domingo, 12 de janeiro de 2014

"Los solitarios"

     Esta semana va otro cuento que me enviaron. Espero que les guste y que me manden sus ideas para trabajar en ellas. Yo sé que están de vacaciones, pero no por eso tiene que dejar que la creatividad se les achicharre al sol... Vamos, no pierdo la esperanza de que reaccionen. Al final, ya no está haciendo taaanto calor, entonces... Recuerden que puede ser en español o portugués, porque yo los traduzco para publicarlas en los dos idiomas. El próximo cuento será mío, por lo que voy a tener que trabajar en él durante estas dos semanas. Bueno, eso si no estoy de mudanza, en cuyo caso no será posible postar nada porque estaré sin internet, pero luego volveré a atacar, entonces no se queden afligidos... Espérenme!


    Cuando miro esta foto no puedo evitar reírme al recordar todo lo que armamos durante aquel feriado de 18 de septiembre en la casa de la Katy y las consecuencias de nuestras jugarretas. Nadie esperaba que las cosas salieran de esa manera, pero a pesar de todo, no creo que ninguno de nosotros se haya arrepentido más tarde. Ya dicen que Dios escribe por líneas tortuosas y supongo que esto se aplica en este caso. Quiero decir, nosotros fuimos esas líneas tortuosas.
    Como lo hacíamos todos los años, empezamos a planear aquella fiesta con casi dos meses de anticipación. Esta vez, ella ocurriría en la calle donde vivía la Katerin y nos tocaba a nosotros la organización y divulgación del evento, puesto que disfrutábamos de un cierto prestigio en la ciudad debido al éxito de nuestras fiestas dieciocheras. En ellas, todo el mundo se divertía, bailaba y cantaba, no faltaba comida o bebida, había lugar para todos, siempre conseguíamos que algún grupo hiciera una presentación en vivo y nuestra decoración era de primera calidad. Pero lo mejor era que nunca había salido una pelotera en ninguna de las fiestas y los carabineros jamás recibieron llamadas reclamando por la música alta o la gritería. Esto hacía que las personas siempre nos llamaran para organizar sus ramadas y comparecieran en peso para divertirse sin tener que preocuparse de nada. Así, ese año, un grupo de moradores entró en contacto con nosotros a través de nuestra amiga Katerin -que vivía en aquella calle- pidiéndonos para que tomáramos cuenta del evento. Claro que aceptamos, pues fuera ganar una platita extra, podríamos divertirnos un poco y dejar a nuestra amiga con una tremenda moral  en la vecindad. Entonces, al principio de Julio convocamos una reunión para repartir las tareas y abrimos una cuenta de ahorro destinada a la compra de los items imprescindibles para que todo saliera como esperábamos. Poco a poco fuimos juntando carne, carbón, vino, cabritas, harina, fuegos artificiales, sombreros de paja, género, globos, banderitas de color, cordel, ramas de eucalipto y tablas para la construcción de las ramadas. Agendamos el arriendo de mesas, sillas, manteles y adornos y combinamos con un dúo folclórico de la propia ciudad para que hiciera una presentación. También fuimos atrás de un buen equipo de sonido y de cds de música típica e recorrimos los alrededores recogiendo ramas secas para hacer una grande fogata. Todo esto iba siendo cuidadosamente almacenado en la casa de la Katy, que poco antes de la fiesta ya estaba pareciendo la cueva de Alí babá y los cuarenta ladrones. Nuestras adquisiciones tomaban cuenta del jardín, la terraza, los cuartos, la despensa, los armarios y hasta el garage, de manera que el pobre don Andrés, el papá de la Katy, era obligado a dejar su cucaracho a la intemperie en pro de nuestra causa. Cuando reclamaba demasiado, pues las palomas e los zorzales estaban echándole a perder la ya descascarada pintura del carro, su esposa se lo llevaba a un rincón y le daba un sermón lleno de pasión y gestos grandilocuentes que nadie conseguía escuchar, y al poco tiempo don Andrés regresaba, manso que ni corderito y con una sonrisa de resignación en su cara menuda y, suspirando hondo, iba afuera, pescaba la manguera y un estropajo y se pasaba las próximas horas restregando la porquería de los pájaros del techo y el capó del cucaracho verde cata.
