domingo, 16 de fevereiro de 2014

"La otra"

    Bueno, como ya lo dije, esta es la última historia enviada por mis alumnos que publico. A partir de la próxima vez, los cuentos serán de mi autoría, pues por lo que parece, "desencanté" y estoy llena de ideas para desarrollar. Creo que estar finalmente en un lugar propio, con un computador sólo mío y todo el tiempo del mundo -entre una tarea doméstica y otra, claro- destrabó a mis musas ¡y ellas están con todo!... Espero que disfruten este último cuento ¡y que les gusten mucho más los míos!...



    Renato conoció a Tatiana un viernes al atardecer, cuando entró en un barcito del centro después de terminar su conferencia en el salón de eventos del hotel donde estaba hospedado. Los amigos lo habían invitado a tomarse una cerveza en el  bar del hotel, pero él prefirió salir a caminar un poco, alejarse del torbellino de ejecutivos, practicantes, ganaderos y dueños de haciendas y disfrutar de lo que esta nueva ciudad tenía que ofrecer. Siempre que viajaba y llegaba a un lugar que no conocía cumplía primero con sus obligaciones profesionales y después se permitía un relajante paseo por las calles del centro para conocer el comercio,los restaurantes, las tiendas y bares, donde generalmente entablaba alguna conversación interesante con algún habitante local. Le gustaba conocer las historias, los personajes y la idiosincrasia de cada lugar que visitaba, pues se sentía fascinado por la diversidad de cada uno de ellos.
    -¡Este país es la cosa más interesante que existe!- solía comentarle a sus colegas -Uno nunca sabe lo que va a encontrar en la próxima ciudad que visite.
    Ese viernes se sintió más cansado que de costumbre, pues la presentación fue llena de preguntas e interrupciones y flotaba en el aire una inquietud que terminó por contagiarlo, haciéndolo perder su habitual serenidad. El público, formado por dueños de haciendas y empresarios ansiosos y con  muchas dudas, quería que fuera a las propiedades para ver de cerca la situación, como si eso ayudara a encontrar soluciones más rápidas y efectivas para sus problemas. Recibió numerosas propuestas, pero las recusó todas, pues su trabajo no era ese y, fuera eso, tenía que cumplir una agenda pre establecida por su empresa, por lo tanto no podía quedarse más de lo previsto en cada ciudad. Por eso,escogió ese bar cerca del hotel, pues le pareció discreto y tranquilo. Realmente, no estaba con ganas de fiestear.
    Entró con pasos lentos y fue hasta el mesón, donde un hombre delgado y alto limpiaba unos vasos con un trapo húmedo. Se detuvo delante de él y se sentó en uno de los banquillos de cuero rojo.
    -Por favor, véame un whisky con hielo.- le pidió, con una sonrisa cansada.
    -Inmediatamente, señor- dijo el barman, sonriendo gentilmente, y fue hasta el estante a buscar la botella.
    Mientras tanto, Renato le dio una ojeada al local, que aún estaba casi vacío: paredes rojo oscuro, mesas y bancos de madera clara con manteles escoceses, pequeñas lámparas esparcidos encima de las mesas, algunos cuadros mostrando los tipos de bebidas y porciones que se servían en el establecimiento,un arreglo de velas y flores en una botella encima de cada mesa, piso de madera brillante. Una suave música en el aire, una agradable penumbra que invitaba a la conversación y el relajamiento... A Renato le gustó. Le dio otra mirada al lugar y fue entonces que vio a Tatiana, sentada sola en una de mas mesas del fondo, con un vaso de jugo en una mano y un libro abierto encima de la mesa. Inmediatamente, sus ojos se detuvieron en ella: tenía cabellos oscuros y largos, facciones delicadas y una boca pequeña y sensual levemente coloreada de rojo. Aros discretos, pulsera plateada, terno negro y blusa rosada, combinando con los zapatos. Renato quedó encantado por aquella figura solitaria en el rincón del bar y cuando el barman puso su trago en el mesón, él se volvió y preguntó, sintiendo, para su sorpresa, que su corazón palpitaba con fuerza:
    -Disculpe, ¿usted conoce a esa chica sentada allá en el fondo?
    El hombre miró hacia donde él le indicaba, frunció las cejas, pensó un poco y finalmente respondió, chasqueando la lengua:
    -Nao, joven, no la conozco.- y agregó, iniciando una sonrisa de complicidad: -Pero ella viene todos los días a esta hora. Yo creo que estudia en la universidad que queda aquí cerca.
    -¿Verdad?...- replicó Renato, sin quitar los ojos de la muchacha, bebiendo su whisky con aire distraído -¿Será que...?
    -Nunca la vi acompañada.- afirmó el barman, con aire conspirativo, como si hubiera leído sus pensamientos.
    -¿Verdad?- repitió Renato, mirándolo con repentino interés -¿Y usted sabe algo más sobre ella?
    Sintiéndose importante, el barman se inclinó hacia Renato, apoyándose en el mesón, y le secreteó al oído:
    -Yo creo que está estudiando para profesora. Siempre anda con unos libros enormes sobre pedagogía y esas cosas. A veces aparecen unos colegas y se quedan en la mesa conversando de pruebas y prácticas.
    -Entonces debe estar en el último año- concluyó Renato, bebiendo otro trago y mirando disimuladamente a la muchacha, que parecía totalmente abstraída en su lectura. En seguida, se viró hacia el barman y preguntó: -¡Usted cree que tengo alguna oportunidad con ella?.
    Este sonrió con malicia y le dio unas palmaditas en el hombro.
    -Arriésguese, joven, la muchacha vale la pena. Y después, lo peor que le puede pasar es que ella lo mande a pastar y usted se quede aquí bebiendo solo.
    Renato sonrió, conquistado por la simpatía del hombre y, tomando aliento, le guiñó un ojo y se dirigió hacia la mesa donde Tatiana estaba sentada. El barman le hizo una seña de positivo con la mano y volvió a limpiar sus vasos, pero sin quitarle los ojos a la pareja. Tenía curiosidad de saber en qué iba a terminar aquel encuentro.
