terça-feira, 5 de janeiro de 2010

El monstruo

Tengo que confesar, antes de cualquier otra cosa, que ayer sucedió algo muy divertido cuando empecé a escribir por primera vez en este blog nuevo. Olvidándome por completo de que a lo mejor -con certeza, en verdad- hay personas que no me conocen y que no tienen la menor idea de que ya poséo otros dos blogs (uno en portugés y el otro en español, porque soy chilena,
pero vivo en Brasil) con crónicas, y que éstas también son publicadas en el diário "Folha de Londrina", en Brasil, fuí presentando mi primer texto así, sin más ni menos, sin ninguna explicación, ya que les había comunicado a mis lectores que abriría otro blog solamente con historias de ficción. Ahí, después de haberlo publicado, muy satisfecha, con un tremendo dolor de espalda, calambres en los dedos y absolutamente esperanzada en una buena recepción por parte del público, igual a la que mis crónicas reciben, me fuí a acostar, dispuesta a recargar mis baterías para publicar la segunda versión de esta historia a la mañana siguiente, ahora en español... Y de repente, en medio de la noche, en una de las veces en que me levanté para ir al baño -porque con este calor desgraciado que está haciendo el único consuelo que nos queda es beber litros y más litros de té helado- me dí cuenta de que, simplemente, en medio de mi enloquecido entusiasmo, me olvidé de presentarme para aquellos que no saben nada de mis crónicas y que tal vez visiten solamente este blog!... Entonces, para dejar las cosas claras y actualizadas, aquí vá una pequeña reseña de quién diablos soy y qué es lo que pretendo: mis datos principales están en el perfil, así como mi foto, sólo que ahora estoy con 53 años, pero mi cara no cambió nada, por lo menos así me parece... Por qué decidí publicar mis textos de ficción en un blog? Bueno, porque las cosas con las editoriales están completamente imposibles, sobre todo para escritores desconocidos o puramente regionales, para los cuales ellos vienen con ese cuento de: "Puchas, sus textos son magníficos! Los vamos a publicar, claro! Aqui vá una muestra de la capa y del tipo de papel que estamos planeando usar, pero... (y aquí está la jugada magistral que nos elimina automáticamente del páreo) usted tendrá que contribuir con la mitad de los gastos de impresión y la divulgación quedará en sus manos, para lo cual le enviaremos mil ejemplares a su domicilio"... Es un chiste, no? No tengo plata ni para pagar mis deudas personales y gano menos que una empleada doméstica -eso es lo que sucede cuando se trabaja con cultura, pero no puedo evitarlo. Me encanta!- y los tipos pretenden que yo los "ayude" con la mitad de los gastos!... Primero tendría que juntar dinero para comprar un pc nuevo, eso sí, y en unas 250 cuotas bien pequeñas, porque el mío, pobrecito, ya está con un pié en la tumba, pero a pesar de ello continúa fiel y esforzado, así como yo... Yo sé que es medio arriesgado publicar cosas así en la internet, pero también sé que existen algunos medios para proteger los derechos autorales que tengo la intención de usar con la ayuda de mi hermana, que es la que sabe de estas cosas, y espero que funcionen. Entonces, la cosa es "ahora o nunca". O uno se las arregla como puede o muere en el anonimato y el disgusto. A final de cuentas, yo siempre pensé que es mejor quemarse por tratar de realizar alguna cosa que quemarse por no atreverse a intentarlo. La frustración y el arrepentimiento son unos de los sentimientos más arrasadores y destructivos que existen, y como no quiero ser una vieja amargada y con úlcera, escogí saltar al abismo y publicar mis trabajos en la net, ya que ella es el mayor y más efectivo medio de divulgación del planeta, para bien o para mal, en algunos casos. Entonces, es por eso que estoy aquí, esperando que les guste esta nueva vertiente de mi trabajo y que muchos otros se junten a ustedes, que es para esto que uno suda y sufre, se queda con dolor de espalda, calambres en las manos, ojos enrojecidos y traseros achatados, para que ustedes se diviertan, se emocionen, se sientan comprendidos e identificados y, quién sabe, hasta puedan sacar algo de positivo que les mejore la vida. Porque, para mí, escribir es lo que hace que mi vida valga la pena, que tenga un sentido, un objetivo y me deje completamente feliz y realizada. Entonces, como escribí ayer y según lo prometido, aquí vá la primera historia de este nuevo blog.

