domingo, 8 de dezembro de 2013

"La primera impresión"

    Bueno, como ven, estoy llevando muy en serio la promesa de mantener este blog activo, con historias nuevas a cada quince días por lo menos. También estoy con ese proyecto del envío de cuentos para que yo los desarrolle y los publique. Si desean saber más al respecto, vayan al blog de crónicas (pazaldunatepalabras.blogspot.com) y vean si les interesa participar... ¡Espero recibir muchas ideas!.
    Y aquí va el de esta semana. El ya fue publicado hace unos tres años, cuando inicié el blog, pero como estoy empezando de cero y debe haber mucha gente que no lo leyó y no está con saco para meterse a buscarlo, lo posto de nuevo, para el bien general de la nación.


    La farmacia estaba totalmente colapsada, parecía que todo el mundo había decidido aparecer allí a la misma hora. Casi no estábamos dando cuenta de descifrar recetas, responder preguntas y sacar jarabes, comprimidos, gotas, pomadas y cápsulas de los estantes. Varias veces acabé topándome con algún colega en el estrecho espacio detrás del mostrador en el cual teníamos que movernos. Para empeorar la situación, el teléfono no paraba de sonar y los clientes parecían estar sufriendo de un caso agudo de impaciencia colectiva. ¡Todos querían ser atendidos inmediatamente, no importaba la orden de los numeritos!... En ese tipo de situación nosotros, los funcionarios, nos poníamos extremadamente tensos, pues éramos obligados a ser atentos y serviciales con las personas, rápidos y eficientes en la atención y aún estar pendientes de cualquier actitud sospechosa, porque sabíamos que había gente que se aprovechaba de esos momentos de más movimiento para llegar discretamente junto a los anaqueles y, con un movimiento imperceptible, escamotearse alguna mercadería y salir sin ser notado. Y, claro, el prejuicio acababa sobrando para nuestro bolsillo a fin de mes. Nuestro jefe no perdonaba ese tipo de descuido.
    Yo me repartía entre el mesón y la caja y tenía que hacer un enorme esfuerzo para concentrarme y mantenerme calmada para no enredarme con los vueltos y las recetas, por eso, cuando vi al hombre entrar, me quedé un instante inmóvil, y al percibir que se aproximaba hacia mi, tuve la repentina certeza de que iba a verme envuelta en alguna situación desagradable. Inmediatamente busqué con los ojos a alguien que me pudiera substituir en la caja o entonces, que viniera a atender a aquel hombre, pero todos estaban ocupados.
   -Mierda... De esta no me escapo- dije en voz baja, enderezándome como para enfrentar a algún tipo de peligro.
    El hombre tenía un aspecto realmente horrible: flaco y de cabellos desgreñados, vestido con ropas sucias y zurradas, una encima de la otra, de colores indefinidos y llenas de manchas y agujeros, rostro barbudo y con grandes ojeras obscuras, zapatos deformados y cubiertos de barro, uñas largas y negras. Caminaba un poco tambaleante y cargaba un saco de estopa con algunas cosas dentro. Yo lo noté así que entró, mirando a su alrededor con un aire medio perdido, y me quedé con una mano en el aire, sujetando el billete que acababa de recibir de un cliente. Un viento como un mal presentimiento sopló desde mi estómago, que instintivamente se encogió. ¿Qué era lo que una criatura como esa podía querer aquí? Probablemente una limosna, pero no estábamos autorizados a dársela a nadie y si lo hiciéramos, claro que la cantidad sería descontada de nuestro salario. Nuestro jefe tampoco era adepto a ese tipo de política.
    -Paternalismo aquí, no.- predicaba con voz dura -¡Si quieren alguna cosa, que vayan a trabajar!.
    Mientras guardaba el billete en la caja y buscaba algunas monedas para dar el vuelto, observé que el hombre continuaba acercándose lentamente. Despedí al cliente con un gentil "gracias, vuelva siempre" y cerré el cajón de la registradora rápidamente. Cuando levanté la cabeza de nuevo, el hombre estaba delante de mí.
    De cerca era todavía más desagradable, pues sus dientes estaban negros y exhalaba un fuerte olor a sudor y alcohol. Si la primera impresión es la que vale, como decía mi madre, entonces lo mejor que podía hacer era pescar el teléfono y llamar a la policía, pues aquel personaje sólo podía significar problemas.
