domingo, 29 de novembro de 2015

"¿Quiénes son ustedes?"

    Y como lo prometí, aquí están otros dos cuentos cortos para que aprovechen el fin de semana. Ya tengo otras ideas en la manga, entonces creo que brevemente publicaré más. También es bueno porque así aprovecho para practicar para la nueva edición del concurso-tortura "Santiago en 100 palabras"... Voy a esforzarme de verdad y vamos a ver cómo me va este año... Y si no pasa nada, de cualquier forma ustedes los van a leer. ¡Pero tengo que entrenar mucho para conseguir resumir de forma satisfactoria -para mí, por lo menos- las historias que se me ocurren en cien míseras palabras!...
    Y aquí van los cuentos, para leerlos junto a la piscina, con un vaso de jugo al lado, ¡porque el calor está llegando!.



                                                 EL PAYASO PALTITA


    Sus tiempos de gloria ya se habían ido hacía mucho. El circo cerró, los leones se fueron a un zoológico, las contorsionistas se volvieron garzonas, el mago vendía ropas caras en un mall, los caballos jalaban carretelas llenas de verduras o muebles y los otros payasos... Bueno, nunca más los había vuelto a ver. Cuando el circo quebró todos tuvieron que arreglárselas y hacer de todo para sobrevivir. Se olvidaron de su pasado y trabajaban en lo que apareciera. La mayoría regresó a sus pueblos natales en el sur y todo contacto se perdió.
    Pero aunque la mayoría se había rendido a la necesidad y enterrado su vida en el circo, el payaso Paltita se había conservado fiel. De lo que sobró rescató un carrito y unos artículos de magia: naipes, pañuelos, globos, vasos y otras chucherías que el mago había dejado atrás, su ropa de payaso y algunos potes de maquillaje resecado. Con esto, mucha imaginación y simpatía, -y siempre arrancando de los carabineros- se dedicaba a andar por las calles, paseos y plazas presentando un pequeño acto donde mezclaba la magia y la payasada, con lo que ganaba algunas monedas para subsistir y continuar su cruzada por mantener vivo el arte del circo. Ya estaba viejo, curvado, arrugado y casi pelado, caminaba despacio, parecía que cada día ese carrito se ponía más pesado. Estaba cansado, enfermo, solo. Era como un Quijote en medio de los molinos de viento de acero y concreto de la ciudad inmensa y atareada, ruidosa, sin compasión... Pero cuando se ponía frente al espejo y empezaba a maquillarse, parecía que su corazón rejuvenecía, los dolores desaparecían, la mente se ponía alerta y un extraño y agradable calor le llenaba el corazón y parecía salir de él y abrazar a los pocos que se detenían para disfrutar de su modesto espectáculo. Era una media hora de magia, chistes, interacción ágil y cálida, globos y música chirriante, que terminaba con algunas monedas y billetes en su sombrero zurrado. Daba para pasar otro día... Pero lo mejor no era la plata, sino el espectáculo, el público, la emoción, las risas y el asombro de los niños delante de sus trucos ingenuos. El encanto que sus malabares aún podían despertar en las personas era como una inyección de valor y optimismo para su alma. Eso hacía que valiera la pena salir de la cama todos los días.




                                    ¿QUIÉNES SON USTEDES?


    Alberto trabajaba. Pero trabajaba de verdad. No se quedaba por ahí conversando, chateando en el celular, paseando por la oficina para echarle el ojo a las secretarias, fumando en la terraza o tomando litros de café y comiendo galletitas. No, él estaba siempre en su escritorio, en aquel cubículo inmaculado y neuróticamente ordenado. No tenía allí fotos de la familia, chiches, maceteros, hojas sueltas, lapiceras desparramadas, clips o tijeras fuera de sus receptáculos. Llegaba más temprano que todos y se iba incluso más tarde que el propio jefe, que ya le había llamado la atención por quedarse todos los días después del horario, aclarándole que no iba a ganar horas extra por eso. Pero a Alberto no le importaba. La cosa no era la plata, era el trabajo, la lucha por la perfección, los plazos, los clientes, las cuentas, la eficiencia. ¡Había tanta cosa que hacer! ¿Cómo era posible que todos se portaran como si estuvieran de vacaciones? Se la pasaban haciendo planes para los feriados, los fines de semana, las vacaciones, panoramas con la familia, viajes, como si lo que sucedía en la oficina no tuviera la menor importancia. Miraban a cada rato el reloj, listos para saltar de la silla y salir corriendo a la calle, subirse al metro, al auto, al bus, y llegar a sus casas... ¿A hacer qué?... ¿A ver la novela? ¿A jugar con los hijos? ¿A pelear con la esposa? ¿A revisar las cuentas que no podían pagar? ¿A tomarse una cerveza con los amigos?... ¡Aquello no era vida! Alberto sólo haría algo así cuando hubiera juntado bastante dinero. Ahí sí se podría dar el lujo.
   Pasando el tiempo, todos notaron que Alberto se quedaba más y más tiempo en la oficina. ¿Haciendo qué? Nadie sabía, pero se mostraba siempre muy ocupado y concentrado. Un día trajo su saco de dormir. Dijo que tenía un caso complicadísimo que resolver que iba a requerir todo su tiempo. Después trajo un terno, unas camisas, calcetines, calzoncillos... Lo tenía todo ordenado y escondido debajo de su escritorio. Y trabajaba. Nunca hablaba de su familia, de sus planes, de sus sueños. A ciencia cierta, nadie sabía si tenía alguno. Ni siquiera sabían si tenía realmente una familia por la cual necesitaba trabajar de esta manera.
    Pero al final de aquella semana todos tuvieron la respuesta a estas cuestiones cuando una mujer y tres niños entraron a la oficina preguntando por él. Hacía una semana que Alberto no aparecía en la casa ni contestaba el teléfono. La familia sabía que el tipo era un trabajólico, pero eso ya era demasiado. Entonces decidieron ir hasta la empresa a buscarlo. Sin embargo, cuando la secretaria los llevó hasta su escritorio y la esposa se acercó y lo llamó, él giró hacia ella, con los ojos brillantes y afiebrados, la frente perlada de sudor y la boca seca, y se quedó mirándola en silencio.
    -¿Alberto?...- murmuró la mujer, inclinándose hacia él, temerosa.
    Pero Alberto siguió mirándolos, como si no entendiera lo que estaba sucediendo, hasta que finalmente se enderezó en su silla y los encaró con aire molesto.
    -¿Y quiénes son ustedes?- exclamó.
    

domingo, 15 de novembro de 2015

"El nombre de las cosas"

    Nada mejor que tener amigos en todas partes, y todos con sus respectivos nombres. Así parece que hay más confianza, más cercanía, menos temor. Lo desconocido siempre nos causa recelo, nuestra tendencia es huir de ello, pero si es algo que tiene rostro y nombre, entonces todo se vuelve más fácil, pues pasa a ser como una extensión de nosotros mismos. Y esto vale también para  nuestros "enemigos", dentro o fuera de nosotros... Conocer es aprender, aprender es crecer, crecer es enfrentar las situaciones con calma, coraje y fe.
    Y después de esta pequeña reflexión, aquí van los cuentos prometidos.



                                      EL MEJOR DE TODOS LOS PREMIOS


    Don Eugenio empezó a jugar loto cuando era pequeño. Su papá le dio un día unas monedas y lo mandó al negocio de la esquina para que comprara un cartón, porque él estaba con una tremenda gripe que lo tenía encamado hacía una semana. En un papelito le escribió los números que debía jugar y él, todo contento y orgulloso, hizo como le habían pedido. Fue corriendo y saltando por la calle, pasando la manito por la pared y sonriéndole a todos los vecinos. ¡Tenía una misión muy importante! Su papá le había confiado esos números sagrados -que jugaba hacía unos veinte años- para que él intentara suerte. ¡Quien sabe hoy no era el día y su papá ganaba el gran premio!.
    Pero cuando regresó a la casa con el cartón en la mano y el rostro colorado y exultante de orgullo, se llevó un tremendo susto porque se encontró con una gritería, unos llantos desesperados y unas carreras y llamadas telefónicas, gente entrando y saliendo de la pieza de su papá... Desconcertado y receloso pasó por todos ellos, aún sujetando el cartón, hasta que una tía le vino a decir que se fuera a su pieza y se quedara ahí, quietecito. Su papá acababa de morir de un infarto... Eugenio obedeció, aturdido, sin decir una palabra, sintiendo que una cosa inmensa y desgarrada le crecía de un zarpazo en el pecho. En silencio, se sentó al borde de la cama, sosteniendo el cartón de loto, y se quedó así, atontado, incrédulo, sin siquiera poder llorar, hasta que alguien se acordó de él y lo vinieron a buscar para cambiarlo de ropa, lavarle la cara y peinarlo para que fuera al funeral.
      El Quenito creció y se convirtió en don Eugenio, un señor muy respetable, de cabellos blancos y estómago abultado, unos bigotes imponentes y unos grandes ojos brillantes iluminándole la cara sonrosada. Los mismos de su infancia. Y continuaba jugando loto. Todas las semanas, con aquellos mismos números que su padre le había dado antes de morir. Ya había ganado una fortuna con sus negocios, siempre acertados y honestos, pero seguía yendo todos los viernes al almacén de la esquina a jugar porque le parecía que todavía llevaba las esperanzas y los sueños de su papá en el cartón y que tenía el deber de cumplírselos. Un día quería llegar delante de su tumba, mostrarle el cheque ganador y dejárselo debajo del macetero de hortensias que adornaba su lápida. Con certeza ese sería el mejor de todos los premios.