El no nació, fué creado, como todos los monstruos, en un lúgubre castillo de piedra aislado en la cumbre de una montaña salvaje e inhóspita, siempre obscurecida por nubes que anunciaban tempestad. En la laderas sembradas de enormes rocas, árboles desnudos se contorcían grotescamente y las hojas secas se levantaban en misteriosos y repentinos remolinos que susurraban misteriosamente sua dança desordenada sobre aquella tierra casi estéril. La hierba amarillenta y esparsa se inclinaba sumisa sobre el suelo, azotada por un viento que jamás paraba de barrer la montaña. Los grandes portones oxidados que daban acceso al castillo permanecían siempre trancados, dejando ver un jardín abandonado, tomado por matorrales y hierbas, troncos caídos, enredaderas húmedas que se agarraban a las estatuas descascaradas y a las paredes de piedra como en un abrazo de constante agonía, extendiendose hasta las puertas y ventanas entierradas en una inútil lucha para invadir el interior obscuro y silencioso. No había flores. No había color, No había sonido ni movimiento alguno... Fué aquella ruina majestuosa la que lo abrigó en su seno vacío y poblado de ecos y telas de araña.
Había sido concebido por un inventor alucinado, desesperadamente solitario, que de su propio corazón sacó el material necesario para darle un cuerpo y una mente, un corazón que palpitase y calentase aquella carne sin origen. Parte por parte, cada trazo, cada contorno, cada detalle había sido por él idealizado y concretado. Huesos, músculos, nervios, piel, cabello, pulmones, ojos, venas, todo salió de sus viejas y temblorosas manos de soñador. El monstruo casi podía sentir aquella profunda y enternecida emoción fluir en cada pequeño movimiento que el anciano ejecutaba mientras montaba su cuerpo. A medida que él le despertaba la conciencia, la sensibilidad, la inteligencia, el monstruo empezaba a darse cuenta de quién era y de cuál era su destino. Sus ojos, empañados todavía, conseguían percibir la mirada brillante y compasiva de su creador y distinguía en ellos una extraña mezcla de orgullo y piedad, de felicidad y angústia, pero todavía era incapaz de comprender el por qué de aquello. Sentía sus dedos leves y hábiles tocarlo, ajustar sus piezas, introducirse delicadamente en sus entrañas obscuras y expectantes para modelarlo. Entonces se preguntaba si lo haría a su propia imagen y semejanza, si copiaría sus mismas fecciones y maneras, o si le daría una apariencia diferente, original, única. No había espejos en los inmensos salones vacíos del castillo, donde se enfilaban como en una exposición los inventos fantásticos, ingenuos y llamamtivos de su creador. Podía ver a algunos de ellos desde donde se encontraba y a veces el anciano iba allá y los hacía funcionar para él. Era entonces un estruendo fenomenal; los engranajes se ponían en movimiento y una música extraña y desafinada tomaba cuenta del ambiente. Se encendían luces, sonaban pitos, los metales soltaban nubes de humo y aromas por mil rendijas y agujeros, se movían rítmicamente brazos y palancas como en una danza sincronizada, giraban en perfecta concordancia correas, cadenas, ruedas. Saltaban con precisión pequeños y delicados accesorios que él no conseguía descubrir para qué servían. Aparecían repentinas llamaradas coloreadas, explosiones, mil ruidos sutiles y breves haciendo su parte en aquel concierto enloquecido. Y el inventor acompañaba el proceso caminando lentamente, con ojos transparentes y una sonrisa de chiquillo maravillado en su pálida faz arrugada. Eran horas, días, noches, meses enteros zambullido en papeles, cálculos, prototipos, experiencias, fracasos y recomienzos antes de ver su obra terminada y funcionando. Entonces, el monstruo contenía una exclamación de asombro y su pecho se llenaba de una cálida admiración, porque al final de aquella máquina exótica y aparentemente sin gobierno, emergía de las bocas negras y untadas de grasa un ejército de pequeñas y graciosas figuras coloreadas: mariposas, perritos, bailarinas, estrellas, coches, corazones, conejitos, medias lunas... El inventor las pescaba y, yendo hasta él, las colocaba en sus manos, pronunciando lenta y musicalmente sus nombres para que él los aprendiera. Y él los repetía, dócilmente, levantando las comisuras en una incierta sonrisa de comprensión.
