domingo, 21 de maio de 2017

"Volar"

    Bueno, la semana pasada me tomé el domingo libre para celebrar el día de las madres. Un merecido descanso, con mucho regaloneo, regalos, reposo y serenidad... ¡A final de cuentas, nosotros, las madres nos lo merecemos! Estamos siempre ahí para nuestros hijos, entonces, por lo menos una vez al año, nuestros hijos tienen que estar ahí para nosotros... ¡Y lo pasé regio!...
    Pero el feriado ya pasó, entonces, de vuelta al trabajo, a la rutina, a los placeres simples y cotidianos, a los pequeños milagros...



    Tendida en la cama del cuarto del hotel en Brasil, cuando viajamos para allá el año pasado, miraba con desánimo el diluvio que caía allá afuera a través de la ventana. Todo nuestro panorama de paseos y compras se había ido al tacho... ¿Qué hacer? ¿Ver televisión? ¿Jugar con el teléfono? (cosa que jamás he hecho, pero como saben, la necesidad tiene cara de hereje. Podía aprender) ¿Viajar por la internet?... El paisaje había desaparecido y sólo se escuchaba el tamborileo de la lluvia en los vidrios, tejados y la calle. Todo el mundo corriendo para protegerse del temporal. Hasta los edificios y los árboles parecían encogidos, intimidados por la fuerza del agua que escurría como un río por veredas y recovecos. Un típico chaparrón tropical... Suspiré, disgustada. Sí, realmente no daba para poner ni la punta de la nariz para afuera...
    De repente, y en total silencio, unas siluetas pequeñas y veloces cruzaron por mi ventana. Luego, vacío. Pero en seguida, otro grupo de siluetas obscuras atravesaron el aire y la pared de agua que caía... Curiosa, me levanté de la cama y me aproximé a la ventana. Todo estaba borroso por la lluvia, no había horizonte.... Y las sombras pasaron nuevamente, raudas. Entonces vi que eran pájaros: gorriones, palomas, zorzales... Me quedé inmóvil contemplándolos mientras volaban hacia el parque cercano, yendo y volviendo. "¡Pero qué coraje!", pensé, admirada, "Salir volando por ahí con esta tempestad ¿No les da miedo?"... Las personas estaban escondidas, preocupadas, disgustadas, mientras aquellos pájaros desafiaban el diluvio y volaban, hacían piruetas y hasta soltaban unos trinos... No podía dejar de observarlos, mientras una extraña emoción tomaba cuenta de mí, pues de repente se me ocurrió que nosotros bien que podríamos seguir su ejemplo algunas veces y, en vez de escondernos cuando viene una tormenta, deberíamos quedarnos y enfrentarla, volar a través de ella, no perder el rumbo, no asustarnos. Volar contra todas las apariencias negativas, hasta alcanzar nuestra meta, la realización, la felicidad, la paz. Nosotros también poseemos alas, y tenemos que aprender a usarlas.

segunda-feira, 1 de maio de 2017

"Otoño inspirador"

    Hoy día ya no está ese cielo azul de ayer, pero el sol calienta agradablemente los huesos, entonces, la inspiración continúa viva y bien dispuesta. Por eso, como les prometí ayer, aquí van dos cuentos nuevos. Espero que aprovechen el feriado para sentarse a leerlos y disfrutarlos.



