Entonces, aquí está, de uma vez por todas, el descenlace de este cuento! Ojalá que les guste!
Y cual si el hombre hubiera estado escuchando todo cuanto él pensaba, dió un paso hacia adelante y lo miró a los ojos, lleno de compasión y extraña ternura, y habló, abriendo los brazos hacia él:
-Pero dónde te encuentras ahora, hermano Silvestre?... Después de toda una vida llena de lucha y dolor, dónde te encuentras ahora?
Fray Silvestre se irguió de golpe al oír aquellas palabras precisas y llenas de sincera tristeza, mirando al mendigo con los ojos desorbitados, y se llevó una mano abierta al pecho, como escudando su corazón contra aquella estocada que, sin embargo, lo atravesó de parte a parte, desarmándolo finalmente. Su barbilla tembló y un gemido inarticulado brotó de su boca cuando intentó hablar. Un dolor inmenso lo desgarró y cerró los ojos, como si no fuera capaz de tolerar la vista del que así había hablado. Su cuerpo martirizado pareció disolverse en un remolino tormentoso y, trastabilleando, cubriendose el rostro con las manos.
-Vete... Vete, por favor...- murmuró, dejándose caer en el escaño, luchando para que el otro no lo viera llorar, pero las lágrimas corrían por sus mejillas marchitas -Por qué has venido?... Qué es lo que quieres?
El mendigo no se movió de donde se hallaba, pero ladeó la cabeza y le sonrió con dulzura, aunque fray Silvestre no lo veía.
-Yo sólo he venido.- le respondió quedamente.
-Has venido a burlarte de mi, infeliz.- le replicó el monje, apretando las mandíbulas y los puños -Has venido a destruírme, a hacerme dudar, a quebrantar mi fé. Has venido...
-Sólo he venido.- repitió el mendigo, y sin emitir un sonido más, se dirigió hacia la pequeña puerta de metal enmohecido en la pared oeste del monasterio, la abrió con suavidad y salió por ella, sin volver a mirar al monje, que lloraba amargamente bajo el olivo.
"Mirabilis Deus in sanctus suis,
Deus Israel: ipse dabit virtutem
et fortitudinem plebi suae,
benedictus Deus."
El oficio había concluído. Um leve rumor llegó desde el interior de la capilla y los hermanos se aprestaron a salir para el desayuno.
Al oírlos, fray Silvestre se incorporó rápidamente, cogió su breviario del suelo y se quedó de pié allí, junto al banco, muy derecho y calmado, como si nada hubiese sucedido. Y era justamente en esto que pretendía desesperada y absurdamente creér: que en realidad no había ocurrido nada. Pero cuando levantó el brazo para pasarse la manga por los ojos húmedos, el dolor de aquel roce lo hizo estremecerse... Oh, sí, porque allí estaba, en su piel, la prueba de lo que pretendía ignorar. Allí estaba... Tembló su alma vacilante y cerró los ojos, llevándose la mano a la cabeza desgreñada... Allí estaba.. Sintió que todo se cambaleaba a su alrededor, que se obscurecía. La faz serena y tierna del mendigo iluminó su cerebro como una rayo. Le faltó el aire y extendió torpemente una mano abierta para no caer en el abismo.
Pero alguien se la cogió bruscamente, sosteniendolo, trayéndolo brutalmente de vuelta a la fría tierra.
-Qué os sucede, fray Silvestre? Os sentís mal?...- la voz aguda y rasposa del hermano portero, fray Ludovino, resonó atronadoramente en sus oídos, haciéndolo encogerse.
-Qué?...- articuló, abriendo los ojos, deslumbrado por el sol.
Miró en torno, desconcertado, frunciendo el ceño, alargando las manos para equilibrarse en medio de aquel remolino de colores, sonidos y objetos que parecía golpearlo con su consistente cercanía: Las arcadas de piedra, los árboles, las columnas, las rejas, el sendero, las altas paredes y torres que lo circundaban, macizas, grises, insultantes. Y los hermanos que circulaban por los corredores en dirección al refectorio, con sus hábitos negros y sus capuchas... Eran seres humanos, de carne y hueso, que iban a comer. Eran tan reales, tan féos y mortales. Eran tan diferentes de aquel otro, pensó de pronto.
-Hermano Silveste, por caridad, decidme o que os sucede!- exclamó fray Ludovino, remeciéndolo suavemente -Hablad!
Fray Silvestre se volvió hacia él y lo miró, con expresión de estupor. Este viejo desdentado, calvo y de ojillos brillantes y saltones, quién era? No conseguía recordarlo.
-Dejadme...- murmuró con voz ronca -Dejadme solo... Alejáos...- y se desasió de su flaca mano arrugada, dándole la espalda, tambaleante, sin conseguir retornar a sí.
