Como prometí, aquí está el cuento de la semana. Estoy a todo vapor trabajando en otros -y que ustedes no me mandan ninguna idea para desarrollar- para poder mantenerlos muy interesados. Pensé que me iba a quedar sin internet por un tiempo después que me mudé al departamento nuevo, pero los tipos fueron muuuuy bacans y vinieron el mismo día de la mudanza e instalaron todo el negocio, entonces el trabajo no para... ¡Y aquí va!
En realidad, este es un ejercicio que yo daba en mis clases, y que consistía en observar a alguien durante una semana y hacer una especie de informe romanceado sobre sus actividades. Si fuese posible, y si no se tratase de alguien conocido, el alumno debía hacer contacto con la persona para que así tuviera más información para su relato. ¡Era una verdadera prueba de timidez para algunos alumnos!... Pero en general conseguían hacer lo que se les pedía y de allí salieron textos muy interesantes, que probaban el poder de observación, empatía y creatividad del alumno. Son historias simples, pero importantes para quien las vive.
Primer día: Temprano en la mañana, una joven mujer empujando un cochecito de bebé pasó apresuradamente delante de mi casa. Yo estaba saliendo para ir a trabajar y casi me estrellé con ella, tropecé en el cochecito y mi cartera cayó al suelo. Cuando me agaché para recogerla, pidiendo disculpas por mi distracción, vi en él a un bebé de unos cinco meses que, un poco asustado, me miraba fijo con sus pequeños ojos azules mientras masticaba su chupete. Hizo unos ruiditos divertidos, como para reprenderme por el descuido, y se estiró todo, queriendo salir del coche.
-Perdóneme, es que estoy medio atrasada y ni me dí cuenta de que usted estaba pasando...- expresé, irguiéndome y sonriéndole, a lo que ella respondió apenas con un gesto de la cabeza y se agachó para calmar al niño.
-Está bien, yo también estoy apurada. Tengo que dejar al Gabriel en la casa de mi mamá para ir a trabajar.- me respondió, seria.
En seguida, se despidió con un breve ademán y continuó su camino. Mientras me alejaba, volví la cabeza para ver dónde paraba y descubrí que su mamá era la señora Soledad, una vecina que yo había conocido hacía dos años en un paradero de buses a camino del centro de la ciudad. Durante la larga espera -había un paro de conductores- acabamos entablando una agradable conversación y ella me contó sus planes de cambiarse a mi calle. Ya estaba con el ojo puesto en un terreno cerca de mi casa, donde podría tener un patio espacioso en el fondo para poder cultivar su huerta, sólo faltaba acertar el precio y luego empezaría a construir.
-Nada muy grande, claro. Vivo sola y no necesito tanto espacio.- me explicó, entusiasmada.
Poco tiempo después, consiguió comprar el terreno y construyó su ansiada casita, toda de cemento e tejas y pintada de blanco y amarillo mostaza. En el frene hizo un jardín yen el fondo, como planeara, plantó su huerta y unos limoneros, naranjos y una pequeña parra... Ahora, todos los días podíamos verla regando las flores y cuidando de huerto, poniendo a sus canarios debajo de los árboles y barriendo la vereda. Es una señora muy activa y alegre ala que le encanta conversar y saludar a todos los que pasan, mismo que no los conozca.
Mientras me alejaba pude verla saliendo al portón para recibir a la hija y el nieto, que de inmediato tomó en brazos y besó ruidosamente. La hija le entregó una bolsa, probablemente con las cosas de bebé, y se despidió rápidamente, alejándose en dirección opuesta a la mía. La señora Soledad estaba a punto de entrar, sujetando la bolsa y el niño y empujando el cochecito con la mano libre, cuando me vio y me hizo un gesto para que me acercara. Yo le contesté , le di una mirada a mi reloj y concluí que todavía disponía de algunos minutos para conversar con ella. Me acerqué entonces, sonriendo, y la saludé.
¡Puchas, pero usted está desaparecida, mi niña!- exclamó ella, colocando al bebé de vuelta en el coche.
-Es que mi vida anda medio corrida últimamente.- le respondí ayudándola con la bolsa, que empezaba a resbalársele del hombro - Creo que hasta yo misma me ando viendo poco!- bromeé.