                                   EL NOMBRE DE LAS COSAS


    Desde cabra chica la Elianita empezó a ponerle nombre a las cosas, nadie sabía por qué. Todos decían que la niña tenía mucha imaginación, nada más, y como esto no afectaba su comportamiento, la dejaban hacerlo sin retarla y hasta acabaron por encontrarle gracia. El oso de peluche se llamaba Alfredo, su plato de sopa Carlitos, la escobilla de dientes Rosa. A su cama la bautizó Esperanza y al agua de la ducha Clarita. El jabón, los cuadernos, los muebles, los árboles y hasta los pájaros que cantaban en sus ramas tenían sus nombres, y de ninguno ella se olvidaba ni confundía. El zorzal que trinaba en el nogal del patio se llamaba Santiago, y la paloma que había hecho nido en una esquina del  techo era la Blanca, y la chiquilla esperó pacientemente hasta que sus pichones nacieran para ponerle nombre a todos. Con el tiempo, sus padres y parientes empezaron a sentirse un poco desconcertados con esta manía suya, pues no daba señales de desaparecer. Sin embargo, como seguía sin interferir en con su comportamiento social y escolar, prefirieron dejar las cosas como estaban. Seguramente con la llegada de la adolescencia y los pololeos se le pasaría. Esas eran cosas de hija única, fantasías propias de la edad. Ella no tenía un amigo invisible ni un diario secreto. En vez de eso, le ponía nombre a todo. ¿Por qué? ¿Necesitaba personalizar todo para que el mundo hiciera parte de su vida? ¿Necesitaba tener algún tipo de intimidad con su entorno para se feliz y moverse con confianza y libertad?... Hicieron un montón de análisis y elucubraron por años, pero no llegaron a ninguna respuesta. Al final, concluyeron que todo el mundo tenía alguna manía. Y la de la Elianita era ponerle nombre a todo.
    Era joven todavía cuando le diagnosticaron leucemia -a la que ella, a los pocos días de saberlo, bautizó Lala- y a pesar del trasplante de médula que se hizo, después de un tiempo, ésta acabó volviendo... Tubos, inyecciones, pastillas, quimio, exámenes, transfusiones... Pero la Elianita se marchitaba lentamente, en un resignado y pálido silencio, siempre con esa sonrisa medio triste. Todo ella lo soportaba mansamente, como si ya supiera que era causa perdida, a pesar de que todos se negaban a aceptarlo y trataban de infundirle ánimo y optimismo... Hasta que llegó su última noche. El médico llamó a los parientes y todos se reunieron alrededor de su lecho. Ella era una sombra bajo las sábanas inmaculadas... Y aún sonreía... De pronto abrió los ojos y pestañeó, como si estuviera viendo algo. No tenía miedo, todos se dieron cuenta, y no era porque estaba dopada. No, estaba mirando algo. O a alguien... Todos buscaron en el cuarto a la persona a quien la Elianita le sonreía tan gentilmente. Entonces ella los miró uno a uno y dijo, con un hilo de voz:
    -Miren, es la Blanquita que viene a buscarme...- y apuntó hacia los pies de la cama con su dedito transparente y huesudo.
    Todos se tragaron un sollozo y se volvieron hacia donde ella señalaba, entendiendo que se refería a la muerte a quien, como era su costumbre, le había puesto nombre.
    Eliana los miró a todos, con una sombra de compasión en sus ojos casi apagados,  y murmuró:
    -No se preocupen, la conozco hace tiempo... Y ya somos amigas. No le tengo miedo- hizo una pausa y respiro hondo, con sus últimas fuerzas -Y ustedes tampoco deberían tenerlo- sentenció, y cerró los ojos despacio, murmurando algo ininteligible con un tono de confianza y paz absolutas.
    Porque cuando uno le da nombre a las cosas, éstas se vuelven cercanas y no nos amedrentan más.

domingo, 18 de outubro de 2015

"Inspiración Primavera"

    Como prometido, y completamente inspirada por la llegada de la primavera -y a pesar de sus cambios de humor, porque dicen que mañana va a llover- aquí van los cuentos de esta semana. Vamos a ver si sale el sol de nuevo y me inspiro, porque ahora sí  que se me acabó el stock de historias... Pero a veces una lluviecita también puede traernos algunas buenas ideas, ¿no es verdad?...



                                                     TEJIENDO

    Hace frío en el puente. Mucho frío. Todos tratan de poner sus puestos más cerca de la calle, porque en el medio del puente pasa un viento glacial que nadie se aguanta. Y también es más fácil arrancar de los carabineros si se está en los extremos. Porque son todos ilegales. Llegan todo día con su saco de mercaderías de segunda -o receptadas- ropa usada, zapatos gastados y todo tipo de chucherías de dudosa calidad, extienden un paño en el suelo (listo para enrollarlo con las cosas adentro y salir corriendo si aparecen los pacos) y ahí se quedan el día entero, ofreciendo sus productos a todos los que pasan a camino de La Vega... Conversan, se toman un tecito para espantar el hielo que sube del río, bromean, dormitan apoyados en la baranda de metal, comen su marmita fría y pocas veces vuelven a casa con algo de dinero. Pero siguen ahí, porfiados, osados. Y hay de todo tipo: jóvenes, viejos, madres con sus hijos, abuelos, gordos, enojados, bromistas, desanimados... Y la señora que teje. Es una viejita de cabellos completamente blancos, arrugada y delgadita como una vara, de piel curtida y dura por la intemperie, unas manos huesudas, de dedos nudosos y uñas carcomidas. Parece que ni toda la ropa del mundo va a ser capaz de de quitarle el frío. Ella vende aliños en bolsitas y algunas hierbas medicinales, pero no les hace propaganda. No, está siempre calladita, sentada en su banco de plástico, con una bolsa de rafia al lado y su tejido. ¿Es una bufanda? ¿Un calcetín? ¿Quien sabe un suéter para alguna nieta?... Lo curioso es que parece que su tejido no avanza, está siempre del mismo tamaño. ¿Qué será lo que teje en realidad? ¿Sus sueños de niña? ¿Sus esperanzas casi muertas? ¿Sus recuerdos? ¿Sus miedos?... Nadie lo sabe, pero lo cierto es que parece que no quiere terminar esta prenda porque a lo mejor tiene miedo de que, al hacerlo, también se termine su vida. Se mantiene agarrada a ella a través de este tejido de lana descolorida. Como la esposa de Ulises, que tejía de día y deshacía el trabajo por la noche, la viejecita, en la obscuridad de su pieza húmeda y fría, enrolla y desenrolla en una bola de lana su destino.



                           

                                                    DON PEDRO


    El tipo era lo máximo: gentil, bien humorado, atento, alegre, se anticipaba a los deseos y preguntas de todos, siempre dispuesto a ayudar, haciendo más de lo que era su deber. Daba consejos, hacía y escuchaba confidencias, arreglaba puertas, llaves, lámparas. No dejaba a nadie sin atender, siempre con una sonrisa luminosa. Conseguía teléfonos imprescindibles, preguntaba por la salud, la familia, el trabajo. Conocía la vida de todos y llevaba mensajes a los jefes, trayendo de vuelta noticias fidedignas sobre lo que planeaban, lo que escondían, sus fallas y complots. Vaticinaba con puntería certera las posibles desgracias que podrían sobrevenir y opinaba sin temor sobre lo que debería hacerse para que todos vivieran felices. Era un tipo irreemplazable, de verdad. Nadie quería que se fuera, que siquiera se alejara, porque después de un tiempo empezaron a depender de él y sus acciones y consejos, de sus advertencias.... Nada sucedía sin que don Pedro no lo supiera e interviniera de alguna forma, mostrándose siempre justo y sereno. Sin embargo, al mismo tiempo que esto sucedía empezaron a generarse peleas y desacuerdos entre todos. Era como si alguien hubiera plantado la semilla de la discordia. Se acusaban y dejaban de saludarse por tonterías, y ante cualquier enfrentamiento, todos corrían a pedirle consejo y sentencia a don Pedro, y como todos lo respetaban y lo querían, las cosas se calmaban por un tiempo. Pero luego alguien más entraba en conflicto y las discusiones se sucedían entre todos, inclusive con los jefes y los otros que trabajaban en el lugar. Era como una montaña rusa de nunca acabar. Y el único que podía salvarlos de esta tormenta era don Pedro. Su poder era indiscutible.
    Y en la noche, ya en su cama, don Pedro apagaba la luz y sonreía en la obscuridad, como si no quisiera que nadie lo pillara, y se frotaba las manos con aire satisfecho. Sí, decididamente los tenía a todos en el bolsillo.
    

