Faltando solamente la última presentación de la escuela de teatro de la Fundación, ya empiezo a prepararme para trabajar en horarios "civilizados" y a despedirme de ensayos, reuniones, presentaciones y sorpresas del tipo: "Tenemos que montar alguna cosa para mañana!"... Se supone que a partir del dia 29 voy a ir a la Fundación más para cumplir horario que para otra cosa -fuera algunas reuniones para planear proyectos para el próximo año que voy a marcar con mis alumnos del grupo adulto y unas clases de butoh que le voy a dar a una amiga que lo está necesitando- hasta el día 20, en que saldremos de vacaciones colectivas. Créo que el stress vá a disminuir bastante y que voy a tener más tiempo para retomar mis rutinas de vida saludables, como meditar, escribir, leér, escuchar música y jugar con mis perritas; todas esas cosas que tuve que dejar medio de lado por causa del exceso de trabajo. En realidad, todos estamos exhaustos y haciendo realmente un esfuerzo inmenso para cumplir este último maratón junto con el grupo infanto-juvenil para que ellos puedan tener su presentación de fin de año. Pero estoy convencida de que todo este esfuerzo vá a valer la pena, porque la pieza está quedando realmente buena. Al público le vá a gustar, con certeza... También en el início de diciembre voy a saber el resultado de los exámenes que me hice para saber el motivo de estos dolores en el cuerpo que andan asolandome hace un par de meses. Como ven, mucha cosa se vá a resolver en las próximas semanas, y espero que con saldo positivo.
Y aprovechando el frescor de esta mañana -anda haciendo un calor de matar en estos últimos días- y mis manos todavía sin mucho dolor o calambres, voy a postear otro pedazo de esta historia, que ya está empezando a parecer una novela mejicana de tan larga...
Sí, huía, arrancaba de su propio corazón, que latía desbocadamente tras sus costillas salientes, henchido de envidia... Porque esta era la verdad. En el fonfo de su ser, allí donde ni él mismo podía admitirlo, sentía una envidia venenosa e inexpresable por aquellos príncipes de la corte del Senhor, que vivían y morían en el lujo y la ociocidad, rodeados de consideración y honores. Aquellos emisarios celestiales cuyas palabras eran ley, cuyas breves y despreocupadas plegarias ascendían raudas al cielo y eran prestamente escuchadas y atendidas. Esos divinos personajes que tenían el paraíso asegurado, sim importar si hacían o no mérito para ello, pues les pertenecía por derecho propio... Eram demasiado importantes como para que Dios los enviase al infierno. Porque eran ellos. Eran los predilectos, los elegidos, los afortunados, siempre de la mano del Padre... Eran ellos.
En cambio, fray Silvestre estaba convencido de que a él no lo oía Dios, no importaba cuán alto llorase o suplicase, ni las horas que permaneciera allí intentándolo, con las rodillas entumecidas y llagadas, los ojos inflamados y la garganta desgarrada, él estaba completa y fatalmente seguro de que no lo oía. Su respuesta era siempre el silencio, el frío, la obscuridad. La nada.
-Mi Dios, ten misericordia de este pecador...- murmuró, juntando los dedos huesudos bajo la barbilla. Su voz era un aliento de dolor. -Devuélveme el calor... Devuélveme la luz... Devuélveme la fé... Oh, Dios mío...- gimió, y se cubrió la cara con las manos, estremeciendose.
Lloró en silencio, sintiendo que su corazón vencido e abandonado se asemejaba a un campo estéril, reseco, quemado por el sol recalcitrante de su propia amargura. Un campo que a pesar de todos sus esfuerzos y perseverancia nunca había sido realmente sembrado con la buena semilla del Senhor, aquella que dá frutos y alimenta. Un campo que nunca parecía estar lo bastante abonado y arado. Y quizás si ya nunca lo estaría, pues su estación de fertilidad parecía haber pasado.
Pero si él hubiese sabido lo que le aguardaba, nada habría temido, porque tras el último grito, triunfante, Dios lo esperaba de brazos abiertos.
La campana de la torre mayor comenzó a tocar de pronto, rompiendo el fantasmal silencio del mundo y de su propio interior, llamando a maitines, y frey Silvestre se incorporó dando un respingo, como si alguien lo hubiese tocado para traerlo de vuelta. Estuvo un momento inmóvil, de pié junto al jergón, como si tratara de recordar el significado de aquel tañido profundo y sereno, lleno de majestad y melancolía. Se sentía extrañamente insensible, como fuera de sí, y tuvo que hacer un esfuerzo para volver a la realidad. Miró en torno, como desconcertado, y pestañeó. Se palpó el pecho, los muslos, la faz... Sí, era él, y estaba allí mismo, en su celda dentro del monasterio... Pero qué había hecho durante todo este tiempo? Soñar acaso, meditar, rezar? Había tenido una visión, o quizás dormía?...
