Y como prometido, aquí está la primera serie de cuentos cortísimos que fueron enviados al concurso "Santiago en 100 palabras". ¡Espero que los disfruten!
Hay que levantarse.
Hay que levantarse. Está obscuro y el viento que entra por la rendija de la ventana es como una amenaza o una tentación para no salir a la calle. Pero hay que levantarse. Meter las cosas en el carrito y salir. Empujar calle arriba, sudando, por la plaza, por las esquinas, empujar. Hay que llegar y arreglar las cosas. Y hay que ponerlas bonitas para atraer al cliente esquivo. Y ahora hay que sentarse y esperar. Sin desayuno. Un cafecito caería bien... Va a ser un día como los otros: más esperanzas que ventas... Pero hay que levantarse.
Su vida es así.
El loco Jara anda por ahí, pelucón barbudo, cochino, con una ropa que le queda gigantesca, la cara negra de mugre. Viene otra vez con su bolsita de nylon amarilla y el pedazo de cartón a barrer el paseo. Ya no trae a los perros. Por eso lo echaron y ahora no tiene cómo comprarse los remedios. Por eso anda loco, habla solo, canta, grita, persigue a los otros barredores y a los transeúntes. Es inoportuno, puede que hasta peligroso, pero barrer es lo único que sabe hacer. Entonces, como no se acuerda de que no tiene más el trabajo, vuelve todos los días al parque y hace su parte. Porque su vida es así.
No es como dicen.
¡Puchas que es exagerado el Miguel!... Si no era para tanto la cosa. Se acabó la cerveza y yo le dije a los cabros que fueran a comprar, pero el viejo del bar no les quiso fiar porque ya estábamos debiendo mucho. Ahí, el Miguel se enojó. Yo iba a recibir la plata del lavado para ir a pagarle al tiro, pero no hubo caso. Es que el viejo le tiene mala al Miguel. Pero eso es porque no lo conoce. Yo sí, y no es como dicen. Es buena gente. Siempre me compra algo después que me pega.
Sólo para mirarlo.
Primero nos dijeron que era en Marzo y nos quedamos todos contentos y empezamos a hacer planes. Después, la cosa cambió para Junio, porque había unos problemas con los papeles. Cosas de la municipalidad, dijeron. Bueno, pero de todos modos podíamos continuar soñando. Compramos muebles, empezamos a ahorrar para la tele. Pero ahí nos llamaron y nos dijeron que la entrega se iba a atrasar otro poco. Noviembre. Continuaban los tropiezos con la municipalidad. La dueña de la casa que arrendábamos empezó a ponerse catete, quería que saliéramos luego. Llegó Diciembre y nada. Estamos en la calle. ¿Y el departamento nuevo? Sólo para mirarlo.
¿Qué sacan con tener plata?
Restaurante fino, vista para la cordillera, mozos vestidos de negro, con corbata, oliendo a colonia. Menú en tablet, decoración exótica, ese aire discreto de cosa cara. Gente rica y mal vestida compartiendo una mesa, conversando de ropas, de viajes, de fiestas. Niñitos mimados haciendo birra. Yo, en una mesa de rincón disfrutando mi voucher comprado por internet -mi única forma de comer elegante- y entran ellos. La chica aburrida, despeinada. El chico desgarbado, mirando su celular, zapatillas viejas. Pero no son pobres, se les nota. Se sientan, ordenan, como cansados, comen, suspiran, no cruzan una palabra. Ni siquiera se miran... ¿Qué sacan con tener plata?
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