Bueno, la semana pasada conseguí postear más un pedazo de esta história -en el blog en portugués- que más está pareciendo el cuento sin fin, gracias a la acción de un relajante muscular que me permitió escribir por más tiempo sin sentir dolor en las manos y brazos. Después, tuve un maratón de presentaciones en la plaza central de la ciudad como parte de las festividades de navidad -gracias a Dios el público está adorando nuestra pequeña pieza de los tres reyes magos (una sencilla y bien humorada historia sobre los tres reyes magos y su búsqueda del niño Jesús al estilo clown, con malabarismos, magia y un mensaje especial sobre el verdadero significado de la navidad) y estamos recibiendo muchos elogios- Todos los días en la noche tenemos esta presentación, y cada día que pasa traemos más público, sobre todo niños, que se encantan con estos tres personajes y su historia ingenua. Claro, esto significa que llego todos los días bastante tarde y muy cansada, entonces no me sobra mucha energía o inspiración para postear alguna cosa. Menos mal que en este fin de semana tuvimos un descanso porque dos de los actores que hacen esta pieza también estaban participando del espectáculo de fin de año de la escuela de ballet, entonces suspendimos las presentaciones hasta hoy en la noche, cuando retomaremos el maratón hasta el día 20 o 21. Sólo pararemos nuevamente el día 17, porque uno de los actores tiene su ceremonia de graduación. Yo salgo de vacaciones el dia 23 y les juro que no véo la hora de poder quedarme en la casa para descansar y dedicarme totalmente a escribir!...
Y como me dí el fin de semana libre de cualquier taréa o responsabilidad, hoy me siento mejor y bien dispuesta, entonces voy a aprovechar para postear la história en español. En realidad, me gustaría poder publicarla hasta el final de una vez, pero todavía falta un buen pedazo y como no consigo estar mucho tiempo digitando, voy a tener que resignarme (y ustedes también) a continhuar posteandola de a poco... Entonces, aquí vá otro pedazo... Paciencia!
Y ese algo penetró por las puertas cerradas, traspasó los altos muros, surgió de la tierra fresca y grávida, se cernió sobre el lugar como un viento, envolviendo a las cosas, deteniendo su marcha natural, separándolo del mundo conocido para sumergirlo en otra dimensión: la dimensión insondable de Dios. Algo como una piadosa caricia aplacó los sonidos, los colores, los perfumes y las formas como una silenciosa e invisible explosión, como una mirada omnisciente que señalase aquel lugar, aquel minuto, a aquel hombre desapercibido que ya nada esperaba.
Fray Silvestre pasó veloz junto al pozo. Um manzano florecido lo cubrió con su sombra. Su viejo hábito ondeó, envuelto en un súbito remolino de viento, y el polvo danzó a sus piés, borrando sus huellas del sendero. Un rayo de sol se posó sobre él, surgiendo deslumbrante desde detrás de la gran cruz de fierro que coronaba la torre mayor. Las palomas levantaron el vuelo a su paso y los árboles susurraron por encima suyo, esparciendo su aroma...
Y entonces lo vió.
Primero no se fijó realmente en él, aunque pasó por su lado, pues éste no le dirigió palabra alguna ni lo tocó. No, estaba simplemente sentado allí, en el último de los escaños de piedra que flanqueaban el sendero, aquel que se cobijaba bajo el olivo plateado.
Pero ahora fray Silvestre se detuvo. Mas no lo hizo abruptamente, como si hubiese visto al hombre de improviso, sino poco a poco, disminuyendo el paso, como si una fuerza misteriosa e irresistible lo llamara, detendiéndolo, rodeándolo; como si algo hubiese sido tocado y despertado en lo profundo de su secreto y dormido interior. Una extraña y poderosa vibración proveniente de ese banco robó de pronto su atención, su impulso, su pensamiento... Hasta que, vencido por ello, acabó por detenerse del todo y se quedó parado allí, inmóvil y desconcertado, como si intentara resistirse, a algunos metros de la umbrosa puerta de la capilla... Las finas hojas de su breviario abierto voltearon desordenadamente, produciendo un leve crepitar, impulsadas por la brisa.
"Notum fecit Dominus
salutare suum: in conspectu gentium
revelavit iustitia suam.
In ella mandavit Dominus
misericordiam suam:
et cante canticum eius..."
El hombre estaba allí, a su espalda, lo sabía, quieto y callado, casi como si formase parte de todo y, sin embargo, separado y único, tan real y presente que todo el resto parecía tornarse borroso y lejano... Frey Silvestre tuvo el cierto sentimiento de que aquella silueta que ni siquiera podía definir se metía en él profunda e intempestivamente, como si pretendiese echar raíces, y sin saber por qué, lo recorrió un escalofrío. Aquella imagen había sido como una flecha disparada certeramente a su corazón por una mano sábia y fuerte, y de algún modo que no tenía claro, había sido herido por ella.
Al fin, el monje se irguió lentamente, alzando la cabeza, tensandose, preparandose... Para qué?... Volteó. Lo miró. Supo cómo era. Era un mendigo, vestía harapos, iba descalzo y, con certeza, tenía hambre... Y también lo estaba mirando... En el rostro del monje se pintó la incredulidad, un destello de recelo, algo de decepción... Pero en el segundo siguiente se sintió devorado por esos ojos obscuros que parecían arder, encendiendo toda la faz y el aire a su alrededor. Instintivamente echó el cuerpo hacia atrás, y sus dedos se apretaron con fuerza sobre las satinadas páginas del breviario.