Entonces, súbitamente, la cara de fray Ludovino se iluminó y sonrió, lleno de admiración y un poco de miedo, mostrando sus encías peladas.
-Acaso...? Acaso habéis tenido...?- se interrumpió para tragar y dió un receloso paso hacia fray Silvestre -Por ventura habéis tenido... una visão, hermano Silveste?- y se quedó en suspenso, lleno de santa reverencia, sin atreverse a tocar al aludido.
Este giró lentamente hacia él, como si sus ingenuas palabras lo hubiesen traído a la ralidad, y le clavó los ojos, que comenzaron a encenderse de cólera. Fray Ludovino retrocedió, atemorizado por aquella repentina y feroz mudanza de talante.
-Vos... Vos...- pronunció fray Silvestre apuntándolo, aproximándosele amenazadoramente, agigantándose a medida que la ira lo poseía -Por qué faltásteis a las reglas y lo dejásteis entrar?
-De qué estáis hablando?...- tartamudeó fray Ludovino -No os comprendo...
Fray Silvestre respiró hondo, contenidamente, y expulsó el aire de un golpe. Esperó a serenarse un poco y luego continuó.
-Estoy hablando del pordiosero aquel a quien dejásteis entrar esta mañana.
Fray Ludovino se achicó, enlazando las manos con nerviosismo.
-Ah, ese pobre hombre que se veía tan cansado...- admitió, bajando la cabeza y jugando con el cordón de su hábito -Pues sí, yo lo dejé entrar.- alzó la vista y miró al otro, compungido y tembloroso -Por favor, no os enfadéis, yo sólo he hecho lo que Dios le ha dictado a mi corazón... El infeliz parecía tan cansado...- repitió -Perdonadme.
Fray Silvestre se estremeció, apartando los ojos del anciano fraile, que lo miraba suplicante y avergonzado. Sintió que su piel vibraba, desencajando los huesos de su cuerpo. Fray Ludovino repetía exactamente las palabras del hombre!... El aire tembló junto a su boca, que se movió, mas sin pronunciar palabra alguna. El vértigo volvió a invadirlo y se puso una mano en la garganta. Quería huír, ocultarse, desaparecer. Quería preguntarle a Dios, pero no se atrevía.
-Y podéis decirme, hermano... quién era ese hombre?- dijo luego de un momento, suavizando su tono y su gesto -Lo sabéis? Os lo dijo él?- y aguardó, temblando, sin respirar, colgado de los labios agrietados del fraile frente a él.
-Francisco... Francisco de Asís, eso fué lo que él dijo.
-Nada más?
-No.
-Y vos, habíais oído hablar de él antes?
Fray Ludovino titubeó, manoseando el rosario de madera, evitando mirarlo.
-Pues... Pues, se dicen muchas cosas de él, hermano Silvestre...
Fray Silvestre se enderezó, tocándose inconscientemente el brazo lastimado.
-Qué coisas?- inquirió, y comenzó a temblar sin poder evitarlo.
-Pues.... Bueno, se dice que es un loco, un vago, un charlatán,que robó el dinero de su padre y recluta jóvenes para llevarlos a vivir en la pobreza más absurda... Pero también se dice... También se dice...
-Qué más?- lo apremió fray Silvestre, inclinándose hacia él.
-También se dice, y que Dios todopoderoso me perdone si blasfemo, se dice que es un hombre de Dios... Un santo!
Fray Silvestre se irguió, como tocado por un fierro al rojo, y na intensa palidez invadió su rostro. Sintió que se elevaba a los cielos y que se hundía en lo más profundo de la tierra, que se dispersaba y se comprimía hasta el dolor... Un santo!... Sintió deséos de reír y llorar al mismo tiempo... Un santo!... Dirigió sus ojos dilatados hacia la puerta de fierro en el muro, luchando con su incredulidad, su pavor y su fé. Aún estaba abierta. Por qué nadie la había cerrado? Es que acaso estaban todos ciegos? Y por qué él mismo no la había cerrado al salir?... Era acaso que lo invitaba a ir tras él?... Pero qué garantía tenía de que era lo que decían que era? Y si erraba el camino y se perdía y perdía para siempre todo lo que había conquistado ?... Bajó la cabeza. Y acaso poseía cosa alguna? Sólo su pobre cuerpo, su mente, su corazón, su fracaso, su pena. Volvió a palpar su brazo; aún le dolía. Aún seguía allí.
-Un santo.- repitió casi inaudiblemente, pero nadie lo escuchó, pues el hermano portero se había marchado, temeroso de su extraña actitud, y los demás estaban en el refectorio desayunando.
Miró en torno, buscando a alguien a quien preguntarle, pero estaba solo en el patio. Vió hacia la puerta otra vez, angustiado, vacilante.