   -Bien que podía restregar hasta que saliera toda ese color horroroso.- rezongaba su esposa, observándolo desde la ventana de la sala -¿Cómo se le ocurre a alguien pintar un auto de verde cata?
   -Pero mami...- le refutaba la Katy, conciliadora -El auto ya tenía ese color cuando el papá se lo compró a don Kemil.
   Entonces, la madre hacía una mueca de desdén y regresaba a la cocina diciendo:
   -Que le comprara el auto a alguien con mejor gusto entonces.
   La Katy se derrumbaba en el sofá y dando un suspiro de resignación, nos miraba e se encogía de hombros.
   -No sé por qué mi mamá le tiene tanta pica a ese auto. Le tiene antipatía desde que lo vio por primera vez.
   -Tal vez sea porque el papá ni le preguntó sobre la compra y simplemente apareció un día  aquí con ese cucaracho como un hecho consumado, incluyendo el color..- explicaba Sergio, el hermano menor de la Katy -Tú sabes que a la mamá le gusta saber todo lo que pasa en esta casa... Hasta lo que no debería.- agregaba, taimado.
   La Katy le daba una mirada reprobadora y decía:
   -Sí, pero con esas flaites con que andas pololeando, uno tiene que preocuparse.
   -¿Qué se supone que quieres decir con eso?...- exclamaba Sergio, todo erizado -¡No son flaites!... Para tu información, son...
   -Oigan, oigan...- intervenía yo, apaciguadora -Acuérdense de que estamos aquí por causa de la fiesta. Vamos a dejar los asuntos personales para otra ocasión, ¿ya?.
   Sergio hacía un esfuerzo para tragarse la indignación y la Katy cruzaba los brazos sobre e pecho y miraba para otro lado. En ese minuto parecía que esos dos nunca más se iban a dirigir la palabra de nuevo, pero nosotros sabíamos que luego se olvidarían de todo y estarían bien. Ya nos habíamos acostumbrado a aquello, pues parecía que el único tema de discusión entre ellos eran las famosas pololas de Sergio, que nadie en la casa aprobaba. Todas las veces que nos reuníamos para definir los detalles de la fiesta, de alguna forma el temita salía a flote y los dos terminaban agarrándose de las mechas. Un gasto de energía totalmente inútil, penaba yo, ya que nunca conseguían ponerse de acuerdo en nada.
  Las cosas caminaron como esperado y cerca del fin de Agosto estábamos con todo listo. Lo único que les quedó por hacer a los vecinos fue la confección de los disfraces, para los cuales habíamos organizado un desfile en el último domingo con derecho a premio y todo, lo que despertó una feroz competencia entre las mujeres, que se pasaban horas en la máquina de coser, o de aguja en la mano, para hacer el disfraz más trabajado y original. También organizamos un desfile para escoger a la china más bonita, lo que suscitó otro torneo de encajes, vuelos, coronas, guantes, enaguas y velos. Pero la verdadera complicación apareció en el momento de escoger a los jurados, porque la mayoría era pariente de las  concursantes, de modo que prefirieron que nosotros tuviéramos esa tarea, ya que no teníamos nada que ver con nadie allí.
   Cuando llegó el primer fin de semana estábamos todos ansiosos por ver si todo iría a salir como lo planeamos. Pasamos la semana entera construyendo la fonda, colgando banderitas, inflando globos y preparando empanadas, manzanas confitadas, vino con duraznos, pebre y pan amasado... El olor a cebolla se demoró algunos días para salir de mis manos y pasé un buen tiempo sin querer ni mirar de lejos una empanada, pero todo valió la pena, pues aquel primer día fue todo un éxito. Todo el mundo vino a carácter y dispuesto a divertirse, comer y bailar hasta caer.
   En el medio de la fiesta, la Katy me pidió que fuera a buscar su cámara para que le sacáramos una foto al equipo con la calle adornada  e iluminada al fondo.
  -Una más para nuestro currículo.- expresó, satisfecha, con una sonrisa de oreja a oreja.
