Y entre estornudos, muchos pañuelos y tacitas de té, aquí van los últimos:
MUDO
Armando vivía solo. Llegaba a su departamento después de su trabajo en el banco, prendía la luz, dejaba sus cosas en el sofá y se iba a la cocina, encendiendo la televisión al pasar. Se preparaba una sopa, un sandwich o unos tallarines con salsa instantánea, a veces unos huevos revueltos con el jamón que había comprado en el mercado. Y todo en completo silencio. No tenía teléfono y a los vecinos los saludaba con una leve inclinación de cabeza y la sombra de una sonrisa. Como iba al mercado, no tenía que pedirle las cosas a ningún funcionario. No tenía ni gato, ni perro, ni canario con quien conversar. Apenas la televisión... A sus colegas también los saludaba con un gesto. Se sentaba ocho horas en su cubículo y revisaba cálculos, pedidos de préstamos, control de caja, cuentas de casino. El único ruido era el de la calculadora y el de la silla, que crujía cada vez que él se movía. Todos ya se habían acostumbrado a su silencio y habían dejado de hacer bromas al respecto. Aprendieron a respetar su opción y esto era un alivio para Armando.
El drama fue el día en que llegó la Isabel y, al verla, el corazón de Armando se derritió en una oleada de fuego y temblores incontrolables. Ella se acercó a cada uno y los saludó con una sonrisa luminosa y los ojos verdes acariciando el aire; su voz era como el agua de un estero tranquilo... Y cuando llegó al cubículo de Armando y le extendió la mano, él se quedó mirándola, inmóvil, y abrió la boca para decir algo... Pero ni un solo sonido o palabra vino a sus labios... Porque se le había olvidado cómo se hablaba.
LA MARÍA
La María se levanta cuando todavía está oscuro. No toma desayuno porque sino se atrasa, pero en el hotel la está esperando una taza de té y un par de tostadas con margarina, entonces se aguanta el hambre y sale a la calle, cargada de bolsas y preocupaciones. Toma las dos micros y el metro y llega puntualmente al trabajo. Ahí se pone el uniforme, se echa unas galletitas al bolsillo después de desayunar (es diabética y tiene que comer cada tres horas) y va al depósito para pescar la aspiradora, los baldes, traperos y paños, botellas de detergente y guantes, jabones y todo tipo de cosas para limpiar. Lo acomoda todo en el carrito y parte con pasos firmes por los corredores, entrando resueltamente a las habitaciones desordenadas y sucias, a veces malolientes y vandalizadas y las deja como nuevas. Cuando sale de ahí, a las cuatro de la tarde, va a limpiar otras casas, sube y baja de micros, de metros, de colectivos, andando un poco más despacio, sintiendo las bolsas un poco más pesadas, el aire más frío, el estómago más vacío, el corazón más apretado... Pero cuando se acuerda de la carita del Gabriel, su único nieto, parece que las fuerzas le vuelven y se anima de nuevo y consigue trabajar hasta las nueve de la noche lavando, restregando, barriendo, trapeando, ordenando, aspirando... Y cuando llega en la noche a la casa y el Gabriel sale a recibirla, y le da ese abrazo apretado lleno de risas y olor a jabón y ella le entrega el paquetito de caramelos que compró en la micro todo vale la pena. Todo.
NUNCA ENTENDIÓ
El "Tobías" nunca entendió por qué esa gente lo sacó del abrigo. ¡Allá lo pasaba tan bien! Tenía montones de amigos con quienes jugar, un espacio enorme para correr, pedazos de palo y pelotas de trapo para morder, la comida era buena, siempre había agua en su plato y recibía caricias todo el tiempo... Llegaron llenos de sonrisas y elogios, de promesas y cariños, lo metieron en una camioneta y desembarcó en pleno centro, con todo ese ruido y esa gente que anda sin parar. Entraron en un edificio entre tantos -parece que son todos iguales- subieron en el ascensor y llegaron al departamento. "Tobías" se quedó medio desconcertado. ¿Dónde estaba el patio? ¿Y los árboles? ¿Y los otros perros?... Eran unas piezas chiquititas, medio oscuras y llenas de muebles y cosas en las que se andaba tropezando. Lo que había era una terraza mezquina donde habían puesto un pedazo de frazada vieja y dos platos de plástico, uno con agua y el otro con ración... Le hicieron un poco de fiesta, se rieron le pusieron otro nombre, le dieron unos palmotazos en la cabeza. En seguida lo dejaron en la terraza y cerraron el ventanal. Él podía verlos allá adentro viviendo su vida cada día. Pero él no estaba incluido. Lo saludaban, abrían la puerta y le echaban comida o agua. Le pusieron un cajón con una tierra extraña para que hiciera sus necesidades. Pero nunca se quedaban con él, no le hablaban, no lo sacaban a pasear. Poco después, el "Tobías" descubrió el encanto neurótico de mirar por la baranda. Por la calle allá abajo pasaban personas, autos, micros, otros perros -solos o con sus dueños- vendedores, policías, motos, bicicletas... ¡Era fascinante! Y él quería participar. Entonces empezó a ladrarles a todos asomando medio cuerpo para fuera de la baranda. Algunos erguían la cabeza y lo descubrían en el balcón. Sonreían, hacían algún comentario, lo apuntaban. Una vez hasta le sacaron una foto... Pero nadie subía a sacarlo de su prisión y sus dueños no entendían que él también quería ser parte de todo ello.
Por eso, tampoco entendieron por qué una mañana, mientras ellos estaban fuera, "Tobías" se tiró del balcón.
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