te demoraste tanto? Ya estaba pensando que ella... Que ella y él...- se confundió, apuntando al chico de pelo largo.
    -El Rodrigo es mi pololo- explicó Lívia, volviendo a los brazos del muchacho. Y mirando maliciosamente a su hermana, añadió -¿Ese es tu pololo, manita?
    Tatiana se puso roja hasta la raíz del pelo e hizo un gesto indefinido, pero no respondió. Renato la pescó del brazo y se alejaron de la mesa con un breve saludo de despedida.
    -¿Me puedes explicar lo que pasó aquí?... ¡No estoy entendiendo nada!- le pidió, empezando a impacientarse con tanta confusión.
    Entonces, ella lo llevó hasta una mesa pidió un jugo y un whisky para él y acomodando sus libros con estudiada lentitud, lo miró con gesto juguetón y le tomó la mano.
    -Nunca saques conclusiones apresuradas- empezó, y Renato soltó u suspiro, empezando a relajarse -Llegué tan tarde porque tuve que ir a la universidad para rendir una prueba que estaba debiendo. La profesora me telefoneó hoy en la mañana para avisarme que dispondría de un horario hoy en la tarde para aplicarme la prueba. Era mi única oportunidad, caso contrario acabaría teniendo problemas en esa materia. Y como ayer nos despedimos con algo de prisa por causa de mi encuentro con mi papá, se me olvidó pedirte e número de teléfono, de manera que no tuve cómo avisarte sobre mi atraso- contó, calmadamente - Esa es mi hermana gemela que, como pudiste ver, es totalmente diferente a mí. Pero no te preocupes, mucha gente ya se confundió por eso...Por suerte, siempre conseguimos aclarar todo.
    -¡Puchas!...- exclamó Renato, esbozando una sonrisa medio avergonzada -¡Cómo fui estúpido al suponer que tú...!
    Pero ella no lo dejó continuar e, inclinándose de repente, lo besó suavemente en la mejilla.
    -¿Estás mejor ahora que sabes lo que realmente sucedió?- inquirió, con una pincelada de ironía en la voz.
    -Por un momento me pregunté si no estaba volviéndome loco- comentó él, sonriendo -Pensé que estabas tirando una conmigo... Pero no podía haberme engañado tanto respecto a ti- murmuró, acercando su rostro al de ella -Tú eres exactamente como pensé.
    El barman puso los cubos de hielo en el vaso con una amplia sonrisa de satisfacción en su rostro delgado, cortó una rodaja de limón, puso una cereza y en seguida derramó el licor transparente en el vaso. Pero esta vez no le entregó el trago a nadie. Levantando el vaso en el aire como si estuviera haciendo un brindis, se volvió hacia donde Renato y Tatiana intercambiaban secretos y cariños, y exclamó, para desconcierto de todos:
    -¡A la verdad, porque siempre triunfa! - y se tomó el vaso de una vez.
    Desde la mesa Renato se volvió y le guiñó un ojo, levantó su vaso también y brindó a la complicidad, a la verdad y al futuro que veía abrirse delante de él reflejado en los ojos oscuros de Tatiana.











domingo, 2 de fevereiro de 2014

"Siete días"

    Como prometí, aquí está el cuento de la semana. Estoy a todo vapor trabajando en otros -y que ustedes no me mandan ninguna idea para desarrollar- para poder mantenerlos muy interesados. Pensé que me iba a quedar sin internet por un tiempo después que me mudé al departamento nuevo, pero los tipos fueron muuuuy bacans y vinieron el mismo día de la mudanza e instalaron todo el negocio, entonces el trabajo no para... ¡Y aquí va!
    En realidad, este es un ejercicio que yo daba en mis clases, y que consistía en observar a alguien durante una semana y hacer una especie de informe romanceado sobre sus actividades. Si fuese posible, y si no se tratase de alguien conocido, el alumno debía hacer contacto con la persona para que así tuviera más información para su relato.  ¡Era una verdadera prueba de timidez para algunos alumnos!... Pero en general conseguían hacer lo que se les pedía y de allí salieron textos muy interesantes, que probaban el poder de observación, empatía y creatividad del alumno. Son historias simples, pero importantes para quien las vive.

Primer día: Temprano en la mañana, una joven mujer empujando un cochecito de bebé pasó apresuradamente delante de mi casa. Yo estaba saliendo para ir a trabajar y casi me estrellé con ella, tropecé en el cochecito y mi cartera cayó al suelo. Cuando me agaché para recogerla, pidiendo disculpas por mi distracción, vi en él a un bebé de unos cinco meses que, un poco asustado, me miraba fijo con sus pequeños ojos azules mientras masticaba su chupete. Hizo unos ruiditos divertidos, como para reprenderme por el descuido, y se estiró todo, queriendo salir del coche.
    -Perdóneme, es que estoy medio atrasada y ni me dí cuenta de que usted estaba pasando...- expresé, irguiéndome y sonriéndole, a lo que ella respondió apenas con un gesto de la cabeza y se agachó para calmar al niño.
    -Está bien, yo también estoy apurada. Tengo que dejar al Gabriel en la casa de mi mamá para ir a trabajar.- me respondió, seria.
    En seguida, se despidió con un breve ademán y continuó su camino. Mientras me alejaba, volví la cabeza para ver dónde paraba y descubrí que su mamá era la señora Soledad, una vecina que yo había conocido hacía dos años en un paradero de buses a camino del centro de la ciudad. Durante la larga espera -había un paro de conductores- acabamos entablando una agradable conversación y ella me contó sus planes de cambiarse a mi calle. Ya estaba con el ojo puesto en un terreno cerca de mi casa, donde podría tener un patio espacioso en el fondo para poder cultivar su huerta, sólo faltaba acertar el precio y luego empezaría a construir.
    -Nada muy grande, claro. Vivo sola y no necesito tanto espacio.- me explicó, entusiasmada.
    Poco tiempo después, consiguió comprar el terreno y construyó su ansiada casita, toda de cemento e tejas y pintada de blanco y amarillo mostaza. En el frene hizo un jardín yen el fondo, como planeara, plantó su huerta y unos limoneros, naranjos y una pequeña parra... Ahora, todos los días podíamos verla regando las flores y cuidando de huerto, poniendo a sus canarios debajo de los árboles y barriendo la vereda. Es una señora muy activa y alegre ala que le encanta conversar y saludar a todos los que pasan, mismo que no los conozca.