   Fui sin demora a buscar la cámara a la casa, que estaba una locura con todo ese entra y sale de gente llevando bandejas, jarras, fuentes de empanadas y asado, más algunas en la cocina amasando pan, revolviendo enormes ollas de cazuela y poniendo las empanadas en el horno, y otras en el tanque lavando kilos y kilos de platos, cubiertos y jarras. También me tropecé con gente en la sala que estaba inflando globos y desenvolviendo más premios para el stand de pesca, pues los niños ya se habían llevado todo... Mientras me dirigía al cuarto de la Katy miré todo aquello y sonreí, pues era realmente bonito ver a toda aquella gente trabajando unida y feliz por el éxito de nuestra empresa.
   -Así las cosas funcionan- me dije a mi misma, entrando por el corredor que llevaba a los cuartos.
   Abrí la puerta y entré rápidamente, encendí la luz y me dirigí hacia el closet en el cual a Katy me había dicho que guardaba la cámara. Ya estaba con la puerta abierta y ostentaba un increíble desorden de zapatos, ropas, carteras, bolsas y cajas. Los cajones estaban abiertos y todos revueltos y algunas piezas yacían en el suelo, mezcladas con las flores de papel crepé que eran parte de los adornos de mesa.
   -¡Chitas!- exclamé, parando delante de aquella confusión - ¿Cómo voy a poder encontrar alguna cosa aquí?.
   Me agaché y prácticamente me zambullí dentro del armario para ver si conseguía descubrir dónde, en medio de las faltas, sostenes, medias, pantalones, sweaters y zapatillas podría estar la famosa cámara... Aquí tengo que confesar que la idea de desistir de registrar el éxito del equipo en otra fiesta dieciochera se me vino a la cabeza mientras jalaba los tirantes del traje de baño de la Katy, que estaba enroscado en una maleta negra en el fondo del closet. ¿Será que una foto -una más- valía esta aventura en los territorios del despelote privado de mi amiga?... Empecé a pensar que no, sobre todo cuando sentí que el tirante se rasgaba ruidosamente con mi último tirón. Entonces, saqué el cuerpo de dentro del armario y me quedé arrodillada en el suelo, despeinada y empapada de sudor, jadeante y con la espalda adolorida. Sorbí y traté de arreglarme el pelo, sosteniendo el traje de baño por el tirante rasgado. Lo miré y tragué en seco.
   -Puchas, la Katy me va a matar.- murmuré, afligida.
   Entonces, una voz masculina vino desde mis espaldas, suave y gentil, interrumpiendo mis  aciagas consideraciones.
   -¿Necesitas ayuda?- preguntó, con una sombra de risa en su tono.
   Sobresaltada, solté el traje de baño y me viré. Sentado en la cama, en medio de los cojines y los animales de peluche que la Katy coleccionaba, estaba Sérgio, sonriéndome.
   -¡Ay, pero que susto me diste, tonto!...- exclamé, escondiendo rápidamente el traje de baño en mi espalda -¿Qué es lo que estás haciendo ahí en la obscuridad?
   El se encogió de hombros y suspiró. Parecía disgustado y medio triste, lo que era algo totalmente inusual en él.
   -Ah, hay mucho despelote y mucha gente allá afuera- respondió, desanimado.
   Yo me levanté y fui a sentarme al lado suyo.
   -¿Estás bien, Sergio?.- pregunté escrutando su carita menuda, en la cual se destacaban los ojos de un azul profundo.
   -Sí.- respondió, levantando los hombros, y se puso a jugar con los flecos del cubrecamas
   -Ah, no, no estás bien... ¡Yo te conozco, mosco! Si no estás allá afuera despelotando con los otros es porque algo muy grave está sucediendo.- repliqué, preocupada, apoyando mi mano en su brazo -Anda, cuéntame, ¿ qué es?.
   Levantó la cabeza y me miró por algunos segundos, como evaluando las posibilidades de  abrirse conmigo, pero no dijo nada.
   -Vamos, Sergito, puedes confiar en mí.- lo anime, sonriendo -Te prometo que guardo tu secreto... si tú guardas el mío.- agregué, mostrándole el traje de baño con el tirante desgarrado.
   Entonces abrió una leve sonrisa.
   -¡Ya pues!- insistí, tirando el traje de baño de vuelta al armario -¿Somos amigos o no somos amigos?