Ella lanzó la mirada por la calle abajo, en la dirección en que su hija se había ido, e hizo un gesto de preocupación, diciendo:
-Mi hija, ¿sabe?... Esa muchacha que estaba aquí, ¿usted la vio?- yo asentí con la cabeza -Este es Gabriel, su hijito...- se agachó y le hizo cariño. Este estaba casi durmiendo, bien agarradito con su rinoceronte de peluche -La pobre, empezó a trabajar y todos los días tiene que venir para dejármelo porque donde vive no tiene quien se lo cuide. Yo le doy almuerzo, le hago la mamadera, le cambio los pañales, lo baño y le doy la cena y ella pasa a buscarlo en la noche, cuando sale del trabajo... Y todos los días es así ahora.- dijo, con voz quejosa -A mí me gusta cuidar al Gabriel, casi no da trabajo. Es un angelito!... Y después, alguien tiene que ayudar a mi hija para que ella pueda trabajar,pero le confieso que no estoy aguantando. Me duele mucho la espalda y las piernas, pero no puedo dejar botada a mi hija, ¿no es verdad?... Su marido inventó comprar un terreno en barrio en la periferia que no tiene ni asfalto ni cloacas y la iluminación es pésima. Yo traté de convencerlo para que comprara en otro lugar que fuera más cerca, hasta llegué a discutir con él, pero como es porfiado, insistió en quedarse allá porque era más barato y me aseguró que luego la municipalidad iba a asfaltar y colocar cloacas y que otras personas ya estaban construyendo por allá también entonces no iban a estar tan aislados... No me convenció mucho, pero ¿qué le voy a hacer? El marido no es mío. ¡Francamente, no sé cómo mi hija aceptó irse a vivir en ese descampado!...
-Realmente es una cosa difícil.- comenté.
-Y más encima, ahora el hombre me inventa de empezar a estudiar en la noche y mi hija es obligada a quedarse sola en ese fin de mundo hasta que él vuelve de la escuela, casi a media noche. ¡Si usted supiera el susto que pasa la pobrecita!.. El otro día, para que vea, ella estaba allá, esperándolo, sola con el bebé, cuando de repente empezó a escuchar unos ruidos en el patio. Me dijo que parecía que alguien estaba tratando de saltar la cerca -¡porque ni pared tiene todavía!- La pobre tuvo que hacer de las tripas corazón y salir a ver lo que estaba pasando. Cuando abrió la puerta, ¡imagínese, vio dos bultos saltando dentro del patio!... Menos mal que ellos tienen esos dos perros enormes. Fue lo que salvó a mi hija de sepa Dios qué... Los dos animales empezaron a ladrar como locos al ver a los intrusos, entonces mi hija fue y los desamarró. Ellos salieron disparados atrás de los hombres y los obligaron a huir. Pero imagínese si hubieran tenido armas. ¡Le dan un tiro a los perros y ahí van atrás de mi hija!... ¡Ni le cuento cómo estaba ella cuando el marido llegó a la casa!... Me dijo que hizo el tremendo escándalo y que él casi tuvo que venir a buscarme para que yo fuera a calmarla. Pero mismo así, ni piensa en cambiarse... Francamente, no sé lo que ese hombre tiene en la cabeza.- rezongó la señora Soledad , seria - ¡Y mire que ya le hablé de ese terreno que están vendiendo aquí en la cuadra de arriba, que sería ideal para ellos!...
Yo miré mi reloj y me sobresalté. ¡El tiempo había volado, tenía que correr! Entonces, me despedí de mi amiga y me dirigí rápidamente hacia el paradero, dejándola en la vereda con el cochecito y la bolsa... Me hubiera gustado haber podido quedarme para ayudarla de alguna forma, pero tenía mis propios compromisos quqe cumplir.
