Y aquí está el primer cuento que me enviaron, como se los prometí. En realidad, la idea no es mandar un cuento completo, sino algunas ideas -como el trailer de una película- para que yo las desarrolle y cree un cuento. Pero esta historia es tan buena que no puedo dejar de publicarla. Apenas necesitó algunas correcciones (ese es un trabajo distinto al de crear, pero también lo hago si me envían un cuento completo) para quedar absolutamente perfecto. Isabel -la autora- tiene un talento innato para escribir, tanto que le dije que se dedicara a esto porque pienso que le podría ir muy bien. Vamos a ver si sigue el consejo de la vieja profesora.
Y sin más demoras, aquí, va. Espero que lo disfruten como yo lo hice.
Era un tipo que estaba siempre partiendo, dejando cosas, personas y situaciones atrás sin explicaciones. Empezó temprano y nunca nadie consiguió entender el motivo que lo llevaba a actuar así, pero era algo que repetía impajaritablemente cada cierto tiempo, hiciera frío o calor. Primero dejó la casa de los padres porque no aguantaba más a la familia. Se fue a vivir solo, irónicamente, en una casa suficientemente grande como para albergar a un regimiento, apenas con un canario amarillo para que le hiciera compañía.
Se deshizo del pájaro algunos meses después porque no soportaba sus cantorías al amanecer. Primero pensó en deshacerse del despertador. ya que era obvio que con aquella ave y sus trinados éste no era necesario. Sin embargo, lo pensó mejor y al final prefirió quedarse con la máquina, porque esta podía apagarla apretando un botón. Ya con el pájaro, esto era imposible. Entretanto, el silencio que siguió después de esto también pasó a incomodarlo. Entonces decidió quedarse más tiempo en el trabajo para evitar así ese silencio acusatorio en la casa vacía. Salía bien temprano de la casa, sin siquiera tomarse un desayuno decente, y regresaba bien tarde en la noche. Pero aquella sensación de intranquilidad y culpa continuaba ahí y no lo dejaba dormir en paz. Pasó noches y noches de insomnio hasta que finalmente descubrió lo que estaba errado. ¡No era nada en la casa! ¡Era el trabajo, claro! Colegas demasiado lentos, un jefe inflexible y muy exigente, casi un lunático. La cantina de la empresa era una porquería también, sin contar con la señora de la limpieza, que insistía en pasar con sus baldes y traperos justo a la hora en que él tenía que concentrarse en ese reporte financiero.
Renunció así que llegó a esta conclusión. Pero inteligente y capacitado como era, estaba seguro de que no iba a demorar en encontrar otro empleo, como efectivamente sucedió. Y todo iba a las mil maravillas... hasta que se deparó con otro problema: a la hora de salir de su casa para ir al nuevo trabajo -bastante más temprano que el anterior- la calle donde vivía estaba desagradablemente llena de personas paseando con sus perros -algunos hasta sin correa- corriendo, deslizándose velozmente en patines o skates, vestidos con tenidas colorinches y sudando a mares o, simplemente, caminando en dirección a la placita que quedaba a tres cuadras de allí, en donde permanecían un tiempazo haciendo sabe Dios qué. El era, por consecuencia, obligado a redoblar su atención para no atropellar a uno de estos animales inconvenientes. Los de cuatro patas, quiero decir. Pasaba con el auto lentamente, e insistía en abrir la ventanilla para que todos vieran su cara de disgusto. Pero nadie le prestaba atención. Era tan ignorado por todos cuanto él los ignoraba.
Meses después agarró a gritos a una colega (que después descubrió, con enorme disgusto, había sido escogida la funcionaria del mes) porque ella no había digitado ese reporte que él le había recalcado que era "para ayer". ¿Qué es lo que le pasaba? ¿El no hablaba español o que?... Todo el mundo lo quedó mirando chueco después del incidente y pasaron a cuchichear a sus espaldas y a virar las sillas cuando él pasaba por el corredor... A lo mejor estaba en la empresa equivocada, de nuevo. Se puso irritable y ansioso y sus compañeros evitaban a todo costo estar cerca de él, pero como era un funcionario eficiente, el jefe le sugirió que se tomara unas "vacaciones" anticipadas, para no decir que se había ganado un mes de suspensión por su mala actitud.
