quarta-feira, 11 de agosto de 2010

Silvestre - parte I

Bueno, y como les prometí ayer (porque, claro, apareció una entrevista en la televisión de última hora y tuve que largar todo y salir corriendo para allá) aquí está la primera parte de esta historia. Ella pertenece a una serie que pretende transformarse en un libro y narra los encuentros de varias personas -de todo tipo- con Francisco de Assís y cómo este acontecimiento cambió sus vidas. Entonces, antes de que me aparezca otra sorpresa que me arranque del frente del computador, aquí vá. Espero que les guste!


El cielo empezó a clarear y una tenue pincelada de luz surgió en el horizonte lejano y corrió por la tierra silenciosa, quieta y confiada en su profundo sueño. Emergieron de la obscuridad las formas azuladas y fantasmales de las casas, los árboles, los cercados, las colinas, los campos y huertas florecidos y perfumados. El água fría y cristalina de los arrollos canturreó, haciendo eco en las quietas lagunas y en la húmeda profundidad nocturna de los pozos. Los pájaros se agitaron, inquietos entre el follaje de los árboles, lanzaron unas notas al alba y callaron luego, aguardando...
De las chimenéas de algunas granjas se elevó una fina columna de humo azulado, y tras los postigos todavía cerrados flameó la llama rojiza de una pequeña lamparilla de aceite. Se extendió por el aire el aroma de pan recién horneado, barbotaron las calderetas en el hogar que templaba la habitación casi desnuda, crujieron mesas y taburetes, una que otra voz dejó escapar una sílaba sin respuesta... Las gallinas cloquearon. Las vacas, ovejas, cabras, caballos y los perros en el corral alzaron la cabeza hacia el firmamento cristalino y husmearon, alertas a la luz.
La naciente claridad se arrastró por entre las espigas maduras, saltó piedras y cercas, cosquilleó en el lomo fuerte y peludo de los bueyes, vadeó las corrientes y los charcos que aún perduraban de la última lluvia y se acercó, deslizandose quedamente a través del follaje de los naranjos, llevandose el perfume de sus azahares. Rozó el polvo del camino, que se alzó en ígneos y desordenados remolinos. Besó delicadamente a las diminutas e ignoradas florecillas que crecían valerosamente entre las piedras y las hierbas... Se extendió un poco más, tomando aliento, y dándose impulso, tocó el alto y sombrío muro que resguardaba la ciudad.
Lo tanteó, penetrando en sus grietas, removiendo el polvo de los años que allí anidaba, entibiando su áspera y fría superficie. Corrió a través de él, tropezando en sus aristas y hendiduras, descubriendo a su paso el escondrijo de una lagartija, una mosca atrapada en la trampa mortal de la araña, la huella invisible de las hormigas y el musgo tierno que dormitaba en las fisuras, perlado aún por el rocío nocturno... Lo recorrió de arriba a abajo, haciéndolo surgir de la noche en toda su imponente solidez y majestad. Y finalmente, reptando y ocultandose, llegó al enorme portón de madera y fierro que, ahora cerrado, daba paso hacia el interior. Este era tan macizo e inexpugnable cuanto el propio muro, con arco de medio punto y ladeado por pétreas columnas esculpidas. Imponente e intimidante, parecía avisar a quien pasase por allí que nada escapaba a su mirada de guardián.
La luz se detuvo allí un momento y suspiró, se apagó un poco, diluyendose en las sombras misteriosas del portal soberbio, como si le jurase obediencia. Las altas torres se erguían negras y difusas contra el cielo todavía en penumbras y las calles estrechas y retorcidas que subían y bajaban sin orden ni concierto, como huyendo unas de otras, la atemorizaron momentáneamente, pues nada se movia allí dentro. Más bien parecia un cementerio con sus lápidas blancas y grises, polvorientas y olvidadas por hombres y dioses... Sin embargo, los hombres que moraban en esta ciudad llamada Asís, la famosa, la próspera, la hospitalária Asís, no habían muerto ni habían sido olvidados. Solamente dormían, soñando sus secretos sueños, planeando sus secretas batallas y saboreando sus secretos y pequeños triunfos temporales... Solamente dormían, bien comidos y abrigados, y soñaban...
Pero al fin la luz dió un brinco, salvó el muro y se adentró lenta y sigilosamente por la ciudad en tinieblas, sintiendo su pulso fuerte y ambicioso, su aliento emprendedor y obstinado, casi arrollador; tocando sutilmente su inmenso y espléndido cuerpo de fiera tendida, satisfecha y sonriente, despreocupada del cielo y de los hombres... A su paso, la luz fué tiñendo con aquel resplandor de resurrección las viejas paredes enmohecidas, los postigos cerrados, las escaleras donde se acurrucaban tiritando los perros y los mendigos, los balcones con sus macetas de claveles, mejoranas, helechos y azaléas, vistosos geranios, olorosas albahacas y mentas. Fué dandole color a las tejas pardas y rojas, al disparejo y húmedo empedrado, a los leones de mármol que rugían silenciosamente en la puerta de la catedral de san Rufino, enseñando los colmillos descomunales a los parroquianos que pasaban a camino de confesarse y recibir el pan sagrado, para luego salir absolvidos y aliviados. Continuó su recorrido, abriendose paso entre muros, tejados, portales, torres y zaguanes, desplegandose como un abanico a través de las callejas y rincones más apartados y tenebrosos, llenos de suciedad y miseria, desnudos bajo su implacable resplandor, por los elegantes jardines y patios embaldosados, los frescos pasadizos, puentes y arcadas de las moradas y palacios de los nobles señores y sus familias.
Y fué de este modo, corriendo y alumbrando, hasta que llegó al otro lado de la ciudad, donde se detuvo de improviso ante una pequeña puerta de fierro enmohecido, en la pared oeste del viejo monasterio... Allí se quedó fulgurando, inmóvil, cual si aguardase algo, uma voz, una señal, una orden... Y de pronto surgió desde el interior como una explosión, una oleada, una llamarada cegadora, el presentimiento certero de una bendición, de la mano del Creador cogiendo las cosas en su palma y poniendo a las fuerzas divinas a trabajar. Y la luz se hizo más pura y serena, resplandeciente, sumisa a aquella otra luz, pues supo que éste era el lugar que buscaba. Era aqui que habría de unirse a Dios para cegar a un hombre.
Sobrecogida, atisbou hacia el silencioso y negro interior por la pequeña rejilla y, elevandose un poco hacia el cielo para hacerse divina y poderosa, traspasó el muro gris y se dirigió hasta el pozo esculpido en el centro del patio. Se aquietó y allí aguardó, reflejandose en el água...
Fué entonces cuando fray Silvestre abrió los ojos...

Nenhum comentário:

Postar um comentário