Acabé de revisar mi agenda de este mes y descubrí que tengo TODOS los finales de semana ocupados con algún espectáculo!... Si no es la pieza de fin de curso, es el musical, es el desfile de aniversario del municipio ( nuestra maldición anual, día en el que pagamos todos nuestros pecados) o entonces la presentación de final de año del grupo infanto-juvenil del cual tuve que hacerme cargo porque el contrato de la profesora terminó y se iban a quedar sin mostrar ningún trabajo. En resumen: estoy hasta el cuello!... Pero de todos modos voy a tratar de aprovechar cualquier tiempo que me aparezca (tal vez entre la medianoche y las seis de la mañana?) para mantenerlos al día. Y como hoy sólo trabajo en la tarde, voy a sentarme aqui y postear otro pedazo de esta historia. Ni sé a qué horas voy a llegar en la noche, porque tengo ensayo, entonces: es ahora o nunca!...
Fray Silvestre miró a su alrededor con desgano, curvada la espalda, pálida y ojerosa la faz, demacrada, ingrata, con la barba rala y descuidada, e hizo una mueca despectiva al abarcar la pobre celda. Ya la conocía de memoria, pues nunca había en ella nada nuevo, nada mejor. Ni siquiera él mismo era diferente... Las cuatro paredes de piedra, desnudas, agrietadas, húmedas y tomadas por el moho. El destartalado taburete de paja en el rincón, la mezquina ventanilla rectangular con barrotes oxidados, un escaño pétreo donder reposaba su breviario, junto con un resto de vela de sebo, un lavatório y una jarra. El jergón de tablas y paja, la cobija burda y desgastada. Al frente, la puerta de gruesa madera clara y clavos de fierro negro.. Ningún adorno superfluo, ninguna tentadora comodidad. El suelo frío, disparejo. Más parecía aquello una cueva que otra cosa, se dijo com gesto torvo... Y a un costado, en la pared más sombría, el pequeño crucifijo de yeso y madera, que era como todo lo demás allí dentro: despintado, féo, vulgar, pobre, gris, anónimo... Que lo miraba. Siempre estaba observándolo desde allí, semi oculto na penumbra, inmóvil y silencioso, en eterna agonía, siempre por expirar, insignificante, como si no estuviese allí y, a pesar de ello, más real y presente que todo lo demás, inclusive él mismo.
El monje lo contempló en silencio, fijamente, como si pretendiese penetrar en él y leér sus pensamientos.... Qué era lo que quería?, tornó a preguntarse, como lo hacia siempre que se volvía hacia él. Mas ahora ya no aguardaba una contestación, pues habíase resignado amargamente a Su silencio.... Fray Silvestre desvió los ojos, enturbiados de pronto, y bajó la cabeza, sintiendo un arañazo de cólera en el pecho, herido en lo más profundo por aquel divino desprecio que no conseguía comprender y, menos aún, aceptar... Porque frey Silvestre sabía ciertamemnte que Dos no lo amaba. Aún contra toda lógica, aún pareciendo una blasfemia, aún desafiando todo cuanto le había sido enseñado respecto a Su inconmensurable bondad, misericordia y amor, él sabía que no se equivocaba. No lo amaba, y esta certeza lo desconcertaba y lo enfurecía, aunque luchaba para evitar tales sentimientos, pues se creía humillado, engañado. El lo había abandonado todo por seguirlo, batallaba ferozmente día tras día, esforzandose hasta casi quebrarse, en el límite de su humana resistencia, lleno de santo celo y rectitud, sin permitirse jamás un alivio, una alegría, un descanso, semejante a un guerrero alucinado, ébrio con el fragor de la batalla, que sigue adelante ciega y atrevidamente, sin claro raciocinio, sin pensar en nada más que en luchar, herir, traspasar, cercenar, en matar al enemigo hundiendo su afilada espada hasta la empuñadura, presa de un delirante frenesí que lo empuja a alcanzar su meta suprema: la gloria. Mas qué gloria podía él esperar si todo su valor, su celo y su perseverancia pasaban desapercibidos, si eran como viento en el desierto, como broza en la cosecha, como tocones muertos o tierra yerma en el mundo de Dios? Cómo podía esperar alcanzar su meta indemne si no recibía siquiera una pequeña señal, una palabra de aliento, una mirada mitigadora de aprobación?... Veinte años llevaba aguardando, veinte eternidades de silencio y expectación, de vana esperanza, de decepción. Pero el cielo seguía prohibido para él, cerrado, enclaustrado tras las nubes. Al levantar la vista no veía sino el sol, la luna, las estrellas, las nubes, la inmensidad azul cruzada de vientos, aves, de aromas y ecos. Y a todos ellos envidiaba, ya que llegaban más cerca que él, que de aquellas alturas sólo recibía lluvia, calor, luz, nieve, obscuridad. Cual un insalvable muro, permanecía mudo y distante, como lo había estado durante toda su vida. Jamás había podido aproximarse ni un codo y ninguna mano misericordiosa se había tendido hacia él para ayudarlo a saltar, a volar, a llegar al fin. La gloria por la que suspiraba era desconocida para él, que vivía buscando la perfección hundido en el anonimato de un monasterio, en la pobreza y la aridez, sin consuelo, sin nadie que lavara y vendara sus heridas y le prodigase una caricia. Abandonado de todo y de todos. Sepultado... Y bien, no era esta celda su tumba, entonces?.