    Renato llegó junto a la mes y se detuvo, esperando que la muchacha lo notara, pero ella estaba tan compenetrada en su lectura que ni se dio cuenta de que él estaba ahí. Se llevó el vaso a los labios y sorbió lentamente su jugo, se arregló una mecha de pelo que le había caído en la frente y suspiró. Renato contemplaba  cada pequeño gesto suyo en fascinado silencio, y las cosas habrían continuado así si no fuera porque un estruendo sacudió el local. Ambos dieron un salto y miraran hacia el mesón, donde el barman acababa de derribar una pila de latas de cerveza.
    -¡Disculpen!...- exclamó este, todo confuso -¡Se me resbalaron!...- y se rió, mostrando las manos, pero Renato pudo percibir la rápida mirada de complicidad que le dirigió.
    Tatiana se dio cuenta entonces de que Renato estaba a su lado y, un poco sorprendida, lo saludó con una sonrisa y un breve "hola".
    -¿Será que puedo sentarme un momento?- preguntó él, tratando de no parecer lanzado. Interiormente rezaba para que ella no pensara que se trataba de una actitud de conquistador barato.
    Ella lo miró por algunos segundos, como que evaluándolo, y pareció esbozar una negativa, pero lo reconsideró y, cerrando su libro, asintió con la cabeza. Renato respiró, aliviado, depositó su vaso en la mesa y apartó el banquillo.
    -Con permiso.-dijo, pulidamente, a lo que ella respondió con una suave risa que lo dejó todavía más encantado -¿Cuál es su nombre?
    -Tatiana. ¿Y el suyo?
    -Renato.
    De repente, él tuvo miedo de no tener nada sobre que conversar con ella y que la cosa se acabara allí mismo. Se sintió inseguro y nervioso como nunca antes y se revolvió en el banquillo, buscando alguna cosa inteligente para empezar la conversación. El silencio se volvía más incómodo a cada momento. Renato empezó a sudar.
    -¿Usted es de aquí?- preguntó entonces Tatiana, sonriendo. Transmitía una serenidad contagiosa.
    -No, estoy en negocios.- respondió él, empezando a relajarse -Vine a dar una conferencia en el hotel Luxor.
    -¿Conferencia sobre qué?- ella parecía genuinamente interesada, lo que animó a Renato.
    -Sobre agronomía.
    -¿Usted es agrónomo? Qué interesante, ¿y cuál es su área?
    -Desarrollo de semillas. Cómo reproducir, cómo mejorar, plantar y comercializar.- explicó él, confiado, reflejándose en los ojos oscuros de Tatiana.
    -¿Y viaja mucho?
    -Constantemente. Yo vivo en Santiago, pero trabajo para una multinacional, entonces están siempre mandándome para otras ciudades a divulgar los productos y la tecnología.
    Ella se rió, recostándose en la pared.
    -¡Puchas, entonces usted debe sufrir a mares cuando viene a estas ciudadecitas del interior!.
    El se enderezó en el banquillo, temiendo haberla ofendido, y adquirió un aire de disculpa al responder.
    -¡No, imagínese! ¡Me encantan las ciudades chicas! Tienen algo tan especial...
    -Sí, claro...- lo interrumpió ella, irónica -Tierra, tiendas siúticas, caballos en la calle, una única video locadora con filmes viejos, paralelepípedos, un grupo de viejos conversando y jugando dominó y un montón de perros rascándose al sol - y se volvió a reír, divertida con la expresión afligida de Renato.
    -No, créame, nada que ver. Me gusta conversar con las personas y conocer la historia del lugar, recorrer las calles visitar las iglesias y los cementerios...
    -¿Cementerios?- lo interrumpió ella, sorprendida -¿Qué es lo que encuentra de interesante en visitar un cementerio?
    El la miró un momento antes de responder. De cerca era más bonita todavía.
    -Hay muchas historias allí dentro. Uno puede deducir o imaginar mucha cosa estudiando las tumbas, ¿sabía?
    Ella se puso seria de nuevo y apoyó los codos en la mesa. Ese joven era mismo diferente, o entonces el más ingenioso conquistador barato que ya había conocido.
    -Por lo que veo, a usted le gustan las historias.- dijo, mirándolo con un nuevo interés.
    -Me encantan, ¿ y a usted?
    -Me gustan, pero prefiero las que tiene números.
   -¿Números?...
    Entonces, ella tomó el libro que estaba a su lado y lo abrió.
     -Matemáticas- explicó, mostrándole algunas páginas llenas e números y cálculos -Me encanta la matemática. Estoy en el último año de la universidad.
    -¿Va a ser profesora?
    Ella negó con la cabeza.
    -Pretendo hacer doctorado y trabajar en pesquisas especiales- respondió con firmeza, como si recelase que él no lo aprobara.
    -¡Puchas, entonces usted es genial!- exclamó él, admirado.
    Ella sonrió, lisonjeada, y bebió un trago de jugo.
    -Para que vea usted...- expresó, mirándolo con un aire desafiante - ¿Ahora está arrepentido de haber venido a conversar conmigo?
    -¿Por qué dice eso?...
    Ella pareció un poco disgustada y suspiró.
    -Porque a nadie le gusta una mujer genial, demasiado inteligente.
    Ahora fue la vez de que él se riera.
    -¿Por qué yo iba a querer conquistar a una descerebrada?- exclamó, pero se calló en seguida, percibiendo su gafe.
    Ella se quedó mirándolo en silencio, pues también se había dado cuenta de su desliz y ya estaba empezando a pescar sus cosas para irse, cuando él la detuvo.
    -Por favor, no se vaya- dijo, sujetándole del brazo - No soy lo que está pensando. Discúlpeme...
    -Usted mismo acabó de confesarlo- le cortó ella, con frialdad -Debe rematar una conquista en cada ciudad que visita, ¿no es verdad?
    -¡No, eso no es verdad!... Me gustaste desde el primer momento en que te vi sentada aquí. ¡Te lo juro! No estoy intentando hacer nada deshonesto... Por favor, créeme- suplicó él, verdaderamente compungido -La última cosa que quería era ofenderla...
    Ella titubeó algunos momentos más, pero alguna cosa en el tono de Renato, en su mirada, su toque, acabó por convencerla a quedarse. Volvió a sentarse, dejó la bolsa y el libro y se quedó mirándolo en silencio, como estudiándolo.
    -Gracias.- murmuró él, sonriendo aliviado.