    Sintiéndome cada vez más insegura e intimidada delante de él, volví a mirar en busca de ayuda, pero nadie estaba disponible. Entonces, resignada, respiré hondo, tomé coraje y lo encaré con una falsa sonrisa.
    -¿En qué lo puedo ayudar?- pregunté, inclinándome hacia él. El hedor era casi insoportable.
    -Véame una aspirina, ahí.- respondió, con una voz ronca y gangosa que me sobresaltó.
    Se me ocurrió la idea de preguntarle si tenia cómo pagar, pero desistí. Era obvio que pretendía llevárselo gratis. Bueno, tal vez valiera la pena un descuento en mi salario con tal de verme libre de este mendigo... En ese momento, se acercó un cliente para pagar y tuve que volver a la caja. Mientras abría el cajón con manos temblorosas, escuché que el hombre repetía:
    -Véame una aspirina ahí, señorita. Es para llevarla para allá abajo.
    Me pregunté qué es lo que sería "allá abajo", y me acordé de que atrás de la farmacia estaba la comisaría. ¿Será que quería llevarle el remedio a algún amigo que  estaba detenido allá? ¿O será que era para él mismo? Le dí una ojeada al tiempo que le entregaba el vuelto al cliente, pero no me pareció que estuviera sufriendo algún tipo de dolor. Se mostraba un poco inseguro, pero fuera eso, parecía bien.
    -Mire, señor...- dije entonces, sonriendo lo más gentilmente que pude -En este momento estoy ocupada en la caja, ¿por qué no le pide a ese señor allá, que es uno de nuestros vendedores?- sugerí, apuntando hacia uno de mis colegas.
    El hombres siguió con los ojos obscuros la dirección que mi mano indicaba, y se demoró algunos segundos en localizar a la persona. En seguida, volvió a encararme, con una expresión en la cual se mezclaban la perplejidad y una punta de resentimiento, como si adivinara que aquella era una disculpa para no atenderlo, y curvó los labios hacia abajo, con un qué de desprecio. Se inclinó hacia mí y susurró, apoyando las manos en el vidrio del mesón:
    -¿Me tiene miedo, señorita?...
    Yo me quedé paralizada algunos segundos, sintiendo que me habían pillado, y no fui capaz de sostener su mirada.
    -¡Claro que no, señor! ¿Cómo se le ocurre?...- tartamudeé, enrojeciendo -Es que estoy realmente súper ocupada. ¿Por qué no va...?
    -No le voy a hacer nada, señorita.- insistió, enderezándose. La marca grasienta de sus manos quedó estampada en el vidrio. - No hay para qué tenerme miedo, no- y  antes de que yo pudiera argumentar alguna otra acosa, él se alejó en dirección a mi colega, que en aquel instante se viraba para atender el teléfono.
    Cuando el mendigo llegó junto al mesón, las personas que estaban allí se apartaron discretamente. El las miró, dejando su saco en el suelo, y soltó una risita sarcástica.
    Yo permanecí inmóvil en la caja, sintiendo mi corazón latir con fuerza y las piernas medio tembleques por causa del incidente, sin embargo, en seguida me invadió un gran alivio al darme cuenta de que había conseguido librarme de ese sujeto tan desagradable. Desde donde me encontraba, ahora ociosa, lo observé hacer el pedido a mi colega. Pero éste continuó hablando por teléfono y no le prestó atención. El hombre repitió su pedido, en voz más alta, pero el empleado hizo un gesto displicente y le dio la espalda. El hombre se quedó ahí, mirando a mi colega durante algunos minutos, sin saber qué hacer, y finalmente, vencido por su indiferencia, se agachó y pescó su saco. Parecía profunda y verdaderamente contrariado... No supe por qué, pero  aquella escena me despertó una inesperada sensación de tristeza. Hasta tuve el impulso de pescar la aspirina y dársela al hombre, pero algo me detuvo. La primera impresión que tuve de él todavía era muy fuerte y negativa y me impedía actuar de otra forma. Entonces, me tragué aquel creciente desagrado que poco a poco tomaba cuenta de mí y permanecí donde estaba, limitándome solamente a observar.