                                                    EL PINTOR



Era la primera cosa que Joaquín veía cuando abría los ojos, y también cuando los cerraba: el rostro de la Emilia. La conocía hacía años, era una de las chicas del coro de la banda en la que tocaba la guitarra los fines de semana. El resto de los días se iba al paseo Huérfanos y pintaba. Tenía su lugar al lado de un edificio público, un rinconcito sombreado, espacioso y cerca de un baño público, que mantenía escrupulosamente limpio... Era un artista ecléctico, porque le hacía a todo un poco: bailarinas, caballos, paisajes campesinos, urbanos, floreros, abstractos... Ya tenía su clientela y siempre había gente parando en su lugar para admirar y comprar sus cuadros. Lo que nadie percibía era que todas las mujeres que pintaba - bailarinas, hadas, parisinas en calles melancólicas, provocativas musas cubiertas con telas de seda- tenían la misma cara: la de la Emilia... Todo fin de semana era aquella tortura. Subirse al escenario y tratar de concentrarse en la música en vez de quedarse embelesado contemplando a la chica, luchando para cobrar valor y acercársele para declararle su amor... No lo conseguía. Todas las veces parecía que el corazón se le iba a saltar del pecho, le flaqueaban las piernas, se le secaba la boca. La observaba desde lejos, la acariciaba con cada suspiro, la deseaba con cada acorde, la abrazaba con las cuerdas de su vieja guitarra... pero no se le aproximaba.
    Entonces, la pintaba. Su amor crecía con cada pincelada, y le dolía el alma cada vez que alguien le compraba un cuadro y se lo llevaba, porque su amada estaría en la casa de otro y no en la suya...
    Desconsolado y con una inspiración interminable y frustrada, sabía que mucha gente poseía algo de Emilia, menos él.





                                                      EL CHIFLÓN


    El edificio estaba clausurado hacía un par de años, las persianas de metal bajadas, llenas de ralladuras y tierra, de orina de perros y borrachos, la baldosa roja que aparecía debajo de ellas cubierta de una gruesa capa de barro, insectos muertos, restos de comida y bosta de paloma. La construcción estaba en la justicia hacía un tiempo porque un grupo de defensores del patrimonio histórico había interpuesto una demanda para tratar de salvar el edificio al lado, que era una pequeña y decadente obra de arte de paredes rojas y adornos blancos que, desgraciadamente, por dentro estaba totalmente destruida, igual que una cáscara de huevo vacía a punto de quebrarse.
    María pasaba todos los días frente a este edificio y lamentaba su decadencia, pues realmente parecía haber vivido días de gloria, cuando el barrio tenía un nivel de vida mejor... Pero bueno, en estos tiempos, lo único que las constructoras querían era levantar sus torres del mil departamentos de 50 metros cuadrados y les importaba un pito si para esto tenían que demoler verdaderas obras de arte de la construcción, reliquias históricas y barrios enteros que, si fueran remodelados y bien cuidados, darían excelentes rutas turísticas. Así que María pasaba frente al edificio condenado y sólo podía soltar un suspiro de inconformidad...
    Hasta que un día, en la parte en que estaban las persianas metálicas percibió que, entre la abertura en el final de la persiana y el suelo, había un estrecho espacio por el que pasaba un chiflón de aire, y que en ese espacio había quedado presa una pluma de paloma. Era blanca, vaporosa, ya algo sucia, y estaba prisionera en una mezcla de telas de araña, bolas de pelusa y tierra. Pero cada vez que el chiflón soplaba, ella se estiraba para afuera, tratando de libertarse. Quien sabe soñaba en volver a su dueña y elevarse por encima de las torres iguales y las antenas y grúas que ocupaban el paisaje. Tal vez deseaba pasear por algún parque, rodar por las veredas, juguetona, subir por el tronco de un árbol y contemplar el mundo entre sus hojas.
    María se quedó mirando la pluma por un momento, sonriendo, conquistada por su empeño, pero luego siguió su camino. Al día siguiente, ahí estaba la plumita, danzando en el chiflón, y al otro, y al otro... María estaba realmente admirada de la persistencia y coraje de aquella modesta pluma blanca. "Ojalá yo tuviera esa fuerza y ese optimismo, ese valor y perseverancia en mi vida", pensó, sintiéndose repentinamente animada. Andaba con algunos problemas, pero el ver esa plumita todos los días esforzándose tanto para aprovechar el chiflón y ser libre le tocó el corazón. Decidió imitarla entonces. Y siguió su camino respirando hondo, sonriendo y con el cuerpo erecto y el alma fortalecida.
    Cuando pasó al día siguiente, la plumita ya no estaba.

domingo, 2 de abril de 2017

De nuevo los fines de semana...

