terça-feira, 2 de fevereiro de 2010

El discípulo - Parte I

Me quedé super contenta con mis primeras cuatro visitas a este blog y, como soy una optimista inveterada, hoy día voy a postear la primera parte del segundo cuento que, ojalá, disfruten... Mi hijo puso aquella cara cuando le conté sobre las tres visitas, pero, espera un poco, hace sólo dos semanas que abrí el blog! No soy tan famosa así como para que corra la voz y todo el mundo se cachetée para leér mis historias!... En todo caso, espero que les guste y que, realmente, corran la voz para que así otros puedan pasar un momento entretenido leyendola. Gracias!.



La noticia corrió como un reguero de pólvora y ahora estaba en todas las bocas. Al saber de su llegada, las personas abandonaban lo que estuvieran haciendo y corrían a las calles y caminos que llevaban a la ciudad, se amontonaban desordenadamente en las ventanas, terrazas y balcones para verlo pasar, subían a los tejados e escalaban árboles y rocas, gritando su nombre y empujandose unas a otras para poder tener el privilegio de divisarlo ni que fuera de lejos, por algunos segundos. El pueblo había escuchado decir que tan sólo la frescura de su sombra pasando o una breve mirada de relance, mismo a la distancia, ya bastaban para que los milagros acontecieran. No era necesario decirle nada, nadie era obligado a confesar sus pecados o a contar su historia, pues para él, los corazones humanos eran como libros abiertos y los cuerpos como relatos que de alguna forma sobrenatural, ya conocía. Las curas eran un encuentro silencioso e íntimo solamente entre él y el enfermo y duraban apenas algunos segundos, sin grandes gestos o frases estudiadas, sin sermones, sin cobranzas ni compromisos. Eran, simplemente, instantes plenos de misericordia y comprensión, de acogida sincera, sin preconceptos o juicios. Eran un breve guiño de amor divino, y era lo suficiente para que todo acurriera. Por eso las multitudes se lanzaban a su encuentro, ansiosas y llenas de esperanza, y hacían cualquier cosa para ser por él alcanzadas.
Quien había escuchado su voz contaba que ésta parecía una brisa que soplaba gentilmente en el corazón de quien oía, llevándose todo el peso y el dolor que hasta entonces cargaba. Su tono era tan tierno y misericordioso, y sus palabras tan dulces y certeras, que la mayoría de las personas no conseguía contener las lágrimas, a veces retenidas por demasiado tiempo, y lavandose en ellas, volvía a casa santificado, total e irreversiblemente transformado.
Los que fueron tocados por sus manos leves y pálidas no conseguían describir lo que les sucediera. La energía que de ellas emanaba era tan poderosa y embriagadora que parecía borrar con un gesto imperceptible todo lo que de equivocado existía en aquella vida. Era como deshacerse, contaban unos. Era como perder la conciencia y desaparecer por algunos momentos, afirmaban otros. Eran instantes de agonía y exaltación, de miedo y felicidad, decían otros. Pero, definitivamente, todos concordaban que era una resurrección. A su toque mínimo, moría el hombre viejo y lleno de miserias y renacía una criatura totalmente nueva, pura, que veía las puertas de la verdadera vida abrirse delante de él. Y la única cosa que él decía, cuando las personas ya se alejaban, bendiciendo su nombre, era:
-Encuentra tu destino.
Se contaba que, a veces, las personas quedaban en tal estado de exaltación después de esta revelación, que de repente les nacían alas y, lanzandose hacia el cielo, se perdían en la distancia, más allá de las nubes y del sol, en busca del paraíso prometido, y jamás regresaban. Pero cuando le preguntaban a él si aquello era verdad, se limitaba a sonreír con indulgencia y respondía:
-Cada uno tiene su propio camino. Sigue el tuyo.
