Y como se los prometí, este fin de semana termino de postear el final de esta historia, entonces, aquí vá!... A final de cuentas, tengo otras cosas que también quiero publicar aquí, entonces, tengo que desocupar el espacio!.
El pordiosero nada replicó. Hubo un instante de silencio, y cuando fray Silvestre se volvió para ver qué era lo que ocurría, el hombre avanzó hacia él. Se le acercó sin que supiese cómo, sin que pudiese escapar o rechazarlo; alargó una mano, una de aquellas manos pequeñas y frágiles, etéreas y sucias, y lo tocó... La apoyó gentilmente en su antebrazo y el monje sintió como si una llamarada invisible lo hiriese hasta el hueso, haciéndolo proferir una ahogada exclamación de sorpresa y dolor. Fué como si el hielo que cubría si piel se hubiese trizado.
Espantado, intentó retirarse de aquel ígneo y misterioso contacto, pero no lo consiguió. No podía moverse, no podía respirar, no podía gritar ni dejar de verlo. Era como si su imagen lo hubiese penetrado y se hubiese grabado dentro de su cerebro, borrando todo lo demás... El rostro demacrado y barbón del mendigo se tornó desvaído, su sonrisa consoladora cambiante, encandilándolo con aquel extraño resplandor que parecía despedir... Pero qué cosa lo había puesto así? Cómo podía haberse transfigurado de este modo? Qué había hecho? Qué le había sucedido a la criatura mortal, ordinaria y opaca con la que hablaba?... Fray Silvestre cerró los ojos con fuerza y se llevó la mano libre a la cara, luchando contra el vértigo y la luz abrasadora. Su breviario cayó al suelo, pero él no se dió cuenta. Ni siquiera oyó el ruido que hizo contra las piedras.
Todo giraba a su alrededor, todo se hundía, se desvanecía. No había nada, porque todo era la luz, ese fulgor cegador, ese calor penetrándolo, destruyéndolo... Y la mano leve y blanca continuaba apoyada en su antebrazo, y fray Silvestre supo ciertamente que aquella era la causa de todo... Oyó al hombre hablar, decir unas palabras que no pudo comprender, mas su voz volvió a parecerle conocida, saltando su sonido suave y lleno de misericordia desde el fondo de su inconsciente, taladrando seu cerebro confundido.
"Dios mío, Dios mío!... Pero qué es lo que está sucediendo?", gritó en medio de aquel cataclismo que lo arrollaba, pero su voz no sonó, muriendo tras sus dientes apretados.
Mas de pronto, em mendigo retiró su mano y todo acabó de golpe. Retornó el sol, la brisa perfumada, los árboles verdes, el pozo con su rumor, el cielo claro y las frías piedras bajo sus piés. Todo se esfumó como por encanto... Fray Silvestre parpadeó, incrédulo y espantado, y se agarró el brazo en el lugar donde había sido tocado, retrocediendo con paso vacilante, bordeando el límite del abismo celestial... La piel le ardía, abrasada, lastimada; la sentía herida, chamuscada y, aún así, etérea, insensible, como si un halo la protegiese... Se restregó los ojos y miró al hombre delante suyo, junto al escaño de piedra. Sí, allí estaba. Era real. Tenía cuerpo, volumen, color, olor, y emitía leves sonidos. No era una alucinación. Era este hombre... Y también lo estaba mirando. Estaba esperando.
"Regnae terra, cantate Deo,
psallite Domino: psallite Deo
qui ascendit super caelum
caeli ad Orientem..."
Unas sorpresivas y casi irreprimibles ganas de llorar asaltaron a fray Silvestre y su visión se tornó borrosa. Su corazón latía desdeperadamente, quemandose aún, pugnando por saltar de su pecho y elevarse, liviano e henchido de aquella extraña alegría que quería brotar en lágrimas. La cabeza le daba vueltas y su garganta se contraía, incapaz de expresar sonido alguno que pudiese contar lo que sucedía... Conteniéndose a duras penas, fijó sus ojos brillantes en el hombre que aguardaba. Retrocedió un paso más.
-Quién eres tú?...- preguntó con la voz ronca, llevandose una mano a la garganta. Temblaba, confundido entre el pavor y el deslumbramiento.
El mendigo no se movió.
-Tú lo sabes, padre.- le respondió en voz baja, y ladeó un poco la cabeza, esbozando una sonrisa franca -Ibas a decírmelo.
