Y como lo prometí, aquí están otros dos cuentos cortos para que aprovechen el fin de semana. Ya tengo otras ideas en la manga, entonces creo que brevemente publicaré más. También es bueno porque así aprovecho para practicar para la nueva edición del concurso-tortura "Santiago en 100 palabras"... Voy a esforzarme de verdad y vamos a ver cómo me va este año... Y si no pasa nada, de cualquier forma ustedes los van a leer. ¡Pero tengo que entrenar mucho para conseguir resumir de forma satisfactoria -para mí, por lo menos- las historias que se me ocurren en cien míseras palabras!...
Y aquí van los cuentos, para leerlos junto a la piscina, con un vaso de jugo al lado, ¡porque el calor está llegando!.
EL PAYASO PALTITA
Sus tiempos de gloria ya se habían ido hacía mucho. El circo cerró, los leones se fueron a un zoológico, las contorsionistas se volvieron garzonas, el mago vendía ropas caras en un mall, los caballos jalaban carretelas llenas de verduras o muebles y los otros payasos... Bueno, nunca más los había vuelto a ver. Cuando el circo quebró todos tuvieron que arreglárselas y hacer de todo para sobrevivir. Se olvidaron de su pasado y trabajaban en lo que apareciera. La mayoría regresó a sus pueblos natales en el sur y todo contacto se perdió.
Pero aunque la mayoría se había rendido a la necesidad y enterrado su vida en el circo, el payaso Paltita se había conservado fiel. De lo que sobró rescató un carrito y unos artículos de magia: naipes, pañuelos, globos, vasos y otras chucherías que el mago había dejado atrás, su ropa de payaso y algunos potes de maquillaje resecado. Con esto, mucha imaginación y simpatía, -y siempre arrancando de los carabineros- se dedicaba a andar por las calles, paseos y plazas presentando un pequeño acto donde mezclaba la magia y la payasada, con lo que ganaba algunas monedas para subsistir y continuar su cruzada por mantener vivo el arte del circo. Ya estaba viejo, curvado, arrugado y casi pelado, caminaba despacio, parecía que cada día ese carrito se ponía más pesado. Estaba cansado, enfermo, solo. Era como un Quijote en medio de los molinos de viento de acero y concreto de la ciudad inmensa y atareada, ruidosa, sin compasión... Pero cuando se ponía frente al espejo y empezaba a maquillarse, parecía que su corazón rejuvenecía, los dolores desaparecían, la mente se ponía alerta y un extraño y agradable calor le llenaba el corazón y parecía salir de él y abrazar a los pocos que se detenían para disfrutar de su modesto espectáculo. Era una media hora de magia, chistes, interacción ágil y cálida, globos y música chirriante, que terminaba con algunas monedas y billetes en su sombrero zurrado. Daba para pasar otro día... Pero lo mejor no era la plata, sino el espectáculo, el público, la emoción, las risas y el asombro de los niños delante de sus trucos ingenuos. El encanto que sus malabares aún podían despertar en las personas era como una inyección de valor y optimismo para su alma. Eso hacía que valiera la pena salir de la cama todos los días.
¿QUIÉNES SON USTEDES?
Alberto trabajaba. Pero trabajaba de verdad. No se quedaba por ahí conversando, chateando en el celular, paseando por la oficina para echarle el ojo a las secretarias, fumando en la terraza o tomando litros de café y comiendo galletitas. No, él estaba siempre en su escritorio, en aquel cubículo inmaculado y neuróticamente ordenado. No tenía allí fotos de la familia, chiches, maceteros, hojas sueltas, lapiceras desparramadas, clips o tijeras fuera de sus receptáculos. Llegaba más temprano que todos y se iba incluso más tarde que el propio jefe, que ya le había llamado la atención por quedarse todos los días después del horario, aclarándole que no iba a ganar horas extra por eso. Pero a Alberto no le importaba. La cosa no era la plata, era el trabajo, la lucha por la perfección, los plazos, los clientes, las cuentas, la eficiencia. ¡Había tanta cosa que hacer! ¿Cómo era posible que todos se portaran como si estuvieran de vacaciones? Se la pasaban haciendo planes para los feriados, los fines de semana, las vacaciones, panoramas con la familia, viajes, como si lo que sucedía en la oficina no tuviera la menor importancia. Miraban a cada rato el reloj, listos para saltar de la silla y salir corriendo a la calle, subirse al metro, al auto, al bus, y llegar a sus casas... ¿A hacer qué?... ¿A ver la novela? ¿A jugar con los hijos? ¿A pelear con la esposa? ¿A revisar las cuentas que no podían pagar? ¿A tomarse una cerveza con los amigos?... ¡Aquello no era vida! Alberto sólo haría algo así cuando hubiera juntado bastante dinero. Ahí sí se podría dar el lujo.
Pasando el tiempo, todos notaron que Alberto se quedaba más y más tiempo en la oficina. ¿Haciendo qué? Nadie sabía, pero se mostraba siempre muy ocupado y concentrado. Un día trajo su saco de dormir. Dijo que tenía un caso complicadísimo que resolver que iba a requerir todo su tiempo. Después trajo un terno, unas camisas, calcetines, calzoncillos... Lo tenía todo ordenado y escondido debajo de su escritorio. Y trabajaba. Nunca hablaba de su familia, de sus planes, de sus sueños. A ciencia cierta, nadie sabía si tenía alguno. Ni siquiera sabían si tenía realmente una familia por la cual necesitaba trabajar de esta manera.
Pero al final de aquella semana todos tuvieron la respuesta a estas cuestiones cuando una mujer y tres niños entraron a la oficina preguntando por él. Hacía una semana que Alberto no aparecía en la casa ni contestaba el teléfono. La familia sabía que el tipo era un trabajólico, pero eso ya era demasiado. Entonces decidieron ir hasta la empresa a buscarlo. Sin embargo, cuando la secretaria los llevó hasta su escritorio y la esposa se acercó y lo llamó, él giró hacia ella, con los ojos brillantes y afiebrados, la frente perlada de sudor y la boca seca, y se quedó mirándola en silencio.
-¿Alberto?...- murmuró la mujer, inclinándose hacia él, temerosa.
Pero Alberto siguió mirándolos, como si no entendiera lo que estaba sucediendo, hasta que finalmente se enderezó en su silla y los encaró con aire molesto.
-¿Y quiénes son ustedes?- exclamó.
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