El monstruo no conocía otras personas fuera su creador. No sabía que éste era viejo, pues desconocía lo que era ser joven. No sabía que existían niños, hombres, mujeres, casas, ciudades, tiendas, coches, aviones, animales, océanos, desiertos, bosques de verdad. Su universo se reducía al castillo sombrío y arruinado, a sus salones inmensos, a sus escalas interminables, a sus rincones fríos y obscuros. La única voz que conocía -hasta oír la suya propia- era la de su creador, y era una voz tan apagada, tan dulce y remota, que se dirigía a él con tonalidades suaves y paternales. Aquella voz pequeña leía para él, cantaba para él, inventaba, confesaba, enseñaba. Le descubría cosas curiosas, criaba un clima en el cual el tiempo parecía haberse detenido. Lo ayudaba a reír, a percibir, a escuchar, a entender. Nutría su cerebro y su espíritu con conceptos nobles y puros, casi infantiles... No sólo el monstruo se encontraba aislado por la soledad y dedicación del creador, sino que el creador, fascinado com su criatura, se apartó poco a poco del mundo. No necesitaba nada más, a nadie más. La criatura se había transformado en el centro de su existencia. Lo enlazaba tiernamente y le enseñaba a caminar, a mantenerse en pié, a sentarse, a coordenar los movimientos de su interior con los de su exterior; le mostraba todas suas capacidades. Dentro de aquel castillo tenebroso el anciano le desvendaba el universo. Y el monstruo aprendió a verlo de la misma forma que su creador lo veía: noble, puro, grandioso, poblado de pequeños milagros, misterioso pero simple y acogedor, de una perfección imposible de ser inventada.
Sin embargo, cuando el monstruo permanecía por un largo tiempo delante de las enormes ventanas ojivales, entierradas y sin cortinas, el anciano se mostraba inquieto y se aproximaba de prisa, distrayendolo con alguna novedad para apartarlo de la ventana. Su corazón se encogía dolorosamente al verlo así, pues podía presentir en él la secreta ansia, la irresistible curiosidad germinando, aquel suspiro doloroso agitando su pecho. El castillo y todo cuanto había en él se volvía cada día menor y más opresivo para su criatura. Ya no le bastaban sus historias y sus enseñanzas, su preocupación, su total y tierna dedicación. Todo ya le había entregado y ahora esperaba, tembloroso y angustiado, que solamente su amor bastara para retenerlo en el castillo.
Sin embargo, por más que se esforzara y admirara y amara a su creador, a quien todo debia, el monstruo se sentía efectivamente cada vez más inquieto y melancólico, lleno de intraductibles anhelos, de una creciente aflicción que no conseguía esconder, ya que no había sido enseñado a mentir. Nada le faltaba. Su cuerpo y su mente estaban perfectamente acabados y educados, habían asimilado fielmente todo cuanto su creador le ofreció. Qué mas, entonces?... No conseguía definirlo, pero parecía que faltaba alguna otra cosa.
