Un poquitín atrasada, pero aquí vá la segunda pate del cuento. Más vale tarde que nunca, verdad?... No iba a dejarlos en suspenso!... Y no se preocupen más porque a partir de esta semana prometo que me voy a organizar como gente decente y voy a retomar los horarios, rutinas, dietas e ejercicios que anduve abandonando por causa de la vuelta de mi hija a nuestra casa. Entonces, pasada la novedad, pretendo seriamente regresar a mi existencia organizada y creativa (tambén en la parte literaria) para no quedarme tanto tiempo sin postear historias aqui. Si no, ustedes terminan olvidandose de mí!...
Y aquí vá, finalmente, la conclusión del cuento. Espero que les guste.
Entonces, él se recostó en la cama y empezó a hablar, pero sin mirarme, pues estaba en esa edad en que la timidez es casi una enfermedad incurable, sobre todo tratandose de hacer confesiones o aclarar dudas espinosas... En resumen, su drama se reducía a su total falta de tino para conseguir una polola que su familia aprobara y que su hermana no llamara de "tipeja". Pero cómo era posible que nunca acertara al escoger? Acaso tenía algún letrero escrito en la frente que atraía solamente ese tipo de chicas?.
-Pero por qué te quedas con ellas si sabes que no son buenas y que todo el mundo te vá a criticar?- inquirí, perpleja, pues percibía que a él tampoco le gustaban esas niñas.
-Pero todos en el grupo tienen una polola o están de ojo en alguien!... Cómo voy a andar por ahí solo? Se van a reír de mí y van a empezar a ponerme todo tipo de motes estúpidos!- explicó Sergio, sinceramente afligido -Tú no conoces a estos tipos, Angélica, son terribles. Y cuando quieren acabar con alguien lo persiguen y no se quedan sosegados hasta que no lo derriban.
-Entonces es por eso que vas y te metes con la primera que aparece? Sólo para que no te hagan burla?- pregunté, cada vez más espantada con el comportamiento machista y tiránico de aquellos muchachos -Por qué andas con ellos si son tan desgraciados y te obligan a hacer lo que no quieres?...
-Nadie me obliga a nada!- se defendió Sergio, enderezandose de un salto en la cama -Yo lo hago porque quiero, porque me gusta ser parte del grupo, está bien?
-Pero crées que ese sacrificio vale la pena? Date una mirada!...- le dije, empezando a irritarme con su actitud tan infantil y submisa -Francamente, Sergio, no esperaba eso de tí.
El se levantó y se dirigió hacia la puerta.
-Ah, olvídate, yo sabía que no lo ibas a entender.- declaró, enojado -Es mejor ir a dar una vuelta por ahí... Quién sabe no encuentro otra tipeja y le doy unos besos y unos agarrones.- concluyó, desapareciendo por el corredor en penumbras.
Me quedé sentada en la cama durante algunos minutos, reflexionando sobre todo aquello; sobre el sufrimiento secreto de mi amigo, sobre la influencia absurda del grupo sobre él y sobre lo que era obligado a soportar para no volverse motivo de chacota y humillación entre ellos. Me pareció algo injusto e indignante, porque Sergio era un buen muchacho que, desgraciadamente, sin darse cuenta estaba metiendose en problemas sólo para exorcizar su inseguridad y afirmar su posición dentro del grupo. Pero será que no era capaz de darse cuenta de que esa probación no valía la pena? Luego todo aquello pasaría y entonces podría ser demasiado tarde para concertar los errores que estaba cometiendo. La adolecencia es tan breve, pero no sé por qué nos dá esa impresión de que vá a durar para siempre y que nada más será importante después de ella; y es justamemnte ahí que está el peligro, pues en busca de aprobación y seguridad podemos terminar abriendo puertas o recorriendo caminos que nos lleven al desastre... Y fué eso que percibí al escuchar el relato de Sergio, igual a tantos otros de que tenía conocimiento. Si alguna cosa no fuera hecha, él acabaría haciendo alguna estupidez y transformandose en otro número en la estadística de víctimas de malas influencias.
Decidida a solucionar aquel embrollo, me levanté de la cama y volví a la fiesta con pasos firmes. Cuando llegué donde el grupo estaba reunido, la Karen me preguntó sobre la cámara, pero yo dije que teníamos una cosa mucho más importante para resolver que sacarnos una foto para ponerla en el currículo. Conciente de que estaba quebrando la promesa que le hiciera a Sergio, los llevé a todos a un rincón y les expliqué la situación. Todos se mostraron muy preocupados - sobre todo la Karen, que ni imaginaba que aquello estaba sucediendole a su hermano- y decidimos pensar juntos en una solución, pero nada tan obvio que hiciera que Sergio desconfiara que yo lo había traicionado.
-Pero fué por una buena causa- me consoló Santiago al ver mi expresión de culpabilidad.
Permanecimos un buen tiempo sentados en aquel rincón imaginando todo tipo de estrategias y salidas, mientras la fiesta corría, pero luego vinieron a decirnos que nuestra presencia era requisitada para la elección de las primeras finalistas al puesto de novia de la fiesta y ahí tuvimos que dejar nuestras deliberaciones para más tarde. Quedamos de encontrarnos en una de las barracas al final de la fiesta para continuar la conversación y en seguida fuimos a tomar nuestros lugares en la mesa de los jurados. Yo me quedé rondando por allí, confiriendo si todo estaba yendo bien, cuando de repente ví, sentada en la barraca de la pesca y rodeada por una docena de chiquillos que se empujaban para agarrar alguna de las cañas de pescar, a una muchacha pequeña y delgada, de cabello pelirrojo peinado en dos gruesas trenzas, vestido de flores amarillas y verdes y unas pecas pintadas en las mejillas. Nunca la había visto antes, jamás había comparecido a ninguna de las reuniones que habíamos convocado ni la ví participando en la confección de adornos, comidas o disfraces.. De lejos parecía tan niña cuanto el grupo que tomaba cuenta de su barraca, y de vez en cuando lanzaba una mirada de desamparo y aflicción hacia las personas que danzaban, comían y se divertían, como pidiendo socorro, pero ninguém lo notaba. Por momentos parecía que iba naufragar en medio de aquella maréa de chiquillos gritando, saltando y peleandose para agarrar los premios. Trataba, sin éxito, de imponer un poco de orden en la chiquillada batiendo palmas y apartandolos para que no pelearan, pero su voz mal se oía... Intrigada, me quedé observandola de lejos, preguntandome quién sería y cómo había ido a parar en aquella barraca. A quién se le habría ocurrido la idéa de que ella tendría autoridad suficiente para lidiar con ese torbellino de niños desesperados y gritones?, me pregunté, sintiendo lástima de su situación, que parecía ponerse más dramática a cada minuto... Como era mi deber de organizadora evitar que este tipo de incidente ocurriera, decidí ir hasta allá y darle una mano, pues ya estaba viendo lágrimas asomandose en sus grandes ojos verdes.
-Vamos a ver, vamos a ver, niños!...- exclamé con una voz alta y gruesa, para impresionar a las fieras.
Sobresaltados, los niños pararon de saltar y gritar y se volvieron hacia mí. La muchacha pelirroja también me miró, con la expresión de quen ve un ángel aparecer a las tres de la tarde de un lunes en plena plaza pública, soltó un inmenso suspiro de gratitud y se limpió disimuladamente las lágrimas.
-Eu quiero una caña!- gritó un chiquillo gordo y maleducado, que tenía un bigote negro todo chueco pintado en la boca.
-No, yo llegué primero!- aulló otro, empujandolo para colocarse delantede él. Este estaba todo sudado y las pecas pintadas en sus mejillas se habían convertido en una mancha grasosa que llegaba hasta sus grandes orejas.
-Eso no es verdad!- intervino una niñita, ostentando un sombrero de paja lleno de flores y dos trenzas de nylon negro cosidas en él -Los dos estaban al final de la fila, tía!...- y todos los otros niños hicieron un escándalo, concordando con su amiguita.
-Muy bien, muy bien! Calma, no vamos a llegar a ninguna parte con esa pelotera!.- exclamé, golpeando las manos para hacerlos callar - Vamos a organizar de nuevo la fila y nadie... Nadie, dije!- repetí con voz de trueno y ojos llameantes clavados directamente en los dos mocosos que habían empezado el tumulto -Nadie va a cambiar de lugar, entendido?
En un instante, los niños formaron una fila bien comportada y silenciosa, lanzandome de vez en cuando unas ojeadas de puro respeto y contrición que me hicieron sonreír entre dientes. Dominado el motín de aquella inquieta tripulación, pesqué un banquillo y me senté al lado de la muchacha pelirroja, que también me miraba con profunda admiración y respeto.