   Entonces, él se tendió en la cama y empezó a hablar, pero sin mirarme, pues estaba en esa edad en que la timidez es casi una enfermedad patológica, sobre todo tratándose de hacer confesiones o aclarar dudas... Pero en resumen, su drama se reducía a la imposibilidad de conseguirse una polola que su familia aprobara y no fuera llamada de "flaite" por su hermana. ¿Cómo era posible que nunca acertara al escoger? ¿Acaso tenía algún letrero pegado en la frente que atraía solamente a chicas de ese tipo?.
   -¿Pero por qué te quedas con ellas si sabes que no son buenas y que todo el mundo te va a criticar?- inquirí, perpleja, pues percibía que a él tampoco le gustaban esas chicas.
   -¡Pero todos en el grupo tienen una polola o están atrás de alguien!...¿Cómo voy a andar solo por ahí? ¡Se van a reír de mí y me van a poner todo tipo de sobrenombres estúpidos!- explicó Sergio, sinceramente angustiado -Tú no conoces a esos tipos, Angélica, son una mierda. Y cuando quieren molestar a alguien no paran hasta verlo derribado.
   -¿Entonces es por eso que siempre te metes con la primera tonta que aparece? ¿Puro para que no te hagan burla?- pregunté, cada vez más pasmada con en comportamiento machista y tirano de esos jóvenes - ¿Por qué andas con ellos si son tan pencas y te obligan a hacer lo que no quieres?
   -¡Ellos no me obligan a hacer nada!- se defendió Sergio, sentándose en la cama -Yo lo hago porque quiero, porque me gusta hacer parte de la patota.
   -¿Y tú piensas que vale la pena ese sacrificio?- le dije, empezando a irritarme con esa actitud tan infantil y sumisa -Francamente, Sergio, no esperaba eso de ti.
    El se levantó y fue hasta la puerta.
   -Bueno, no importa, yo sabía que no lo ibas a entender de todas maneras.- declaró, enojado -Mejor me voy a dar una vuelta por ahí... Quien sabe me encuentro otra flaite para pololear- concluyó, desapareciendo por el corredor en penumbras.
   Me quedé sentada en la cama durante algunos minutos, meditando sobre todo aquello, sobre el sufrimiento secreto de mi amigo, sobre la influencia absurda de aquella pandilla sobre él y sobre lo que era obligado a soportar sólo para no volverse motivo de chacota entre ellos. Me pareció algo injusto e indignante, porque Sergio era un muchacho bueno que estaba metiéndose en líos sólo para exorcizar su inseguridad y afirmar su posición en el grupo. ¿Será que no era capaz darse cuenta de que ese sacrificio no valía la pena? Luego todo eso pasaría y entonces sería demasiado tarde para reparar los errores que estaba cometiendo. La adolescencia es tan breve, pero no sé por qué nos da la sensación de que va a durar para siempre y de que nada más será importante después de ella. Y es ahí que está el peligro, pues en busca de aprobación y seguridad podemos abrir puertas y recorrer caminos que nos lleven al desastre... Y fue eso lo que percibí al escuchar el relato de Sergio. Si no se hacía alguna cosa, él terminaría jodiéndose de lo lindo.
   Decidida a solucionar ese impasse, me levanté de la cama y volví a la fiesta con pasos firmes. Cuando llegué donde el grupo estaba reunido, la Katy me preguntó por la cámara, pero yo le dije que teníamos una cosa mucho más importante que resolver que sacarnos una foto para nuestro currículo. Consciente de que estaba quebrando la promesa que le hiciera a Sergio, llevé a todo el mundo a un rincón y les expliqué la situación. Todos se quedaron muy preocupados -sobre todo la Katy, que ni se imaginaba que su hermanito estuviera pasando por ese tipo de cosa- y decidimos pensar juntos en una solución, pero nada que fuera muy obvio para que Sergio no desconfiara que yo había traicionado su confianza.
   -Pero fue por una buena causa.- me consoló Santiago al ver mi expresión de culpabilidad.