No, el Señor no lo amaba, se repetía con sombría tristeza. Las sombras continuaban rodeándolo, amenazándolo y riendose de él y sus tonterías. Hasta parecia que la luz no deseaba entrar en su celda, temerosa de ser tragada por las sombras de su propia angustia, que buscaba las tinieblas... Se sintió viejo, cansado, inútil.
Levantó la cabeza lentamente y miró hacia la ventana de piedra, como pidiendo gracia y misericordia a esa claridad que daba vida al mundo. Acaso no podría poner un poco de vida en él? No podría retroceder los años, devolverle aquella juventud que en su loca borrachera de fé lo llevó a tomar este árido y largo camino que parecía no conducir a ningún sitio?.
"De qué me ha servido todo esto? Para qué he luchado todo este tiempo?... He fracasado", se dijo, y algo como un latigazo lo recorrió entero, enroscándose en él, atenazándole la garganta, rasgandolo en tiras, arrojándole esta realidad tremenda y apabullante e los piés como si fuese un montón de basura.
Y así se sintió él. Como nada, como si realmente no existiese, como si hubiera muerto, como si alguien se hubiese burlado intencionadamente de sus soberbios y fantásticos sueños de satidad, pues he aquí que no era nadie. No lo comprendía. No lo comprendía en absoluto. Qué había hecho mal? Pues alguna cosa debía estar equivocada... Pero repasaba una y otra vez su vida y veía que en su escudilla había siempre menos sopa, que su lecho era duro y falto de abrigo, con una piedra por almohada. Recordaba que su hábito se veía más viejo y remendado que los otros, que sus oraciones parecían durar siglos y estaban llenas de vehemencia y concentración, hincado él, inmóvil en las baldosas de la capilla, con los labios apretados y la espalga rígida. Sus penitencias y cilicios eran tan terribles y sus ayunos tan frecuentes que a veces tenía que apoyarse en las paredes para caminar. Era trabajador y no desperdiciaba palabras, era obediente, jamás salía de sus labios una queja o una petición personal, cumplía perfectamente con sus deberes, hacía todas las cosas que los santos preceptos mandaban. Era objeto de admiración y respeto entre los hermanos por su celo y devoción, cosa que secretamente lo enorgullecía aunque no estuviese bien que así fuera. Pero si Dios no mostraba su complacencia, alentándolo a seguir por la senda divina, no era entonces justificado que él se alentara a sí mismo?. Pues no sólo de fé vive el hombre, también del halago y la aprobación del mundo...
Pero aunque era ante todos un modelo de religioso y ya le tenían como seguro candidato a los altares (aunque jamás había hecho un milagro), el cielo continuaba callado.
En la obscura intimidad de su corazón, fray Silvestre percibía el silencio ominoso de Dios... Mas, por qué, si había hecho cuanto debía y podía para agradar al Señor, éste parecía ignorarlo, humillándolo de aquel terrible modo? Aquello era algo que no podía confesar delante de la ingenua comunidad! Nunca!.
"Conviértete en el último de sus siervos, y entonces el mismo Dios se olvidará de tí", relfexionó con amargura, pues ésto era lo que había sucedido con él. A fuerza de intentar no sobresalir delante de Sus ojos, simplemente había desaparecido... Y en aquel momento recordó a aquellos conspicuos miembros de la igleisa a los que tantas veces había encontrado en las calles, paseando su señorío llenos de pompa y lujo, vestidos con ricas telas bordadas en pedraría, túnicas de seda, capas de brocado, de ondulante y suave terciopelo; con sus pálidas y ociosas manos cargadas de joyas, calzados con piel y finos cueros, bien comidos y bebidos, sonrientes, espléndidos, llenos de santa paciencia y lucidez sus ojos brillantes y orgullosos, repartiendo con grandes aspavientos las sobras de sus banquetes a los mendigos que, como él mismo, se acercaban al cortejo ávidos y con los ojos inyectados, como espectros escapados del averno, llenos de supersticioso terror, que se entremezclaba con el odio y la envidia... Y frey Silvestre veía a estos infelices gruñir y pelearse como perros por un hueso de cerdo o de gallina con carne colgando, por un trozo de pan blanco untado en salsa de vino y especias, o por un puñado de aceitunas y cebollas, y lleno de espanto y náuseas, se alejaba de allí corriendo, apretando con fuerza su escudilla vacía contra el pecho, jadeando, deslizandose silenciosamente por las calles más apartadas, oscuras y retorcidas, huyendo como si alguien lo persiguiera...
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