    -Sólo espero no arrepentirme después- dijo Tatiana, aún seria. Pero en seguida abrió una sonrisa que espantó aquel clima tenso como un viento que barre las nubes para que el sol brille nuevamente.
    Entonces, una vez vencidas las desconfianzas, pasaron el resto de la velada conversando animadamente, riendo, intercambiando historias y experiencias, contando sus planes y algunos secretos. El barman, muy feliz, les sirvió más jugo y las porciones que eran la especialidad de la casa, pero ellos estaban tan envueltos en la conversación, llena de miradas y toques de emoción, que mal tocaron los platos.
    Cerca de las diez de la noche, Tatiana se acordó de repente que había quedado de encontrar a su papá en el terminal a las diez y quince y que casi no tendría tiempo de llegar. Se levantó apresuradamente, pescó sus cosas y empezó a despedirse.
    -Desgraciadamente, me voy a tener que ir. Mi papá ya debe estar en el terminal esperándome- dijo, un poco triste, con ese presentimiento de que todo terminaba allí tomando cuenta de su corazón -Es una pena, pero... Creo que no nos vamos a ver de nuevo- concluyó, extendiendo la mano hacia él en un gesto extrañamente formal.
    Renato se levantó también, sintiendo que la situación se le escapaba de las manos y que estaba a punto de perder a Tatiana. Su corazón palpitaba, desbocado, negándose a aceptar tal fato. Entonces decidió arriesgarse.
    -¿Podemos encontrarnos mañana en la noche aquí mismo?...- le pregunto de sopetón, sosteniendo la mano de la muchacha con inesperada fuerza. Y como ella demostró duda, él insistió, con más intensidad -Por favor.
    Ella dudó todavía, pero terminó por concordar. Su corazón tal vez no estuviera engañado y Renato era mismo diferente. Quizás valiera la pena confiar en él y arriesgarse.
    -¿A qué horas mañana?- preguntó entonces, empezando a alejarse hacia la salida.
    -¿Ocho y media está bien para ti?
   -Estupendo... Nos vemos mañana entonces- dijo ella abriendo la puerta y saliendo.
    A Renato le dieron ganas de seguirla, o de ir a la calle y quedarse mirándola hasta que desapareciera, pero se contuvo y volvió al mesón para pedir otro trago.
    -Resultó la cosa, ¿hey?- comentó el barman, esbozando una sonrisa traviesa -¡Esa ahí no la pierde, joven!- exclamó, llenándole el vaso.
    -Espero que no.- dijo Renato en voz baja, sin llevar en cuenta el doble sentido de las palabras del hombre, que ya debía haber presenciado centenas de encuentros parecidos. Pero en este caso, no se trataba de algo pasajero y vulgar. Renato tenía la sensación de que había sido pescado y de que no sacaba nada con luchar contra ese sentimiento.
    -¿Es amor?...- murmuró mientras bebía el último trago. No tenía certeza, pero sabía que era algo diferente de todo lo que había sentido hasta entonces. Y también sentía que valía la pena invertir en esa relación.
    Mal consiguió dormir y se levantó temprano, bajó para desayunar y salió para dar una vuelta. Su presentación empezaba a las tres de la tarde, entonces tenía tiempo de sobra para prepararse. Fue a la iglesia, fue al pequeño mall de tiendas en su mayoría siúticas y anticuadas, en una locadora que sólo tenía películas viejas y en un kiosko de diarios. Se sentó en la plaza para leer, pero en vez de eso se quedó observando a los perros tendidos rascándose al sol y a los viejos conversando y jugando dominó alrededor de una mesa, a los caballos que pasaban por la calle levantando polvo y los paralelepípedos que adornaban la vereda de la plaza... Todo le recordaba a Tatiana, no conseguía pensar en otra cosa. Sólo esperaba que esto no perjudicara su conferencia.
    Pero, como siempre, su profesionalismo venció y no tuvo ningún tropiezo en la presentación, después de la cual regresó a su cuarto y decidió recostarse un poco, pues quería estar bien dispuesto para su encuentro en la noche. También era una manera de que el tiempo transcurriera más rápidamente. Pidió que lo despertaran a las siete de la noche. Tendría tiempo de tomar una ducha y de cambiarse con calma, tal vez hasta para ir a la florería vecina al hotel para comprar un pequeño buqué para Tatiana. Con certeza, le iba a encantar.... Y así, con todo planeado, se tendió y en poco tiempo dormía profundamente.
    Puntualmente a las siete el teléfono tocó. Era el gerente para despertarlo. Renato saltó de la cama, fue a la ducha, donde se demoró más que lo habitual, se secó, se afeitó cuidadosamente, pasó gel en el palo, se puso una discreta loción pos barba y volvió al cuarto para vestirse. Bueno, en realidad ni tenía mucho de donde escoger, pues fuera los dos ternos y el par de zapatos negros que usaba para las presentaciones, sólo tenía blue jeans, camisetas e zapatillas. Pero prefirió ser formal y terminó poniéndose uno de los ternos, con la corbata y todo, y hasta un pañuelo en el bolsillo de la chaqueta. Así vestido, se miró en el espejo y suspiró.
    -¡Puchas, hasta parece que voy a proponerle matrimonio a la muchacha!- dijo, juguetón.
    Sonriendo ante su propia ansiedad, se metió la mano al bolsillo para conferir si la billetera estaba allí y finalmente salió y bajó al hall. Dio una mirada al reloj y vio que todavía le restaban algunos minutos para ir a la florería. Salió rápidamente por la puerta giratoria y entró en la tienda, que quedaba al lado del hotel. Sin dudar escogió un pequeño ramillete e rosas de varios colores, envueltas en celofán, pagó y se dirigió al bar con pasos decididos... Miró nuevamente el reloj. Llegaría exactamente a la hora combinada.
    Cuando abrió la puerta de bar, el hombre del mesón parecía estar esperándolo, pues de inmediato le brindó su mejor sonrisa y ya fue a prepararle un trago. Renato lo saludó y se fue a sentar en la misma mesa que Tatiana y él habían ocupado la noche anterior.