Segundo día: Me levanté un poco más tarde, pues era mi día libre. Me tomé el desayuno sosegadamente, me vestí y salí al porche para respirar el aire fresco de la mañana. Todavía con el relato de la señora Soledad en la memoria, fui hasta el portón y di una mirada hacia sus casa en la esperanza de verla barriendo la vereda como todos los días, o tal vez jugando con Gabriel, pero todo estaba cerrado y silencioso. De inmediato me pregunté si no habría ido a pasar la noche en la casa de la hija por causa del episodio de los dos sujetos en el patio. LA pobre debía haberse quedado aterrada y como el marido no estaba dispuesto a cambiar de idea sobre irse a vivir en un barrio más cerca y con una estructura mejor, la señora Soledad se propuso a quedarse con ella hasta que él volviera de las clases o, quién sabe, hasta a dormir allá, regresando en la mañana con el pequeño Gabriel... Pensé que sería una buena salida para el problema, pero también imaginé cuán difícil sería para la señora Soledad tener que desplazarse todas las tardes hasta la casa de la hija y dejar la suya abandonada. Supuse que sentiría falta de su cama, de su sofá, de su porche, encontraría raras las ollas, los platos, los muebles, el silencio -ya que nuestra calle era bastante ruidosa- pero sobre todo, tuve certeza de que lo peor sería la falta e privacidad. Doña Soledad vivía sola hacía años y se había acostumbrado a ser independiente, e tener sus rutinas, pero como ella misma me había dicho una vez: "Madre es madre para toda la vida y los hijos vienen siempre en primer lugar, no importa el sacrificio que esto nos cueste. Entonces, pensé que si, efectivamente era eso lo que había sucedido, ella no estaría arrepentida.
Me quedé un poco más en el portón espiando la casa y pensando en ir a regar ls plantas del porche o el jardín, que eran la niña de los ojos de doña Soledad, pero supuse que ella las había regado antes de salir. Sonriendo al imaginar a la mujer vivaz, organizada y abnegada que tenía como vecina, volví para dentro preguntándome si yo seria capaz de actuar así cuando tuviera mis propios hijos.
Tercer día: Cuando salí a la calle en la mañana temprano a comprar pan y leche, vi varios autos estacionados delante de la casa de doña Soledad y un entra y sale de gente con fuentes, botellas de bebida, bolsas con verduras y frutas, paquetes de carne y azafates con lasaña. La música ya sonaba alto en uno de los carros y flotaba en el aire el característico olor del carbón calentándose en la parrilla para el asado. La señora Soledad no se divisaba por allí; probablemente ya estaba en la cocina preparando su famoso pollo con polenta y organizando las tareas para que los niños tuvieran algo que hacer y no anduvieran por ahí haciendo pillerías: arreglar las mesas y sillas, disponer platos, servilletas, vasos y cubiertos en la terraza cubierta. Una hamaca de coloridos flecos había sido colgada en el porche y los pequeños se la disputaban entre gritos y empujones. Algunos muchachos jugaban una pichanga n el medio de la calle y otros solamente observaban, con su lata de cerveza en la mano y ese aire displicente típico de la edad... Imaginé la felicidad de doña Soledad con la casa llena -¡por cierto, estaba sorprendida con la cantidad de parientes que tenía!- pues es una mujer hospitalaria a que le encanta exhibir sus dotes culinarios y recibir visitas para conversar e intercambiar recetas. Hasta le había confiado a mi madre los ingredientes de su delicioso pavé de mango y todo último fin de semana del es nos deliciávamos con él a la hora de almuerzo...
Cuarto día: Hoy día, cuando salí a trabajar, vi que todavía había un par de autos estacionados al frente de la casa de doña Soledad, lo que significaba que alguien se había quedado a dormir después de la fiesta. Todo estaba silencioso, pero allá en el fondo se podía escuchar el água de la manguera corriendo. La señora Soledad estaba levantada y cumplía sus sagrados deberes de cada mañana. Poco después apareció en el porche con la escoba y su delantal escocés, dio una enérgica barrida, ablandó los cojines de las sillas, enrolló la hamaca, arregló las sillas alrededor de la mesa y finalmente bajó al jardín. Allí recogió las latas de cerveza, platos y vasos desechables, servilletas y restos de comida, con expresión de reprobación ante tanto desorden, y lo puso todo en una bolsa de basura que había traído. En seguida, soltando un suspiro y levantándose, respiró hondo el aire fresco de la mañana y sonrió, cerrando los ojos. Dejó pasar algunos segundos y luego fue hasta el portón, lo abrió y salió a la calle para empezar a barrer. Fue entonces que me vio. Inmediatamente una brillante sonrisa distendió su cara arrugada.
