Y como se los prometí ayer, aquí van más cuentos para el fin de semana. Ahora tengo que empezar a inspirarme de nuevo, a mirar a mi alrededor, a escuchar y traducir mis experiencias en historias, porque estos son los dos últimos cuentos de mi cosecha anterior, antes de la maldita gripe... Pero con días tan lindos creo que no voy a tener problemas, porque salir caminando por ahí va a ser una maravilla.
INVIERNO
El invierno había llegado, no cabía la menor duda. Todos corrían para salir temprano del trabajo e irse luego a sus casas. Eran apenas las cinco y media y las sombras ya empezaban a tomar cuenta de la ciudad. Los perros y sus amos paseaban a pasos apresurados, los dueños de los kioskos de dulces y revistas descolgaban sus mercaderías y las metían en cajas, los autos bocinaban, impacientes, pues las luces rojas parecían durar una eternidad. Todos pensaban en una taza de té humeante, unas tostadas, un plato de buena y reconfortante sopa, unos tallerines con aroma a albahaca, la estufa encendida, el ambiente tibio y acogedor. Hasta los mendigos se apresuraban para no perder un lugarcito en los albergues... Menos el Tito. El caminaba por la calle, envuelto en una manta y tirillenta, con su bolsa de plástico colgada al hombro, encogido en su camisa agujereada y sus pantalones demasiado delgados. Ni medias tenía y el hielo del cemento se le colaba por la planta de los pies y le recorría todo el cuerpo, haciéndolo tiritar... Miraba con secreta envidia a los que se dirigían a sus hogares, no importaba si eran ricos o pobres.Tenían un techo, una familia, un plato de comida caliente, una taza de té, quien sabe un brasero... Pero a él le daba vergüenza ir a meterse a un albergue con todos esos mendigos hediondos y peleadores, enfermos, decadentes, ebrios... Había una cama, una ducha, un plato de porotos con rienda, un poco de dignidad. Pero eso no era bastante para él. Estaba en la calle, arruinado por malos negocios, él, que lo había tenido todo, abandonado, con hambre y frío, pero no era capaz de aceptar caridad.
De repente empezó a llover. Fue como un balde de agua helada que lo golpeó desde el cielo... Y el Tito se quedó parado ahí, en la vereda desierta, con la cabeza gacha, sintiendo que el alma se le iba junto con el torrente de agua que que corría sobre el cemento.
LA VENGANZA
Había conseguido el trabajo por pura suerte, porque el otro tipo se había enfermado justo el día anterior y él era el próximo en la lista. No era lo mejor del mundo, pero iba a recibir dinero fijo a fin de mes y la cosa era bien fácil. El edificio era enorme y estaba abandonado hacía un par de años. Iban a demolerlo para construir uno nuevo, pero hasta que esto se cumpliera, había que cuidarlo para que nadie se metiera y lo depredara. Eric no entendía cómo un solo guardia podría hacerse cargo de tanto corredor, escaleras y salas, baños inundados, equipos llenos de telarañas, agujeros en las paredes, manchas de humedad y muros descascarados, pero si le había tocado a él, bueno, lo haría lo mejor posible. Murmuraban por ahí que el edificio estaba embrujado, que habían matado gente ahí, que entraban drogadictos y vagabundos por un pasadizo subterráneo, que podían atacarlo, que estaba invadido por ratas y baratas enormes... Pero él tenía que quedarse solamente en la entrada, en un sillón de escritorio viejo y destartalado, con una mesita donde puso su televisor y su termo con café junto con la marmita y un cuaderno donde debía anotar lo que encontrara, lo que sucediera... Eric no podía evitar sonreír al mirar las hojas blancas frente a él y la lapicera... ¿Pero qué podía pasar ahí? ¡Estaba desierto!...
Y así se lo pasaba la semana entera, solo y viendo tele o haciendo puzzles, espiando por la rendija de la puerta hacia la calle, a las personas que pasaban sin fijarse en él. Nadie sabía que estaba allí... Y la soledad y el tedio empezaron a meterse en su mente y su corazón poco a poco. Parecía que había una frontera invisible que lo separaba de ese mundo iluminado y móvil allá afuera. Dentro era tan quieto y obscuro, polvoriento, viejo, a veces hasta daba miedo... Y las voces empezaron a llamarlo, a decir su nombre en susurros, a atraerlo desde el fondo de los pasadizos y escaleras, de las piezas con olor a moho, de las puertas cubiertas de telarañas y astillas, de entre las vigas trizadas. Eric trataba de no oírlas, diciéndose que era pura fantasía suya, producto del ocio y del aburrimiento, de la falta de compañía... Pero las voces se hicieron cada vez más fuertes y claras, hasta que él no resistió a su hechizo y dejando el sillón y la televisión prendida, subió la pomposa y decadente escalera, tropezando en ladrillos, pedazos de madera y vidrios, y fue desapareciendo en la penumbra, hasta que el edificio imponente y callado se lo tragó, agregándolo a su leyenda de fantasmas, porque si a él lo iban a demoler, lo menos que podía hacer era llevarse a unos cuantos con él.