domingo, 20 de novembro de 2016

"¡La inspiración está de vuelta!"

    Y finalmente, como se los prometí y después de este largo ayuno, aquí estoy de regreso con mis cuentos. Tengo una hoja llena de ideas y espero que esta racha no se acabe nunca más, porque no sólo es entretenida y buena para ustedes -eso supongo- sino que también lo es para mí... Entonces, aquí van los dos primeros ¡y espero que los disfruten!



                                                                      NUBES

    Esa parecía un pajarito con las alas abiertas. Allá, una torre con una banderola. Aquí encima un perro de tres patas. Encima del árbol retorcido y sin hojas había una que le pareció la cara de su tata, con la barba y la chupalla, igualito. La Tuca estiró el cuello para divisar otro pedazo de cielo por la ventanilla llena de musgo y dibujos obscenos... Sí, al fondo podía divisar una mariposa que, poco a poco, se fue convirtiendo en una olla humeante. Se acordó de la cazuela de su mamá, allá en la mesa de la vieja casa rodeada de sauces y álamos, donde podía oírse en canturreo de un arroyo y los trinos de las loicas, zorzales y tordos... Entonces, la nube se transformó en algo alado e inmenso que se abría sobre el patio mezquino de concreto resquebrajado, de paredes cubiertas de groserías, resentimiento, venganza, nostalgia, desencanto... Pero a las nubes no les importaba nada de eso. Allá arriba, libres y chiquillas, jugaban con el viento y la imaginación de los mortales. Había que seguirles el ritmo y la creatividad, había que subir hasta ellas, mezclarse con sus blancas ondas siempre en movimiento y dejarse llevar, porque en esa celda estrecha, obscura y hedionda de la cárcel de mujeres era la única forma de acordarse de que la belleza aún existía y de lo que era ser libre.





                                                 LA ESCALERA


    Uno pasaba frente al edificio de ladrillos mil veces pintados y descascarados, con un segundo piso de decadentes balcones rococó tristemente adornados con maceteros de cardenales y hiedras, zapatillas secando al sol y antenas de televisión enredándose entre los cables, los restos de volantines, plumas secas y ropas colgadas en varillas de mimbre, y no podía dejar de desviar los ojos hacia la escalera que daba entrada a ese segundo piso. En el primero había una barbería, una tienda de objetos de pluma vit y espuma y un café de vidrios negros, de cuyo interior salían a veces música y risotadas y un recalcitrante olor a incienso barato... Pero la escalera era lo que más llamaba la atención. Se erguía, chueca y opaca, con un pasamanos adosado a la pared polvorienta, los peldaños hundidos, descascarados, mil veces encerados encima de la mugre, y desaparecía en una curva entre el techo y la pared. Parecía fuerte y porfiada, pero no podía esconder su decrepitud, su tristeza. Tal vez hacía mucho tiempo ese edificio había sido bonito, bien cuidado, tal vez hasta con clase, con cortinas de encaje blanco y balcones dignos, bien iluminado, de habitaciones grandes y bien arregladas, y no como estaba hoy, subdividido en decenas de cuartuchos hacinados, sucios, opacos, a los cuales se llegaba subiendo aquella escalera maltrecha y asustadora. En su decadencia parecía querer contar todas las historias, mostrar todos los personajes y sus indignidades, penurias y sacrificios, la obscuridad en que vivían, las estrecheces que pasaban y las esperanzas que aún tenían de, quien sabe algún día, no tener que subir más por esos peldaños que rechinaban escandalosamente su miseria.

domingo, 21 de agosto de 2016

"Invierno"

    Y como se los prometí ayer, aquí van más cuentos para el fin de semana. Ahora tengo que empezar a inspirarme de nuevo, a mirar a mi alrededor, a escuchar y traducir mis experiencias en historias, porque estos son los dos últimos cuentos de mi cosecha anterior, antes de la maldita gripe... Pero con días tan lindos creo que no voy a tener problemas, porque salir caminando por ahí va a ser una maravilla.