    Mientras me alejaba pude verla saliendo al portón para recibir a la hija y el nieto, que de inmediato tomó en brazos y besó ruidosamente. La hija le entregó una bolsa, probablemente con las cosas de bebé, y se despidió rápidamente, alejándose en dirección opuesta a la mía. La señora Soledad estaba a punto de entrar, sujetando la bolsa y el niño y empujando el cochecito con la mano libre, cuando me vio y me hizo un gesto para que me acercara. Yo le contesté , le di una mirada a mi reloj y concluí que todavía disponía de algunos minutos para conversar con ella. Me acerqué entonces, sonriendo, y la saludé.
    ¡Puchas, pero usted está desaparecida, mi niña!- exclamó ella, colocando al bebé de vuelta en el coche.
    -Es que mi vida anda medio corrida últimamente.- le respondí ayudándola con la bolsa, que empezaba a resbalársele del hombro - Creo que hasta yo misma me ando viendo poco!- bromeé.
   Ella lanzó la mirada por la calle abajo, en la dirección en que su hija se había ido, e hizo un gesto de preocupación, diciendo:
    -Mi hija, ¿sabe?... Esa muchacha que estaba aquí, ¿usted la vio?- yo asentí con la cabeza -Este es Gabriel, su hijito...- se agachó y le hizo cariño. Este estaba casi durmiendo, bien agarradito con su rinoceronte de peluche -La pobre, empezó a trabajar y todos los días tiene que venir para dejármelo porque donde vive no tiene quien se lo cuide. Yo le doy almuerzo, le hago la mamadera, le cambio los pañales, lo baño y le doy la cena y ella pasa a buscarlo en la noche, cuando sale del trabajo... Y todos los días es así ahora.- dijo, con voz quejosa -A mí me gusta cuidar al Gabriel, casi no da trabajo. Es un angelito!... Y después, alguien tiene que ayudar a mi hija para que ella pueda trabajar,pero le confieso que no estoy aguantando. Me duele mucho la espalda y las piernas, pero no puedo dejar botada a mi hija, ¿no es verdad?... Su marido inventó comprar un terreno en barrio en la periferia que no tiene ni asfalto ni cloacas y la iluminación es pésima. Yo traté de convencerlo para que comprara en otro lugar que fuera más cerca, hasta llegué a discutir con él, pero como es porfiado, insistió en quedarse allá porque era más barato y me aseguró que luego la municipalidad iba a asfaltar y colocar cloacas y que otras personas ya estaban construyendo por allá también entonces no iban a estar tan aislados... No me convenció mucho, pero ¿qué le voy a hacer? El marido no es mío. ¡Francamente, no sé cómo mi hija aceptó irse a vivir en ese descampado!...
    -Realmente es una cosa difícil.- comenté.
    -Y más encima, ahora el hombre me inventa de empezar a estudiar en la noche y mi hija es obligada a quedarse sola en ese fin de mundo hasta que él vuelve de la escuela, casi a media noche. ¡Si usted supiera el susto que pasa la pobrecita!.. El otro día, para que vea, ella estaba allá, esperándolo, sola con el bebé, cuando de repente empezó a escuchar unos ruidos en el patio. Me dijo que parecía que alguien estaba tratando de  saltar la  cerca -¡porque ni pared tiene todavía!- La pobre tuvo que hacer de las tripas corazón y salir a ver lo que estaba pasando. Cuando abrió la puerta, ¡imagínese, vio dos bultos saltando dentro del patio!... Menos mal que ellos tienen esos dos perros enormes. Fue lo que salvó a mi hija de sepa Dios qué... Los dos animales empezaron a ladrar como locos al ver a los intrusos, entonces mi hija fue y los desamarró. Ellos salieron disparados atrás de los hombres y los obligaron a huir. Pero imagínese si hubieran tenido armas. ¡Le dan un tiro a los perros y ahí van atrás de mi hija!... ¡Ni le cuento cómo estaba ella cuando el marido llegó a la casa!... Me dijo que hizo el tremendo escándalo y que él casi tuvo que venir a buscarme para que yo fuera a calmarla. Pero mismo así, ni piensa en cambiarse... Francamente, no sé lo que ese hombre tiene en la cabeza.- rezongó la señora Soledad , seria - ¡Y mire que ya le hablé de ese terreno que están vendiendo aquí en la cuadra de arriba, que sería ideal para ellos!...
    Yo miré mi reloj y me sobresalté. ¡El tiempo había volado, tenía que correr! Entonces, me despedí de mi amiga y me dirigí rápidamente hacia el paradero, dejándola en la vereda con el cochecito y la bolsa... Me hubiera gustado haber podido quedarme para ayudarla de alguna forma, pero tenía mis propios compromisos quqe cumplir.

Segundo día: Me levanté un poco más tarde, pues era mi día libre. Me tomé el desayuno sosegadamente, me vestí y salí al porche para respirar el aire fresco de la mañana. Todavía con el relato de la señora Soledad en la memoria, fui hasta el portón y di una mirada hacia sus casa en la esperanza de verla barriendo la vereda como todos los días, o tal vez jugando con Gabriel, pero todo estaba cerrado y silencioso. De inmediato me pregunté si no habría ido a pasar la noche en la casa de la hija por causa del episodio de los dos sujetos en el patio. LA pobre debía haberse quedado aterrada y como el marido no estaba dispuesto a cambiar de idea sobre irse a vivir en un barrio más cerca y con una estructura mejor, la señora Soledad se propuso a quedarse con ella hasta que él volviera de las clases o, quién sabe, hasta a dormir allá, regresando en la mañana con el pequeño Gabriel... Pensé que sería una  buena salida para el problema, pero también imaginé cuán difícil sería para la señora Soledad tener que desplazarse todas las tardes hasta la casa de la hija y dejar la suya abandonada. Supuse que sentiría falta de su cama, de su sofá, de su porche, encontraría raras las ollas, los platos, los muebles, el silencio -ya que nuestra calle era bastante ruidosa- pero sobre todo, tuve certeza de que lo peor sería la falta e privacidad. Doña Soledad vivía sola hacía años y se había acostumbrado a ser independiente, e tener sus rutinas, pero como ella misma me había dicho una vez: "Madre es madre para toda la vida y los hijos vienen siempre en primer lugar, no importa el sacrificio que esto nos cueste. Entonces, pensé que si, efectivamente era eso lo que había sucedido, ella no estaría arrepentida.
    Me quedé un poco más en el portón espiando la casa y pensando en ir a regar ls plantas del porche o el jardín, que eran la niña de los ojos de doña Soledad, pero supuse que ella las había regado antes de salir. Sonriendo al imaginar a la mujer vivaz, organizada y abnegada que tenía como vecina, volví para dentro preguntándome si yo seria  capaz de actuar así  cuando tuviera mis propios hijos.