    Y todavía aprovechando la tranquilidad, el sol esplendoroso y el vientecito, me siento para postear el cuento de esta semana, volviendo a la publicación de fin de semana...



                                                    PELEA DE PERROS


    Se conocieron en una pelea de perros. Los de ellos mismos: La "Buba" y la "Cata", que se cruzaron en la calle y se odiaron inmediatamente. La "Buba", una perrita ya de edad, de raza, largos pelos café, y una coqueta chasquilla. La "Cata", una quiltrita con un ojo negro y el otro blanco, patas cortas, pelaje revuelto. El dueño de la "Buba", un gringo de ojillos azules y una barba ya blanca, piel pálida y un sombrerito de explorador, con bermuda y una camisa a cuadros. La dueña de la "Cata", una señora esbelta y sonriente, de cabello cortito y andar decidido... Y entre apartar a las perras y sujetarlas para que no se mataran, cruzaron un silencioso saludo. Algunos días se encontraban y se sonreían mutuamente, jalando con fuerza la correa de sus animales. A veces pasaban varios días y no se veían, pero poco a poco fueron aumentando las sonrisas y agregaron algunas palabras, pero como él era gringo y la dueña de la "Cata" no sabía mucho inglés, la conversación no duraba mucho, fuera que las perras ya se ponían a ladrar y a querer tirarse una encima de la otra. Pero parece que el gringo empezó a hacer algún curso y de repente le hablaba a la señora en un español bien decente y ella trataba de contestarle en un inglés bastante aceptable también.
   Así, día tras día, en cada encuentro, fueron conociéndose mejor, preguntando direcciones entre ladridos, gruñidos y embestidas de sus mascotas, intercambiaron teléfonos y después de más algunos meses, de repente pareció que las perras se cansaron de ladrarse y querer matarse y sólo se olisqueaban de lejos. Era lo máximo que podían esperar de ellas. Al final, eran absolutamente diferentes, así como sus dueños, entonces los obligaban a mantener distancia bajo la amenaza de un verdadero escándalo.
    Han pasado dos años y el gringo con la señora siguen hablándose de lejos, aunque el gringo se muere de ganas de invitar a la señora a tomarse un café y ella se pinta los labios y se pone una ropa bonita por si se lo encuentra... Pero las perras continúan odiándose y así, el hombre no consigue acercarse a la señora para convidarla a salir. Parece que los animales impusieron una especie de límite físico y sus dueños se sienten obligados a respetarlo... De repente, cuando una de las perras se muera...




domingo, 19 de fevereiro de 2017

"El encuentro"

    Y aquí va el cuento del fin de semana. El próximo creo que será publicado durante la semana, ¡pero no se preocupen, que estará ahí para que lo disfruten!...