                                                   

domingo, 20 de setembro de 2015

"Terremoteados, pero de pie"

    Y después de tanto zamarreo y tanta réplica -todavía tiembla a cada rato- andamos todos medio mareados y recelosos, pero con ganas de seguir adelante, reconstruir y mantener la inspiración, la creatividad y el buen humor... No nos queda otra, ¿no es verdad?... Por eso, aquí van más cuentos, para que se relajen y se olviden un poco de tanto baile.


                                                          DUEÑA DE CASA

    Se levanta a la misma hora todos los días. Baño, ropa, cola de caballo. Cocina, tetera, cortar el pan, ponerlo en la tostadora. Mantequilla, jamón, queso, tazas, platillos, cucharas, azúcar. Va de pieza en pieza despertando a todos. Reclamos, flojera, rabieta, disculpas... Finalmente, los tiene en la mesa hablando, bostezando, peleando por el pan o el jamón, ensuciando el mantel, desparramando migas por el suelo... Y por fin se van. La casa queda vacía y silenciosa, desordenada, como si un huracán hubiera pasado por ella. Ropa, sábanas, toallas, platos, libros, juegos, pelos en la tina, suelo mojado... Es hora de empezar a ordenar, como cada día, como si no lo hubiera hecho el día anterior, como si a nadie le importara el trabajo que eso le da, si le duele la espalda, si está con sueño, si preferiría salir a pasear, a tomarse un helado, a ver una película. No, nada de eso hasta terminar con este desastre.... Recoger la ropa, ponerla en la máquina, lavar la loza, barrer, pasar la aspiradora, arreglar el baño, botar la basura, sacar las ollas, encender la cocina. Pelar, picar, freír, poner agua, revolver. Ir a ver la ropa, colgarla. Volver a la cocina. Ensalada, carne, arroz, zapallitos con queso. Comprar el pan, la lechuga, una bebida para el almuerzo. Pasar a la farmacia a buscar su remedio para la menopausia, que está una mierda. Ese negocio de tomar remedio natural no funciona... Volver a la casa, encender la radio para acompañarse. Hacer las camas, regar el jardín, barrer la vereda, saludar a la vecina, que está en lo mismo. Se miran mutuamente con una expresión de total resignación y una sonrisa cansada. Vuelve para adentro, revisa la olla, guarda la loza. Se acuerda de que hay que pagar el agua. Va a la pieza y abre el cajón del velador de su esposo. Ahí está el sobre donde él guarda el sobre con la plata para los gastos de rutina. Mete la mano y tantea entre los papeles. De repente, algo duro y frío, de una forma extraña, que no conoce. Lo pesca y lo trae hacia afuera. Es un revolver.




                                                  EL PREMIO


     Hace rato que estoy sentada aquí y no pasa nada. Puros comerciales y series idiotas. ¿A qué horas era el sorteo? A las ocho. Bueno, ya son las ocho y cinco y todavía nada. Ah, creo que es pura pérdida de tiempo. Claro que no me voy a ganar ni un premio. No tengo tanta suerte. Bueno, es verdad que no juego nunca, entonces no puedo querer ganar algún premio, ¿no?... Pero de repente, como compré el boleto... No sé, sería mucha suerte que la única vez que... ¡Puchas, finalmente! Medio atrasado, pero ahí viene. Deja ir a buscar mi boleto. Aquí está. Vamos a ver. Crucemos los dedos... No, no me voy a ganar nada... ¿Pero y si ganara, qué haría? Me compraría una casa, un auto iría a viajar... Pero no, eso sería demasiado bueno y yo no tengo esa suerte. Nunca me gané ni un loly... Mi familia no es de andar ganando sorteos por ahí No, toda la vida han tenido que joderse trabajando para conseguir las cosas... Primer número... Ese lo tengo... Pero apuesto a que va a ser sólo ese... Me voy a buscar un vaso de coca mientras sortean el siguiente... ¡Puchas, también lo tengo! Pura casualidad, el resto va a ser nada que ver... No saco nada con ponerme a soñar porque no voy a ganar nada, eso ya lo sé. No está en mi destino ser rico... Caramba, también tengo ese número... Ay, ya me estoy poniendo nerviosa... Pero, ¿quieren ver? Apuesto a que los voy a tener todos menos el último. ¡Típico! Me empiezo a hacer ilusiones y al final, nada. Mierda... No me voy a entusiasmar... El siguiente... Creo que dejé de respirar, porque también lo tengo... Ahora el último... Sí, es ahora que me cae el balde de agua fría. Me preparo para la decepción. Cierro los ojos. Con escuchar que es otro número y no el mío es suficiente para querer llorar... Último número... No es, no es, no es... ¿Qué?... ¿QUÉ?... Gané... ¡Gané!... ¡GANÉ!...¡¡¡¡GANÉÉÉÉÉÉÉÉÉ!!!!!!

segunda-feira, 14 de setembro de 2015

"Un pequeño retraso..."

    Ya sé que había prometido los cuentos para ayer, pero tuve un pequeño e inesperado inconveniente y terminé atrasándome. Sin embargo, como me gusta cumplir mis promesas, aquí están las historias. ¡Y pueden disfrutarlas en el feriado!




                                                         DESCONFORME

    Le cargaba levantarse temprano, siempre le cargó, desde que tenía que madrugar para ir al colegio. Y le parecía una cruel ironía que, ahora que estaba grande, el único trabajo que pudo conseguir la obligaba a levantarse de madrugada de nuevo. Eso después de haber pasado una pésima noche porque, de nuevo, tuvo que traerse al cabro chico a su cama porque se puso a llorar y todos empezaron a reclamar. Puchas, ¿cuándo será que aprendería a dormir solo?... Ya estaba hasta la coronilla de tener que pasar la noche toda apretada porque al cagón le daba miedo su cama... Y ahora, ese maldito despertador... Echó la ropa para atrás y se sentó desganadamente. Se restregó los ojos, se estiró. Se puso las zapatillas y fue al baño a lavarse la cara. No había agua caliente. De nuevo. Volvió a la pieza y se vistió, dándose una mirada en el espejo al pasar. Ropa vieja, manchada, heredada de su hermana mayor, más gorda que ella. Los zapatos ya estaban deformados y las medias llenas de hoyos.... Fue a la cocina -ese cubículo hacinado, con las paredes descascaradas y manchadas de humo y mohín- La cocina sólo tenía dos bocas buenas y un ladrillo en ligar de una de las patas. Puso el agua a hervir en la tetera abollada y negra. Se hizo un té aguado (porque la bolsita tenía que servir para dos veces) y sacó una marraqueta añeja de la bolsa de plástico colgada atrás de la puerta. Le pasó un poco de margarina, de esa barata que más tenía gusto a hueso viejo. Y eso era todo. Se puso el chaquetón, los guantes, el gorro, la bufanda, pescó su cartera y su bolsa y salió silenciosamente. Los demás empezaban a despertarse.
    Tomó dos micros atiborradas y hediondas, un metro también lleno y casi perdió la estación porque se quedó dormida en pie, apoyada en la pared del vagón. Llegó caminando despacio, soltando suspiros de disgusto y frustración. Se puso el uniforme, que le quedaba inmenso y estaba todo deshilachado y lleno de manchas,, agarró los escobillones, las bolsas y la pala. Hizo un poco de asco, pero terminó poniéndose los guantes percudidos y apestosos porque en realidad nunca sabía qué porquería iba a tener que recoger en la calle. Tomó su carrito pesado, maloliente,, sucio, con una rueda chueca, que la obligaba a usar más fuerza para empujarlo, y salió atrás de sus compañeros que se dirigían al camión que los llevaría a sus destinos.
    Cuando se abrió la puerta y Verónica bajó a la calle se quedó un rato para allí, mirando a su alrededor, descorazonada, frustrada... Había basura como si ella no hubiera venido el día anterior y se hubiera quebrado el lomo barriendo y restregando el suelo de las porquerías que los transeúntes arrojaban. Era un trabajo completamente inútil, se dijo, haciendo una mueca de rabia, pero no podía darse el lujo de perderlo... ¿Y entonces por qué la miraban así? ¿Acaso no era para estar descontenta?.




