Bueno, finalmente estoy con un poco de tiempo libre para sentarme aquí y continuar la publicación de esta historia que, con certeza, ustedes ya ni deben recordar más. Entonces dénle una leída a la primeira parte para que no se pierdan y puedan entender lo que pasa. Como esta es una historia medio larga, la voy a dividir en más que tres partes -que es lo que hago usualmente- una cada fin de semana, y sinceramente, voy a hacer todo lo posible para no interrumpir más las publicaciones, mismo que tenga ensayos y presentaciones (de ayer para hoy ya me aparecieron dos más!) porque por lo que véo, esto vá a continuar sucediendo con más frecuencia de lo que gustaría. El éxito del musical está siendo realmente estruendoso! No estoy reclamando, es que no me gusta cuando no me sobra tiempo para hacer las otras cosas que me dan placer. Claro que todo es cíclico y probablemente toda esta correría vá a ser reemplazada por otra, pero mismo así, es necesaria una gran organización para no olvidarse del resto de nuestra vida en estos lances. Y se no me organizo para seguir con las publicaciones de forma continuada, ustedes van a terminar por aburrirse y no van a visitar más este blog, y ahí, todos mis cuentos van a quedarse donde están: en mis cuadernos o en la pasta de este computador, lo que yo lamentaría mucho... Entonces, aquí vá, finalmente, la continuación de este cuento.
-Despierta, despierta, que tu hora se acerca!...- había escuchado exclamar en algún lugar y, dando un respingo, se incorporó bruscamente en su jergón y miró en torno con los ojos desorbitados y brillantes y el corazón golpeandole desenfrenadamente tras las costillas, que parecían quebrarse.
-Despierta, fray Silvestre!- gritó otra vez la voz, como el restallido en sordecedor de un rayo, haciéndolo temblar y encogerse.
En seguida un silencio, mortal, aterrador.
Pasó un minuto y fray Silvestre osó hacer un leve movimiento.
-Quién... Quién es?...- cuchicheó, casi sin despegar los labios resecados, y se llevó una mano al pecho, sintiendo el espasmo de terror contenido allí dentro.
Pero no recibió respuesta alguna. No había nadie más allí, él lo sabía perfectamente, y sin embargo, la había oído. Tan clara como su propia voz, aquella otra voz desconocida llamandolo desde la nada, acercandose, creciendo, estirando sus dedos viscosos para agarrarlo.
Y mientras permanecía así, petrificado, con los punhos y mandíbulas apretados, escuchando los latidos retumbantes de su corazón aterrorizado, esperando en muda angustia -pues sabía que la voz volvería a hablar- sintió nuevamente aquel negro presentimiento abatiendose sobre él como una marejada inmensa que lo devoraba, aquella extraña y cierta expectativa por algo que no conseguía definir y que se volvía más fuerte, más real y temible. Era como algo vivo que se acercaba poco a poco y estaba siempre agazapado en algún rincón, preparandose para saltarle encima... Lo sintió. Sí, estaba allí, dentro suyo, ocupando cada centímetro de su cuerpo y de su alma. Maldijo en silencio, haciendo un gesto de desesperación, impotente delante de aquella extraña y vívida pesadilla de la cual no conseguía escapar... Gimiendo, su cuerpo flaco se tensó, crujió, se afirmó...
-Se acerca tu hora! Se acerca!- repitió la voz, y continuó gritando así, con rítmica vehemencia, transpasando con su sonido atronador sus tímpanos, su piel, los huesos de su cráneo, el cerebro, hasta llegar a la médula misma de su ser y provocarle un dolor tan agudo que lo dejó sin respiración, contorciendose en estóico silencio. Parecía que se disgregaba en un millón de partículas en carne viva, cada una sufriendo separadamente, ardiendo como brasas, huyendo de él. Un dolor tan grande que era como morir y descender al infierno. Un dolor que nada mitigaba.
Se estremeció, cerrando los ojos con una mueca, y se llevó los dedos a las sienes, oprimiendoselas con fuerza para tratar de aplacar aquel horrísono tumulto que empezaba a transbordarse de su cabeça. Movió los labios para rezar, pero de repente las santas palabras de auxilio habían sido engullidas por el ruido. Parecía que había olvidado todas ellas, completa e irremediablemente. Su mente en blanco se esforzaba por agarrarlas y traerlas hasta su garganta, pero su voz, sepultada en aquel infierno que lo cercaba poco a poco, se asfixió, acabando por desaparecer totalmente. Pensó que gritaba, que despertaría a todos, sentía la garganta enronquecida y seca, adolorida, hecha jirones en el esfuerzo, pero en realidad era incapaz de emitir ningún sonido.
Angustiado e impotente, en el límite de sus fuerzas, gimió en voz alta, meciendo lentamente el cuerpo encogido, con la cabeza hundida entre los hombros.
-Tu hora está cerca, cerca, fray Silvestre!.- aulló la voz, repercutiendo en todos los rincones de su cuerpo debilitado y tembloroso como si quisiera desarticularlo.