                                                      INVIERNO

    El invierno había llegado, no cabía la menor duda. Todos corrían para salir temprano del trabajo e irse luego a sus casas. Eran apenas las cinco y media y las sombras ya empezaban a tomar cuenta de la ciudad. Los perros y sus amos paseaban a pasos apresurados, los dueños de los kioskos de dulces y revistas descolgaban sus mercaderías y las metían en cajas, los autos bocinaban, impacientes, pues las luces rojas parecían durar una eternidad. Todos pensaban en una taza de té humeante, unas tostadas, un plato de buena y reconfortante sopa, unos tallerines con aroma a albahaca, la estufa encendida, el ambiente tibio y acogedor. Hasta los mendigos se apresuraban para no perder un lugarcito en los albergues... Menos el Tito. El caminaba por la calle, envuelto en una manta y tirillenta, con su bolsa de plástico colgada al hombro, encogido en su camisa agujereada y sus pantalones demasiado delgados. Ni medias tenía y el hielo del cemento se le colaba por la planta de los pies y le recorría todo el cuerpo, haciéndolo tiritar... Miraba con secreta envidia a los que se dirigían a sus hogares, no importaba si eran ricos o pobres.Tenían un techo, una familia, un plato de comida caliente, una taza de té, quien sabe un brasero... Pero a él le daba vergüenza ir a meterse a un albergue con todos esos mendigos hediondos y peleadores, enfermos, decadentes, ebrios... Había una cama, una ducha, un plato de porotos con rienda, un poco de dignidad. Pero eso no era bastante para él. Estaba en la calle, arruinado por malos negocios, él, que lo había tenido todo, abandonado, con hambre y frío, pero no era capaz de aceptar caridad.
     De repente empezó a llover. Fue como un balde de agua helada que lo golpeó desde el cielo... Y el Tito se quedó parado ahí, en la vereda desierta, con la cabeza gacha, sintiendo que el alma se le iba junto con el torrente de agua que que corría sobre el cemento.




                                                    LA  VENGANZA


    Había conseguido el trabajo por pura suerte, porque el otro tipo se había enfermado justo el día anterior y él era el próximo en la lista. No era lo mejor del mundo, pero iba a recibir  dinero fijo a fin de mes y la cosa era bien fácil. El edificio era enorme y estaba abandonado hacía un par de años. Iban a demolerlo para construir uno nuevo, pero hasta que esto se cumpliera, había que cuidarlo para que nadie se metiera y lo depredara. Eric no entendía cómo un solo guardia podría hacerse cargo de tanto corredor, escaleras y salas, baños inundados, equipos llenos de telarañas, agujeros en las paredes, manchas de humedad y muros descascarados, pero si le había tocado a él, bueno, lo haría lo mejor posible. Murmuraban por ahí que el edificio estaba embrujado, que habían matado gente ahí, que entraban drogadictos y vagabundos por un pasadizo subterráneo, que podían atacarlo, que estaba invadido por ratas y baratas enormes... Pero él tenía que quedarse solamente en la entrada, en un sillón de escritorio viejo y destartalado, con una mesita donde puso su televisor y su termo con café junto con la marmita y un cuaderno donde debía anotar lo que encontrara, lo que sucediera... Eric no podía evitar sonreír al mirar las hojas blancas frente a él y la lapicera... ¿Pero qué podía pasar ahí? ¡Estaba desierto!...
    Y así se lo pasaba la semana entera, solo y viendo tele o haciendo puzzles, espiando por la rendija de la puerta hacia la calle, a las personas que pasaban sin fijarse en él. Nadie sabía que estaba allí... Y la soledad y el tedio empezaron a meterse en su mente y su corazón poco a poco. Parecía que había una frontera invisible que lo separaba de ese mundo iluminado y móvil allá afuera. Dentro era tan quieto y obscuro, polvoriento, viejo, a veces hasta daba miedo... Y las voces empezaron a llamarlo, a decir su nombre en susurros, a atraerlo desde el fondo de los pasadizos y escaleras, de las piezas con olor a moho, de las puertas cubiertas de telarañas y astillas, de entre las vigas trizadas. Eric trataba de no oírlas, diciéndose que era pura fantasía suya, producto del ocio y del aburrimiento, de la falta de compañía... Pero las voces se hicieron cada vez más fuertes y claras, hasta que él no resistió a su hechizo y dejando el sillón y la televisión prendida, subió la pomposa y decadente escalera, tropezando en ladrillos, pedazos de madera y vidrios, y fue desapareciendo en la penumbra, hasta que el edificio imponente y callado se lo tragó, agregándolo a su leyenda de fantasmas, porque si a él lo iban a demoler, lo menos que podía hacer era llevarse a unos cuantos con él.

