Y aprovechando que hoy día voy a trabajar solamente en la noche y que la empleada vino para reponer el día que estaba debiendome, voy a postear otro pedazo de esta historia. Quien sabe hasta consiga llegar al final!... Hoy los funcionarios de la fundación tendrán su dia de confraternización en una chacra cerca de la ciudad, pero no sé si lo van a pasar bien porque la meteorología está anunciando lluvia y frío, entonces créo que se van a quedar solamente mirando la piscina y devorando el asado debajo del área cubierta del jardín. Bueno, yo no soy mucho -nada, para ser sincera- de disfrutar conmemoraciones con mis colegas de trabajo. En realidad nos llevamos super bien en todo lo que se refiere a la parte profesional, pero sinceramente no sé si aguantaría un día entero con ellos en la onda diversión. Yo soy bien quieta, del tipo contemplativo, y me cargan las bromas de mal gusto -que son las que suelen acontecer en este tipo de reunión- y yo sé que todos ellos están con unas ganas locas de darse el gusto en este ítem, fuera el hecho de que, como van a estar tan aturdidos por la cerveza y las toneladas de carne, van a poder decir todo lo que se les antoje -inclusive para los jefes- y nadie se vá a dar por ofendido porque mal van a conseguir entender de lo que están hablando, entonces... Bueno, fuera eso, con fiesta o no, yo voy a tener la presentación en la plaza en la noche, a no ser que llueva. Ayer estaba haciendo un frío atroz, ni parecía que estábamos en pleno diciembre! Todo el mundo vino de abrigo, bufanda, gorro y parca y yo casi morí congelada mientras mis alumnos se presentaban. Menos mal que acabó valiendo la pena porque pescamos a las personas saliendo de la misa, así es que tuvimos una platéa respetable y los niños continúan encantados con los personajes y sus payasadas... Bueno, por lo menos eso, porque hoy amanecí completamente quebrada por causa del frío. Entonces, estoy sentada aqui con la estufa al lado, porque continúa frío y nublado, amenazando llover y con un vientecito tremendamente helado. Hoy en la noche pretendo ir bien abrigada porque no tengo la menor intención de amanecer mañana como amanecí hoy día... Bueno, por lo menos voy a poder aprovechar la tarde para decansar y escribir otro poco, entonces, manos a la obra!.
"Laetentur caeli; et exulter terra
conmoveatur mare et plenitudo eius:
grandebunt campi, et omnia
quas in eius sunt..."
-Pero qué soberbia la tuya, infeliz...- murmuró fray Silvestre con la voz asfixiada, resistiendo al torbellino que quería tragárselo.
-Perdona... Perdona si te he molestado...- dijo entonces el mendigo, rompiendo de pronto el hechizo al bajar la cabeza con aire contrito, empequeñeciendose, transformandose por un momento en sólo eso: un limosnero -Mi soberbia es grande, es verdad, padre... Perdóname, sé que eres un hombre muy ocupado en tus deberes...- añadió tornando a mirarlo, llenos de dorada claridad y comprensión sus ojos, cayendo como una téa encendida en las ascuas agonizantes de su corazón.
Fray Silvestre se irguió entonces, parpadeando.
-Cómo sabes tú...?- exclamó, dando un paso hacia atrás, y con un aliento de miedo agregó: -Acaso te conozco?...
-Qué saben los hombres de las cosas de Dios?... Yo no sé nada, sólo he venido.- le respondió el mendigo abatiendo con súbito cansancio la cabeza castaña.
Fray Silvestre apretó las mandíbulas. Acaso aquella fuese la respuesta a sus dudas, salidas de la boca reseca y terrosa de este hombre transparente.
-He venido caminando sin detenerme desde Nocera, de pronto he divisado vuestro monasterio y he tocado a la puerta. Me ha abierto el buen hermano portero, ha tenido compasión de mí y me ha dejado entrar... No lo riñas, por favor. El sólo ha hecho lo que Dios le ha dictado a su corazón.
Fray Silvestre resopló con impaciencia y maldijo en su interior al hermano portero, que era el culpable de todo esto, y que no era más que un anciano tonto y sentimental al que cualquiera podía engañar con unas cuantas palabras bien dichas y una mirada lastimera... Pero el pobre no servía ya para ningún otro trabajo, pues estaba demasiado viejo se olvidaba de las cosas, o bien se cansaba fácilmente y se dormía, sufría dolores a los huesos y estaba casi ciego. Por eso le habían asignado este puesto, en donde no había mucho que hacer, ya que no recibían visitas, y así el anciano fraile podía sentarse y dormitar en la yacija o calentarse junto al hornillo de barro. Además, aquello lo hacía sentirse útil e importante en vez de una carga para la comunidad.