Tercer día: Cuando salí a la calle en la mañana temprano a comprar pan y leche, vi varios autos estacionados delante de la casa de doña Soledad y un entra y sale de gente con fuentes, botellas de bebida, bolsas con verduras y frutas, paquetes de carne y azafates con lasaña. La música ya sonaba alto en uno de los carros y flotaba en el aire el característico olor del carbón calentándose en la parrilla para el asado. La señora Soledad no se divisaba por allí; probablemente ya estaba en la cocina preparando su famoso pollo con polenta y organizando las tareas para que los niños tuvieran algo que hacer y no anduvieran por ahí haciendo pillerías: arreglar las mesas y sillas, disponer platos, servilletas, vasos y cubiertos en la terraza cubierta. Una hamaca de coloridos flecos había sido colgada en el porche y los pequeños se la disputaban entre gritos y empujones. Algunos muchachos jugaban una pichanga n el medio de la calle y otros solamente observaban, con su lata de cerveza en la mano y ese aire displicente típico de la edad... Imaginé la felicidad de doña Soledad con la casa llena -¡por cierto, estaba sorprendida con la cantidad de parientes que tenía!- pues es una mujer hospitalaria a que le encanta exhibir sus dotes culinarios y recibir visitas para conversar e intercambiar recetas. Hasta le había confiado a mi madre los ingredientes de su delicioso pavé de mango y todo último fin de semana del es nos deliciávamos con él a la hora de almuerzo...

Cuarto día: Hoy día, cuando salí a trabajar, vi que todavía había un par de autos estacionados al frente de la casa de doña Soledad, lo que significaba que alguien se había quedado a dormir después de la fiesta. Todo estaba silencioso, pero allá en el fondo se podía escuchar el água de la manguera corriendo. La señora Soledad estaba levantada y cumplía sus sagrados deberes de cada mañana. Poco después apareció en el porche con la escoba y su delantal escocés, dio una enérgica barrida, ablandó los cojines de las sillas, enrolló la hamaca, arregló las sillas alrededor de la mesa y finalmente bajó al jardín. Allí recogió las latas de cerveza, platos y vasos desechables, servilletas y restos de comida, con expresión de reprobación ante tanto desorden, y lo puso todo en una bolsa de basura que había traído. En seguida, soltando un suspiro y levantándose, respiró hondo el aire fresco de la mañana y sonrió, cerrando los ojos. Dejó pasar algunos segundos y luego fue hasta el portón, lo abrió y salió a la calle para empezar a barrer. Fue entonces que me vio. Inmediatamente una brillante sonrisa distendió su cara arrugada.
    ¡Mi niña, usted está ahí!- exclamó, agitando una mano.
    -¡Buenos días, señora Soledad!- respondí, acercándome. Hoy día no estaba atrasada.
    -¡Puchas!, ¿vio ayer? ¡Faltaba sólo el papa aterrizar en mi casa!- dijo, riéndose -¡Vino todo el mundo!...- apuntó al porche, torciendo los labios -Pero mire el tremendo desorden que hicieron. Debería ir a despertarlos para que vinieran a limpiar y ordenar, ¿no cree?...
    -Pero fiesta es así mismo- respondí -Luego van a despertar y ahí usted los pesca y los trae para ayudarle.
    Ella se rió y puso cara de remordimiento.
    -Los pobres, se quedaron despiertos hasta tan tarde... Me da pena llamarlos...- me miró, como avergonzada -Uno no tiene caso, ¿verdad? No se cansa de malcriarlos y después reclama.- y se rió de nuevo.
    - Es que cuando se trata de la familia, uno siempre se derrite.- Yo también soy así  le con mis hermanos.- le dije, apoyando la mano en su hombro delgado -¿Y cómo va ese asunto de su hija?
    Ahí se puso seria. Se apoyó en la escoba y suspiró.
    -Ese cabeza dura de mi yerno... Estoy tratando de traerlo para acá para que por lo menos le de una mirada al terreno, ¿se acuerda que le hablé de eso?.
    -Me acuerdo. ¿Y qué pasó?.
    -Nada, el porfiado no quiere ni saber. Que ya compró esa otra, que luego se acostumbran, que van a poner carabineros, que pronto va a construir el muro en el patio... ¡Puras disculpas para no dar el brazo a torcer! ¿Pero dónde se ha visto una cosa así, poner en riesgo la seguridad de la mujer y el hijo?.- exclamó, impaciente.
    -¿Pero su hija no puede conversar con él para tratar de convencerlo de que venga a dar una miradita por lo menos?- sugerí, apenada por la situación de mi amiga.
    -Ya hablé con ella, pero no sé... El tipo es muy burro.- respondió doña Soledad, desanimada.
    Yo miré mi reloj. No podía llegar atrasada de nuevo.
    -Bueno, doña Soledad, desgraciadamente tengo que dejarla o voy a llegar tarde... Puchas, pero qué pena que su yerno sea tan cabeza dura. Tenía que pensar en el bienestar de su esposa y de su hijo, ¿no?...- le dije, sinceramente afligida.
    -Eso es lo que yo le digo, pero él...- e hizo un gesto de displicencia, encogiéndose de hombros.
    Empecé a alejarme.
    -Pero quién sabe no recapacita y decide venir a ver el terreno, se entusiasma y lo compra.- expresé, sonriendo para darle ánimo.
    Ella puso cara de desaliento.
    -El dice que no tiene más plata, pero yo ya le expliqué que el dueño está dispuesto a hacer un trueque... Y ahí él me alega que no tiene nada que trocar... Y yo me quedo mirando ese terreno maldito donde está viviendo, pero él, nada.
    -¡Vamos a hacer barra!- exclamé, saludándola, a lo que me respondió sin muchas ganas.
    Cuando me subí al bus ella estaba barriendo enérgicamente la vereda, como queriendo espantar sus disgustos.

Quinto día: Parece que doña Soledad fue de nuevo a pasar la noche a la casa de su hija porque cuando salí a la calle, su casa estaba cerrada y silenciosa. Al atardecer, cuando regresé, las persianas ya estaban abiertas y los canarios en el porche, pero nada de doña Soledad. Usualmente, a esa hora ella sale a sentarse un rato en su mecedora para contemplar el paisaje y saludar a los vecinos que vuelven del trabajo. Pero hoy la silla estaba vacía... Me quedé bastante preocupada, pero preferí no ir a perturbar. También decidí no preguntar nada en caso de que nos encontráramos a la mañana  siguiente. Con certeza, si ella no estaba allí afuera era porque necesitaba estar sola para resolver sus asuntos y yo no iba a interrumpirlas con mi curiosidad. Tampoco iba a ponerme a hacerle preguntas que a lo mejor ella no deseaba responder. Quería mucho ayudarla, pero no quería ser entrometida. Fui a cenar y a ver mi novela, pero en la noche me demoré para dormir pensando en ella.