domingo, 3 de julho de 2016

    Y como prometido, aqui van los cuentos de este fin de semana lluvioso y muy, muy frío.



                                                     ENCUENTRO

    El perro andaba deambulando por allí hacía tiempo. Se alimentaba de lo que los transeúntes dejaban caer al suelo en los cafés o heladerías o de lo que se escapaba de los basureros. Los niños, siempre compasivos y sonrientes, le arrojaban pedazos de pan, salchichas o papas fritas cuando sus mamás no estaban mirando, y él se los agradecía con un entusiasta menéo de rabo. El problema era cuando trataba de acercárseles para entablar amistad. Ahí, las personas se volvían repentinamente agresivas y llenas de remilgos y lo espantaban a patadas o carterazos y el pobre tenía que correr a esconderse debajo de los bancos... Se quedaba echadito ahí, mirando con ojos largos a las familias que compartían y se reían a lo lejos. ¡El quería tanto tener a alguien así, para echarse a su lado, para salir a caminar, para repartir la comida y jugar a la pelota! Pero todas las veces que se acercaba demasiado los humanos tenían la misma reacción. ¿Era porque estaba medio sucio? ¿O porque era muy grande y peludo? ¿De repente apestaba demasiado?... No lo sabía a ciencia cierta, pero jamás conseguía una caricia, ni siquiera con el zapato.
    Hasta que encontró al mendigo. Estaba echado al lado de un árbol, huyendo del calor y la sed, cuando lo vio llegar, sucio, despeinado, con un chaquetón viejo y grasoso y una zapatilla de cada color. Estaba barbudo y el can pudo sentir su hedor desde donde se encontraba... Pero estaba más atento a lo que el hombre traía en la mano: una bolsa con comida. Tal vez no le diera un puntapié si se le acercaba... A final de cuentas, eran bien parecidos... El mendigo se sentó, apoyándose en la pared, y puso la apetitosa bolsa sobre sus piernas. Miró a su alrededor y dijo alguna cosa, hizo unos gestos y se rio. Evidentemente, no estaba muy cuerdo, tal vez fuera arriesgado acercarse... ¡Pero el contenido de la bolsa olía tan bien! Al perro se le caía la baba y, sin poder resistirlo, se levantó y fue resueltamente hasta el hombre.Se paró delante de él y quedó mirándolo fijo mientras éste sacaba unos pedazos de pollo y empezaba a mordisquearlos. Parecía que no se había dado cuenta de la presencia del perro, que al percatarse de su extraña indiferencia, se le acercó un poco más. Era una especie de duelo. Y después de algunos minutos, el can salió victorioso. Aún sin verlo, el mendigo sacó otro pedazo de pollo y se lo pasó, balbuceando algo ininteligible. No le sonrió, no lo acarició. El perro era como un accidente frente a él, algo que de alguna forma lo obligaba a tomar una actitud. Pero no parecía tener consciencia de lo que hacía. Simplemente lo hacía.
    El perro devoró la presa, moviendo la cola, y se echó al lado del hombre, satisfecho, cosa que éste no pareció ni notar. Siguió comiendo y hablando solo, y de repente, como si se le iluminara el cerebro, extendió una de sus manos inmundas y de uñas largas y negras, y acarició torpemente la cabeza del animal. Viró el rostro barbudo y curtido y le sonrió con unos dientes café amarillento. Por algunos segundos se dio cuenta... Pero aquello fue suficiente para el can. Finalmente había encontrado a su dueño. Y el mendigo había encontrado un compañero.
    Y ahí están todos los días, junto a la pared, uno al lado del otro. Uno por casualidad. El otro por fidelidad.