    Sin embargo, se tomó el primer trago, el segundo, y ya se preparaba para beber el tercero y Tatiana no aparecía todavía. Renato miraba incesantemente su reloj y una enorme angustia tomaba cuenta de él, pues el tiempo transcurría, implacable, y la puerta del bar no se abría para mostrarle la figura que tanto ansiaba ver. Entraron algunas personas: dos hombres, un grupo de estudiantes, una mujer sola, un señor de edad que se sentó en el mesón y se quedó sorbiendo su cerveza y observando a los clientes como si estuviera haciendo una evaluación de cada uno... Pero Tatiana no apareció. Después de una hora de espera, Renato le dirigió una mirada de desesperación y decepción al barman, y éste le respondió encogiéndose de hombros. Tampoco sabía lo que había sucedido.
    Mil preguntas y conjeturas pasaban por la cabeza de Renato mientras estaba sentado en el banco, rodeado por la acogedora penumbra del local. ¿Será que todo había sido una jugarreta? ¿O será que simplemente quiso vengarse porque pensó que él solamente estaba pensando aprovecharse de ella? ¿A final de cuentas, habría sido todo pura actuación? ¿Será que ella era tan correcta como parecía o era del tipo que suele congraciarse con el primero que aparece para después darle una patada?... Ta vez no le había creído cuando se disculpó y quería darle el vuelto dejándolo plantado allí la noche entera... Haciendo rodar nerviosamente el vaso en la mesa, Renato se debatía entre mil teorías, tratando de llegar a alguna conclusión que explicara el comportamiento de Tatiana, pues no le había parecido una joven liviana. Por fin, le dió una última mirada al reloj -¡Ya eran más de dos horas de atraso!- bebió el último trago y se levantó de la mesa, dispuesto a mandarse cambiar y olvidarse de este desagradable incidente.
    -Soy un idiota.- murmuró, buscando su billetera en el bolsillo -Las personas del interior son tan fútiles y superficiales como las de la capital.
    Pero cuando estaba yendo hacia la caja para pagar su bebida, la puerta del bar se abrió y entró Tatiana. Renato estacó en el medio del recinto y se quedó mirándola. Estaba todavía más bonita que la noche anterior, pero parecía de alguna forma diferente, más vivaz, riendo en voz alta, con el cabello preso en un moño adornado con presillas coloridas y un maquillaje cargado, aros largos y un pantalón jeans desflecado, camiseta con un dibujo d lentejuelas, muchas pulseras y anillos y unos zancos con tiras brillantes... Renato se quedó paralizado, sin creer en lo que estaba viendo. ¿Cómo podía parecer tan diferente de ayer? Le dio una rápida mirada al barman, pero él estaba tan perplejo cuanto él... Luego atrás de Tatiana entró un ruidoso grupo de jóvenes, del cual ella formaba parte y, al final, corriendo y riéndose, apareció un joven de pelo largo y chaqueta de cuero, que fue hacia ella y la abrazó.
    -¿Estabas tratando de huir de mí?- exclamó, besándola.
    Ella soltó una carcajada y lo empujó, coqueta.
    -¿Yo?... ¡Imagínate, ni que quisiera!- respondió colgándosele del cuello.
    En seguida, el animado grupo se dirigió hasta una mesa y pidió la atención del garzón con silbidos, gritos y golpes en la mesa.
    Lo que más espantaba a Renato era el hecho de que ella ni siquiera lo buscó con los ojos cuando entró. ¡Era como si él ni estuviera ahí! La indiferencia de Tatiana era realmente indignante. Si quería humillarlo y hacerlo pagar por su supuesta osadía ayer, había encontrado la manera cierta Renato tenía ganas de que la tierra se abriera y se lo tragara hasta el fondo del infierno, de donde jamás pretendía volver. ¿Pero cómo pudo haberse engañado tanto con ella? ¿Era así mismo, esa muchacha desinhibida y desordenada, o era aquella otra discreta y seria que quería hacer pesquisa espacial?... La cabeza de Renato estaba dando un nudo. El frío de la decepción congeló su corazón, haciéndolo sentirse más idiota aún, y decidió salir de allí antes de que ella inventara aproximarse para avergonzarlo más todavía. Le dio una última mirada, justo en el momento en que ella se recostaba en el pecho del chico de pelo largo, y se dirigió a la caja, reteniendo su rabia y su despecho. Pagó sin decir una palabra, se encaminó hacia la puerta, la abrió con fuerza y se dispuso a salir, pero chocó de frente con otra persona que venía entrando. Tuvo que apoyarse en el dintel para no caer mientras veía una pila de libros desparramarse por el suelo, pegándole en las piernas y píes. La persona que se había estrellado con él se agachó rápidamente y empezó a recoger los libros. Renato la miró y vio una cascada de cabellos negros y sedosos cubriéndole los hombros y el rostro.
    -Ay, perdone, joven...- dijo la mujer en tono compungido -Es que estoy súper apurada... ¡Ni lo vi saliendo!
    Renato pestañeó y se enderezó. Aquella voz... ¡Él conocía aquella voz!... Inmediatamente se volvió hacia el interior y miró hacia la mesa  donde Tatiana y su grupo continuaban haciendo bulla. En eso, la muchacha terminó de recoger sus libros y ya estaba de pie delante de él. Renato se volvió hacia ella y pestañeó de nuevo.
    -¡Tú!...- tartamudeó, volviendo a mirar a la mesa -Pero... Tú...
    Era Tatiana.
    -¡Por favor, perdóname!...- exclamó ella, aún jadeante y agitada -Ocurrió un imprevisto y no pude llegar antes... ¡Por favor, perdóname!
    Renato se volvió hacia ella y se quedó contemplándola, sin decir nada. El hombre atrás del mesón abrió los brazos e hizo un gesto de "¡no entiendo nada!".
   Tatiana miró a Renato, que la observaba con semblante serio y cerrado e, tomándolo del brazo, lo llevó de vuelta al interior del bar.
    -Mira, te lo puedo explicar, ten paciencia conmigo... Yo no contaba con...
    -¡Espérate un poco!- la interrumpió Renato, deteniéndose bruscamente, y apuntando hacia la mesa donde la "otra" Tatiana se encontraba, agregó -¿Qué es eso?... ¿Quién es ella?... ¿Tú podrías...?
