Y como se los prometí, aquí va la tercera serie de cuentos cortos, con cinco nuevas historias. Creo que debería ponerle un nombre a este tipo de trabajo porque irle diciendo, tercera, cuarta o décima serie de historias cortas es medio fome, ¿no?... En todo caso, voy a pensar en un nombre -aunque soy pésima para eso- y después les cuento. ¡Quién sabe ese no va a ser el título de mi libro de cuentos cortos!... Bueno, aquí van. ¡Espero que los disfruten!.
Empleo nuevo
-¿Y dónde estai?
-Estoy llegando al metro.
-Avísame así que salgai.
-No te preocupis, los tipos van a esperar.
-No sé... Es mejor llegar a la hora. ¡Huevón, no podemos perder esa pega!
-Si ya sé, oh, te estoy diciendo que voy a llegar a tiempo ¡No huevees más!
-¿Tú sabis lo que me costó conseguir esa entrevista?
-Sí, ya sé, me tenís chato con el temita.
-Es que es demasiado importante.
-Ya sé.
-Mi vieja me la tiene jurada si no consigo esa pega. No más mesada, ni carrete, ni universidad...
-Sí, mis viejos también están hueveándome con eso. Pero no te preocupis, lo vamos a conseguir.
-Ojalá.
-Ya, estoy entrando en el metro ¡Nos vemos!
-¿Te pusiste terno y corbata, huevón?
-Claro que sí. ¡Me estoy asfixiando en esta mierda! rsrsrsrs Pero todo por la pega.
-Y la plata.
-Sí, la cosa está fea, necesitamos esa plata.
-Nos vemos entonces.
Y como estaba digitando en su celular al cruzar la calle, Andrés no vio el semáforo en rojo ni tampoco la micro que se le venía encima.
Esperando.
La Clarita lo único que hacía era esperar. Se levantaba en la mañana esperando que todos sus deseos se cumplieran, que hiciera sol, que las cosas estuvieran más baratas, que su papá no se curara, que consiguiera vender más parches curita en la estación del metro, que los pacos no la echaran... Esperaba poder comprarse ropa bonita, usar perfume y unos aritos de perla haciendo juego con un anillo y un prendedor, igual que su abuela. Esperaba ser capaz de terminar sus estudios. Esperaba convertirse en una cantante famosa. ¡Todos le decían que era tan afinada y que le ponía tanto sentimiento a sus interpretaciones!... Bueno, es verdad que a veces sus oyentes estaban medio curados o distraídos en el bar de don Beno, pero de todas maneras la elogiaban. De repente conseguía meterse en uno de esos programas de talentos en la tele. A veces se imaginaba en un escenario lleno de luces con una multitud fervorosa escuchándola y aplaudiéndola. Eso cuando la tarde se hacía interminable en la estación y nadie se acercaba a comprarle nada. Pero la Clarita seguía esperando. Tenía fe, tenía coraje, tenía talento. Sólo esperaba que se lo reconocieran.
Y fue sentada en el borde de la vereda, esperando la vida debajo de ese árbol, que a ella se le antojaba una orquesta con su murmullo de hojas, que la atravesó la bala perdida de una de las pandillas que se peleaban por el territorio.
Las espías.
Desde lejos ya se les notaba ese aire de conspiración, de secreto macabro del cual dependía la seguridad nacional. Curvadas, cabezas casi juntas, ojos atentos, mirando de aquí para allá, sus cuchicheos se paseaban solamente en el espacio entre sus dos rostros arrugados y compenetrados. Todos los días a la misma hora, siempre de abrigo obscuro, guantes, y ese montón de bolsas y carpetas... Con certeza discutían el futuro de la nación, trataban de evitar el próximo atentado, planeaban estrategias políticas y militares que más tarde comunicarían a los altos mandos en ultra secretas reuniones a puertas cerradas, desconfiadas hasta de sus propias sombras.