Y una tarde obscura y tempestuosa, el monstruo fué hasta el ático, allí donde el tejado se había derrumbado, y se detuvo bajo el enorme agujero que se abría hacia el cielo cargado. Las vigas podridas apuntaban hacia el aire como las costillas de un animal prehistórico. Había restos de tejas y madera desparramados por el suelo de tablas. El enorme cuarto estaba completamente vacío y el viento corría en su interior y le arrancaba lamentos de abandono y soledad. El monstruo sintió que esos gemidos inarticulados ecoaban de alguna forma dentro suyo, causandole un extraño y profundo dolor que le apretaba la garganta y le incendiaba los ojos... Hasta que alguna cosa se quebró en su pecho y de su boca brotaron unos sonidos roncos, desafinados, convulsos, que le robaban la fuerza, y de sus ojos repentinamente nublados deslizó un líquido salado y tíbio, que le mojaba las mejillas y le hacía cosquillas. Un curioso alivio lo invadió entonces, y permaneció inmóvil, de pié allí, en el ático vacío y azotado por el viento, y dejó fluir aquella cosa extraña, mezcla de sonido y água, que parecía deshacer poco a poco ese nudo de acero que hería su corazón. Dejó el líquido escurrir hasta que se agotó y sus lábios fueron silenciando hasta que se cerraron en un último y brusco suspiro... Entonces irguió lentamente las manos y palpó sus ojos húmedos, la boca, la lengua, los dientes, el pecho... De dónde había venido todo aquello? Qué era? Por qué había ocurrido? era por causa del ático o por esa sensación opresiva e incontrolable que a veces lo invadía?... De ahora en adelante tenía certeza de que todas las veces en que ella comenzase a insinuarse correría hasta aquí y así podría dejarla crecer, salir y desaparecer... Miró a su alrededor, intrigado. Qué era lo que había allí que parecía darle una respuesta, un consuelo? El lugar poseía una aura que lo ayudaba a comprender, ver y tocar esa ola inmensa y dolorosa que lo sofocaba. Pero era el sentimiento o el ático lo que provocaba esta conmoción en su espíritu? Y qué era esa conmoción? Su viejo creador no le había enseñado a llorar, pues jamás se le ocurrió que podría llegar a sentirse infeliz. No quiso mostrarle las lágrimas porque allí dentro nada existía que podría algún día hacerlo sufrir.
Escuchó la voz del anciano llamándolo, y el ruido lento y arrastrado de sus zapatillas llegó hasta él. Venía por la escalera. El monstruo sabía que el anciano se inquietaba mucho todas las veces que él se alejaba y permanecía demasiado tiempo solo por los cuartos del castillo. Su cuerpo menudo y curvado, de movimientos medio inseguros y transparente palidez apareció en el umbral. Se detuvo, buscandolo con sus pequeños ojos asustados, de un azul claro. El monstruo dió un paso hacia él.
-Estoy aquí.- dijo con su voz atonal y serena.
El anciano se aproximó, arrebujandose en su bata de lana.
-Qué estás haciendo aquí encima? Hace tanto frío!...- reclamó, pescandolo de la mano -Ven, vamos para abajo. Encendí la chimenéa.- sonrió como un niño -Vamos a calentarnos y a tomar sopa.- y lo arrastró con él por la escalera y los salones hasta la chimenéa, y él se dejó conducir, dócil y callado.
Sin embargo, aquella aflicción no lo abandonó y cuando estaban sentados frente al fuego comiendo, se volvió de pronto hacia el anciano y preguntó:
-Por qué no puedo salir de aquí?
El anciano lo miró, irguiendo lentamente su cabeza blanca y suspiró. Su faz pareció obscurecerse, el azul de sus ojos se nubló, su cuerpo encogió, mostrando un dolor repentino y profundo. El monstruo se enderezó, preocupado.
-Porque eres un monstruo.- le respondió el anciano con una voz inmensamente triste y apagada. De repente parecía tan frágil!
-Pero, cómo?...- replicó la criatura -Tú no eres un monstruo también?.
El anciano negó con la cabeza.
-No. Yo soy un hombre.
-Entonces por qué no me hiciste igual a tí?- preguntó el monstruo, desconcertado. El dolor del ático se insinuó en su pecho, inesperado y feroz.