                                                                 SIN LUZ


    La tormenta arreciaba allá afuera. Carmen la contemplaba desde el sofá de la sala. El viento hacía cantar todos los móviles de la terraza y el cielo se iluminaba con el resplandor repentino de los rayos, seguidos por truenos que hacían temblar los vidrios... No había nada que hacer a no ser quedarse ahí, calientita y protegida, y esperar a que pasara. Sólo sentía lástima de todos los que estaban en la calle, los que habían tenido que ir a trabajar, los que esperaban en los paraderos, entumidos y empapados. Realmente, ella tenía mucha suerte. Por lo menos para  capear el mal tiempo tenía la televisión, el computador, un té caliente, la música de la radio... Hasta que de repente, lo impensado: se cortó la luz.
    Carmen se quedó un momento inmóvil, desconcertada, como si no creyera lo que acababa de suceder. El departamento se quedó a obscuras y en total silencio. ¿Qué hacer?... Pues nada, a no ser esperar que la energía volviera. Carmen permaneció sentada en el sofá y miró a su alrededor, sintiendo ese cambio, esa especie de nada en la cual podía escuchar claramente cada sonido, cada crujido o corriente de aire, su propia respiración, los movimientos externos e internos de su cuerpo inmóvil. Podía oír todo, adentro y afuera, pero lo más sorprendente e inquietantemente agradable era que era capaz, en mucho tiempo, de escuchar sus pensamientos, de percibir sus sentimientos, de acompañar las evoluciones de sus ideas y sensaciones. ¡Y cómo sus percepciones se volvían claras y profundas! Todo parecía adquirir nuevas dimensiones y significados. Había una quietud que ultrapasaba el silencio físico y alcanzaba algo muy dentro de ella, algo que parecía querer manifestarse hacía mucho tiempo, una realidad diferente, más pura y cercana, menos invasiva, más clara y personal... La falta de luz la hacia tener un inesperado y profundo encuentro con ella misma. Era solamente ella en esa sala silenciosa y en penumbras, sin radio, sin televisión ni computador... De repente podía entender el valor de un claustro, de la vocación para el silencio, de la ausencia de toda esta contaminación visual y auditiva que la rodeaba y la embrutecía, la mareaba, la confundía, le robaba la esencia, la capacidad -el don, la gracia- de percibirse a ella misma y a los otros, de escuchar, de sentir más profunda y detenidamente, de entrar dentro de sí misma y encararse, descubrirse, descifrarse, entenderse, perdonarse y amarse. De ser lo que realmente era.
    Cuando escuchó el pito del refrigerador se dio cuenta de que la luz había vuelto. Fue como salir de un trance, un episodio que difícilmente olvidaría... Se levantó y prendió la televisión, encendió el computador y la música volvió a invadir el departamento...

domingo, 5 de junho de 2016

"Infeliz"

    Y aquí están los cuentos que les prometí. ¡Espero que les gusten!