Sexto día: Hoy día doña Soledad reapareció, pero sólo conseguí divisarla de lejos, en el paradero e la esquina, justo cuando se subía al bus antes del mío, muy bien arreglada -inclusive de taco alto- y apresurada. Traté de alcanzarla, pero el vehículo ya había empezado a andar, entonces me quedé ahí, mirándola a través del vidrio sucio del bus mientras ella pasaba ágilmente por el corredor y se iba a sentar al otro lado. no conseguí distinguir la expresión de su rostro, por lo que toda mis preguntas quedaron sin respuesta... Pero estaba yendo al centro, con certeza, y ella sólo hacía esto en ocasiones muy especiales. Entonces me pregunté, más curiosa si cabe: ¿qué ocasión especial era esta?"... Mas no tuve ninguna pista y cuando llegué a casa en la noche, ella todavía no había vuelto. La casa continuaba silenciosa y obscura. ¿Mas qué diligencia tan larga era esa?

Séptimo día: Hoy, cuando salí para el trabajo me sorprendí al ver aquel montón de gente en el jardín del frente de doña Soledad, todos vestidos con shorts y camisetas, pantalones y tenis. Un gran camión de carrocería blanca estaba estacionado en la vereda y reinaba una tremenda confusión, pero del tipo positivo. Todos reían y hablaban en voz alta, iban y venían dando órdenes y traían cajas de cartón vacías hasta el camión. Yo no entendía lo que estaba sucediendo, pero definitivamente no era una de las reuniones que la señora Soledad acostumbraba organizar. De lejos la vi, también de camiseta y zapatillas, empujando el coche de Gabriel, que movía manos y piernas y le sonreía a todos, encantado con toda la agitación a su alrededor. No me aguanté y fui hasta allá. A final de cuentas, ¡el suspenso me estaba matando!.
    -¡Buenos días, doña Soledad!
    -¡Buenos días, m'hija!...- respondió, abriendo los brazos. Parecía realmente contentísima.
    -¡Pero qué bueno verla así tan bien dispuesta!- dije, saludándola con un beso -¿Pero qué es todo esto? ¿Está organizando otra fiesta?
    -¡No, nada de eso, mi niña! ¡Estoy organizando una mudanza, eso sí!- exclamó.
    -¿Cómo así, una mudanza? ¿Se va a cambiar de aquí?...- pregunté, sorprendida.
    -No, yo no.- apuntó hacia el cochecito -¡Pero mi hija sí!- y soltó una carcajada rica, agachándose para estampar un sonoro beso en la mejilla gordinflona del nieto -¡Hoy va a ser un día  perfecto!... Entonces, si me perdonas, hija, tengo mucho que hacer.- concluyó, sin dejar de sonreír .En seguida se volvió hacia el personal y comenzó a dar órdenes y a organizar tareas como un mariscal de campo.
    Yo me despedí, sonriendo también. Claro que doña Soledad no podía estar tan contenta solamente porque estaba organizando otro almuerzo, sino por un hecho mucho más relevante. Como el haber convencido a su yerno a mudarse de ese fin de mundo para la calle de arriba. Con certeza fue ella quien intermedió la negociación con el dueño del terreno que, no se sabe por qué, accedió a cambiar este de aquí por ese otro. Pero eso no importaba ahora. Lo importante era que su hija y su nieto estarían bien cerca ahora y que podría disfrutar de su compañía cuando quisiera, sin tener que sacrificar su casa ni sus rutinas para ir a meterse en aquellas quebradas peligrosas para ayudar a cuidar a Gabriel. Tanto había insistido que lo había conseguido.
    Viré la esquina en dirección al paradero aún con la imagen de aquel grupo animado y ruidoso tomando cuenta de la calle para ayudar en la mudanza e instintivamente me pregunté si algún día yo tendría una familia igual o, al menos, parecida. La señora Soledad afirma que sólo por eso ya vale la pena vivir.
    

domingo, 12 de janeiro de 2014

"Los solitarios"

     Esta semana va otro cuento que me enviaron. Espero que les guste y que me manden sus ideas para trabajar en ellas. Yo sé que están de vacaciones, pero no por eso tiene que dejar que la creatividad se les achicharre al sol... Vamos, no pierdo la esperanza de que reaccionen. Al final, ya no está haciendo taaanto calor, entonces... Recuerden que puede ser en español o portugués, porque yo los traduzco para publicarlas en los dos idiomas. El próximo cuento será mío, por lo que voy a tener que trabajar en él durante estas dos semanas. Bueno, eso si no estoy de mudanza, en cuyo caso no será posible postar nada porque estaré sin internet, pero luego volveré a atacar, entonces no se queden afligidos... Espérenme!


    Cuando miro esta foto no puedo evitar reírme al recordar todo lo que armamos durante aquel feriado de 18 de septiembre en la casa de la Katy y las consecuencias de nuestras jugarretas. Nadie esperaba que las cosas salieran de esa manera, pero a pesar de todo, no creo que ninguno de nosotros se haya arrepentido más tarde. Ya dicen que Dios escribe por líneas tortuosas y supongo que esto se aplica en este caso. Quiero decir, nosotros fuimos esas líneas tortuosas.