-No, un hombre no puede crear otro hombre.
El monstru sintió que su corazón se llenaba de una extraña agitación que lo hacía latir rápido y con tremenda fuerza. Estaba aconteciendo algo raro.
-Y cuál es la diferencia?... Qué sucedería si yo saliera?- preguntó. Sus ojos empezaron a arder y su cuerpo estremeció.
El anciano lo encaró en silencio durante un largo y angustiante momento. Toda la tristeza y lacompasion del mundo parecieron desbordarse por sus ojos en aquel instante. Acarició suavemente la faz pálida y tensa de su criatura.
-Los hombres te tendrían miedo, porque eres diferente. Irían a perseguirte, a acorralarte... Y terminarían matándote.-concluyó, bajando la cabeza.
El monstruo sintió una mordida de dolor recorrerlo, lastimandolo. De sus ojos empezó a escurrir aquella água salada y un sonido convulso e incontrolable fué cuajando lentamente en su garganta contraída.
-Entonces, por qué me criaste?- preguntó. Oh, aquel dolor rabioso invadiendolo como una avalancha!
El anciano levantó la cabeza y lo miró. El monstruo se sobresaltó, asombrado. También caía água de sus ojos!
-Porque quería alguien a quien amar. Para no vivir solo, Para que tú me amaras.- de repente, se cubrió la cara con las manos, inclinandose hasta que su frente se apoyó en pecho del monstruo -Qué vá a ser de tí?...- sollozó -Qué vá a ser de tí? Yo nunca, nunca debería haber... Yo voy a morir y entonces, qué será de tí?..
El monstruo frunció la frente
-Morir?...
-Soy un viejo y estoy enfermo. Luego voy a morir, ya no más estaré contigo.
El monstruo se irguió, asustado.
-Y para dónde irás? Por qué me vas a abandonar? Ya no me quieres más?...
O anciano se adelantó y lo abrazó tiernamente.
-No, es que no entiendes.- murmuró -Yo nunca te hablé sobre la muerte porque es triste y no quería que conocieras la tristeza... Pero véo que aprendiste a llorar solo.- pasó la punta de los dedos temblorosos por el rostro mojado de la criatura -Vas a ver mi cuerpo aquí, pero mi alma se habrá marchado. Entonces, estarás solo.
-Y tendré que continuar viviendo aquí... solo?
-Es tu destino -dijo el anciano con pesar -Es el destino de todos los monstruos.
La criatura suspiró. Un peso enorme parecía aplastarlo. Ambos permanecieron en silencio durante un largo tiempo. Entonces, la criatura volvió a hablar.
-Y no puedo morir junto contigo?
El anciano sonrió tristemente.
-Te crié para que fueras eterno, soñando que yo también sería eterno.
-Eterno?
-Vivirás para siempre.- sentenció el anciano con un tono trágico -Solo.
El monstruo cerró los ojos. La eternidad. Un tiempo sin final. La soledad. El ático vacío, desolado, gimiendo bajo el azote del viento. Una criatura inventada para ser amada, para amar, sola.
Y tal como lo anunció, poco tiempo después, su creador lo abandonó. El podía ver su cuerpo consumido y transparente tendido en la cama, pero su alma no más estaba en él. Era una carne fría y extraña, la boca cerrada, los párpados entreabiertos, dejando aparecer el azul apagado, vacío. El monstruo posó delicadamente su mano sobre él y lo abrazó, pero él continuó inmóvil. Lo besó suavemente e, irguiendose, salió lentamente del cuarto, subió la escalera y llegó al ático. Se detuvo, cerró los ojos y un suspiro entrecortado brotó de su pecho. Poco a poco, el suspiro fué transformandose en un gemido y finalmente en un grito desgarrado, feroz, furioso. Levantó los brazos y dejó caer la cabeza hacia atrás. Su voz desesperada ecoaba por el castillo en sombras, se lanzaba por el agujero del tejado hacia el espacio obscuro. Un río de dolor y soledad se desbordaba de sus ojos.