                                                   JUNTITOS

    Cuando el Robertito nació, su papá ya se había mandado cambiar, entonces sólo quedaron la Juana, su madre, y él. A pesar de ser tan joven, la Juana apechugó, nunca se rindió e hizo de todo para sacar adelante a su hijo. Se fueron a vivir a una pieza en una pensión medio arruinada, con sólo un baño en el corredor, en un barrio peligroso, lleno de pasajes y calles oscuras y sucias. De las piezas vecinas les llegaba el alboroto de otros chiquillos, los gritos de las peleas entre las parejas, la música escandalosa de los borrachos. De la calle se arrastraban los ladridos de los perros, los balazo, las sirenas, los pasos fugitivos escurriéndose por entre as callejuelas... Pero ellos no parecían preocupados con todo esto Vivían su vidita como separados del resto del mundo, sólo los dos. Celebraban las fiestas patrias poniendo su bandera en la ventana de barrotes oxidados, la Juana hacía tres empanadas y y ambos se sentaban en la diminuta mesa de madera barnizada de grasa y polvo y se las comían oyendo música chilena en la radio. A veces hasta arriesgaban unos pasos de cueca. En navidad ponían un arbolito (en realidad, un macetero con una planta medio raquítica que tenían en a ventana) y lo adornaban con papeles de color y tapas de botella, se abrazaban a  medianoche y cenaban un pollo con arroz y ensalada de tomate que la Juana había comprado con las monedas que había ahorrado de los lavados y planchados. Los cumpleaños los cantaban comiéndose un paquete de galletas rellenas y un vaso de jugo, los dos juntitos y contentos. Robertito iba a la escuela de camisa percudida y calcetines zurcidos, los zapatos brillantes con la suela agujereada y los mismos pantalones que lavaba el fin de semana. Llevaba sus cuadernos en una bolsa de plástico y no le importaba que se rieran de él porque su chaqueta tenía hoyos en los codos. Lo que importaba era estudiar, terminar el colegio, ir a la universidad, graduarse y y encontrar un trabajo para poder sacar a su madre de allí y que pudiera finalmente descansar. Ella era su vida, su motor, su inspiración, su ideal. Estaban siempre juntitos, cómplices, confidentes, consejeros. Todo lo hacían pensando en la felicidad del otro. No existía nadie más en el mundo para ambos. Por eso, cando la Juana le contó a su hijo que estaba con cáncer y que no le quedaba mucho tiempo, Robertito tomó la decisión más radical de su vida. La única que podía tomar en esas circunstancias: se sacó los zapatos y se tendó en la cama al lado de su madre.
    -¿Pero qué haces, hijo?- le preguntó Juana.
    El la miró, serio, y suspiró con firmeza.
    -Me muero junto con usted, pues, mamita.- le respondió, acurrucándose junto a su pequeño y exhausto cuerpo.
    -Hijo...- murmuró Juana, abrazándolo suavemente. Y cerrando los ojos, sonrió.

domingo, 23 de agosto de 2015

"Domingo ocioso, ¡qué maravilla!"

    Y como en un buen domingo ocioso que se precie, hoy me voy a dedicar a escribir, ¡porque ni almuerzo tengo que hacer!... Ya estoy con unas ideas nuevas para más historias, y como el próximo fin de semana no va a pasar nada porque voy a estar dedicada totalmente a regalonear a mi hijo, entonces aprovecho este ocio para producir y tener bastante material para la otra semana, cuando mi hijo se haya ido... Voy a estar medio triste, pero me voy a distraer posteando esas cuentos.
    Entonces, aquí van los de esta semana:




                                                     DESPACIO

    La Patricia era gorda. Muy gorda. Y lenta. Todo lo hacía despacio, como si tuviera que pensarlo detenidamente antes de hacer el siguiente movimiento. También hablaba lentamente, como masticando cada palabra, sintiéndole el sabor, la sazón, la textura. Para cualquier cosa había que llamarla con harta anticipación, sino llegaba atrasada. A la hora de comer todos dejaban que ella empezara primero porque, fuera que su plato era enorme, ella hacía cuestión de saborear cada cucharada, cada pedacito, cada gota de la salsa, cada hoja, grano, tajada, rodaja o migaja. Cerraba los ojos y entraba en una especie de éxtasis, recostando su espalda de colchón en la silla, que crujía y se curvaba, apenas aguantando todo ese peso. El resto de la familia -todos delgados y frenéticamente atléticos, aterrados de llegar a ser como la Patricia- comía en silencio, de cabeza gacha, y estremecía al escuchar los ruidos que la hija hacía al saborear la comida... No le pedían que ayudara a lavar los platos ni a hacer nada  en la casa porque mientras ella estaba recién levantándose para ir a dejar la loza a la cocina o a buscar la escoba, los demás ya habían lavado, o barrido, o regado, o comprado el pan, o sacado al perro a pasear...  La Patricia era demasiado lenta. "Despacio" parecía ser el lema de su existencia y le importaba un pito la exasperación que esto le causaba a los demás, que vivían corriendo, urgidos, estresados, cumpliendo horarios, metas, compromisos. Era algo que no tenía remedio y todos ya estaban resignados... Sin embargo, ya había algunos que sospechaban que, mismo que hubiera sido delgada, las cosas habrían sido iguales. Ser gorda era sólo una confirmación de este lema, porque así nadie podía apurarla ni criticarla por ser tan lenta, ya que este defecto era propio de las personas obesas. ¿Alguien ya se imaginó un flaco lento? A no ser que tuviera una anemia aguda... Pero, a pesar de todo esto, había algunas veces en que las personas miraban a la Patricia con una cierta envidia y secretamente deseaban ser así, gordas y "despacio", porque la prisa, la exigencia y las reglas sociales las estaban matando.




                                             EL MILAGRO


    Hoy ocurrió un milagro. Parece que ayer en la noche el monstruo de la esquina se manifestó por última vez. Se apagaron las luces, todos fueron saliendo, animados, bromeando, haciendo planes. Yo los escuché, como escucho todo, porque son tremendamente escandalosos y se gritan las cosas de un lado a otro... Entonces se hizo el silencio, ese que yo me pasó esperando el día entero. Ahora podía ver televisión, hablar por teléfono, asomarme al balcón a contemplar el paisaje, escuchar música clásica... No podía creerlo. Salí a la terraza y estiré el cuello para ver si había algún sonido, por menor que fuera. Nada. Sólo los perros de la comisaría y las campanas de la iglesia. Miré hacia el monstruo. Estaba obscuro, quieto, con sus dragones inmóviles y finalmente callados. Hasta parecían indefensos y tristes. Era realmente increíble: la construcción estaba silenciosa... Hasta el Lunes a las ocho de la mañana va a ser el paraíso en la tierra.

domingo, 16 de agosto de 2015

Post operatorio

    Bueno, y después de este receso operatório por mi hija -que está yendo muy bien- vuelvo a mi rutina y como estoy más tranquila, la inspiración ya está volviendo también, entonces, ¡prepárense para una nueva cosecha de cuentos!... Ya estoy con una hojita llena de anotaciones para desarrollar, así que van a tener historias para leer al lado de la estufa, con certeza. Entonces, aquí van otras tres. ¡Que los disfruten!



                                                 LA TRANSFORMACIÓN


    Nunca se supo de dónde llegó, pero un día en la mañana apareció en medio de la turba de borrachos que se juntaba en la plaza, desentonando con su ropa limpia y planchada y sus zapatos lustrados, el rostro afeitado, las uñas impecables y los dientes blancos. Y ese hablar pausado y coloquial, educado, lleno de tolerancia y una extraña tristeza. Primero, los curados lo agarraron a tallas y hasta le pidieron plata para ir a comprar algo para comer, pero él no se dio por aludido y les siguió la corriente, sonriendo con indulgencia delante de la desfachatez del grupo. Se sentó tranquilamente en un banco a su lado y empezó a conversar, les pasó cigarros y con su plata los acompañó a comprar más  cerveza y vino a la botillería de la esquina. El grupo estaba desconcertado, desconfiado de tanta generosidad y simpatía de parte de un tipo al que nunca habían visto y que, obviamente, no pertenecía a su clase. Pero el Carlitos -así dijo llamarse- siguió volviendo todos los días, quedándose  cada vez hasta más tarde, trayendo algunos regalos y un poco de plata que alegremente repartía con la pandilla. No le importaba que anduvieran andrajosos y apestaran, que hablaran a gritos y a veces se agarraran a combos por tonterías, que pidieran limosna y que durmieran amontonados en un colchón viejo arrimado a una pared. Al contrario, parecía sentirse totalmente cómodo y, pasada la primera sorpresa, todos lo acogieron sin preguntas ni condiciones. ¿De dónde venía? ¿Cuál era su historia? ¿Había una familia, hijos, un trabajo? ¿Cuál había sido el fracaso, la decepción, la mala suerte que lo había llevado allí? ¿De qué huía? ¿Qué pretendía olvidar? ¿Por qué había escogido esa vida?... Y Carlitos, poco a poco, día tras día, fue mimetizándose con aquellos borrachos, comenzó a hablar y a gesticular como ellos. Su figura se transformó, su ropa fue deteriorándose, llenándose de manchas y agujeros, de arrugas y mugre. Los zapatos los perdió en algún momento y ahora andaba con unas chancletas que había encontrado en un basurero. Le creció la barba, se le enturbiaron los ojos, las uñas se le pusieron negras y aprendió a beber como un profesional.... Pero nunca perdió la elegancia al dirigirse a las personas para pedirles algunas monedas. La voz le salía un poco insegura y gastada, pero continuaba siendo encantador y sereno, con una distante y elegante tristeza que nunca nadie consiguió quitarle. Ese era su secreto y los otros aprendieron a respetar su silencio.
    Y así como había aparecido aquella mañana, un día se fue al anochecer y no regresó más. Los borrachos lo vieron alejarse, tambaleando, hacia las sombras de un callejón, seguido por unos perros que andaban con ellos. Una vez se volvió y les hizo un gesto de despedida... La noche se lo tragó junto con su secreto. Y así como nadie se preguntó cómo había llegado allí, tampoco se preguntaron por qué había desaparecido. A final de cuentas, sólo era uno más.