    Como lo hacíamos todos los años, empezamos a planear aquella fiesta con casi dos meses de anticipación. Esta vez, ella ocurriría en la calle donde vivía la Katerin y nos tocaba a nosotros la organización y divulgación del evento, puesto que disfrutábamos de un cierto prestigio en la ciudad debido al éxito de nuestras fiestas dieciocheras. En ellas, todo el mundo se divertía, bailaba y cantaba, no faltaba comida o bebida, había lugar para todos, siempre conseguíamos que algún grupo hiciera una presentación en vivo y nuestra decoración era de primera calidad. Pero lo mejor era que nunca había salido una pelotera en ninguna de las fiestas y los carabineros jamás recibieron llamadas reclamando por la música alta o la gritería. Esto hacía que las personas siempre nos llamaran para organizar sus ramadas y comparecieran en peso para divertirse sin tener que preocuparse de nada. Así, ese año, un grupo de moradores entró en contacto con nosotros a través de nuestra amiga Katerin -que vivía en aquella calle- pidiéndonos para que tomáramos cuenta del evento. Claro que aceptamos, pues fuera ganar una platita extra, podríamos divertirnos un poco y dejar a nuestra amiga con una tremenda moral  en la vecindad. Entonces, al principio de Julio convocamos una reunión para repartir las tareas y abrimos una cuenta de ahorro destinada a la compra de los items imprescindibles para que todo saliera como esperábamos. Poco a poco fuimos juntando carne, carbón, vino, cabritas, harina, fuegos artificiales, sombreros de paja, género, globos, banderitas de color, cordel, ramas de eucalipto y tablas para la construcción de las ramadas. Agendamos el arriendo de mesas, sillas, manteles y adornos y combinamos con un dúo folclórico de la propia ciudad para que hiciera una presentación. También fuimos atrás de un buen equipo de sonido y de cds de música típica e recorrimos los alrededores recogiendo ramas secas para hacer una grande fogata. Todo esto iba siendo cuidadosamente almacenado en la casa de la Katy, que poco antes de la fiesta ya estaba pareciendo la cueva de Alí babá y los cuarenta ladrones. Nuestras adquisiciones tomaban cuenta del jardín, la terraza, los cuartos, la despensa, los armarios y hasta el garage, de manera que el pobre don Andrés, el papá de la Katy, era obligado a dejar su cucaracho a la intemperie en pro de nuestra causa. Cuando reclamaba demasiado, pues las palomas e los zorzales estaban echándole a perder la ya descascarada pintura del carro, su esposa se lo llevaba a un rincón y le daba un sermón lleno de pasión y gestos grandilocuentes que nadie conseguía escuchar, y al poco tiempo don Andrés regresaba, manso que ni corderito y con una sonrisa de resignación en su cara menuda y, suspirando hondo, iba afuera, pescaba la manguera y un estropajo y se pasaba las próximas horas restregando la porquería de los pájaros del techo y el capó del cucaracho verde cata.
   -Bien que podía restregar hasta que saliera toda ese color horroroso.- rezongaba su esposa, observándolo desde la ventana de la sala -¿Cómo se le ocurre a alguien pintar un auto de verde cata?
   -Pero mami...- le refutaba la Katy, conciliadora -El auto ya tenía ese color cuando el papá se lo compró a don Kemil.
   Entonces, la madre hacía una mueca de desdén y regresaba a la cocina diciendo:
   -Que le comprara el auto a alguien con mejor gusto entonces.
   La Katy se derrumbaba en el sofá y dando un suspiro de resignación, nos miraba e se encogía de hombros.
   -No sé por qué mi mamá le tiene tanta pica a ese auto. Le tiene antipatía desde que lo vio por primera vez.
   -Tal vez sea porque el papá ni le preguntó sobre la compra y simplemente apareció un día  aquí con ese cucaracho como un hecho consumado, incluyendo el color..- explicaba Sergio, el hermano menor de la Katy -Tú sabes que a la mamá le gusta saber todo lo que pasa en esta casa... Hasta lo que no debería.- agregaba, taimado.
   La Katy le daba una mirada reprobadora y decía:
   -Sí, pero con esas flaites con que andas pololeando, uno tiene que preocuparse.
   -¿Qué se supone que quieres decir con eso?...- exclamaba Sergio, todo erizado -¡No son flaites!... Para tu información, son...
   -Oigan, oigan...- intervenía yo, apaciguadora -Acuérdense de que estamos aquí por causa de la fiesta. Vamos a dejar los asuntos personales para otra ocasión, ¿ya?.
   Sergio hacía un esfuerzo para tragarse la indignación y la Katy cruzaba los brazos sobre e pecho y miraba para otro lado. En ese minuto parecía que esos dos nunca más se iban a dirigir la palabra de nuevo, pero nosotros sabíamos que luego se olvidarían de todo y estarían bien. Ya nos habíamos acostumbrado a aquello, pues parecía que el único tema de discusión entre ellos eran las famosas pololas de Sergio, que nadie en la casa aprobaba. Todas las veces que nos reuníamos para definir los detalles de la fiesta, de alguna forma el temita salía a flote y los dos terminaban agarrándose de las mechas. Un gasto de energía totalmente inútil, penaba yo, ya que nunca conseguían ponerse de acuerdo en nada.
  Las cosas caminaron como esperado y cerca del fin de Agosto estábamos con todo listo. Lo único que les quedó por hacer a los vecinos fue la confección de los disfraces, para los cuales habíamos organizado un desfile en el último domingo con derecho a premio y todo, lo que despertó una feroz competencia entre las mujeres, que se pasaban horas en la máquina de coser, o de aguja en la mano, para hacer el disfraz más trabajado y original. También organizamos un desfile para escoger a la china más bonita, lo que suscitó otro torneo de encajes, vuelos, coronas, guantes, enaguas y velos. Pero la verdadera complicación apareció en el momento de escoger a los jurados, porque la mayoría era pariente de las  concursantes, de modo que prefirieron que nosotros tuviéramos esa tarea, ya que no teníamos nada que ver con nadie allí.
   Cuando llegó el primer fin de semana estábamos todos ansiosos por ver si todo iría a salir como lo planeamos. Pasamos la semana entera construyendo la fonda, colgando banderitas, inflando globos y preparando empanadas, manzanas confitadas, vino con duraznos, pebre y pan amasado... El olor a cebolla se demoró algunos días para salir de mis manos y pasé un buen tiempo sin querer ni mirar de lejos una empanada, pero todo valió la pena, pues aquel primer día fue todo un éxito. Todo el mundo vino a carácter y dispuesto a divertirse, comer y bailar hasta caer.
   En el medio de la fiesta, la Katy me pidió que fuera a buscar su cámara para que le sacáramos una foto al equipo con la calle adornada  e iluminada al fondo.
  -Una más para nuestro currículo.- expresó, satisfecha, con una sonrisa de oreja a oreja.
   Fui sin demora a buscar la cámara a la casa, que estaba una locura con todo ese entra y sale de gente llevando bandejas, jarras, fuentes de empanadas y asado, más algunas en la cocina amasando pan, revolviendo enormes ollas de cazuela y poniendo las empanadas en el horno, y otras en el tanque lavando kilos y kilos de platos, cubiertos y jarras. También me tropecé con gente en la sala que estaba inflando globos y desenvolviendo más premios para el stand de pesca, pues los niños ya se habían llevado todo... Mientras me dirigía al cuarto de la Katy miré todo aquello y sonreí, pues era realmente bonito ver a toda aquella gente trabajando unida y feliz por el éxito de nuestra empresa.
   -Así las cosas funcionan- me dije a mi misma, entrando por el corredor que llevaba a los cuartos.
   Abrí la puerta y entré rápidamente, encendí la luz y me dirigí hacia el closet en el cual a Katy me había dicho que guardaba la cámara. Ya estaba con la puerta abierta y ostentaba un increíble desorden de zapatos, ropas, carteras, bolsas y cajas. Los cajones estaban abiertos y todos revueltos y algunas piezas yacían en el suelo, mezcladas con las flores de papel crepé que eran parte de los adornos de mesa.
