¡Creo que ahora sí que la cosa engranó! Ya tengo unos cinco o seis cuentos escritos, listos para publicar, y las ideas no dejan de venir a mi cabeza, a pesar de la preocupación con toda esta situación de los incendios, el humo, el polvo de las cenizas en todas partes y el calor casi insoportable que estamos teniendo que aguantar por causa de ellos
AVANZAR
Ahí estaba la bolsita de nylon roja, aplastada contra la reja cuadriculada del corredor del museo por la fuerza del viento. De repente paraba y ella sentía que saldría de esa trampa y podría avanzar un poco, pero nadie se fijaba en ella, que luchaba por libertarse del duro metal negro. No tenía nada contra el viento. En general, era su amigo y la llevaba a lugares inesperados, lindos, misteriosos, perfumados, con música y pájaros. Le encantaba cuando la pescaba y la lanzaba hacia arriba, por entre los edificios y las antenas; se cruzaba con palomas, gaviotas, tordos y hasta gavilanes. Pasaba rauda y danzante delante de los balcones donde se secaba la ropa, florecían los maceteros, los perros dormitaban en la sombra y cajas se apilaban junto con bicicletas, mesitas, colchones y, en navidad, luces, guirnaldas y adornos... Sí, el viento era su amigo, le había enseñado a bailar, pero hoy estaba de mal humor e insistía en mantenerla en el suelo, exprimida contra aquella reja, jugando cruelmente con su sed de avanzar, de conocer, de elevarse y sentirse libre, a salvo de los barredores y los camiones de basura... ¿Qué hacer? ¿Tenerle paciencia y entender que estaba pasando por un mal día?... El problema era que, si no la dejaba irse luego, alguien la iba a recoger y a botarla en algún basurero y ahí sería el final de todo.
Y de repente vino un niño. Un mocoso de pelo negro y ojos rasgados que, al verla, abrió una sonrisa y se le acercó saltando. Parecía encantado con ella. Tal vez por su color rojo brillante... La bolsita aguardó, expectante. ¿Qué iba a hacer el mocoso?... Este llegó junto a ella y de un tirón la desenredó de la reja, la quedó mirando un momento y de repente pareció ocurrírsele una idea. La puso abierta contra el viento, dejando que se inflara y, abriendo mucho la boca, con los ojitos brillantes, la soltó... La bolsita salió volando, veloz, libre, contorciéndose de pura felicidad. Y desde arriba miró al chiquillo, que saltaba y se reía, revoloteando en la vereda llena de gente, encantado con su baile alocado por entre los edificios, y de repente pensó: "No es tan diferente a mí"...
IGUAL A LOS DEMÁS
Andaba por el barrio sin rumbo, mugriento y hediondo, hablando solo, con la mirada siempre perdida en algún punto indefinido. A veces se lo pasaba el día entero sentado en una escalera o en la vereda, apoyado en alguna pared, discurseando y comiendo lo que conseguía en las fuentes de soda o restaurantes y panaderías de los alrededores. Los funcionarios le daban pan, o alguna bebida, unos restos de comida china, de pollo frito o papas, y él se lo comía todo. "Estómago de avestruz", le decían, lo que no quería decir que de vez en cuando no anduviera con los pantalones todos cagados... Nadie le hablaba o lo saludaba. Cuando aparecía, simplemente alguno de los empleados corría a buscar un cartucho o un plato de plástico, tiraba unos restos adentro y se lo entregaba, conteniendo la respiración para que no le dieran arcadas por el hedor espantoso del hombre. No era nadie. No era nada fuera una molestia repulsiva que paseaba por ahí ensuciando y asustando a los cabros chicos. Invierno o verano con la misma ropa: la parca enorme y dura de mugre, los pantalones de ese color indefinido, tiesos de orina y heces, zapatos casi deshaciéndose, el pelo largo y chascón, ya medio canoso, barbudo, dientes negros, uñas largas y quebradas... Un desastre ambulante del que todos querían distancia.
Hasta que un día, alguien venció todas estas barreras y lo agarró, le cortó el pelo, lo afeitó, lo bañó, le dio ropa y zapatos nuevos, le cortó las uñas y hasta le tiró unas gotas de colonia. Sin aspavientos, lo devolvió a la calle y ahí estaba el mendigo, transformado, caminando entre la gente, irreconocible, igualito a un tipo decente y cuerdo. Y ahora las personas, sin reconocer en él al sujeto asqueroso y asustador que merodeaba por el barrio, lo saludaban, cuando aparecía en la puerta de los cafés y las fuentes de soda se le acercaban y le preguntaban lo que quería, le conversaban confiados, relajados, se paraban a su lado sin remilgos... Porque era como los demás.
Y su benefactor miraba de lejos y se reía.
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