Y como lo prometí, aquí está, finalmente, el cuento. Demoró, pro más vale tarde que nunca, ¿no es verdad? Espero que lo disfruten tanto como yo al escribirlo. Ya estaba casi completo en mi cabeza, sólo le faltaba un empujoncito de voluntad y disciplina, entonces me senté, decidida a parirlo, y en una hora y media, más o menos, estaba listo... ¡Promesa cumplida!.
El estómago le estaba roncando, no lo dejaba dormitar. Sentado en el banco del paseo bajo ese plácido sol de inicio de verano, Mario trataba de reponerse de la noche pasada, en la que se reunió con sus amigos y se fueron de juerga hasta la madrugada, tomándose todo lo que pudieron comprar con las limosnas del día: vino, cerveza, coca cola, ron, vodka... Se comieron unas dos bolsas de papitas fritas y algunos sandwiches de mortadela con queso, pero fuera eso, la cosa fue pura tomatera, entonces estaba con el estómago en la espalda, pareciendo un saco vacío y arrugado. Su enorme panza no lo delataba, pero en realidad estaba muriéndose de hambre. No se acordaba si se había dormido en ese mismo banco, tapado con su frazada inmunda y deshilachada, o si algún amigo lo había convidado al refugio y después se había venido al paseo a terminar de pasar la mona... La cosa es que ya había registrado en todas sus bolsas y en los basureros cercanos y no había encontrado nada digno e un buen desayuno. Era demasiado temprano para las sobras de os funcionarios de los edificios, los estudiantes y los médicos del centro de salud. Todo era del día anterior, entonces ya estaba revuelto y medio podrido. Luego los barrenderos pasarían y limpiarían los basureros, ahí sí podría entonces regodearse con los restos de café, media lunas, aliados, queques y yogurts el desayuno de los transeúntes. Pero por el momento, la cosa estaba fea. Fuera el tremendo dolor de cabeza por la mescolanza de bebidas, empezaba a sentirse débil y mareado, con un frío y una tembladera que ya conocía muy bien... Se le acercaron un par de perros, flacuchentos y pedigüeños, de pelo áspero y despeinado, y se lo quedaron mirando y meneando la cola, esperando algo, como siempre. Las palomas también andaban merodeando por ahí, arrullando e hinchando el pecho, acostumbradas a sus migajas. Porque eso tenía de bueno el Mario: todo lo que conseguía lo compartía, ya fuera con los animales o con otros mendigos que deambulaban por allí y que a veces estaban en peor situación que él. Por lo menos no le faltaban zapatos -unas zapatillas que le quedaban chicas y no tenían cordones, pero que le mantenían los pies calientes en la madrugada- una buena parca, piojosa y toda rasgada, pero con un buen relleno, que se escapaba por los agujeros a cada rato. Tenía un gorro de lana medio apolillado y un remedo de guantes hechos con dos calcetines agujereados... Sí, definitivamente estaba mejor que muchos. Hasta tenía sus lugares fijos donde ir a buscar comida, en los cuales era prontamente atendido, entonces era difícil que pasara hambre o sed. Y siempre tenía los basureros, claro, donde nunca faltaba un medio vaso de café o té, unos restos de fruta o ensalada, pedazos de pizza o sandwiches, de repente pasteles y una vez hasta un buen pedazo de torta con una velita y todo. Esa vez fue muy genial, porque se imaginó que era su cumpleaños y encendió la vela y se cantó "happy birthday" y todo, la sopló y pidió un deseo, pero después no se acordó de cuál era, porque como estaba celebrando, aprovechó para tomárselas todas y despertó en la puerta de una iglesia que no conocía...
Su estómago volvió a gruñir, revolviéndose, inquieto. Mario cambió de posición y suspiró. Tenía hambre, pero le daba flojera levantarse de ahí e ir atrás de su desayuno. Estaba demasiado gordo. Todo el mundo se lo decía, pero él no les hacía caso.
-No me molesta nada.- les respondía con su voz sorprendentemente culta y suave.