-Qué alivio!...- comentó, sonriendo -Se no fuera por tí, no sé qué habría hecho!
-Probablemente habrías salido huyendo o te habrías comido todas las cañas de pescar- le respondí, sintiendo que había ganado su confianza -Eres de por aquí?- inquirí en seguida.
-Acabé de llegar de Estados Unidos. Estaba en un intercambio.- me respondió, ya relajada.
-Entonces no estás muy encajada que digamos, verdad?- indagué, comenzando a esbozar mi plan de ataque.
-No, no conozco a casi nadie. Hay mucha gente nueva en el barrio, pero mismo así quise participar de la fiesta. Allá en Estados Unidos no hay nada así.
-Es verdad, sólo Brasil para inventar tanta fiesta!... Y ahora tienes que recuperar el tiempo perdido!.
Ambas nos reímos y continuamos conversando mientras los niños, ahora con menos desorden y gritería, disputaban los premios. La muchacha se llamaba Heloisa y era la hija menor de una de las moradoras de la calle, doña Helena. Había estado tres años fuera perfeccioanndo su inglés y había vuelto hacía dos semanas para retomar los estudios y su vida aquí, pero todavía sentía un poco de dificultad para se adaptar, sobre todo al clima. Tenía diecisiete años y, lo más importante, ningún pololo o admirador. Todavía no había tenido oportunidad de ir a ninguna fiesta y la mayoría de las reuniones eran en familia, pues los padres y hermanos querían matar su nostalgia con todo tipo de mimos, paseos, visitas a parientes y largas pláticas en el porche o en la plaza del barrio. Me confesó que a veces se sentía medio sofocada con tanta atención, pero yo le dije que eso era normal. Su familia queria aprovechar sus presencia antes de que encontrase nuevos amigos e empezara a quedarse menos tiempo en la casa y más en el shopping, en fiestas o en la casa de amigas.
-Pero así nunca voy a poder conocer a nadie!- reclamó, impaciente -Ellos están todo el tiempo atrás de mí!
-Calma que eso pasa, Heló...- reí yo, divertida con su aflicción -Dales un tiempo, sé paciente.
Suspirando con resignación, ella asintió. Entonces, le dije que tenía que circular por ahí para ver si todo estaba corriendo bien y salí de la barraca, prometiendo volver así que pudiera. En verdad, lo que yo quería era encontrar a mis amigos para contarles acerca do mi pequeña y preciosa caldera de oro, pues el plan que había empezado a elaborar en el momento en que vi a Heloisa, ya estaba completo. No podía fallar, ella era demasiado perfecta.
Fué así que hicimos aquella locura inolvidable y que terminó de una forma tan inesperada. Robson y Samuel fueron a buscar a Sergio para pedirle que fuera a la casa de Karen a buscar algunas cosas que estaban empezando a faltar en la fiesta: bolsitas de dulces y azúcar para caramelizar las manzanas del amor. Demoraron un poco para convencerlo, porque él alegó que no formaba parte de la comisión organizadora y por lo tanto no tenía por qué andar corriendo atrás de cualquier cosa, pero Robson y Samuel terminaron por quebrar su resistencia prometiendole una pequeña "ayuda de costo" en la compra de su nuevo computador... Cuando nos contaron sobre aquel soborno descarado algunos reclamaron, pues tendrían que sacar de los lucros del trabajo para cumplir aquel acuerdo, pero yo les recordé nuestro objetivo, que era mucho más noble e importante que perder algunos billetes de diez e de cincuenta.
-Pero qué es eso?...- los reprendí -Se trata de nuestro amigo Sergio! O ya se les olvidó? Vamos a tener muchas otras fiestas para recuperar la plata, pero no vamos a tener otro amigo como él!.
Entonces, todos pararon de refunfuñar, avergonzados, y decidieron continuar con el plan.
La Jussara y yo fuimos a la barraca de Heloisa y yo la llamé con el pretexto de que necesitaba a alguien que me ayudara a buscar unas cajas de manzanas en la despensa de la casa de Karen. Ella me quedó mirando medio raro, porque debe haberse dado cuenta de que la Jussara, que estaba a mi lado, era mucho más fuerte que ella y probablemente se preguntó por qué no le pedía a ella que me ayudara, pero como se sentía en deuda conmigo por causa del incidente en la barraca, se prestó de buen grado a acompañarme. Dejamos a la Jussara en su lugar, ciertas de que delante de su imponencia la chiquillada no osaría hacer desorden, cambiar de lugar o tratar de agarrar los premios sin la caña, y fuimos a la casa de Karen.
-Las cajas están en la despensa, Heló, anda adelante que yo voy a la cocina a preguntarle a la mamá de la Karen cuántas está necesitando.- dije, sonriendo con la mayor desenvoltura y rezando para que los muchachos hubieran llevado a Sergio hasta allá y él ya estuviera zambullido en los saquitos de dulces y el azúcar -Tienes que doblar por ese corredor, salir a la terraza y te vas a encontrar de frente con la desensa.
Inocente de nuestro complot y nuestras esperanzas, Heloisa obedeció con su bella sonrisa y se dirigió hasta el cuartito que yo le había indicado, abrió la puerta y entró. Inmediatamente, yo corrí hasta allá y sin que ella se diera cuenta, cerré la puerta bien despacio, rezando para que no crujiera, saqué la llave del bolsillo y tranqué a los dos allí dentro sin el menor remordimiento.
La verdad es que ninguno de nosotros sabe hasta hoy qué fué lo que pasó dentro de la despensa aquella noche. Sergio y la Heló nunca quisieron contarnos, como castigo por nuestro complot, pero todos concluimos que ese encuentro forzado debía haber sido no solamente planeado por nosotros, sino también por alguien allá encima que estaba con la misma idéa en la cabeza, porque cuando fuimos a abrir la puerta del cuarto, más o menos como a las cuatro de la mañana, cuando la fiesta ya estaba terminando, ambos salieron con las manos entrelazadas y una sonrisa boba en la cara y ni siquiera quisieron saber de nuestras explicaciones fantásticas sobre cómo ese "accidente" podía haber acontecido... Simplemente se alejaron conversando y riendo como si aquello hubiera sido la cosa más normal del mundo. Todos nos quedamos boquiabiertos, pues estábamos preparados para un ataque de furia, lágrimas, recriminaciones, alguna maldición hasta la quinta generación y hasta unos bofetones, pero no para aquella escena de película romántica!.
-Puchas!...- exclamó la Karen, de ojos brillantes -Pero qué éxito!... Mira que como Sergio es de picado, podría haber pasado cualquier cosa, y en vez de eso... Mírenlos! No estoy creyéndomelo!- entonces, se volvió hacia nosotros y con voz emocionada agregó -Ni sé cómo agradecérselos... Se pasaron. Confieso que no creí que ese plan loco iba a resultar, pero parece que el universo también estaba conspirando para juntar a esos dos solitarios.
-Lo que tiene que suceder, siempre sucede.- sentenció Teresa, con su usual aire de pitoniza, y todos nos reímos.
-Bueno, yo créo que ahora sí es hora de sacarnos esa foto! -exclamé -Esta fiesta fué realmente un éxito!
-La mejor de todas!.- concordó Samuel -Anda a buscar la cámara!
Entonces nos sacamos esta foto que está en mi álbum ahora, con todo el grupo en la terraza de la casa de la Karen, que ya no es más azul ni tiene techo de cemento, pero que conserva nuestros recuerdos más queridos. Véo los rostros de mis amigos: André y su polola, la Julia, la Jussara y su sonrisa de gata, Samuel haciendole cuernitos a la cabeza de Rogerio, que siempre aparecía tan serio en las fotos, la Karen de brazos abiertos y riendo, Robson con las manos en los bolsillos, apoyado enla pared con esa sonrisa medio tímida y el cabello en la frente... Recuerdo sus voces, sus gestos, la alegría de aquella noche muy loca, del olor de vino con gengibre y dulce de camote, de la música folklórica ecoando en la calle iluminada por centenas de banderitas coloridas... Sergio y la Heloisa no aparecen en esta foto, pero no porque estaban enojados con nosotros... De ellos tengo otra foto: ella con su vestido blanco, el velo bordado y la corona de flores amarillas adornando sus cabellos rojos peinados en un elegante moño, y Sergio muy elegante con el terno gris y la flor amarilla en la solapa, cabellos impecablemente peinados y la alianza brillando en su dedo anular izquierdo. La otra foto que tengo es la de ellos con los dos hijos, Samuel y Liza. El, gordito y rozagante, de cabellos de fuego encaracolado y enormes ojos verdes y ella, un bebé aún, con una toquita blanca destacando su pelo negro y la manita extendida hacia la cámara, como si quisiera agarrarla. La sonrisa es la misma de Sergio...
segunda-feira, 29 de março de 2010
segunda-feira, 22 de março de 2010
Los solitarios - parte I
Ya sé que dije que postearía esta historia en el fin de semana, pero resulta que las cosas no salieron como esperaba y al final sólo estoy consiguiendo postearla hoy. Menos mal que entro a trabajar a las 17:00 (increíble, mi horario cambió de nuevo!) entonces créo que voy a tener tiempo suficiente para publicar las dos crónicas, en portugués y en español... A no ser, claro, que mi siesta se prolongue más allá de lo permitido (anoche me fuí a acostar un poquitín tarde)... Pero no, hoy no me puedo dar ese lujo porque tengo que ir al centro de salud para vacunarme contra la gripe suína, y como no pretendo pescarme una fila interminable de embarazadas (porque esta es la semana de las gestantes, enfermos crónicos y cardiopatas) entonces tengo que aparecer por allá en el medio de la tarde si no quiero quedarme sentada en la sala de espera para siempre o pescarme alguno de esos vírus que pululan para todos lados en ese tipo de locales y lo asaltan a uno sin el menor aviso si permanece más de una hora por allí.