                                         PLANEANDO EL DÍA


    Estaba amaneciendo. Una tenue claridad empezaba a entrar por la ventana sin cortinas. A Rafael le gustaba así, ara poder ver el cielo al dormir y al despertar. Esa visión -no importaba si estaba nublado- siempre le levantaba el espíritu. Entreabrió los ojos y bostezó, estiró los brazos, se masajeó la cabeza y esbozó una sonrisa. Pestañeó para aclararse la visión y distinguió las últimas estrellas en el cielo de acero... Iba a ser un buen día. Era feriado, entonces no tenía que ir a la universidad y podía salir a pasear, quedarse en el parque observando a la gente pasar, a los turistas sacándose fotos, a las chicas paseando con sus perros, podía ir a tomarse un helado, quien sabe encontrarse con algún amigo... ¡Eso! Podía llamar al Gonzalo para que más tarde fueran a jugar basquetbol en la cancha del club. Le encantaba competir con él y ganarle porque así lo hacía pagar el almuerzo. En la tarde podía dedicarse un poco al proyecto del edificio comercial de la universidad y después ir al cine o visitar alguna exposición... Rafael sonrió de nuevo y silenciosamente agradeció por este nuevo día que empezaba, lleno de posibilidades... Entonces, se sentó en la cama, estiró el brazo y acercó la silla de ruedas.





                                                      EL CHUECO


    Como no tenían recursos, cuando el médico les dijo que Julio había nacido con una malformación congénita en las piernas, sus padres se tragaron la pena, el susto y la frustración y se lo llevaron así mismo a la casa. No tenían cómo pagar esa cirugía que el médico les había sugerido, entonces, el Julito iba a tener que quedarse así no más, con las piernas chuecas, las rodillas juntas y los pies para adentro, casi arrastrándose para poder desplazarse. Daba congoja mirarlo esforzarse para no tropezar en sí mismo y llegar ileso a su destino, no importa lo cerca que fuera. Pero los primeros años vivía lleno de moretones y magulladuras y tenía que apoyarse en todo para poder caminar. En el colegio lo apodaron de "el chueco" y se reían a carcajadas viéndolo tratar de hacer algo en las clases de educación física. Pasaba más en el suelo o en las colchonetas y por su manera de estar en pie lo tapaban a tallas, porque parecía una moza con ganas de ir al baño... Pero él no se dejaba amedrentar y seguía adelante, cada vez más seguro y decidido. Encontró una forma de andar sin caerse ni apoyarse, aunque para ello gastaba un par de zapatillas al mes, ya que se movía, pero al hacerlo, arrastraba la punta de un pie y el costado del otro. Pero se movía, eso era lo que importaba. Esto lo volvía independiente, para orgullo y terror de sus padres. Cuando salió del colegio se puso a vender jugo de naranjas en una esquina para ayudar a pagar la universidad. Quería ser un empresario... Y así, se le veía todas las mañanas, todavía oscuro, empujando un carrito de mercado lleno de naranjas por la calle, corriendo de aquel modo tan gracioso y contrahecho, el sonido de sus pasos arrastrados resonando entre los edificios. Llegaba a su esquina, arreglaba todo y se pasaba el día exprimiendo naranjas y atendiendo gentilmente a los transeúntes, que ya empezaban a conocerlo. En la noche iba a la universidad, llegaba después de las doce, comía cualquier cosa y se iba a la cama para dormir su mezquino sueño y levantarse al alba para empezar todo de nuevo. Andaba siempre medio sudado por el esfuerzo que debía hacer para caminar sin perder el equilibrio, pero era cumplidor, leal, honesto, inteligente, creativo, el mejor alumno de su clase... Y todavía seguían llamándolo "el chueco"... No había cómo...
    Hoy día, Julio dirige una empresa que fabrica embalajes de plástico, vive en una buena casa, en un buen barrio, está casado y tiene dos hijos. Nunca se hizo la famosa cirugía, a pesar de que ahora tenia plata para hacerlo. Se había acostumbrado a lo que era, al desafío de enfrentar el mundo cambiando lo que era realmente importante. Ya no le incomodaban sus piernas y podía comprarse varios pares de zapatos al mes. Y, fuera eso, había terminado por encariñarse con ese apodo que había ganado en el colegio, pues en vez de recordarle su malformación, le gritaba su éxito: "el chueco"-

segunda-feira, 3 de agosto de 2015

¡Fue culpa de la celebración!

    Ya sé que había dicho que iba a publicar esos cuentos ayer, pero se me había olvidado que mi hija y yo íbamos a salir para celebrar por adelantado mi cumpleaños -en realidad es este martes, pero ella trabaja, entonces decidimos hacerlo el domingo- y salimos a almorzar, a pasear, vimos un programa de danza, yo salí  con mis perritas, tomé una rica once y... ¡ya no tenía más aliento para nada! Entonces, perdonen porque les había prometido esos cuentos para ayer. Pero en fin, aquí están, medio atrasaditos, pero pueden leerlos igual cuando lleguen a la casa al lado de la estufa y tomándose una rica sopa calientita.




                                                       CARTAS


    Pueden tacharme de anticuada, retrógrada, jurásica, lo que quieran, pero ¿ por qué no puedo sentir nostalgia de as palabras escritas en un papel? ¿De la emoción de ver al cartero aproximarse y tocar el timbre? ¿De esa sensación que hace cosquillas en el corazón al rasgar el sobre y desdoblar las hojas blancas llenas de letras? ¿De la mirada que se atropella para leer as noticias, las confesiones, las declaraciones?... Porque parecía que sosteniendo el papel en tu mano las emociones iban creciendo despacio, intensas, profundas, porque había más tiempo, porque la mente volaba al imaginar lo que las palabras describían y uno suspiraba, cerraba los ojos, se secaba una lágrima, se apoyaba la carta en el pecho, sentada en el sofá, en la orilla de la cama, en la silla de la cocina... Y no delante de la pantalla brillante de un computador. Todo escrito en abreviaturas, todo rápido, como si la otra persona en realidad no tuviera muchas ganas de escribirte. Frases pobres, sin detalles, casi sin emoción, como cumpliendo una obligación aburrida. La letra toda igual, perfecta y fría, salida no de una mano, sino de un teclado... No hay papel, sobre, estampilla, alguna mancha, unas arrugas. No hay cartero amigo al cual preguntarle o contarle algunas cosas sobre quien escribe, dónde está, cuánto se le echa de menos, si está todo bien. A final de cuentas, las cartas son escritas por personas que tienen historias para compartir y parece que al escribirlas en una hoja de papel, tomándose su tiempo, creando ese clima especial  y tan íntimo, se nos acercan más, se vuelven más reales y cálidas. La carta corre una aventura de incertidumbres hasta llegar a nuestras manos, es heroica, fiel, se puede guardar, se pone vieja y amarilla y nos recuerda todo tipo de emociones que podemos revivir cada vez que la abrimos y volvemos a leerla...
      Por eso, sólo abrí este e-mail para comunicarles a todos mi dirección, para que me manden cartas que pueda tocar y conservar en una cajita en vez de que desaparezcan en un archivo o cuando el computador se pesque un virus mortal y se pierda todo lo que hay en él.





                                             PENSIONADOS


    Y ahí están, sentaditos, quietecitos, con sus bastones muletas y bolsas, bien abrigados contra ael frío inclemente de la calle con todo tipo de abrigos, chales, gorros, guantes, bufandas y medias de lana. Ese frío que tuvieron que enfrentar bien temprano en el paradero, en el bus de asientos duros que les hace doler los huesos cansados, en la fila para tomar un número para ser atendidos. Algunos están callados, con la vista perdida a lo lejos. Otros se animan al encontrar a estos "compañeros" y conversan, cuentan de sus achaques, de los doctores y los remedios -especialmente por lo caros que están- de los nietos y los hijos que viven tan lejos... La sala de espera está templada, los asientos son  más o menos confortables, hay una televisión encendida donde está pasando uno de esos programas matinales de variedades, recetas y chismes. Unos lo ven, para distraerse y hacer más llevadera la espera. Otros dormitan, cansados. Algunos se ven tan frágiles y solitarios, están callados y cabizbajos, sumidos en sus pensamientos y problemas... La parafina, el pan, la gotera, sólo hay tallarines en la despensa, dos huevos, una gelatina y un poco de pechuga de pollo cocida que sobró de ayer. Y la pensión es esa porquería. Los remedios se la llevan toda y apenas sobra para el resto de las necesidades... Pero ahí están, fielmente, tratando de ser dignos, de resignarse, de aguantar, sabiendo que después de ser atendidos por esas muchachas tan simpáticas y animadas, van a tener que hacer el viaje de vuelta a sus casas oscuras y frías, a sus piezas apretadas en edificios arruinados, en calles sin veredas ni árboles, llenas de perros huachos y bandidos, de pobreza y olvido, y van a tener que arreglárselas para sobrevivir hasta el próximo mes, cuando esta aventura sin futuro se repetirá.