"Pero cómo tener certeza?", se preguntó, y dos lágrimas resbalaron de sus ojos. "A quién preguntarle?... No hay nadie... Nadie, como siempre", y abatió la cabeza, apretando los labios con fuerza.
Dió media vuelta y se dirigió hacia su celda, llorando silenciosamente por aquella duda que quedaría enraizada para siempre en su corazón.
Llegó ante la puerta de madera y clavos y se detuvo, mirándola sin verla. Apoyó una mano en su áspera superficie y volvió la cabeza hacia atrás, lleno de desconsuelo. El sol brillaba, la primavera florecía por doquier... Y no había nada para él.
Empujó desmañadamente la puerta y entró, deteniendose junto a la cama. Vió en torno: lo mismo de siempre, para siempre. Depositó el breviario sobre el escaño de piedra, junto al resto de vela, y al incorporar-se, sus ojos se toparon con el pequeño, féo y deslustrado crucifijo que colgaba en la pared más obscura.
Se quedó inmóvil, con la boca entreabierta, semi inclinado, fija la mirada en la imagen que a su vez lo veía desde allí, sangrante y agónica, tan triste, tan cansada, tan misericordiosa aún en medio de su inmenso dolor. Era un rostro flaco, ingrato, hambriento y extrañamente luminoso, que todo parecía saberlo y perdonarlo... Que aguardaba.
Fray Silvestre se irguió, dejando caer los brazos a los lados, sin fuerza. Esa faz, esos ojos como dos pozos de miel, esa imagen tan patética y grandiosamente semejante a la otra. Esa imagen en la cruz aguardaba su pregunta, tal como Francisco había esperado junto al escaño... A quién más podría dirigirla? Quién otro podría conocer la respuesta? Francisco se había marchado, pero el Crador estaba allí.
Casi sin darse cuenta, se arrodilló en el duro suelo y alzó las manos hasta unirlas en la barbilla, y al penetrar su alma por aquellos ojos divinos que lo contemplaban tan dulcemente, desapareció de una plumada todo aquel viejo temor y resentimiento que lo apresaban, la vergüenza, el fracaso y la tristeza, la envidia, y lleno de una nueva esperanza alzó al fin la voz, que resonó fuerte y templada entre las paredes.
-Señor, debo yo seguirlo? Debo dejarlo todo para ir tras él?...
Y esta vez no esperó el silencio como respuesta. Esta vez sabía ciertamente que había sido escuchado. Bajó la cabeza, cerró los ojos, se recogió dentro de sí mismo y abrió el corazón. Se sintió en ese segundo como parte de todo, libre, etéreo, sin cadenas que le impidieran lanzarse al abismo celeste que se abría tras aquella pequeña puerta enmohecida... Y fué su propia garganta, su lengua, su propio paladar y sus labios los que pronunciaron la respuesta que tanto anhelaba.
Su voz volvió a alzarse, extraña y ausente, cual si cada palabra tomara lentamente su forma dentro de su cerebro antes de emerger, serena y segura.
-Aquel que pone la mano en el arado y mira hacia atrás no es digo de venir en pos de Mí.
Luego se hizo el silencio y fray Silvestre permaneció inmóvil un momento más, arrodillado en la penumbra, sustraído al correr del mundo, sumido en la paz que finalmente había encontrado, pálido, ojeroso, transfigurado, estático ante su Creador.
Luego alzó la cabeza y pestañeó, miró hacia la ventanilla de barrotes, por la que penetraba la luz del sol, escuchó el aleteó de las palomas en el tejado, respiró el aroma de la naturaleza viva y nada de ello lo lastimó. Habíase olvidado de su cuerpo y sus penas y tentaciones. Sólo sabía que debía ir tras Francisco y estaba seguro de que sabría encontrarlo porque él lo aguardaba fuera de allí.
Se puso de pié y sonrió. Miró una vez más la celda vacía y umbrosa... Bueno, ciertamente había sido su tumba, pues el viejo y amargado hermano Silvestre había muerto allí, ahora. Suspiró y de pronto se sintió un extraño en aquel sitio, como un intruso. Entonces fué hacia la puerta, atravesó el jardín solitario y susurrante con paso decidido y ágil, derecho, con la risa cosquilleando en su pecho como un vaho embriagador y revigorizante, y llegó ante la pequeña puerta de fierro, que todavía estaba abierta. Miró hacia el bosque y el camino de tierra que se tendían más allá, por donde iba Francisco, y entonces, sin voltear ni vacilar ya más, cruzó el umbral de un paso, tomó la manija y cerró la puerta tras de sí.
Y cuando oyó su chirrido enmohecido, se miró de pronto las manos, y los piés, y el pecho y los brazos; se los recorrió, palpándolos, oprimiendose la piel, y su boca se distendió en una enorme y brillante sonrisa... Porque ya no tenía más frío.
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