                                                        INFELIZ


    La casa era chica, demasiado llena de personas. En el invierno, una sola estufa para todos. En el verano, el techo de zinc los hacía cocinar a fuego lento. No había privacidad para nada. Un baño chico y desordenado para todos. Era obligada a compartir su diminuta pieza con dos personas más. ¿Carne durante la semana? Sólo si alguien se las regalaba. Eran porotos, tallarines, papas, ensalada de tomate y lechuga, huevos, arroz blanco... Estaba empezando a engordar como su mamá y sus hermanas... Un patio lleno de cachivaches, bicicletas que algún día serían arregladas o vendidas, cajas, tablas, los perros pulguentos que ladraban el día entero. Desayuno con marraqueta añeja, cabros chicos corriendo y gritando cuando lo único que ella quería era descansar un poco...
    El trabajo era pesado, el uniforme caluroso, el suelo de los pasillos estaba siempre inmundo, no importaba cuántas veces lo limpiara. El mayordomo era un arrogante, sus colegas desordenados e insolentes. Tenía que comerse su marmita fría porque la cocinilla no funcionaba. Los tarros de basura apestaban por todo el lugar, que en invierno se inundaba y era helado como un glaciar. En el verano los deshechos se podrían con el calor y hedían aún más. Los residentes eran unos puercos engreídos y la ducha fría antes de salir era sólo un recordatorio más de sus desgracias...
    Y mientras caminaba por la calle con el cigarro entre sus dedos flacos y llenos de callos, con el pelo todavía mojado y una piedra apretando su pecho descarnado, Olivia se preguntaba dónde era más infeliz.




                                                   AMIGA FIEL

    Los residentes del cité la veían siempre atareada, de buen humor, saludando a todos, preocupada de mantener su casa limpia y regando as flores del frente. Tenía unos visillos inmaculadamente blancos y un limpiapies que decía "bienvenido" al lado de una estatua de un perro de ojillos pícaros. Doña Carmela no era de andar haciendo visitas o metiéndose en la vida ajena, y así también no le gustaba que los demás anduvieran preguntándole sobre la suya. Nadie sabía si alguien vivía con ella -fuera sus tres gatos y un canario de trinaba de la mañana a la noche de tanta felicidad- pero siempre la escuchaban conversando, riendo, canturreando, haciendo comentarios y respondiendo preguntas. Con certeza era alguien a quien quería mucho y con el que se llevaba muy bien, porque jamás se oían discusiones, sólo aquel parloteo incesante, risas y canciones... Evidentemente, doña Carmela era una persona muy feliz, con certeza debido a aquel -o aquella- que vivía con ella y a quien el cité nunca había visto. Pero ciertamente estaba allí y mantenía a la mujer de excelente humor.
    Sólo cuando doña Carmela tuvo un repentino derrame aquella mañana mientras barría la vereda y sus vecinos corrieron dentro de la casa a avisarle al que estaba allí para que viniera a ayudar o llamara a la ambulancia, fueron a descubrir que la gran y perfecta compañía que la anciana tenía era tan sólo su fiel radio.

domingo, 20 de março de 2016

"Negocios son negocios"

    Y aquí está el cuento de esta semana, el que mi aporreada inspiración me permitió redactar... ¡Pero luego va a mejorar, no se preocupen!



                                                 NEGOCIOS SON NEGOCIOS


    Todos en el puente y los alrededores del gran mercado tienen un rublo establecido de comercio: venden comida, pilas, juguetes o ropa, que acomodan lo mejor posible encima de unos paños en el suelo y anuncian de manera creativa a los transeúntes que pasan apresurados a camino del mercado. No siempre les va bien, pero no se rinden y todos los días vuelven con sus mercancías, ni siempre de fuentes muy legales. A lo mejor por eso la gente es medio reacia a comprarles, porque la receptación de artículos robados es un delito grave y nadie quiere arriesgarse, pues mismo que no supieran que eran robados, son igualmente castigados... Cada vendedor tiene su territorio y su vía de fuga ya definidos, caso aparezcan los carabineros, porque nadie allí paga patente para ejercer su negocio. Nadie se pelea y hacen gala de una lealtad mutua que varias veces los ha salvado de ir presos.
    Pero esto le da absolutamente lo mismo a la Gertrudis. Ella no tiene un punto fijo ni tampoco mercadería. Un día está vendiendo cilantro y el otro parches curita, zanahorias mustias o apio fibroso. Todos los fines de semana se consigue alguna cosa y, desparramándola en el suelo medio al lote, sienta su generosa humanidad en el murillo del estacionamiento y se pone a a anunciarla con su vozarrón estentóreo y alegre, que hace que la gente se vuelva a mirarla y a veces se acerque a comprarle alguna cosa. Lo que vende nunca es muy bueno, quién sabe cómo y dónde se lo consigue, pero la Gertru está siempre ahí, luchando, intentándolo, sonriendo. Para ella, lo que consiga vender ya es lucro, porque entre quedarse en la media agua de la toma lamentándose y salir por ahí y negociar algunos productos de segunda que le pueden rendir un kilo de papas, un paquete de arroz o unas patas y un pescuezo de pollo para hacer una sopa para sus cabros, prefiere la segunda opción... Porque salir a luchar nunca es inútil.