                                                  EL ENCUENTRO



        Eran cuatro esquinas. En una había un restaurante chino. En la otra un edificio público. En la tercera un mercado y en la cuarta un restaurante de comida peruana... Gente apresurada, seria, algunos con sus uniformes de la oficina, otros llevando bolsas, cajas, carritos. Algunos aprovechando el fin de tarde para una cervecita con los colegas o para hacer unas compras de última hora. Los choferes de micros y autos, impacientes, tocando la bocina como si el mundo fuera a acabarse, pensando que el tipo de adelante estaba divirtiéndose al estar en el taco y no quería avanzar para llegar luego a su casa. Las personas haciéndose el quite en las veredas llenas, pareciendo un río revuelto y ruidoso: el caos de la ciudad un día viernes a las seis de la tarde...
    Y de pronto, de una de las esquinas, un hombre soltó un grito y empezó a hacer aspavientos con los brazos.
    -¡Chuncho!... ¡Chuncho!...- gritaba, haciendo que algunos transeúntes volvieran brevemente la cabeza para mirarlo con curiosidad y desconcierto.
    Y en la esquina opuesta, otro sujeto, con un sombrero de huaso, chaquetita corta y botas, se levantó de una mesa que estaba en la vereda, al frente de un café, y también gritó:
    -¡Pataco!... ¡Aquí, Pataco!- y se sacó el sombrero y empezó a aletear con él, casi pasando a llevar a los peatones, que le hacían el quite con cara fea.
    Entonces, de la tercera esquina, saliendo del restaurante peruano, apareció otro hombre, gordo y de grandes bigotes canosos, que miró hacia el otro lado, puso una cara de alegre sorpresa y, abriendo los brazos, comenzó a trotar hacia la vereda del frente exclamando:
    -¡Pataco!... ¡Chuncho!... Cabros, ¿pero qué están haciendo por aquí?...- y atravesó la calle riendo estruendosamente, al tiempo que los otros dos también lo hacían.
    Se encontraron en la cuarta esquina, donde justo en ese momento salía del mercado un señor de cabellos canosos cargando una pila de bolsas llenas. Al toparse con ellos se detuvo bruscamente, al igual que los otros tres. Se miraron mutuamente, abriendo sendas sonrisas de sincera alegría y emoción, medio incrédulos, y finalmente se aproximaron para abrazarse efusivamente.
    -¡Pero cómo es posible, cabros?... ¿Cuándo llegaron a Santiago?
    -Yo llegué ayer y me vine a pasear y a ver as novedades.
    -Yo traje a mi suegra, que tenía hora al médico.
   -Yo vine a comprarle una de esas porquerías tecnológicas a mi nieto... Ya saben, los cabros hoy en día sólo quieren esas cosas...
    Y delante de esta tremenda casualidad, los cuatro decidieron que había que celebrar y se fueron a almorzar juntos. Porque coincidencias como esta entre amigos que viven lejos, no suceden todos los días.





                                                 

domingo, 22 de janeiro de 2017

¡Ahora sí!

    ¡Creo que ahora sí que la cosa engranó! Ya tengo unos cinco o seis cuentos escritos, listos para publicar, y las ideas no dejan de venir a mi cabeza, a pesar de la preocupación con toda esta situación de los incendios, el humo, el polvo de las cenizas en todas partes y el calor casi insoportable que estamos teniendo que aguantar por causa de ellos



                                                          AVANZAR


    Ahí estaba la bolsita de nylon roja, aplastada contra la reja cuadriculada del corredor del museo por la fuerza del viento. De repente paraba y ella sentía que saldría de esa trampa y podría avanzar un poco, pero nadie se fijaba en ella, que luchaba por libertarse del duro metal negro. No tenía nada contra el viento. En general, era su amigo y la llevaba a lugares inesperados, lindos, misteriosos, perfumados, con música y pájaros. Le encantaba cuando la pescaba y la lanzaba hacia arriba, por entre los edificios y las antenas; se cruzaba con palomas, gaviotas, tordos y hasta gavilanes. Pasaba rauda y danzante delante de los balcones donde se secaba la ropa, florecían los maceteros, los perros dormitaban en la sombra y cajas se apilaban junto con bicicletas, mesitas, colchones y, en navidad, luces, guirnaldas y adornos... Sí, el viento era su amigo, le había enseñado a bailar, pero hoy estaba de mal humor e insistía en mantenerla en el suelo, exprimida contra aquella reja, jugando cruelmente con su sed de avanzar, de conocer, de elevarse y sentirse libre, a salvo de los barredores y los camiones de basura... ¿Qué hacer? ¿Tenerle paciencia y entender que estaba pasando por un mal día?... El problema era que, si no la dejaba irse luego, alguien la iba a recoger y a botarla en algún basurero y ahí sería el final de todo.
    Y de repente vino un niño. Un mocoso de pelo negro y ojos rasgados que, al verla, abrió una sonrisa y se le acercó saltando. Parecía encantado con ella. Tal vez por su color rojo brillante... La bolsita aguardó, expectante. ¿Qué iba a hacer el mocoso?... Este llegó junto a ella y de un tirón la desenredó de la reja, la quedó mirando un momento y de repente pareció ocurrírsele una idea. La puso abierta contra el viento, dejando que se inflara y, abriendo mucho la boca, con los ojitos brillantes, la soltó... La bolsita salió volando, veloz, libre, contorciéndose de pura felicidad. Y desde arriba miró al chiquillo, que saltaba y se reía, revoloteando en la vereda llena de gente, encantado con su baile alocado por entre los edificios, y de repente pensó: "No es tan diferente a mí"...