Era esto que yo había escuchado y visto a lo largo de las ciudades y villarejos por los cuales pasara, siguiendo su rastro como un can de caza. Una mañana, mientras estaba sentado en los peldaños de la iglesia esperando de la misericordia de los parroquianos algunas monedas con las cuales poder comprar mi refección del día, escuché a algunos de ellos comentando sobre este santo hombre que recorría la tierra haciendo milagros admirables y transformando ciudades enteras sólo con su presencia. Al oir a aquellas personas ricas y bien vestidas no pude evitar sonreír por detrás de mis harapos, pues percibí que ellas eran tan crédulas y exageradas cuanto el populacho pobre e incluto que pululaba por las calles. Cerrando rápidamente los dedos sucios sobre las monedas que uno de ellos dejó caer en mi mano, me pregunté cómo sería el tal santo hombre y cuál sería la verdad sobre sus actos, porque lo que no faltaba en aquella época eran charlatanes haciendose pasar por profetas y santos con el fin de arrancar dinero del pueblo incauto y desesperado. Guardé las monedas en mi bolsita de cuero y la sacudí suavemente. Un agradable tintinéo llegó a mis oídos y sonreí nuevamente: mi comida estaba garantizada. Esto era lo que realmente importaba y no un actorcillo que andaba por ahí haciendo trucos baratos.
Satisfecho con mis lucros de la mañana, me levanté y fuí por las calles en busca de una taberna donde llenar mi estómago vacío con un buen guisado de carne y una jarra de vino. Encontré una que me pareció razonable, ni demasiado limpia -lo que significaría precios caros- ni una porqueriza llena de baratas y perros. Calculé que mi dinero daría para algo medianamente decente, como aquel establecimiento. Me enderecé, pues, y fuí entrando, sintiendome hasta importante. Al abrir la puerta fuí recibido por un maravilloso olor a carne asada, papas y sopa. La boca se me llenó de saliva. No comía nada desde el día anterior, pues estaba nublado y lluvioso y casi nadie se aventuró a la calle. Y quien lo hizo, no estaba con espíritu para dar limosna. Me acerqué a una de las mesas, sintiendo el cuerpo todo flaquear por causa del hambre y del calor agradable que reinaba allí dentro, pero cuando pescaba el banquillo para sentarme, un hombre se detuvo a mi lado y puso una mano pesada en mi hombro.
-Hey, tú, qué es lo que quieres aquí?.- me preguntó con un vozarrón gosero de pocos amigos.
-Vine a comer.- le respondí, ofendido. El hombre me miró con escepticismo y se llevó las manos enormes y peludas a la cintura -Por qué? Estás pensando que no te voy a pagar?- pregunté, enderezandome y enfrentandolo.
El hombre, gordo y seboso, soltó una carcajada estruendosa, que me hizo encoger, y volviendose hacia los otros clientes exclamó, apuntandome:
-El príncipe aqui dice que va a pagar la comida!...- y se rió de nuevo, acompañado por los demás.
Yo rebusqué entre mis ropas y saqué la bolsita con monedas. Haciendolas tintinear delante de su rostro barbudo, exclamé, lleno de coraje:
-Pues el dinero está aquí!... Me crées ahora?... Puedes traer mi comida entonces!.
Sin embargo, el tabernero no pareció para nada impresionado. Por el contrario, acercó su cara cuadrada a la mía y murmuró, golpeandome en el pecho con su dedo:
-Yo conozco tu laya, mendigo. Ya hubo muchos que trataron de engañarme para comer sin pagar y te aseguro que no les fué muy bien.
-Pero yo tengo dinero!.- insistí.
-Entonces muéstramelo, pillo, de lo contrario no vas a recibir ni siquiera un hueso pelado. Déjame verlo!
De un manotazo arrancó de mis dedos la bolsita y, abriendola, desparramó su contenido encima de la mesa. Instintivamente, yo contuve el aliento. El hombre se quedó un instante en silencio, mirando las monedas doradas y plateadas. Entonces, alargó la mano y pescó una de ellas, aquella que el hombre rico había acabado de darme, la acercó a sus ojos y la contempló fijamente más un momento.
-Entonces?...- inquirí yo, con aire de triunfo.
Pero él, en vez de hacer un gesto de aprobación, tiró la moneda lejos y me dió una mirada terrible. Dando un paso hacia mí, me agarró del cuello y empezó a arrastrarme hacia la puerta. Los clientes lanzaban carcajadas y golpeaban las mesas como animales. Yo no entendía lo que estaba ocurriendo.