Entonces, al virarse, sorprendió aquel resplandor fugaz en el rincón más lejano del cuarto. Paró, jadeante, y pestañeó. Nunca había visto un brillo como ese. Después de un instante, avanzó algunos pasos hacia él, receloso. Se detuvo nuevamente, tratando de distinguir alguna cosa. Los breves reflejos se repetían rítmicamente, centelleando como ráfagas de luz en las paredes de piedra. Conteniendo el aliento, el monstruo penetró en las sombras del rincón y se detuvo lentamente delante del objeto allí colgado. Era un rectángulo de vidrio enmarcado en madera, pero un vidrio como él jamás había visto, que se balanceaba, girando perezosamente, y pareciendo recibir toda la claridad del cuarto, la reflejaba en rápidos y deslumbrantes ramalletes de luz a su alrededor. La criatura irguió una mano y lo rozó. Era duro, frío y liso. Lo observó girar lentamente, fascinado, y de pronto, en una de las vueltas, vió aparecer un rostro en el rectángulo brillante... Inmediatamente retrocedió, asustado. El rectángulo continuó girando y el rostro volvió a aparecer en él. Pero no había nadie más allí!.
Entonces, se acercó de nuevo y, enderezandose con un gesto decidido aunque temeroso, levantó la mano y agarró el vidrio. El rostro apareció delante suyo, claro y real, observandolo con asustada intensidad. El monstruo contuvo una exclamación. La cara en el rectángulo abrió la boca también, con idéntica expresisón de espanto. Su mano también sujetaba el vidrio, pero del otro lado. El monstruo ladeó la cabeza, frunciendo el cejo. La cara frente a él repitió su gesto... Entonces, el monstruo lo miró de repente a los ojos, al fondo de los ojos, atravesando la imagen, penetrando por las pupilas brillantes y dilatadas y, en aquel segundo se dió cuenta de que era él mismo. Esa era su propia imagen!... Entonces se acordó. En alguna parte lo había leído: aquel rectángulo era un espejo y reflejaba la imagen de quien estuviera delante de él... Entonces, esa era su propia imagen!.
Se llevó bruscamente las manos al rostro. Allí estaba la nariz, la boca. Aquí los ojos, el cabello, las cejas, los dientes... El anciano le había mentido! Le había dicho que había criado un monstruo y no un hombre, y lo había hecho hermoso, tan hermoso! Un hombre pálido y delicado, perfecto, a su imagen y semejanza! Manos, dedos, piés, tórax, piernas, conciencia, corazón, inteligencia, sentimientos de hombre... Nadie lo rechazaría! Nadie lo perseguiría o querría matarlo! El anciano le había mentido para que él no lo abandonara, reciocinó, pero antes de morir, y sabiendo que él vendría al ático, colgó el espejo en e lrincón como un último regalo de redención, una puerta para su libertad. Había quebrado la sentencia de su soledad, había transformado su destino. No era un monstruo, sino un hombre! Su creador lo había disfrazado de monstruo para no perderlo, pero ahora el disfraz no era más necesario.
-Estoy llorando...- murmuró de pronto, viendo las lágrimas rodar por su faz en el espejo -Pero ahora no es el sentimiento del ático, es otra cosa que no entiendo... No estoy triste, sino feliz! Muy feliz!- exclamó.
Arrancó el espejo del cordel y sosteniendolo contra el pecho descendió las escaleras corriendo, abrió las puertas y salió al jardín, se dirigió hasta los enormes portones de fierro y, empujandolos con fuerza, consiguió abrirlos. Ellos crujieron lastimablemente, lúgubres y desafinados, como despidiendose de él, y lo dejaron pasar. Luego quedaron atrás, abiertos de par en par y cubiertos por las enredaderas y el óxido, iguales a una madre que acabase de parir. Y el monstruo, todavía llorando de felicidad y gratitud, apretando el espejo contra el corazón, entró en el mundo.

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