                                                  IGUAL A LOS DEMÁS



    Andaba por el barrio sin rumbo, mugriento y hediondo, hablando solo, con la mirada siempre perdida en algún punto indefinido. A veces se lo pasaba el día entero sentado en una escalera o en la vereda, apoyado en alguna pared, discurseando y comiendo lo que conseguía en las fuentes de soda o restaurantes y panaderías de los alrededores. Los funcionarios le daban pan, o alguna bebida, unos restos de comida china, de pollo frito o papas, y él se lo comía todo. "Estómago de avestruz", le decían, lo que no quería decir que de vez en cuando no anduviera con los pantalones todos cagados... Nadie le hablaba o lo saludaba. Cuando aparecía, simplemente alguno de los empleados corría a buscar un cartucho o un plato de plástico, tiraba unos restos adentro y se lo entregaba, conteniendo la respiración para que no le dieran arcadas por el hedor espantoso del hombre. No era nadie. No era nada fuera una molestia repulsiva que paseaba por ahí ensuciando y asustando a los cabros chicos. Invierno o verano con la misma ropa: la parca enorme y dura de mugre, los pantalones de ese color indefinido, tiesos de orina y heces, zapatos casi deshaciéndose, el pelo largo y chascón, ya medio canoso, barbudo, dientes negros, uñas largas y quebradas... Un desastre ambulante del que todos querían distancia.
    Hasta que un día, alguien venció todas estas barreras y lo agarró, le cortó el pelo, lo afeitó, lo bañó, le dio ropa y zapatos nuevos, le cortó las uñas y hasta le tiró unas gotas de colonia. Sin aspavientos, lo devolvió a la calle y ahí estaba el mendigo, transformado, caminando entre la gente, irreconocible, igualito a un tipo decente y cuerdo. Y ahora las personas, sin reconocer en él al sujeto asqueroso y asustador que merodeaba por el barrio, lo saludaban, cuando aparecía en la puerta de los cafés y las fuentes de soda se le acercaban y le preguntaban lo que quería, le conversaban confiados, relajados, se paraban a su lado sin remilgos... Porque era como los demás. 
    Y su benefactor miraba de lejos y se reía.

domingo, 20 de novembro de 2016

"¡La inspiración está de vuelta!"

    Y finalmente, como se los prometí y después de este largo ayuno, aquí estoy de regreso con mis cuentos. Tengo una hoja llena de ideas y espero que esta racha no se acabe nunca más, porque no sólo es entretenida y buena para ustedes -eso supongo- sino que también lo es para mí... Entonces, aquí van los dos primeros ¡y espero que los disfruten!



