domingo, 10 de janeiro de 2016

"Recados"

    Y como prometido, después del descanso de las fiestas de fin de año, aquí van otros dos cuentos para que los lean el fin de semana.



                                                         RECADOS

    Tuvo que pasar una semana delante del café para darse cuenta del pizarrón en la puerta. Y ese día sólo paró porque tuvo que responder su celular. Era el dueño del departamento cobrándole el arriendo atrasado. Es que ya le debía seis meses y la cosa se estaba poniendo color de hormiga. Todas las veces que don Eugenio lo llamaba o se cruzaba con él en la portería le prometía que ese mes sí le iba a pagar, ni que fuera una parte, pero el trabajo estaba demorando para aparecer y ya no le estaba quedando más cara para encarar al hombre. No es que fuera un tremendo departamento -un dormitorio, sala y cocina amontonados en algunos metros cuadrados, un baño con sólo una ducha. Ni terraza tenía y el ascensor vivía echándose a perder- pero era el único que podía pagar y si don Eugenio lo echaba no tenía a dónde irse... Fue por eso que esa mañana se detuvo frente al café. Y mientras hablaba con el hombre, dándole todo tipo de disculpas, de repente se fijó en el pizarrón y en lo que estaba escrito en él: "Prometa sólo lo que puede cumplir. Nosotros le prometemos el mejor café y no mentimos".. Colgó y se quedó un momento con los ojos fijos en la frase. Se preguntó quién la habría escrito y por qué. Pero estaba con prisa y siguió su camino. Tenía una entrevista de trabajo y no podía atrasarse.
    Al día siguiente, haciendo el mismo recorrido, -iba a la segunda parte de la entrevista- disminuyó el paso al acercarse al café y, mismo pensando que era una tontería, se detuvo para leer el pizarrón. "El primer día es el más difícil. ¿Quiere tener suerte en el segundo? Pase a tomarse un café"... Sonrió y frunció las  cejas. Echó una mirada al interior, intrigado, se le pasó por la cabeza entrar, pero vio que se le iba a hacer tarde y prefirió seguir su camino. A final de cuentas, a lo mejor sí era su día de suerte.
    Durante la semana de espera para saber el resultado de la entrevista, pasó todos los días frente al café, esperando como un niño leer alguna señal que le indicara que todo saldría bien. "La paciencia todo lo alcanza. Espere un poquito que le preparamos el mejor café"... "No deje de creer. ¡Nuestro café es el mejor!"... "¡Mañana es el gran día! Nos llega un nuevo café directo de Brasil"... Estaba convencido de que todo saldría bien y con ese ánimo fue a saber el resultado de su entrevista. Pero fue rechazado. Ahora sí que estaba fregado. No podría pagar el arriendo y tendría que dejar el departamento. Desesperado, se preguntaba a dónde se iría. ¿Debajo del puente? ¿A algún albergue con otros infelices?... Cuando pasó delante del pizarrón le dieron ganas de darle una patada. Mentiras, puras mentiras. Hoy estaba escrito: "Quien sabe hoy no es un gran día. Entre a tomarse un café y descúbralo"... Y de pura rabia y frustración empujó la puerta y entró. Aroma a café, a pan, a pie de manzana... Pero no tenía hambre. Sólo quería saber por qué lo habían engañado así. Se acercó al mesón, tenso y amargado. La chica de uniforme naranja se volvió hacia él con una hoja de papel en la mano. ¿El menú?... Se lo iba a restregar en su linda cara sonriente.
    -¿Vino para el trabajo?- le preguntó la chica, extendiéndole la hoja.
    El se enderezó, desconcertado.
    -¿El trabajo?...- dijo, desconfiado -¿Qué trabajo?
  -El de repartidor.- le explicó la niña -Necesitamos urgente alguien que reparta nuestros productos porque estamos con muchos pedidos y no podemos estar saliendo a hacer entregas. -Le pasó una lapicera, sin dejar de sonreír -¿Quiere llenar la ficha?
    Instintivamente, él se volvió hacia la calle y sus ojos cayeron en el pizarrón: "Cuando se cierra una puerta, se abre una ventana. Por eso le traemos su café recién hecho hasta su puerta o su ventana. ¡Llámenos y experimente nuestro excelente servicio de entregas!", estaba escrito ahora.




                                                    LA MALEZA


    Lo veían andando por ahí con su ropa inmunda y el pelo largo y desgreñado, tieso de mugre, hablando solo, mirando a los transeúntes del paseo con ojos extraños y perdidos. Estaba siempre rodeado de palomas y perros que venían a robarle los restos de comida que conseguía importunando a los garzones de los restaurantes cercanos. Un día hasta se lo llevaron detenido por afrentas a la moral: andaba con el pantalón rasgado entre las piernas, por lo que, al sentarse, se le salía todo por el agujero, lo que ofendía y hacía reír a la gente. Le zurcieron los pantalones y lo devolvieron a su esquina junto al muro de la farmacia. Cuando llegaba la noche desaparecía, y algunos rezaban para que no volviera, pero ahí estaba a la mañana siguiente, hediondo, barbudo, puntual. Había quien se preguntaba dónde pasaba las noches, porque el resto del tiempo andaba vagando por ahí o estaba sentado en la pared de la farmacia, que ya estaba ennegrecida con el sebo de sus ropas. En realidad, no se metía con nadie y ya tenía sus picadas para comer y beber, en donde le daban unas bolsas con sobras y una bebida por la mitad. Pero era un espectáculo feo, denigrante para el barrio. Los turistas paraban para sacarle fotos y los niños se asustaban con su aspecto de troglodita. Entre las palomas, los perros y su propia suciedad, la esquina se había convertido en un pequeño y fétido basural que los barrenderos limpiaban todos los días, cosa que a él parecía importarle un pito, porque continuaba dejando su porquería desparramada por todos lados.
    ¿Pero dónde dormía? ¿Dónde tenía sus pertenencias, si es que las tenía?... Había un sitio vacío a pocas cuadras de su esquina, enorme, lleno de árboles y rodeado por una reja. Todavía había restos de la antigua construcción, piso de cemento, tuberías, escaleras, umbrales. Cada cierto tiempo, el dueño del terreno mandaba unos empleados a cortar la maleza que poco a poco tomaba cuenta de lugar, y fue en una de esas faenas que descubrieron las cosas del vagabundo en un pedazo de concreto junto al muro todo rayado. Platos de plástico, una colcha, pantalones, una frazada, bolsas de nylon con cachuréo. Todo lleno de heces alrededor, apestando a orina y a años de suciedad. Los obreros cortaron la maleza y dejaron todo al descubierto. Pero no lo echaron ni le botaron las cosas. A final de cuentas, no le hacía mal a nadie quedándose ahí. Y el dueño no tenía por qué saber que él estaba ocupando su terreno.
    Pasó el tiempo y la maleza volvió a crecer, pero esta vez nadie mandó a los empleados a cortarla. El dueño había muerto repentinamente y el terreno quedó abandonado. Todos suponían que el mendigo continuaba durmiendo allí. Por lo menos, de la calle daba para ver su colcha azul. Poco a poco el sitio se llenó de matorrales salvajes que devoraron los restos de la construcción, los árboles lanzaron sus ramas sin control, las enredaderas treparon y abrazaron las rejas. Hasta que un día, la colcha azul desapareció. El mendigo fue a dormir una noche, tapándose con ella, y al día siguiente nadie consiguió distinguirlo entre los tallos verdes y salvajes que se balanceaban al viento.

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