   -¡Chitas!- exclamé, parando delante de aquella confusión - ¿Cómo voy a poder encontrar alguna cosa aquí?.
   Me agaché y prácticamente me zambullí dentro del armario para ver si conseguía descubrir dónde, en medio de las faltas, sostenes, medias, pantalones, sweaters y zapatillas podría estar la famosa cámara... Aquí tengo que confesar que la idea de desistir de registrar el éxito del equipo en otra fiesta dieciochera se me vino a la cabeza mientras jalaba los tirantes del traje de baño de la Katy, que estaba enroscado en una maleta negra en el fondo del closet. ¿Será que una foto -una más- valía esta aventura en los territorios del despelote privado de mi amiga?... Empecé a pensar que no, sobre todo cuando sentí que el tirante se rasgaba ruidosamente con mi último tirón. Entonces, saqué el cuerpo de dentro del armario y me quedé arrodillada en el suelo, despeinada y empapada de sudor, jadeante y con la espalda adolorida. Sorbí y traté de arreglarme el pelo, sosteniendo el traje de baño por el tirante rasgado. Lo miré y tragué en seco.
   -Puchas, la Katy me va a matar.- murmuré, afligida.
   Entonces, una voz masculina vino desde mis espaldas, suave y gentil, interrumpiendo mis  aciagas consideraciones.
   -¿Necesitas ayuda?- preguntó, con una sombra de risa en su tono.
   Sobresaltada, solté el traje de baño y me viré. Sentado en la cama, en medio de los cojines y los animales de peluche que la Katy coleccionaba, estaba Sérgio, sonriéndome.
   -¡Ay, pero que susto me diste, tonto!...- exclamé, escondiendo rápidamente el traje de baño en mi espalda -¿Qué es lo que estás haciendo ahí en la obscuridad?
   El se encogió de hombros y suspiró. Parecía disgustado y medio triste, lo que era algo totalmente inusual en él.
   -Ah, hay mucho despelote y mucha gente allá afuera- respondió, desanimado.
   Yo me levanté y fui a sentarme al lado suyo.
   -¿Estás bien, Sergio?.- pregunté escrutando su carita menuda, en la cual se destacaban los ojos de un azul profundo.
   -Sí.- respondió, levantando los hombros, y se puso a jugar con los flecos del cubrecamas
   -Ah, no, no estás bien... ¡Yo te conozco, mosco! Si no estás allá afuera despelotando con los otros es porque algo muy grave está sucediendo.- repliqué, preocupada, apoyando mi mano en su brazo -Anda, cuéntame, ¿ qué es?.
   Levantó la cabeza y me miró por algunos segundos, como evaluando las posibilidades de  abrirse conmigo, pero no dijo nada.
   -Vamos, Sergito, puedes confiar en mí.- lo anime, sonriendo -Te prometo que guardo tu secreto... si tú guardas el mío.- agregué, mostrándole el traje de baño con el tirante desgarrado.
   Entonces abrió una leve sonrisa.
   -¡Ya pues!- insistí, tirando el traje de baño de vuelta al armario -¿Somos amigos o no somos amigos?
   Entonces, él se tendió en la cama y empezó a hablar, pero sin mirarme, pues estaba en esa edad en que la timidez es casi una enfermedad patológica, sobre todo tratándose de hacer confesiones o aclarar dudas... Pero en resumen, su drama se reducía a la imposibilidad de conseguirse una polola que su familia aprobara y no fuera llamada de "flaite" por su hermana. ¿Cómo era posible que nunca acertara al escoger? ¿Acaso tenía algún letrero pegado en la frente que atraía solamente a chicas de ese tipo?.
   -¿Pero por qué te quedas con ellas si sabes que no son buenas y que todo el mundo te va a criticar?- inquirí, perpleja, pues percibía que a él tampoco le gustaban esas chicas.
   -¡Pero todos en el grupo tienen una polola o están atrás de alguien!...¿Cómo voy a andar solo por ahí? ¡Se van a reír de mí y me van a poner todo tipo de sobrenombres estúpidos!- explicó Sergio, sinceramente angustiado -Tú no conoces a esos tipos, Angélica, son una mierda. Y cuando quieren molestar a alguien no paran hasta verlo derribado.
   -¿Entonces es por eso que siempre te metes con la primera tonta que aparece? ¿Puro para que no te hagan burla?- pregunté, cada vez más pasmada con en comportamiento machista y tirano de esos jóvenes - ¿Por qué andas con ellos si son tan pencas y te obligan a hacer lo que no quieres?
   -¡Ellos no me obligan a hacer nada!- se defendió Sergio, sentándose en la cama -Yo lo hago porque quiero, porque me gusta hacer parte de la patota.
   -¿Y tú piensas que vale la pena ese sacrificio?- le dije, empezando a irritarme con esa actitud tan infantil y sumisa -Francamente, Sergio, no esperaba eso de ti.
    El se levantó y fue hasta la puerta.
   -Bueno, no importa, yo sabía que no lo ibas a entender de todas maneras.- declaró, enojado -Mejor me voy a dar una vuelta por ahí... Quien sabe me encuentro otra flaite para pololear- concluyó, desapareciendo por el corredor en penumbras.
   Me quedé sentada en la cama durante algunos minutos, meditando sobre todo aquello, sobre el sufrimiento secreto de mi amigo, sobre la influencia absurda de aquella pandilla sobre él y sobre lo que era obligado a soportar sólo para no volverse motivo de chacota entre ellos. Me pareció algo injusto e indignante, porque Sergio era un muchacho bueno que estaba metiéndose en líos sólo para exorcizar su inseguridad y afirmar su posición en el grupo. ¿Será que no era capaz darse cuenta de que ese sacrificio no valía la pena? Luego todo eso pasaría y entonces sería demasiado tarde para reparar los errores que estaba cometiendo. La adolescencia es tan breve, pero no sé por qué nos da la sensación de que va a durar para siempre y de que nada más será importante después de ella. Y es ahí que está el peligro, pues en busca de aprobación y seguridad podemos abrir puertas y recorrer caminos que nos lleven al desastre... Y fue eso lo que percibí al escuchar el relato de Sergio. Si no se hacía alguna cosa, él terminaría jodiéndose de lo lindo.