                                                                      NUBES

    Esa parecía un pajarito con las alas abiertas. Allá, una torre con una banderola. Aquí encima un perro de tres patas. Encima del árbol retorcido y sin hojas había una que le pareció la cara de su tata, con la barba y la chupalla, igualito. La Tuca estiró el cuello para divisar otro pedazo de cielo por la ventanilla llena de musgo y dibujos obscenos... Sí, al fondo podía divisar una mariposa que, poco a poco, se fue convirtiendo en una olla humeante. Se acordó de la cazuela de su mamá, allá en la mesa de la vieja casa rodeada de sauces y álamos, donde podía oírse en canturreo de un arroyo y los trinos de las loicas, zorzales y tordos... Entonces, la nube se transformó en algo alado e inmenso que se abría sobre el patio mezquino de concreto resquebrajado, de paredes cubiertas de groserías, resentimiento, venganza, nostalgia, desencanto... Pero a las nubes no les importaba nada de eso. Allá arriba, libres y chiquillas, jugaban con el viento y la imaginación de los mortales. Había que seguirles el ritmo y la creatividad, había que subir hasta ellas, mezclarse con sus blancas ondas siempre en movimiento y dejarse llevar, porque en esa celda estrecha, obscura y hedionda de la cárcel de mujeres era la única forma de acordarse de que la belleza aún existía y de lo que era ser libre.





                                                 LA ESCALERA


    Uno pasaba frente al edificio de ladrillos mil veces pintados y descascarados, con un segundo piso de decadentes balcones rococó tristemente adornados con maceteros de cardenales y hiedras, zapatillas secando al sol y antenas de televisión enredándose entre los cables, los restos de volantines, plumas secas y ropas colgadas en varillas de mimbre, y no podía dejar de desviar los ojos hacia la escalera que daba entrada a ese segundo piso. En el primero había una barbería, una tienda de objetos de pluma vit y espuma y un café de vidrios negros, de cuyo interior salían a veces música y risotadas y un recalcitrante olor a incienso barato... Pero la escalera era lo que más llamaba la atención. Se erguía, chueca y opaca, con un pasamanos adosado a la pared polvorienta, los peldaños hundidos, descascarados, mil veces encerados encima de la mugre, y desaparecía en una curva entre el techo y la pared. Parecía fuerte y porfiada, pero no podía esconder su decrepitud, su tristeza. Tal vez hacía mucho tiempo ese edificio había sido bonito, bien cuidado, tal vez hasta con clase, con cortinas de encaje blanco y balcones dignos, bien iluminado, de habitaciones grandes y bien arregladas, y no como estaba hoy, subdividido en decenas de cuartuchos hacinados, sucios, opacos, a los cuales se llegaba subiendo aquella escalera maltrecha y asustadora. En su decadencia parecía querer contar todas las historias, mostrar todos los personajes y sus indignidades, penurias y sacrificios, la obscuridad en que vivían, las estrecheces que pasaban y las esperanzas que aún tenían de, quien sabe algún día, no tener que subir más por esos peldaños que rechinaban escandalosamente su miseria.

domingo, 21 de agosto de 2016

"Invierno"

    Y como se los prometí ayer, aquí van más cuentos para el fin de semana. Ahora tengo que empezar a inspirarme de nuevo, a mirar a mi alrededor, a escuchar y traducir mis experiencias en historias, porque estos son los dos últimos cuentos de mi cosecha anterior, antes de la maldita gripe... Pero con días tan lindos creo que no voy a tener problemas, porque salir caminando por ahí va a ser una maravilla.



