Nada mejor que tener amigos en todas partes, y todos con sus respectivos nombres. Así parece que hay más confianza, más cercanía, menos temor. Lo desconocido siempre nos causa recelo, nuestra tendencia es huir de ello, pero si es algo que tiene rostro y nombre, entonces todo se vuelve más fácil, pues pasa a ser como una extensión de nosotros mismos. Y esto vale también para nuestros "enemigos", dentro o fuera de nosotros... Conocer es aprender, aprender es crecer, crecer es enfrentar las situaciones con calma, coraje y fe.
Y después de esta pequeña reflexión, aquí van los cuentos prometidos.
EL MEJOR DE TODOS LOS PREMIOS
Don Eugenio empezó a jugar loto cuando era pequeño. Su papá le dio un día unas monedas y lo mandó al negocio de la esquina para que comprara un cartón, porque él estaba con una tremenda gripe que lo tenía encamado hacía una semana. En un papelito le escribió los números que debía jugar y él, todo contento y orgulloso, hizo como le habían pedido. Fue corriendo y saltando por la calle, pasando la manito por la pared y sonriéndole a todos los vecinos. ¡Tenía una misión muy importante! Su papá le había confiado esos números sagrados -que jugaba hacía unos veinte años- para que él intentara suerte. ¡Quien sabe hoy no era el día y su papá ganaba el gran premio!.
Pero cuando regresó a la casa con el cartón en la mano y el rostro colorado y exultante de orgullo, se llevó un tremendo susto porque se encontró con una gritería, unos llantos desesperados y unas carreras y llamadas telefónicas, gente entrando y saliendo de la pieza de su papá... Desconcertado y receloso pasó por todos ellos, aún sujetando el cartón, hasta que una tía le vino a decir que se fuera a su pieza y se quedara ahí, quietecito. Su papá acababa de morir de un infarto... Eugenio obedeció, aturdido, sin decir una palabra, sintiendo que una cosa inmensa y desgarrada le crecía de un zarpazo en el pecho. En silencio, se sentó al borde de la cama, sosteniendo el cartón de loto, y se quedó así, atontado, incrédulo, sin siquiera poder llorar, hasta que alguien se acordó de él y lo vinieron a buscar para cambiarlo de ropa, lavarle la cara y peinarlo para que fuera al funeral.
El Quenito creció y se convirtió en don Eugenio, un señor muy respetable, de cabellos blancos y estómago abultado, unos bigotes imponentes y unos grandes ojos brillantes iluminándole la cara sonrosada. Los mismos de su infancia. Y continuaba jugando loto. Todas las semanas, con aquellos mismos números que su padre le había dado antes de morir. Ya había ganado una fortuna con sus negocios, siempre acertados y honestos, pero seguía yendo todos los viernes al almacén de la esquina a jugar porque le parecía que todavía llevaba las esperanzas y los sueños de su papá en el cartón y que tenía el deber de cumplírselos. Un día quería llegar delante de su tumba, mostrarle el cheque ganador y dejárselo debajo del macetero de hortensias que adornaba su lápida. Con certeza ese sería el mejor de todos los premios.
EL NOMBRE DE LAS COSAS
Desde cabra chica la Elianita empezó a ponerle nombre a las cosas, nadie sabía por qué. Todos decían que la niña tenía mucha imaginación, nada más, y como esto no afectaba su comportamiento, la dejaban hacerlo sin retarla y hasta acabaron por encontrarle gracia. El oso de peluche se llamaba Alfredo, su plato de sopa Carlitos, la escobilla de dientes Rosa. A su cama la bautizó Esperanza y al agua de la ducha Clarita. El jabón, los cuadernos, los muebles, los árboles y hasta los pájaros que cantaban en sus ramas tenían sus nombres, y de ninguno ella se olvidaba ni confundía. El zorzal que trinaba en el nogal del patio se llamaba Santiago, y la paloma que había hecho nido en una esquina del techo era la Blanca, y la chiquilla esperó pacientemente hasta que sus pichones nacieran para ponerle nombre a todos. Con el tiempo, sus padres y parientes empezaron a sentirse un poco desconcertados con esta manía suya, pues no daba señales de desaparecer. Sin embargo, como seguía sin interferir en con su comportamiento social y escolar, prefirieron dejar las cosas como estaban. Seguramente con la llegada de la adolescencia y los pololeos se le pasaría. Esas eran cosas de hija única, fantasías propias de la edad. Ella no tenía un amigo invisible ni un diario secreto. En vez de eso, le ponía nombre a todo. ¿Por qué? ¿Necesitaba personalizar todo para que el mundo hiciera parte de su vida? ¿Necesitaba tener algún tipo de intimidad con su entorno para se feliz y moverse con confianza y libertad?... Hicieron un montón de análisis y elucubraron por años, pero no llegaron a ninguna respuesta. Al final, concluyeron que todo el mundo tenía alguna manía. Y la de la Elianita era ponerle nombre a todo.
Era joven todavía cuando le diagnosticaron leucemia -a la que ella, a los pocos días de saberlo, bautizó Lala- y a pesar del trasplante de médula que se hizo, después de un tiempo, ésta acabó volviendo... Tubos, inyecciones, pastillas, quimio, exámenes, transfusiones... Pero la Elianita se marchitaba lentamente, en un resignado y pálido silencio, siempre con esa sonrisa medio triste. Todo ella lo soportaba mansamente, como si ya supiera que era causa perdida, a pesar de que todos se negaban a aceptarlo y trataban de infundirle ánimo y optimismo... Hasta que llegó su última noche. El médico llamó a los parientes y todos se reunieron alrededor de su lecho. Ella era una sombra bajo las sábanas inmaculadas... Y aún sonreía... De pronto abrió los ojos y pestañeó, como si estuviera viendo algo. No tenía miedo, todos se dieron cuenta, y no era porque estaba dopada. No, estaba mirando algo. O a alguien... Todos buscaron en el cuarto a la persona a quien la Elianita le sonreía tan gentilmente. Entonces ella los miró uno a uno y dijo, con un hilo de voz:
-Miren, es la Blanquita que viene a buscarme...- y apuntó hacia los pies de la cama con su dedito transparente y huesudo.
Todos se tragaron un sollozo y se volvieron hacia donde ella señalaba, entendiendo que se refería a la muerte a quien, como era su costumbre, le había puesto nombre.
Eliana los miró a todos, con una sombra de compasión en sus ojos casi apagados, y murmuró:
-No se preocupen, la conozco hace tiempo... Y ya somos amigas. No le tengo miedo- hizo una pausa y respiro hondo, con sus últimas fuerzas -Y ustedes tampoco deberían tenerlo- sentenció, y cerró los ojos despacio, murmurando algo ininteligible con un tono de confianza y paz absolutas.
Porque cuando uno le da nombre a las cosas, éstas se vuelven cercanas y no nos amedrentan más.
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