domingo, 18 de outubro de 2015

"Inspiración Primavera"

    Como prometido, y completamente inspirada por la llegada de la primavera -y a pesar de sus cambios de humor, porque dicen que mañana va a llover- aquí van los cuentos de esta semana. Vamos a ver si sale el sol de nuevo y me inspiro, porque ahora sí  que se me acabó el stock de historias... Pero a veces una lluviecita también puede traernos algunas buenas ideas, ¿no es verdad?...



                                                     TEJIENDO

    Hace frío en el puente. Mucho frío. Todos tratan de poner sus puestos más cerca de la calle, porque en el medio del puente pasa un viento glacial que nadie se aguanta. Y también es más fácil arrancar de los carabineros si se está en los extremos. Porque son todos ilegales. Llegan todo día con su saco de mercaderías de segunda -o receptadas- ropa usada, zapatos gastados y todo tipo de chucherías de dudosa calidad, extienden un paño en el suelo (listo para enrollarlo con las cosas adentro y salir corriendo si aparecen los pacos) y ahí se quedan el día entero, ofreciendo sus productos a todos los que pasan a camino de La Vega... Conversan, se toman un tecito para espantar el hielo que sube del río, bromean, dormitan apoyados en la baranda de metal, comen su marmita fría y pocas veces vuelven a casa con algo de dinero. Pero siguen ahí, porfiados, osados. Y hay de todo tipo: jóvenes, viejos, madres con sus hijos, abuelos, gordos, enojados, bromistas, desanimados... Y la señora que teje. Es una viejita de cabellos completamente blancos, arrugada y delgadita como una vara, de piel curtida y dura por la intemperie, unas manos huesudas, de dedos nudosos y uñas carcomidas. Parece que ni toda la ropa del mundo va a ser capaz de de quitarle el frío. Ella vende aliños en bolsitas y algunas hierbas medicinales, pero no les hace propaganda. No, está siempre calladita, sentada en su banco de plástico, con una bolsa de rafia al lado y su tejido. ¿Es una bufanda? ¿Un calcetín? ¿Quien sabe un suéter para alguna nieta?... Lo curioso es que parece que su tejido no avanza, está siempre del mismo tamaño. ¿Qué será lo que teje en realidad? ¿Sus sueños de niña? ¿Sus esperanzas casi muertas? ¿Sus recuerdos? ¿Sus miedos?... Nadie lo sabe, pero lo cierto es que parece que no quiere terminar esta prenda porque a lo mejor tiene miedo de que, al hacerlo, también se termine su vida. Se mantiene agarrada a ella a través de este tejido de lana descolorida. Como la esposa de Ulises, que tejía de día y deshacía el trabajo por la noche, la viejecita, en la obscuridad de su pieza húmeda y fría, enrolla y desenrolla en una bola de lana su destino.



                           

                                                    DON PEDRO


    El tipo era lo máximo: gentil, bien humorado, atento, alegre, se anticipaba a los deseos y preguntas de todos, siempre dispuesto a ayudar, haciendo más de lo que era su deber. Daba consejos, hacía y escuchaba confidencias, arreglaba puertas, llaves, lámparas. No dejaba a nadie sin atender, siempre con una sonrisa luminosa. Conseguía teléfonos imprescindibles, preguntaba por la salud, la familia, el trabajo. Conocía la vida de todos y llevaba mensajes a los jefes, trayendo de vuelta noticias fidedignas sobre lo que planeaban, lo que escondían, sus fallas y complots. Vaticinaba con puntería certera las posibles desgracias que podrían sobrevenir y opinaba sin temor sobre lo que debería hacerse para que todos vivieran felices. Era un tipo irreemplazable, de verdad. Nadie quería que se fuera, que siquiera se alejara, porque después de un tiempo empezaron a depender de él y sus acciones y consejos, de sus advertencias.... Nada sucedía sin que don Pedro no lo supiera e interviniera de alguna forma, mostrándose siempre justo y sereno. Sin embargo, al mismo tiempo que esto sucedía empezaron a generarse peleas y desacuerdos entre todos. Era como si alguien hubiera plantado la semilla de la discordia. Se acusaban y dejaban de saludarse por tonterías, y ante cualquier enfrentamiento, todos corrían a pedirle consejo y sentencia a don Pedro, y como todos lo respetaban y lo querían, las cosas se calmaban por un tiempo. Pero luego alguien más entraba en conflicto y las discusiones se sucedían entre todos, inclusive con los jefes y los otros que trabajaban en el lugar. Era como una montaña rusa de nunca acabar. Y el único que podía salvarlos de esta tormenta era don Pedro. Su poder era indiscutible.
    Y en la noche, ya en su cama, don Pedro apagaba la luz y sonreía en la obscuridad, como si no quisiera que nadie lo pillara, y se frotaba las manos con aire satisfecho. Sí, decididamente los tenía a todos en el bolsillo.