Pero seguramente sucedió que este sinvergüenza se había percatado de la chochera del viejo y aprovechó la oportunidad para marearlo con su astuta palabrería y colarse al interior para llenarse la barriga y dormir al sol hasta hartarse... El pecho de fray Silvestre se hinchó, enfurecido... Pero a él no podía engañarlo. El no era viejo ni se conmovía fácilmente. Conocía de sobra a los tipos de su calaña. Los había visto cientos de veces en las plazas y mercados, en las puertas de iglesias y conventos, en los recodos de los caminos, en los puentes, en los zaguanes de las casas acomodadas y palacios, siempre hambrientos y harapientos, con la mano tendida como una garra para coger las monedas o los mendrugos de pan, sucios y ladinos, embaucando a las personas de buena fé para llenar sus insaciables estómagos y bolsillos, contando una y otra vez sus viejas y tristes historias con la voz lacrimosa y los ojos húmedos con su fácil llanto, corriendo de un sitio a otro como una peste, enseñando su asquerosa miseria y riendo burlonamente cuando nadie los veía. Eran todos unos haraganes astutos y pedigueños que se mofaban descaradamente del mundo y su caridad.
El monje abandonó sus desagradables cavilaciones y miró otra vez a este andrajoso y famélico timador que estaba intentando engatusarlo con sus cuentos y frases bonitas, si bien debía admitir que era bien distinto de los otros... Este hablaba de Dios y sus palabras eran extrañas y llegaban muy hondo en su alma, causandole una indefinible desazón... Pero era un timador, un actor, un pedigüeño, qué más?... Y de pronto se le antojó repulsivo, despreciable, grosero, indigno de la más mínima misericordia... El corazón de fray Silvestre rebosaba de cólera y desdén cuando se dirigió a él, y su voz sonó áspera y destemplada al arrastrarse fuera de su garganta.
-Habráse visto descaro como el tuyo.- le espetó, haciendo una mueca para contener su rabia -Cómo te atreves a hablarme de Dios, tú a mí?... Apártate de mi camino, sé muy bien quién eres y lo que buscas en este lugar.
El mendigo alzó la cabeza al oír sus últimas palabras, sacudido su cuerpo enjuto y pequeño por un repentino estremecimiento, y lo miró a la cara inquisitivamente, palideciendo. Pareció que algo tremendo se cernía sobre él, y volvió a estremecerse. En su cara demacrada se pintó una súbita y mortal angustia y un doloroso cansancio, como si fuese a derrumbarse a los piés de fray Silvestre que, instintivamente, dió un paso hacia atrás y se irguió, desconcertado por aquel cambio repentino.
-Lo sabes tú?...- murmuró el pordisero, y alzó una mano hacia él -Y no quisieras por caridad decírmelo, padre?...- pero fray Silveste no le respondió y él bajó a cabeza entonces y su voz se tornó casi inaudible -Yo sólo sé que no deséo ser nadie, ni buscar nada- volvió a mirarlo y juntó las manos en el pecho, crispadas y pálidas, ligeramente temblorosas -Acaso no he hecho bastante ya para olvidarme de mí? Es que todavía soy alguien?... Dime, padre, qué debo hacer? Dónde debo perderme para encontrar a Dios? Tú debes saberlo, padre...- y aguardó, sin dejar de mirarlo con aquella intensa y perurbadora fijeza que lo atravesaba, que veía más allá, hacia algo que se reflejaba en sus pupilas como una llamarada que abrasaba la piel áspera y reseca de su rostro ingrato.
Fray Silvestre le volvió la espalda bruscamente, apretando los labios, y sintió que una garra estrangulaba su corazón. Porque, no era acaso aquella su propia pregunta, dirigida noche día al Creador, la pregunta sin respuesta? No era este hombre el espejo de su propia lucha, de su propio camino y de su misma esperanza?... Pero este hombre era algo más. Era una mezcla de fracaso y triunfo, de búsqueda y encuentro, de ignorancia y entendimiento, de cielo y tierra. Era una parte humana y mortal, y aún así, podía ver en sus ojos otra parte, lejana, luminosa, perfecta, inalcanzable, pura... Qué clase de hombre era este? Por qué habia venido?...
Fray Silvestre se llevó una mano empuñada al pecho y cerró los ojos con fuerza. Frunció el entrecejo y respiró profundo. Algo estaba sucediendo allí, algo fuera de su control que desordenaba su vida dura y triste hacia la perfección como el viento desordena y se lleva las hojas muertas. Parecía que su cuerpo y su alma pugnaban por separarse y rajarlo en dos. Algo le dolía en algún profundo y distante lugar, algo clamaba desde allí.
Fray Silvestre se irguió, tenso, haciendo un tremendo esfuerzo, y despegó los labios, tratando de vencer el vértigo y la magia poderosa del hombre.
-A fé mía, yo te conozco bien, desdichado...- murmuró ahogadamente, oyendo su propia respiración contenida y su corazón desbocado.
"Afferte Domino, pratriae gentium,
afferte Domino, gloriam et honorem:
afferte Domino, gloriam nomini eius..."
Assinar:
Postar comentários (Atom)
Nenhum comentário:
Postar um comentário