                                                      INVIERNO

    El invierno había llegado, no cabía la menor duda. Todos corrían para salir temprano del trabajo e irse luego a sus casas. Eran apenas las cinco y media y las sombras ya empezaban a tomar cuenta de la ciudad. Los perros y sus amos paseaban a pasos apresurados, los dueños de los kioskos de dulces y revistas descolgaban sus mercaderías y las metían en cajas, los autos bocinaban, impacientes, pues las luces rojas parecían durar una eternidad. Todos pensaban en una taza de té humeante, unas tostadas, un plato de buena y reconfortante sopa, unos tallerines con aroma a albahaca, la estufa encendida, el ambiente tibio y acogedor. Hasta los mendigos se apresuraban para no perder un lugarcito en los albergues... Menos el Tito. El caminaba por la calle, envuelto en una manta y tirillenta, con su bolsa de plástico colgada al hombro, encogido en su camisa agujereada y sus pantalones demasiado delgados. Ni medias tenía y el hielo del cemento se le colaba por la planta de los pies y le recorría todo el cuerpo, haciéndolo tiritar... Miraba con secreta envidia a los que se dirigían a sus hogares, no importaba si eran ricos o pobres.Tenían un techo, una familia, un plato de comida caliente, una taza de té, quien sabe un brasero... Pero a él le daba vergüenza ir a meterse a un albergue con todos esos mendigos hediondos y peleadores, enfermos, decadentes, ebrios... Había una cama, una ducha, un plato de porotos con rienda, un poco de dignidad. Pero eso no era bastante para él. Estaba en la calle, arruinado por malos negocios, él, que lo había tenido todo, abandonado, con hambre y frío, pero no era capaz de aceptar caridad.
     De repente empezó a llover. Fue como un balde de agua helada que lo golpeó desde el cielo... Y el Tito se quedó parado ahí, en la vereda desierta, con la cabeza gacha, sintiendo que el alma se le iba junto con el torrente de agua que que corría sobre el cemento.




                                                    LA  VENGANZA


    Había conseguido el trabajo por pura suerte, porque el otro tipo se había enfermado justo el día anterior y él era el próximo en la lista. No era lo mejor del mundo, pero iba a recibir  dinero fijo a fin de mes y la cosa era bien fácil. El edificio era enorme y estaba abandonado hacía un par de años. Iban a demolerlo para construir uno nuevo, pero hasta que esto se cumpliera, había que cuidarlo para que nadie se metiera y lo depredara. Eric no entendía cómo un solo guardia podría hacerse cargo de tanto corredor, escaleras y salas, baños inundados, equipos llenos de telarañas, agujeros en las paredes, manchas de humedad y muros descascarados, pero si le había tocado a él, bueno, lo haría lo mejor posible. Murmuraban por ahí que el edificio estaba embrujado, que habían matado gente ahí, que entraban drogadictos y vagabundos por un pasadizo subterráneo, que podían atacarlo, que estaba invadido por ratas y baratas enormes... Pero él tenía que quedarse solamente en la entrada, en un sillón de escritorio viejo y destartalado, con una mesita donde puso su televisor y su termo con café junto con la marmita y un cuaderno donde debía anotar lo que encontrara, lo que sucediera... Eric no podía evitar sonreír al mirar las hojas blancas frente a él y la lapicera... ¿Pero qué podía pasar ahí? ¡Estaba desierto!...
    Y así se lo pasaba la semana entera, solo y viendo tele o haciendo puzzles, espiando por la rendija de la puerta hacia la calle, a las personas que pasaban sin fijarse en él. Nadie sabía que estaba allí... Y la soledad y el tedio empezaron a meterse en su mente y su corazón poco a poco. Parecía que había una frontera invisible que lo separaba de ese mundo iluminado y móvil allá afuera. Dentro era tan quieto y obscuro, polvoriento, viejo, a veces hasta daba miedo... Y las voces empezaron a llamarlo, a decir su nombre en susurros, a atraerlo desde el fondo de los pasadizos y escaleras, de las piezas con olor a moho, de las puertas cubiertas de telarañas y astillas, de entre las vigas trizadas. Eric trataba de no oírlas, diciéndose que era pura fantasía suya, producto del ocio y del aburrimiento, de la falta de compañía... Pero las voces se hicieron cada vez más fuertes y claras, hasta que él no resistió a su hechizo y dejando el sillón y la televisión prendida, subió la pomposa y decadente escalera, tropezando en ladrillos, pedazos de madera y vidrios, y fue desapareciendo en la penumbra, hasta que el edificio imponente y callado se lo tragó, agregándolo a su leyenda de fantasmas, porque si a él lo iban a demoler, lo menos que podía hacer era llevarse a unos cuantos con él.