domingo, 7 de fevereiro de 2016

"El lector"

    Y como prometido, aquí van los cuentos de este fin de semana:




                                                         "EL LECTOR"


    El mercado Tirso de Molina es una locura a esa hora. Cientos de personas pasando, gritando, llevando carros, bolsas, carretillas llenas de frutas y verduras. A veces hay grupos cantando, haciendo discurso, homenajes a la Virgen del Carmen, grupos de turistas atentos y curiosos. De arriba vienen los gritos de los empleados de las cocinerías que anuncian sus menús a voz en cuello, tratando de seducir a los que pasan. Hay perros echados al frescor de los corredores, otros ladrando, niños corriendo y gritando, madres nerviosas, maridos cansados y aburridos, cantantes callejeros, olor a cilantro, a apio, a pescado frito y pollo asado. Tallas y desafíos entre los locatarios, carcajadas, pregones, el rumor feroz de la calle colándose por las paredes de ladrillos, palomas siempre hambrientas, gatos escurridizos... Y él está allí, sentado en uno de los bancos que rodean el pilar de cemento, cabeza gacha, mirada absorta, inmóvil. Un hombre viejo, mal vestido, con una bolsa parchada y sucia a su lado, zapatos agujereados, cabello engominado y gris, rostro fino, fláccido, mal afeitado. El mundo enloquece a su alrededor y él lee. Sostiene un viejo libro, cuyas páginas están sueltas y amarillentas, con la capa gastada y obscurecida. Parece una mariposa queriendo escapar de entre sus dedos huesudos, pero él lo sostiene con fuerza, con cariño, con gratitud. Nada existe para él fuera las palabras impresas en el papel que una vez fuera blanco. Se deleita, da vuelta cada hoja con respeto, con expectación, como si fueran algo sagrado... Este hombre puede no ser nada en esta vida, pero sí es un lector.




                                               "LA PROMESA"



    Eso era lo único que tenía, la única certeza, la promesa de cada día: su tenedor de plástico negro. Lo recogió de la mesa en la terraza de una cafetería después que los clientes se fueron y antes de que el garzón viniera a limpiarla. Todavía tenía pegados unos pedacitos de pastel y olía a frambuesa y crema. Con un rápido ademán, lo agarró con fuerza y se lo metió al bolsillo, alejándose rápidamente por la calle, sintiendo, por alguna razón desconocida, que había encontrado un pequeño y valioso tesoro... Al día siguiente, su aventura por las puertas traseras de las fuentes de soda y restaurantes fue afortunada: le rindió un generoso plato de tallarines con pollo, unas rodajas de tomate y palta, papas fritas medio grasosas y un cucharón de cazuela del fondo de la olla. Estrenó su tenedor con una sonrisa brillante de felicidad, sintiendo que éste le había traído suerte. Cuando terminó, lo limpió cuidadosamente con una servilleta y se lo guardó nuevamente en el bolsillo. Y los días siguientes también fueron buenos. Los dueños de los locales y los empleados se mostraban excepcionalmente generosos y hasta un juguito o una bebida le regalaron... Definitivamente, ese tenedor tenía algún poder. ¿Será que lo volvía más simpático ante las personas? ¿Les provocaba más compasión? ¿Les despertaba la generosidad? No lo sabía a ciencia cierta, pero no estaba dispuesto a quebrar ese encanto deshaciéndose de él. Pensó en agregarle una cuchara, pero temió que de alguna forma el tenedor se "ofendiera" y dejara de darle suerte. Entonces, todo lo que era líquido simplemente lo sorbía, dejándole la exclusividad del uso al tenedor negro.
    Todos los días en la mañana, al despertar, lo primero que hacía era revisar debajo del cajón al lado del colchón donde dormía para verificar si el cubierto seguía allí, y cuando sus dedos rozaban el plástico flexible y ya medio gastado, una onda de alivio y optimismo lo recorría, porque la promesa seguía valiendo. Ese sería otro día bueno.