                           
                                                       PASOS


    Quien vive en departamento sabe de lo que hablo: vecinos arriba, vecinos abajo, vecinos a los lados. Y con todos sus ruidos incluidos. Cada uno tiene los suyos, con horario y todo, y casi se puede adivinar la vida que llevan con los sonidos que provienen desde detrás de sus puertas y paredes. Por ejemplo, la señora de abajo es bastante discreta, pero tiene un poodle temperamental que se pone nervioso y ladra sin parar todas las veces que ella recibe visitas. Hace unas fiestas animadas algunos fines de semana y habla por teléfono a toda boca en la terraza con alguien que debe vivir en el extranjero, porque generalmente las llamadas son a unas horas bien extrañas. Lo peor es cuando fuma y suelta el humo por la ventana porque me llega todo a mi living y me veo obligada a cerrar los ventanales y mi departamento queda oliendo a lo que almorcé ese día durante una semana... Los vecinos de los lados como que van y vienen. A veces están por un par de semanas, llenos de peleas, chiquillos gritando y maletas, y después se van y queda todo deliciosamente silencioso. Yo creo que son de otra ciudad y compraron este departamento para venir a pasar feriados largos y vacaciones.
    Ahora, mis vecinos de arriba... Son un misterio y una constante preocupación, porque creo que un día uno de ellos va a aterrizar en el medio de mi living, tanto es el ruido que hacen. De ellos sólo escucho los pasos. De zapatillas, tacos altos, botas, de saltos y carreras. Algunos portazos al amanecer -parece que les gusta la jarana- unas pelotitas rebotando y deslizando por el suelo y unos golpes sordos que parecen los intentos de ejercicio de alguien gordo y torpe. Eso fuera los taladros y martillazos los fines de semana o justo cuando estoy tratando de dormir mi sagrada siestecita... ¡Parece que están en eterna remodelación o que compran estantes y cuadros nuevos toda semana!... A veces son pasos rápidos y leves. Otras pesados y lentos. En algunas ocasiones firmes y claros, en otras irregulares y arrastrados. ¡Hasta parece que conversan entre si! llevan una vida sin horarios, parece que no pasan mucho tiempo juntos y salen separadamente a cualquier hora. ¿Es una pareja con un hijo gordo? ¿Son jóvenes profesionales? ¿Son una pareja que está tratando de congeniar?... A veces me dan ganas de subir y tocar el timbre sólo para verles las caras y comprobar si corresponden a la imagen que yo me he hecho escuchando sus pasos...
    Y de repente me pregunto, sobresaltada: ¿será que mi vecino de abajo también escucha mis pasos y se pregunta las mismas cosas?


     

domingo, 26 de julho de 2015

Batiendo el record

    Como dije antes, un poquitín atrasada, pero aquí estoy con los cuentos que les anuncié. En realidad, tuve una "crisis" de inspiración y me mandé 11 de ellos en dos días, así que tengo material para unas dos o tres semanas, por lo que pueden ir reservando un tiempito para sentarse a leer los domingos. Y lo mejor es que mi mente no se ha cansado todavía, ¡entonces vienen más en camino!.



                                                       TEJADOS


    Luis dio vuelta la esquina, apoyándose en la pared de ladrillos para nao caerse. Atrás de él escuchava los pasos y las voces sofocadas de los pacos que le pisaban los talones. Ya no podía más. Venía corriendo desde el minimarket, a unas diez o quince cuadras, y parecía que el corazón se le saltaba por la boca y las piernas le temblaban por el esfuerzo. No sabía si se sentía asustado, enojado o frustrado. Tal vez una mezcla de los tres. Puchas, el "turnio" Díaz le juró que la cosa iba a ser fácil porque a esa hora no había nadie en el negocio y los empleados estaban relajados... Fácil, sí, claro. A no ser porque justo en ese momento pasaba una patrulla y los pilló in fraganti. Mala suerte nomás... Y ahora aquí estaba, arrancando por los callejones de la población con os pacos atrás. Escuchaba su propia respiración angustiada y sentía el sudor escurrirle por todo el cuerpo. Pero los policiales parecían dispuestos a seguirlo hasta el mismo infierno... Entonces tuvo una idea. Con sus últimas fuerzas dio un salto y se encaramó por una reja hasta el tejado de una casa. Ahí era fácil ir de tejado en tejado porque las casas estaban pareadas y podía usar las panderetas como puentes. A los pacos no se les iba a ocurrir mirar para arriba... Continuó corriendo y saltando, pero un poco más despacio, pues tenía que tener cuidado. Y de repente se fue fijando donde pisaba:  Había tejados de madera, de metal, de pizarreño, de tejas rojas o amarillas, cubiertos de enredaderas, botellas, pedazos de cartón, nidos viejos, zapatillas y latas. Hasta con una camiseta de fútbol y una televisión vieja se tropezó. Había cables, cañerías, tubos de chimeneas, millones de hojas secas y unos gatos sarnosos que salieron corriendo cuando lo vieron. Era curioso descubrir esa cara de las personas, porque los tejados parecían, en algunos casos, escondrijos de tesoros, en otros, basureros, depósitos de vergüenza, recuerdos y de frustraciones... Poco a poco fue parando, hasta detenerse por completo para mirar a su alrededor aquel océano de tejados pobres, sucios, olvidados, tristes y miserables y, a pesar de su cansancio y su miedo, sintió una puntada de pena delante de aquel paisaje, porque era el fiel reflejo de la vida sacrificada, violenta e derrotada que esta gente llevaba... Y de repente, cuando miró hacia abajo, se dio cuenta de que estaba en el tejado de su propia casa.




                                                 EL ESPEJO
  

    Rosalba siempre fue una mujer vanidosa. Era bonita, adinerada, culta, vivía en una casa grande, con jardines cuidadosamente diseñados y siempre floridos. Paseava por el centro perfumada y elegante, con guantes y sombrero para proteger su piel blanca e aterciopelada, siempre hablaba con una voz baja y gentil, y su sonrisa era capaz de iluminar cualquier lugar donde entrase. Pretendientes no le faltaban, pero a todos los rechazaba con un adorable gesto da su mano de uñas rojas y un discreto gesto de desprecio. Parecía que ninguno la merecía, ninguno era tan culto, tan rico, tan bonito, tan importante. Por lo menos eso era o que su espejo le decía todas las veces que ella se paraba delante suyo para apreciar su imagen. Pasaba largos minutos retocando el maquillaje, arreglando la ropa, cambiando el broche, los aros, los zapatos, el peinado, para que todo estuviera perfectamente combinado. Parecía una diosa, imponente, inalcanzable,  demasiado perfecta para los mortales... Y así andaba por el mundo y por la vida, exhibiendo la belleza y la superioridad que la naturaleza tan generosamente le había regalado, siendo fiel tan solamente a lo que su espejo le decía.
    Hoy vive sola, con una empleada de confianza y algunos gatos y perros. Continúa paseando por los jardines perfumados y tomando su té en las tazas de porcelana. Pero no sale a la calle y mucho menos se aproxima al espejo. Manó sacar todos ellos de la suntuosa casa que,  poco a poco se fue quedando fría e silenciosa. De amigo, confidente e consejero, este se volvió su peor enemigo, su verdugo. Su sentencia, de la cual no conseguirá escapar. Rosalba mantiene todas las ventanas abiertas para nao pasar delante de sus vidrios, pues nao quiere que el reflejo le grite lo vieja que está.




                                                             VIEJO MALO


    Puchas, el viejo se pasó. Esta última gracia suya fue la cereza de la torta. Nos jodió la vida entera y ahora se va así nomás, sin más, de repente, sin avisar. Mi mamá no tuvo tempo de contarle su secreto. Mi hermano no alcanzó a decirle que iba a ser abuelo. Mi otro hermano ni siquiera pudo mostrarle su diploma... Y a mí me robó la oportunidad de pedirle perdón y de admitir que tenía razón y que  su maldad consistía en ser justo y recto, lo que para nosotros era pura mala sangre... Viejo malo, egoísta, como siempre. Tenía que morirse así, de repente, y dejarnos a todos con las ganas de arreglar las cosas de una vez por todas?... Sin duda, este va a ser el velorio más frustrante de la historia.