    El hombre, muy enojado, se dirigió con pasos inseguros hasta la salida, pero antes de alcanzar la vereda, se volvió hacia nosotros y exclamó, apuntándonos con su mano inmunda:
    -¡Ya entendí el recado, no hay necesidad de que me humillen también!...- y agregó, en voz más baja y amenazante -Y después, cuando matan a alguien, dicen que nosotros somos los malos.- nos dio una última y furiosa mirada y salió, poniéndose bruscamente el saco en el hombro. En un instante su bulto se perdió en medio de las personas que pasaban.
     Todos nos quedamos paralizados durante algunos segundos, evidentemente impresionados por las palabras del mendigo. Algunos clientes comentaban en voz baja, otros pescaron apresuradamente sus remedios y salieron de la farmacia. Alguien se quejó por tener que tolerar a ese tipo de individuo, que debería estar encerrado en alguna institución en vez de andar por ahí perturbando a la gente decente. Otra le dio una rápida y aprehensiva mirada a su cartera... El clima quedó denso y pesado, tuvimos que hacer un esfuerzo para retomar nuestros modos amables y sonrientes y así hacer que los clientes se olvidaran del hombre y sus palabras. Pero yo quedé asustada. ¿Será que aquello había sido una amenaza? ¿Iba a regresar más tarde, quien sabe acompañado, para atacarnos o saquear la farmacia? ¿Estaría aguardando en la esquina, escondido, para cobrarme mi falta de caridad?... Pero parecía una criatura acostumbrada y resignada a sufrir impotente ese tipo de tratamiento, tanto, que fue capaz de adivinar certeramente mi recelo y mis excusas para no atenderlo. Sus palabras me daban vueltas y más vueltas en la cabeza y cuanto más las oía y me acordaba de la expresión de perplejidad y resentimiento e su cara dura y sufrida, aquella primera sensación de tristeza y malestar que tomó cuenta de mí se volvía más fuerte y dolorosa. Poco a poco, la primera impresión de repulsión y miedo delante de su figura fue desapareciendo, transformándose y mostrándome otra realidad: un hombre solo y desamparado, tal vez sintiendo dolor, con hambre, quien sabe muriéndose de ganas de tomar un baño, sin saber dónde dormiría aquella noche, vagando por las calles sin destino, tal vez cargando recuerdos de personas amadas que quedaron en el camino. Un ser humano que dependía de la caridad de quienes lo depreciaban y humillaban para conseguir hasta las cosas más básicas. Una criatura que nada poseía y nada esperaba, marcada por el fracaso y la miseria, probablemente dueño de una historia de la cual nosotros aprenderíamos mucho, si sólo tuviéramos tiempo de escucharla. Pero nosotros vivimos demasiado ocupados con nuestros propios problemas e intereses, con nuestras luchas mezquinas y fútiles como para prestarle atención a alguien como él.
    Avergonzada y aplastada por el peso de mis prejuicios, me dieron ganas de largar todo y correr a esconderme en algún agujero donde jamás nadie me encontrara. Me di cuenta de que quien me aguardaba a la vuelta de la esquina para cobrarme mi falta de caridad no era bien aquel mendigo, sino mi propia conciencia, que en la imagen de ese hombre me mostraba la hipocresía y el egoísmo que escondían la mayoría de mis acciones, mismo sin que yo percibiera. Pero estaban allí y salían a flote en cada situación, ahora me daba cuenta... ¿Por qué tanto miedo de nuestro semejante? ¿Por qué juzgar sin conocer? ¿Por qué condenar sin saber si existe alguna culpa?¿Por qué no perdonar los errores ajenos? ¿Por qué exigir para nosotros lo que no somos capaces de ofrecer? ¿Por qué la apariencia es tan importante que nos impide acercarnos, confiar, tener compasión?.
    Mientras volvía lentamente a mi trabajo atrás de mesón con las recetas y las cápsulas, llegué a la conclusión de que, a fin de cuentas, tal vez mi madre estuviera equivocada y la primera impresión ni siempre es la que cuenta, pues hay muchas cosas que ignoramos por detrás de ella y que, si nos diéramos al trabajo de conocer, a lo mejor mudarían nuestra opinión respecto a alguien... Aquel incidente, que había dejado mi corazón pesado y entristecido, llenaba mi cabeza de preguntas que ahora no podía más responder: ¿Y si le hubiera preguntado? ¿Y si me hubiera interesado de verdad?¿Y si hubiera prestado más atención? ¿Y si hubiera dejado de lado mis miedos y prejuicios? ¿Y si no me hubiera dejado llevar por la primera impresión?...
  

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