domingo, 10 de janeiro de 2016

"Recados"

    Y como prometido, después del descanso de las fiestas de fin de año, aquí van otros dos cuentos para que los lean el fin de semana.



                                                         RECADOS

    Tuvo que pasar una semana delante del café para darse cuenta del pizarrón en la puerta. Y ese día sólo paró porque tuvo que responder su celular. Era el dueño del departamento cobrándole el arriendo atrasado. Es que ya le debía seis meses y la cosa se estaba poniendo color de hormiga. Todas las veces que don Eugenio lo llamaba o se cruzaba con él en la portería le prometía que ese mes sí le iba a pagar, ni que fuera una parte, pero el trabajo estaba demorando para aparecer y ya no le estaba quedando más cara para encarar al hombre. No es que fuera un tremendo departamento -un dormitorio, sala y cocina amontonados en algunos metros cuadrados, un baño con sólo una ducha. Ni terraza tenía y el ascensor vivía echándose a perder- pero era el único que podía pagar y si don Eugenio lo echaba no tenía a dónde irse... Fue por eso que esa mañana se detuvo frente al café. Y mientras hablaba con el hombre, dándole todo tipo de disculpas, de repente se fijó en el pizarrón y en lo que estaba escrito en él: "Prometa sólo lo que puede cumplir. Nosotros le prometemos el mejor café y no mentimos".. Colgó y se quedó un momento con los ojos fijos en la frase. Se preguntó quién la habría escrito y por qué. Pero estaba con prisa y siguió su camino. Tenía una entrevista de trabajo y no podía atrasarse.
    Al día siguiente, haciendo el mismo recorrido, -iba a la segunda parte de la entrevista- disminuyó el paso al acercarse al café y, mismo pensando que era una tontería, se detuvo para leer el pizarrón. "El primer día es el más difícil. ¿Quiere tener suerte en el segundo? Pase a tomarse un café"... Sonrió y frunció las  cejas. Echó una mirada al interior, intrigado, se le pasó por la cabeza entrar, pero vio que se le iba a hacer tarde y prefirió seguir su camino. A final de cuentas, a lo mejor sí era su día de suerte.
    Durante la semana de espera para saber el resultado de la entrevista, pasó todos los días frente al café, esperando como un niño leer alguna señal que le indicara que todo saldría bien. "La paciencia todo lo alcanza. Espere un poquito que le preparamos el mejor café"... "No deje de creer. ¡Nuestro café es el mejor!"... "¡Mañana es el gran día! Nos llega un nuevo café directo de Brasil"... Estaba convencido de que todo saldría bien y con ese ánimo fue a saber el resultado de su entrevista. Pero fue rechazado. Ahora sí que estaba fregado. No podría pagar el arriendo y tendría que dejar el departamento. Desesperado, se preguntaba a dónde se iría. ¿Debajo del puente? ¿A algún albergue con otros infelices?... Cuando pasó delante del pizarrón le dieron ganas de darle una patada. Mentiras, puras mentiras. Hoy estaba escrito: "Quien sabe hoy no es un gran día. Entre a tomarse un café y descúbralo"... Y de pura rabia y frustración empujó la puerta y entró. Aroma a café, a pan, a pie de manzana... Pero no tenía hambre. Sólo quería saber por qué lo habían engañado así. Se acercó al mesón, tenso y amargado. La chica de uniforme naranja se volvió hacia él con una hoja de papel en la mano. ¿El menú?... Se lo iba a restregar en su linda cara sonriente.
    -¿Vino para el trabajo?- le preguntó la chica, extendiéndole la hoja.
    El se enderezó, desconcertado.
    -¿El trabajo?...- dijo, desconfiado -¿Qué trabajo?
  -El de repartidor.- le explicó la niña -Necesitamos urgente alguien que reparta nuestros productos porque estamos con muchos pedidos y no podemos estar saliendo a hacer entregas. -Le pasó una lapicera, sin dejar de sonreír -¿Quiere llenar la ficha?
    Instintivamente, él se volvió hacia la calle y sus ojos cayeron en el pizarrón: "Cuando se cierra una puerta, se abre una ventana. Por eso le traemos su café recién hecho hasta su puerta o su ventana. ¡Llámenos y experimente nuestro excelente servicio de entregas!", estaba escrito ahora.