Fray Silvestre se irguió, haciendo un penoso esfuerzo por recobrar la calma, el raciocinio, la superoridad lógica sobre aquel sucio y desharrapado cualquiera que le sonreía tan afablemente. Lo contempló con incredulidad y recelo. Acaso él no se había dado cuenta de nada? No se había pecatado de lo que había ocurrido? No podía creérlo, cómo continuaba tan tranquilo?... Se estremeció, dudando. O era que nada había sucedido en realidad?... Pero el brazo le ardía, esta era la verdad, lo lastimaba el roce de la manga; se había quemado. Sus dedos inseguros palparon la herida por sobre la lana del hábito y allí estaba. Dió un respingo de dolor y apetó las mandíbulas... O acaso era que soñaba, que yacía aún en el camastro de su celda y nada de esto acontecía?... Apartó la cabeza a un lado com brusquedad. Oía a los hermanos orando en la capilla... Bueno, pero qué clase de tonterías y fantasmas estaban pasando por su cabeza? Quién era este miserable pordiosero para alterarlo así? Acaso era algo más que eso, un pobre pedigüeño? No lo estaba viendo? Y parecía otra cosa? No, qué era lo que pretendía aquel vago chiflado con todo esto?... Una sombra surcó de pronto la faz apagada del monje, y sus nervios se contrajeron. Qué había sucedido EN REALIDAD? Qué esperaba este hombre? Porque evidentemente aguardaba algo. Mas, por qué había llegado hasta el monasterio? Por qué a este y no a otro cualquiera de los que abundaban en los caminos? Por qué el hermano portero había quebrantado las reglas para dejarlo entrar? Por qué se había este hombre dirigido a él y no a otro hermano, hablando así, llegando certeramente a su alma enferma y resignada en su amargura? Por qué él continuaba allí parado, mirándolo y oyéndolo cuando debía estar en la capilla con los demás? Por qué abandonaba sus sagrados deberes a causa de este enigmático mendigo?... Se llevó otra vez la mano a la garganta y tragó. Se sentía perdido, abrumado por sus dudas, atrapado. Finalmente atrapado... Por qué lo invadían estos absurdos deséos de llorar? Por qué así, en medio de una suave dicha que no podía explicarse?... Frunció el ceño y se irguió, sobresaltado... Acaso había alegría en el camino hacia Dios? No era todo un largo sufrir, una eterna penitência y un grito de arrepentimiento hasta ser coronado con la bendición divina? Existía acaso un respiro, una sonrisa, un verso, una música, una caricia, el armisticio?...
Fray Silvestre movió la cabeza y respiró profundamente. Su vida y sus creencias, tan firmes y tan bien llevadas a cabo, parecían tambalearse ante sus ojos. Todo era nada. Su sabiduría era como el viento en los campos, como un árbol de muertas raíces que agonizaba, estangulado por esta nueva y terrible incertidumbre que se apoderaba de él... Era éste el castigo supremo? Era el fin?... Se encogió, estremecido, aterrado, y luchó por rehacerse ante el hombre que lo observaba en perfecta calma y transparencia. Verdad era que estaba harto lejos de poder responder a estas preguntas que llenaban de angustia y esperanza su corazón, pero no iba a dejar en evidencia que todo aquello lo inquietaba. No iba a pedirle a aquél las respuestas que él mismo ignoraba, ni tampoco a rendirse ahora y clamar un milagro.
Casi rió ante semejante idéa... Porque él sabía que los milagros no sucedían así. Cómo iba el Senhor a enviar a un miserable como éste en respuesta a sus plegarias? Es que acaso él merecía aquello? No, los emisarios del cielo eran hermosos, resplandecientes y sin mácula, arrobadores, rodeados por un nimbo de bienaventuranza, y su contacto no ocasionaba dolor ni temor, sino un inefable éxtasis de amor, y todo se llenaba de luz, música y aromas celestiales, y al hablar, sus voces eran embriagadoras, dejando en el alma una paz perfecta y ausente. Así era como ocurría, no como un alud de fuego y luz que lo arrasaba, deándolo sumido en el espanto y la incertidumbre, y menos aún se personificaban en la imagen de un sucio muerto de hambre, más ingrato y obscuro que el peór ladrón o hechicero, desharrapado, famélico y lleno de soberbia e insolencia... Fray Silvestre pareció agrandarse ante estos pensamientos, recobrando su ánimo. No, no iba a permitir que algunos trucos bien hechos desbaratasem su ordenada vida, que corría rumbo a la perfección. Tod esto no era más que una alucinación. Llegar hasta donde se hallaba le había costado demasiado, toda una vida de lucha y dolor. Ya estaba viejo, cansado y resignado. Al menos, los hombres lo admiraban y hablaban de él como un ejemplo. Quizás si Dios no había dispuesto para él otra cosa.
Y en su ciega negativa se debatía en el puente frágil y tambaleante que lo sostenía sobre el precipicio de Dios, obstinandose en no dejarse caer, en no desnudarse, en no entregarse.
"Ecce dabit voci suae vocem
virtutis, date gloriam Deu super
Israel: magnificentia et virtus
eius in nubibus..."
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