    Tatiana se empinó para mirar sobre su hombro, y cuando vio la escena que él apuntaba hizo un gesto de sorpresa y abrió la boca como para decir algo, pero en seguida soltó una risa y empezó a caminar hacia la mesa.
    -¡Ah, eso!...- exclamó, pescando a Renato de la mano y llevándolo con ella.
    -¿Pero qué...?- protestó él, reacio.
    Cuando llegaron junto a la mesa, Tatiana se inclinó y tocó el hombro de la chica sentada en la falda del muchacho de pelo largo y dijo, sonriendo:
    -¡Hola, mana!... ¿Cómo estás? ¿Aprovechando la happy hour?- en seguida se irguió y extendiendo la mano hacia Renato agregó, muy formal: -Renato, conoce a Livia, mi hermana gemela.
    Esta lanzó un grito de alegría y se arrojó al cuello de Tatiana, que la abrazó con algo de reprobación.
    -¿Tu hermana gemela?...- repitió Renato, totalmente perdido -Pero tú no me dijiste... ¿Y por qué te demoraste tanto? Ya estaba pensando que ella... Que ella y él...- se confundió, apuntando al chico de pelo largo.
    -El Rodrigo es mi pololo- explicó Lívia, volviendo a los brazos del muchacho. Y mirando maliciosamente a su hermana, añadió -¿Ese es tu pololo, manita?
    Tatiana se puso roja hasta la raíz del pelo e hizo un gesto indefinido, pero no respondió. Renato la pescó del brazo y se alejaron de la mesa con un breve saludo de despedida.
    -¿Me puedes explicar lo que pasó aquí?... ¡No estoy entendiendo nada!- le pidió, empezando a impacientarse con tanta confusión.
    Entonces, ella lo llevó hasta una mesa pidió un jugo y un whisky para él y acomodando sus libros con estudiada lentitud, lo miró con gesto juguetón y le tomó la mano.
    -Nunca saques conclusiones apresuradas- empezó, y Renato soltó u suspiro, empezando a relajarse -Llegué tan tarde porque tuve que ir a la universidad para rendir una prueba que estaba debiendo. La profesora me telefoneó hoy en la mañana para avisarme que dispondría de un horario hoy en la tarde para aplicarme la prueba. Era mi única oportunidad, caso contrario acabaría teniendo problemas en esa materia. Y como ayer nos despedimos con algo de prisa por causa de mi encuentro con mi papá, se me olvidó pedirte e número de teléfono, de manera que no tuve cómo avisarte sobre mi atraso- contó, calmadamente - Esa es mi hermana gemela que, como pudiste ver, es totalmente diferente a mí. Pero no te preocupes, mucha gente ya se confundió por eso...Por suerte, siempre conseguimos aclarar todo.
    -¡Puchas!...- exclamó Renato, esbozando una sonrisa medio avergonzada -¡Cómo fui estúpido al suponer que tú...!
    Pero ella no lo dejó continuar e, inclinándose de repente, lo besó suavemente en la mejilla.
    -¿Estás mejor ahora que sabes lo que realmente sucedió?- inquirió, con una pincelada de ironía en la voz.
    -Por un momento me pregunté si no estaba volviéndome loco- comentó él, sonriendo -Pensé que estabas tirando una conmigo... Pero no podía haberme engañado tanto respecto a ti- murmuró, acercando su rostro al de ella -Tú eres exactamente como pensé.
    El barman puso los cubos de hielo en el vaso con una amplia sonrisa de satisfacción en su rostro delgado, cortó una rodaja de limón, puso una cereza y en seguida derramó el licor transparente en el vaso. Pero esta vez no le entregó el trago a nadie. Levantando el vaso en el aire como si estuviera haciendo un brindis, se volvió hacia donde Renato y Tatiana intercambiaban secretos y cariños, y exclamó, para desconcierto de todos:
    -¡A la verdad, porque siempre triunfa! - y se tomó el vaso de una vez.
    Desde la mesa Renato se volvió y le guiñó un ojo, levantó su vaso también y brindó a la complicidad, a la verdad y al futuro que veía abrirse delante de él reflejado en los ojos oscuros de Tatiana.











domingo, 2 de fevereiro de 2014

"Siete días"

    Como prometí, aquí está el cuento de la semana. Estoy a todo vapor trabajando en otros -y que ustedes no me mandan ninguna idea para desarrollar- para poder mantenerlos muy interesados. Pensé que me iba a quedar sin internet por un tiempo después que me mudé al departamento nuevo, pero los tipos fueron muuuuy bacans y vinieron el mismo día de la mudanza e instalaron todo el negocio, entonces el trabajo no para... ¡Y aquí va!
    En realidad, este es un ejercicio que yo daba en mis clases, y que consistía en observar a alguien durante una semana y hacer una especie de informe romanceado sobre sus actividades. Si fuese posible, y si no se tratase de alguien conocido, el alumno debía hacer contacto con la persona para que así tuviera más información para su relato.  ¡Era una verdadera prueba de timidez para algunos alumnos!... Pero en general conseguían hacer lo que se les pedía y de allí salieron textos muy interesantes, que probaban el poder de observación, empatía y creatividad del alumno. Son historias simples, pero importantes para quien las vive.

Primer día: Temprano en la mañana, una joven mujer empujando un cochecito de bebé pasó apresuradamente delante de mi casa. Yo estaba saliendo para ir a trabajar y casi me estrellé con ella, tropecé en el cochecito y mi cartera cayó al suelo. Cuando me agaché para recogerla, pidiendo disculpas por mi distracción, vi en él a un bebé de unos cinco meses que, un poco asustado, me miraba fijo con sus pequeños ojos azules mientras masticaba su chupete. Hizo unos ruiditos divertidos, como para reprenderme por el descuido, y se estiró todo, queriendo salir del coche.
    -Perdóneme, es que estoy medio atrasada y ni me dí cuenta de que usted estaba pasando...- expresé, irguiéndome y sonriéndole, a lo que ella respondió apenas con un gesto de la cabeza y se agachó para calmar al niño.
    -Está bien, yo también estoy apurada. Tengo que dejar al Gabriel en la casa de mi mamá para ir a trabajar.- me respondió, seria.