Tal vez por eso a veces las personas se acercaban para pedirle información o conversar, a despecho del hedor insoportable que despedía. Porque esa era su mayor característica: su mal olor. Y no se trataba puro de que no era de que no era agradable, es que simplemente apestaba. Todos sabían que estaba llegando o que había estado en algún lugar por el hedor que lo antecedía o que dejaba para atrás. Era una mezcla insalubre de mierda, sudor, orina, comida rancia, humedad y todo tipo de cosa, consecuencia de no bañarse hacía años. Una costra negra y áspera cubría buena parte de su cuerpo, sobre todo las expuestas a la intemperie, y su pelo y barba eran como un gorro y una bufanda grises y despeinados donde se perdían los piojos y los restos de comida.
-¿Para qué me voy a bañar?- discutía cuando alguien trataba de convencerlo de que se aseara un poco, por su propio bien -¡La mugre me mantiene calientito!...
Y probablemente era verdad, porque la costra era tan gruesa que el frío no debía entrar por allí.
Lo curioso era que Mario no era uno de esos mendigos locos e ignorantes, que andaban por ahí gritando e importunando a las personas con su miseria. No, él hacía gala de una especie de digna independencia. Nunca se le veía extender la mano para pedir o atravesarse delante de alguien para exponer sus dramas y provocar lástima. Nada de eso, él caminaba despacio, como un rey por sus dominios, cargando su montonera de bolsas, paquetes, diarios -porque le encantaba sentarse a leer al diario al sol- frazadas y a veces un bastón, y se las arreglaba solo. Sus mejores amigos eran los basureros del paseo, siempre llenos de de sorpresas para su insaciable hambre. Era increíble, la gente botaba todo tipo de cosas, inclusive unas que todavía servían. Era de ahí que había conseguido sus tenis, la parca y la frazada. Una vez hasta encontró una almohada casi nueva, con funda y todo, pero ahí llegó otro mendigo, un desharrapado que andaba con las nalgas al aire porque no tenía un cinturón para amarrarse el pantalón demasiado grande, y lo quedó mirando mientras él sopesaba y estiraba la almohada, sonriendo al imaginarse con la cabeza descansando en ella. Y el tipo tenía unos ojos enormes de sufrimiento y carencia, unas manos flacas y azules de frío, y una boca que parecía masticar el aire de tanta hambre, que le dio pena y terminó entregándole su tesoro con su más galante sonrisa. El hombre lo contempló durante un momento, estupefacto, pues si se tratase de otro, en aquel instante estarían agarrándose a combos para ver quién se quedaba con la almohada. Pero Mario era un caballero, todo el mundo lo sabía. Entonces, cogió la almohada, la estrechó contra el pecho y se alejó, balbuceando unas palabras de agradecimiento, mirando para atrás de vez en cuando con miedo de que Mario se arrepintiera y viniera atrás de él para quitársela. Pero Mario jamás haría una cosa de esas. Simplemente no estaba en sus reglas de comportamiento.
En contraste, las personas no tenían ese tipo de compasión hacia él, no sabía si por su porte orgulloso o su aire distante y auto suficiente. Nadie le ofrecía ropa, comida, dinero. Le preguntaban cosas, lo saludaban, podían sonreírle, pero no se apiadaban de él. ¿Será que parecía intimidante?¿O era muy gordo y descuidado? ¿Tenía aspecto de enfermo y por eso la gente tenía recelo de acercársele mucho? ¿O era porque estaba siempre solo?... Se demoró en darse cuenta, pero finalmente descubrió qué era lo que alejaba a las personas: su hedor. Era increíble como la gente podía ser quisquillosa con esas cosas. Pero a él le parecía algo natural, a lo que estaba acostumbrado, que le daba aquella sensación de hogar, de seguridad, de identidad... El problema eran los demás. Nunca se desharía de esta característica que lo hacía sentirse único, pero no podía dejar de darse cuenta de que la misma era un obstáculo cuando se trataba de conseguir cosas, de entablar conversaciones con otros que no fueran mendigos tan apestosos como él. Todos se tapaban la nariz, desviaban la cara, hacían muecas y fruncían la boca, francamente desagradados. Y esto significaba que no tendría otro medio de alimentarse a no ser registrar los basureros, lo que no le desagradaba por completo, pero es que a veces le daban ganas de una cosa diferente, más fresca, entera, sin estar mezclada con con otras sobras, molida, revuelta o medio ácida... ¿Cómo hacerlo, entonces?...