   Decidida a solucionar ese impasse, me levanté de la cama y volví a la fiesta con pasos firmes. Cuando llegué donde el grupo estaba reunido, la Katy me preguntó por la cámara, pero yo le dije que teníamos una cosa mucho más importante que resolver que sacarnos una foto para nuestro currículo. Consciente de que estaba quebrando la promesa que le hiciera a Sergio, llevé a todo el mundo a un rincón y les expliqué la situación. Todos se quedaron muy preocupados -sobre todo la Katy, que ni se imaginaba que su hermanito estuviera pasando por ese tipo de cosa- y decidimos pensar juntos en una solución, pero nada que fuera muy obvio para que Sergio no desconfiara que yo había traicionado su confianza.
   -Pero fue por una buena causa.- me consoló Santiago al ver mi expresión de culpabilidad.
   Nos quedamos un buen tiempo sentados en aquel rincón considerando todo tipo de proyectos y salidas, mientras la fiesta corría de viento en popa, pero luego requirieron nuestra presencia para la elección de las primeras finalistas al papel de la china y tuvimos que dejar para después nuestras deliberaciones. Quedamos de encontrarnos en una de las fondas para continuar la conversación y en seguida fuimos a tomar nuestros lugares en la mesa del jurado. Yo me quedé dando vueltas por ahí, confiriendo si todo estaba a contento, cuando de repente vi, sentada en el stand de la pesca y rodeada por una docena de niños que se empujaban para agarrar una de las varas, a una chica pequeña y delgadita, de cabellos pelirrojos peinados en dos gruesas trenzas, vestido con flores amarillas y verdes y unas pecas pintadas en las mejillas. Nunca la había visto antes, jamás compareció a las reuniones que habíamos convocado y no participó de la confección de adornos, platos o disfraces. De lejos parecía tan niña cuanto el grupo que tomaba cuenta de su stand, y de vez en cuando le lanzaba una mirada de desamparo y aflicción a las personas que bailaban , comían y se divertían, como que pidiendo socorro, pero nadie se daba cuenta. Por momentos parecía que iba a naufragar en medio de aquella marea de chiquillos gritando, saltando y peleándose para agarrar los premios. Ella trataba de imponer algo de orden en la chiquillada aplaudiendo y apartándolos para que no se pelearan, pero su voz mal se escuchaba... Intrigada, me quedé observándola de lejos, preguntándome quién sería y cómo había ido a parar en aquel stand. ¿A quién se le habría ocurrido la idea de que ella tendría autoridad suficiente para lidiar con ese montón de chiquillos desesperados y gritones?, me pregunté, sintiendo pena de su situación, que parecía ponerse más fuera de control a cada momento... Como era mi deber de organizadora evitar este tipo de situaciones, decidí ir hasta allá y darle una manito, pues ya estaba viendo lágrimas asomando a sus grandes ojos verdes.
   -¡A ver, a ver, mocosos!- exclamé con una voz alta y gruesa, para impresionar a las fieras -¿Qué es lo que está pasando aquí?
   Los niños dejaron de gritar y saltar y se volvieron hacia mí, sobresaltados. La chica pelirroja me miró con la expresión de quien ve un ángel aparecer a las tres de la tarde en plena plaza pública, soltó un inmenso suspiro de gratitud y se limpió disimuladamente las lágrimas.
   -¡Yo quiero una vara!- gritó un mocoso gordo y caprichoso, con un bigote negro todo chueco pintado sobre la boca.
   -¡Yo llegué primero!- berró otro, empujándolo para colocarse delante de él. Este estaba todo sudado y las pecas pintadas en las mejillas se habían transformado en una ancha rojiza que avanzaba hacia las grandes orejas.
   -¡Eso no es verdad!- intervino una niñita, ostentando un sombrero lleno de flores son dos trenzas de nylon negro cosidas a él -¡Ellos se colaron en la fila, tía!...- y todos los otros niños se pusieron a gritar y a acusarlos al mismo tiempo. Era el infierno.
   -¡Muy bien, muy bien! ¡Cálmense, por favor, si no no vamos a llegar a ningún lugar con esta pelotera!- exclamé, batiendo las manos para hacer que se callaran -Vamos a organizar la fila de nuevo y nadie... ¡Nadie, dije!- repetí con voz de trueno y ojos chispeantes directamente clavados en los dos mocosos que habían iniciado la confusión -Nadie se va a colar, ¿entendido?.
   En un instante, los niños formaron una fila comportada y quietecita, lanzándome de vez en cuando unas miradas de puro respeto y contrición que me hicieron sonreír entre dientes. Dominado el motín de la inquieta tripulación, pesqué un banquillo y me senté al lado de la chica pelirroja, que también me miraba con profunda admiración y respeto.
  -¡Qué alivio!...- comentó, sonriendo -Si no fuera por ti, no sé lo que habría hecho, ¡en serio!
   -Probablemente habrías salido corriendo o te habrías tragado las malditas varas de pescar.- le respondí, sintiendo que había ganado su confianza -¿Tú eres de aquí?- inquirí, en seguida.
   -Acabé de llegar de los Estados Unidos. Estaba haciendo intercambio.- me respondió, ya relajada.
   -Entonces no estás muy ubicada todavía, ¿verdad?- indagué, empezando a esbozar mi plan de ataque.
   -No, no conozco a casi nadie. Hay mucha gente nueva en el barrio, pero de todas maneras quise participar en la fiesta. Allá en los Estados Unidos no existe nada así.
   -¡Sí, sólo en Chile para fiestear tanto!... Pero ahora tienes que recobrar el tiempo perdido, ¿no?.
   Ambas nos reímos y continuamos conversando mientras los niños, ahora con menos desorden y gritería, disputaban los premios. La chica se llamaba Heloisa y era la hija menor de una señora que vivía en el barrio, doña Helena. Se había quedado tres años fuera perfeccionando su inglés y había retornado hacía tres semanas para retomar sus estudios y su vida aquí, pero todavía estaba con un poco de dificultad para adaptarse, sobre todo con el clima. Tenía diecisiete años y, lo más importante, ningún pololo o proyecto de pololo- Todavía no había tenido oportunidad de ir a ninguna fiesta y la mayoría de sus panoramas era en familia, pues los hermanos y padres querían acapararla con todo tipo de mimos, paseos, visitas a parientes y largas conversaciones en el porche o la plaza del barrio. Me confesó que a veces se sentía medio agobiada con tanta atención, pero yo le dije que eso era normal. Su familia quería aprovechar su presencia antes de que ella encontrara nuevos amigos y empezara a quedarse menos tiempo en casa y más en el mall, el carrete o la casa de sus amigas.
   -¡Pero así nunca voy a poder conocer a nadie!- reclamó, impaciente -¡Están todo el tiempo atrás de mí!.
   -Calma, que eso pasa, Heló...- me reí, divertida con su aflicción -Dales un tiempo, sé paciente.