Los pájaros comenzaron a cantar, saltaron por las ramas, volaron al tejado. El monje se restregó los ojos con fuerza, suspiró, se inclinó para tomar su breviario del escaño y fué hasta la puerta. Allí se detuvo. Descorrió el cerrojo y abrió con lentitud. Se quedó quieto, apoyado en el canto de la puerta, viendo hacia la leve claridad que bañaba el verde jardín. Una racha de fresca y perfumada brisa lo acarició... Era el mes de Abril. La primavera comenzaba a florecer, llena de colorido y alegría, pintando los caminos y campiñas, los trigales de doradas espigas, las calles con macetas de flores que se abrían al sol en los balcones y ventanas, los árboles de fresco y nuevo verdor, las viejas paredes de piedra, los rostros de los niños, los ancianos y los jóvenes que, anhelantes, se preparaban impacientes para recibir al amor y hacer promesas.
Fray Silvestre rozó suavemente la madera áspera con la mejilla, teñido su rostro por una lejana esperanza que, sin embargo, se desvaneció en seguida, nublada por su triste resignación. Y se dijo calladamente, pues no se atrevía a pronunciarlo en voz alta:
"Bueno, y acaso esta primavera traiga también algo para mí."
Pero se encogió, temeroso de su pensamiento, pues le pareció osado y presuntuoso, porque, después de todo, quién era él para aguardar nada?.
Pero él no sabía que en la primavera no sólo florece la tierra al soplo divino de la vida, sino también el corazón frío y adormecido del hombre.
La campana había dejado de tocar y reinaba nuevamente el silencio. Los hermanos se hallaban ya en la capilla y el oficio estaba por comenzar.
Fray Silvestre se percató súbitamente de esto, saliendo de su ensoñación, y enderezándose, estañeó y echó el aliento, viendo a su alrededor con expresión de alarma, temeroso de que alguien lo hubiese estado observando. Se recogió el hábito, haciendo un gesto de disgusto, y cerró la puerta con un ademán rápido y firme, que levantó el polvo en el suelo, y en seguida se alejó por el sendero con paso presuroso.
Mientras avanzaba, cabizbajo, con la boca apretada y el ceño fruncido, se reprendía ásperamente a sí mismo por su debilidad... Soñar, divagar, haraganear, alejar el pensamiento de Dios para ocuparse de sí mismo. Quién había visto jamás insensatez semejante en un religioso, en él? Parecía un novicio, o peór aún, se comportaba como uno de esos jóvenes volubles y fantasiosos que a menudo llegaban a la puerta del monasterio, humildes y devotos, jurando tener vocación... Qué dirían los hermanos si se enterasen?...
Expulsó el aliento de un golpe, moviendo negativamente la cabeza. Qué eran estas tonterías de presentimientos y mensajes? Era una locura, eso sí, una trampa de Satán, pues, por qué razón habría de cambiar ahora su vida?... Pero fray Silvestre no sabía que dentro suyo, allí muy profundo y callado, palpitaba este anhelo, como una dulce esperanza en medio de su aridez, y que nada la podría silenciar.
Torció a la derecha, siguiendo el camino de piedras, y enfrentó la sombría capilla, en donde ya podia escuchar a los hermanos recitando los salmos con sus voces graves y monótonas, rítmicas y llenas de serenidad y fervor, abstraídas del mundo:
"Cantate Domino canticum novum:
quia mirabilia fecit.
Sanctificavit Filium suum dexera eius:
et brachium sanctus eius..."
Fray Silvestre apresuró la marcha al tiempo que abría su breviario y lo hojeaba rápidamente, tratando de encontrar el texto.
"Pero qué falta imperdonable!... Si alguno llegara a saberlo...", se repitió una vez más, apretando los labios en un gesto de ira y remordimiento.
Y en su prisa y su disgusto no advirtió que había transpuesto el umbral de sus presentimientos, y que éstos lo aguardaban alllí, del otro lado. No se percató de que algo había descendido del infinito para mudarlo todo, callada y sutilmente, mas de modo irreversible, cogiéndolo a él a su paso...
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