   Nos quedamos un buen tiempo sentados en aquel rincón considerando todo tipo de proyectos y salidas, mientras la fiesta corría de viento en popa, pero luego requirieron nuestra presencia para la elección de las primeras finalistas al papel de la china y tuvimos que dejar para después nuestras deliberaciones. Quedamos de encontrarnos en una de las fondas para continuar la conversación y en seguida fuimos a tomar nuestros lugares en la mesa del jurado. Yo me quedé dando vueltas por ahí, confiriendo si todo estaba a contento, cuando de repente vi, sentada en el stand de la pesca y rodeada por una docena de niños que se empujaban para agarrar una de las varas, a una chica pequeña y delgadita, de cabellos pelirrojos peinados en dos gruesas trenzas, vestido con flores amarillas y verdes y unas pecas pintadas en las mejillas. Nunca la había visto antes, jamás compareció a las reuniones que habíamos convocado y no participó de la confección de adornos, platos o disfraces. De lejos parecía tan niña cuanto el grupo que tomaba cuenta de su stand, y de vez en cuando le lanzaba una mirada de desamparo y aflicción a las personas que bailaban , comían y se divertían, como que pidiendo socorro, pero nadie se daba cuenta. Por momentos parecía que iba a naufragar en medio de aquella marea de chiquillos gritando, saltando y peleándose para agarrar los premios. Ella trataba de imponer algo de orden en la chiquillada aplaudiendo y apartándolos para que no se pelearan, pero su voz mal se escuchaba... Intrigada, me quedé observándola de lejos, preguntándome quién sería y cómo había ido a parar en aquel stand. ¿A quién se le habría ocurrido la idea de que ella tendría autoridad suficiente para lidiar con ese montón de chiquillos desesperados y gritones?, me pregunté, sintiendo pena de su situación, que parecía ponerse más fuera de control a cada momento... Como era mi deber de organizadora evitar este tipo de situaciones, decidí ir hasta allá y darle una manito, pues ya estaba viendo lágrimas asomando a sus grandes ojos verdes.
   -¡A ver, a ver, mocosos!- exclamé con una voz alta y gruesa, para impresionar a las fieras -¿Qué es lo que está pasando aquí?
   Los niños dejaron de gritar y saltar y se volvieron hacia mí, sobresaltados. La chica pelirroja me miró con la expresión de quien ve un ángel aparecer a las tres de la tarde en plena plaza pública, soltó un inmenso suspiro de gratitud y se limpió disimuladamente las lágrimas.
   -¡Yo quiero una vara!- gritó un mocoso gordo y caprichoso, con un bigote negro todo chueco pintado sobre la boca.
   -¡Yo llegué primero!- berró otro, empujándolo para colocarse delante de él. Este estaba todo sudado y las pecas pintadas en las mejillas se habían transformado en una ancha rojiza que avanzaba hacia las grandes orejas.
   -¡Eso no es verdad!- intervino una niñita, ostentando un sombrero lleno de flores son dos trenzas de nylon negro cosidas a él -¡Ellos se colaron en la fila, tía!...- y todos los otros niños se pusieron a gritar y a acusarlos al mismo tiempo. Era el infierno.
   -¡Muy bien, muy bien! ¡Cálmense, por favor, si no no vamos a llegar a ningún lugar con esta pelotera!- exclamé, batiendo las manos para hacer que se callaran -Vamos a organizar la fila de nuevo y nadie... ¡Nadie, dije!- repetí con voz de trueno y ojos chispeantes directamente clavados en los dos mocosos que habían iniciado la confusión -Nadie se va a colar, ¿entendido?.
   En un instante, los niños formaron una fila comportada y quietecita, lanzándome de vez en cuando unas miradas de puro respeto y contrición que me hicieron sonreír entre dientes. Dominado el motín de la inquieta tripulación, pesqué un banquillo y me senté al lado de la chica pelirroja, que también me miraba con profunda admiración y respeto.
  -¡Qué alivio!...- comentó, sonriendo -Si no fuera por ti, no sé lo que habría hecho, ¡en serio!
   -Probablemente habrías salido corriendo o te habrías tragado las malditas varas de pescar.- le respondí, sintiendo que había ganado su confianza -¿Tú eres de aquí?- inquirí, en seguida.
   -Acabé de llegar de los Estados Unidos. Estaba haciendo intercambio.- me respondió, ya relajada.
   -Entonces no estás muy ubicada todavía, ¿verdad?- indagué, empezando a esbozar mi plan de ataque.