¡Mi niña, usted está ahí!- exclamó, agitando una mano.
-¡Buenos días, señora Soledad!- respondí, acercándome. Hoy día no estaba atrasada.
-¡Puchas!, ¿vio ayer? ¡Faltaba sólo el papa aterrizar en mi casa!- dijo, riéndose -¡Vino todo el mundo!...- apuntó al porche, torciendo los labios -Pero mire el tremendo desorden que hicieron. Debería ir a despertarlos para que vinieran a limpiar y ordenar, ¿no cree?...
-Pero fiesta es así mismo- respondí -Luego van a despertar y ahí usted los pesca y los trae para ayudarle.
Ella se rió y puso cara de remordimiento.
-Los pobres, se quedaron despiertos hasta tan tarde... Me da pena llamarlos...- me miró, como avergonzada -Uno no tiene caso, ¿verdad? No se cansa de malcriarlos y después reclama.- y se rió de nuevo.
- Es que cuando se trata de la familia, uno siempre se derrite.- Yo también soy así le con mis hermanos.- le dije, apoyando la mano en su hombro delgado -¿Y cómo va ese asunto de su hija?
Ahí se puso seria. Se apoyó en la escoba y suspiró.
-Ese cabeza dura de mi yerno... Estoy tratando de traerlo para acá para que por lo menos le de una mirada al terreno, ¿se acuerda que le hablé de eso?.
-Me acuerdo. ¿Y qué pasó?.
-Nada, el porfiado no quiere ni saber. Que ya compró esa otra, que luego se acostumbran, que van a poner carabineros, que pronto va a construir el muro en el patio... ¡Puras disculpas para no dar el brazo a torcer! ¿Pero dónde se ha visto una cosa así, poner en riesgo la seguridad de la mujer y el hijo?.- exclamó, impaciente.
-¿Pero su hija no puede conversar con él para tratar de convencerlo de que venga a dar una miradita por lo menos?- sugerí, apenada por la situación de mi amiga.
-Ya hablé con ella, pero no sé... El tipo es muy burro.- respondió doña Soledad, desanimada.
Yo miré mi reloj. No podía llegar atrasada de nuevo.
-Bueno, doña Soledad, desgraciadamente tengo que dejarla o voy a llegar tarde... Puchas, pero qué pena que su yerno sea tan cabeza dura. Tenía que pensar en el bienestar de su esposa y de su hijo, ¿no?...- le dije, sinceramente afligida.
-Eso es lo que yo le digo, pero él...- e hizo un gesto de displicencia, encogiéndose de hombros.
Empecé a alejarme.
-Pero quién sabe no recapacita y decide venir a ver el terreno, se entusiasma y lo compra.- expresé, sonriendo para darle ánimo.
Ella puso cara de desaliento.
-El dice que no tiene más plata, pero yo ya le expliqué que el dueño está dispuesto a hacer un trueque... Y ahí él me alega que no tiene nada que trocar... Y yo me quedo mirando ese terreno maldito donde está viviendo, pero él, nada.
-¡Vamos a hacer barra!- exclamé, saludándola, a lo que me respondió sin muchas ganas.
Cuando me subí al bus ella estaba barriendo enérgicamente la vereda, como queriendo espantar sus disgustos.
Quinto día: Parece que doña Soledad fue de nuevo a pasar la noche a la casa de su hija porque cuando salí a la calle, su casa estaba cerrada y silenciosa. Al atardecer, cuando regresé, las persianas ya estaban abiertas y los canarios en el porche, pero nada de doña Soledad. Usualmente, a esa hora ella sale a sentarse un rato en su mecedora para contemplar el paisaje y saludar a los vecinos que vuelven del trabajo. Pero hoy la silla estaba vacía... Me quedé bastante preocupada, pero preferí no ir a perturbar. También decidí no preguntar nada en caso de que nos encontráramos a la mañana siguiente. Con certeza, si ella no estaba allí afuera era porque necesitaba estar sola para resolver sus asuntos y yo no iba a interrumpirlas con mi curiosidad. Tampoco iba a ponerme a hacerle preguntas que a lo mejor ella no deseaba responder. Quería mucho ayudarla, pero no quería ser entrometida. Fui a cenar y a ver mi novela, pero en la noche me demoré para dormir pensando en ella.