    En seguida, se despidió con un breve ademán y continuó su camino. Mientras me alejaba, volví la cabeza para ver dónde paraba y descubrí que su mamá era la señora Soledad, una vecina que yo había conocido hacía dos años en un paradero de buses a camino del centro de la ciudad. Durante la larga espera -había un paro de conductores- acabamos entablando una agradable conversación y ella me contó sus planes de cambiarse a mi calle. Ya estaba con el ojo puesto en un terreno cerca de mi casa, donde podría tener un patio espacioso en el fondo para poder cultivar su huerta, sólo faltaba acertar el precio y luego empezaría a construir.
    -Nada muy grande, claro. Vivo sola y no necesito tanto espacio.- me explicó, entusiasmada.
    Poco tiempo después, consiguió comprar el terreno y construyó su ansiada casita, toda de cemento e tejas y pintada de blanco y amarillo mostaza. En el frene hizo un jardín yen el fondo, como planeara, plantó su huerta y unos limoneros, naranjos y una pequeña parra... Ahora, todos los días podíamos verla regando las flores y cuidando de huerto, poniendo a sus canarios debajo de los árboles y barriendo la vereda. Es una señora muy activa y alegre ala que le encanta conversar y saludar a todos los que pasan, mismo que no los conozca.
    Mientras me alejaba pude verla saliendo al portón para recibir a la hija y el nieto, que de inmediato tomó en brazos y besó ruidosamente. La hija le entregó una bolsa, probablemente con las cosas de bebé, y se despidió rápidamente, alejándose en dirección opuesta a la mía. La señora Soledad estaba a punto de entrar, sujetando la bolsa y el niño y empujando el cochecito con la mano libre, cuando me vio y me hizo un gesto para que me acercara. Yo le contesté , le di una mirada a mi reloj y concluí que todavía disponía de algunos minutos para conversar con ella. Me acerqué entonces, sonriendo, y la saludé.
    ¡Puchas, pero usted está desaparecida, mi niña!- exclamó ella, colocando al bebé de vuelta en el coche.
    -Es que mi vida anda medio corrida últimamente.- le respondí ayudándola con la bolsa, que empezaba a resbalársele del hombro - Creo que hasta yo misma me ando viendo poco!- bromeé.
   Ella lanzó la mirada por la calle abajo, en la dirección en que su hija se había ido, e hizo un gesto de preocupación, diciendo:
    -Mi hija, ¿sabe?... Esa muchacha que estaba aquí, ¿usted la vio?- yo asentí con la cabeza -Este es Gabriel, su hijito...- se agachó y le hizo cariño. Este estaba casi durmiendo, bien agarradito con su rinoceronte de peluche -La pobre, empezó a trabajar y todos los días tiene que venir para dejármelo porque donde vive no tiene quien se lo cuide. Yo le doy almuerzo, le hago la mamadera, le cambio los pañales, lo baño y le doy la cena y ella pasa a buscarlo en la noche, cuando sale del trabajo... Y todos los días es así ahora.- dijo, con voz quejosa -A mí me gusta cuidar al Gabriel, casi no da trabajo. Es un angelito!... Y después, alguien tiene que ayudar a mi hija para que ella pueda trabajar,pero le confieso que no estoy aguantando. Me duele mucho la espalda y las piernas, pero no puedo dejar botada a mi hija, ¿no es verdad?... Su marido inventó comprar un terreno en barrio en la periferia que no tiene ni asfalto ni cloacas y la iluminación es pésima. Yo traté de convencerlo para que comprara en otro lugar que fuera más cerca, hasta llegué a discutir con él, pero como es porfiado, insistió en quedarse allá porque era más barato y me aseguró que luego la municipalidad iba a asfaltar y colocar cloacas y que otras personas ya estaban construyendo por allá también entonces no iban a estar tan aislados... No me convenció mucho, pero ¿qué le voy a hacer? El marido no es mío. ¡Francamente, no sé cómo mi hija aceptó irse a vivir en ese descampado!...
    -Realmente es una cosa difícil.- comenté.
    -Y más encima, ahora el hombre me inventa de empezar a estudiar en la noche y mi hija es obligada a quedarse sola en ese fin de mundo hasta que él vuelve de la escuela, casi a media noche. ¡Si usted supiera el susto que pasa la pobrecita!.. El otro día, para que vea, ella estaba allá, esperándolo, sola con el bebé, cuando de repente empezó a escuchar unos ruidos en el patio. Me dijo que parecía que alguien estaba tratando de  saltar la  cerca -¡porque ni pared tiene todavía!- La pobre tuvo que hacer de las tripas corazón y salir a ver lo que estaba pasando. Cuando abrió la puerta, ¡imagínese, vio dos bultos saltando dentro del patio!... Menos mal que ellos tienen esos dos perros enormes. Fue lo que salvó a mi hija de sepa Dios qué... Los dos animales empezaron a ladrar como locos al ver a los intrusos, entonces mi hija fue y los desamarró. Ellos salieron disparados atrás de los hombres y los obligaron a huir. Pero imagínese si hubieran tenido armas. ¡Le dan un tiro a los perros y ahí van atrás de mi hija!... ¡Ni le cuento cómo estaba ella cuando el marido llegó a la casa!... Me dijo que hizo el tremendo escándalo y que él casi tuvo que venir a buscarme para que yo fuera a calmarla. Pero mismo así, ni piensa en cambiarse... Francamente, no sé lo que ese hombre tiene en la cabeza.- rezongó la señora Soledad , seria - ¡Y mire que ya le hablé de ese terreno que están vendiendo aquí en la cuadra de arriba, que sería ideal para ellos!...
    Yo miré mi reloj y me sobresalté. ¡El tiempo había volado, tenía que correr! Entonces, me despedí de mi amiga y me dirigí rápidamente hacia el paradero, dejándola en la vereda con el cochecito y la bolsa... Me hubiera gustado haber podido quedarme para ayudarla de alguna forma, pero tenía mis propios compromisos quqe cumplir.