Entonces, antes de ser cruel y fríamente pinchada por la aguja nada amable de alguna enfermera, aquí vá la primera parte de la historia, que también es una de aquellas del desafío "escribir sobre cualquier cosa" en que mis alumnos de redacción me metieron.
Cuando miro esta foto no puedo dejar de reírme al recordar todo lo que maquinamos durante aquella fiesta junina en la casa de Karen y de las consecuencias de nuestras jugarretas. Para ser sincera, nadie esperaba que las cosas salieran de esa forma, pero a pesar de todo, no créo que ninguno de nosotros se haya arrepentido más tarde. Ya dicen que Dios a veces escribe derecho por líneas chuecas y supongo que esto se aplica perfectamente en este caso, pues El no podría haber escogido líneas más chuecas que nosotros para llevar a cabo sus planes!.
Como lo hacíamos todos los años, empezamos a planear aquella fiesta junina con casi dos meses de antecedencia. Esta vez, acontecería en la calle donde vivía Karen y nos cabía a nosotros la organización y divulgación del evento, pues disfrutábamos de un cierto prestigio en nuestra pequeña ciudad debido al éxito de las fiestas que organizábamos. En ellas, todo el mundo se divertía, bailaba y cantaba, nunca faltaba comida o bebida, había lugar para todos, siempre conseguíamos que algun músico para que hiciera un show al vivo y nuestra decoración era de primera calidad. Pero lo mejor de todo era que nunca salió una peléa, ni un empujón un un gesto obsceno en ninguna de las fiestas y la policía jamás tuvo que ser llamada por causa de música demasiado alta o alborozo exagerado. Esto hacía que las personas siempre nos llamaran para organizar sus fiestas juninas y comparecieran en peso para divertirse sin tener que preocuparse de nada. Así, aquel año, un grupo de moradores entró en contacto con nosotros a través de nuestra amiga Karen -que vivía en esa calle- pidiéndonos que tomáramos cuenta del evento. Claro que aceptamos, pues fuera ganar algún dinerillo extra, podríamos divertirnos y dejar a nuestra amiga en las alturas delante de la vecindad. Entonces, en los primeros días de abril ya convocamos a una reunión para distribuir las taréas y abrimos un fondo destinado a la compra de los ítems imprescindibles para que todo saliera como esperábamos. Poco a poco fuimos almacenando maní, papas, camotes, maíz, gengibre, fuegos de artificio, sombreros de paja, balones, banderitas coloridas, cordel, ramas de eucalipto y tablas para la construcción de las barracas. Agendamos el arriendo de mesas y sillas, manteles y adornos y combinamos con un dúo de música típica de la misma ciudad para que se presentara durante la semana. También fuimos atrás de un buen equipo de sonido y recorrimos los alrededores juntando ramas secas y pedazos de tronco para armar nuestra hoguera. Todo esto iba siendo cuidadosamente guardado en la casa de Karen, que poco antes de la fiesta ya estaba pareciendo la cueva de Alí babá y los cuarenta ladrones. Nuestras adquisiciones tomaban cuenta del patio, la terraza, los cuartos, la despensa, los armários e inclusive el garage, de manera que el pobre don Andrés, padre de Karen, era obligado a dejar su cacharrito a la intempérie por nuestra causa. Cuando reclamaba demasiado, pues las palomas y gorriones estaban echando a perder la ya descascarada pintura del carro, su mujer lo llevaba a un rincón y le daba un tremendo sermón, lleno de pasión y ademanes grandiosos que nadie conseguía escuchar, y poco tiempo después don Andrés regresaba, manso como un cordedito y con una sonrisa de sumisión y arrepentimiento en su cara menuda y, dando un profundo suspiro, se iba allá afuera, pescaba la manguera y pasaba las dos horas siguientes refregando la mugre de los pájaros del techo y el capó del su cacharro verde limón fosforescente.
-Bien que podía refregar hasta que saliera todo ese color horroroso.- refunfuñaba su mujer, observándolo desde la ventana de la sala -Dónde ya se vió pintar un auto de verde limón fosforescente?
-Pero, mamy...- replicaba Karen, conciliadora -El auto ya tenía ese color cuando el papá se lo compró a don Kemil.
Entonces, la madre hacía un gesto de desdén y volvía a la cocina diciendo:
-Comprase un auto de otro que tuviera mejor gusto entonces.
Karen se derrumbaba en el sofá y ,dando un suspiro de resignación, nos miraba y se encogía de hombros.
-No sé por qué mi mamá le tiene tanta tirria a ese auto. Le pegó rabia desde el primer momento en que lo vió!
-Bueno, a lo mejor es porque el papá no le preguntó nada sobre la compra y simplemente apareció un día aquí con el auto como un hecho consumado.- explicaba Sérgio, el hermano menor de Karen -Y tú sabes que a la mamá le gusta saber todo lo que sucede en esta casa... Inclusive lo que no debería.- agregaba, resentido.
Karen le daba una mirada reprobadora y decía:
-Sí, pero es que con esas tipejas con que andas saliendo, no es para menos, no?
-Qué es lo que quieres decir con eso?...- exclamaba Sergio, todo erizado -No son tipejas!... Para tu información...
-Escuche, escuchen...- intervenía yo, pacificadora -Acuérdense de que estamos aquí por causa de la fiesta. Vamos a dejar los problemas personales para otro día, sí?...
Sergio hacía un esfuerzo para tragarse la rabia y Karen cruzaba los brazos sobre el pecho y miraba para otro lado. En aquel instante parecía que aquellos dos nunca más se dirigirían la palabra nuevamente, pero nosotros sabíamos que poco tiempo después lo olvidarían todo y continuarían amigos como siempre. Ya nos habíamos acostumbrado con eso, pues parecía que el único tema de discusión entre ellos eran las famosas pololas de Sergio, que nadie en la casa aprobaba. Todas las veces que nos reuníamos para discutir los detalles de la fiesta, de alguna manera el tema venía a colación y los dos terminaban agarrándose. Un completo desperdicio de energía, pensaba yo, porque nunca iban a conseguir ponerse de acuerdo en nada.
Las cosas caminaban como esperado y cerca del fin de mayo ya estábamos con todo preparado. Lo único que sobró para los vecinos fué la confección de los disfraces, para los cuales se nos ocurrió organizar un desfile el último domingo con derecho a premio y todo, lo que despertó una electrizante competencia entre las señoras, que se lo pasaban horas en la máquina de coser, o de aguja en la mano, para confeccionar el disfraz más original y bien hecho. También organizamos un desfile para escoger a la novia, lo que suscitó otro tornéo de encajes, vuelos, cintas, coronas, velos, ramalletes y guirnaldas. Pero la verdadera complicación se dió a la hora de escoger a los jurados, pues la mayoría era pariente de las candidatas, de modo que ellos prefirieron que nosotros nos encargáramos de esta parte, ya que no teníamos nada que ver con nadie de allí.
Llegado el primer fin de semana estábamos ansiosos para ver si todo iba a salir como lo habíamos planeado. Nos pasamos la semana entera construyendo barracas, colgando banderitas en los postes y árboles, pegando balones y preparando barras de dulce de maní azucarado, manzanas confitadas, vino con gengibre, dulce de zapallo y arroz con leche... El olor del gengibre se me quedó pegado en los dedos por algunos días, no importa con qué me las lavara, y pasé varios meses sin conseguir ni mirar de lejos maní y zapallo, pero al final todos los sacrificios valieron la pena, pues aquel primer fin de semana fué un completo éxito. Todo el mundo vino a carácter y dispuesto a divertirse, comer y bailar hasta caerse.