    

domingo, 21 de junho de 2015

"Cuentos resfriados"

    Y entre estornudos, muchos pañuelos y tacitas de té, aquí van los últimos:



                                                             MUDO

    Armando vivía solo. Llegaba a su departamento después de su trabajo en el banco, prendía la luz, dejaba sus cosas en el sofá y se iba a la cocina, encendiendo la televisión al pasar. Se preparaba una sopa, un sandwich o unos tallarines con salsa instantánea, a veces unos huevos revueltos con el jamón que había comprado en el mercado. Y todo en completo silencio. No tenía teléfono y a los vecinos los saludaba con una leve inclinación de cabeza y la sombra de una sonrisa. Como iba al mercado, no tenía que pedirle las cosas a ningún funcionario. No tenía ni gato, ni perro, ni canario con quien conversar. Apenas la televisión... A sus colegas también los saludaba con un gesto. Se sentaba ocho horas en su cubículo y revisaba cálculos, pedidos de préstamos, control de caja, cuentas de casino. El único ruido era el de la calculadora y el de la silla, que crujía cada vez que él se movía. Todos ya se habían acostumbrado a su silencio y habían dejado de hacer bromas al respecto. Aprendieron a respetar su opción y esto era un alivio para Armando.
     El drama fue el día en que llegó la Isabel y, al verla, el corazón de Armando se derritió en una oleada de fuego y temblores incontrolables. Ella se acercó a cada uno y los saludó con una sonrisa luminosa y los ojos verdes acariciando el aire; su voz era como el agua de un estero tranquilo... Y cuando llegó al cubículo de Armando y le extendió la mano, él se quedó mirándola, inmóvil, y abrió la boca para decir algo... Pero ni un solo sonido o palabra vino a sus labios... Porque se le había olvidado cómo se hablaba.




                                                    LA MARÍA


    La María se levanta cuando todavía está oscuro. No toma desayuno porque sino se atrasa, pero en el hotel la está esperando una taza de té y un par de tostadas con margarina, entonces se aguanta el hambre y sale a la calle, cargada de bolsas y preocupaciones. Toma las dos micros y el metro y llega puntualmente al trabajo. Ahí se pone el uniforme, se echa unas galletitas al bolsillo después de desayunar (es diabética y tiene que comer cada tres horas) y va al depósito para pescar la aspiradora, los baldes, traperos y paños, botellas de detergente y guantes, jabones y todo tipo de cosas para limpiar. Lo acomoda todo en el carrito y parte con pasos firmes por los corredores, entrando resueltamente a las habitaciones desordenadas y sucias, a veces malolientes y vandalizadas y las deja como nuevas. Cuando sale de ahí, a las cuatro de la tarde, va a limpiar otras casas, sube y baja de micros, de metros, de colectivos, andando un poco más despacio, sintiendo las bolsas un poco más pesadas, el aire más frío, el estómago más vacío, el corazón más apretado... Pero cuando se acuerda de la carita del Gabriel, su único nieto, parece que las fuerzas le vuelven y se anima de nuevo y consigue trabajar hasta las nueve de la noche lavando, restregando, barriendo, trapeando, ordenando, aspirando... Y cuando llega en la noche a la casa y el Gabriel sale a recibirla, y le da ese abrazo apretado lleno de risas y olor a jabón y ella le entrega el paquetito de caramelos que compró en la micro todo vale la pena. Todo.



                                              NUNCA ENTENDIÓ


    El "Tobías" nunca entendió por qué esa gente lo sacó del abrigo. ¡Allá lo pasaba tan bien! Tenía montones de amigos con quienes jugar, un espacio enorme para correr, pedazos de palo y pelotas de trapo para morder, la comida era buena, siempre había agua en su plato y recibía caricias todo el tiempo... Llegaron llenos de sonrisas y elogios, de promesas y cariños, lo metieron en una camioneta y desembarcó en pleno centro, con todo ese ruido y esa gente que anda sin parar. Entraron en un edificio entre tantos -parece que son todos iguales- subieron en el ascensor y llegaron al departamento. "Tobías" se quedó medio desconcertado. ¿Dónde estaba el patio? ¿Y los árboles? ¿Y los otros perros?... Eran unas piezas chiquititas, medio oscuras y llenas de muebles y cosas en las que se andaba tropezando. Lo que había era una terraza mezquina donde habían puesto un pedazo de frazada vieja y dos platos de plástico, uno con agua y el otro con ración... Le hicieron un poco de fiesta, se rieron le pusieron otro nombre, le dieron unos palmotazos en la cabeza. En seguida lo dejaron en la terraza y cerraron el ventanal. Él podía verlos allá adentro viviendo su vida cada día. Pero él no estaba incluido. Lo saludaban, abrían la puerta y le echaban comida o agua. Le pusieron un cajón con una tierra extraña para que hiciera sus necesidades. Pero nunca se quedaban con él, no le hablaban, no lo sacaban a pasear. Poco después, el "Tobías" descubrió el encanto neurótico de mirar por la baranda. Por la calle allá abajo pasaban personas, autos, micros, otros perros  -solos o con sus dueños- vendedores, policías, motos, bicicletas... ¡Era fascinante! Y él quería participar. Entonces empezó a ladrarles a todos asomando medio cuerpo para fuera de la baranda. Algunos erguían la cabeza y lo descubrían en el balcón. Sonreían, hacían algún comentario, lo apuntaban. Una vez hasta le sacaron una foto... Pero nadie subía a sacarlo de su prisión y sus dueños no entendían que él también quería ser parte de todo ello.
    Por eso, tampoco entendieron por qué una mañana, mientras ellos estaban fuera, "Tobías" se tiró del balcón.

domingo, 14 de junho de 2015

"La inspiración continúa"

    En un domingo como éste, soleado pero muy frío, nada mejor que quedarse en casa, calientito, y escribir. En el caso de ustedes: quedarse en casa y leer... Por eso, aquí van más cuentos.




                                                                EL PISO 11

    No sé qué es peor: si vivir para el lado de la calle del edificio, o para el lado del patio interno. Si tu ventana da a la calle, te enloquecen las sirenas, las bocinas, los gritos de los curados en la noche, los perros, las fiestas madrugada adentro, el estruendo constante de las construcciones. Si da para el patio del condominio -ese donde están los juegos infantiles y el pasto sintético- te enteras de la vida de todo el mundo, de las peleas, las sesiones de música, las novelas, los días de lavado, las visitas, los perros -de nuevo- los cumpleaños de los niños y las calientes noches de amor. Eso, fuera el hecho de que, si te asomas al balcón, puedes ver a tus vecinos yendo para acá y para allá en sus departamentos, haciendo como que no se dan cuenta de que puedes verlos perfectamente porque no existe la intimidad.
    La ventaja de vivir para el lado de la calle es que no te enteras que la mujer del bloque del frente se tiró del balcón del piso 11 porque descubrió que el marido tenía una amante y la iba a abandonar y no la ves toda quebrada encima de los arbustos del jardín mientras el el culpable pide socorro y se disculpa, jurando que es todo mentira.




                                           EL PIANO DE LA SEÑORA MARÍA


    Yo creo que no tenía ni una sola tecla afinada, entonces no se sacaba nada con saberse todos los clásicos de memoria porque cuando los tocaba parecía un coro de gallinas asustadas y desafinadas. La sensación que yo tenía era que en cualquier momento iba a saltar algún monstruo de la caja del piano porque sólo así se explicaba un sonido tan horrible... Pero la pobre señora María pasaba todo el día sola, sin nada que hacer, entonces se sentaba al piano y recordaba sus tiempos de juventud, cuando la familia se acomodaba a su alrededor y se deleitaba con sus ejecuciones impecables. Por desgracia, el tiempo no fue bueno con ella y se casó con un hombre que no la amaba, perdió la fortuna, los amigos se alejaron, tuvo que mudarse a una casita DFL2 -de esas que se pagan en 20 años y y tienen unas piezas que más parecen armarios- y soportar a vecinos de clase media llenos de chiquillos mal educados que se dedicaban a destruirle el jardín del frente. Entonces, creo que sólo podía consolarse abriendo la tapa del viejo piano, que brillaba de limpio contra la pared verde agua del pequeño living atiborrado de muebles antiguos y adornos siúticos, y poniéndose a tocar Bach, Lizst, Beethoven y Mozart. Yo sé que ella se daba cuenta de que el piano estaba completamente desafinado y que su sonido más parecían los maullidos de un gato con dolor de estómago, pero creo que se hacía la sorda y nos pedía disculpas a todos en secreto, y continuaba tocando con sus dedos artríticos porque era lo único que le daba algo de felicidad. 
    Por eso yo aguantaba esas notas destempladas con una sonrisa y seguía jugando como si nada.




