Era para ser ayer, pero, como siempre, surgió un pequeño imprevisto -visitas sorpresa con toda la atención, cortesía, tazas de té y tostadas que esto implica y más encima sin hora para irse- y tuve que dejar la publicación para hoy, pero lo más importante es que, finalmente, voy a postearla, porque ya les estoy prometiendo esta historia hace casi un mes!... Pero créo que agora que el musical que estamos montando entró en la fase de ensayos generales, voy a tener más tiempo y voy a poder organizarme de modo que pueda volver a dedicarme a mis textos y a estos dos blogs de historias. Tengo muchas para corregir y postear (descubrí un archivador viejo perdido en el fondo de un closet lleno de cuentos que hasta se me habían olvidado!) pues no quiero que se pierdan y aún tengo otras ideas rondandome para nuevos cuentos... Bueno, como pueden ver, no es por falta de inspiración o material que no estoy publicando con más frecuencia, sino por una pura cuestión de tiempo y organización, pero como soy una fiel representante de los leoninos, tengo certeza de que voy a conseguir dar cuenta de esto... Prepárense entonces!
Y aquí está la primera parte de este cuento, que es uno de los preferidos de mi hermana, entonces vá dedicado especialmente a ella.
Bien temprano, cuando el sol apenas despuntaba atrás de las colinas que circundaban a la ciudad y la neblina todavía goteaba sobre el paisaje adormecido, la viejecita abría lentamente la puerta de la calle y con sus manos arrugadas y temblorosas, ya deformadas por la artritis, arrastraba con grandes esfuerzos la pesada mecedora hasta el porche. Permanecia allí durante algún tiempo, acomodándola aquí y allí, sacudiendo los cojines y estirando la manta, poniendola en la mejor posición para poder tener una vista lo más amplia posible de la calle y de las personas que por ella pasaban, y cuando estaba satisfecha, daba una mirada a su alrededor y respiraba profundamente el perfume de las flores y enredaderas que adornaban los pilares y el techo del porche -todas plantadas por ella- Entonces, hacía una pequeña pausa y sus ojos medio apagados se posaban con especial cariño en el ipé que crecía junto al muro de ladrillos. Era el mismo que ella y su esposo habían plantado cuando constuyeron aquella casa, una mudita escuálida y pálida que parecía no tener futuro alguno, pero que con los cuidados y el abono que ella le había ofrecido, acabó transformandose en ese árbol fuerte, alto y esbelto, que dos veces al año adornaba la calle y llenaba la vereda y el pasto con su delicada lluvia de flores amarillas. Todos reclamaban por tener que pasárselo barriendolas, pero ella permanecía extasiada observandolas abrir y después caer, como alas de mariposa o lágrimas de oro, hasta que el árbol quedaba competamente desnudo... Recordando ahora aquel espectáculo glorioso, esbozaba una lenta sonrisa de complicidad y murmuraba algunas palabras que tan solamente ella y el árbol podían escuchar y comprender, y suspiraba de nuevo, con el corazón apretado por la nostalgia...