- Tal vez usted está sobrecargado y necesita un cambio de ambiente.- le dijo, fingiendo amabilidad.
"Imbécil", le respondió él mentalmente, y salió de la oficina dando un portazo. Bueno, tal vez había llegado la hora de buscar otro empleo, uno mas digno de su calificada formación. Era evidente que aquí no era debidamente apreciado.
Cuando llegó a su casa esa noche no encontró nada que comer en el refrigerador, ¡ni siquiera huevos! Tampoco tenía camisa limpia para el día siguiente y una fina capa de polvo estaba acumulándose encima de los muebles, los helechos agonizaban en los maceteros y la ampolleta del estudio estaba quemada... Miró a su alrededor y tuvo la desagradable sensación de estar en una casa en decadencia galopante. Recorrió todos los cuartos confiriendo cada pequeño detalle que gritaba el abandono en el que la casa se encontraba, preguntándose por qué esto estaba ocurriendo... Cuando completó el recorrido, se detuvo en el medio de la sala, frunciendo el ceño. Entonces se dio cuenta. ¡Claro, no pasaba el tiempo suficiente en la casa, ni siquiera para cocinar! Cuando el rey abandona su castillo, éste se derrumba.
Entonces, decidió ir a la panadería de la esquina a comprar algunas cosas. Dispensó el "buenas tardes" de la empleada con la mano, como quien espanta una mosca indeseable que revolotea a nuestro alrededor. Pidió seis huevos, jamón y pan. Pagó agarró las bolsas contra el pecho y se volvió para salir. Fue cuando chocó con alguien. Los huevos se reventaron, pero el jamón y el pan se salvaron. El se agachó para recoger la omelette, conteniendo su rabia, y cuando se levantó de nuevo, se encontró con la culpable: era aquella viejita que salía a caminar en las mañanas, aquella con el poodle blanco y el collar rosado. Tomó aliento, listo para darle un sermón sobre usar anteojos cuando no se ve porque se es muy viejo, cuando la señora lo miró y le puso una mano en el brazo.
-Ay, hijo, perdóneme...- exclamó, sinceramente confundida, y viendo la bolsa de huevos agregó -Mire, le quebré todos los huevos, por Dios... Puchas, ¡discúlpeme!... Pero venga conmigo que le voy a comprar otros- y cuando sonrió sus ojos verdes casi se cerraron atrás de los anteojos.
El la siguió, medio desconcertado, pero como le pareció justo no dijo nada, entró con ella a la panadería, pescó sus huevos, dejando la bolsa con los otros quebrados ahí mismo, en el suelo. Alguien vendría a limpiar la porquería, ciertamente. Y ya estaba saliendo cuando la viejecita le dijo, con voz suave:
-¿Sabe una cosa? Le aconsejo llevarse una porción de esas rosquillas también, por mi cuenta.Usted está con cara de que no tuvo un buen día, ¿sabe?.
Perplejo con la actitud de la mujer y sin saber qué pensar y mucho menos qué decir, luchó durante algunos instantes hasta que encontró la palabra obvia, sólo para que ella supiera que él no era mudo ni retardado.
-Gracias.- gruñó. ¿Qué era lo que estaba sucediendo? ¿La viejecilla aquí estaba tirando una con su cara? ¿Por qué diablos estaba siendo tan amable?... Pero mismo así fue hasta el mostrador y escogió las rosquillas, fragantes y blandas, que la empleada colocó en una bolsa de papel. Entonces le lanzó a la viejita una última mirada antes de salir del local, como queriendo entender, y salió a la calle en silencio.
Llegó a su casa y se preparó la pobre cena él mismo. Dejó las rosquillas por último, mientras ponía los huevos con jamón en el pan y reflexionaba sobre lo acontecido. Era bueno en matemáticas y lógica... Mordió un pedazo de pan... De repente se pilló repensando los últimos meses, repensando este último día. Y llegando nuevamente a la misma interrogación sin respuesta: ¿qué es lo que estaba equivocado en su vida?¿Su trabajo? ¿La familia?¿Los vecinos? ¿Los colegas?... Pero, ¿y si cambiara los factores? ¿Y si el equivocado fuera EL?... Abrió la bolsa de rosquillas inconscientemente y se puso una en la boca. Recordó la sonrisa de la viejita.
La viejita.
