domingo, 20 de novembro de 2016

"¡La inspiración está de vuelta!"

    Y finalmente, como se los prometí y después de este largo ayuno, aquí estoy de regreso con mis cuentos. Tengo una hoja llena de ideas y espero que esta racha no se acabe nunca más, porque no sólo es entretenida y buena para ustedes -eso supongo- sino que también lo es para mí... Entonces, aquí van los dos primeros ¡y espero que los disfruten!



                                                                      NUBES

    Esa parecía un pajarito con las alas abiertas. Allá, una torre con una banderola. Aquí encima un perro de tres patas. Encima del árbol retorcido y sin hojas había una que le pareció la cara de su tata, con la barba y la chupalla, igualito. La Tuca estiró el cuello para divisar otro pedazo de cielo por la ventanilla llena de musgo y dibujos obscenos... Sí, al fondo podía divisar una mariposa que, poco a poco, se fue convirtiendo en una olla humeante. Se acordó de la cazuela de su mamá, allá en la mesa de la vieja casa rodeada de sauces y álamos, donde podía oírse en canturreo de un arroyo y los trinos de las loicas, zorzales y tordos... Entonces, la nube se transformó en algo alado e inmenso que se abría sobre el patio mezquino de concreto resquebrajado, de paredes cubiertas de groserías, resentimiento, venganza, nostalgia, desencanto... Pero a las nubes no les importaba nada de eso. Allá arriba, libres y chiquillas, jugaban con el viento y la imaginación de los mortales. Había que seguirles el ritmo y la creatividad, había que subir hasta ellas, mezclarse con sus blancas ondas siempre en movimiento y dejarse llevar, porque en esa celda estrecha, obscura y hedionda de la cárcel de mujeres era la única forma de acordarse de que la belleza aún existía y de lo que era ser libre.





                                                 LA ESCALERA


    Uno pasaba frente al edificio de ladrillos mil veces pintados y descascarados, con un segundo piso de decadentes balcones rococó tristemente adornados con maceteros de cardenales y hiedras, zapatillas secando al sol y antenas de televisión enredándose entre los cables, los restos de volantines, plumas secas y ropas colgadas en varillas de mimbre, y no podía dejar de desviar los ojos hacia la escalera que daba entrada a ese segundo piso. En el primero había una barbería, una tienda de objetos de pluma vit y espuma y un café de vidrios negros, de cuyo interior salían a veces música y risotadas y un recalcitrante olor a incienso barato... Pero la escalera era lo que más llamaba la atención. Se erguía, chueca y opaca, con un pasamanos adosado a la pared polvorienta, los peldaños hundidos, descascarados, mil veces encerados encima de la mugre, y desaparecía en una curva entre el techo y la pared. Parecía fuerte y porfiada, pero no podía esconder su decrepitud, su tristeza. Tal vez hacía mucho tiempo ese edificio había sido bonito, bien cuidado, tal vez hasta con clase, con cortinas de encaje blanco y balcones dignos, bien iluminado, de habitaciones grandes y bien arregladas, y no como estaba hoy, subdividido en decenas de cuartuchos hacinados, sucios, opacos, a los cuales se llegaba subiendo aquella escalera maltrecha y asustadora. En su decadencia parecía querer contar todas las historias, mostrar todos los personajes y sus indignidades, penurias y sacrificios, la obscuridad en que vivían, las estrecheces que pasaban y las esperanzas que aún tenían de, quien sabe algún día, no tener que subir más por esos peldaños que rechinaban escandalosamente su miseria.