Terminado su ritual, se sentaba, quieta y silenciosa, meciendose suavemente, y lanzaba la mirada hacia la calle, atenta a todo lo que estaba sucediendo o podía suceder. Su cuerpo menudo, casi el de una niñita, envuelto en esas ropas viejas y descoloridas del silgo pasado que ella se negaba a abandonar, permanecía allí, inmóvil y expectante por horas, tomado por aquella incierta y casi imperceptible ansiedad, como si esperase ser testigo de algún milagro admirable, de alguna revelación o un encuentro memorable. No pronunciaba una palabra; parecía totalmente absorta, lejana, sumergida en mundos distantes y misteriosos que solamente ella era capaz de ver, y nadie se preguntaba en qué estaría pensando, o qué estaría sintiendo; simplemente la dejaban permanecer ahí, porque así daba menos trabajo. El desayuno, el almuerzo y la cena le eran servidos en una bandeja ahí mismo, en el porche, visto que había sido imposible convencerla a ir hasta el comedor para juntarse con la familia, y ella comía un poquito, como un gorrión, sin que le importara mucho lo que hubiese en su plato. Pasaba el día entero en profundo silencio, meciendose suave y rítmicamente en su vieja mecedora, sin prestar atención a las personas de la casa, atareadas a su alrededor, al ruido, a las voces, a las pequeñas escaramuzas domésticas, a la correría de los perros y al incesante parlotéo del loro en la jaula colgada en la terraza trasera, ni a la televisión o a la radio. No se fijaba en los que entraban y salían, pasando apresuradamente por su lado y lanzandole un beso o algunas palabras de cortesía que sonaban como el zumbido de algún insecto, ni en aquellos que la saludaban desde la vereda y le preguntaban por la salud o simplemente hacían un gesto y le sonreían... Nada distraía su atención de esa especie de espera en la cual parecía vivir últimamente. A veces alguien se acercaba a la mecedora y se sentaba a su lado para hacerle compañía por algunos minutos y conversar sobre asuntos banales, para reclamar un poco, hablar de los muertos, de los precios, las enfermedades y recuerdos, y la viejecita viraba sus ojos transparentes hacia aquel rostro que debería serle familiar y se quedaba contemplándolo, sorprendida y desconcertada, sin saber muy bien cuál respuesta debería dar a aquel monólogo lleno de expresiones que no conseguía comprender. Parecía como aturdida, ausente, y sentía una vibración súbita y violenta golpearle los huesos adoloridos y penetrarle el cerebro mientras escuchaba el tono monótono y amargado, lleno de disfrazadas intenciones, de aquel que conversaba con ella pensando que era como confesarse a una puerta. Pero ella percibía, ella descubría con seceto e infantil espanto todos los tonos, cada intención: codicia, envídia, resentimiento, maledicencia, culpa, frustración, tristeza, fracaso... Por Dios, tanto fracaso!... Pero, por qué venían a contarle a ella? Sólo porque estaba demasiado vieja para juzgarlos o criticarlos, para cobrarles una actitud o castigarlos? Porque, en su estado mental, lo único que podia hacer era limitarse a escuchar, mismo sin comprender, lo que era un alívio para quien hablaba?...
No podía afirmar que recordaba con certeza su edad, pero esto no la había hecho perder la sensibilidad ni la percepción de las cosas a su alrededor. Muy al contrario, se sentía ahora dueña de una intuición mucho más clara y precisa, de una atención focalizada en aquello que realmente importaba, de una percepción capaz de penetrar todos los disfraces y barreras que las personas construyen para esconderse. Entonces, su inmovilidad y su silencio o eran señales de senilidad, como escuchaba a todo el mundo cuchichear, sino una demostración de sentido común. Ahora que todos los huracanes, vendavales y terremotos provocados por las pasiones de la juventud se habían extinguido, sentía como se una nueva puerta se hubiese abierto delante de sus sentidos y más allá del umbral divisaba paisajes misteriosos y sorprendentes, sembrados de nuevas aventuras y promesas, de nuevos desafíos y proyectos, de otros niveles a ser alcanzados, otros peldaños a ser escalados, y todo esto era completamente facinante, delicioso, si bien algo asustador. Y, sinceramente, después de todo lo que había oído decir sobre la vejez, esto era lo que menos esperaba encontrar!... Pero pasadas las necesidades y aflicciones, las ambiciones y realizaciones de ocho décadas, su cuerpo parecía haber empezado finalmente a entrar en sus ejes, a transformarse, adquiriendo nuevos sentidos, nuevas capacidades, una nueva conciencia, otro ritmo, lento y sabroso, profundo, tan profundo que a veces ella misma se sorprendía. Se habían desmoronado las vanidades, se habían diluído los apegos, habían cambiado las ambiciones; las angustias sobre el futuro, la familia y el trabajo eran cosa del pasado. Se habían desvanecido poco a poco -tan lentamente que ni lo había notado- las pasiones, las grandes iras, los profundos abismos y las llamaradas calcinantes que tuvo que enfrentar mientras maduraba y luchaba para conquistar su propio espacio en el mundo. Año tras año había se comido su fruta y finalmente había llegado al carozo... Y éste era tan sorprendente, tan inusitado y al mismo tiempo obvio, que con frecuencia despertaba una sonrisa traviesa en sus lábios apergaminados. Pues qué era lo que él contenía sino la semilla de una nueva vida? Cuál era el secreto que escondía en su cuerpo seco y endurecido, tan parecido con el de ella misma? Nada menos que el ciclo perfecto e infinito de la creación, y estaba convencida de que esto se aplicaba fielmente a ella misma y que, después de la muerte, una nueva existencia vendría a tomar cuenta de su alma... Qué más necesitaba entonces? Nada la inquietaba, nada la amedrentaba, no tenía urgencia de nada. Esta había sido la última revelación y, después de conocerla, todo lo demás perdía importancia... Por eso se sentaba todas las mañanas en su mecedora y esperaba, expectante. A veces se preguntaba qué sería lo que vendría a continuación, cómo todo sucedería, si sentiría alguna cosa o todo sería como un profundo suspiro, como un pestañear lento y empañado, pero no pensaba demasiado en estas cuestiones y prefería dejar los acontecimientos en las manos del destino, que tan generoso se había mostrado hasta ahora.