   -No, no conozco a casi nadie. Hay mucha gente nueva en el barrio, pero de todas maneras quise participar en la fiesta. Allá en los Estados Unidos no existe nada así.
   -¡Sí, sólo en Chile para fiestear tanto!... Pero ahora tienes que recobrar el tiempo perdido, ¿no?.
   Ambas nos reímos y continuamos conversando mientras los niños, ahora con menos desorden y gritería, disputaban los premios. La chica se llamaba Heloisa y era la hija menor de una señora que vivía en el barrio, doña Helena. Se había quedado tres años fuera perfeccionando su inglés y había retornado hacía tres semanas para retomar sus estudios y su vida aquí, pero todavía estaba con un poco de dificultad para adaptarse, sobre todo con el clima. Tenía diecisiete años y, lo más importante, ningún pololo o proyecto de pololo- Todavía no había tenido oportunidad de ir a ninguna fiesta y la mayoría de sus panoramas era en familia, pues los hermanos y padres querían acapararla con todo tipo de mimos, paseos, visitas a parientes y largas conversaciones en el porche o la plaza del barrio. Me confesó que a veces se sentía medio agobiada con tanta atención, pero yo le dije que eso era normal. Su familia quería aprovechar su presencia antes de que ella encontrara nuevos amigos y empezara a quedarse menos tiempo en casa y más en el mall, el carrete o la casa de sus amigas.
   -¡Pero así nunca voy a poder conocer a nadie!- reclamó, impaciente -¡Están todo el tiempo atrás de mí!.
   -Calma, que eso pasa, Heló...- me reí, divertida con su aflicción -Dales un tiempo, sé paciente.
   Suspirando con resignación, ella concordó. Entonces le dije que tenía que circular por ahí para ver si todo estaba corriendo bien y salí del stand, prometiéndole volver así que fuera posible. En verdad, lo que yo quería era encontrarme con mis amigos para contarles sobre el pequeño y precioso tesoro que había encontrado, pues el plan que había empezado a imaginar en el momento en que vi a Heloisa, estaba completo. No podía fallar, ella era demasiado perfecta.
   Fué así que cometimos esa inolvidable locura que terminó de la forma menos esperada. Roberto y Samuel fueron a buscar a Sergio para pedirle que fuera a la casa de la Katy a buscar algunas cosas que empezaban a faltar en la fiesta: sacos de cabritas y azúcar para caramelizar las manzanas del amor. Se demoraron un poco para convencerlo, pues él alegó que no formaba parte del grupo organizador y que no tenía por qué andar corriendo atrás de cualquier cosa, pero Roberto y Samuel acabaron por quebrar su resistencia cuando le prometieron una pequeña "ayuda de costo" para la compra de su nuevo equipo de sonido... Cuando nos contaron sobre aquel descarado soborno algunos pusieron el grito en el cielo, pues tendrían que sacar de los lucros del trabajo para cumplir con el acuerdo, pero yo les recordé nuestro objetivo, que era mucho más importante que perder algunos billetes de diez o veinte lucas.
   -Oigan, ¿pero qué es eso?- los reprendí - ¡Es nuestro amigo Sergio! ¿O ya se les olvidó? ¡Vamos a tener muchas otras fiestas para recuperar la plata, pero no vamos a tener otro amigo como él!.
   Entonces todos pararon de reclamar, avergonzados, y decidieron continuar con el plan.
   La Josefa y yo fuimos hasta el stand de la Heloisa y yo la llamé con la disculpa de que necesitaba ayuda para llevar un cajón de manzanas de la despensa de la  casa de la Katy. Ella me miró medio raro, pues debe haberse dado cuenta de que la Josefa, que estaba a mi lado, era mucho más fuerte que ella y probablemente se preguntó por qué no le pedía a ella que me ayudara, pero como se sentía en deuda conmigo por el episodio de los niños se prestó de buen grado a acompañarme. Dejamos a la Josefa en su lugar, ciertas de que delante de su imponencia la chiquillada no osaría hacer desorden, colarse en la fila o tratar de robarse los premios sin la vara, y fuimos hasta la casa de la Katy.