Las rosquillas. Qué deliciosas estaban. Olorosas, suaves, dulces. Se derretían en su boca...
Entonces, algo pasó por su cabeza, algo que... Había algo que había dejado de hacer hacía tanto tiempo que se había olvidado de que existía. La gentileza. ¡Aquella mujer había sido gentil con él! ¡Tan sólo eso, gentil!... Cuando se dio cuenta de lo acertada que había estado cuando le dijo que había tenido un mal día, excepto por su gesto, se puso a llorar. Lloró mientras comía las rosquillas. Se las comió todas, incluso las migajas que quedaron en el fondo de la bolsa... Entonces se le ocurrió que probablemente tendría que devolverle el gesto ya que, ahora que estaba harto de llorar y harto de comer rosquillas, estaba sintiéndose mucho mejor, pensando con más claridad. Y fue en ese momento que se dio cuenta de que, en realidad, no tenía la menor idea de cómo devolver aquella gentileza. A lo mejor era el azúcar la que le despertaba esos sentimientos nobles, pero no costaba nada intentarlo, de cualquier forma.
Se levantó de la mesa y empezó a caminar por la sala pensando, pensando. Se detuvo, esbozando una sonrisa de complacencia. Claro, compraría rosquillas al día siguiente. Y también le compraría algo a la señora.
Despertó temprano y descubrió, con una punta de decepción, que la viejita no había ido a caminar aquella mañana. Pero igual compró las rosquillas, esta vez le deseó un buen día a la empleada, atreviéndose hasta a sonreír y mostrar la blancura de sus dientes. a expresión de sorpresa y contento de la chica lo hizo sentirse curiosamente satisfecho. Decidió que iba a sonreír más. A la salida de la panadería observó otra vez a las personas caminando en dirección a la placita con sus perros, y de repente se le ocurrió que podría pasar por allá, sólo por curiosidad. No tenía perro, ¿y qué importaba? No es obligatorio tener un perro para ir a sentarse a una plaza, ¿no es verdad?... Fue con el desayuno en la bolsa de papel, comiendo y saboreando la dulzura del azúcar derretido de la cobertura de las rosquillas. Era simplemente divino. Al llegar a la plaza se sorprendió con su belleza y simplicidad: árboles, bancos, una fuente, pasto y canteros con flores coloridas. Respiró hondo y y esbozó una sonrisa de satisfacción, empezando a entender por qué a las personas les gustaba venir aquí. Se encontró con un bando de perros, meneando las colas, personas sonriendo, saludándose y un espectacular amanecer. De esos de película... Y allá al otro lado divisó a la viejecilla con su poodle. Ella no lo vio, pero los perros sueltos sí, y se aproximaron atrás del rico olor de la colación. El los dejó acercarse y distribuyó una o dos rosquillas para cada uno y, así saciada su curiosidad y su hambre, regresó a su casa.
Aquella misma tarde fue al mercado e hizo las compras del mes. Ahora no le faltaría nada. Hasta compró unas cositas más y agregó un collar lila para la perrita de la mujer y una jaula. En la tarde iría a una tienda de animales y compraría un canario, uno amarillo. La casa estaba demasiado silenciosa, entonces trataría nuevamente.
Al día siguiente despertó más temprano de lo que querría con los gorjeos del canario- Se levantó y se preparó un café fuerte y se quedó observando al ave con la taza en la mano. Era amarillo oro, más fuerte, y parecía centellear bajo la luz del amanecer... o tal vez fuera solamente su imaginación. Admiró el degradé de sus plumas. Saboreó su café. Y decidió que sería más paciente con el pájaro. No, con el mundo. Salió para afuera. El cielo estaba nublado, un vientecillo frío que erizaba la piel. Terminó su café y decidió que compraría más rosquillas y que la aurora también merecía más atención hoy día. Tomó el collar lila y se puso a camino de la panadería. En el recorrido las personas lo miraban y le sonreían, lo saludaban, asentían con la cabeza. Algunas hasta lo saludaban de lejos... ¿O será que se reían? ¿Se reían de él?... No, nada de paranoia. Decidió sonreír y saludar de vuelta.
Compró las rosquillas, y un poco más para los perros. Sonrió al pensar en ellos, porque les había dado nombres. "Inconveniente 1", 2 y 3, y así sucesivamente, refiriéndose a cómo se sentía con respecto a ellos antes. Fuera eso, realmente no tenía mucha imaginación para esa cosa de ponerle nombre a los animales. Al canario lo llamaba simplemente de "Amarillito".
