Ya sé que había prometido los cuentos para ayer, pero tuve un pequeño e inesperado inconveniente y terminé atrasándome. Sin embargo, como me gusta cumplir mis promesas, aquí están las historias. ¡Y pueden disfrutarlas en el feriado!
DESCONFORME
Le cargaba levantarse temprano, siempre le cargó, desde que tenía que madrugar para ir al colegio. Y le parecía una cruel ironía que, ahora que estaba grande, el único trabajo que pudo conseguir la obligaba a levantarse de madrugada de nuevo. Eso después de haber pasado una pésima noche porque, de nuevo, tuvo que traerse al cabro chico a su cama porque se puso a llorar y todos empezaron a reclamar. Puchas, ¿cuándo será que aprendería a dormir solo?... Ya estaba hasta la coronilla de tener que pasar la noche toda apretada porque al cagón le daba miedo su cama... Y ahora, ese maldito despertador... Echó la ropa para atrás y se sentó desganadamente. Se restregó los ojos, se estiró. Se puso las zapatillas y fue al baño a lavarse la cara. No había agua caliente. De nuevo. Volvió a la pieza y se vistió, dándose una mirada en el espejo al pasar. Ropa vieja, manchada, heredada de su hermana mayor, más gorda que ella. Los zapatos ya estaban deformados y las medias llenas de hoyos.... Fue a la cocina -ese cubículo hacinado, con las paredes descascaradas y manchadas de humo y mohín- La cocina sólo tenía dos bocas buenas y un ladrillo en ligar de una de las patas. Puso el agua a hervir en la tetera abollada y negra. Se hizo un té aguado (porque la bolsita tenía que servir para dos veces) y sacó una marraqueta añeja de la bolsa de plástico colgada atrás de la puerta. Le pasó un poco de margarina, de esa barata que más tenía gusto a hueso viejo. Y eso era todo. Se puso el chaquetón, los guantes, el gorro, la bufanda, pescó su cartera y su bolsa y salió silenciosamente. Los demás empezaban a despertarse.
Tomó dos micros atiborradas y hediondas, un metro también lleno y casi perdió la estación porque se quedó dormida en pie, apoyada en la pared del vagón. Llegó caminando despacio, soltando suspiros de disgusto y frustración. Se puso el uniforme, que le quedaba inmenso y estaba todo deshilachado y lleno de manchas,, agarró los escobillones, las bolsas y la pala. Hizo un poco de asco, pero terminó poniéndose los guantes percudidos y apestosos porque en realidad nunca sabía qué porquería iba a tener que recoger en la calle. Tomó su carrito pesado, maloliente,, sucio, con una rueda chueca, que la obligaba a usar más fuerza para empujarlo, y salió atrás de sus compañeros que se dirigían al camión que los llevaría a sus destinos.
Cuando se abrió la puerta y Verónica bajó a la calle se quedó un rato para allí, mirando a su alrededor, descorazonada, frustrada... Había basura como si ella no hubiera venido el día anterior y se hubiera quebrado el lomo barriendo y restregando el suelo de las porquerías que los transeúntes arrojaban. Era un trabajo completamente inútil, se dijo, haciendo una mueca de rabia, pero no podía darse el lujo de perderlo... ¿Y entonces por qué la miraban así? ¿Acaso no era para estar descontenta?.
JUNTITOS
Cuando el Robertito nació, su papá ya se había mandado cambiar, entonces sólo quedaron la Juana, su madre, y él. A pesar de ser tan joven, la Juana apechugó, nunca se rindió e hizo de todo para sacar adelante a su hijo. Se fueron a vivir a una pieza en una pensión medio arruinada, con sólo un baño en el corredor, en un barrio peligroso, lleno de pasajes y calles oscuras y sucias. De las piezas vecinas les llegaba el alboroto de otros chiquillos, los gritos de las peleas entre las parejas, la música escandalosa de los borrachos. De la calle se arrastraban los ladridos de los perros, los balazo, las sirenas, los pasos fugitivos escurriéndose por entre as callejuelas... Pero ellos no parecían preocupados con todo esto Vivían su vidita como separados del resto del mundo, sólo los dos. Celebraban las fiestas patrias poniendo su bandera en la ventana de barrotes oxidados, la Juana hacía tres empanadas y y ambos se sentaban en la diminuta mesa de madera barnizada de grasa y polvo y se las comían oyendo música chilena en la radio. A veces hasta arriesgaban unos pasos de cueca. En navidad ponían un arbolito (en realidad, un macetero con una planta medio raquítica que tenían en a ventana) y lo adornaban con papeles de color y tapas de botella, se abrazaban a medianoche y cenaban un pollo con arroz y ensalada de tomate que la Juana había comprado con las monedas que había ahorrado de los lavados y planchados. Los cumpleaños los cantaban comiéndose un paquete de galletas rellenas y un vaso de jugo, los dos juntitos y contentos. Robertito iba a la escuela de camisa percudida y calcetines zurcidos, los zapatos brillantes con la suela agujereada y los mismos pantalones que lavaba el fin de semana. Llevaba sus cuadernos en una bolsa de plástico y no le importaba que se rieran de él porque su chaqueta tenía hoyos en los codos. Lo que importaba era estudiar, terminar el colegio, ir a la universidad, graduarse y y encontrar un trabajo para poder sacar a su madre de allí y que pudiera finalmente descansar. Ella era su vida, su motor, su inspiración, su ideal. Estaban siempre juntitos, cómplices, confidentes, consejeros. Todo lo hacían pensando en la felicidad del otro. No existía nadie más en el mundo para ambos. Por eso, cando la Juana le contó a su hijo que estaba con cáncer y que no le quedaba mucho tiempo, Robertito tomó la decisión más radical de su vida. La única que podía tomar en esas circunstancias: se sacó los zapatos y se tendó en la cama al lado de su madre.
-¿Pero qué haces, hijo?- le preguntó Juana.
El la miró, serio, y suspiró con firmeza.
-Me muero junto con usted, pues, mamita.- le respondió, acurrucándose junto a su pequeño y exhausto cuerpo.
-Hijo...- murmuró Juana, abrazándolo suavemente. Y cerrando los ojos, sonrió.
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