Y como prometido, aqui van los cuentos de este fin de semana lluvioso y muy, muy frío.
ENCUENTRO
El perro andaba deambulando por allí hacía tiempo. Se alimentaba de lo que los transeúntes dejaban caer al suelo en los cafés o heladerías o de lo que se escapaba de los basureros. Los niños, siempre compasivos y sonrientes, le arrojaban pedazos de pan, salchichas o papas fritas cuando sus mamás no estaban mirando, y él se los agradecía con un entusiasta menéo de rabo. El problema era cuando trataba de acercárseles para entablar amistad. Ahí, las personas se volvían repentinamente agresivas y llenas de remilgos y lo espantaban a patadas o carterazos y el pobre tenía que correr a esconderse debajo de los bancos... Se quedaba echadito ahí, mirando con ojos largos a las familias que compartían y se reían a lo lejos. ¡El quería tanto tener a alguien así, para echarse a su lado, para salir a caminar, para repartir la comida y jugar a la pelota! Pero todas las veces que se acercaba demasiado los humanos tenían la misma reacción. ¿Era porque estaba medio sucio? ¿O porque era muy grande y peludo? ¿De repente apestaba demasiado?... No lo sabía a ciencia cierta, pero jamás conseguía una caricia, ni siquiera con el zapato.
Hasta que encontró al mendigo. Estaba echado al lado de un árbol, huyendo del calor y la sed, cuando lo vio llegar, sucio, despeinado, con un chaquetón viejo y grasoso y una zapatilla de cada color. Estaba barbudo y el can pudo sentir su hedor desde donde se encontraba... Pero estaba más atento a lo que el hombre traía en la mano: una bolsa con comida. Tal vez no le diera un puntapié si se le acercaba... A final de cuentas, eran bien parecidos... El mendigo se sentó, apoyándose en la pared, y puso la apetitosa bolsa sobre sus piernas. Miró a su alrededor y dijo alguna cosa, hizo unos gestos y se rio. Evidentemente, no estaba muy cuerdo, tal vez fuera arriesgado acercarse... ¡Pero el contenido de la bolsa olía tan bien! Al perro se le caía la baba y, sin poder resistirlo, se levantó y fue resueltamente hasta el hombre.Se paró delante de él y quedó mirándolo fijo mientras éste sacaba unos pedazos de pollo y empezaba a mordisquearlos. Parecía que no se había dado cuenta de la presencia del perro, que al percatarse de su extraña indiferencia, se le acercó un poco más. Era una especie de duelo. Y después de algunos minutos, el can salió victorioso. Aún sin verlo, el mendigo sacó otro pedazo de pollo y se lo pasó, balbuceando algo ininteligible. No le sonrió, no lo acarició. El perro era como un accidente frente a él, algo que de alguna forma lo obligaba a tomar una actitud. Pero no parecía tener consciencia de lo que hacía. Simplemente lo hacía.
El perro devoró la presa, moviendo la cola, y se echó al lado del hombre, satisfecho, cosa que éste no pareció ni notar. Siguió comiendo y hablando solo, y de repente, como si se le iluminara el cerebro, extendió una de sus manos inmundas y de uñas largas y negras, y acarició torpemente la cabeza del animal. Viró el rostro barbudo y curtido y le sonrió con unos dientes café amarillento. Por algunos segundos se dio cuenta... Pero aquello fue suficiente para el can. Finalmente había encontrado a su dueño. Y el mendigo había encontrado un compañero.
Y ahí están todos los días, junto a la pared, uno al lado del otro. Uno por casualidad. El otro por fidelidad.
SIN LUZ
La tormenta arreciaba allá afuera. Carmen la contemplaba desde el sofá de la sala. El viento hacía cantar todos los móviles de la terraza y el cielo se iluminaba con el resplandor repentino de los rayos, seguidos por truenos que hacían temblar los vidrios... No había nada que hacer a no ser quedarse ahí, calientita y protegida, y esperar a que pasara. Sólo sentía lástima de todos los que estaban en la calle, los que habían tenido que ir a trabajar, los que esperaban en los paraderos, entumidos y empapados. Realmente, ella tenía mucha suerte. Por lo menos para capear el mal tiempo tenía la televisión, el computador, un té caliente, la música de la radio... Hasta que de repente, lo impensado: se cortó la luz.
Carmen se quedó un momento inmóvil, desconcertada, como si no creyera lo que acababa de suceder. El departamento se quedó a obscuras y en total silencio. ¿Qué hacer?... Pues nada, a no ser esperar que la energía volviera. Carmen permaneció sentada en el sofá y miró a su alrededor, sintiendo ese cambio, esa especie de nada en la cual podía escuchar claramente cada sonido, cada crujido o corriente de aire, su propia respiración, los movimientos externos e internos de su cuerpo inmóvil. Podía oír todo, adentro y afuera, pero lo más sorprendente e inquietantemente agradable era que era capaz, en mucho tiempo, de escuchar sus pensamientos, de percibir sus sentimientos, de acompañar las evoluciones de sus ideas y sensaciones. ¡Y cómo sus percepciones se volvían claras y profundas! Todo parecía adquirir nuevas dimensiones y significados. Había una quietud que ultrapasaba el silencio físico y alcanzaba algo muy dentro de ella, algo que parecía querer manifestarse hacía mucho tiempo, una realidad diferente, más pura y cercana, menos invasiva, más clara y personal... La falta de luz la hacia tener un inesperado y profundo encuentro con ella misma. Era solamente ella en esa sala silenciosa y en penumbras, sin radio, sin televisión ni computador... De repente podía entender el valor de un claustro, de la vocación para el silencio, de la ausencia de toda esta contaminación visual y auditiva que la rodeaba y la embrutecía, la mareaba, la confundía, le robaba la esencia, la capacidad -el don, la gracia- de percibirse a ella misma y a los otros, de escuchar, de sentir más profunda y detenidamente, de entrar dentro de sí misma y encararse, descubrirse, descifrarse, entenderse, perdonarse y amarse. De ser lo que realmente era.
Cuando escuchó el pito del refrigerador se dio cuenta de que la luz había vuelto. Fue como salir de un trance, un episodio que difícilmente olvidaría... Se levantó y prendió la televisión, encendió el computador y la música volvió a invadir el departamento...