Le regaló el collar nuevo a la anciana. Ella estaba encantada.
-¡Le va a encantar a la "Maggie"!... ¡Muchas gracias!.- exclamó, radiante como el sol a su izquierda.
¡Ah, el sol! Sus rayos cortaban las nubes majestuosamente, como una tarjeta postal, y parecía que hasta exhalaban algún perfume que barría cualquier mal humor del corazón... Entonces, le decidió que dejaría de ser tan gruñón y, en vez de eso, usaría la gentileza con las otras personas. En realidad, estaba decidido a deshacerse de todos aquellos malos comportamientos que ahora se daba cuenta que tenía y que eran, con certeza, la razón de sus problemas e insatisfacciones, de sus peleas con los demás y de su soledad.
Telefoneó a su familia esa noche. Y un calor muy agradable y húmedo llenó poco a poco su corazón y sus ojos mientras hablaba con ellos. ¡Puchas, cómo era bueno escuchar sus voces y sus historias!... Sólo entonces percibió cuánto los echaba de menos y prometió ir a visitarlos lo antes posible... Durmió como un príncipe aquella noche.
Al día siguiente despertó con el canto del canario. Le silbó unas notas de vuelta a modo de saludo y le pareció que él le respondía. Saboreó el café. Se quedó mirando el plumaje del ave, fascinado. Caminó hacia la panadería. Algunos vecinos le hicieron señas de saludo y le sonrieron abiertamente. Los perros se le acercaron ladrando y meneando la cola alegremente. Uno hasta le lamió la pierna. Esta vez él traía galletas apropiadas para ellos porque el azúcar no era buena para los perros, según le había dicho la viejecita ayer. Tal vez él mismo debería comprarse un perro para que le hiciera compañía al canario. Bueno, y a él también. Bueno, ¿no es rico tener a alguien que te recibe saltando cuando vuelves a casa?... Vio el amanecer y volvió a casa, pensando que aquella era realmente una buena vecindad para vivir. ¿Cómo no se había dado cuenta antes?... Más tarde llamó a su hermano y le dijo que estaba pensando comprarse un perro. Después de la sorpresa inicial, el hermano aprobó la idea y después se dedicaron a rememorar las historias de cuando eran chicos. Después que cortó, decidió que iba a telefonear todos los días a alguien de su familia, no importaba que no tuviera mucho que contar.
La semana siguiente compró el perro, un policial a quien llamó "Bob" (continuaba sufriendo de falta total de imaginación para darle nombre a animales) en homenaje a Bob Marley, pues decían que componía músicas que hacían que la gente se sintiera bien y como era de esta manera que él estaba sintiéndose, le pareció razonable llamar al perro así.
Despertó temprano, le silbó al canario, le dio buenos días a los vecinos, compró rosquillas, fue a la placita con el "Bob". Le apuntó a "Inconveniente 1" y le dijo que sabía que no era un nombre muy bueno para un can, pero a final de cuentas, no era problema de nadie. Era lo que podía hacer y ya. El perro no estaba reclamando.
El fin de año recibió tarjetas de todos los vecinos y familiares y tuvo que pedirle ayuda a la señora Olinda (este era el nombre de la señora dueña de la "Maggie") para identificar los remitentes y poder responderles. Después de todo, no conocía todavía a todos los vecinos. Pero no se afligía por eso, pronto los conocería a todos y eso sería muy bueno.
Volvió al trabajo una semana después del año nuevo. Le dio los buenos días al portero, le sonrió a todas las personas, le sostuvo el balde a la chica del aseo con una sonrisa. Compró una porción extra de rosquillas y las dejó encima del escritorio de la chica a la que había gritoneado junto con una tarjeta de disculpas... En realidad, no sabía si estas actitudes serían suficiente, si la gente creería en su cambio después de tantos años de mal humor, o si las cosas continuarían del mismo modo... Sólo sabía que estaba sintiéndose muy bien al actuar así y que cualquier éxito que tuviera en esta empresa valdría la pena. Podría no ser nunca lo bastante, pero de alguna forma tenía que empezar.
Nenhum comentário:
Postar um comentário