-Pero qué es lo que te pasa?...- grité, luchando para zafarme de las garras del tabernero -Acaso mi dinero no vale?... Sólo porque soy un pordiosero?... La mañana fué buena, amigo, y los parroquianos fueron generosos!.
Entonces, el hombre se detuvo y me sostuvo en el aire, zamarreándome sin piedad.
-Ah, sí?... La mañana fué buena? Los parroquianos fueron generosos contigo?...- soltó una risa de desdén y me dejó caer -Pues parece que los parroquianos son tan sinvergüenzas como tú!...- apuntó hacia la moneda en el piso -Eso ahí es falso!... Puro latón!... Es falso!.
Estupefacto, me volví y miré la moneda. Mis piernas temblaron. Las cosas se estaban poniendo feas. Muy feas.
-Pero yo no lo sabía!...- alegué, volviendome hacia el hombre -Yo no lo sabía, te lo juro!
-Claro, tú no lo sabías, no es verdad? Y pensaste que yo tampoco lo sabría? Anda a contarle ese cuento a otro!- gritó el hombre y pescandome de los pantalones y de la túnica, me lanzó fuera de la taberna como a un perro sarnoso.
Caí en medio de una poza de lama, sintiendome un puerco mojado y avergonzado, pues todos los que pasaban se reían y me apuntaban, exclamando:
-Miren, otro pillo que trató de engañar al tabernero y le fué mal!- y se alejaban, burlandose de mi desgracia.
Me levanté, tambaleante, y traté de limpiar mis ropas, pero estaban empapadas. Me dieron ganas de regresar allí dentro para recobrar mi bolsa de monedas -debía haber alguna verdadera! Los ricos no podían ser tan crueles!- pero las carcajadas de los clientes y la voz del tabernero contando a los gritos mi intentona de embolinarlo me hicieron desistir. Miré a mi alrededor, buscando un poco de piedad, pero la calle estaba desierta. Era hora de almuerzo y todos debian estar en sus casas, acomodados delante de una mesa llena de platos y fuentes humeantes y olorosas... Mi estómago roncó, lleno de aire. Una mezcla de rabia y tristeza invadió mi pecho y, maldiciendo y cojeando, me alejé por la calle y fuí a esconderme en un rincón obscuro. Me desplomé en el suelo y me arrebujé lo mejor que pude en mi capa, pues estaba poniéndose muy frío. Muerto de hambre y tiritando, adormecí. Cuando desperté, un perro se había echado a mis piés y me miraba, meneando la cola. Estaba muy flaco y sucio, pero sus ojillos brillaban cuando se posaban sobre mí.
-Por lo menos tengo los piés calientes.- murmuré, acariciandolo. Entonces, dió un salto, como si sólo estuviera esperando una señal mía, y vino a echarse en mi falda -Era lo que me faltaba!- exclamé, enojado, pero al mirarlo a los ojos me ví en ellos reflejado: sucio, miserable, abandonado, despreciado, un pária que el mundo había olvidado, y de repente se me llenaron los ojos de lágrimas -No aguanto más...- sollocé, abrazando al animal -Esta vida es demasiado dura... No aguanto más! prefiero morir!.- exclamé, dejandome caer hasta el suelo. Y me quedé ahí, bajo la lluvia que empezaba a caer, abandonado de toda esperanza e coraje.
Desperté cuando alguien tropezó en mí. Sobresaltado, me enderecé y miré a mi alrededor. La calle estaba tomada por una agitación extraña. Las personas corrían, se atropellaban, gritaban, salían a los balcones y ventanas en una urgencia desesperada, casi histérica. Traté de preguntar lo que estaba pasando, pero nadie se detuvo para responderme. El perro ladraba, furioso, asustado con tanto tumulto. Entonces, escaldado todavía por lo que había acabado de sucederme, preferí encogerme en mi rincón y esperar que todo se calmase.
Sin embargo, en vez de esto, la multitud fué aumentando, empujandose y gritando, volviendose cada vez más desesperada, como si algo terrible estuviera a punto de suceder.
-Miren, es él!... Es él!...- gritó una mujer cerca de mí, apuntando hacia el medio de la calle. Y todos lanzaron una exclamación de asombro, moviendose como un solo cuerpo hacia aquella dirección.

Bueno, esta es la primera parte de la historia. La semana que viene escribiré la que sigue, ok?.

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