Y una vez lo intentó. Era todo o nada. Era una mañana en que estaba muy frío y él daba todo por una buena taza de café con leche y un barros jarpa, ¿pero dónde conseguirlos? El sabía dónde tenían, pero con certeza no le iban a dar uno de esos así, porque sí no más... Pero de todos modos decidió arriesgarse y fue hasta la fuente de soda de la esquina. Tal vez podría ser un completo o una media luna en vez del barros jarpa, cualquier cosa, se moría de hambre y de frío... Empujó la puerta y entró, despacito, tímido, ensayando una sonrisa de disculpa. E local pareció parar en el momento en que cruzó el umbral. Todos hicieron una cara extraña y se volvieron hacia él, obviamente escandalizados y asqueados por el hedor que invadía la sala. Algunos clientes, inclusive, se levantaron y salieron, tapándose la nariz.
-¿Qué se le ofrece, caballero?- preguntó uno de los garzones, de lejos, con una vocecita incrédula y ofendida.
-Yo quería...- empezó a decir Mario, encogiéndose, humilde.
Y en ese momento surgió de la cocina el que parecía ser el dueño, y, mirando a Mario con desdén e impaciencia, lo interrumpió y le ordenó al garzón con voz áspera:
-Dele lo que quiera, y que se vaya luego.- y regresando a la cocina exclamó, aventándose con un paño -¡Por Dios, me está apestando todo el local!...
Entonces el garzón, sin acercársele, preguntó, fingidamente amable:
-¿Qué es lo que va a querer el caballero?- y automáticamente preparó su libreta y su lapicera.
Mario permaneció algunos segundos paralizado, incrédulo, sin entender muy bien lo que estaba sucediendo. Pero de a poco empezó a darse cuenta de que estaba en una posición de ventaja y que, por causa de su mal olor, podía regodearse y pedir lo que quisiera. ¡Increíble! ¡Finalmente la carniza le servía para algo!.
-Bueno...- empezó, irguiéndose, solemne, serio -Yo quería, si fuera posible, una taza grande de café con leche, un barros jarpa, un pedazo de queque y una media luna.... Por favor.- concluyó, muy meticuloso, y sonrió secretamente satisfecho al ver al garzón anotando dedicadamente su pedido, como si se tratara de un cliente vip. ¡Qué sensación buena!.
El muchacho corrió a la cocina, cuya puerta de vaivén se cerró atrás de él con un susurro, y Mario escuchó una pequeña y breve discusión allá adentro. Volvió a sonreír. Quería escoger una mesa para acomodarse y disfrutar su merienda, perpo cuando dio el primer paso, se oyó una voz estentórea de allá del fondo:
-¡Y que se lo vaya a comer allá afuera, por el amor de Dios!... ¡Ya voy a tener que desinfectar el local después que se vaya!
Un segundo después reapareció el joven con su pedido, pero no en una bandeja, sino en unas bolsas de plástico. Se aproximó, mal disfrazando su repugnancia, y le pasó las bolsas.
-Aquí está caballero. Muchas gracias.- dijo, y se alejó en seguida, yendo a esconderse en un rincón del salón, donde pensó que tal vez el hedor no lo alcanzase.
Mario cogió las bolsas, un poco desconcertado, y sonrió gentilmente, hizo una pequeña reverencia y se volvió para salir. No se iba a botar a fresco y se iba a ofender, no. Ya estaba suficientemente bueno como para que viniera a dárselas de quisquilloso. Salió a la calle y buscó su banco preferido para sentarse y tomar su desayuno... Cerró los ojos con placer y suspiró. Pues bien, ahí tenía una utilidad para su carroña: un discreto y efectivo chantaje que podía hacerlo ganar muchas cosas buenas. Pero no podía abusar, sino acabaría saliéndole el tiro por la culata. Sólo de vez en cuando, cuando quisiera darse un gustito. Para el resto de los días aún tenía a sus amigos basureros.