En el medio de la fiesta, Karen me pidió que fuera a buscar su cámara para que le sacáramos una foto a todo el equipo con la calle adornada e iluminada al fondo.
-Otra para nuestro currículo.- expresó, satisfecha, con una sonrisa de oreja a oreja.
Fuí sin demora a buscar la cámara en la casa, que estaba una locura con todo aquel entra y sale de personas llevando bandejas, botellas, tiestos de arroz con leche y dulce de maní, más algunas en la cocina revolviendo las enormes ollas de vino con gengibre y friendo papas y empanadas, y otras en la cuba de la terraza lavando toneladas y más toneladas de platos, cubiertos y vasos. También tropecé con gente en la sala que estaba llenando globos y desempaquetando más premios para la pesca, pues los chiquillos ya se los habían llevado todos... Mientras me dirigía hasta el cuarto de Karen le dí una rápida ojeada a todo aquello y sonreí, porque era realmente agradable ver a toda esa gente trabajando unida y feliz por el éxito de esta empresa.
-Es así que las coisas funcionan.- me dije a mí misma, entrando por el corredor que llevaba a los cuartos.
Abrí la puerta y entré rápidamente, encendí la luz y me dirigí hacia el armário en el cual Karen me había dicho que guardaba la cámara. Este ya estaba abierto de par en par y mostraba un increíble desorden de zapatos, ropas, bolsas y cajas de todos los tipos, tamaños y colores. Los cajones estaban abiertos y revueltos y algunas piezas yacían en el suelo, mezcladas con las flores de papel crepé que hacían parte de los arreglos de las mesas.
-Puchas!...- exclamé, parando delante de aquella confusión -Cómo voy a encontrar alguna cosa aquí?.
Me agaché y prácticamente me zambullí dentro del armário para ver si conseguía descubrir dónde, en medio de las faldas, sostenes, medias, pantalones y zapatillas, podría estar la bendita cámara... La idéa de desistir de registrar el éxito del equipo en otra fiesta junina me vino a la cabeza mientras jalaba los tirantes del traje de baño rojo de Karen, que estaba enroscado en una maleta negra en el fondo del armário. Será que una foto -otra más- vallía esta aventura por los territorios vírgenes e inexplorados del despelote privado de mi amiga?... Empecé a pensar que no, sobre todo cuando sentí que el tirante se rasgaba ruidosamente con mi último tirón. Entonces, abdicando cobardemente de mi misión, saqué el cuerpo del armário y me quedé arrodillada en el suelo, toda despeinada y empapada de sudor, jadeante y con las costas endurecidas. Sorbí y traté de arreglarme el pelo, sosteniendo el traje de baño por el tirante rasgado. Lo miré y tragué en seco.
-Diablos, la Karen me vá a matar por esto.- murmuré, afligida.
Entonces, una voz masculina vino desde mi espalda, suave y gentil, interrumpiendo mis consideraciones sobre cómo sería perder a mi mejor amiga.
-Necesitas ayuda ahí?...- preguntó, con un dejo de risa en la voz
Sobresaltada, solté el traje de baño y me volví. Sentado en la cama, entre los cojines y los bichos de peluche que Karen coleccionaba, estaba Sergio, sonriendome.
-Ay, pero qué susto me has dado!...- exclamé, pescando el traje de baño de nuevo y escondiendolo atrás de mí espalda. -Qué es lo que estás haciendo ahí en la obscuridad?
El se encogió de hombros y suspiró. Parecía disgustado y medio triste, lo que era algo totalmente anormal en él.
-Ah, hay demasiada gente y demasiado desorden allá afuera.- respondió, desanimado.
Me levanté y fuí hasta la cama, sentandome a su lado.
-Estás bien, Sergio?.- le pregunté, escrutando su cara menuda, en la cual se destacaban los enormes ojos de un azul profundo.
-Sí, claro.- contestó, irguiendo los hombros, y se quedó jugueteando con los flecos de la colcha.
-Ah, no, no estás... Yo te conozco! Si no estás allá afuera divirtiendote con los otros es porque algo muy grave está aconteciendo.- repliqué, preocupada, apoyando me mano en su brazo -Anda cuéntame, qué te pasa?
El irguió la cabeza y me miró por algunos momentos, como evaluando la posibilidad de abrirse conmigo, pero no dijo nada.
-Anda, Sergio, tú sabes que puedes confiar en mí...- lo animé, sonriendo -Prometo que guardo tu secreto... si tú guardas el mío.- agregué, mostrandole el traje de baño con el tirante rasgado.
Entonces, abrió una leve sonrisa.
-Anda! -insistí, tirando el traje de baño de vuelta al armário -Somos amigos o no somos?...
Entonces, se tendió en la cama y empezó a hablar...
Entonces, antes de ser cruel y fríamente pinchada por la aguja nada amable de alguna enfermera, aquí vá la primera parte de la historia, que también es una de aquellas del desafío "escribir sobre cualquier cosa" en que mis alumnos de redacción me metieron.
Cuando miro esta foto no puedo dejar de reírme al recordar todo lo que maquinamos durante aquella fiesta junina en la casa de Karen y de las consecuencias de nuestras jugarretas. Para ser sincera, nadie esperaba que las cosas salieran de esa forma, pero a pesar de todo, no créo que ninguno de nosotros se haya arrepentido más tarde. Ya dicen que Dios a veces escribe derecho por líneas chuecas y supongo que esto se aplica perfectamente en este caso, pues El no podría haber escogido líneas más chuecas que nosotros para llevar a cabo sus planes!.
Como lo hacíamos todos los años, empezamos a planear aquella fiesta junina con casi dos meses de antecedencia. Esta vez, acontecería en la calle donde vivía Karen y nos cabía a nosotros la organización y divulgación del evento, pues disfrutábamos de un cierto prestigio en nuestra pequeña ciudad debido al éxito de las fiestas que organizábamos. En ellas, todo el mundo se divertía, bailaba y cantaba, nunca faltaba comida o bebida, había lugar para todos, siempre conseguíamos que algun músico para que hiciera un show al vivo y nuestra decoración era de primera calidad. Pero lo mejor de todo era que nunca salió una peléa, ni un empujón un un gesto obsceno en ninguna de las fiestas y la policía jamás tuvo que ser llamada por causa de música demasiado alta o alborozo exagerado. Esto hacía que las personas siempre nos llamaran para organizar sus fiestas juninas y comparecieran en peso para divertirse sin tener que preocuparse de nada. Así, aquel año, un grupo de moradores entró en contacto con nosotros a través de nuestra amiga Karen -que vivía en esa calle- pidiéndonos que tomáramos cuenta del evento. Claro que aceptamos, pues fuera ganar algún dinerillo extra, podríamos divertirnos y dejar a nuestra amiga en las alturas delante de la vecindad. Entonces, en los primeros días de abril ya convocamos a una reunión para distribuir las taréas y abrimos un fondo destinado a la compra de los ítems imprescindibles para que todo saliera como esperábamos. Poco a poco fuimos almacenando maní, papas, camotes, maíz, gengibre, fuegos de artificio, sombreros de paja, balones, banderitas coloridas, cordel, ramas de eucalipto y tablas para la construcción de las barracas. Agendamos el arriendo de mesas y sillas, manteles y adornos y combinamos con un dúo de música típica de la misma ciudad para que se presentara durante la semana. También fuimos atrás de un buen equipo de sonido y recorrimos los alrededores juntando ramas secas y pedazos de tronco para armar nuestra hoguera. Todo esto iba siendo cuidadosamente guardado en la casa de Karen, que poco antes de la fiesta ya estaba pareciendo la cueva de Alí babá y los cuarenta ladrones. Nuestras adquisiciones tomaban cuenta del patio, la terraza, los cuartos, la despensa, los armários e inclusive el garage, de manera que el pobre don Andrés, padre de Karen, era obligado a dejar su cacharrito a la intempérie por nuestra causa. Cuando reclamaba demasiado, pues las palomas y gorriones estaban echando a perder la ya descascarada pintura del carro, su mujer lo llevaba a un rincón y le daba un tremendo sermón, lleno de pasión y ademanes grandiosos que nadie conseguía escuchar, y poco tiempo después don Andrés regresaba, manso como un cordedito y con una sonrisa de sumisión y arrepentimiento en su cara menuda y, dando un profundo suspiro, se iba allá afuera, pescaba la manguera y pasaba las dos horas siguientes refregando la mugre de los pájaros del techo y el capó del su cacharro verde limón fosforescente.
-Bien que podía refregar hasta que saliera todo ese color horroroso.- refunfuñaba su mujer, observándolo desde la ventana de la sala -Dónde ya se vió pintar un auto de verde limón fosforescente?
-Pero, mamy...- replicaba Karen, conciliadora -El auto ya tenía ese color cuando el papá se lo compró a don Kemil.