Sus manos pálidas y descarnadas se arrastraron hasta su boca y en seguida hasta sus oídos, en un estéril intento de encontrar el silencio... Se acurrucó en su yacija, mientras el sonido de la voz parecía llenar todo el aire y tomaba cuerpo, volumen y rostro, deslizandose hasta él para lanzarle su aliento gélido en la cara. La sentía respirar y crecer a su alrededor como um pulpo. Horrorizado, la veía alzarse delante suyo y tomar impulso para atacarlo y, justo en el segundo en que iba a echársele encima y devorarlo, desparecía... Se desvanecía de improviso, como un espejismo barrido por un viento misericordioso, una sombra que la luz del sol ahuyenta. Era como si nunca hubiera existido. Todo terminaba así, abruptamente, y quedaba la celda en silencio, vacía, quieta. Las cosas volvían a verse tal y como eran: reales, nítidas, cercanas, banales... Y fray Silvestre jacía allí, encogido y tembloroso entre las frazadas revueltas de su camastro, murmurando deshilvanadamente una plegaria, luchando por entender el sentido de todo esto, pues a pesar de ser algo completamente absurdo, era al mismo tiempo tan terriblemente real, que resultaba imposible ignorarlo.
Fray Silvestre permaneció por un largo rato inmóvil, hecho un ovillo contra el rincón de la pared donde había pretendido esconderse, con los músculos rígidos y adoloridos por la tremenda tensión, casi sin respirar, empapado por ríos de sudor helado y mirando en torno con las pupilas dilatadas. Todavía se sentía asaltado por fugaces visiones y sensaciones que surgían de la nada y se desvanecían más allá, dejando su rastro palpitante en el aire obscuro e irreál de la celda. Voces, rostros, murmullos, presencias cambiantes y amenazadoras parecian poblar las sombras, reflejandose en las paredes agrietadas. El monje las miró con los ojos muy abiertos, como si temiese que iban a derrumbarse de pronto sobre él, aplastandolo como a una cucaracha. Las veía alzarse, sus lozas grises trizandose y desmoronando. Las escuchaba gruñir, arrastrarse, salir de sus cimientos...
Tragandose un sollozo de angustia, fray Silvestre dió una rápida mirada hacia la ventanuca de barrotes en lo alto de la pared izquierda, y rogó fervorosamente para que amaneciera de una vez. Pero la visión de aquel cuadrado de cielo sereno vagamente iluminado lo atemorizó aún más, y volvió sus enrojecidos ojos hacia el muro... En aquel momento todo parecía amenazarlo. Se sentía en peligro inminente y y tuvo que fazer un esfuerzo tremendo para no levantarse en ese minuto y salir huyendo al patio. Lo que lo detuvo allí dentro fué la imagen de las columnas, los arcos y corredores, los inmensos árboles centenarios que alzaban su sombrío y murmurante verdor hacia el firmamento fantasmal, la vereda empedrada, áspera y cubierta de musgo, y la torre mayor, erguida y negra en las alturas, coronada por la gran cruz de fierro. Todo aquello iluminado por el resplandor espectral del amanecer, sumergido en una dimensión de mortal quietud y silencio, era más de lo que podía soportar... Y si algo peór lo asaltase allí fuera?... No, prefería las paredes de su pequeña y mísera celda, pues aunque parecían oscilar ante sus ojos, en realidad no se movían. Habían estado allí desde hacía más de cincuenta años y probablemente continuarían ahí mismo durante los próximos cincuenta. Era tonto y vulgar pensar aquellas tonterías, como si fuese un siervo ignorante y supersticioso, se dijo el monje suspirando, pero la recelosa expresión en su tirante rostro no desapareció. Es que, en el fondo, no conseguía dejar de creér que aquella celda estrecha, desnuda, lóbrega y solitaria sería un dia su tumba. Por qué esta idea se había impuesto en su mente? Por qué tenía tanta certeza sobre este hecho? No lo sabía, así como no sabía muchas cosas en su vida, pero estaba extraña y fatalmente convencido de que así ocurriría.
Y al pensar en aquello, fray Silvestre estremeció involuntariamente, pues la verdad era que la muerte lo aterrorizaba, así como el juicio delante de Dios y la inapelable y aciaga sentencia que escucharía de sus labios. Y en su temor se veía ya rodeado de manos que lo empujaban ferozmente, proclamando a los cuatro vientos todos sus pecados, riendo con salvaje placer, para precipitarlo a lo más profundo del averno. Mientras tanto, los ángeles del Señor, hermosos y resplandecientes, contemplaban la escena con expresión de indiferencia, sin mover un dedo para para ayudarlo, flotando gentilmente en su argentado nimbo de bienaventuranza... Y allí, en las llamas eternas quedaba él por siempre y siempre, agonizando sin morir jamás, víctima de todos los horrores y sufrimientos imaginables que, en verdad, eran la expresión de uno solo, que era el peor de todos: ser apartado de la face divina y perfecta de Dios después de haberla admirado por una única vez, durante un segundo. Aquel sí era el verdadero castigo, el sufrimiento supremo, la miseria absoluta de los condenados: verse abandonados por Dios por toda la eternidade, después de haberlo conocido.
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