Segundo día: Me levanté un poco más tarde, pues era mi día libre. Me tomé el desayuno sosegadamente, me vestí y salí al porche para respirar el aire fresco de la mañana. Todavía con el relato de la señora Soledad en la memoria, fui hasta el portón y di una mirada hacia sus casa en la esperanza de verla barriendo la vereda como todos los días, o tal vez jugando con Gabriel, pero todo estaba cerrado y silencioso. De inmediato me pregunté si no habría ido a pasar la noche en la casa de la hija por causa del episodio de los dos sujetos en el patio. LA pobre debía haberse quedado aterrada y como el marido no estaba dispuesto a cambiar de idea sobre irse a vivir en un barrio más cerca y con una estructura mejor, la señora Soledad se propuso a quedarse con ella hasta que él volviera de las clases o, quién sabe, hasta a dormir allá, regresando en la mañana con el pequeño Gabriel... Pensé que sería una  buena salida para el problema, pero también imaginé cuán difícil sería para la señora Soledad tener que desplazarse todas las tardes hasta la casa de la hija y dejar la suya abandonada. Supuse que sentiría falta de su cama, de su sofá, de su porche, encontraría raras las ollas, los platos, los muebles, el silencio -ya que nuestra calle era bastante ruidosa- pero sobre todo, tuve certeza de que lo peor sería la falta e privacidad. Doña Soledad vivía sola hacía años y se había acostumbrado a ser independiente, e tener sus rutinas, pero como ella misma me había dicho una vez: "Madre es madre para toda la vida y los hijos vienen siempre en primer lugar, no importa el sacrificio que esto nos cueste. Entonces, pensé que si, efectivamente era eso lo que había sucedido, ella no estaría arrepentida.
    Me quedé un poco más en el portón espiando la casa y pensando en ir a regar ls plantas del porche o el jardín, que eran la niña de los ojos de doña Soledad, pero supuse que ella las había regado antes de salir. Sonriendo al imaginar a la mujer vivaz, organizada y abnegada que tenía como vecina, volví para dentro preguntándome si yo seria  capaz de actuar así  cuando tuviera mis propios hijos.

Tercer día: Cuando salí a la calle en la mañana temprano a comprar pan y leche, vi varios autos estacionados delante de la casa de doña Soledad y un entra y sale de gente con fuentes, botellas de bebida, bolsas con verduras y frutas, paquetes de carne y azafates con lasaña. La música ya sonaba alto en uno de los carros y flotaba en el aire el característico olor del carbón calentándose en la parrilla para el asado. La señora Soledad no se divisaba por allí; probablemente ya estaba en la cocina preparando su famoso pollo con polenta y organizando las tareas para que los niños tuvieran algo que hacer y no anduvieran por ahí haciendo pillerías: arreglar las mesas y sillas, disponer platos, servilletas, vasos y cubiertos en la terraza cubierta. Una hamaca de coloridos flecos había sido colgada en el porche y los pequeños se la disputaban entre gritos y empujones. Algunos muchachos jugaban una pichanga n el medio de la calle y otros solamente observaban, con su lata de cerveza en la mano y ese aire displicente típico de la edad... Imaginé la felicidad de doña Soledad con la casa llena -¡por cierto, estaba sorprendida con la cantidad de parientes que tenía!- pues es una mujer hospitalaria a que le encanta exhibir sus dotes culinarios y recibir visitas para conversar e intercambiar recetas. Hasta le había confiado a mi madre los ingredientes de su delicioso pavé de mango y todo último fin de semana del es nos deliciávamos con él a la hora de almuerzo...

Cuarto día: Hoy día, cuando salí a trabajar, vi que todavía había un par de autos estacionados al frente de la casa de doña Soledad, lo que significaba que alguien se había quedado a dormir después de la fiesta. Todo estaba silencioso, pero allá en el fondo se podía escuchar el água de la manguera corriendo. La señora Soledad estaba levantada y cumplía sus sagrados deberes de cada mañana. Poco después apareció en el porche con la escoba y su delantal escocés, dio una enérgica barrida, ablandó los cojines de las sillas, enrolló la hamaca, arregló las sillas alrededor de la mesa y finalmente bajó al jardín. Allí recogió las latas de cerveza, platos y vasos desechables, servilletas y restos de comida, con expresión de reprobación ante tanto desorden, y lo puso todo en una bolsa de basura que había traído. En seguida, soltando un suspiro y levantándose, respiró hondo el aire fresco de la mañana y sonrió, cerrando los ojos. Dejó pasar algunos segundos y luego fue hasta el portón, lo abrió y salió a la calle para empezar a barrer. Fue entonces que me vio. Inmediatamente una brillante sonrisa distendió su cara arrugada.
    ¡Mi niña, usted está ahí!- exclamó, agitando una mano.
    -¡Buenos días, señora Soledad!- respondí, acercándome. Hoy día no estaba atrasada.
    -¡Puchas!, ¿vio ayer? ¡Faltaba sólo el papa aterrizar en mi casa!- dijo, riéndose -¡Vino todo el mundo!...- apuntó al porche, torciendo los labios -Pero mire el tremendo desorden que hicieron. Debería ir a despertarlos para que vinieran a limpiar y ordenar, ¿no cree?...
    -Pero fiesta es así mismo- respondí -Luego van a despertar y ahí usted los pesca y los trae para ayudarle.
    Ella se rió y puso cara de remordimiento.
    -Los pobres, se quedaron despiertos hasta tan tarde... Me da pena llamarlos...- me miró, como avergonzada -Uno no tiene caso, ¿verdad? No se cansa de malcriarlos y después reclama.- y se rió de nuevo.
    - Es que cuando se trata de la familia, uno siempre se derrite.- Yo también soy así  le con mis hermanos.- le dije, apoyando la mano en su hombro delgado -¿Y cómo va ese asunto de su hija?
    Ahí se puso seria. Se apoyó en la escoba y suspiró.
    -Ese cabeza dura de mi yerno... Estoy tratando de traerlo para acá para que por lo menos le de una mirada al terreno, ¿se acuerda que le hablé de eso?.
    -Me acuerdo. ¿Y qué pasó?.
    -Nada, el porfiado no quiere ni saber. Que ya compró esa otra, que luego se acostumbran, que van a poner carabineros, que pronto va a construir el muro en el patio... ¡Puras disculpas para no dar el brazo a torcer! ¿Pero dónde se ha visto una cosa así, poner en riesgo la seguridad de la mujer y el hijo?.- exclamó, impaciente.
    -¿Pero su hija no puede conversar con él para tratar de convencerlo de que venga a dar una miradita por lo menos?- sugerí, apenada por la situación de mi amiga.