Entonces, la madre hacía un gesto de desdén y volvía a la cocina diciendo:
-Comprase un auto de otro que tuviera mejor gusto entonces.
Karen se derrumbaba en el sofá y ,dando un suspiro de resignación, nos miraba y se encogía de hombros.
-No sé por qué mi mamá le tiene tanta tirria a ese auto. Le pegó rabia desde el primer momento en que lo vió!
-Bueno, a lo mejor es porque el papá no le preguntó nada sobre la compra y simplemente apareció un día aquí con el auto como un hecho consumado.- explicaba Sérgio, el hermano menor de Karen -Y tú sabes que a la mamá le gusta saber todo lo que sucede en esta casa... Inclusive lo que no debería.- agregaba, resentido.
Karen le daba una mirada reprobadora y decía:
-Sí, pero es que con esas tipejas con que andas saliendo, no es para menos, no?
-Qué es lo que quieres decir con eso?...- exclamaba Sergio, todo erizado -No son tipejas!... Para tu información...
-Escuche, escuchen...- intervenía yo, pacificadora -Acuérdense de que estamos aquí por causa de la fiesta. Vamos a dejar los problemas personales para otro día, sí?...
Sergio hacía un esfuerzo para tragarse la rabia y Karen cruzaba los brazos sobre el pecho y miraba para otro lado. En aquel instante parecía que aquellos dos nunca más se dirigirían la palabra nuevamente, pero nosotros sabíamos que poco tiempo después lo olvidarían todo y continuarían amigos como siempre. Ya nos habíamos acostumbrado con eso, pues parecía que el único tema de discusión entre ellos eran las famosas pololas de Sergio, que nadie en la casa aprobaba. Todas las veces que nos reuníamos para discutir los detalles de la fiesta, de alguna manera el tema venía a colación y los dos terminaban agarrándose. Un completo desperdicio de energía, pensaba yo, porque nunca iban a conseguir ponerse de acuerdo en nada.
Las cosas caminaban como esperado y cerca del fin de mayo ya estábamos con todo preparado. Lo único que sobró para los vecinos fué la confección de los disfraces, para los cuales se nos ocurrió organizar un desfile el último domingo con derecho a premio y todo, lo que despertó una electrizante competencia entre las señoras, que se lo pasaban horas en la máquina de coser, o de aguja en la mano, para confeccionar el disfraz más original y bien hecho. También organizamos un desfile para escoger a la novia, lo que suscitó otro tornéo de encajes, vuelos, cintas, coronas, velos, ramalletes y guirnaldas. Pero la verdadera complicación se dió a la hora de escoger a los jurados, pues la mayoría era pariente de las candidatas, de modo que ellos prefirieron que nosotros nos encargáramos de esta parte, ya que no teníamos nada que ver con nadie de allí.
Llegado el primer fin de semana estábamos ansiosos para ver si todo iba a salir como lo habíamos planeado. Nos pasamos la semana entera construyendo barracas, colgando banderitas en los postes y árboles, pegando balones y preparando barras de dulce de maní azucarado, manzanas confitadas, vino con gengibre, dulce de zapallo y arroz con leche... El olor del gengibre se me quedó pegado en los dedos por algunos días, no importa con qué me las lavara, y pasé varios meses sin conseguir ni mirar de lejos maní y zapallo, pero al final todos los sacrificios valieron la pena, pues aquel primer fin de semana fué un completo éxito. Todo el mundo vino a carácter y dispuesto a divertirse, comer y bailar hasta caerse.
En el medio de la fiesta, Karen me pidió que fuera a buscar su cámara para que le sacáramos una foto a todo el equipo con la calle adornada e iluminada al fondo.
-Otra para nuestro currículo.- expresó, satisfecha, con una sonrisa de oreja a oreja.
Fuí sin demora a buscar la cámara en la casa, que estaba una locura con todo aquel entra y sale de personas llevando bandejas, botellas, tiestos de arroz con leche y dulce de maní, más algunas en la cocina revolviendo las enormes ollas de vino con gengibre y friendo papas y empanadas, y otras en la cuba de la terraza lavando toneladas y más toneladas de platos, cubiertos y vasos. También tropecé con gente en la sala que estaba llenando globos y desempaquetando más premios para la pesca, pues los chiquillos ya se los habían llevado todos... Mientras me dirigía hasta el cuarto de Karen le dí una rápida ojeada a todo aquello y sonreí, porque era realmente agradable ver a toda esa gente trabajando unida y feliz por el éxito de esta empresa.
-Es así que las coisas funcionan.- me dije a mí misma, entrando por el corredor que llevaba a los cuartos.
Abrí la puerta y entré rápidamente, encendí la luz y me dirigí hacia el armário en el cual Karen me había dicho que guardaba la cámara. Este ya estaba abierto de par en par y mostraba un increíble desorden de zapatos, ropas, bolsas y cajas de todos los tipos, tamaños y colores. Los cajones estaban abiertos y revueltos y algunas piezas yacían en el suelo, mezcladas con las flores de papel crepé que hacían parte de los arreglos de las mesas.
-Puchas!...- exclamé, parando delante de aquella confusión -Cómo voy a encontrar alguna cosa aquí?.
Me agaché y prácticamente me zambullí dentro del armário para ver si conseguía descubrir dónde, en medio de las faldas, sostenes, medias, pantalones y zapatillas, podría estar la bendita cámara... La idéa de desistir de registrar el éxito del equipo en otra fiesta junina me vino a la cabeza mientras jalaba los tirantes del traje de baño rojo de Karen, que estaba enroscado en una maleta negra en el fondo del armário. Será que una foto -otra más- vallía esta aventura por los territorios vírgenes e inexplorados del despelote privado de mi amiga?... Empecé a pensar que no, sobre todo cuando sentí que el tirante se rasgaba ruidosamente con mi último tirón. Entonces, abdicando cobardemente de mi misión, saqué el cuerpo del armário y me quedé arrodillada en el suelo, toda despeinada y empapada de sudor, jadeante y con las costas endurecidas. Sorbí y traté de arreglarme el pelo, sosteniendo el traje de baño por el tirante rasgado. Lo miré y tragué en seco.
-Diablos, la Karen me vá a matar por esto.- murmuré, afligida.
Entonces, una voz masculina vino desde mi espalda, suave y gentil, interrumpiendo mis consideraciones sobre cómo sería perder a mi mejor amiga.
-Necesitas ayuda ahí?...- preguntó, con un dejo de risa en la voz
Sobresaltada, solté el traje de baño y me volví. Sentado en la cama, entre los cojines y los bichos de peluche que Karen coleccionaba, estaba Sergio, sonriendome.
-Ay, pero qué susto me has dado!...- exclamé, pescando el traje de baño de nuevo y escondiendolo atrás de mí espalda. -Qué es lo que estás haciendo ahí en la obscuridad?
El se encogió de hombros y suspiró. Parecía disgustado y medio triste, lo que era algo totalmente anormal en él.
-Ah, hay demasiada gente y demasiado desorden allá afuera.- respondió, desanimado.
Me levanté y fuí hasta la cama, sentandome a su lado.
-Estás bien, Sergio?.- le pregunté, escrutando su cara menuda, en la cual se destacaban los enormes ojos de un azul profundo.
-Sí, claro.- contestó, irguiendo los hombros, y se quedó jugueteando con los flecos de la colcha.
-Ah, no, no estás... Yo te conozco! Si no estás allá afuera divirtiendote con los otros es porque algo muy grave está aconteciendo.- repliqué, preocupada, apoyando me mano en su brazo -Anda cuéntame, qué te pasa?
El irguió la cabeza y me miró por algunos momentos, como evaluando la posibilidad de abrirse conmigo, pero no dijo nada.
-Anda, Sergio, tú sabes que puedes confiar en mí...- lo animé, sonriendo -Prometo que guardo tu secreto... si tú guardas el mío.- agregué, mostrandole el traje de baño con el tirante rasgado.
Entonces, abrió una leve sonrisa.
-Anda! -insistí, tirando el traje de baño de vuelta al armário -Somos amigos o no somos?...