                                                    PEGASO


    Pasaba por la calle cuando lo vi. Diminuto y perfecto, con las alas desplegadas, erguido sobre sus patas traseras, el cuello inclinado como si estuviera tomando impulso para despegar... Pero estaba encerrado en un domo de vidrio, sobre un pedestal de madera. El primoroso escultor lo había hecho perfecto, pero le había arrebatado su libertad. Seducida por su belleza y su gesto rebelde, lo compré y lo puse en la repisa que está sobre mi mesa de trabajo. Todos los días, cuando me voy a sentar a escribir, espero encontrar el domo vacío y ver al caballito revoloteando por ahí... Pero Pegaso continúa prisionero allí dentro. ¿No quiere salir? ¿No puede? ¿Tiene miedo de entrar en este mundo inmenso y perderse? ¿Le asusta pensar que no va a encontrar a ningún otro como él y se va a quedar solo?... ¿O será que se le olvidó cómo volar?...




                                                       LA VIEJA


    Ahí está esa vieja mirándome de nuevo. Desde que llegué que me anda persiguiendo. No sé qué le dio conmigo. Por eso yo no quería venirme para acá, porque no importa lo pituco que sea, la verdad es que está lleno de gente loca. Le dije a mi hija que prefería quedarme en mi casa, pero a ella dale con que no podía arreglármelas sola, que era peligroso, que me podía pasarme algo y nadie me podría ayudar, que podía perderme si salía sola a la calle... Ese montón de tonteras que los hijos inventan cuando se cansan de cuidarla a una. Pero yo sé que puedo vivir sola en mi casa, en mi barrio de siempre ¡Puchas, estoy ahí hace cuarenta años! Tengo buenos vecinos que me cuidan y mi perro que me avisa si llega alguien. No tenía para qué traerme para acá. Hay unos jardines bonitos, es verdad, y las piezas son soleadas y limpias, las camas cómodas, pero tengo que compartirla con otra señora que vive pegada a la ventana y recorta todos los diarios que encuentra. Nunca dice nada y me mira como si yo no estuviera ahí. ¿Cómo vamos a ser amigas así?... Pero de todos modos, aquí está lleno de viejos locos, babosos, que hablan solos y gesticulan sin razón, usan pañales, no saben comer solos y hablan puras leseras o se quedan ahí como momias. Yo no soy así.
    Y más encima esta vieja que me está hartando con su persecución. Donde miro, allí está, con esos ojillos perdidos fijos en mí. Creo que le voy a avisar a la enfermera para ver si hacen algo al respecto...

domingo, 31 de maio de 2015

"Otros cuentos cortos"

    Y como prometido, aquí están los cuentos de esta semana, un poco atrasados, pero aquí están.



                                                      NUEVA DIRECCIÓN


    Mauricio dobló la esquina e, instintivamente, disminuyó la marcha. Eso no era una calle, era un callejón. Obscuro, con las veredas quebradas, postes sin luz, apenas uno al fondo, junto a un árbol raquítico y retorcido, paredes rayadas y manchadas de orina... Respiró hondo, se enderezó y retomó su camino. Se metió la mano al bolsillo, sacó un papel arrugado y lo miró rápidamente para verificar la dirección. Vio el nombre de la calle. Era esa misma. Un escalofrío de recelo lo recorrió, pero siguió caminando y mirando los números de los edificios. Se acercaba. Finalmente llegó a la puerta que buscaba. Se detuvo y se quedó inmóvil, mirando el escenario que tenía al frente: las paredes eran de un gris sucio, y resquebrajado, había pedazos descascarados y casi todas las persianas estaban cerradas, cubiertas por una gruesa capa de polvo, moho y barniz resecado. A la puerta le faltaba la manilla y la luz del farol estaba quemada. Las ventanas tenían unas barandas oxidadas y chuecas de las cuales colgaban antenas, ropa, cables, restos de maceteros de cardenales, pedazos de volantines, alambres, recuerdos de días mejores... Los pastelones de la vereda estaban quebrados, con maleza creciendo en los agujeros. Mauricio miró a su alrededor. ¿Quién viviría allí? Parecía un barrio peligroso, lleno de sombras y malos olores, de basura y ese silencio ominoso que parecía avisarle que se cuidara... Se acercó a la puerta y se dio cuenta de que tenía una reja atrás de la madera arruinada, y por el hoyo que había en la parte de arriba pudo vislumbrar una tétrica escalera de baldosa roja que se perdía en el negror del segundo piso. Instintivamente retrocedió... Dejó pasar  un momento, cerró los ojos, respiró hondo y se enderezó. Pescó su maleta, empujó la puerta y entró.




                                                       LA CASA


    Esas cajas de refrigerador o de lavadoras son las mejores. porque son de cartón más duro y más grandes, entonces se sostienen mejor. Las de cocina son buenas para forrar el suelo. Se ponen bien dobladas una encima de la otra y ahí uno se acuesta sobre una frazada. Queda bien calientita. La cuestión es encontrar un rincón donde uno no estorbe el paso y que tenga un techo porque así no la echan a una y no se moja si llueve. Con unas tres cajas de refrigerador bien paradas y apoyadas en la pared se puede hacer una casita bien decente. Te cabe el carrito, las bolsas, las muletas y aún sobra espacio para acostarse. El otro día pasé por un local donde estaban regalándole globos a los niños y el señor fue tan simpático y me dio uno con forma de flor. Quedó lindo en el rincón de mi casita. Se ve más alegre, parece casa de verdad... Y cuando amanece puedo desarmar todo, guardar todo atrás de ese medidor de luz que hay en la esquina y salir a pedir limosna por la ciudad hasta la tarde. Ahí vuelvo y encuentro mis cosas donde las dejé. A nadie le interesa un montón de cartones... Es reconfortante poder regresar a la casa cuando cae la noche.



                                                      DELICADO


    No había caso, por más que se dejara barba, fumara como un camionero saliera de jarana todo fin de semana con los amigos a esos bares de mala muerte llenos de prostitutas y se matara en el gimnasio para mostrarle los músculos a todo el mundo. Alfredo seguía siendo un delicadito. De repente se le salían unos gestos o unas exclamaciones y caras que todos se quedaban mirándolo con los ojos llenos de desconfianza. Pero entonces él se reía y juraba que estaba fingiendo no más... En su casa, su papá lo vigiaba como un perro de guardia. No lo dejaba hacer nada que no fuera "masculino", y Alfredo obedecía, dócil y con esa extraña sonrisa de resignación y rabia al mismo tiempo que le ponía los pelos de punta a su mamá. De vez en cuando, él la veía acercarse a su papá, y conversarle unas cosas llenas de tensión y angustia. Pero éste las despreciaba como quien espanta moscas y continuaba con su campaña para hacer que Alfredo virase hombre de una vez por todas. Ninguna rebeldía o voluntad propia eran permitidas, ni una mirada, ni una palabra. Ni siquiera un pensamiento. Y parecía que el viejo tenía el poder siniestro de adivinar lo que pasaba por la cabeza de su hijo y, así, lo manejaba como quería.
    Hasta el día del cumpleaños de Alfredo. Hicieron un asado regado a vino, cerveza, palabrotas y un montón de machos hediondos y groseros. Alfredo quería morirse. Su delicadeza estaba siendo ultrajada cobardemente, y su papá se reía, empujándole a los brazos a una putilla perfumada, con un vestido minúsculo. Y en cuanto ella se le restregaba como una gata en celo, tratando de despertar su hombría, Alfredo vio el cuchillo de la carne encima de la mesa.




                                                          EL REINO


    Él llega antes de que todos nos despertemos, se pone su uniforme, se toma un cafecito bien cargado, pesca las llaves del cajón y se prepara para empezar su día. Si ve un papel o un vaso de plástico en la vereda sale con la escoba y lo barre. Trapea las baldosas ya medio percudidas del hall, pasa el paño con lustra muebles perfumado en el mesón de entrada, con una cierta sonrisa de absoluta satisfacción en su rostro arrugado y concentrado, sereno. Mantiene el pedazo de vereda frente a la entrada del edificio siempre limpia, riega el arbolito y las plantas de la entrada, aspira la pequeña alfombra café. Va atrás y revisa las casillas de los residentes para ver si hay correspondencia y avisarles. Enciende o apaga las luces según sea necesario, atiende el interfono siempre con aquella voz gentil y liviana, llena de experiencia. Y cuando empezamos a salir para trabajar, él nos despide y nos desea un buen día de corazón, porque ese es su reino y nosotros somos como su familia. Y sabemos que estará esperándonos cuando volvamos en la noche, nos preguntará cómo nos fue y nos deseará un buen descanso, también de corazón. Y nosotros jamás nos preguntaremos quién es, dónde vive, si tiene familia, si está enfermo, si tiene problemas, si le pagan poco... Porque es nuestro puerto seguro, nuestro rey en plenos poderes, que esconde todo para que sus súbditos vivan tranquilos y le tengan esa confianza y ese cariño impersonal que se le tiene a los conserjes.