El mundo agitado y ruidoso a su alrededor era como un espejismo poblado de fantasmas que actuaban de forma ilógica y precipitada, presos en sus miedos y errores, en sus resentimientos, en sus pérdidas. Entonces, la viejecita en la mecedora cerraba los ojos y, dandose otro impulso, continuaba a mecerse, quieta y callada, prefiriendo volverse hacia las cosas simples y naturales que la rodeaban y con las cuales ahora podía comunicarse, que gastar la poca energía que le restaba tratando de entender o participar de esa película non-sense de la que su familia era protagonista. Y mirando estas cosas simples a lo largo de las horas sin fin, se sentía despertar para el milagro que ellas contenían, para sus mensajes y lecciones, para su presencia por tanto tiempo ignorada.
Entonces, de repente, como en un relámpago, se daba cuenta de cuánto tiempo había vivido allí, recorriendo esa misma calle al ir y volver del trabajo, de la panadería, de la iglesia, de la escuela de los niños! Cuántos años había deambulado por esos cuartos ordenando, barriendo, lavando, cocinando, adornando! Cuántos finales de semana había disfrutado de ese jardín y sus colores y perfumes, de la sombra murmurante de los árboles, los hijos corriendo y gritando, el olor del asado flotando en el aire y llenando de água la boca de todos! En cuántos atardeceres había salido al porche para contemplar los últimos rayos del sol meciendose en esa misma silla, unas veces de manos entrelazadas con el esposo, otras con un hijo en la falda, unas pocas con un libro o escuchando la música que venía de la radio de la cocina, en el invierno o en el verano, para darle a su cuerpo cansado y lastimado por todas las penas cotidianas un poco de sosiego, de intimidad, de reestructuración... Cuántos Domingos había entrado al amanecer en la iglesia fría y sonbría para arrodillarse y recibir el "pan de los ángeles" después de dejar en su propia mesa el café fresco y la leche, el pan todavía caliente y la mantequilla, el queque de limón cortado y oloroso cubierto con un paño blanquísimo. Ese era el otro pan que necesitaba para vivir, pues su cuerpo era fuerte y activo, así como su espíritu, entonces necesitaba ser constantemente alimentado con cosas buenas y frescas... A viejecita cerraba los ojos delante de aquella especie de película que desfilaba por su mente, y le parecía todo tan cercano y tangible que a veces estiraba una mano para tocarlo... Entonces, cuchicheaban que deliraba... Pero no era eso; ellos que continuasen pensando aquello si los dejaba más tranquilos. No, aquello todo no era delirio, sino un relatorio minucioso y precioso
de todo lo que se llevaría con ella cuando llegara el instante de la partida, y el gesto en el aire era el intento de aprisionarlo y guardarlo en su corazón... Y cuando se daba cuenta de lo que estaba haciendo, se sentía súbitamente estremecida por la certeza de la llegada de este nuevo y extraño capítulo en su vida: la despedida.
Y semana que viene postéo la segunda parte del cuento. Espero que les guste!.
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