Entonces, se tendió en la cama y empezó a hablar...
quarta-feira, 3 de março de 2010
La primera impresión
Bueno, y como lo prometí -y ahora de computador nuevo, absolutamente veloz y eficiente, gracias a mi hijo- aquí vá la tercera historia. Ella pertenece a una serie que fué escrita durante un curso de redacción que dí hace algún tiempo en la fundación cultural en que trabajo. En realidad, fué un desafío lanzado por mis alumnos, provocado por mi afirmación de que es posible escribir sobre cualquier cosa y producir un trabajo de calidad, no importa cuán ruin pueda ser, o parecer, el tema. Esto, hablando literariamente, claro, porque hay textos sobre temas específicos, como ciencias, política, geografía y esas cosas, que simplemente no dá para redactar de una forma más amena... Entonces, el desafío fué que ellos escogerían el tema y los personajes y yo tendría que escribir un cuento hasta la próxima aula, en la semana siguiente. Yo podría agregar personajes y anécdotas, pero debería desenvolver el tema según los apuntes que ellos me proporcionarían y sólo podría cambiar el final con consulta previa... Debo admitir que, al final, la cosa pasó de un juego a una experiencia extremadamente interesante y provocativa, fascinante y reveladora, porque no sólo conseguí probar mi tesis como también me divertí y descubrí que, realmente, yo misma soy la mejor prueba de ella... Deberían haber visto los temas esdrújulos que me entregaron! -muriéndose de la risa ante mi expresión de estupefacción- Algunos eran actos de pura y simple crueldad!... Mas como palabra empeñada es palabra cumplida, no me quedó más que recibirlos, meterlos en mi cuaderno y llevármelos para casa para tratar de sacar leche de piedras, como se dice acá. Casi acabé enterrada por algunos de aquellos temas y otros fueron un verdadero y árduo desafío para mi creatividad, pero al final, conseguí salir victoriosa y les entregué a cada uno de ellos un cuento con la idéa básica que me habían proporcionado. Y me quedé tan entusiasmada con los resultados, que decidí publicarlos en este blog, porque mismo no siendo el tipo de cosa que yo escribo, créo que son interesantes lo bastante como para que otros los léan y los disfruten así como yo lo hice al redactarlos.
Entonces, aquí está el primero de ellos. Espero que les guste!
La farmacia estaba alarmantemente congestionada; parecía que todo el mundo había decidido aparecer por allí a la misma hora y nosotros, los empleados, casi no estábamos consiguiendo dar cuenta de decifrar recetas, responder preguntas y buscar jarabes, comprimidos, gotas, pomadas y cápsulas en los estantes. Várias veces acabé estrellandome con algún colega en el estrecho espacio en el cual teníamos que movernos atrás del mostrador. Para empeorar la situación, el teléfono no paraba de llamar y los clientes parecían estar sufriendo de un severo caso de impaciencia colectiva. Todos querían ser atendidos inmediatamente, no importaba el orden de llegada!... En ese tipo de situación todos nos poníamos extremadamente tensos, pues éramos obligados a ser atentos y serviciales con las personas -no interesaba si eran groseras o no querían esperar que acabáramos de atender a otro cliente- rápidos y eficientes y todavía estar con los ojos bien abiertos para detectar cualquier actitud sospechosa, porque sabíamos que había personas que se aprovechaban de aquellos momentos de mayor movimiento para llegar discretamente junto a los mostradores y, con un movimiento casi imperceptible, robar alguna mercancía y salir sin ser notado. Y, claro, el perjuicio acababa sobrando para nuestro bolsillo al final de mes. Nuestro jefe no perdonaba ese tipo de descuido.
En aquella hora, yo me repartía entre el mostrador y la caja y necesitaba hacer un gran esfuerzo y mantener una calma perfecta para no enredarme con los vueltos y las recetas, por eso, cuando ví al hombre entrar, me quedé un instante inmóvil, y al percibir que él se dirigía hacia mí, tuve la repentina certeza de que iba a verme envuelta en una situación desagradable. Inmediatamente, busqué con la mirada a alguien que pudiera substituirme en la caja o entonces, que viniera a atender a aquel hombre, pero desgraciadamente todos estaban tan ocupados como yo.
-Mierda.. De esta no me escapo..- dije en voz baja, enderezandome como si fuera a enfrentar algún tipo de peligro.
El hombre realmente tenía un aspecto de dar miedo: flaco y de cabellos largos y desgreñados, vestido con ropas sucias y zurradas, una encima de otra, de colores indefinidos y llenas de manchas; rostro barbón y con grandes ojeras oscuras, zapatos deformados y cubiertos de barro, uñas largas y negras. Caminaba un poco tambaleante y llevaba un saco de yuta con alguna cosa informe dentro de él. Yo lo noté así que entró, mirando a su alrededor con un aire medio perdido, y me quedé con la mano en el aire, sosteniendo el billete que acababa de recibir de un cliente. Un viento semejante a un mal presentimiento sopló desde mi estómago, que se encogió. Qué era lo que una criatura como esa podía querer aquí? Probablemente una limosna, pero nos era terminantemente prohibido darla a cualquiera y, si lo hiciéramos, la cantidad, no importa cuán pequeña fuese, sería descontada de nuestro salario. Nuestro jefe tampoco era adepto a este tipo de política paternalista, como la llamaba.
-Limosna para vagabundo en mi establecimiento no!...- nos sermoneaba con voz dura -Quieren alguna cosa? Que vayan a trabajar!.
Mientras guardaba el billete en la registradora y buscaba algunas monedas para dar el vuelto, observé que el hombre continuaba aproximandose lentamente. Despedí al cliente con un gentil "Hasta luego y vuelva siempre" que ni yo misma creí, y cerré el cajón de la registradora rápidamente. Cuando levanté la cabeza de nuevo, el hombre estaba delante de mí.
De cerca era más desagradable todavía, pues sus dientes estaban negros y exhalaba un fuerte olor a sudor y alcohol. Si la primera impresión es la que vale, como decía mi madre, entonces lo mejor que podía hacer era pescar el teléfono y llamar a la policía, porque ese personaje sólo podía significar problemas.
Sintiendome cada vez más insegura y tímida frente a él, volví a mirar a mi alrededor en busca de ayuda, pero nadie estaba disponible. Entonces, resignada, respiré hondo, tomé coraje y lo encaré con mi mejor sonrisa de Monalisa.
-Hola, en qué puedo ayudarlo?- pregunté, inclinandome hacia él. El olor era casi insoportable.
-Dame alguna cosa para el dolor ahí.- respondió con una voz ronca y agresiva que me sobresaltó.
Se me ocurrió la idéa de preguntarle si tenía cómo pagar el remedio, pero desistí. Era obvio que pretendía llevarselo gratis. Bueno, tal vez valiese la pena un descuento en mi sueldo con tal de deshacerme de este mendigo... En ese momento, se acercó una cliente para pagar y tuve que volver a la caja. Mientras abría el cajón con manos temblorosas, lo escuché repetir:
-Dame algo para e dolor ahí, señorita. Tengo que llevarlo allá para abajo.
Me pregunté qué sería "Allá abajo", y recordé que atrás de la farmacia quedaba el cuartel policial. Será que él quería llevarle el remedio a algún compañero que estaba detenido allá? O será que era para él mismo? Le dí una ojeada al tiempo que le entregaba el vuelto a la cliente, pero no me pareció que estuviera sufriendo algún tipo de dolor. Parecía un poco inseguro, pero fuera eso, parecía bien.
-Mire, señor..- dije entonces, sonriendo lo más gentilmente que pude -En este momento estoy ocupada en la caja, entonces por qué no le pide a ese joven allí, que es uno de nuestros vendedores? -sugerí, apuntando hacia uno de mis colegas.
El hombre siguió con los ojos turbios la dirección que mi mano indicaba, y demoró algunos segundos para localizar a la persona. En seguida, volvió a encararme, con una expresión en la cual se mezclaban la perplejidad y una punta de revuelta, como si adivinara que aquella era una disculpa para no atenderlo, y curvó los labios hacia abajo, con un qué de desprecio. Se inclinó hacia mí y susurró, apoyando las manos en el vidrio:
-Usted me tiene miedo, señorita?...
Yo me quedé inmóvil por algunos segundos, sintiendome descubierta, y fuí
incapaz de sostener su mirada.
-No senhor, imagínese!...- tartamudeé, enrojeciendo -Es que estoy realmente ocupada! Por qué no vá a...?
-No le voy a hacer nada, señorita...- insistió, enderezandose. La marca grasienta de sus manos quedó estampada em el vidrio -No me tenga miedo, no.- y antes de que yo pudiera argumentar alguna otra cosa, se dirigió hacia mi colega, que en aquel instante se viraba para atender el teléfono.
Cuando el mendigo llegó junto al mostrador, las personas que estaban allí inmediatamente se alejaron lo más discretamente posible. El las miró, dejando caer su saco en el suelo, y soltó una risita sarcástica.