   -Los cajones están en la despensa, Heló. Anda tú adelante que yo le voy a preguntar a la mamá de la Katy cuántos necesita- dije, sonriendo con mi mejor cara de palo y rezando para que los chiquillos hubiesen llevado a Sergio hasta allí y que él ya estuviera zambullido entre los sacos de azúcar y las bolsas de cabritas -Sólo tienes que doblar por ese corredor, salir a la terraza y te vas a encontrar con la despensa.
   Inocente de nuestras confabulaciones, Heloisa obedeció con su bella sonrisa y se dirigió hacia la pieza que yo le había indicado, abrió la puerta y entró. Inmediatamente, yo corrí hasta allí y, sin que ella se diera cuenta, cerré la  puerta muy despacio, rezando para que no crujiese, saqué la llave de mi bolsillo y tranqué a los dos allá dentro sin el menor remordimiento.
   La verdad es que ninguno de nosotros sabe hasta hoy qué fue lo que pasó dentro de la despensa esa noche. Sergio y la Heló nunca quisieron contarnos, para castigarnos por nuestras pillerías, sin embargo, todos llegamos a la conclusión de que aquel encuentro forzado debía haber sido planeado no solamente por nosotros, sino también por alguien allá encima que estaba con la misma idea en la cabeza, porque cuando fuimos a abrir la puerta del cuarto como a las tres de la mañana, cuando la fiesta estaba casi en el final, ambos salieron de allí de manos enlazadas y una sonrisa tonta en el rostro y ni quisieron saber de nuestras explicaciones excéntricas sobre aquel "infeliz accidente"... Simplemente se fueron conversando y riendo como si aquello hubiera sido la cosa más normal del mundo. Todos nos quedamos de una pieza, pues estábamos preparados para un ataque de furia, lágrimas, recriminaciones y hasta algún puñetazo, ¡pero no para esa escena de película romántica!
   -¡Puchas!...- exclamó la Katy, con los ojos desorbitados -¡Pero qué éxito!... Conociendo a Sergio podría haber pasado cualquier cosa y en vez de eso... ¡Mírenlos! ¡No me lo creo!- Entonces se volvió hacia nosotros y con voz emocionada agregó: -Ni sé cómo agradecérselos, chiquillos... Se pasaron. Confieso que no creí mucho que un plan tan loco fuera a resultar, pero parece que el universo también estaba conspirando para juntar a esos dos solitarios.
    -Lo que tiene que pasar, pasa.- sentenció la Teresa, con su usual aire de pitonisa, y todos nos reímos.
   -¡Bueno, cabritos, yo creo que ahora sí es hora de sacarnos esa foto!- exclamé -Esta fiesta fue realmente un éxito
   -¡La mejor de todas!.- concordó Samuel -¡Anda a buscar la cámara!
   Entonces nos sacamos esta foto que está en mi álbum ahora, con toda la patota en la terraza de la casa de la Katy, que ya no es azul ni tiene techo de madera, pero que conserva nuestros recuerdos más queridos. Veo el rostro de mis amigos: el Andrés y su polola, la Julia, la Josefa y su sonrisa de gato, Samuel haciendo cuernitos atrás de la cabeza de Rogerio, que siempre aparecía tan serio en las fotos, la Katy con los brazos abiertos y riéndose, el Roberto con las manos en los bolsillos, apoyado en la pared con esa sonrisa medio tímida y el cabello en la frente... Recuerdo sus voces, sus gestos, la alegría de aquella noche muy loca, del olor a empanada y a chicha, de la música ecoando en la calle iluminada por las hogueras y cruzada por centenas de banderitas coloridas... El Sergio y la Heloisa no aparecen en esta foto, pero no porque estaban enojados con nosotros... De ellos tengo otra foto: ella con su vestido banco, el velo de encaje y la corona de flores amarillas adornando sus cabellos rojos peinados en un elegante moño y Sergio muy elegante con el terno gris y la flor amarilla en la solapa, cabellos impecablemente arreglados y la alianza brillando en el dedo anular izquierdo. La otra foto que tengo es la de ellos con los dos hijos: Samuel y Liza. El, gordito y cachetón, de cabellos rojos y encaracolados y enormes ojos verdes y ella, un bebé todavía, con una toquita blanca destacando sus cabellos negro y su manita extendida hacia la cámara, como si quisiera agarrarla. La sonrisa es la misma de Sergio...

   

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