Sexto día: Hoy día doña Soledad reapareció, pero sólo conseguí divisarla de lejos, en el paradero e la esquina, justo cuando se subía al bus antes del mío, muy bien arreglada -inclusive de taco alto- y apresurada. Traté de alcanzarla, pero el vehículo ya había empezado a andar, entonces me quedé ahí, mirándola a través del vidrio sucio del bus mientras ella pasaba ágilmente por el corredor y se iba a sentar al otro lado. no conseguí distinguir la expresión de su rostro, por lo que toda mis preguntas quedaron sin respuesta... Pero estaba yendo al centro, con certeza, y ella sólo hacía esto en ocasiones muy especiales. Entonces me pregunté, más curiosa si cabe: ¿qué ocasión especial era esta?"... Mas no tuve ninguna pista y cuando llegué a casa en la noche, ella todavía no había vuelto. La casa continuaba silenciosa y obscura. ¿Mas qué diligencia tan larga era esa?
Séptimo día: Hoy, cuando salí para el trabajo me sorprendí al ver aquel montón de gente en el jardín del frente de doña Soledad, todos vestidos con shorts y camisetas, pantalones y tenis. Un gran camión de carrocería blanca estaba estacionado en la vereda y reinaba una tremenda confusión, pero del tipo positivo. Todos reían y hablaban en voz alta, iban y venían dando órdenes y traían cajas de cartón vacías hasta el camión. Yo no entendía lo que estaba sucediendo, pero definitivamente no era una de las reuniones que la señora Soledad acostumbraba organizar. De lejos la vi, también de camiseta y zapatillas, empujando el coche de Gabriel, que movía manos y piernas y le sonreía a todos, encantado con toda la agitación a su alrededor. No me aguanté y fui hasta allá. A final de cuentas, ¡el suspenso me estaba matando!.
-¡Buenos días, doña Soledad!
-¡Buenos días, m'hija!...- respondió, abriendo los brazos. Parecía realmente contentísima.
-¡Pero qué bueno verla así tan bien dispuesta!- dije, saludándola con un beso -¿Pero qué es todo esto? ¿Está organizando otra fiesta?
-¡No, nada de eso, mi niña! ¡Estoy organizando una mudanza, eso sí!- exclamó.
-¿Cómo así, una mudanza? ¿Se va a cambiar de aquí?...- pregunté, sorprendida.
-No, yo no.- apuntó hacia el cochecito -¡Pero mi hija sí!- y soltó una carcajada rica, agachándose para estampar un sonoro beso en la mejilla gordinflona del nieto -¡Hoy va a ser un día perfecto!... Entonces, si me perdonas, hija, tengo mucho que hacer.- concluyó, sin dejar de sonreír .En seguida se volvió hacia el personal y comenzó a dar órdenes y a organizar tareas como un mariscal de campo.
Yo me despedí, sonriendo también. Claro que doña Soledad no podía estar tan contenta solamente porque estaba organizando otro almuerzo, sino por un hecho mucho más relevante. Como el haber convencido a su yerno a mudarse de ese fin de mundo para la calle de arriba. Con certeza fue ella quien intermedió la negociación con el dueño del terreno que, no se sabe por qué, accedió a cambiar este de aquí por ese otro. Pero eso no importaba ahora. Lo importante era que su hija y su nieto estarían bien cerca ahora y que podría disfrutar de su compañía cuando quisiera, sin tener que sacrificar su casa ni sus rutinas para ir a meterse en aquellas quebradas peligrosas para ayudar a cuidar a Gabriel. Tanto había insistido que lo había conseguido.
Viré la esquina en dirección al paradero aún con la imagen de aquel grupo animado y ruidoso tomando cuenta de la calle para ayudar en la mudanza e instintivamente me pregunté si algún día yo tendría una familia igual o, al menos, parecida. La señora Soledad afirma que sólo por eso ya vale la pena vivir.
Viré la esquina en dirección al paradero aún con la imagen de aquel grupo animado y ruidoso tomando cuenta de la calle para ayudar en la mudanza e instintivamente me pregunté si algún día yo tendría una familia igual o, al menos, parecida. La señora Soledad afirma que sólo por eso ya vale la pena vivir.
Nenhum comentário:
Postar um comentário