Yo permanecí inmóvil en la caja, sintiendo mi corazón latir con fuerza y las piernas medio temblorosas por causa del incidente, pero en seguida un gran alivio me invadió al darme cuenta de que había conseguido librarme de aquel sujeto tan desagradable. Desde donde me encontraba, ahora ociosa, lo observé hacer el pedido a mi colega. Pero éste continuó hablando por el teléfono y no le dió atención. El hombre repitió su pedido, en voz más alta, pero el empleado hizo un gesto displicente y le dió la espalda. El hombre se quedó ahí, mirando a mi colega por algunos minutos, sin saber qué hacer, y finalmente, vencido por su indiferencia, se agachó y pescó su saco. Parecía profundamente contrariado... No supe por qué, pero aquella escena me despertó una inesperada sensación de tristeza. Hasta sentí el impulso de pescar el remedio y dárselo, pero algo me detuvo. La primeira impresión que me había pasado era demasiado fuerte todavía y me impidió reaccionar de otra forma. Entonces, me tragué ese creciente malestar que poco a poco tomaba cuenta de mí y permanecí donde estaba, limitandome tan sólo a observar.
El hombre, muy enojado, se dirigió con pasos inseguros hasta la salida, pero antes de alcanzar la calzada, se volvió hacia nosotros y exclamó, apuntandonos con su mano inmunda:
-Ya entendí el recado, no tenían que humillarme también!...- y agregó, en voz baja y amenazadora: -Y después, cuando matan a uno, dicen que nosotros somos los malos!- nos dió una última y furiosa mirada y salió, colocando bruscamente el saco en el hombro. En un instante su bulto se perdió en medio de las personas que pasaban.
Todos permanecimos paralizados durante algunos segundos, evidentemente impresionados con las palabras del mendigo. Algunos clientes comentaban en voz alta el incidente, otros pescaron apresuradamente sus remedios y salieron de la farmacia. Alguien se quejó de tener que tolerar ese tipo de individuo, que debería estar internado en alguna institución en vez de andar suelto por ahí perturbando a las personas de bien. Otra dió una rápida mirada dentro de su cartera... El clima quedó denso y pesado, tuvimos que hacer un esfuerzo para poder retomar nuestro comportamiento amable y sonriente y así hacer que los clientes olvidasen al hombre y sus palabras, evitando una desbandada general... Pero yo me quedé asustada. Será que aquello era una amenaza? Iría regresar más tarde, tal vez acompañado, para atacarnos o asaltar la farmacia? Estaría esperando en la esquina, escondido, para cobrarme mi falta de caridad?... Pero parecía una criatura acostumbrada y resignada a sufrir impotente ese tipo de tratamiento, tanto, que fué capaz de adivinar certeramente mi recelo y mis disculpas para no atenderlo. Sus palabras daban vueltas y más vueltas en mi mente, y cuanto más las escuchaba y recordaba la expresión de perplejidad y resentimiento en su cara dura y sufrida, aquella primera sensación de tristeza y malestar se volvía más fuerte y dolorosa. Poco a poco, la primera impresión de miedo y repulsión delante de su figura fué desapareciendo, transformandose y mostrandome otra realidad: un hombre solo y desamparado, tal vez sintiendo dolor, com hambre, quién sabe muriendose de ganas de bañarse, sin saber dónde dormiría esta noche, vagando por las calles sin destino, tal vez cargando recuerdos de personas amadas que perdió por el camino. Un ser humano que dependía de la caridad de quien lo despreciaba y lo humillaba para conseguir hasta las cosas más básicas. Una criatura que nada poseía y nada esperaba, marcada apor el fracaso y la miseria, probablemente dueño de una historia de la cual nosotros podríamos aprender muchas cosas, si sólo tuviéramos tiempo de escucharla. Pero vivimos demasiado ocupados con nuestros propios problemas e intereses, con nuestras luchas mezquinas y fútiles como para prestar atención en alguien como él.
Avergonzada y aplastada por el peso de mis preoconceptos, me dieron ganas de largar todo y correr a esconderme en algún agujero donde nunca nadie me encontrase. Me dí cuenta de que quien me esperaba en la esquina para cobrarme mi falta de caridad no era bien aquel mendigo, sino mi propia consciencia, que en la imagen de ese hombre me mostraba la hipocrecía y el egoísmo que impregnaban la mayoría de mis pensamientos, intenciones y actitudes, mismo sin que me diera cuenta.. Pero que estaban allí y se mostraban en cada situación... Por qué tanto miedo de nuestro semejante? Por qué juzgar sin conocer? Por qué condenar sin saber si realmente existe aguna culpa? Por qué no perdonar los errores ajenos? Por qué exigir para nosotros lo que no somos capaces de dar?... Por qué la apariencia es tan importante que nos impide aproximarnos, confiar, ser misericordiosos?
Mientras regresaba lentamente a mi trabajo atrás del mostrador con las recetas y las cápsulas, llegué a la conclusión de que, a final de cuentas, talvez mi madre estuviese equivocada y la primeira impresión ni siempre es la que cuenta, pues hay muchas cosas que ignoramos por detrás de ella y que, si nos diéramos el trabajo de conocer, tal vez mudasen nuestra opinión sobre alguien... Aquel incidente, que había dejado mi corazón pesado y triste, llenaba mi cabeza de preguntas que ahora no podía más responder. Y si yo hubieras preguntado? Y si yo me hubiera interesado de verdad? Y si yo hubera escuchado? Y si yo hubiera prestado más atención? Y si yo hubiera dejado mis preconceptos de lado? Y si yo no me hubiera dejado llevar por la primera impresión?...
Entonces, aquí está el primero de ellos. Espero que les guste!
La farmacia estaba alarmantemente congestionada; parecía que todo el mundo había decidido aparecer por allí a la misma hora y nosotros, los empleados, casi no estábamos consiguiendo dar cuenta de decifrar recetas, responder preguntas y buscar jarabes, comprimidos, gotas, pomadas y cápsulas en los estantes. Várias veces acabé estrellandome con algún colega en el estrecho espacio en el cual teníamos que movernos atrás del mostrador. Para empeorar la situación, el teléfono no paraba de llamar y los clientes parecían estar sufriendo de un severo caso de impaciencia colectiva. Todos querían ser atendidos inmediatamente, no importaba el orden de llegada!... En ese tipo de situación todos nos poníamos extremadamente tensos, pues éramos obligados a ser atentos y serviciales con las personas -no interesaba si eran groseras o no querían esperar que acabáramos de atender a otro cliente- rápidos y eficientes y todavía estar con los ojos bien abiertos para detectar cualquier actitud sospechosa, porque sabíamos que había personas que se aprovechaban de aquellos momentos de mayor movimiento para llegar discretamente junto a los mostradores y, con un movimiento casi imperceptible, robar alguna mercancía y salir sin ser notado. Y, claro, el perjuicio acababa sobrando para nuestro bolsillo al final de mes. Nuestro jefe no perdonaba ese tipo de descuido.
En aquella hora, yo me repartía entre el mostrador y la caja y necesitaba hacer un gran esfuerzo y mantener una calma perfecta para no enredarme con los vueltos y las recetas, por eso, cuando ví al hombre entrar, me quedé un instante inmóvil, y al percibir que él se dirigía hacia mí, tuve la repentina certeza de que iba a verme envuelta en una situación desagradable. Inmediatamente, busqué con la mirada a alguien que pudiera substituirme en la caja o entonces, que viniera a atender a aquel hombre, pero desgraciadamente todos estaban tan ocupados como yo.
-Mierda.. De esta no me escapo..- dije en voz baja, enderezandome como si fuera a enfrentar algún tipo de peligro.
El hombre realmente tenía un aspecto de dar miedo: flaco y de cabellos largos y desgreñados, vestido con ropas sucias y zurradas, una encima de otra, de colores indefinidos y llenas de manchas; rostro barbón y con grandes ojeras oscuras, zapatos deformados y cubiertos de barro, uñas largas y negras. Caminaba un poco tambaleante y llevaba un saco de yuta con alguna cosa informe dentro de él. Yo lo noté así que entró, mirando a su alrededor con un aire medio perdido, y me quedé con la mano en el aire, sosteniendo el billete que acababa de recibir de un cliente. Un viento semejante a un mal presentimiento sopló desde mi estómago, que se encogió. Qué era lo que una criatura como esa podía querer aquí? Probablemente una limosna, pero nos era terminantemente prohibido darla a cualquiera y, si lo hiciéramos, la cantidad, no importa cuán pequeña fuese, sería descontada de nuestro salario. Nuestro jefe tampoco era adepto a este tipo de política paternalista, como la llamaba.
-Limosna para vagabundo en mi establecimiento no!...- nos sermoneaba con voz dura -Quieren alguna cosa? Que vayan a trabajar!.
Mientras guardaba el billete en la registradora y buscaba algunas monedas para dar el vuelto, observé que el hombre continuaba aproximandose lentamente. Despedí al cliente con un gentil "Hasta luego y vuelva siempre" que ni yo misma creí, y cerré el cajón de la registradora rápidamente. Cuando levanté la cabeza de nuevo, el hombre estaba delante de mí.