Y cuando uno se les acercaba, temeroso hasta de respirar cerca de ellas, se daba cuenta de que no pasaban de dos comadres ociosas que pelaban a Dios y al Diablo con idéntico entusiasmo.
El duelo
La pared había acabado de ser pintada. Ocupaba toda la cuadra, blanca, lisa, perfecta. Terreno ideal para un buen rayado... El primero, claro, apareció al día siguiente: un dibujo de una india siendo ahorcada por políticos y hacendados. Decía: "El mapuche todavía es el dueño de la tierra". Al otro día, justo al lado, apareció escrito con letras rojas y azules: "Nada puede detener el progreso. ¡Internet para los mapuches!" Dos días después, en un trabajo extraordinario en detalles y colores, la respuesta era: "La internet no se come". Y la frase siguiente, al lado de una carita con expresión irónica: "¿Ah, no? ¿Has hecho la prueba?" Picado, el primer rayador retruca: "Si la tierra muere no nos queda nada". Dos días después, cuando el idealista pensaba que el chistoso se había dado por vencido, aparece en la pared, ya no tan blanca: "Y si no tienes plata para comprar semillas e implementos, tampoco sirve para nada"... El público que pasaba por la calle empezó a acompañar este duelo con creciente interés y a ponerse del lado de uno o del otro, originando verdaderas discusiones existenciales frente al muro. Y el idealista remató, triunfante: "Si tu dios se viste de oro, es hora de que empieces a revisar ese dios", pensando que le callaría la boca de una vez por todas... Pero él, insolente, escribió: "Se nos va a terminar la pared y nos vamos a llegar a ningún acuerdo, ¿ya te diste cuenta?" Y en seguida, el otro: "¡Estás tratando de manipular y silenciar mi libertad de expresión!"... Y las personas, en secreto, venían en la noche y agregaban sus comentarios, que inclinaban la balanza para uno u otro lado, haciéndolos sentirse un día victoriosos y al otro derrotados.
Y la pared se iba terminando, en efecto, y todos empezaban a sentirse francamente preocupados porque estaban dándose cuenta de que no iban a ver el final de esta disputa en la cual se habían involucrado tan seriamente... Entonces, cuando quedaba el último espacio en blanco, vino alguien y terminó de la forma más prosaica todo este embrollo socio-cultural-político-existencial, escribiendo: "¿Por qué no se rayan el culo mejor?"
Vecinos
Todos los fines de semana era la misma mierda: la música a todo volumen, golpes, gritos, coros de borrachos en el balcón, el aire hediondo a cigarro y marihuana, a pizza, a carne, a cerveza, el karaoke reventándole los oídos... Él, que se había partido el lomo trabajando la semana entera y que lo único que quería era quedarse tranquilamente en su departamento descansando y disfrutando del silencio y de la tranquilidad. Ya le bastaba el estruendo ensordecedor de la construcción donde trabajaba los otros días. Tenía derecho a descanso, a silencio, a paz, a una buena noche de sueño. El stress de manejar el día entero el taladro -a pesar de las orejeras que usaba- podía volverse realmente insoportable. Ya le había reclamado a los conserjes, al mayordomo, al dueño, había llamado a los carabineros, le había echado cartas anónimas y amenazadoras por debajo de la puerta a los vecinos escandalosos, y nada. La bulla continuaba como si nada y él no conseguía dormir. Estaba volviéndose loco. Su rabia estaba saliéndose de control, podía sentirlo en alguna parte de sus entrañas. ¿Por qué todo el mundo lo ignoraba? ¿Qué había que hacer en este país para que alguien le diera oídos? ¿A nadie le importaba su situación? ¿Los otros vecinos eran sordos o qué?... Y pensó, amargado, con pena de esta sociedad y de sus víctimas: "Bueno, así es como empieza la violencia, y no es porque uno la escoja".
Y se compró un arma.
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