-Qué haces aquí?- le preguntó ásperamente, sin acercársele. Se sentió curiosa y calladamente agredido, expuesto delante de aquel hombre.
El mendigo no respondió de inmediato, no se movió, no hizo nada. Solamente lo contemplaba con atenta placidez y confianza, como si supiese desde siempre quién era él, como si esperase ser reconocido sin más, con una pincelada de brilante mansedumbre fuglurando en su rostro flaco y pálido, surcado de polvo y rocío. Las manos, curiosamente delicadas, pero sucias y llenas de magulladuras, descansaban en el regazo, uma sobre la otra, y en su esbeltez parecían ser capaces de aliviar cualquier dolor con sólo hacer un leve movimiento, con alzarse o señalar. Sus piés, uno junto al otro sobre el musgo húmedo de las piedras, decían haber recorrido todos los caminos del mundo, del universo, del tiempo y del dolor, tan lastimosamente llagados se veían, cubiertos de tierra, patéticamente frágiles, tan humildes y sufrientes, que inspiraban piedad y ternura. Y su rostro... Ah, ese rostro...
"Haec dies quam fcit Dominus:
exultemus et laetemur in ea.
Benedictus qui vent in nomine Domini:
Deus Dominus, et illuxit nobis..."
A pesar de la dulzura y quietud que la imagen de aquel hombre exhalaba, de la afabilidad y sencillez de su porte, de su gris y harapienda insignificancia, aquella sensación de inquietud, de subterráneo peligro, de alguna cosa desconocida que se desprendía de él y se le aproximaba, causandole un vago y molesto temor, se agigantó de una plumada en el pecho de frey Silvestre. Parecía que su pesadilla estaba a punto de atacarlo nuevamente... Hizo un gesto indefinible y contenido, pues no comprendía el motivo de semejante y tan absurda contradicción entre lo que sus ojos veían y lo que sentía en su corazón. No era acaso una misma persona? Entonces cómo era que así se disociaba?... Escudriñó más atentamente al desconcertante hombre frente a él, intentando penetrar en sus pensamientos, en sus intenciones, para desarmarlo de una vez. Lo miró intensamente, con rabia, con miedo, arañando, hurgando hacia su interior. Pero aquello fué como meter las manos en el água. Lo traspasó en un instante, sin que él opusiese resistencia, y nada encontró más allá. Tocó fondo sin necesidad de sumergirse, porque el hombre se mostraba tal y como era. No ocultaba nada, no traía nada, nada reclamaba. Era, simplemente, el que se encontraba allí.
El monje temió entonces que se tratase de un loco, un chiflado que no había comprendido sus palabras y, fastidiado ya por esta nueva demora en el cumplimiento de sus deberes y por aquella estúpida sensación de peligro y desazón que arañaba su estómago, se disponía a repetirlas, dando un breve y brusco suspiro, cuando el hombre habló. Y fué tanto el sobresalto del monje al oír su voz, que contuvo el aliento y dió un involuntario respingo.
-El hermano portero me ha dejado entrar.- expresó el hombre, muy quedamente, y el aire de la mañana pareció vibrar junto a su boca.
Por un momento, fray Silvestre se quedó en estático silencio, estúpidamente sorprendido, creyendo reconocer aquella voz, que provenía quizás de algún rincón remoto y olvidado de su memoria. Sería alguien con quien cruzó en alguna de sus peregrinaciones por la ciudad pidiendo limosna? Y otra vez lo recorrió un inexplicable estremecimiento... Pero al pronto recapacitó y se dijo que era imposible que alguna vez hubiese conocido a este hombre, pues no era más que un pordiosero, un vago, un cualquiera ignorado por el mundo.
-Pues no debió haberlo hecho.- le replicó entonces agriamente, cerrando de golpe su breviario, disgustado por su propia inseguridad ante este desgraciado -Acaso no sabes que está prohibido entrar aquí? Este es lugar de oración, no de limosnas.
Entonces, el mendigo se puso de pié, con un movimiento que resultó imperceptible para los ojos del monje, y lo miró a la cara un momento, envolviendolo en una suave y cálida oleada de luz, penetrando sin miedo por sus pupilas para precipitarse en las tinieblas de sus entrañas, diluyendose en el aire móvil y argentado.
-Pero la limosna también es oración...- le replicó, sin dejar de mirarlo, pero al mismo tiempo traspasándolo, como si mirase más allá, hacia algún lugar lejano.
Fray Silvestre desvió los ojos, turbado, sintiendo que un ramalazo de gélido aliento lo azotaba, haciendolo encogerse. De pronto deseó marcharse de allí, acabar la conversación, echarlo fuera, gritarle, darle un empujón para apartarlo de su caminol, de su vida, en la que parecía filtraese y amarrarse de un modo inflexible, incontrolable. Deseó que este hombre extraño y perturbador desapareciese de su vista, que al tronar los dedos se desvaneciera en la brisa y cesara de atormentarlo de esta manera ridícula y humillante. Sentía en su presencia algo amenazante. Sentía que lo espiaba, que aguardaba alguna cosa. Pero qué podía esperar de él a no ser un pedazo de pan o un vaso de água?... Y sin embargo, aguardaba, como aquel crucifijo en su celda... Y ese rostro, esa faz serena y segura que de algún modo lo hería profundamente...
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