    -Ya hablé con ella, pero no sé... El tipo es muy burro.- respondió doña Soledad, desanimada.
    Yo miré mi reloj. No podía llegar atrasada de nuevo.
    -Bueno, doña Soledad, desgraciadamente tengo que dejarla o voy a llegar tarde... Puchas, pero qué pena que su yerno sea tan cabeza dura. Tenía que pensar en el bienestar de su esposa y de su hijo, ¿no?...- le dije, sinceramente afligida.
    -Eso es lo que yo le digo, pero él...- e hizo un gesto de displicencia, encogiéndose de hombros.
    Empecé a alejarme.
    -Pero quién sabe no recapacita y decide venir a ver el terreno, se entusiasma y lo compra.- expresé, sonriendo para darle ánimo.
    Ella puso cara de desaliento.
    -El dice que no tiene más plata, pero yo ya le expliqué que el dueño está dispuesto a hacer un trueque... Y ahí él me alega que no tiene nada que trocar... Y yo me quedo mirando ese terreno maldito donde está viviendo, pero él, nada.
    -¡Vamos a hacer barra!- exclamé, saludándola, a lo que me respondió sin muchas ganas.
    Cuando me subí al bus ella estaba barriendo enérgicamente la vereda, como queriendo espantar sus disgustos.

Quinto día: Parece que doña Soledad fue de nuevo a pasar la noche a la casa de su hija porque cuando salí a la calle, su casa estaba cerrada y silenciosa. Al atardecer, cuando regresé, las persianas ya estaban abiertas y los canarios en el porche, pero nada de doña Soledad. Usualmente, a esa hora ella sale a sentarse un rato en su mecedora para contemplar el paisaje y saludar a los vecinos que vuelven del trabajo. Pero hoy la silla estaba vacía... Me quedé bastante preocupada, pero preferí no ir a perturbar. También decidí no preguntar nada en caso de que nos encontráramos a la mañana  siguiente. Con certeza, si ella no estaba allí afuera era porque necesitaba estar sola para resolver sus asuntos y yo no iba a interrumpirlas con mi curiosidad. Tampoco iba a ponerme a hacerle preguntas que a lo mejor ella no deseaba responder. Quería mucho ayudarla, pero no quería ser entrometida. Fui a cenar y a ver mi novela, pero en la noche me demoré para dormir pensando en ella.

Sexto día: Hoy día doña Soledad reapareció, pero sólo conseguí divisarla de lejos, en el paradero e la esquina, justo cuando se subía al bus antes del mío, muy bien arreglada -inclusive de taco alto- y apresurada. Traté de alcanzarla, pero el vehículo ya había empezado a andar, entonces me quedé ahí, mirándola a través del vidrio sucio del bus mientras ella pasaba ágilmente por el corredor y se iba a sentar al otro lado. no conseguí distinguir la expresión de su rostro, por lo que toda mis preguntas quedaron sin respuesta... Pero estaba yendo al centro, con certeza, y ella sólo hacía esto en ocasiones muy especiales. Entonces me pregunté, más curiosa si cabe: ¿qué ocasión especial era esta?"... Mas no tuve ninguna pista y cuando llegué a casa en la noche, ella todavía no había vuelto. La casa continuaba silenciosa y obscura. ¿Mas qué diligencia tan larga era esa?

Séptimo día: Hoy, cuando salí para el trabajo me sorprendí al ver aquel montón de gente en el jardín del frente de doña Soledad, todos vestidos con shorts y camisetas, pantalones y tenis. Un gran camión de carrocería blanca estaba estacionado en la vereda y reinaba una tremenda confusión, pero del tipo positivo. Todos reían y hablaban en voz alta, iban y venían dando órdenes y traían cajas de cartón vacías hasta el camión. Yo no entendía lo que estaba sucediendo, pero definitivamente no era una de las reuniones que la señora Soledad acostumbraba organizar. De lejos la vi, también de camiseta y zapatillas, empujando el coche de Gabriel, que movía manos y piernas y le sonreía a todos, encantado con toda la agitación a su alrededor. No me aguanté y fui hasta allá. A final de cuentas, ¡el suspenso me estaba matando!.
    -¡Buenos días, doña Soledad!
    -¡Buenos días, m'hija!...- respondió, abriendo los brazos. Parecía realmente contentísima.
    -¡Pero qué bueno verla así tan bien dispuesta!- dije, saludándola con un beso -¿Pero qué es todo esto? ¿Está organizando otra fiesta?
    -¡No, nada de eso, mi niña! ¡Estoy organizando una mudanza, eso sí!- exclamó.
    -¿Cómo así, una mudanza? ¿Se va a cambiar de aquí?...- pregunté, sorprendida.
    -No, yo no.- apuntó hacia el cochecito -¡Pero mi hija sí!- y soltó una carcajada rica, agachándose para estampar un sonoro beso en la mejilla gordinflona del nieto -¡Hoy va a ser un día  perfecto!... Entonces, si me perdonas, hija, tengo mucho que hacer.- concluyó, sin dejar de sonreír .En seguida se volvió hacia el personal y comenzó a dar órdenes y a organizar tareas como un mariscal de campo.
    Yo me despedí, sonriendo también. Claro que doña Soledad no podía estar tan contenta solamente porque estaba organizando otro almuerzo, sino por un hecho mucho más relevante. Como el haber convencido a su yerno a mudarse de ese fin de mundo para la calle de arriba. Con certeza fue ella quien intermedió la negociación con el dueño del terreno que, no se sabe por qué, accedió a cambiar este de aquí por ese otro. Pero eso no importaba ahora. Lo importante era que su hija y su nieto estarían bien cerca ahora y que podría disfrutar de su compañía cuando quisiera, sin tener que sacrificar su casa ni sus rutinas para ir a meterse en aquellas quebradas peligrosas para ayudar a cuidar a Gabriel. Tanto había insistido que lo había conseguido.
    Viré la esquina en dirección al paradero aún con la imagen de aquel grupo animado y ruidoso tomando cuenta de la calle para ayudar en la mudanza e instintivamente me pregunté si algún día yo tendría una familia igual o, al menos, parecida. La señora Soledad afirma que sólo por eso ya vale la pena vivir.