                                                    LA MALEZA


    Lo veían andando por ahí con su ropa inmunda y el pelo largo y desgreñado, tieso de mugre, hablando solo, mirando a los transeúntes del paseo con ojos extraños y perdidos. Estaba siempre rodeado de palomas y perros que venían a robarle los restos de comida que conseguía importunando a los garzones de los restaurantes cercanos. Un día hasta se lo llevaron detenido por afrentas a la moral: andaba con el pantalón rasgado entre las piernas, por lo que, al sentarse, se le salía todo por el agujero, lo que ofendía y hacía reír a la gente. Le zurcieron los pantalones y lo devolvieron a su esquina junto al muro de la farmacia. Cuando llegaba la noche desaparecía, y algunos rezaban para que no volviera, pero ahí estaba a la mañana siguiente, hediondo, barbudo, puntual. Había quien se preguntaba dónde pasaba las noches, porque el resto del tiempo andaba vagando por ahí o estaba sentado en la pared de la farmacia, que ya estaba ennegrecida con el sebo de sus ropas. En realidad, no se metía con nadie y ya tenía sus picadas para comer y beber, en donde le daban unas bolsas con sobras y una bebida por la mitad. Pero era un espectáculo feo, denigrante para el barrio. Los turistas paraban para sacarle fotos y los niños se asustaban con su aspecto de troglodita. Entre las palomas, los perros y su propia suciedad, la esquina se había convertido en un pequeño y fétido basural que los barrenderos limpiaban todos los días, cosa que a él parecía importarle un pito, porque continuaba dejando su porquería desparramada por todos lados.
    ¿Pero dónde dormía? ¿Dónde tenía sus pertenencias, si es que las tenía?... Había un sitio vacío a pocas cuadras de su esquina, enorme, lleno de árboles y rodeado por una reja. Todavía había restos de la antigua construcción, piso de cemento, tuberías, escaleras, umbrales. Cada cierto tiempo, el dueño del terreno mandaba unos empleados a cortar la maleza que poco a poco tomaba cuenta de lugar, y fue en una de esas faenas que descubrieron las cosas del vagabundo en un pedazo de concreto junto al muro todo rayado. Platos de plástico, una colcha, pantalones, una frazada, bolsas de nylon con cachuréo. Todo lleno de heces alrededor, apestando a orina y a años de suciedad. Los obreros cortaron la maleza y dejaron todo al descubierto. Pero no lo echaron ni le botaron las cosas. A final de cuentas, no le hacía mal a nadie quedándose ahí. Y el dueño no tenía por qué saber que él estaba ocupando su terreno.
    Pasó el tiempo y la maleza volvió a crecer, pero esta vez nadie mandó a los empleados a cortarla. El dueño había muerto repentinamente y el terreno quedó abandonado. Todos suponían que el mendigo continuaba durmiendo allí. Por lo menos, de la calle daba para ver su colcha azul. Poco a poco el sitio se llenó de matorrales salvajes que devoraron los restos de la construcción, los árboles lanzaron sus ramas sin control, las enredaderas treparon y abrazaron las rejas. Hasta que un día, la colcha azul desapareció. El mendigo fue a dormir una noche, tapándose con ella, y al día siguiente nadie consiguió distinguirlo entre los tallos verdes y salvajes que se balanceaban al viento.