   Suspirando con resignación, ella concordó. Entonces le dije que tenía que circular por ahí para ver si todo estaba corriendo bien y salí del stand, prometiéndole volver así que fuera posible. En verdad, lo que yo quería era encontrarme con mis amigos para contarles sobre el pequeño y precioso tesoro que había encontrado, pues el plan que había empezado a imaginar en el momento en que vi a Heloisa, estaba completo. No podía fallar, ella era demasiado perfecta.
   Fué así que cometimos esa inolvidable locura que terminó de la forma menos esperada. Roberto y Samuel fueron a buscar a Sergio para pedirle que fuera a la casa de la Katy a buscar algunas cosas que empezaban a faltar en la fiesta: sacos de cabritas y azúcar para caramelizar las manzanas del amor. Se demoraron un poco para convencerlo, pues él alegó que no formaba parte del grupo organizador y que no tenía por qué andar corriendo atrás de cualquier cosa, pero Roberto y Samuel acabaron por quebrar su resistencia cuando le prometieron una pequeña "ayuda de costo" para la compra de su nuevo equipo de sonido... Cuando nos contaron sobre aquel descarado soborno algunos pusieron el grito en el cielo, pues tendrían que sacar de los lucros del trabajo para cumplir con el acuerdo, pero yo les recordé nuestro objetivo, que era mucho más importante que perder algunos billetes de diez o veinte lucas.
   -Oigan, ¿pero qué es eso?- los reprendí - ¡Es nuestro amigo Sergio! ¿O ya se les olvidó? ¡Vamos a tener muchas otras fiestas para recuperar la plata, pero no vamos a tener otro amigo como él!.
   Entonces todos pararon de reclamar, avergonzados, y decidieron continuar con el plan.
   La Josefa y yo fuimos hasta el stand de la Heloisa y yo la llamé con la disculpa de que necesitaba ayuda para llevar un cajón de manzanas de la despensa de la  casa de la Katy. Ella me miró medio raro, pues debe haberse dado cuenta de que la Josefa, que estaba a mi lado, era mucho más fuerte que ella y probablemente se preguntó por qué no le pedía a ella que me ayudara, pero como se sentía en deuda conmigo por el episodio de los niños se prestó de buen grado a acompañarme. Dejamos a la Josefa en su lugar, ciertas de que delante de su imponencia la chiquillada no osaría hacer desorden, colarse en la fila o tratar de robarse los premios sin la vara, y fuimos hasta la casa de la Katy.
   -Los cajones están en la despensa, Heló. Anda tú adelante que yo le voy a preguntar a la mamá de la Katy cuántos necesita- dije, sonriendo con mi mejor cara de palo y rezando para que los chiquillos hubiesen llevado a Sergio hasta allí y que él ya estuviera zambullido entre los sacos de azúcar y las bolsas de cabritas -Sólo tienes que doblar por ese corredor, salir a la terraza y te vas a encontrar con la despensa.
   Inocente de nuestras confabulaciones, Heloisa obedeció con su bella sonrisa y se dirigió hacia la pieza que yo le había indicado, abrió la puerta y entró. Inmediatamente, yo corrí hasta allí y, sin que ella se diera cuenta, cerré la  puerta muy despacio, rezando para que no crujiese, saqué la llave de mi bolsillo y tranqué a los dos allá dentro sin el menor remordimiento.
   La verdad es que ninguno de nosotros sabe hasta hoy qué fue lo que pasó dentro de la despensa esa noche. Sergio y la Heló nunca quisieron contarnos, para castigarnos por nuestras pillerías, sin embargo, todos llegamos a la conclusión de que aquel encuentro forzado debía haber sido planeado no solamente por nosotros, sino también por alguien allá encima que estaba con la misma idea en la cabeza, porque cuando fuimos a abrir la puerta del cuarto como a las tres de la mañana, cuando la fiesta estaba casi en el final, ambos salieron de allí de manos enlazadas y una sonrisa tonta en el rostro y ni quisieron saber de nuestras explicaciones excéntricas sobre aquel "infeliz accidente"... Simplemente se fueron conversando y riendo como si aquello hubiera sido la cosa más normal del mundo. Todos nos quedamos de una pieza, pues estábamos preparados para un ataque de furia, lágrimas, recriminaciones y hasta algún puñetazo, ¡pero no para esa escena de película romántica!
   -¡Puchas!...- exclamó la Katy, con los ojos desorbitados -¡Pero qué éxito!... Conociendo a Sergio podría haber pasado cualquier cosa y en vez de eso... ¡Mírenlos! ¡No me lo creo!- Entonces se volvió hacia nosotros y con voz emocionada agregó: -Ni sé cómo agradecérselos, chiquillos... Se pasaron. Confieso que no creí mucho que un plan tan loco fuera a resultar, pero parece que el universo también estaba conspirando para juntar a esos dos solitarios.
    -Lo que tiene que pasar, pasa.- sentenció la Teresa, con su usual aire de pitonisa, y todos nos reímos.
   -¡Bueno, cabritos, yo creo que ahora sí es hora de sacarnos esa foto!- exclamé -Esta fiesta fue realmente un éxito
   -¡La mejor de todas!.- concordó Samuel -¡Anda a buscar la cámara!
   Entonces nos sacamos esta foto que está en mi álbum ahora, con toda la patota en la terraza de la casa de la Katy, que ya no es azul ni tiene techo de madera, pero que conserva nuestros recuerdos más queridos. Veo el rostro de mis amigos: el Andrés y su polola, la Julia, la Josefa y su sonrisa de gato, Samuel haciendo cuernitos atrás de la cabeza de Rogerio, que siempre aparecía tan serio en las fotos, la Katy con los brazos abiertos y riéndose, el Roberto con las manos en los bolsillos, apoyado en la pared con esa sonrisa medio tímida y el cabello en la frente... Recuerdo sus voces, sus gestos, la alegría de aquella noche muy loca, del olor a empanada y a chicha, de la música ecoando en la calle iluminada por las hogueras y cruzada por centenas de banderitas coloridas... El Sergio y la Heloisa no aparecen en esta foto, pero no porque estaban enojados con nosotros... De ellos tengo otra foto: ella con su vestido banco, el velo de encaje y la corona de flores amarillas adornando sus cabellos rojos peinados en un elegante moño y Sergio muy elegante con el terno gris y la flor amarilla en la solapa, cabellos impecablemente arreglados y la alianza brillando en el dedo anular izquierdo. La otra foto que tengo es la de ellos con los dos hijos: Samuel y Liza. El, gordito y cachetón, de cabellos rojos y encaracolados y enormes ojos verdes y ella, un bebé todavía, con una toquita blanca destacando sus cabellos negro y su manita extendida hacia la cámara, como si quisiera agarrarla. La sonrisa es la misma de Sergio...