De cerca era más desagradable todavía, pues sus dientes estaban negros y exhalaba un fuerte olor a sudor y alcohol. Si la primera impresión es la que vale, como decía mi madre, entonces lo mejor que podía hacer era pescar el teléfono y llamar a la policía, porque ese personaje sólo podía significar problemas.
Sintiendome cada vez más insegura y tímida frente a él, volví a mirar a mi alrededor en busca de ayuda, pero nadie estaba disponible. Entonces, resignada, respiré hondo, tomé coraje y lo encaré con mi mejor sonrisa de Monalisa.
-Hola, en qué puedo ayudarlo?- pregunté, inclinandome hacia él. El olor era casi insoportable.
-Dame alguna cosa para el dolor ahí.- respondió con una voz ronca y agresiva que me sobresaltó.
Se me ocurrió la idéa de preguntarle si tenía cómo pagar el remedio, pero desistí. Era obvio que pretendía llevarselo gratis. Bueno, tal vez valiese la pena un descuento en mi sueldo con tal de deshacerme de este mendigo... En ese momento, se acercó una cliente para pagar y tuve que volver a la caja. Mientras abría el cajón con manos temblorosas, lo escuché repetir:
-Dame algo para e dolor ahí, señorita. Tengo que llevarlo allá para abajo.
Me pregunté qué sería "Allá abajo", y recordé que atrás de la farmacia quedaba el cuartel policial. Será que él quería llevarle el remedio a algún compañero que estaba detenido allá? O será que era para él mismo? Le dí una ojeada al tiempo que le entregaba el vuelto a la cliente, pero no me pareció que estuviera sufriendo algún tipo de dolor. Parecía un poco inseguro, pero fuera eso, parecía bien.
-Mire, señor..- dije entonces, sonriendo lo más gentilmente que pude -En este momento estoy ocupada en la caja, entonces por qué no le pide a ese joven allí, que es uno de nuestros vendedores? -sugerí, apuntando hacia uno de mis colegas.
El hombre siguió con los ojos turbios la dirección que mi mano indicaba, y demoró algunos segundos para localizar a la persona. En seguida, volvió a encararme, con una expresión en la cual se mezclaban la perplejidad y una punta de revuelta, como si adivinara que aquella era una disculpa para no atenderlo, y curvó los labios hacia abajo, con un qué de desprecio. Se inclinó hacia mí y susurró, apoyando las manos en el vidrio:
-Usted me tiene miedo, señorita?...
Yo me quedé inmóvil por algunos segundos, sintiendome descubierta, y fuí
incapaz de sostener su mirada.
-No senhor, imagínese!...- tartamudeé, enrojeciendo -Es que estoy realmente ocupada! Por qué no vá a...?
-No le voy a hacer nada, señorita...- insistió, enderezandose. La marca grasienta de sus manos quedó estampada em el vidrio -No me tenga miedo, no.- y antes de que yo pudiera argumentar alguna otra cosa, se dirigió hacia mi colega, que en aquel instante se viraba para atender el teléfono.
Cuando el mendigo llegó junto al mostrador, las personas que estaban allí inmediatamente se alejaron lo más discretamente posible. El las miró, dejando caer su saco en el suelo, y soltó una risita sarcástica.
Yo permanecí inmóvil en la caja, sintiendo mi corazón latir con fuerza y las piernas medio temblorosas por causa del incidente, pero en seguida un gran alivio me invadió al darme cuenta de que había conseguido librarme de aquel sujeto tan desagradable. Desde donde me encontraba, ahora ociosa, lo observé hacer el pedido a mi colega. Pero éste continuó hablando por el teléfono y no le dió atención. El hombre repitió su pedido, en voz más alta, pero el empleado hizo un gesto displicente y le dió la espalda. El hombre se quedó ahí, mirando a mi colega por algunos minutos, sin saber qué hacer, y finalmente, vencido por su indiferencia, se agachó y pescó su saco. Parecía profundamente contrariado... No supe por qué, pero aquella escena me despertó una inesperada sensación de tristeza. Hasta sentí el impulso de pescar el remedio y dárselo, pero algo me detuvo. La primeira impresión que me había pasado era demasiado fuerte todavía y me impidió reaccionar de otra forma. Entonces, me tragué ese creciente malestar que poco a poco tomaba cuenta de mí y permanecí donde estaba, limitandome tan sólo a observar.
El hombre, muy enojado, se dirigió con pasos inseguros hasta la salida, pero antes de alcanzar la calzada, se volvió hacia nosotros y exclamó, apuntandonos con su mano inmunda:
-Ya entendí el recado, no tenían que humillarme también!...- y agregó, en voz baja y amenazadora: -Y después, cuando matan a uno, dicen que nosotros somos los malos!- nos dió una última y furiosa mirada y salió, colocando bruscamente el saco en el hombro. En un instante su bulto se perdió en medio de las personas que pasaban.
Todos permanecimos paralizados durante algunos segundos, evidentemente impresionados con las palabras del mendigo. Algunos clientes comentaban en voz alta el incidente, otros pescaron apresuradamente sus remedios y salieron de la farmacia. Alguien se quejó de tener que tolerar ese tipo de individuo, que debería estar internado en alguna institución en vez de andar suelto por ahí perturbando a las personas de bien. Otra dió una rápida mirada dentro de su cartera... El clima quedó denso y pesado, tuvimos que hacer un esfuerzo para poder retomar nuestro comportamiento amable y sonriente y así hacer que los clientes olvidasen al hombre y sus palabras, evitando una desbandada general... Pero yo me quedé asustada. Será que aquello era una amenaza? Iría regresar más tarde, tal vez acompañado, para atacarnos o asaltar la farmacia? Estaría esperando en la esquina, escondido, para cobrarme mi falta de caridad?... Pero parecía una criatura acostumbrada y resignada a sufrir impotente ese tipo de tratamiento, tanto, que fué capaz de adivinar certeramente mi recelo y mis disculpas para no atenderlo. Sus palabras daban vueltas y más vueltas en mi mente, y cuanto más las escuchaba y recordaba la expresión de perplejidad y resentimiento en su cara dura y sufrida, aquella primera sensación de tristeza y malestar se volvía más fuerte y dolorosa. Poco a poco, la primera impresión de miedo y repulsión delante de su figura fué desapareciendo, transformandose y mostrandome otra realidad: un hombre solo y desamparado, tal vez sintiendo dolor, com hambre, quién sabe muriendose de ganas de bañarse, sin saber dónde dormiría esta noche, vagando por las calles sin destino, tal vez cargando recuerdos de personas amadas que perdió por el camino. Un ser humano que dependía de la caridad de quien lo despreciaba y lo humillaba para conseguir hasta las cosas más básicas. Una criatura que nada poseía y nada esperaba, marcada apor el fracaso y la miseria, probablemente dueño de una historia de la cual nosotros podríamos aprender muchas cosas, si sólo tuviéramos tiempo de escucharla. Pero vivimos demasiado ocupados con nuestros propios problemas e intereses, con nuestras luchas mezquinas y fútiles como para prestar atención en alguien como él.
Avergonzada y aplastada por el peso de mis preoconceptos, me dieron ganas de largar todo y correr a esconderme en algún agujero donde nunca nadie me encontrase. Me dí cuenta de que quien me esperaba en la esquina para cobrarme mi falta de caridad no era bien aquel mendigo, sino mi propia consciencia, que en la imagen de ese hombre me mostraba la hipocrecía y el egoísmo que impregnaban la mayoría de mis pensamientos, intenciones y actitudes, mismo sin que me diera cuenta.. Pero que estaban allí y se mostraban en cada situación... Por qué tanto miedo de nuestro semejante? Por qué juzgar sin conocer? Por qué condenar sin saber si realmente existe aguna culpa? Por qué no perdonar los errores ajenos? Por qué exigir para nosotros lo que no somos capaces de dar?... Por qué la apariencia es tan importante que nos impide aproximarnos, confiar, ser misericordiosos?
Mientras regresaba lentamente a mi trabajo atrás del mostrador con las recetas y las cápsulas, llegué a la conclusión de que, a final de cuentas, talvez mi madre estuviese equivocada y la primeira impresión ni siempre es la que cuenta, pues hay muchas cosas que ignoramos por detrás de ella y que, si nos diéramos el trabajo de conocer, tal vez mudasen nuestra opinión sobre alguien... Aquel incidente, que había dejado mi corazón pesado y triste, llenaba mi cabeza de preguntas que ahora no podía más responder. Y si yo hubieras preguntado? Y si yo me hubiera interesado de verdad? Y si yo hubera escuchado? Y si yo hubiera prestado más atención? Y si yo hubiera dejado mis preconceptos de lado? Y si yo no me hubiera dejado llevar por la primera impresión?...
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